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lunes, 12 de octubre de 2026

LA CULTURA MATERIAL DE LOS HOGARES HIDALGOS DE LA MANCHA. CIUDAD REAL, 1585-1610 (VII Y ÚLTIMO)

 

Vista de la Catedral desde el jardín del viejo instituto. Fotografía Salas. Centro de Estudios Castilla-La Mancha

 

En este último caso, y como ocurre con cuadros y esculturas, lo más habitual fue que abundaran los libros de temática religiosa. De hecho, no es extraña la presencia de ejemplares de la Biblia y de los Testamentos, así como de pequeños volúmenes, generalmente de carácter hagiográfico, como la “corónica de San Francisco” que parece que pudo leer Constanza Suárez(118). A ellos cabría añadir los de tipo puramente técnico, posiblemente no muy aptos para el solaz. En ese sentido doña Marina de Galiana declaró poseer “tres librillos pequeños” y uno más grande de “Leyes y Pregmáticas reales”(119). Más detallista fue María Balmaseda, propietaria de varios tomos de tipo legal, entre los que se contaba el “Derecho Civil (...) impreso en Zaragoza” y otros libros “que están en ochenta e dos partidas” para los cuales, incluso, dispuso de los estantes en los que guardarlos en su nuevo hogar(120).

Dejando aparte este tipo de colecciones –presentes en las dotes como material heredado– las lecturas profanas de las hidalgas de Ciudad Real distan mucho de ser conocidas en su totalidad porque en la mayoría de las ocasiones no disponemos más que de referencias genéricas en las que no se especifican ni títulos ni autores. Cuando esos datos son conocidos todo indica que los hábitos y gustos lectores de las mujeres nobles de la ciudad no fueron muy diferentes de los observados en contextos similares.

De entre los libros descritos en las cartas matrimoniales que se han analizado destacan, una vez más, los de la ya citada Marina de Galiana. De sus lecturas pueden destacarse títulos, al parecer, bastante conocidos en aquellos años. Entre ellos, la primera parte del "Flor Sanctorum de los de Villegas", que podría identificarse con el texto redactado por Alonso de Villegas y publicado en la ciudad imperial en 1570. Junto al libro del toledano, la Galiana poseía otro “intitulado Flor de Sentencias”, “con sus tablas doradas y lavadas y doradas las hojas”, casi a buen seguro un ejemplar de Flor de Sentencias de Sabios, glosadas en verso castellano de Francisco de Guzmán, publicado en Amberes en 1557.

Finalmente, aparecen obras de mera distracción o de historia, ciencia (o pseudociencia) como el “repertorio de Chaves” y el libro “de entretenimiento de don Alejo Piamontés”. El primero, conservado “con su pergamino”, se corresponde, sin duda, con la famosa Chronographia o Repertorio de los tiempos del sevillano Jerónimo de Chaves (1523-1574), obra que gozó de cierto predicamento en la época tal y como lo prueban las numerosas ediciones que se imprimieron de ella(121). Por su parte, es muy posible que el “entretenimiento” se tratase del Libro de los Secretos de "don Alejo Piamontés", seudónimo utilizado por el polígrafo italiano Girolamo Rucelli(122), que se convirtió en “todo un éxito editorial a lo largo y ancho de Europa”(123) desde que fuera publicado en 1555 y que, según Rey Bueno, vio su primera edición en castellano en 1563 en Barcelona, Zaragoza y Alcalá de Henares(124).




Es difícil dar por sentado que la sola mención de estos títulos sea un indicador claro de que las mujeres que los poseyeron fueran lectoras directas de los mismos aunque, en cierto modo, la naturaleza de la fuente utilizada consiente admitir que, en este caso concreto, sí es posible aceptar ese uso(125). De hecho, este tipo de pequeñas colecciones, de carácter testimonial casi siempre, nada o casi nada tienen que ver con las grandes bibliotecas que poseían personajes nobles de más alta alcurnia(126) ni tampoco con las de los acaudalados burgueses urbanos(127). En ese sentido, es cierto que aún queda mucho por estudiar, pero no es menos verdad que sí parece que existió cierta cultura letrada entre las damas hidalgas de Ciudad Real. De ello también es muestra la incorporación a sus dotes de objetos relacionados con el mundo de la escritura(128). Entre ellos se contaban, por ejemplo, los doscientos folios de estampa en papel de la dote de doña Mariana de San Martín129 o los tinteros que llevaban doña Ana de la Cueva130 y doña Beatriz Criptana Juárez, el de este última “labrado, de pino [y] nuevo” (131). También mobiliario destinado a la práctica de la escritura como bufetes y escritorios, cuya fábrica solía incorporar maderas nobles. La ya citada Marina de Galiana llevaba en su carta de dote cinco de ellos por un valor conjunto superior a 1.500 reales; tres eran de nogal y los otros dos, los más ricos (40 y 32 ducados respectivamente), estaban fabricados con madera de Flandes. De madera extranjera y forrado de baqueta también era el que llevaba doña Beatriz de Gámez, valorado en cincuenta reales y, al parecer, traído desde Alemania(132). Más reducidos en tamaño –también más baratos–, y en todo caso más fáciles de transportar, de acomodar en cualquier estancia y de utilizar en todo momento, fueron los atriles y las escribanías, como la de Mariana de San Martín que se valoró, incluso, “con su lanceta, cuchillos y tijeras” (133), algo muy similar a lo que le ocurrió a María Carrillo de Góngora, cuya “caja, que es escribanía,” contenía “algunas cosillas dentro”(134).

