
Hállase fabricado este templo de ladrillo
con arcos de sillares labrados, y las aristas que componen la capilla mayor
vienen a converger en lo alto de ella en una diminuta pina perfectamente
dorada. Tiene solo una nave, pero tan alta, grande y espaciosa que quizás no
haya otra en España que le exceda, pues que cuenta 50 metros de longitud y 17
de latitud: su arquitectura es del género gótico descargado de follajes y
menudencias. Las dos bóvedas inferiores las cerró en 1500 Antonio Fernández de
Ecija, y la tercera se concluyó en 1514; y en el adorno de su crucería se
advierte con efecto una favorable progresión, terminando graciosamente en el
ábside, que ocupa un precioso retablo. Este es mucho más moderno que lo restante
de la fábrica, y de lo mejor que nos queda del buen tiempo de las artes. Se
atribuye a Giraldo de Merlo, por los años de 1616, y consta de cuatro cuerpos, y
de los órdenes de arquitectura dórico, jónico, corintio y compuesto, con cuatro
columnas en cada uno, en los cuales y el resto del retablo hay distribuidas más
de 50 piezas de escultura, entre ellas los 12 apóstoles, de cuerpo entero, de
tamaño mucho mayor que el natural, y tableros de medio relieve representando
asuntos de la vida y pasión de J.C., rematando en el hueco de la gran bóveda
con un Padre Eterno de extraordinaria magnitud, pero muy bien graduado, un
Crucifijo, la Virgen y San Juan. En la mitad del retablo y sobre majestuoso
tabernáculo, hállase colocada en trono de plata la joya principal del templo y
aun de la ciudad a los ojos de sus devotos, la imágen de Nuestra Señora del
Prado, a cuyo lindo camarín conduce magnifica sacristía y ancha escalera, y
ante la cual penden régios estandartes por glorioso trofeo.
La sillería del coro de nogal tallado con
muchísimo gusto y primor, y el órgano, guardan proporción con lo restante del
templo.

En sus paredes laterales y cerca del altar
mayor hay dos corredores altos con arcos de hierro para sostener cada uno de
ellos ocho lámparas, que antiguamente eran de plata de diversas hechuras,
regaladas en los siglos XVI y XVII con otras diferentes alhajas por sujetos
cuyos nombres se conservan, y algunas de ellas enviadas de las Indias
Orientales; pero habiendo sido recogidas en 1811 de orden de la Junta de la
Mancha, se han ido sustituyendo del mejor modo posible. En el centro del templo
había otra lámpara preciosa y de la misma procedencia, que pesaba 1.344 onzas,
de plata; más habiendo sufrido igual suerte que las anteriores fue reemplazada
por la que dieron a la Virgen en 24 de Agosto de 1817 D. Diego Muñoz y su
esposa, vecinos de Ciudad- Real, la cual cuenta 923 onzas, de plata, o sea
el mismo peso que tenía su hija Dª. María del Prado, cuando siendo niña cayó
sin sufrir lesión alguna desde el corredor de su casa al patio.
En las bóvedas del templo ondean los
estandartes que sirven en las proclamaciones de Jos reyes, habiéndose reunido
algunas veces hasta seis. No se sabe en virtud de qué privilegio deben fijarse
allí, pero es lo cierto que apenas se ha verificado la proclamación, se hace
entrega formal de los estandartes en esta iglesia.
Metida en angosta calle y entre macizos
contrafuertes la portada principal de forma ojiva y de ornato semibizantino,
ella y otra puerta lateral su contemporánea, parecen entregadas al olvido por
el gusto del renacimiento que, al través de los árboles del paseo, campea
luchando con góticas reminiscencias en las rasgadas ventanas del ábside y en la
puerta del M. La torre, empero, cuya fábrica se empezó en 1551, no habiendo
pasado del primer cuerpo adornado de una linda ventana, es elevadísima, toda de
piedra labrada y costó un millón de reales levantarla, quedando terminada el
año de 1825, en que se emprendieron de nuevo los trabajos. En la ventana del E.
hay una hermosa y sonora campana regalada por S. Fernando, la cual estuvo en la
torre antigua, demolida á fines del siglo pasado, y tiene las
inscripciones siguientes. En la parte superior: Assumpta est Maria in coelum,
gaudent angelí; laudantes benedicunt Dominum En la interior: Dióme á la
milagrosa imagen de Nuestra Señora Santa María del Prado la devoción de la
Magestad del Sr. D. Fernando en 1242. Y en la parte exterior tiene una cruz
y once escudos con las armas de Castilla y León, en medio de cada uno de los
cuales hay una flor de lis.

