viernes, 19 de enero de 2024

POZUELO SECO Y EL PERCHEL

 



No sé la ilusión que pondría el nuevo académico del Instituto de Estudios Manchegos, el historiador Sánchez Lillo, en su discurso y teoría sobre el emplazamiento de Pozuelo de pon Gil en las proximidades de la iglesia de Santiago, en pleno barrio de El Perchel, pero lo cierto es que a mí me proporcionó mucha y gran alegría. La topografía que menciona: calles del Ángel, Refugio, Alcántara y, sobre todo, Lirio, Compás de Santo Domingo... o puede ser más certera en cuanto a pensar que la localización, si la teoría resulta cierta, de Pozuelo de Don Gil en torno a la iglesia de Santiago.

Uno que sabe poco de historias, que carece de la más mínima paciencia para consultar libros y legajos, y apenas si sabe cómo llevar a cabo una seria investigación, pero que posee una cierta intuición y, sobre todo, observa; la verdad es que piensa que tiene que ser como Sánchez Lillo dice. El barrio de El Perchel, no cabe duda, es uno de los más antiguos de Ciudad Real, independientemente, o quizá por ello, de la longevidad de su Iglesia, que no es poco. El tipismo de sus calles, la estructura de sus casas, cosa que hoy apenas puede comprobarse, pues el resurgimiento de bloques y construcciones atípicas y anónimas, sin personalidad, dificultan el estudio, así lo proclaman. Pero quienes de niños hemos Jugado por las calles San José, Cañas, San Antonio, Lirio, Refugio, Progreso y plazuelas y callejones que se pierden en la memoria, hoy, unimos aquellos cabos sueltos de la infancia y, no sé si por exceso de cariño a lo que uno vio en aquellos primeros años, o por esa especie de romanticismo que nos transporta a lo misterioso y desconocido. El caso es que nos llena de emoción y deseamos creer la hipótesis de su emplazamiento, porque, sin lógica y su fundamento científico, los que éramos niños en los años cincuenta y correteábamos calles y plazas de El Perchel, vislumbrábamos, como adivinan las cosas quienes carecen de rigor histórico, que estos lugares eran algo más que sólo nombres de calles y callejas estrechas, sucias y casi, casi sin sentido urbanístico. Poco menos que una mancha en la ciudad.




En cualquier villa no es la más importante, la zona centro, comercial y hasta lujosa, si se quiere. Existen esos lugares a trasmano, como dicen que le pilla Dios a Felipe González, que calladamente, como con pudor de no ser algo más que oscuras callejas de casas encaladas, con la timidez del “cateto” están pregonando una raíz más honda y más añeja y, claro, como toda raíz clavada en la tierra, sucia y polvorienta o fangosa de tanta entraña como atraviesa.

Sí, señor Sánchez Lillo, me hubiera gustado oír todo su discurso, del que sólo poseo la referencia de nuestro diario, porque, a la chita callando, he sido antecesor de tal teoría, aunque uno, como dije más arriba, no tenga ni a mano ni a trasmano documentos de los que ustedes, los historiadores manejan con tanto tino y rigor. Pero hay algo en el alma de los pueblos que, como en las personas, se refleja en los ojos y, en este caso, los ojos son los barrios aledaños, fas esquinas torpes, las calles mal trazadas, lugares económicamente poco cotizados, algunas puertas y zaguanes a deshora, que le inducen al paseante y enamorado observador a preguntarse: ¿qué es esto? ¿cómo puede tal fisonomía tener algún sentido en semejantes lugares? iAh!, el misterio del tiempo,' el romanticismo de lo viejo, la historia escrita en las piedras, las palabras dichas flotando todavía entre el polvo del olvido. Maravilla para entretener el pensamiento y experimentar el goce de la búsqueda de lo que antes fue.

Total, al fin y al cabo nada, cosa sin valor, pero tan interesantes que bien vale la pena equivocarse o perder ese tiempo, que dicen algunos que es oro. Qué horror.

 

Francisco Mena Cantero. Diario Lanza 19 de febrero de 1988




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