La situación de al-Andalus tras el derrocamiento de los almorávides en 1145 era muy oscura. El poder real estaba en manos de una serie de minúsculos gobernantes locales. Y por entonces gobernaba en Sevilla Ibn Mardanish, que controlaba también una gran parte del oeste de al-Andalus; con lo que tenía un mayor grado de independencia.
Diez años después de expulsar a los almorávides de al-Andalus, el fundador del imperio almohade, Abdal-Mu’min, dirigió de nuevo su mirada hacia la Península Ibérica y empezó a preparar una campaña en gran escala en el año 1162; pero la muerte le sorprendió antes de que sus planes hubiesen madurado. Y el hijo que le sucedió Abu Ya’qub Yusuf (1163-1184), después de una breve disputa interna, fue quien puso en práctica los proyectos de su padre; y fue en 1171 cuando el nuevo califa almohade trató de fortalecer su poder sobre el al-Andalus y cruzando el estrecho de Gibraltar al frente de un gran ejército se dirigió a Sevilla, donde asentó su cuartel general contra Ibn Mardanish y sus aliados cristianos. La lucha duró hasta la muerte del gobernador de Sevilla, en 1172.
Abu Ya’qub Yusuf I estuvo en al-Andalus casi cinco años (1172-1176). Durante ese período de tiempo, por iniciativa del nuevo califa almohade, se llevaron a cabo importantes obras públicas en Sevilla; entre otras, ordenó construir la Mezquita Mayor en 1172, situada prácticamente en el mismo lugar que hoy ocupa la actual catedral y de la que quedan muy escasos restos.
Proceso historiográfico
Ahora bien, no pretendemos hablar aquí, ni
mucho menos, de la Mezquita Mayor de Sevilla que, evidentemente, fue obra
grandiosa, puesto que en la actualidad existen exhaustivos y detallados
estudios monográficos que se refieren a ella con suma precisión y por ello no consideramos
necesario reproducirlos ahora; nuestro propósito, en cambio, es bien otro: el
de seguir los pasos historiográficos de su alminar hasta el año 1400 que, al
parecer, fue cuando se instaló un sencillo campanario donde estaba la cúpula
que enlazaba con el yamur.
El alminar de la gran mezquita sevillana se empezó a construir en 1184 e inició las obras el mismo alarife (arquitecto) de la mezquita, Amah Ibn Baso; pero tuvieron que detenerse durante unos meses o quizás semanas. Y tras este pequeño lapso de tiempo prosiguieron las obras de la torre, aunque se alteró la primitiva idea de “militarizar” la gran mezquita; obras que volvieron a paralizarse después de la muerte de Ya’qub Yusuf I a manos de los cristianos el 13 de julio de 1184, en el sitio de Santarem (cerca de Lisboa, al nordeste).
Amah b. Baso situó el alminar o minarete en la esquina nordeste del muro y no en la “zona central de la pared norte del patio, como era común” (ej. la Mezquita de Córdoba); lo hizo, según algunos autores, por causa de una vía de agua subterránea que lo impedía, mientras otros porque aún no existía el patio de la mezquita. Y parece ser que si la “idea” original de Abu Ya’qub Yusuf se hubiera realizado en toda su extensión, la Giralda hubiese cumplido un doble papel que explicaría su ubicación: como alminar, para la llamada a la oración, situado lo más cerca posible a la población; y como torre de la muralla capaz de defender una puerta inmediata, que hasta el siglo XVIII se llamó de “Los Palos”.
Y tras la última y nueva detención, las
obras del alminar o torre de la mezquita sevillana tardaron mucho en continuarse;
no prosiguieron aquéllas hasta 1188, con la llegada de Yusuf Ya’qub al-Mansur
(hijo y sucesor de Ya’qub Yusuf I). Y al respecto, Abu Marwan b. Sahib al-Sala
refiere que hasta ese mismo año de 1188 el emir “no mandó reanudar la
construcción del alminar citado y reedificar lo que se había arruinado en la
mezquita. Se empezó la obra por el alarife Alí, el de Gomara, con ladrillo que
es mejor que la piedra... para la construcción; y reparó lo que se había
arruinado en las tres naves de la mezquita por el lado de Levante y por el
Poniente y el Norte; lo consolidó y fortificó la obra”.
Ornato exterior
La obras del alminar (la Giralda, hoy) de la gran mezquita sevillana continuaron. Y no sabemos, al menos nosotros, qué volumen tenía la torre construida una vez transcurridos siete años desde el momento en que se reanudaron las obras en 1188 hasta julio de 1195, aunque debía estar muy avanzadas. Al alarife Alí, de Gomara, se debe el magnífico ornato exterior de la torre (mediante fábrica de excelente ladrillo) con la característica labor en rombos o de Tsebka.
Hacemos mención al mes de julio y año de 1195 porque Ya’queb b. Yusuf al-Mansur, con un poderoso ejército, se iba acercando a la línea fronteriza cristiana, habiendo salido de Córdoba el día 4 del susodicho mes y año. Y atravesando el “Puerto del Muradal”, ya en territorios de Ciudad Real actual, el emir almohade y sus huestes tomaron dirección de la fortaleza de Salvatierra de la que se apoderaron fácilmente; después se dirigieron hacia la plaza fuerte de Alarcos, hallándose el día 13 de julio a unos 22 kms. de ella.
