Para mí fue aquélla una feliz iniciación en la vida literaria, algo así como un fogueamiento, a la vez que un continuado ejercicio intelectual en el que yo procuraba no concederme reposo. Leía mucho, escritores rusos y franceses del siglo XIX sobre todo, y procuré digerir, no sin grandes esfuerzos, a los alemanes Chopenhauer, Niestzche y Kant. Fue entonces cuando conocí a José Domingo de Mena y a Ángel G. Lugea. Domingo de Mena era cabo de Ingenieros y tenía ya terminada o próxima a terminar la carrera de abogado. Como escritor, en prosa y verso, era la corrección personificada. Lugea, perteneciente a un Cuerpo de Infantería, era un extraordinario poeta bohemio y un bebedor empedernido.
Nos reuníamos los ratos libres —no
recuerdo qué extraña coincidencia nos hizo conocernos, estimarnos y ser
inseparables mientras estuvimos en África —en una taberna, que más tenía de
antro plutónico, de la calle Real. Allí hablábamos de literatura y de allí
salió la idea de rendirme un homenaje de amistad y cariño en las páginas de
“Vida Manchega”. Acepté emocionado aquella prueba de fraternal simpatía, y con
los versos a mí dedicados por aquellos excelentes poetas, “Vida Manchega nos
dedicó una página, ilustrada con nuestros retratos, bajo el título de “Soldados
Españoles”, en la que en honor al Ejército y a los que visten el honroso
uniforme militar, se enaltecía a tan preclaros soldados como Garcilaso, Ercilla
y Cervantes, que, a la vez, supieron honrar las Armas y las Letras.
Mi modesta pero entusiasta labor en las páginas de “El Pueblo Manchego” y de “Vida Manchega” no caía por completo en el vacío. Recibía plácemes y frases de aliento que me animaban a proseguir en el camino emprendido y eran al mismo tiempo como un bálsamo para mi espíritu. Uno de estos plácernes lo recibí del propio obispo prior, de las Ordenes Militares de Ciudad Real, doctor Gandásegui que seguía con interés mi labor en aquellas publicaciones, por ‘‘resultarle sumamente simpático que esta labor la realizase un soldado”.
No hay para qué decir que mi labor era desinteresada y gratuita, pero cualquiera me venía a mí, a mis veinte años, con monsergas de dinero. El mundo era mío y el porvenir también. Yo procuraba que, fuera de Mena y de Lugea, nadie más supiera nada de mis andanzas literarias y periodísticas. Tuve que hacer una excepción, sin embargo, y fue con mi compañero de trabajo en la oficina. Se llamaba Fernando Pérez Fernández y era hermano de Perico, el ilustre colaborador del inolvidable Muñoz Seca, y también, recientemente, desaparecido del mundo de los vivos. A Fernando, por ser hermano de Pedro, lo consideraba yo como incurso en el oficio de escritor y me sinceraba con él sin ningún inconveniente.
Ya libre de mis compromisos militares fui a residir poco después a Cartagena. En Cartagena se publicaban, como periódicos importantes, “El Porvenir” y “La Tierra”. “El Porvenir” lo financiaba y lo dirigía Manuel Dorda y “La Tierra”, Joaquín Payá. Más tarde se fundó un gran semanario de carácter político y literario, “Cartagena Nueva”, dirigido por el abogado y propietario Pablo Sanz. Yo comencé mis tareas de colaboración en “El Porvenir” y, a su vez, en ‘‘Cartagena Nueva”. En Cartagena conocí a muy buenos escritores y periodistas. A Pepe Abdón Martínez y a su padre, don José, conocido por el pseudónimo de “Cyrano” y fundador del semanario de este mismo nombre. En “Cyrano” también colaboré, y antes, creo, que en “El Porvenir”.
A Miguel Pelayo, a Carmelo Martínez Peñalver, a José Pérez Alonso, a Jiménez de Letangia Pepe Conde, a Manuel Cortina, a Pepe Iglesias, a Orencio Bernal y algunos otros. Los conocí, los traté y fui amigo de todos, sin excluir a Vicente Pérez Pascual, el fino autor de “Diálogos Amatorios”. Pero bueno será dejar toda esta sarta de evocaciones para otro artículo.
Juan del Sarto. Gaceta de la Prensa
Española, nº 97, Madrid marzo de 1956








.jpeg)

.jpeg)