4. Reflexiones a futuro: cambios en el ser, permanencias en el parecer

Es imposible concluir afirmando que lo dicho aquí cierra investigación alguna. De hecho, son más las dudas que se plantean que las interrogantes que se han resuelto y ello obliga a señalar las líneas que deben presidir nuestro trabajo futuro. El artículo que finaliza con estas líneas se ha basado en el estudio de las cartas matrimoniales otorgadas por los miembros del estamento noble de Ciudad Real. Su objetivo principal ha sido marcar pautas de comportamiento para el grupo en un momento (el tránsito del siglo XVI al XVII) que se antojó muy complejo en muchos núcleos de mediano tamaño del interior castellano. Sin embargo, es necesario perfilar nuestras afirmaciones. Esa tarea de pulido habrá de orientarse en una doble dirección: en primer lugar, y como es obvio, debe indagar aún más en las características que definieron al propio grupo de hidalgos de la ciudad, sobre todo a través de análisis más prolongados en el tiempo, algo que permitiría ahondar en la evolución de las pautas de consumo y representación social del propio estamento.

Junto a ello, es necesario comparar. Ese ejercicio de contraste también ha de ser doble pues debe tomar como base al resto de grupos sociales de la propia ciudad, al tiempo que marcar hipotéticas similitudes o diferencias con grupos análogos afincados en otros núcleos. Por desgracia, no son muchos los estudios de que disponemos para iniciar ese camino. No obstante, los ya publicados han colocado los jalones entre los que cabe caminar para no perdernos en dicho tránsito. Sin partir de la misma fuente pero tomando como base el análisis de protocolos notariales, tanto López-Salazar Pérez para La Mancha en general y para Ciudad Real en particular, como Soria Mesa para el caso cordobés han demostrado que el tema tiene un recorrido enorme y que aún son muchas las cosas que nos quedan por saber al respecto. Quien parece que se ha adentrado más en el tema, tanto desde un punto de vista metodológico como desde una óptica práctica –utilizando para ello la misma documentación que aquí–, ha sido Máximo García Fernández(135).




Por su parte, Brumont para Logroño y M. C. Barbazza para el caso de Pozuelo de Aravaca también han empleado las cartas matrimoniales con resultados muy satisfactorios para fechas próximas a las analizadas aquí, incluso anteriores en el caso de la capital riojana. De hecho Barbazza ha demostrado las enormes posibilidades de la fuente, pero su estudio no se centra en la nobleza sino en el campesinado. El mismo problema podríamos encontrar para las aportaciones que proceden de Murcia, así como de la zona atlántica y Valencia, ámbitos en los que la comparación se antoja más complicada por la lejanía geográfica(136).

Sea como sea, ha podido constatarse que la estructura de las escrituras matrimoniales de la hidalguía de Ciudad Real aparece muy clara(137) y que, aparte de intentar asegurar un patrimonio que rebasaba lo estrictamente digno, se convirtieron en la base sobre la que la recién creada familia apoyó su proyección pública. Distinta cuestión es averiguar si los comportamientos del grupo fueron similares a los de sus homólogos del resto de Castilla y ahí debe mantenerse cierta cautela –sobre todo debido a la diferente cronología–, por mucho que los datos procedentes de otras zonas inviten a considerar paralelismos. También porque Ciudad Real supone un caso complejo. No único, es cierto, pero sí prototípico de aquella Castilla urbana que se ruralizó con la Edad Moderna. En cierto modo, conviene no olvidar que eso supone un factor más de distorsión(138).

Como se ha indicado más arriba, solo un análisis comparativo y con un mayor arco cronológico podrá perfilar y confirmar (o desmentir) lo dicho hasta ahora. También si la elite urbana de la ciudad (y los hidalgos fueron una parte muy importante de la misma) fue la precursora de cambios relacionados con nuevas formas de concebir tanto el patrimonio familiar como los hábitos de comportamiento. Son varios los autores que han insistido en ello, pero quizás convenga recordar con Ruiz Canales que, como grupo con “mayor peso”, las elites (la nobleza en nuestro caso) actuaron no solo como avanzadilla en los cambios de consumo sino como grupo que marcó la pauta, “dando pie a la generalización de muchos de los patrones que luego definirán a toda la sociedad”(139). Partiendo de dicha base (y aunque quizás sea pronto para manifestarse de manera definitiva), podría decirse que el grupo hidalgo de Ciudad Real comenzó el siglo XVII como portador de una forma de vivir que mezcló cambios y permanencias.

Permanencias porque el “patrimonio calificador” del que se sirvió constituyó la base sobre la que apoyar y proyectar su imagen de grupo. Cambios porque blasones, escudos, armas y objetos de rimbombancia diversa aplacaron el ansia de ser distinguido públicamente, pero ropas, mobiliario y objetos relacionados con el ocio y lo cotidiano cumplieron la función no menos importante de aparentar frente a los semejantes. También, y sobre todo, porque la posesión y uso de esos mismos enseres muestran que las élites ciudarrealeñas solo se aferraron a su pasado en la medida en que ello sirvió para justificar su posición. Sin embargo, y una vez admitida esa cuestión, también puede decirse que no mostraron reparo alguno a la hora de adoptar un “mejor vivir”, unas mayores dosis de civilidad, incluso lo que podríamos calificar como unas pautas de consumo pre-burgués, afirmación ésta última que, aunque puede resultar válida como punto de partida, deberá matizarse teniendo en cuenta que la propia evolución de la ciudad (con tendencia a ruralizarse en todo el XVII) pudo dar al traste con dicha situación.

