El monumento a Rafael Gasset en
Ciudad Real, obra del arquitecto Julio Carrilero y del escultor Ignacio Pinazo
El tema era harto halagador para un
artista del fino temperamento de Pinazo: Rafael Gasset, el político tardíamente comprendido,
el luchador infatigable y| desinteresado que, en constante desacuerdo con los
gobernantes de su época, quiso imprimir a la economía española un rumbo nuevo
en defensa del fomento hidráulico que había de convertir en productivas las
tierras secas agobiadas por la esterilidad; el periodista batallador que sacrificó
sus horas de sosiego para hacer el antiguo "Imparcial" uno de los diarios
de más autoridad de España, precisamente en los días en que la efervescencia
patriótica, exaltada por la guerra en Cuba, comprometía las mejores reputaciones;
el hombre austero e íntegro fiel a su idea y a su concepto del bienestar
público, no se dejó arrollar por los desengaños, ni las burlas, ni la ingratitud,
iba a ser honrado, al fin, con un monumento en Ciudad Real, el pueblo admirable
de sus amores y de sus sacrificios.
El monumento a Rafael Gasset no podía ser
una de esas tiesas estatuas de personajes solemnes a quienes deifica la adulación
política. El homenaje a Rafael Gasset significaba el reconocimiento tardío que todo
país rinde a sus hombres eméritos cuando se da cuenta del bien de ellos recibió.
Ignacio Pinazo acogió la idea con entusiasmo.
Más que seducido por su vanidad de artista, con entusiasmo sincero español. Y
eso es el monumento que acaba de ser inaugurado en Ciudad Real, ásperas
vicisitudes que no son del referir: un homenaje, a la vez sencillo y fervoroso.
Busto de Rafael Gasset, que corona
el monumento erigido a su memoria en Ciudad Real
En toda obra de arte, lo primero y lo substancial
es la idea. El procedimiento de materialización, la ejecución, la técnica, la
resolución plástica, aunque no indiferentes, ocupan un lugar secundario. Pero en
los monumentos conmemorativos-en la rutina de los monumentos, quiero decir— la
idea suele supeditarse a la ostentación del escultor. Tan- es así, que ha
podido hablarse de dos géneros de escultura sin apenas contacto: la estatuaria
y la monumental. Esta viene a ocupar en el arte un puesto parecido al de la
literatura dramática. En la música tiene por equivalencia la ópera. Es
verdaderamente teatral. Lo que en sentido figurado se dice de muchos
dramaturgos dominadores de la "carpintería escénica", esto es, del
artificio y los arbitrios espectaculares, podría aplicarse al escultor de monumentos.
Lo corriente es encontrarse por plazas y
paseos brillantes apoteosis pétreas donde un escultor y un arquitecto juntaron
caprichosamente los más varios recursos de la escultura teatral.
Este monumento a Gasset no es una apoteosis,
sino un símbolo. Obedece a una idea que está materializada en el mármol con
acento personalísimo, sin alardes de audaz modernidad; pero también sin
influencias nocivas de ese viejo estilo escultórico-espectacular que domina en
el ornato urbano. Todo el, por su traza, por sus líneas, por sus masas, por sus
proporciones, por sus perspectivas, responde a la idea del homenaje. La idea ha
precedido y orientado la inspiración.
Estos monumentos, sencillos y a la vez efusivos,
en los que se adivina la complacencia del artista y la compenetración de éste
con la obra, redime a las ciudades del notorio mal gusto de las personas encargadas
de su custodia y embellecimiento.
Rafael Gasset, conducta limpia y rectilínea,
no merecía una de esas estatuas enlevitadas, rodeada de alegorías vulgares y
atributos plebeyos que con frecuencia se yerguen sobre miseros jardincillos de
mirto. Merecía si esa fuente de clara ninfa tendida suavemente bajo el busto de
la que emerge en fecunda desnudez la robusta matrona de la Historia. El símbolo
es artístico y justo.
Arquitecto y escultor han sacrificado a la
idea de sobriedad toda suerte de licencias decorativas que hubieran repugnado al
noble sentido de la obra.
No se entienda con ello que el monumento, por
ser sencillo, es simple. Tiene el alto valor estático y ornamental que toda
obra de este género exige: pero sin rebasar los límites precisos.
He hablado anteriormente del entusiasmo que
en él ha puesto el escultor. El entusiasmo se revela principalmente en el
estilo. Cuando un artista se entrega enteramente, ardientemente,
entusiásticamente, a resolver un propósito bien madurado en el estudio, llega,
sin esfuerzo y sin afectación, a la armónica unidad, a la serenidad apacible y
emotiva, a la síntesis normal e inteligente que nada tiene que ver con las
estilizaciones abstractas tan usuales actualmente en la escultura.
Y a eso alcanza la técnica de Ignacio Pinazo.
Los que conocemos bien su obra precedente, los que hemos elogiado en diversas
ocasiones su capacidad y su talento, no podemos sorprendernos del progreso logrado
a fuerza de perseverancia en el trabajo. Dentro de la sobriedad que caracteriza
el monumento a Gasset, el estilo del escultor se manifiesta libro de
prejuicios, personal y sincero, sin añagazas decorativas como he dicho, sin
socorridos trucos de escenografía teatral limpio y claro. Tanto el busto
tranquilo de Rafael Gasset, de exacto parecida como la estatua de la Historia, como
el bello relieve que le sirve de fondo, acreditan la comprensión moderna y el
respeto a los principios clásicos que resplandecen siempre en la obra plástica
del notable escultor.
GIL FILLOL
“Ahora Madrid” 9 de septiembre de
1932 página 26