martes, 1 de noviembre de 2022

EL BAJORRELIEVE “TRIUNFO DE LA MUERTE” EN EL CEMENTERIO DE CIUDAD REAL

 



En el cementerio de Ciudad Real, en el panteón de la familia Martín López-Salazar, existe un bajorrelieve en granito y mármol del año 1924, obra del escultor Jerónimo López-Salazar Martínez.

Esta obra mereció los elogios de la crítica y del público en los círculos artísticos madrileños y fue reproducida en las páginas de la Gaceta de Bellas Artes de la Asociación de Pintores y Escultores de Madrid. Obtuvo el segundo premio en la Exposición Artística Provincial, celebrada en agosto de 1935 en Ciudad Real. Fue un encargo de Eduardo Martín Moreno, hijo y nieto de banqueros, que siempre prefirió utilizar el segundo apellido paterno, Moreno, con el que se veía más identificado con la saga de financieros familiares. Su madre se llamaba Teodora López-Salazar.

En un reportaje firmado por Pedro Barragán en El Pueblo Manchego, este escribe que esta obra iba destinada a la tumba de una dama de Daimiel, fallecida algunos años antes, cuyos restos fueron trasladados a Ciudad Real a la tumba del banquero por las referidas fechas. A la misma obra se refirió Ramón Yubero en otro artículo del mismo diario y se congratulaba que lo hubiera adquirido Eduardo Martín Moreno.

 



En este relieve se funden varios movimientos coetáneos del siglo XX: el modernismo, el expresionismo, el simbolismo e incluso tiene algunas connotaciones del vanguardista art déco en la fecha tan temprana en la que se firma la obra. Está impregnado de fuerte acento modernista en el interminable alargamiento de la figura central. Es a su vez simbolista por el patetismo que provoca la efigie hierática de La Muerte, además de la composición cerrada de la escena, en clara alusión a que el último destino de los humanos es ineludible y nadie escapa. Los cuerpos desnudos son de alto valor evocativo y simbólico, pues indican cómo llegan y se van los humanos del mundo: sin nada. Este bajorrelieve trasmite el desasosiego y la angustia, provocados por la presencia gigantesca de la figura de La Muerte y nos remite al expresionismo. Hay un claro concepto de contemporaneidad de la obra en la época que la hizo (1924) pues, a los referidos movimientos descritos, hay que sumar el art déco aludido en los surcos geométricos de la larguísima capa, propios de la estética de este movimiento. El art decó fue un estilo ecléctico que mezclaba en sus planteamientos varias tendencias a la vez, entre ellas, la geométrica y la egipcia, debido al gran impacto producido por el descubrimiento de la tumba de Tutankamón en 1922 y que fue determinante en la ornamentación de este estilo. Además, las ideas funerarias de los egipcios estarían muy acordes con la temática de esta placa, dedicada a La Muerte y por la perspectiva jerárquica de la gran protagonista de este inquietante relieve.

La efigie de La Muerte causa profunda impresión, es sumamente estilizada y aparece en el centro de la obra. Bajo su figura encapada se intuye un esqueleto altísimo, del que tan solo sobresale la tétrica calavera, cubierta con la capucha, que va unida a la túnica interminable, de la que solo sobresalen los huesos alargados de las manos con los que sostiene la afilada guadaña con la que sale a capturar a sus víctimas. La otra mano está hacia abajo, sin nada, simbólicamente abierta al vacío.

 



Se suman al relieve siete figuras. Todas están esculpidas con gran veracidad expresiva, hábilmente repartidas sobre el plano, en posiciones ponderadas para equilibrar y contraponer las masas: son cuatro desnudos masculinos y tres femeninos; en todos ellos se acusa gran tensión muscular, pues se enfrentan al momento trascendente del final de la vida y, de uno en uno, van sucumbiendo de manera ralentizada ante Ella, que los tiene señalados, como presas inmediatas.

Son estudios anatómicos en diversas posiciones, pictóricos y escultóricos a la vez, opulentos y delicados, de escorzos acusados y musculaturas robustas, que se revelan o resignan ante su destino ineludible en su lucha desigual. López-Salazar conoce bien el desnudo y su tratamiento por los clásicos, el dramatismo de los escultores helenísticos y renacentistas, e incluso hay en esta obra recuerdos manieristas, tanto por la inestabilidad de los cuerpos, como en los forzados escorzos o en los excesivos alargamientos de las figuras en este bajorrelieve.

Distribuye los cuerpos en dos agrupamientos, de simétrica composición formada por tres cuerpos en cada lado del eje central, más otra figura que sitúa en el centro, bajo la angustiosa silueta de La Muerte. Se trata de un desnudo masculino, que ya abandonado el mundo de los vivos, que, a modo de trofeo de caza, yace bajo sus pies, y junto a la tétrica protagonista son el eje distributivo de la obra. Esta figura pertenece a un adulto atlético, de vigoroso tórax y musculatura muy trabajada y tensa. Rompe la monotonía de su horizontalidad por el triángulo formado con su pierna derecha. Otro triangulo está dispuesto a la inversa, entre el hombro, clavícula y cuello, punto direccional para marcar su cabeza, hincada en el suelo.





En el lado izquierdo aparece otro cuerpo masculino, que encarna la representación más trágica de todas, pues La Muerte le ha alcanzado con el filo de la guadaña y le ha diseccionado el abdomen en dos, en el mismo instante que acontece la terrible escena. Se trata de una figura bellísima de gran veracidad expresiva con los pliegues de la piel y los músculos tensos y muy trabajados. Cae de rodillas, e intenta sujetarse a un suelo que no alcanza con los brazos apoyados detrás del cuerpo y sucumbe con las palmas de las manos hacia arriba en un gesto instintivo y dramático por sobrevivir. La angustia que transmite al espectador es de fuerte acento expresionista.