Francisco J. Moreno Díaz del Campo. Revista: Historia y Genealogía Nº 6 (2016) | Págs. 123-146

 

(118) AHP CR, Protocolos, leg. 25-1, fols. 115r-124v. 25.02.1591.

(119) AHP CR, Protocolos, leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595.

(120) AHP CR, Protocolos, leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609.

(121) Su primera edición data de 1548. En la dote es valorado en seis reales, justo el mismo precio por el que, según Carmen Álvarez Márquez, salió a la venta en la edición de 1580, lo que indirectamente, y a falta de más datos, permitiría asociarlo a dicha impresión. Para más información véase la descripción que de obra y escritor hace la autora citada en la exposición virtual de Fondos y Procedencias de la Biblioteca Histórica de la Universidad de Sevilla. Disponible en http://expobus.us.es/fondos/ambito_799_823.htm# [fecha de consulta 22.01.2015].

(122) SAGUAR GARCÍA, A., “Una edición desconocida del ‘Libro de los Secretos’ de Alejo Piamontés: Juan Perier, Salamanca, 1573”, en GÓMEZ SÁNCHEZ-FERRER, G. y SAGUAR GARCÍA, A., El pasado ajeno. Estudios en honor y recuerdo de Jaime Moll, Córdoba, Academia de Cronistas de Ciudades de Andalucía, 2012, p. 59.

(123) REY BUENO, M., “Primeras ediciones en castellano de los libros secretos de Alejo Piamontés, en Pecia Complutense, 2 (2005), p. 26.

(124) Ibídem, pp. 27-28.

(125) En torno a esta problemática pero en relación a otra fuente notarial (los inventarios post-mortem) véase ÁLVAREZ MÁRQUEZ, C., “Mujeres lectoras en Sevilla en el siglo XVI”, en Historia, Instituciones, Documentos, 31 (2004), pp. 19-20, donde también se da cuenta de la inclusión del Repertorio de los tiempos en bibliotecas femeninas de la capital hispalense.

(126) Véase, entre otros, y para esta época, MARTÍNEZ DEL BARRIO, J. I., “Educación y mentalidad de la alta nobleza española en los siglos XVI y XVII: la formación de la biblioteca de la Casa Ducal de Osuna”, en Cuadernos de Historia Moderna, 12 (1991), pp. 67-81; MARTÍNEZ HERNÁNDEZ, S., “Semblanza de un cortesano instruido: el marqués de Velada, ayo del príncipe Felipe (III) y su biblioteca”, en Cuadernos de Historia Moderna, 22 (1999), pp. 53-78 y QUIJORNA RODRÍGUEZ, A. F., “Mecanismos y estrategias de promoción, ascenso y consolidación de los Carrillo de Toledo, señores de Caracena y Pinto”, en Historia y Genealogía, 2 (2012), p. 229. Para referencias en torno a Córdoba véase por ejemplo RUIZ GÁLVEZ, Á. M.ª, “Rango y apariencia…” art. cit., p. 182.

(127) Un ejemplo en ARANDA PÉREZ, F. J. y SÁNCHEZ GONZÁLEZ, R., “Jurisprudencia y bibliofilia. La familia y la biblioteca de los Narbona”, en ARANDA PÉREZ, F. J. (coord.), Letrados, juristas y burócratas en la España moderna, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2005, pp. 253-396.

(128) Es posible que, como ocurre con los libros de temática legal, algunos de ellos se incorporaran como resultado de la actividad previa del padre de la esposa. Así podría deducirse en el caso concreto de las hijas de los escribanos locales que habían emparentado con la nobleza local bien por sí mismos bien a través del matrimonio de sus propias hijas. Le ocurre, por ejemplo a doña Catalina Mexía, hija de Antonio Mexía de Mora, que contó entre los bienes legados por su padre con un escritorio de taraceado. El caso concreto de los escribanos se inscribe de manera muy precisa en el de aquellos individuos que, a pesar de gozar de una posición económica más que desahogada, carecieron, como indica López-Salazar Pérez, de la suficiente estima social. Llegado el momento, sus pretensiones hidalguistas se vieron frecuentemente satisfechas mediante este tipo de enlaces. Basten, al respecto, un par de ejemplos. El primero el de Juan de Ortega que, en 1595, casa con doña Ana de la Cueva (AHP CR, Protocolos, leg. 54bis, fols. 69r-75v. 07.06.1595). Más llamativa fue el proceder del ya citado Antonio Mexía de Mora, quien tras casar con doña Isabel Molina y Sanabria, otorga dote a favor de su hija, doña Catalina Mexía de Salcedo para que, a su vez case con Diego Cabezadevaca Vilches (AHP CR, Protocolos, leg. 31-10, fols. 59r-66v. 31.07.1592).

(129) AHP CR, Protocolos, leg. 110-1, fols. 36r-38v. 30.06.1607.

(130) AHP CR, Protocolos, leg. 54bis, fols. 69r-75v. 07.06.1595.

(131) AHP CR, Protocolos, leg. 42-1, fols. 115r-120v. 03.06.1601.

(132) AHP CR, Protocolos, leg. 72-2, fols. 205r-208v. 10.07.1604.

(133) AHP CR, Protocolos, leg. 110-1, fols. 36r-38v. 30.06.1607.

(134) AHP CR, Protocolos, leg. 56-1, fols 100r-113r. 30.07.1597.

