jueves, 27 de octubre de 2022

DON ÁNGEL ROJAS MORENO: EL MAESTRO

 

 
Revista “Vida Manchega” 13 de marzo de 1913


La «Escuela de Don Ángel» era una institución en el Ciudad Real de la primera mitad de nuestro siglo. Por allí desfilaron, en el trasiego continuo de los años, centenares y centenares, miles mejor, de niños pertenecientes a todas las clases sociales: era un «Colegio de pago», pero con cuota tan módica que cabían todos, los hijos de las familias más distinguidas y los otros, los de los menestrales, artesanos y obreros. La escuela de don Ángel estaba m uy bien organizada, cíclica dentro de lo posible, con sus clases para los pequeños, los párvulos a quienes enseñaba las primeras letras la esposa de don Ángel, doña Carolina, también Maestra titulada, auxiliada por alguna de sus hermanas, y luego, ya mayorcitos, pasaban al aula grande, donde el Maestro ejemplar, en una labor titánica de esfuerzos y de horas, iba transformando, puliendo y desarrollando aquellas inteligencias infantiles: a la manera del escultor, cuya gubia o cincel hacen maravillas de arte en la madera o en el mármol, así don Ángel Rojas recibía el tosco material humano, y con paciencia y tesón lo llenaba de espiritualidad, de conocimientos elementales y hasta de ciencia pura y suficiente para que aquellas promesas de hombres lo fuesen más adelante en la realidad de la vida.

— ¡Yo fu i alum no de don Ángel! — proclamarían luego, como blasón de educación perfecta, con orgullo santo y legítimo, los muchos que saben agradecer y valorar la elevada misión del Maestro, como en estas mismas páginas lo ha hecho recientemente su asiduo colaborador Julián Márquez, en un artículo emotivo y cordial.

Nosotros también fuimos discípulos do don Ángel Rojas. No en la enseñanza primaria, ciertamente. Fue después, cuando hicimos las prácticas pedagógicas necesarias para nuestros estudios de Magisterio que completarían los de Facultad. Y a la hora de elegir Maestro y Escuela, no lo dudamos un instante. Allí, al lado de don Ángel, aprendimos en el libro vivo de su conducta, de sus maneras, de su agrado, de su paciencia, de su arte para hacer fácil lo arduo y agradable lo ingrato, con simpatía, con llaneza, con la anécdota siempre oportuna a flor de labios, con la magnífica lección de su ejemplo vital y constante. Y fue durante aquellas prácticas inolvidables, aprovechando minutos de recreo y descanso, o prolongando agradablemente la jornada, cuando don Ángel nos contaba cosas de su vida, que a nosotros nos sirvieron unas veces de recuerdo, otras de estímulo, siempre de vivencia aleccionadora y ejemplar.


Boletín de Información Municipal Nº 33, agosto de 1970



Nació el día 1º de marzo de 1877, día del Ángel de la Guarda, fecha que justificaba su nombre. Hijo de una familia modestísima, no sentía rubor al confesarnos el oficio de su padre, un zapatero remendón, tan humilde como trabajador y honrado, que sacaba adelante a la familia con mil apuros y sacrificios. Aquel chicuelo no se conformaría luego con las primeras letras solamente, pues fue acólito en la Catedral y cantor o seise en la Capilla, donde aprendió música y completó su elemental instrucción.

Bajo la sombra y protección del tío carnal don Amalio Moreno, otro gran maestro de prestigio en la Ciudad Real de fines del XIX , don Ángel Rojas ingresó y estudió en la Normal del Magisterio. El niño se transformó en hombre y el timbre atiplado del seise se hizo voz recia en el aprendiz de baríto ­ no. Ya era «Maestro Elemental». Y «Maestro Superior» seguidamente. En aquella escalada profesional fueron condiscípulos suyos don Rafael García Roldán y el inolvidable don Gaspar A. Sánchez Pérez, más adelante Inspector-Jefe de 1.a Enseñanza y alcalde de Ciudad Real, inicuamente sacrificado en el trágico verano del 36.

¿Recuerda el lector aquello del hambre y el Maestro de Escuela? Por muy bajos que estuviesen los precios en los años finiseculares, ¿cómo se podría vivir con un sueldo inferior a las 1.000 pesetas al año, mejor dicho, con una cantidad que apenas llegaba a los 3.000 reales? Pues ese milagro lo realizó don Ángel Rojas en sus andanzas como Maestro interino de Poblete, de Hinojosas, de Aldea del Rey... dejando huellas de su actuación que han pervivido durante años.

Hasta que decidió establecerse aquí, en su Ciudad Real, creando un colegio privado, con la denominación oficial del «Santo Ángel». Cuando hay preparación científica, vocación firme y constancia en el trabajo, llega el triunfo como inmediata consecuencia: el colegio aumentó su matrícula año tras año y, aunque la jornada resultase agotadora, se ampliaba luego con clases nocturnas para adultos y, en colaboración con otros profesores, preparación de oposiciones al Magisterio.

El también las hizo al Cuerpo de Maestros ce Prisiones, porque un sueldo fijo y estatal preserva siempre de posibles avatares y contingencias, y las ganó brillantemente. Don Ángel Rojas fue «Maestro de la Cárcel» hasta su jubilación y aquí su alumnado de la población penal sí que era de la más heterogénea catadura: los tuvo «buenos», aunque delincuentes; pero también enseñó a leer al «Borgueta», que le salió discípulo aprovechado, pues una de sus primeras prácticas de escritura consistió en m andar una nota a su compañero de fechorías y bandidaje, el «Cañamón», proponiéndole la fuga. Ambos, «Cañamón» y «Borgueta», serían juzgados y ejecutados allá por el año 1912.

