viernes, 1 de marzo de 2024

“JESÚS, VENDAO” (I)

 

El desaparecido misterio de la Hermandad del Ecce-Homo en el interior de la Parroquia de Santiago


Un estímulo casual, es capaz de desencadenar, rico, brillante, vivo, el recuerdo escondido en el más recóndito escondrijo del local cerebral destinado a la memoria.

Así ante la belleza extraña de este Cristo sentando, gaditano, humilde y paciente que, hasta hace poco, a la Roldana se atribuía, vino a mi memoria, la primera vez que lo vi y con fuerza y claridad meridiana, la mediocre talla de aquel nuestro “Jesús vendao” arrinconado, hasta su fenecimiento en 1936, junto al viejo Cristo de la Caridad “de las Enagüillas”, en la capilla que rompe el ábside de la nave del Evangelio, de la parroquia de Santiago. Poco frecuente es, en La Mancha y profusamente se repite, en Andalucía, semejante actitud, doliente y resignada, de Cristo, que, casi siempre, de la Humildad y Paciencia, denomina.

Hoy, no sé por qué, vuelvo a ver –como si lo viera— a “Jesús, Vendao”, colocado en los días de Semana Santa, allá por el 1912 entre la capilla de los Dolores y el Altar Mayor de la parroquia. Escurrido; sentado en un banquillo; con manos atadas; vendados los ojos con una cinta, ajada, de seda blanca, rematada con ennegrecido fleco de gusanillo, como cinta, vieja, de ataúd de párvulo, y marcada, a todo lo largo, con la frase: “adivina quién te dio”.

Bajo sencillo y pobre templete de madera, con caídas deshilachadas; sin, apenas, llegarle los pies a la plataforma de las andas, adornadas, en sus cuatro ángulos, con farolillos de hojalata y cristales de colores y rodeada de bandilla de boliches torneados, esperaba “Jesús Vendao”, su salida en el segundo lugar de la Pasionaria de la tarde del Jueves Santo. Lo llevaban cuatro gañanes de tufos rizados y blusa corta, nueva, gris, tiesa, y pantalón, de pana, negra.

Lo acompañaba escaso número de penitentes con túnica, de percalina, roja, astrosa, y con cola, larga, más astrosa y sucia aún, y con capirucho, altísimo, sobre armadura, incómoda, de escalerilla de madera.

La presencia, en la calle, de aquel Cristo, con semejante acompañamiento, sobrecogía, impresionaba.

Pero, un año, sin más ni más, no desfiló, ni volvió a hacer, y, al lado del Crucifijo, había que ir a verlo en aquella capilla, oscura y tenebrosa, a la cual, la gente para rezarle no pasaba más allá de la cancela de madera.

 

Cofrades del Ecce-Homo antes de la Guerra Civil Española


Habéis de saber, tenía fama de milagroso, pues oía las súplicas, pero, como estaba vendado, no veía si, el que pedía merecía o no, el favor y, en su infinita bondad decidía conceder toda petición.

Al Cristo, gaditano, de la Humildad y Paciencia lo llaman, vulgarmente, de los Milagros. No acierto a comprender la relación posible, entre la actitud y la milagrería, de estas dos efigies tan distantes.

Donde tantas hermandades se han fundado –algunas con simulacros semejantes entre sí y, otras, sin tradición ninguna entre nosotros— es lamentable no se restauren las pretéritas y, una de ellas, la de “Jesús Vendao” que, ya en mil setecientos y tantos, con el nombre de “El Santo Ecce-Homo, sentado”, tenía la Hermandad que “asistía a la Procesión de Semana Santa y a los entierros, de los hermanos, el gasto lo pagaba el Hermano Mayor”, según datos, literales, consignados por doña Isabel Varela de López de Salazar en su reciente publicación sobre Ciudad Real en el siglo XVIII.

Según mi liviano bagaje de notas y papeles viejos, se puede asegurar recorría la carrera antigua que detallé en LANZA en el número extraordinario de la Semana Santa del año 1949, junto con otros curiosos pormenores referentes a las dos procesiones del Resucitado, la bendición de ramos del domingo, la leyenda y hermandad de la Santa Espina y las reformas introducidas, en varias, en el último tercio del XVIII.

Entrecomillo lo que, entonces, escribí sobre la carrera que seguían las procesiones: “La carrera era muy diferente a la clásica, y recortada, actual. La Estación de la Semana Santa antigua pasaba por las Dominicas del Monasterio de Alta Gracia, a San Antón, a los Remedios, a la calle Pedrera, a las Carmelitas. Se cortó en año 1686”.

“Desde últimos del XVII, empezaron las procesiones a desfilar de las Dominicas a las Carmelitas, por la calle de la Estación, vía nueva que de ello tomó nombre” y una de las pocas que, afortunadamente no cambió su denominación, original, cristiana, a través de los tiempos.

“Para darle más solemnidad, se ampliaría el itinerario, con posterioridad reciente, con las calles de Tintoretos, Calatrava y Toledo. No hace muchos años, veinticinco o treinta se recortó el itinerario, con lo cual perdió tipismo”.

Julián Alonso Rodríguez Diario Lanza martes 5 de abril de 1955


El destruido misterio del Ecce-Homo era obra del escultor Federico Zapater

 

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