(135) A pesar de que gran parte de sus trabajos se han dedicado al Setecientos, es innegable la enorme aportación que constituye su análisis relativo a la Valladolid del XVI. Véase GARCÍA FERNÁNDEZ, M., “Familia y cultura material en Valladolid a mediados del siglo XVI. Entre el matrimonio y la muerte”, en CASTELLANO CASTELLANO, J. L. y SÁNCHEZ MONTES GONZÁLEZ, F. (coords.), Congreso Internacional Carlos V. Europeísmo y universalidad. Granada, mayo de 2000 (vol. IV), Madrid, Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2001, pp. 275-296.

(136) SÁNCHEZ IBÁÑEZ, R.; AZORÍN, J.; TENZA, M.ª E.; BUENDÍA, E.; GABALDÓN, R. y ZAMBUNDIO, L., “El papel de la mujer…” art. cit.

(137) Brumont habla de características específicas para el caso de la oligarquía logroñesa, referidas no tanto al contenido sino a la forma en que los otorgantes redactan los contratos con el objetivo de construir “uniones equilibradas”. Véase BRUMONT, F., “Le mariage, passeport”... art. cit., p. 95.

(138) En relación a los problemas de interpretación y trabajo con dotes rurales y urbanas véase FARIA, R., “Entre o campo e a cidade: bens móveis e de raíz nos dotes de casamento en Guimarães”, en GUIMARÃES SÁ, I. dos y GARCÍA FERNÁNDEZ, M. (dirs.), op. cit., pp. 177-180.

(139) RUIZ CANALES, I., “Las prácticas del vivir noblemente…” art. cit., p. 157. Es la “emulación” a la que también se refiere M. GARCÍA FERNÁNDEZ en “Entre cotidianidades:...” art. cit., p. 125.

 

domingo, 11 de octubre de 2026

LA CULTURA MATERIAL DE LOS HOGARES HIDALGOS DE LA MANCHA. CIUDAD REAL, 1585-1610 (VI)

 

Vista de la calle Toledo años cincuenta siglo XX


3.2. En el hogar: lo privado y lo cotidiano

 El ejemplo Ropa, casas, blasones, joyas, monturas y armas… constituyen la muestra “calificadora” de la necesidad de significación social. Son, si así se quiere ver, el espejo en el que se reflejan la superioridad, el esplendor y la riqueza de sus propietarios. A ellos cabe añadir los objetos presentes en el espacio doméstico, que constituyen la parte menos visible de ese sistema de representación erigido para mostrarse y demostrar que su función fue igualmente necesaria.

Según se desprende del contenido de testamentos, cuadernos particionales e inventarios post-mortem, la nobleza de Ciudad Real no protagonizó alardes desmedidos; de hecho, sus objetos de lujo “no parecen excesivos”, lo cual tampoco impide situar al grupo varios peldaños por encima de las oligarquías rurales del resto de La Mancha (84).

Las escrituras matrimoniales confirman esa apreciación. En relación con ello, el menaje del hogar no presenta unas notas definitorias propias. Simplemente cabría detenerse en aquellos objetos que pudieron marcar diferencias con respecto a los del resto de grupos sociales de la ciudad, bien por su valor, bien por su rareza y el grado de innovación que supone su mera aparición. De entre los más caros cabría destacar las ampulosas vajillas de porcelana(85), cristal o plata que conformaron algunos de los ajuares de las protagonistas de estas líneas; entre ellas estaba doña Constanza Suárez de Figueroa, de cuyo servicio de mesa pueden resaltarse las piezas de fino de cristal traídos de Venecia (86) o la ya mencionada Elvira Treviño, quien aportó tres grandes fuentes de plata dorada cuyo precio ascendió a 1.106 reales.

Objetos contenedores (botes, tinajas, calderas...) y menaje propiamente dicho (paletas, cazos, sartenes, parrillas, cucharas...) conforman un listado que podría prolongarse casi hasta el infinito. Sin embargo, y dado que nada parece demasiado excepcional, lo único que cabe valorar es el grado de innovación que supone la aparición de determinados utensilios, algo que, por el momento, resulta difícil al carecer de series documentales anteriores y posteriores en el tiempo. Lo que sí puede afirmarse es que, aunque aún resultan raros, los casos en los que aparecen novedades están relacionados con una concepción más civilizada de los usos y prácticas domésticas. En ese sentido, la mera especialización funcional (por ejemplo en el caso de los platos y fuentes –de los que a veces se especifica para qué deben usarse–) o la aparición de cuberterías completas (87), suponen un paso más allá en ese grado de civilidad, puesto que rebasan la generalizada y casi anecdótica aparición individual de este tipo de objetos(88). Junto a ello también podría señalarse la presencia de objetos en teoría habituales pero cuya “rareza” viene dada por su valor o su procedencia. Ejemplos hay muchos: vajillas de cerámica de Talavera o de Sevilla, vasos de la India o aderezos para el fuego traídos directamente desde Flandes podrían ser una buena muestra de ello(89).


calle Azucena con sus viejas edificaciones


El mobiliario doméstico ocupa una posición que podríamos calificar como de intermedia(90). Bancos, taburetes, sillas y sillones son ciertamente frecuentes; como lo son candelabros y hacheros, cuyo uso parece extendido aunque menos que el de candiles y candeleros, que resultaron más accesibles por su precio. En esencia, todo parece similar a lo observado en el resto de grupos sociales de la ciudad. De hecho, la única nota definitoria viene dada, de nuevo, más por la cantidad de bienes inventariados que por la calidad de los mismos. Así ocurre en el caso de arcas, arcones, baúles y cofres que se cuentan siempre en mayor número, pero que, salvo casos concretos (91), no parecen sobresalir de manera especial ni por su aspecto externo ni por su decoración. Si acaso, sí por sus materiales, pues a las maderas consideradas habituales (como el pino o el roble) se añaden otras menos frecuentes como el nogal, cerezo, enebro, ébano e, incluso, algunas procedentes “de la India”(92).

