Bernarda Patón recibiendo la
felicitación del Obispo-Prior D. Juan Hervás cuando cumplió 121 años. Portada
del diario Lanza el 22 de agosto de 1955
Bernarda Patón del Hoyo ha cumplido los
ciento veinte años, y en toda su vida tomó un medicamento
La única superviviente del último
centenario, el VI, de la fundación de Ciudad Real es Bernarda Patón del Hoyo,
que cumplió ciento veinte años el 20 de agosto de 1954. Se trata de un caso de
longevidad poco frecuente, tan poco común, que es posible que Bernarda sea uno
de los pocos seres que aún vivan después de tanto tiempo.
Lo primero que hace Bernarda es señalarnos
un cuadro en que aparece el documento que atestigua la fecha de su nacimiento y
enseñarnos unas fotos en las que aparece junto al obispo prior de las Ordenes
Militares, que cada año ha ido a visitarla en el día de su cumpleaños para
entregarle un donativo. El pasado, de manera expresa, el doctor Echevarría
Barrena, recientemente fallecido, le redondeo la cantidad dándole 25 pesetas de
más, y buena prueba de la memoria de Bernarda para las cosas que ocurrieron
hace un siglo como para las que se produjeron hace un año, en que esta, nada
más ver al prelado, le dijo:
-Señor obispo, descuénteme cinco duros que
me dio de más la última vez.
Hemos visitado a Bernarda para que nos
hable de ella y de Ciudad Real y le hemos preguntado si recuerda lo que ocurrió
en la capital hace cien años, cuando el VI centenario de su fundación.
-Me acuerdo de muchas cosas ¿sabes, hijo mío?,
pero si era cosa de discursos y todo eso…, seguro que no fui. A lo que yo no
faltaba nunca era “La Pandorga” (fiesta popular manchega) y a los “mayos”.
Bernarda Patón junto al Obispo-Prior
D. Emeterio Echevarría
Nuestra Bernarda es una mujer de genio
alegre, fuerte y recto, aparte de fervorosa creyente. Nació -según ella nos
cuenta- en una noche de tormenta. Que tormenta seria lo aclara ella diciendo
que el 20 de agosto de 1834 cayó sobre Ciudad Real y su término tan gran
cantidad de agua y pedrisco, que su madre, que la había traído al mundo unas
horas antes de empezar “el concierto”, hubo de salir con la criatura en brazos
del chozo en que vivían y buscar refugio en lugar más seguro.
Desde niña trabajó siempre la tierra, y la
azada fue el único instrumento con el que, en crudos inviernos y calurosos
veranos, curtió su naturaleza. Nunca estuvo enferma y no ha salido de Ciudad
Real, salvo al ser arrollada por una caballería, hubo de trasladarse a Madrid
para ser curada. No ha tomado jamás un medicamento.
De su matrimonio tuvo nueve hijos, muriéndosele
cuatro. De los que le viven, el mayor ronda los setenta años, y el menor, cincuenta
y seis. Estos han dado a Bernarda veinticinco nietos y quince bisnietos que
viven en la actualidad.
Evoca sus recuerdos infantiles más
lejanos:
-Siendo muy joven y viviendo con mis padres
en un chozo en el campo, llegó hasta allí una partida de soldados carlistas, al
mando de “el feo cariño” y “el cabo Peco”, que combatieron por estas tierras.
¡Que susto, Dios santo! En mi choza terminamos por hacer comida para todos.
El Correo Gallego. Número 25361 - 19
de abril de 1955
-Años después visitó Isabel II esta
ciudad. Hubo muchas fiestas, y mis padres no me dieron permiso para venir desde
el campo. Me escape de casa sin zapatos, pues me los había escondido mi madre.
Cuando regresé de los festejos que se organizaron tuve otros con mi familia. Y
me dieron una buena paliza.
-¿Sabe usted leer y escribir?
-No. En mis tiempos solo aprendían los
hombres. Pero conozco las letras de los anuncios y las “entiendo”.
Cuenta el refrán que los niños y los
viejos dicen la verdad. Bernarda, que aparte de ser una vieja de las más viejas
es tan llana como la tierra que la vio nacer y enormemente sincera, nos
responde cuando la preguntamos cual ha sido la mayor amargura de su vida:
-Mi mayor amargura fue no haberme casado
con mi primer novio. Se opusieron sus padres por cuestión de intereses. El
pobre hombre “desesperao” se marchó a la guerra de Cuba. Cuando volvió ya
estaba yo casada.
Aun se emociona esta mujer cuando se
destapa el frasco de sus esencias sentimentales. Le preguntamos que diferencia
encuentra entre las costumbres de ahora y las de hace un siglo:
-Entonces no había tanta vanidad, porque
no había el destrozo de dinero que hoy se hace. Un vestido nuevo duraba para “tres
ferias”.
Hemos dejado a Bernarda sentada en su
sillón, del que casi no se mueve. Pero es feliz, y ese es su mejor premio.
El Correo Gallego. Número 25361 -
19 de abril de 1955
Bernarda Patón falleció en 1956 tal
y como informó lanza en su número del 2 de enero del citado año