
¿Fecha? ¡Una cualquiera! Ha sido en estos
últimos días, después de haber llovido durante una semana. El astro rey, pálido
y débil, como convaleciente de una enfermedad que nos lo ha ocultado durante
algún tiempo, no sirve para mitigar el frio sutil, ni para disipar la neblina húmeda
y difusa. Un airecillo cortante y traidor, pone un tinte rojizo en las aletas
de la nariz y en los lobulillos de las orejas; y de vez en cuando, ese
airecillo, que colorea los rostros de los transeúntes, se agigante y se
acrecienta transformándose en ventarrón fortísimo y huracán violento…
Es por la mañana… Hemos salido de la
redacción, única y exclusivamente para dar un paseo por las calles de nuestra
capital: Rafael con su máquina y trípode; yo con las cuartillas y el lápiz…
vamos a fotografiar algunas calles de Ciudad Real en el periodo de lluvias;
pero no somos mal intencionados… Podríamos -buscando el éxito periodístico-
haber obtenido las gráficas un día de lluvia, y exagerar los hechos en parte.
También hemos podido retratar las alcantarillas de la Plaza de Cervantes, o el
barrizal de la puerta de Granada, o la laguna que se forma cerca de la Plaza de
Toros, o el lodazal existente al final de la calle Sauco Diez, o… ¿más para que
seguir? Si nuestra intención hubiese sido molestar y zaherir, habríamos presentado
estas fotografías que maravillarían a
nuestros lectores de fuera; ¡los de aquí vemos estas cosas en la realidad!
Pero hemos preferido hacerlo hasta las
calles más céntricas. Demostración palpable de que la desurbanización impera
por doquier; hasta las calles últimamente adoquinadas, se convierten en
lodazales inmundos con solo caer cuatro gotas. Y en las empredradas, los baches
se llenan de agua y el cieno y el barro se amontonan.

Se nos objetará que, cuando llueve, esto
sucede en todas partes; que Madrid, en tales días, se pone verdaderamente
asqueroso… Estamos conformes; pero es que aquí hablamos del estado de nuestras
calles ¡tres días después de llover! Además, los colegas de la Corte, están realizando,
precisamente en estos días, una campaña sobre el pésimo estado de las rues
madrileñas. Y en último término: ¿es que debemos de copiar los defectos de
otras ciudades?. ¿Porqué no hemos de
imitar, entonces sus virtudes?
En estas reflexiones, continuamos nuestro
paseo, calle de Toledo arriba, hasta que haciendo mil equilibrios arribamos a
la plaza del cuartel. El camarada “Rafa” monta el trípode y se dispone a
impresionar una placa, realizando difíciles piruetas para esquivar los charcos
y evitar que el cieno le manche el pantalón. Una mujeruca, que sacude fuertemente una esterilla en la
puerta de su casa, nos mira asombrada y, cesando en su faena, nos interroga:
-¿Son ustedes del Ayuntamiento?
-¡No señora! ¡Libera nos domine! -le
espetamos pesarosos de que no confundan-. Somos periodistas.
-¡Ah! ¿Y van a preguntar estos retratos en
los papeles?
-¡Claro! Para eso hemos llegado hasta
aquí.
-Pues diga usted que no hay derecho al
abandono en el que nos tienen. Antes cuando estaban los artilleros, se cuidaba
un poco este barrio. Pero lo que es ahora…
-Si señora se dirá: ¡no faltaría más! ¡Y
que conste que no somos del Ayuntamiento,- le repetimos.
…Bajamos por la calle Pedrera. Y después, al
barrio de Santa María, donde describir el aspecto seria incurrir en constante
repetición. La calle de los Reyes, con su nombre altisonante y aristocrático,
es un verdadero cenagal. Aquí “tiramos” otra foto. Llegar hasta el Parque de
Gasset en una mañana como la de hoy es una verdadera proeza: en la de Postas -¿Martínez
Anido?- el barro invade hasta las aceras. Continuamos por la calle Alarcos,
pues seguir los paseos de Cisneros es una temeridad. Frente al mismo teatro
Cervantes, el lodazal se aumenta por la reciente plantación de árboles, sin que
nadie se haya preocupado de empedrar nuevamente; en grafica no se aprecia esto,
sino que muy ligeramente.
Los transeúntes, un poco extrañados, nos
miran, detienen su paso y seguramente piensan: ¿Estarán locos? Los que nos
conocen dicen en voz alta: -¡Ya estáis preparando algo! ¿verdad?
Un joven, pulcra y admirablemente vestido,
se nos aproxima:
-¿Son ustedes de Vida Manchega?
Y, al responderle afirmativamente, nos
dice:
-Miren la puerta y fachada de mi casa, que
es la de ustedes.
-Muchas gracias.
-Al pasar los automóviles sobre el barro y
el agua, despiden salpicaduras que manchan la pared, como lo pueden apreciar. Mi
padre necesita continuamente de los pintores si quiere que la fachada
permanezca limpia. ¿Hay derecho a esto?
-¡No señor, no hay derecho! -le
respondemos dándole la razón.
El joven pulcro y atildado continúa
protestando airadamente de las autoridades y de la desurbanización. En esto, un
automóvil, que cruza a gran velocidad, levanta una verdadera nube de cieno, que
va a estrellarse contra el grupo que formábamos la puerta y la fachada de la
casa no han recibido el regalito; pero nosotros estamos perdido en el barro.
Rafael y yo lo aguantamos estoicamente, pues con el paseo dentro de la
población ha sido bastante. Pero el polo del garban limpio, traje impecable y
zapatos relucientes, prorrumpe al verse múltiplemente manchado, en formidables
improperios… Creemos que la inocente familia del shofer no salió muy bien
librada de los insultos.
¿Tienen la culpa los conductores? ¡No! ¡Ni
mucho menos sus familiares! Entonces, ¿los culpables son nuestras autoridades
locales? ¡Tampoco! ¡No faltaría más!
Aquí no podemos achacar estas mas, cosas,
que al agua. ¡Si no lloviese, no sucedería nada de esto! Las calles estarían
relativamente bien y el cieno no mancharía las ropas de los transeúntes.
Pero si no lloviese, los agricultores se morirían
de hambre.
Antón de Villarreal. Vida Manchega,
Ciudad Real sábado 8 de febrero de 1930