La aparición de maderas “nobles” es más frecuente en el caso de las camas, objeto “fetiche”, que con mayor o menor profusión y con más o menos riqueza aparece siempre (93). En el caso de las hidalgas las hubo de todos los tipos: de cordeles o de tablas(94), con barrotes(95), con cortinas(96) ... Algunas fueron especialmente ricas. Entre ellas destacan la de María Carrillo, con el frontispicio dorado y decorado con manzanas talladas en madera de nogal(97) o la de doña Francisca de Briñas, también de nogal pero, en esta ocasión, decorada con forja(98); ricas ambas, pero no tanto como el que suponemos que fue el lecho matrimonial de don Manuel Xedler y doña Isabel de Gámez, formado por una cama dorada, con su cercadura azul y cuatro reposteros, conjunto valorado en más de 1.100 reales (99).

Finalmente, y en oposición a la frecuencia con la que aparecen las anteriores, también pueden documentarse objetos menos comunes. Entre ellos, y por ejemplo, aparadores con alacenas o con estantes en los que guardar vajillas, menaje o ropa blanca(100). También linternas(101), estuches(102), escabeles, veladores y joyeros(103)... Se trata de bártulos no siempre necesarios pero que sí confieren prestancia al hogar, lo caracterizan y lo individualizan frente a la monotonía representada por el moblaje más habitual. En ese sentido, los enseres que visten paredes y suelos sí parecen ser más propios del grupo social que nos ocupa. Por ello es habitual la presencia de esteras y alfombras, de junco o cáñamo las primeras y de lana las segundas, aunque también las encontramos de plumas (104). Junto a ellas, las sábanas de colgar y los paños de pared fueron piezas de probada eficacia, tanto desde el punto de vista funcional –sirvieron como elementos ornamentales y sistema calefactor– como desde la óptica estrictamente simbólica, pues su presencia no puede calificarse de habitual. Su decoración fue de lo más diversa: de flores y verdores(105), pintados (106), con figuras y animales(107) o representando escenas mitológicas y religiosas (108). Algunos destacaron por su tamaño: uno de los varios que llevaba doña Úrsula Ramírez, tenía setenta y seis varas y fue valorado en 1.140 reales. Otros se caracterizaban por su antigüedad(109), como aquel con el que vistió las paredes de su casa doña Ana Félix Guzmán, que según ella tenía 32 años110, o como los siete que tenía doña Elvira Treviño, calificados de “antiguos (…) que tuvieron ciento veintitrés años" (111).


Viejas edificaciones de Ciudad Real


Similar función debieron cumplir los tapices, si bien es cierto que por su valor y por la relativa poca frecuencia con la que aparecen (solo cinco casos documentados) cabría situarlos en un estadio superior, solo al alcance de unas pocas familias como las de doña Ana de Poblete, dotada con cuatro de ellos (22.500 mrs.), o doña María de Balmaseda, que llevaba seis, valorados en más de 1.500 reales (112).

Por último, podrían mencionarse aquellos otros objetos relacionados con la cultura, el divertimento o el ocio, de los cuales podría decirse que constituyen un capítulo especial en la posible mutación de los hábitos cotidianos de la hidalguía ciudarrealeña. Dentro de esta categoría podrían mencionarse, entre otros, los cuadros y esculturas de todo tipo que debieron decorar paredes y estancias de diverso tipo. La mayor parte de ellos eran de temática religiosa aunque tampoco faltan ejemplos –bien que puntuales– en los que se representan motivos o escenas de tipo mitológico o histórico como el lienzo de doña María Carrillo en el que aparecía la escena romana del suicidio de Lucrecia (113). Muchos de ellos, y a falta de capillas, debieron formar parte de lo que podría pensarse que fueron pequeños oratorios, erigidos, normalmente, como una prolongación de ese lugar tan típicamente femenino que, al decir de Sobaler Seco(114), constituyó el estrado, del que también se ha documentado aquí algún caso(115). Sin duda, fue en ese marco donde algunas de las protagonistas de estas líneas encontraron un espacio propio en el que socializar con otras mujeres de su condición, bien por medio de la oración, bien a través de la mera y simple conversación, bien mediante otro género de actividades como la costura (116), las actividades lúdicas (117) o la lectura.

Francisco J. Moreno Díaz del Campo. Revista: Historia y Genealogía Nº 6 (2016) | Págs. 123-146

 

(84) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J. y CARRETERO ZAMORA, J. M., “Ciudad Real...” art. cit., p. 217.

(85) AHP CR, Protocolos, leg. 56-1, fols. 100r-113r. 30.07.1597.

(86) AHP CR, Protocolos, leg. 25-1, fols. 115r-124v. 25.02.1591.

(87) Como la caja de madera con un juego completo cuchillos y tenedores de doña María de Carrillo. AHP CR, Protocolos, leg. 56-1, fols. 100r-113r. 30.07.1597.