Respecto a la Virgen del Prado, cuenta la
tradición que en el año de 1013, yendo a Velilla un caballero aragonés, llamado
Ramón Floraz, abrevó su caballo en una fuente, y notando un hoyo en que el animal
había hundido el pie, y ensanchándolo con su acero, halló una bóveda
subterránea de donde salía fragancia y una luz sobrenatural, cuyo rastro le
condujo hasta una imagen dorada de Nuestra Señora, en aquel recinto escondida
desde el año 713, y la cual había sido venerada en la citada Velilla desde el
de 430 con el título de Nuestra Señora de Tormos, Torneos ó Tornos. Llevósela
el caballero, parando antes en Villareal, cerca de Daroca, a su rey Sancho el
mayor, quien recompensándole generosamente colocó la efigie en su oratorio, y
la trasmitió a su hijo Fernando I de Castilla. Traída al cerco de Toledo, dió á
Alfonso VI la victoria; y olvidada en la campaña siguiente, permitió fuese
derrotado en Zalaca, con lo cual escarmentado el príncipe, en la expedición de 1088,
en que hizo tributario al rey moro de Córdoba, encargó a su capellan, Marcelo
Colino, que llevase consigo la imagen. Detenido este en Pozuelo seco de D. Gil,
donde vivían ya pacíficamente algunos cristianos, y sesteando en un prado bajo
los árboles, viéronla aquellas buenas gentes y suplicaron en vano al sacerdote
que se la dejase; pero ella misma, antes de llegar a Caracuel, volvió
milagrosamente a aquel sitio, y mostrando su voluntad de residir allí, se le
fabricó una ermita, donde empezó a ser devotamente venerada.
Hasta 1513 estuvo esta imagen sentada en
una preciosa silla dorada; pero en el indicado año determinó la devoción
quitarla de ella, desbastándola en proporción para ponerla de pie, y vestirla a
la usanza de aquellos tiempos con riquísimos mantos de hermosas telas. Los
despojos de la talla de la Virgen y la silla fueron llevados por un devoto
clérigo, natural de Ciudad-Real, llamado el Licenciado Poblete, a la ciudad de
Lima, capital del Perú, donde hizo de aquella madera una imagen pequeña, que
colocó en la parroquia de los indios, dando a una y a otra el nombre de Nuestra
Señora del Prado.
En el camarín guárdanse preciosas alhajas
regaladas por los devotos, un cuadrito de la Concepción de Lúcas Jordán, y una
cabeza del Bautista de Eugenio Caxés. Y entre los varios y muy ricos vestidos
de la Virgen se conserva uno regalado por el santo rey D. Fernando en 1242, el
cual es de tela de oro y plata con flores verdes y encarnadas y dos grandes
cenefas de terciopelo, color de púrpura, bordadas a realce y gusanillo, estando
además todo él guarnecido de camafeos, unos de plata y otros de plata
sobredorada, engarzados de pedrería.
Las imágenes en esta iglesia más
veneradas, además de la Virgen del Prado, son: el Santo Cristo de la Piedad y
la Dolorosa. Y entre las muchas de las reliquias que se guardan en la misma,
hay una de S. Palmado.
De esta iglesia sale la procesión general
del Corpus, a la que asiste el clero de las tres parroquias, y las hermandades
todas de la ciudad y la del Santo Cristo de la Poblachuela. Las principales
hermandades adscritas a la misma son: Nuestra Señora María Santísima del Prado,
patrona de la ciudad y de la comarca y restauradora de ambas Castillas; la del
Santísimo Sacramento, y la de la Virgen de los Dolores.
Como sucursal de esta parroquia, se halla
habilitada la iglesia de Nuestra Señora de la Merced, y a ella están agregadas
la ermita de la Virgen de los Remedios la iglesia del Ex-convento de los
Carmelitas descalzos, y el Convento de religiosas Carmelitas.