viernes, 6 de mayo de 2016

FELIPE GARCÍA CORONADO Y LOS RELIEVES DEL MONUMENTO A CERVANTES


 
El monumento a Cervantes es obra del escultor ciudadrealeño Felipe García Coronado

La ocasión de la reciente inauguración del teatro Quijano, con esa espléndida actuación de Theodorakis, nos invita a recordar las circunstancias en las que, hace ya sesentaitrés años, se inauguraba, en Ciudad Real, el monumento a Cervantes cuya base se colocaron los cuatro relieves que representan otros tantos episodios de la inmortal obra cervantina y cuyas reproducciones decoran ahora la fachada de este teatro.
 
 
El monumento esta realizado en bronce, siendo fundidos diferentes cañones de la Guerra de África para realizar la escultura

Si bien es cierto que el monumento a Cervantes fue inaugurado oficialmente el Domingo de Resurrección de 1927, hacia ya varios años que su maqueta y hasta el monumento mismo estaban ya ejecutados, habiendo sido presentado ese proyecto a un concurso nacional convocado por el Ayuntamiento de Ciudad Real en 1923 y seleccionada la obra de Coronado en mayo de 1924.

 
El monumento fue inaugurado el Domingo de Resurrección de 1927

Recordar el Coronado de 1924 es encontrarnos con un muchacho de veintitrés años de grandes ojos y orejas con el pelo casi rapado porque a la sazón está prestando el servicio militar en el regimiento de Artillería de Ciudad Real, ese mismo Regimiento de Artillería que unos años más tarde protagonizaría la histórica sublevación contra la dictadura de Primo de Rivera. Las fotos de la época, correspondientes al momento de conocerse el fallo de jurado que elige, entre otras, la maqueta presentada por el joven escultor, no pueden ser más entrañables y elocuentes. Le vemos algo tímido, sorprendido, indefenso, casi, con aquel aspecto de adolescente. Y no menos gracioso resulta leer en la prensa de la época que, habiéndole organizado sus amigos una cena homenaje en el Ateneo en ocasión del fallo del jurado, acudiera con el uniforme de quinto y acompañado por su coronel, que –muy orgulloso de su soldado- presidió la mesa. Lástima que no tengamos un documento fotográfico de ese acto que debiera haber sido encantador.

 
En la espalda de Cervantes podemos ver la fecha de terminación de la imagen por el escultor en números romanos 1925, aunque no sería fundida la obra hasta dos años después en 1927

No menos anecdótico puede resultar conocer el costo que supuso entonces el monumento a Cervantes y que alcanzó la cifra de ocho mil pesetas. Aún así fue precisamente la dificultad de recaudar tal cantidad, entre el Ayuntamiento y la Diputación, lo que motivó el gran retraso en su inauguración.

 
La obra fue fundida en Madrid en la fundición de los “Hermanos Codina”

En diciembre de 1924 nos consta que la figura de Cervantes estaba ya terminada y se encontraba en la fundición de los Hermanos Codina, de Madrid, lista para ser pasada a bronce. Pero pasaba el tiempo y en Ciudad Real no se disponía para el monumento más que de dos mil pesetas aportadas en partes iguales por la corporación municipal y la Diputación. Mientras tanto la figura del escritor, realizada en escayola y posiblemente mal almacenada por falta de espacio –quizá al aire libre-, se iba deteriorando progresivamente. Tanto es así que cuando, finalmente, a través de unas gestiones con el General Aguilera se consiguió que los cañones de la guerra de África fueran destinados a aportar el metal necesario para la fundición, la figura estaba tan dañada que nuestro escultor tuvo que rehacerla casi completamente.

 
Relieve de la riña en la venta

La suerte de los relieves no fue mucho mejor. Modelados por Coronado en su casa de la calle del Carmen, número 8, fueron tallados en Ciudad Real mismo en los talleres de Cabildo o de Nieto y, aunque, aquí no sufrieron los desperfectos que la figura de Cervantes en Madrid, la falta de presupuesto condicionó la elección de la piedra pues hubo que escoger la más barata. Con esas premisas no es de extrañar que tan sólo unos sesenta años después de su inauguración los relieves estuvieran en unas condiciones tan graves y ya próximos a su completa destrucción, debido también a los factores climatológicos así como al sobrevenido mal de la piedra que juntamente con la contaminación ambiental va menguando gravemente el patrimonio arquitectónico y escultórico de toda Europa.

 
Relieve de Don Quijote en la carreta

Por lo visto, tampoco con la inauguración del monumento terminaron los problemas de nuestro escultor. Según parece nunca se le terminó de pagar del todo su trabajo por parte de los organismos promotores. Sin embargo, fue precisamente gracias a ello, que, en 1928, pudo realizar uno de sus más grandes sueños. Pues frente a la imposibilidad administrativa de volver a incluir en los presupuestos anuales de la Diputación una partida correspondiente a la cantidad que se le adeudaba desde el ejercicio anterior, Bernardo Mulleras, entonces presidente de ese organismo, le asignó una beca de viaje a cuenta del monumento con lo que Felipe García Coronado pudo conocer Francia e Italia en compañía de Alfredo Palmero al que le unía una gran amistad.

 
Relieve de la Batalla de Lepanto

Recordados estos hechos cabe aún dedicar, aunque brevemente, nuestra atención a los relieves mismos –que desde luego se pueden ver mejor y más cómodamente en el basamento del monumento a cervantes que en la fachada del teatro Quijano. Si hasta ahora nos hemos sorprendido y divertido, quizá, un poco con las anécdotas relativas al monumento no cesa nuestra sorpresa cuando observamos estos cuatro relieves. La maestría de su composición, la belleza serenamente armónica –casi clásica de estos conjuntos, el ritmo claramente especificado por una dinámicas líneas diagonales en la “Batalla de Lepanto” o reposado por la horizontalidad de él “Entierro del pastor Crisóstomo” no pueden a menos de repetir nuestro asombro frente al milagro de tales obras pergeñadas por un adolescente. El recuerdo plástico de los grandes relieves romanos y la compostura compositiva de una obra tan madura como es la velazqueña de “La rendición de Breda”, no pueden a menos que venir a nuestra mente aunque tenemos casi por seguro que ni los unos ni la otra pueden ser la fuente inspiradora de los mismos. Pero queda la duda. En efecto tampoco es imposible que nuestro joven escultor, frente al compromiso tan grande que le suponía la realización del monumento, haya querido documentarse en lo que su propio instinto estético así como la tradición artística le señalaban como lo más perfecto, lo más cuajado del arte.

Sirvan estas breves palabras como recuerdo a este escultor poco conocido y tempranamente muerto en plena Guerra Civil y cuya obra ha sido dispersada en gran parte por los avatares de la vida y de la guerra.

Gianna Prodan. Diario “Lanza”, 22 de mayo de 1990, página 3.

 
Relieve del Entierro del Pastor Crisóstomo

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