(88) AHP CR, Protocolos, leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609 y leg. 9-2, fols. 31r-42v. 22.02.1599. En torno a los hábitos culinarios de la nobleza véase PÉREZ SAMPER, M.ª A., “Vivir noblemente. La mesa como signo de distinción”, en SORIA MESA, E. y BRAVO CARO, J. J., op. cit., pp. 175-198.

(89) AHP CR, Protocolos, leg. 30bis-5, fols. 6r-22v. 13.11.1594 y leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595.

(90) Véase tabla 3.

(91) Por ejemplo el cofre de nogal taraceado que llevaba en su dote Constanza Suárez de Figueroa, que fue valorado en 198 reales. AHP CR, Protocolos, leg. 25-1, fols. 115r-124v. 25.02.1591.

(92) AHP CR, Protocolos, leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609.

(93) Junto a las camas aparecen también de manera recurrente los colchones. También aquí los hay de diversos tipos: de ruan, lienzo o lino; forrados con lana, con borra o con tascos... Como se ha dicho, la nota definitoria vendría marcada por el mayor número de objetos inventariados y no tanto por las calidades, aunque este criterio puede resultar también un factor de contraste en determinados casos.

(94) Entre otros, AHP CR, Protocolos, leg. 79-2, fols. 300r-309v. 07.09.1608 y leg. 36bis-1, fols. 175r-176v. 23.02.1604, respectivamente.

(95) AHP CR, Protocolos, leg. 41-2, fols. 22r-35r. 29.09.1596.

(96) AHP CR, Protocolos, leg. 53-1, fols. 111r-116r. 23.10.1592.

(97) AHP CR, Protocolos, leg. 56-1, fols. 100r-113r. 30.07.1597.

(98) AHP CR, Protocolos, leg. 79-1, fols. 315r-329v. 07.09.1607.

(99) AHP CR, Protocolos, leg. 72-1, fols. 15r-18v. 09.07.1602. Como nota curiosa puede mencionarse la

inclusión de una cuna en la misma dote.

(100) AHP CR, Protocolos, leg. 42-1, fols. 225r-234v. 01.01.1601.

(101) AHP CR, Protocolos, leg. 79-2, fols. 300r-309v. 07.09.1608.

(102) AHP CR, Protocolos, leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609.

(103) AHP CR, Protocolos, leg. 71-3, fols. 5r-16v. 14.01.1601.

(104) AHP CR, Protocolos, leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595 y leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609.

(105) AHP CR, Protocolos, leg. 57bis-2, fols. 41r-44v. 31.03.1604.

(106) AHP CR, Protocolos, leg. 36-1, fols. 92r-95v. 07.06.1607.

(107) AHP CR, Protocolos, leg. 79-1, fols. 309r-312v. 29.10.1607.

(108) Por ejemplo, doña Úrsula Ramírez llevaba en su dote uno con la historia de Salomón. Y doña Marina de Galiana optó por uno con la de Sansón. AHP CR, Protocolos, leg. 48-1, fols. 258r-263v. 23.10.1610 y leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595. No se ha documentado ninguno que incluyera escudos o símbolos heráldicos familiares aunque no debieron ser extraños.

(109) AHP CR, Protocolos, leg. 48-1, fols. 258r-263v. 23.10.1610.

(110) AHP CR, Protocolos, leg. 31-10, fols. 45r-52v. 26.06.1592.

(111) AHP CR, Protocolos, leg. 71-3, fols. 5r-16v. 14.01.1601.

(112) AHP CR, Protocolos, leg. 9-2, fols. 31r-42v. 22.02.1599.

(113) AHP CR, Protocolos, leg. 56-1, fols. 100r-113r. 30.07.1597.

(114) SOBALER SECO, M.ª Á., “Espacios femeninos en la Castilla del Antiguo Régimen. Cultura material y sociabilidad en el estrado”, en GUIMARÃES SÁ, I. dos y GARCÍA FERNÁNDEZ, M. (dirs.), op. cit., p. 156.

(115) AHP CR, Protocolos, leg.31-10, fols.45r-52v. 26.06.1592.

(116) De ello es prueba el hecho de que en sus dotes también se incluyeran objetos relacionados con dicha actividad tales como dedales, devanaderas, almohadillas para bordar e hilos de todas clases y condiciones. AHP CR, Protocolos, leg. 58-2, fols.184r-195v. 12.10.1609; leg. 42-1, fols.125r-234v. 01.01.1601; y leg.79-2, fols.300r-309v. 07.09.1608.

(117) Por ejemplo a través de los “juegos de tablas” y ajedrez que doña Marina de Galiana tenía grabados en los dos lados del tablero móvil de un bufete de nogal o mediante el acompañamiento de algún animal como el papagayo “con su jaula de hierro” que también se incorporó a su dote. AHP CR, Protocolos, leg. 41-1, fols.1r-38v. 07.02.1595.

 

sábado, 10 de octubre de 2026

LA CULTURA MATERIAL DE LOS HOGARES HIDALGOS DE LA MANCHA. CIUDAD REAL, 1585-1610 (V)

 

Vista de la calle Estrella en los años sesenta del pasado siglo XX


3.1. En la calle: la distinción, una obligación necesaria

El ejemplo de las hermanas Galiana constituye una buena muestra de la importancia otorgada a la representación externa. Como en el caso ya visto de la Treviño, si se eliminan bienes raíces y capital dinerario, las categorías de objetos más relevantes fueron aquellas en que se incluyeron las prendas de vestir femeninas, las joyas y los objetos y ropas del hogar. Todas ellas forman parte del “patrimonio calificador” (51), acertada expresión con la que López-Salazar Pérez se refirió a aquellos objetos, bienes y propiedades que no solo constituyeron la base material del hogar hidalgo, sino también el pilar sobre el que se sustentó gran parte de las estrategias de significación social de sus miembros. Se trata de objetos sobradamente conocidos, muy concretos y muy específicos en relación a las posibilidades de usabilidad que ofrecieron a sus poseedores.