Y mientras que Ya’qub al-Mansur estaba cerca de Alarcos, hallábase Alfonso VIII impactante en Toledo porque las fuerzas aliadas no llegaban, aun cuando los reyes de León, Aragón y Navarra le habían prometido ir con todas sus huestes disponibles. Y dada la proximidad de los almohades, el rey castellano no espera a las referidas fuerzas y decide salir solo con sus tropas al encuentro de los almohades, acampados ya frente al legendario e histórico lugar de Alarcos; sitio donde Ya’qub al-Mansur y su gran ejército musulmán tenían su campamento, pues se había presentado en las cercanías de la fortaleza los días 16 y 17 de julio.
La batalla
Ya los dos ejércitos frente a frente, el
musulmán era en número muy superior al cristiano. Ello y otras circunstancias
que surgieron después no hacen retroceder a Alfonso VIII, quien le presenta
batalla a Ya’qub b. Yusuf al-Mansur. Y sin entrar en detalles de este encuentro
bélico cristiano-almohade, conocido por la batalla de Alarcos, puesto que en la
actualidad existen magníficos estudios que la relatan con bastante precisión,
sólo recordaremos que ella representa una “página negra” en la historia de
nuestra Reconquista. Lo es, por la derrota que sufrió Alfonso VIII que amanecer
del día 19 de julio de 1195 tras la cual ocuparon los almohades la fortaleza de
Alarcos mediante capitulación.
La derrota del rey castellano en Alarcos suponía un retroceso y grave peligro para los reinos cristianos; tanto que se “produjo un repliegue general, con sensación de pánico”, hasta más allá de la plaza fuerte de Calatrava (Qal’at Rabah), sin que se ofreciera resistencia en una sola fortaleza. Y tras ocupar el castillo o mejor dicho la alcazaba de Alarcos y después de que Ya’qub al Mansur separase el “quinto” del botín, según establece el Corán, los almohades prosiguieron su avance y se apoderaron de los castillos y fortalezas de Caracuel, Herrera, Benavente y, sobre todo, de Calatrava (la vieja), donde “pasaron a cuchillo a todos los frayles e caballeros e clérigos y otros muchos cristianos...”, así como del castillo de Malagón y cuantos le salían a su paso por los territorios de Ciudad Real actual. Es decir, cayeron las fortificaciones situadas en un radio de más de 30 kms., teniendo como centro la plaza fuerte de Alarcos; de las que Ya’qub al-Mansur separó siempre el “quinto” del botín que conseguía y el resto lo dividía entre los combatientes.
Sin embargo, fue muy corta la expedición que realizó Ya’qub al-Mansir tras la campaña de Alarcos; bien persentirse sin fuerza o por otra razón que desconocemos, lo cierto es que el emir almohade no supo sacar partido de su triunfo y al poco tiempo emprendió la vuelta hacia el al-Andalus tras de “haber llenado las manos de los musulmanes de botín”; quienes, veinte días después de su gran victoriase hallaban en Sevilla, entrando el martes 27 de Sa’ban del año 571 (7 de agosto de 1195). Y al poco tiempo de llegar Ya’qub al-Mansur a Sevilla se presentaron las delegaciones de sepáis, así como de otras regiones de al-Andalus para felicitarle en verso y prosa; les dijo: “la victoria es mayor que para ser prolijo en su descripción’ (Ibn Idari al-Marrakusi).
Batalla de Zalaca
La batalla de Zalaca (1086) estuvo repartida entre los almorávides y cristianos en cuanto a las pérdidas, y sobre todo, enturbiada su claridad para los primeros; pero, en cambio, la de Atareos fue de “fácil éxito y de general alegría... e hizo olvidar todas las victorias anteriores de los musulmanes y quedó en sus bocas su recuerdo hasta la muerte” (Al-Bayan); siendo el nombre de Atareos conocidísimo entre los musulmanes, puesto que esta memorable campaña fue la mayor que hicieron los almohades. Y ella ha sido transmitida de padres a hijos, generación tras generación, hasta nuestros días.
El regreso de Atareos y la entrada en Sevilla de Yaqub al-Mansur la realizó con el “auxilio de Dios (que le) brillaba en su frente y el triunfo sonreía a su derecha y su izquierda”; después se dirigió a su castillo de Aznalfarache (hisn al-faray), donde celebró la victoria de Atareos con una solemne recepción y un desfile militar, seguido de una serie de obras benéficas a tas preces u oraciones con que dio gracias a Dios en esta ocasión por su gran triunfo contra los infieles. Y tras todos estos solemne s actos, mandó a su Secretario Abu-I-Fadl b. Abi Tahir redactar la carta oficial dando cuenta con extrema concesión de la gran “victoria de Alarcos” e imitase tas cartas de los compañeros del Profeta sobre sus victorias.
Ya’queb al-Mansur hizo célebre la jornada
de Atareos fortificando su imperio; se “extendió en hacer obras de piedad, en
agradecimiento a Dios edificando hospitales para enfermos y locos; señaló
pensiones a los alfaquíes y letrados; creó rentas para los enfermos de los
hospitales, para los listados, etc... (Rawd al-Qirtas); y confirmó su propósito
de construir la mezquita grande (de Sevilla) y su alminar”, prosiguiendo así
tas obras que, sin duda, debían de estar paralizadas.
Efectivamente, el emir almohade mandó reanudar las obras del alminar (hoy, la Giralda) de la mezquita mayor sevillana; después ordenó, en febrero de 1196, “ensanchar su patio y (para ello) se derribaron tas casas y tas tiendas y posadas (además), se construyeron los mercados y tas tiendas con la más sólida obra y el más hermoso estilo de su clase., y se le colocaron cuatro puertas grandes, que lo cerraban por los cuatro lados....; lo que indicaba claramente que la finalidad de la operación era construir un bazar (alcaicería) contiguo al patio de la gran mezquita.
Jorge Sánchez Lillo. Tribuna
dominical, La. N.º 19, 20/9/1998







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