martes, 5 de noviembre de 2019

CIUDAD REAL. NOTAS DE UN VIAJE APRESURADO (IV)


La Puerta de Toledo en los años cincuenta del pasado siglo XX

CARRIÓN DE CALATRAVA Y SUS MAGDALENAS

El regreso lo hicimos por este pueblo de tan poético nombre. No sé si por ser la hora del crepúsculo, por subjetivismo, o porque es así, lo cierto es que las calles de Carrión me parecieron melancólicas y tristonas. Apenas había gentes por las calles. Paramos en la plaza. En una rinconada estaba el Ayuntamiento, con bolas doradas en sus balcones. Nos asomamos un momento al casinillo y yo sentí miedo. Constaba sólo de una pieza pequeñísima, con un incompleto diván de peluche rojo. Bajo una luz de poca salud y entre una humareda turbia, varios hombres jugaban ahocicados sobre una mesa de tapete verde. No vi más, pero me impresionó aquel cuadro tan agrio e ibérico.

Había un incesante y saudadoso tocar de campanas. Le preguntamos a un chiquillo.

-Debe ser porque hace años que murió alguien. Yo me imaginé a ese alguien calcinado ya en el trágico cementerio de Carrión, mientras las campanas de su antigua torre, llenaban una tarde entera y melancólica con sus sonidos.

Compramos unos bolsones de magdalenas y fuimos a una tasquita a tomarlas con vino. El tabernero no fue un ejemplo de cortesía. Algunos de mis acompañantes hubieron de estar de pie porque no quiso sacar sillas. Luego le preguntamos si marchaba un curioso y diminuto relojito de pesas que tenía colgado en la pared y dijo que funcionaba cuando le daban cuerda. En fin, una delicia de hombre. Menos mal que las magdalenas estaban riquísimas y el vino también.

Ya entre sombras volvíamos a Ciudad Real. Crespo tristón y alicaído. Yo con agujetas de tanto andar. Ya de noche pasamos bajo la hermosísima puerta de Toledo.

El viejo puente de Alarcos con el molino de los Ayala

ALARCOS Y DON EMILIO BERNABEU

La excursión a las ruinas del desastre estaba señalada por Paquito Pérez, el gran maestresala de este itinerario, para las diez de la mañana. Sería nuestro guía histórico y práctico don Julián Alonso, pero un endemoniado pisto manchego le indispuso. Cuando iba a arrancar el coche llevándonos a Paquito, Fernando Calatayud y a mí, apareció en la plaza la menuda figura de don Emilio Bernabeu, que al decirle nuestra situación se brindó a acompañarnos con toda su ciencia manchega. Confieso que me emocioné al saludar a don Emilio, el único vivo de aquella antigua plana mayor del Instituto que yo conocí. Don Emilio, con sus 75 años sigue tan arrichante como siempre, su carita de niño viejo y su voz bondadosa y afable. Se detuvo su precoz calvicie y como hace veinticinco años sigue haciéndose ese difícil peinado de los calvos de prestarse el pelo de un lado al resto de la cabeza. Con tres sortijas en un solo dedo, la chaquetita blanca y el abarquillado sombrero de paja, a primera vista parece un sujeto desmedrado y enclenque; pero cuando comienza a trepar por cerros y trochas, incansable y delante de todos, uno cambia bastante de parecer. Don Emilio sabe tanto de moros y cristianos; de “cartas pueblas” y cronicones, de pedruscos, cimientos, estilos y plantas de Iglesia que el viaje fué una lección incesante.

Por el camino me fue contando un viaje que hizo a Alarcos, hará cincuenta años, acompañando a Rubén Daríoy Blanco Belmonte. Fueron en una galera descubierta. El poeta habló poco y Blanco Belmonte presumió mucho. Nunca me había imaginado yo a Rubén, hombre de meridianos gustos helénicos y sensuales gustos franceses, trepando por estos arqueológicos riscos ibéricos. El tópico siempre nos le representa entre duquesas ebúrneas y jardines franceses; y sin embargo estuvo aquí, clavando sus ojos de indio en estas parameras de árabes sucios y cristianos enterragados y ascéticos.

Luego le dimos vueltas a la etimología del río Guadiana. Se habló de la posibilidad de río de Diana. Calatayud dijo que el poeta Ángel Crespo, que llegó a hablar algo de árabe en Tetuán, aseguraba que los moros llaman siempre Guadiana al río de su pueblo va que este vocablo significa “río mío”.

Alarcos en los años cincuenta del pasado siglo

En estas cosas llegamos a Alarcos. El coche subió a la mismísima cima en un alarde de habilidad del simpático chófer. A nuestros pies aparecía el que fue desdichado campo de batalla para Alfonso VIII el día 19 de julio de 1195, al decir de las crónicas. Se trata de uno de los paisajes más sugestivos que vi en estas breves andanzas. Es una amplísima sábana de llanura accidentada con suaves ondulaciones, que hechas rastrojos, al sol de la mañana presentaban todas las gamas del amarillo, desde el dorado transparente al amarillo grisantón de las cardenchas. Al otro lado de la cima, el Guadiana, que como un regato -desde aquella altura- serpea caprichoso entre los juncales y otras vegetaciones bajas que van perdiendo verdor conforme se apartan de la orilla. Desde el mismo sitio vimos el famoso lugar llamado de Villadiego, dirección que dicen tomó el rey al salir de pira después de la rota; y el molino de los Ayalas que visitaríamos luego.

Con paciente meticulosidad vimos los restos de las amplísimas fortalezas. Aquí los restos están mucho más enteros que en Calatrava la Vieja. Quedan poco menos que mediadas algunas cajas de torreones y puede seguirse con cierta imaginación el formato de la fortaleza erizada de pinchos y verbajos secos. Don Emilio caminaba incansable sin quitar los ojos del suelo, de donde con frecuencia cogía y nos mostraba trocitos de cerámica árabe muy abundantes entre aquellas ruinas. Vimos arcos cegados, cuevas, murallones enterrados, torrreones segados y por fin la ermita; gótica de transición con capiteles labrados, artesonado mudéjar como el de Santiago, pero también profanado y enjalbegados los muros. Mal clavados en la pared, provisionalmente, vimos dos lienzos de corte italiano, representado la Anunciación y la Visitación, verdaderamente interesantes, de procedencia y autor desconocidos.

Conducidos por un guarda celtibérico que los señores de Ayala tuvieron la amabilidad de enviarnos para que franquease la corraliza de alambrera que lo impide, bajamos al molino.

PAQUITO PÉREZ

Cuanto debe a Paquito Pérez mi pueblo, Tomelloso, no se le pagará nunca. Como decano del Claustro del Colegio “Santo Tomás de Aquino” ha formado de manera extraordinaria a varias generaciones de bachilleres; como corresponsal de LANZA, hizo una serie de campañas en todos los aspectos del periodismo, que situaron a Tomelloso con harta frecuencia en el primer plano de interés provincial; su pluma de periodista, una de las mejores de la Mancha, colaboró igualmente con la Revista “Albores” y últimamente redactó el libro premiado y de próxima aparición, sobre la “Aportación de nuestra provincia a la Historia de España”.

Francisco García Pavón. Diario Lanza, viernes 21 de septiembre de 1951, página 3

Vista aérea de Alarcos antes de las excavaciones arqueológicas 

1 comentario:

  1. Buenos días, que descripción más negra y tétrica nos muestra y detalla, el Sr. Garcia Pavón en su peregrinage,por Carrion y C.Real.

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