miércoles, 17 de abril de 2024

EL SANATORIO QUE NUNCA FUE

 



La incidencia de tuberculosis en la mortalidad descendía en los años cuarenta, pero su índice seguía siendo alto en comparación con otras enfermedades en España. Seguía siendo un problema para la economía del Estado y para la estabilidad social.

Durante la guerra civil la situación sanitaria y los problemas de abastecimiento alimentario agravaron las condiciones de propagación de esa endemia que causaba 33.000 muertes anuales. Por ello la construcción de sanatorios para curar a los recuperables y aislar a los incurables era una actuación necesaria y con este objetivo se puso en marcha el Plan de Construcciones del Patronato Nacional de Lucha contra la Tuberculosis. En las primeras décadas del siglo XX se habían realizado pequeñas actuaciones desde iniciativas privadas y durante la Segunda República se inició un cambio que no llegó a modificar el incremento de las listas de espera.

Real Patronato Antituberculoso

Antes de terminar la guerra civil, el gobierno de Franco comenzó su actividad contra la tuberculosis y transformó el Real Patronato Antituberculoso, autofinanciado hasta entonces como fundación privada, en un organismo con cargo a los fondos del Estado. El nuevo Patronato Nacional de Lucha contra la Tuberculosis comenzó, en plena guerra, la construcción de treinta y cinco sanatorios antituberculosos que no se terminarían hasta mediados de los años cuarenta.

Al frente de la Dirección General de Sanidad estaba José Alberto Palanca, que había ocupado ese mismo cargo en el Gobierno de Primo de Rivera y que desde 1936 era jefe del Servicio de Sanidad Nacional. En noviembre de 1940 se aprobó la construcción urgente de sanatorios antituberculosos con capacidad para 20.000 camas. Para ello se hizo una previsión de 45 millones para funcionamiento del Patronato y 178 millones para la construcción de sanatorios.




A comienzos de 1941 Palanca, en el segundo número de la Revista Nacional de Arquitectura, solicitó la colaboración de los arquitectos. Dos años después, en marzo de 1943, la misma Revista Nacional de Arquitectura dio cuenta de la marcha del Plan de Construcciones Sanitarias del Patronato Nacional Antituberculoso y planteó un Concurso de Anteproyectos de Sanatorios Antituberculosos de ámbito nacional.

Para ello se había dividido el territorio en diez regiones peninsulares, tres insulares y el Protectorado de Marruecos y demás posesiones africanas. Se planteaba la construcción de sanatorios con una capacidad de 16.000 camas nuevas que se sumarían a las 5.755 existentes y a las 10.245 que estaban en fase de construcción. El Concurso planteaba unos tipos de sanatorios que luego se desarrollarían con sus peculiaridades en cada lugar. Como condición general, se pedía una mínima distancia de las poblaciones, para evitar problemas sobre contagio aunque no demasiado alejados para facilitar la visita de familiares, reducir gastos de mantenimiento y prescindir de viviendas para el personal.

Concurso nacional de sanatorios

El primer premio de los tres tipos y zonas fue para el equipo formado por Ernesto Ripollés, Aurelio Botella, Sebastián Vilata y Ambrosio Arroyo. El proyecto presentaba una gran cantidad de datos referentes a programas y protocolos funcionales, esquemas de organización, superficies y volúmenes de aire de las diversas piezas. Se presentaban plantas, alzados y secciones de los tipos propuestos para doscientas, trescientas y cuatrocientas camas, concretados respectivamente para el caso norteño, mediterráneo y castellano.

Este será el modelo de sanatorio institucionalizado en el Plan de Construcciones de Lucha contra la Tuberculosis, como muestran los numerosos sanatorios de entre 200 y 250 camas construidos por el Patronato Nacional Antituberculoso, tales como el Sanatorio El Caubet en Palma de Mallorca, el del Doctor Novoa Santos de El Ferrol en La Coruña, el Sanatorio de Ciudad Real, el de Fuentes Bermejas de Burgos, el Sanatorio Virgen del Valle en Toledo, el Sanatorio de Linares en Jaén o el de Almería decían los escritos sobre la actividad del Patronato.




La Atalaya

En 1943, el ayuntamiento de Ciudad Real compró los terrenos de La Atalaya a un particular tras la petición hecha al Consistorio dos años antes por la Delegación Provincial del Patronato de Tuberculosos de que adquiriera terrenos para la construcción de un sanatorio. El lugar elegido, la Atalaya, una pequeña elevación situada a pocos kilómetros de la ciudad, reunía las condiciones de aislamiento necesarias y una buena situación para sus condiciones de soleamiento y ventilación.

Las obras comenzaban en 1954 y en febrero de 1955 las obras del sanatorio antituberculoso tenían terminada la primera planta del edificio previsto para 300 camas. Las obras avanzan muy lentamente y en noviembre de 1960 el gobernador de la provincia, Utrera Molina, solicitaba se terminase de construir el edificio y que el Patronato Nacional antituberculoso cediese el edificio al Patronato de Atención Psiquiátrica.

En febrero de 1961 se firma el traslado del edificio de manos del Patronato Nacional Antituberculoso a Patronato Nacional para que este lo ceda al Patronato Nacional Psiquiátrico. En ese momento se hablaba de la necesidad de un proyecto de adaptación valorado en veinte millones de pesetas y el equipamiento que permitiría disponer de espacio para 400 camas. A lo largo de los años de esta década se reiteran las peticiones para que el edificio se ponga en funcionamiento.

En mayo de 1967 un artículo del diario Lanza titulado “Buenos días, El sanatorio de la Atalaya” recordaba cómo los avances médicos habían dejado, afortunadamente, inútil la construcción prevista para sanatorio antituberculoso. Y en ese momento se pedía se pensase en un nuevo uso y en la terminación de las obras.




Nuevos usos y final del edificio

El sanatorio no llegó a funcionar como sanatorio antituberculoso dados los avances que se producen en la medicina de los antibióticos. En 1944 se había descubierto la estreptomicina y en 1952 se descubrió la isoniacida (hidracina del ácido isonicotínico) primer antibiótico específico que permitía curar la tuberculosis. La aparición de la rifampicina en la década de los sesenta​ acortó notablemente los tiempos de curación, lo que hizo disminuir el número de casos nuevos de manera importante hasta la década de los ochenta.

Finalmente será necesaria una inversión de más de 35 millones de pesetas que llegarán a principios de los años setenta junto a otros nueve millones necesarios para su equipamiento. El proyecto de la Atalaya se terminó a principios de 1970 y comenzó su actividad en 1971, como Centro regional para minusválidos psíquicos, dejando de funcionar en 1996 manteniendo por tanto 25 años de funcionamiento.

En su primera etapa llegó a contar con 266 internos 33 mediopensionistas, menores de 21 años que, al ser un centro de carácter nacional, provenían de varios puntos de la geografía española. Su primer director fue Manuel Díaz-Mor García, que había sido el jefe del Servicio de Psiquiatría Infantil del Instituto de Ciencias Neurológicas, Francisco Torres. El edificio funcionó como Centro Regional de Minusválidos Psíquicos hasta que se trasladó a la ciudad quedando abandonado y finalmente demolido en mayo de 2007, diez años después de su cierre definitivo.

Fuente: https://www.lanzadigital.com/blogs/el-sanatorio-que-nunca-fue/



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