 

Vista de la calle General Rey



Esta y otras muchas anécdotas nos contaba don Ángel Rojas al concluir las clases de Prácticas. Conversador amenísimo, cultivador de amistades sin fin , era, sin pretenderlo, el centro de la tertulia íntima. ¡Qué bien se pasaba escuchando a don Ángel! No con el chiste procaz o la frase chocarrera, sino con el «sucedido» oportuno, el cuentecillo bien traído, la ocurrencia narrada con salero, la broma ingeniosa, todo ello fruto espontáneo de una cultura refinada y una vida intensa. En la partidilla de tute a domicilio , en la caza dominguera a la Atalaya en burro , o al Batán en la tartana de alguno de aquellos modestos aficionados a la cinegética, — ¡qué tiempos aquéllos, tan distintos y apenas ha transcurrido medio siglo!— don Ángel Rojas disfrutaba de la merecida y necesaria expansión y recuperaba energías para la dura y diaria tarea de su Escuela.

Hasta que un día, ya mayores sus hijos y situados en la posición privilegiada a que les daban derecho su preparación, estudios, trabajos y sacrificios, obligaron a los padres a dejar la Escuela ¡Con qué esfuerzo salieron don Ángel Rojas y doña Carolina Dorado de aquella casa de la calle del General Rey! Allí dejaban media vida porque allí sí habían formado hombres de provecho en las más diversas actividades y allí se forjaron inteligencia y fraguaron su personalidad quienes entraron siendo criaturas. Allí se recordaba todos los años, en la grata fiesta del 1º de marzo, día del Santo Ángel de la Guarda y onomástica del fundador, a los compañeros que fueron, mezclándose a veces padres hijos, alumnos pretéritos y actuales, unidos todo al lado del Maestro. Se pasaba lista y, desgraciadamente, siempre faltaban algunos...

Don Ángel Rojas, ciudadano de pro, nunca negó su concurso para beneficiar a Ciudad Real. Concejal en el Ayuntamiento bajo la presidencia de don Francisco Herencia Mohíno, contribuyó a las mejoras entonces implantadas y puso su impronta cultural en los más diversos cometidos. Por su iniciativa y presidiendo una comisión como miembro además de la Hermandad de la Virgen del Prado, se consiguió que la procesión de la Patrona saliese del angosto recinto de su Paseo y recorriese por vez primera las calles de la ciudad. Entusiasta de la Semana Santa, fue el brazo derecho de don Federico Fernández, impulsor de la numerosa cofradía del Cristo del Perdón, y luego Hermano Mayor o Presidente de la misma desde el año 1921 hasta el destrozo de la guerra civil. Y organizar el brillan­tísimo desfile de aquella popular Hermandad, con sus centenares de túnicas moradas y blancas, uniformes, estandartes, gallardetes, emblemas y a tributos, era empresa en la que se implicaba la familia en pleno de los Rojas, trabajando incansables meses antes y semanas después de cada procesión anual.

 



En 1946 ¡ay! don Ángel se quedó ciego. Aún no había cumplido los setenta años; y aún le quedaban casi catorce de vida. Una vida resignada y pacífica, serena y tranquila, llevada hasta su final con una conformidad y una paciencia singulares. Todavía guardaba su mejor anecdotario para el visitante, antiguo alumno o amigo leal. Un pitillo — ¡aquellos estupendos cigarrillos que le liaba su abnegada compañera, la inolvidable doña Carolina! — encendido con mano temblorosa y surgía la conversación siempre amena, plagada de recuerdos y añoranzas. Narrar el pasado es volver a vivirlo.

Fue por entonces cuando el que esto escribe, designado inmerecidamente para pronunciar el Pregón de la Semana Santa ciudarrealeña, se presentó en casa de don Ángel Rojas unas horas antes del acto. Había que leerle aquellas cuartillas. Sin su corrección y aprobación no existía posibilidad de «pregonar» nuestra Semana Santa. Y don Ángel tuvo la paciencia de escuchar, de interrumpir un par de veces, de enmendar y corregir levemente y dar su visto bueno final. Era la última lección que de él recibíamos.

Ciudad Real quiso pagarle, tal vez, dedicándole una calle de las afluentes a la de la Mata, en el barrio de San Pedro, por donde se desarrolló la vida entera de don Ángel Rojas Moreno. Sin ruido, un día apareció su nombre; y en igual forma, otro día cualquiera lo quitaron. No recordamos quién propuso lo primero ni quién decidió lo segundo. Es igual. A esto de los nombres de las calles no hay que darle demasiada importancia.

Y sin ruido también desapareció de este mundo terrenal. Concluía una vida sencilla, normal, sin sensacionalismo ni angustias desorbitadas, la vida de un hombre modesto desarrollada en un ambiente de igual modestia. La vida de quien, casi de la nada, supo encumbrarse y encumbrar a los suyos: hijos y discípulos. Sí, discípulos, porque para el buen Maestro son hijos también.

Francisco Pérez Fernández, Boletín de Información Municipal Nº 33, agosto de 1970


Diario “Lanza” 16 de enero de 1959



2 comentarios:

  1. FUE FAMILIAR MIO HERMANO DE MI ABUELA RITA ROJAS MORENO

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    1. También fue familiar mío, pues su tío Amalio Moreno (mencionado en el artículo) fue uno de mis bisabuelos.

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