jueves, 18 de abril de 2024

LA ATALAYA ESPERA EL FIN TRAS 25 AÑOS DE SERVICIO Y 11 DE SOLEDAD

 



La licencia de obra para iniciar el derribo del Centro de Discapacitados de La Atalaya se entregará la semana próxima y a partir de ese momento las empresas adjudicatarias tendrán vía libre para reducir a escombros un edificio que sólo estuvo en funcionamiento efectivo durante 25 años.

Para el director del complejo en el momento del cierre y hoy responsable del Centro Guadiana, Santiago Alonso, éste es un momento de sensaciones ambivalentes, «es un lugar en el que he vivido mucho tiempo, en el que trabajé con mucha intensidad, tanto en momentos duros como en los agradables y donde puse y recibí muchísimo cariño. En ese sentido, me da pena el derribo». El otro extremo de dicha ambivalencia es que la demolición, «de alguna manera pone fin a un modelo muy antiguo de tratamiento de la locura que ya no tiene sentido ni cabida en la sociedad actual y me alegro de que lo tiren».

Antes que centro de discapacitados psíquicos, el complejo de La Atalaya había sido un hospital psiquiátrico infantil en el que confluyeron niños de toda España. Aquella fue una forma de dar utilidad a un gran centro sanitario al que la propia medicina había dejado sin razón de ser antes de la inauguración.

El proyecto de La Atalaya data de 1942, cuando se diseñó como Sanatorio de enfermedades torácicas, en una época en que la tuberculosis era un mal muy extendido. Pero cuando el edificio se terminó de construir, la ciencia había. conseguido reducir la incidencia de la enfermedad, por lo que nunca se llegó a utilizar como tal.




NUEVO USO. En 1971 el Gobierno aprobó el cambio de destino del edificio a sede del Hospital Nacional de Psiquiatría Infantil. En unos meses llegaron los residentes, niños y jóvenes de 5 a 21 años procedentes de toda España que periódicamente recibían la visita de sus progenitores. El periodista Pedro Peral recuerda que las familias de menos recursos «llegaban en el autocar y pasaban todo el día en La Atalaya.

Con la llegada de la democracia y la estructura autonómica del Estado, la responsabilidad sobre el hospital se transfirió a la Junta de Comunidades entre 1981 y 1985. La nueva Administración renombra el hospital como Centro de Discapacitados Psíquicos Profundos.

La redenominación incluía un cambio en el enfoque terapéutico yen un último extremo una mayor incidencia en la reinserción del paciente que, al final, sería determinante en el abandono del edificio.

Fue en esa nueva etapa cuando se hizo cargo de la dirección Santiago Alonso, quien recuerda «la ilusión con que recibieron todos casi hace 20 años, fue el 1 de abril. Los trabajadores, las familias, los propios pacientes, todos tenían muchísimas ganas de cambiar las cosas y de hacer un esfuerzo para aumentar la calidad de vida de los residentes».

En 1994 se iniciaron las obras de acondicionamiento del edificio del convento de las Adoractrices, situado en la ronda del Parque de Ciudad Real, como nuevo centro de discapacitados que sustituiría al de La Atalaya. Estos trabajos duraron hasta 1996, que fue cuando se produjo el traslado a lo que hoy se denomina Complejo Residencial Guadiana.

Desde entonces, el edificio de La Atalaya ha permanecido vacío, y ha sufrido durante casi 11 años un notable deterioro. Hubo algunas propuestas para reutilizarlo, entre ellas su cesión a la Guardia Civil o la instalación de una residencia de mayores. Ninguna fructificó.

 



Un gran lienzo entre escombros para los amigos del espray

La antigua residencia de discapacitados de La Atalaya aguarda la llegada de las excavadoras que la harán desaparecer de la falda del monte que le da nombre en un estado lamentable fruto de la soledad y los años de abandono, pero también de la mano de las personas que poco a poco han ido destrozando su interior. Aunque vista desde la parte baja de la carretera, esta inmensa construcción no parece que esté en demasiado mal estado, salvo por algunas pintadas un poco más grandes.

Una vez en el recinto se aprecia que casi hasta el último centímetro de la planta baja de la fachada se ha aprovechado para realizar grafitis, la mayoría de las ventanas han desaparecido y una parte de las habitaciones muestran todavía las señales del incendio que hace unos años se produjo entre las ruinas.

Todo el interior está lleno de escombros y en las paredes se repiten grafitis con reivindicaciones políticas o sociales, expresiones a favor de determinadas corrientes musicales y ocurrencias cuyo sentido real sólo conocen sus autores.

Los huecos de los ascensores situados junto a la escalera están igualmente llenos de cascotes que ocultan en parte lo queda en las cabinas, unos metros por debajo del nivel de entrada. Ocasionalmente, restos de un mueble o una puerta calcinados indican donde se prendió una hoguera. El aspecto general es tétrico y sólo la pista deportiva, pintada para una competición de coches de radio control y el antiguo campo de fútbol dan una falsa sensación de normalidad.




La zona situada entre la piscina y el edificio principal presenta restos de difícil catalogaci6n, tal vez piezas de los talleres o restos de muebles, incluso la mitad de una pila aparece en medio de las cenizas de una hoguera. Por todo el recinto afloran botellas, vasos de plástico, bolsas de supermercados y otros productos, sobrantes de posibles fiestas nocturnas.

No es de extrañar que con ese aspecto el edificio haya despertado la fantasía de algunas mentes más o menos enfermizas, como las que a mediados del año pasado animaron al equipo de un programa de televisión centrado en supuestos fenómenos extraños a realizar una visita a La Atalaya, de la que salió un reportaje en el que se daba, pábulo a sucesos que nunca ocurrieron o se recordaban otros hechos ocurridos en el parque forestal como asociados por extrañas fuerzas al edificio, tal fue el denominado crimen de los novios.

En este sentido, el antiguo director del Centro de Discapacitados. Santiago Alonso. señaló que el próximo derribo del edificio «acabará con especulaciones y visitas que pueden dar lugar a un accidente». De hecho, este edificio ha sido el escenario de la crónica de sucesos real, como incendios o la caída de un visitante por el hueco de uno de los ascensores.

La Tribuna de Ciudad Real. Domingo 4 de febrero de 2007 



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