sábado, 29 de agosto de 2020

EL DESAPARECIDO RETABLO DEL ALTAR MAYOR DEL MONASTERIO DE LAS CONCEPCIONISTAS FRANCISCANAS Y EL CRUCIFICADO DE LAS INDIAS (I)



Simultáneamente, en el invierno de 1610 Villaseca estaba también ejerciendo su labor de mecenazgo con el convento de monjas franciscas concepcionistas de Ciudad Real, al que sin duda debían unirle lazos de afecto pues este monasterio se encontraba muy cerca de la casa familiar en la que pasó su infancia y juventud. Para favorecerlo tomó dos decisiones: en primer lugar, enviar desde México una imagen de un Santo Cristo Crucificado para ponerla, en principio, en un altar colateral de la iglesia del “monasterio de las monjas de Jesús”, denominación por la que se conocía popularmente en la ciudad a dichas monjas franciscas, y en segundo lugar ayudar con dos mil reales, sacados del arca de tres llaves depositada en casa de sus primas, a la construcción de un nuevo retablo para el altar mayor de dicho convento(1).

La talla del Cristo ya estaba en Sevilla en ese año. El licenciado Alonso de Rojas entregó treinta reales al arriero que fue a por ella para traerla a la ciudad. El Crucificado, siguiendo las indicaciones que el secretario envió en las cartas que acompañaron el envío, debía ponerse en un baldaquino que se construiría para tal fin, con tela de damasco, carmesí y dorada, adornado con sus correspondientes flecos.

Para realizar el retablo se eligió como primera opción al maestro Juan Ruiz Delvira, vecino de Manzanares(2). Los Ruiz De Elvira fueron una dinastía que gozó de gran prestigio en las actuales provincias de Toledo y Ciudad Real, donde fueron contratados en numerosas obras durante el último tercio del siglo XVI y el primer tercio de la siguiente centuria. Su familia ha sido objeto de recientes estudios, apareciendo cada vez más datos que nos permiten asegurar el aprecio que su buen hacer llegó a alcanzar entre sus contemporáneos, y su conocimiento de los nuevos lenguajes artísticos renacentistas. Los Delvira, colaboraron y estuvieron relacionados con maestros de la talla de Juan Bautista Monegro, Juan Bautista Perolli, Luis de Vellorino, Pedro Barroso o Blas de Prado, llegando incluso a ejercer como tasadores en el retablo que el Greco realizó para el Hospital de la Caridad de Illecas. Como ejemplos singulares destacan sus participación en los retablos mayores de las parroquias de La Solana, Villarrubia de los Ojos y Villanueva de los Infantes. Durante gran parte de su vida estuvieron avecindados en Manzanares, para cuya parroquia de la Asunción realizarían también el retablo mayor, comprando además una capilla para su enterramiento que finalmente venderían en los años treinta del seiscientos.


El primer contrato, de los tres que finalmente se firmarían para realizar esta obra se escrituró, ante Leonardo del Valle, el 26 de marzo de 1610(3). Aquel día se reunieron en el locutorio del monasterio la abadesa doña Isabel Moreno, la vicaria doña Isabel de Prado, y las monjas doña Isabel de Oviedo, doña Juana de San Pedro y doña Mariana de Orozco, acompañadas por Diego Ballesteros Moreno, jurado de la ciudad y mayordomo del convento. Ante ellas compareció Juan Ruiz De Elvira, escultor avecinado en Manzanares. Como testigo de la firma actuó el licenciado Alonso Rojas de León. La escritura de obligación especificaba las siguientes condiciones:

En primer lugar el retablo para el altar mayor tendría veintiséis pies de alto (7,28m.), y veintiuno de ancho (5,88 m.), usando madera seca y limpia de teas. La obra se compondría de banco, dos cuerpos y ático. En el banco se labrarían, de bajorrelieve, las imágenes de los cuatro doctores de la iglesia y de los cuatro evangelistas. Sobre él se levantaría el primer cuerpo, sostenido sobre ocho columnas de orden corintio, con tres entrecalles. En el centro se asentaría una custodia o tabernáculo, sobre el altar, con una altura de dos varas y tercia (1,96 m.) de dos cuerpos, de orden corintio, adornándose el primero con un bajorrelieve de la Resurrección, y el segundo con la escena de David y el león. En los ochavos las tallas en bajorrelieve de Moisés y Elías. A los lados, entre las columnas, se tallarían dos escenas en bajorrelieve de san Joaquín y santa Ana anta la Puerta Dorada (llamada también la Concepción de Nuestra Señora), y otra escena con La Visitación de la Virgen a santa Isabel. En las entrecalles, dentro de las columnas, se dispondrían cuatro tallas de bulto redondo de una vara de largo (84 cm.), dos flaqueando al sagrario representando a san Pedro y san Pablo, y las dos restantes a san Juan Bautista y san José.


Según el diseño propuesto por Juan Ruiz, sobre el primer cuerpo se asentaría otro, también con ocho columnas, en este caso de orden compuesto. La calle central estaría ocupada por una talla de bulto redondo de la Inmaculada Concepción, de cinco cuartas de alto (90 cm), encima de su luna en la que se tallarían, en bajorrelieve, los atributos correspondientes; en las entrecalles, las figuras de bulto redondo de san Buenaventura, san Diego y san Antonio de Padua. Los tableros de pintura correspondientes a este segundo cuerpo incorporarían las escenas de El Nacimiento de Cristo y La Purificación de la Virgen María. Sobre los dos cuerpos descansaría un ático, con la escena central del Calvario dispuesto bajo un arco de medio punto. Las figuras de san Juan y La Virgen correrían por cuenta del maestro. El Cristo Crucificado sería proporcionado por el monasterio. A sus lados dos imágenes de bulto: san Bruno y san Luis obispo. En caso de que Juan Ruiz quisiera cambiar algún detalle de la traza, siempre que fuese en beneficio de la obra, tendría libertad para realizarlo.

