viernes, 19 de abril de 2019

LAS FIESTAS DE SEMANA SANTA



Con gran orgullo podemos hablar de las fiestas religiosas, que comemoran la Semana de Pasión, en nuestra Capital. Por la solemnidad con que se celebran; por la belleza artística de las imágenes que las integran; por las cofradías que en realzarlas constantemente ponen todos sus deseos, creando elegantes y bien ataviados Nazarenos, por el entusiasmo que en ellas ponen el pueblo entero, anheloso de que estas fiestas sean una demostración más de nuestro buen gusto y de nuestra cultura.

Este año han superado a las de años anteriores y también ha sido más numeroso el núcleo de forasteros que llegaron atraídos por la emotividad artística de nuestra Semana Santa.

Las constantes mejoras que las respectivas cofradías introducen en sus hermandades, vense recompensadas por la admiración y el aplauso del público, que ciertamente sabe apreciar esos esfuerzos.

Precisa añadir al encanto de las fiestas de Semana Santa el atractivo de unas brillantes fiestas de resurrección para completar el motivo que haga venir al forastero.

Hase iniciado algo este año, pero feble y raquítico. Necesítense espectáculos de más visualidad y de más interés que los fuegos de artificio y una novillada.

El Ayuntamiento ayudado por el Comercio, reacio para prestar concurso, puede muy bien organizar un programa de festejos capaz y agradable, que constituya el señuelo de atracción.


Los días de Semana Santa vistieron las galas de la Primavera y en el ambiente plácido y agradable, la gente luciendo sus trajes de fiesta prestó animación a las calles.

Bajo el sol espléndido, la ciudad ofrecía un hermoso aspecto lleno de color y de vida. Silencio en el ambiente; la multitud caminando lenta y grave a contemplar el desfile de las procesiones; las mujeres, las bellas mujeres de esta tierra hidalga, adornadas en su juventud y en su lozanía con la mantilla clásica y con claveles de pétalos sangrantes que arrancaron la coloración de sus labios rojos, y en el vientecillo leve aromas de nardos y de jazmines...

Rasgando el silencio, claros sones de trompetas anuncian el paso de la procesión. Todo calla. Y la imagen del Justo pasa entre la muchedumbre silenciosa, sembrando en las almas un sentimiento de dolor.

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Pero el encanto singular de las procesiones es contemplarlas por la noche y a su paso por las apartadas y misteriosas callejas de la ciudad. Presenta un aspecto fantástico. La calleja desierta, oscura, que apenas iluminan los gruesos hachones de los Nazarenos. Monótonas, pausadas, piérdense en la lejanía las notas de un organo y la voz de un bajo que canta algún salmo; luego el silencio que apenas irrumpen las pisadas de los penitentes; y después, en la calma de la noche abrileña una voz melodiosa que entona una sentida saeta, una copla de dolor que conmueve nuestra alma y la procesión que se pierde en el recodo de la calleja, oscura y silenciosa, de fantasmagoria...

Revista “Vida Manchega”, año VIII, Núm. 228, Ciudad Real 20 de abril de 1919


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