…Y “siete días andados del mes de febrero, año 1255”, el Rey Sabio fundó, en el llano una “grand Villa bona” para que en ella afincasen los pobladores del empinado Alarcos, azotados por las miasmas del cercano Guadiana.
Y, dotándola de muchas mercedes, la marcó en el sitio del Pozuelo de Don Gil. Lugar de colmeneros y ovejeros, con lo cual dicho queda que pradería tenía y encinares cobijadores.
Y mandóla amurallas, luego, y llamarla real. Esto, por su fundador y, lo otro, para acantilado realengo donde habían de romperse los crecientes, orgullosos y avalladores ímpetus de monjes más dados a la espuela y a la espada, que a las sedentarias preces corales.
Y, durante siglos, ese fue el sino de la villa, y ciudad después, que rodeo, de casas al pozo de Don Gil y cuyo término los calatravos apretaban por doquier.
Y creció, y se extendió dentro de su amurallamiento, y tuvo esplendores de real alcázar, y ferias junto a un pilar, abastecido por un pozo hondo, a la vera del camino que a la Andalucía y a la Extremadura llevaba desde Castilla.
El rústico Pilar, hoy ciudadano y coqueto, esta añoroso y avergonzado porque lo llaman plaza de Cervantes y le birlaron la estatua del manco, que estuvo unos años en su centro, y porque, siendo Pilar, no lo tiene y le han puesto, enmedio una fuente mona y el pozo hondo esta tapado, cual boca de letrina.
Tapado, y no cegado, lo recordamos desde
que íbamos a jugar a ese sitio. En una sequía, lo abrieron, le hicieron una
entrada y sacaron agua, cántaros moros, enteros y partidos, y arcaduces. Yo los
vi y, quizá, tú también si tu edad llega a la mía.
Dicen , las gentes, que ese pozo es el de Don Gil, Pero Hervás en su Diccionario escribe: “El pozo de Don Gil estaba en la Plaza del Pilar, entre el puente y la primera casa de la calle que va a la puerta de Alarcos; lo mandó cegar el intendente conde de Benagiar porque estorbaba al paso de su coche -1764”-
Repara, por tanto, son al parecer, dos los pozos: Uno, el tapiado, pero no cegado y bien visible cuando escribía Hervás, está donde concluye la calle de los Arcos, separada del comienzo de la de Alarcos por el Pilar, que se cruza a lo ancho. Y el otro, el de Don Gil, al lado opuesto, en el arranque de esta última calle, según cuenta el historiador mentado.
Por la comodidad, egoísta e inculta, del conde de Benagiar, en tiempos decadentes, perdimos el pozo preciado recuerdo y raíz de nuestra fundación. En el rocoso subsuelo de Ciudad Real, con un poco de amor al pasado, fácil hubiera sido al reformar la calle y desaparecer el puente, buscar el pozo y, al hallarlo, conservarlo vaciado y preminente. Así, ahora, con marco de barrio de edificios suntuosos y de vida próspera, urbana, culta, actual, y ribeteado con flecos de los viejos, moruno, interesante, y de la judería, llenos de leyendas y con patios con pericones, higueras, granados y cuevas interminables… cuando un nuevo centenario se acerca, podríamos, en un palmo de terreno, presentar al visitante el carcomido y modesto, pero honroso, terso y limpio, pergamino de nuestras bien queridas armas dúrelos:
Un Pilar que recuerda, con su nombre, un pasado de sedientas ovejas y juntas pegujaleras y diligencias trajineras; un “olmo viejo” que no quiere morir sombreando literatura barata y si al mando glorioso que nos glorificó y la forjó valiosa; el pozo, seco o no, de Don Gil, muy cerca del olmo; un tantico más allá, aquellas nuestras praderías que con el desastroso XVII vinieron a ser basurero hasta que, en 1778, Isidoro Madrid, allanando y plantando árboles, inicia, beneméritamente, su estado actual de arboleda, grojeos y flores, ante la casa de una muy manchega Señora, morena y alegre, de nombre agreste, poético y de reconfortador reposo.
…Y mucho más allá, al externo norte de la ciudad la desmantelada Puerta de Toledo, noble arco triunfal -si con ecuanimidad la restauran- para Alfonso, nuestro fundador, al sonar la hora del centenario de su “grand Villa e bona”, colocáramos, en el hueco gótico-arábico, su efigie, sabia y regía, mirando al caserío y bajo la roída lápida de la secular oración esculpida en caracteres monacales, implorante y casi exorcizadora:
“Visita, oh Señor, te lo rogamos, esta
morada, y aparta de ella todas las asechanzas del enemigo: Tus santos Ángeles
nos guarden en paz a los que habitamos en ella, y tu bendición sea, siempre
sobre nosotros. Sálvanos oh Dios Omnipotente, y concédenos tu eterna luz,
Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo”.
No quiero separarme de ti, lector paciente, sin decirte como guarda mi memoria -no sé si con fidelidad- el recuerdo del puente citado por Hervás, y aquellos contornos. Aún hay curiosas fotografías de ellos:
Existía “el olmo viejo”, fastuosamente grande y sin heridas de podas crueles. Donde el jardín, había una hondonada y una fuente pública. El puente, -de secano, excepto algún día de lluvia torrencial- extendido desde la esquina del palacete de Barrenengoa al comienzo de la calle de Alarcos, salvaba el desnivel. Sencilla barandilla de hierro hacía de pretil frente al olmo. Por este lado, protegido por una verja, se abría el arco de entrada a la bóveda que cruzaba hasta salir al Pilar. Cuando la lluvia era abundante, la riada que se originaba en las calles cercanas corría hasta la “hondaliza” y se sumía por la bóveda arrastrando la breza y, en su estación, melones y sandias de los puestos vecinos. Más de cuatro meses, si la verja estaba expedita, la infantil audacia nuestra cruzo de parte a parte, la obscura bóveda.
A lo largo, a lo que creo, de la calle de Alarcos, por el lado de la izquierda, una atarjea hacía de desagüe en la cava de la puerta de Alarcos. En la unión del Pilar con las calles del Gato y de Ciruela, había otro sumidero afluente.
El puente, se continuaba insensiblemente con la calle de Alarcos y, como dije, concluía a la altura aproximada del esquinazo de la primera casa de la calle.
Ese es el sitio, claro, sonde sitúa Hervás el Pozo de Don Gil, arranque de la fundación de la Ciudad Real, manchega, asentada al mediar el camino que de Toledo a Córdoba conducía y antes del foraz, abrigado y ganadero, valle de Alcudia, y capital de la provincia donde, en un lugar ignoto, nació el ingenioso hidalgo Alonso Quijano, el buen
Julián
Alonso Rodríguez. Diario Lanza miércoles 16 de junio de 1954, página 3.






