Hablemos primero de la vivienda. En realidad, cabe decir muy poco, pues las descripciones que proporcionan las cartas matrimoniales son escasas y poco específicas. No obstante, y a juzgar por el valor de algunas de las reseñadas, puede afirmarse que, como indica el propio López-Salazar, “las casas de un buen hidalgo podían valer tanto como toda la hacienda de un mediano labrador” (52). Sirvan de muestra las que recibió Diego Cabeza de vaca Vilches, valoradas en 300.000 maravedíes (53), cantidad ciertamente importante aunque no tanto como los tres cuartos de millón de maravedíes (más de 22.000 reales) en que se tasaron las que llevó en su dote doña Beatriz de Gámez (54).

Portadas, torreones y arcos(55) así como escudos de piedra(56) constituyeron algunos de losañadidos que figuraban en sus fachadas y que conferían prestancia a las mismas aunque, como se ha indicado, en este caso la fuente no es muy explícita. Sí que los encontramos descritos con cierto detalle en los interiores, donde se hacen presentes de todas las maneras posibles y bajo todos los formatos imaginables(57). Es el caso, por ejemplo, de doña Elvira Treviño, de quien ya se ha hablado, quien optó por llevar grabado el escudo familiar en una rica fuente de plata valorada en 339 reales58 o de la menor de las Galiana, quien incorporó las armas de su linaje en un repostero bordado al que, además, añadió una cruz de Montesa(59). Más curioso resulta el caso de Fernando Poblete de la Serna, quien incluyó “las señales de los Pobletes y los Arciniegas” en un rejón(60); más allá de las hipotéticas aficiones taurinas del padre, no sabemosen qué medida podía interesar a la joven casadera tal detalle.

Junto a las casas, los esclavos fueron uno de los bienes con más carga simbólica. A juzgar por lo aparecido en los cuadernos particionales, su propiedad estuvo relativamente extendida entre los individuos y familias con posibles, no solo hidalgos (61). También es fácil encontrarlos en las dotes.



Como mera mercancía, su valor fue diverso y posiblemente obedeció a factores como la edad, las condiciones físicas e, incluso, el sexo. En todo caso, parece que alcanzaron tasaciones similares a las observadas por López-Salazar Pérez a través de los cuadernos particionales estudiados para el conjunto de la región manchega, donde el precio más elevado llegó a los 74.800 mrs., no más que “una buena mula de labor” (62).

Menos importancia parece que tuvo la propiedad de caballerías. De hecho, a la altura del siglo XVI, el caballo resultaba un animal de utilidad limitada, también y en parte por lo caro que era su mantenimiento. Así las cosas, fueron muy pocos los hidalgos que se permitieron mantenerlos de cara a la ostentación, o al menos solo con ese objetivo(63). Tal fue el caso, por ejemplo, de doña María de Poblete, quien en su dote llevó uno “castaño y ensillado”, aunque a juzgar por los aderezos que acompañaron al animal es posible que su función estuviera más relacionada con el trabajo en el campo que con la posibilidad de servir como medio de alarde a su propietaria (64).

Aún así, hubo casos en los que esa ostentación fue un hecho: doña Catalina Mexía de Salcedo llevó uno, “con su silla y freno”, valorado en más de 1.100 reales y doña Marina de Galiana otro cuyo precio ascendió a 882, a los que cabría añadir los 500 en los que se tasó la carroza que tiraba(65). A juzgar por la variedad de objetos que añadió al propio animal, aquí sí puede hablarse de un uso intencionado de la montura como símbolo de distinción. Algo similar ocurrió en el caso concreto de doña María de Balmaseda: silla, estribos, frenos, acicates, riendas, cinchas, jaeces, espuelas, incluso una capa de montar de color verde y negro constituyeron solo una parte de los aderezos con los que equipaba a su montura, los cuales, sin duda, podrían hacer hoy en día las delicias de cualquier aficionado a la equitación(66).

Tampoco parece que cumplieran mucho con su función original las armas. Pocas, oxidadas en ocasiones y obsoletas casi siempre, la mayor parte de las inventariadas en las dotes de las hidalgas de Ciudad Real dan la sensación de cumplir una función muy similar a la que desempeñaban las del viejo don Quijote(67). Muestra de ello es que algunas de las más abundantes son, precisamente, aquellas que menos utilidad parecían tener ya a finales del XVI como los alfanjes(68) y montantes (69), claramente en desuso por su peso y tamaño; como también debieron estarlo las adargas(70) y lanzas(71). Sin duda, las más habituales fueron las espadas, que, en casi todas las ocasiones, iban acompañadas de sus correspondientes tiros y pretinas. En ocasiones estuvieron ricamente decoradas con borlas y remates de cuero(72) o de metal (a veces incluso de oro y plata)(73). Ballestas(74), dagas y puñales(75) completaban la nómina de armas más habituales entre las que no parece que estuvieran las de fuego (76). De hecho, y a excepción de algún pistolete (“con su frasco y aderezos dorados”) (77), lo más común es encontrar arcabuces(78) y éstos apenas llegan a la decena(79).