El retablo se contrató en blanco, sin incluir el dorado ni la policromía, debiendo asentar el primer cuerpo y la custodia en el plazo de ocho meses desde la firma de la escritura. El resto se asentarían en el plazo de seis meses. El precio total de la obra seria de seis mil reales, recibiendo el primer pago de dos mil reales al contado para comenzar a comprar la madera. El segundo pago de la misma cantidad se haría efectivo al finalizar de asentar el banco, primer cuerpo y custodia. El resto, hasta completar todo el presupuesto, se pagaría una vez asentada toda la obra. Las monjas prestarían la madera necesaria para realizar los andamios con los que asentar el retablo.


En caso de que el escultor no cumpliese con su obligación el convento podría buscar otro maestro para acabarla, a costa de Ruiz, pagando además cuatrocientos maravedís diarios a la persona que se encargase de buscar un nuevo maestro. Si las monjas no pagaban puntualmente el dinero acordado, Juan podría enviar una persona, con el mismo salario, para reclamar su derecho. El 27 de marzo de ese mismo año, Juan Ruiz recibió de las monjas dos mil reales para comenzar la obra.

Pero, poco después de formalizarse este contrato, inesperadamente, el maestro Juan Ruiz Delvira murió, dejando su compromiso sin cumplir, provocando que las monjas iniciaran un pleito con los herederos del escultor para recuperar el dinero que se la había entregado para iniciar el retablo.

 Mientras tanto, como vimos en el apartado anterior, Villaseca enfermó, muriendo en noviembre de 1610. Sabemos que, según testimonio de su albacea el licenciado Alonso Rojas de León, en su testamento, además de los dos mil reales aportados, el secretario mandó sacar nueve mil reales más procedentes de los bienes depositados en el arca de tres llaves para ayuda del retablo de las concepcionistas, sumando un total de once mil reales. Vemos pues que, en realidad, esta obra fue prácticamente costeada por la herencia de Villaseca.


El 3 de noviembre de 1610 estando detrás de las rejas del locutorio del convento, en presencia del licenciado Alonso Rojas de León, comparecieron nuevamente las monjas, en este caso representadas por la abadesa doña Isabel Moreno, la vicaria doña Isabel de Prado, y las hermanas doña Mariana de Guevara, doña Isabel de Oviedo y doña Juana de San Pedro. Ante ellas se presentaron Cristóbal y Pedro Ruiz de Elvira, maestros de pintura y escultura, vecinos de Manzanares, con la intención de asumir y mejorar la obligación contraída meses antes por su hermano Juan.

En las condiciones presentadas, a pesar de respetarse el grueso del primer proyecto, se introdujeron ciertas modificaciones y novedades, siendo una de las  principales la incorporación en el nuevo contrato de la pintura y dorado del mismo. El retablo se realizaría en madera de pino salgareño, bien seca, para evitar que “hiciese vicio”. Compuesto por banco, dos cuerpos y un ático, con treinta pies de alto desde el altar (8,40 m.) y 21 pies de ancho (5,88 m.). Así pues se aumentó la altura 1,28 m.


También se varió la técnica utilizada para las escenas situadas en las entrecalles, pasando de ser bajorrelieves a optarse por lienzos pintados al óleo que debían completarse cuando se dorara el retablo. Sobre la disposición y temas elegidos para dichas pinturas podemos observar ciertas modificaciones. La escena de la Concepción de la Virgen situada en el proyecto de Juan en el primer cuerpo fue trasladada al segundo, poniendo en su lugar La Anunciación. En el segundo cuerpo se mantendría en el centro la imagen de bulto de La Inmaculada Concepción. A los lados se sustituyeron las escenas del Nacimiento y La Purificación de la Virgen por el ya citado de La Concepción añadiendo como novedad un motivo muy frecuente en los retablos de influencia toledana: La Imposición de la Casulla a San Ildefonso. En el ático la única variación introducida en la nueva traza fue la sustitución de una de las tallas de bulto dedicada a san Bruno por otra de san Bernardino.

Pilar Molina Chamizo “El Sueño Americano: El Legado Español de Juan de Villaseca”, páginas 91-94

(1) APNSP, “Villa de Arenas. De la hacienda de Juan de Villaseca. Escritura de imposición de censo otorgada por el consejo de la villa de Arenas a favor de Juan de Villaseca y que hoy es a favor de la fábrica parroquial de la Madre de Dios del Prado de esta ciudad por donación del dicho Juan de Villaseca y por sentencia ejecutoria de la Real Chancillería de Granada”, núm. 604, años 1604-1617.
(2) AHPCR, protocolos notariales, Ciudad Real, Juan Arias Ortega, 3 de noviembre de 1610, sign. 59, folios 244r-248r.
(3) AHPCR, protocolos notariales, Ciudad Real, Leonardo del Valle, 26 de marzo de 1610, folios 26r a 28r, sign.80.


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