Junto a ella, sitúa a una pareja, el desnudo femenino aparece en posición muy forzada, apoya la cabeza en su hombro, que descansa en la pierna del hombre. Sin resistencia, ni lucha, dirige su última mirada al mundo con los ojos entreabiertos, antes de cerrarlos para siempre en el sueño eterno. Se va escurriendo lentamente hacia el suelo, aunque intenta todavía sujetarse a la mano de su amado, que se separa dramáticamente entre sus dedos. Las fuerzas le abandonan, una de sus piernas ya ha caído al suelo, mientras la otra aún aparece erguida por la rodilla. Detrás de ella, su compañero, aún en pie, en postura muy forzada y entre escorzos manieristas, se resigna ante el destino inmediato y su silueta incluso se amolda a la ley del marco en el plano de la obra.

En el otro lado del relieve se palpa la misma angustia, junto a la cabeza del personaje central yacente, aparece un desnudo femenino sentado en el suelo, que se enfrenta al final en soledad. Es consciente de su tragedia y desolada, cubre el rostro con uno de sus brazos, en un gesto instintivo de búsqueda de consuelo para mitigar su dolor. El otro brazo forma una diagonal desde su hombro hasta la rodilla, doblada en el suelo. Junto a ella, aparece otra pareja, que forma simetría compositiva en la del lado opuesto.

 



En esta zona, el desnudo masculino, con los ojos marcados por el terror, es el primero que cae a tierra y marca con su figura la diagonal, representativa de la tragedia, desde su pie hasta el brazo opuesto en vertical. Tiene una postura rígida y violenta. El otro brazo lo dobla por detrás de su cabeza, en un gesto de rebeldía, ante el ineludible destino inmediato. Sus ademanes parecen querer atenuar el gran desasosiego que invade su cuerpo doliente. Su compañera intenta sujetarlo en vano, la mujer aparece de puntillas, como si tratara de sujetar unos segundos más el cuerpo de su pareja que se le escapa eternamente de su lado.

La composición es muy potente, aunque el resultado final sea de ponderada sobriedad, pues todo es opresión, angustia, tensión y esfuerzo. El escultor sigue su tendencia irreprimible a la acentuación del valor muscular y se centra en la suavidad de las masas compositivas y de las formas flexible y ondulantes. Profundiza en los estudios anatómicos de las diversas posiciones y en los gestos expresivos y dramáticos de las figuras representadas. Son siete desnudos en la edad adulta, siete figuras nobles, torturadas, tensas, tristes y emotivas, que mantienen líneas movidas, rítmicas y expresivas. Son cuerpos alargados y musculosos que se van entregando, de uno en uno, ante la gigantesca y alargada silueta de La Muerte, que alcanza a todos y que la reciben de distinta manera: resistiéndose, agitándose o resignándose, extenuados y abatidos en esa batalla perdida. López-Salazar los esculpe en diversas posiciones; unos aún conservan el vigor muscular y los otros ya han sucumbido y han abandonado la vida. En las dos esquinas ha dispuesto dos parejas simétricas, que ponderan y equilibran visualmente las masas, a la vez que encuadran la obra.

El escultor hace este relieve sin estridencias ni violencias decorativas, sino centrándose en lo esencial. Lo resuelve con pocos planos, pero muy enérgicos y expresivos, y su acierto visual radica en que trae a todos sus integrantes en un único plano sin perspectiva y esto le otorga actualidad y un sentido contemporáneo a la composición. Salvo la figura de “la fatal protagonista”, el artista omite jerarquías entre unos y otros en el resto de los personajes, en clara alusión a que la muerte iguala a todos. Esta obra representa un movimiento ralentizado de las formas humanas que se estremecen y se acerca a interpretaciones filosóficas, pues representa a la vez el misticismo y la paganía. Es un relieve angustioso que nos hace meditar sobre el último acto humano, pues la muerte forma parte de la vida.




Jerónimo se enfrentó con soltura a la escultura grupal, pues supone la dificultad de coordinar varias figuras en el mismo plano; el relieve está bien resuelto, tanto en la ponderación de las masas, como en el delicado y rítmico juego de líneas con las que consigue un perfecto equilibrio. Da la sensación de haber cierta iluminación pictórica en la obra, pues la luz se difumina para penetrar sobre el plano, potenciada por la suavidad del modelado de un bajorrelieve muy plano, además, con la combinación de la piedra y el granito, consigue calidades que difuminan los contornos de la obra y que llevan a intuir cierto cromatismo.

Las piedras duras ayudan a la brillantez del acabado final y a conseguir todos los recursos de calidad y plasticidad que estos materiales ofrecen. El escultor conoce bien todas las posibilidades que le prestan el granito y el mármol, además de dominar los medios técnicos con los que puede obtener matices gráficos y efectos pictóricos en la ejecución de la obra, a lo que hay que sumar, su capacidad creativa al distribuir unas terminaciones sin pulir con otras lisas. Estas combinaciones lumínicas en las texturas de la piedra, más la blancura helada y cristalina del mármol, potenciarían la sensación de la frialdad de la muerte, muy adecuada, en un panteón funerario.

 

Texto: Carmen López-Salazar Pérez “El Escultor López-Salazar”. Biblioteca de Autores Manchegos. Diputación de Ciudad Real

 



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