Calle del Tinte con calle Alarcos en los años sesenta del pasado siglo


La distinción también se buscó mediante el lujo80 y es en este apartado donde, en el campo de lo externo, entraron en juego joyas y vestidos. El catálogo de joyas y aderezos personales de las hidalgas de Ciudad Real es tan extenso y detallado como aburrido, pues repite una y otra vez los mismos conceptos, de manera que resultaría poco productivo ir mucho más allá. Tan solo cabría mencionar, por su singularidad, algunos de los objetos más llamativos. Pendientes, aros, rodetes, apretadores, arracadas... son tremendamente frecuentes y los hubo de todos los tipos y materiales. Algo parecido ocurrió con los anillos: doña Inés Marquina llevó seis(81) y cinco doña Beatriz de Gámez, aunque la cantidad no lo era todo. La propia Gámez reseñó, además de los ya citados, otro con un diamante engastado, cuyo precio multiplicaba por dieciséis el valor de todos los anteriores. A similares conclusiones puede llegarse también con collares y sartales, donde es habitual encontrar precios tan diversos que oscilan entre los seis reales en que se tasó uno de doña Ana de Figueroa y los 2.757 en que se valoró otro de la ya citada Gámez. Las cuentas de oro y ámbar y el “frasco de ámbar pendiente guarnecido” que acompañaban a nada más y nada menos que trece rubíes, parece que justificaban ese precio.

Capítulo especial dentro de las alhajas lo conformaron los objetos de tipo religioso: cruces de plata y oro, rosarios de cristal, agnusdéis, medallas votivas... constituyeron complementos que no tenían por qué ser especialmente lujosos pero que acabaron por dignificar a sus portadoras, especialmente si en ellos aparecían el oro o la plata.

Hablemos finalmente de la ropa para constatar que, aquí, la variedad también fue enorme y que aunque, en principio, no pueda introducirse el factor comparativo, sí se detectan matices que permiten afirmar que el vestuario fue igualmente empleado como medio de proyección de la imagen de la familia. No en vano, y como apuntó en su día don Antonio Domínguez Ortiz, al adquirir vestidos no solo se compraba ropa sino que se adquiría estatus(82). Importante es reseñar que el mayor o menor número de bienes asociados a esta categoría ya es revelador de la capacidad adquisitiva de la otorgante de cada dote(83). Sin embargo, tanto o más significativo es considerar la calidad de los bienes inventariados. En ese sentido, una vez más, vuelven a aparecer matices que conviene retener tales como la recurrencia de sedas, tafetanes, damascos, palmillas e, incluso, rajas de Florencia que hablan de la búsqueda de productos más allá del mercado local y comarcal.

Finalmente, y junto a lo ya dicho, cabría apuntar que tan importantes como los propios vestidos son los complementos y aquí, como ocurre en el caso de las joyas, sí hay más variedad que en el caso de las prendas asociadas a dotes no nobles: capotes y capotillos, bandas de vestido, capillos, ligas, copetes para los zapatos, regalillos, sombreros... constituyen una suerte de prolongación de esa riqueza en el vestir que también actuó como factor diferenciador.

Francisco J. Moreno Díaz del Campo. Revista: Historia y Genealogía Nº 6 (2016) | Págs. 123-146


La calle Alarcos en los años ochenta  del siglo XX



(51) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., “Hidalgos de carne y hueso en La Mancha cervantina”, en Pedralbes, 25 (2005), p. 85.

(52) Ibídem, pp. 85-86.

(53) AHP CR, Protocolos, leg. 31-10, fols. 59r-66r. 31.07.1592.

(54) AHP CR, Protocolos, leg. 72-2, fols. 205r-208v. 10.07.1604. No tan importantes en valor pero sí por su cantidad nos ha parecido el caso de doña María de Estrada y Poblete, en cuya carta de dote se anotaron hasta seis, situadas en todas las parroquias de la ciudad. AHP CR., leg. 79-2, fols. 300r-309v. 07.09.1608.

(55) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., “Hidalgos de carne y hueso…” art. cit., p. 85.

(56) SORIA MESA, E., La nobleza…, op. cit., pp. 268-270.

(57) Y no solo en las dotes. También aparecen en las cartas de donación como la del ya mencionado Diego Cabezadevaca, quien valoró en 1.500 reales los seis reposteros decorados con las armas de su familia que incluyó en la relación de bienes que llevó consigo tras la boda. AHP CR., leg. 31-10, fols. 55r-57v. 31.07.1592.

(58) AHP CR, Protocolos, leg. 71-3, fols. 5r-16v. 14.01.1601.

(59) AHP CR, Protocolos, leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595.

(60) AHP CR, Protocolos, leg. 30bis-5, fols. 6r-22v.13.11.1594.

(61) DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., op. cit., pp. 149-150 y LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., Estructuras agrarias..., op. cit., p. 459.

(62) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., Estructuras agrarias..., op. cit., p. 459.

(63) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., “Hidalgos de carne y hueso…” art. cit., p. 89.

(64) AHP CR, Protocolos, leg. 30bis-5, fols. 6r-22v. 13.11.1594.

(65) AHP CR, Protocolos, leg. 41-1 fols. 1r-38v. 07.02.1595 y leg. 31-10, fols. 59r-66r. 31.07.1592. Otro

indicativo de estatus y no solo por su mera posesión sino porque la legislación que reguló la posesión de coches de caballos y carrozas fijó un número mínimo de animales de tiro para este tipo de vehículos lo cual redujo notablemente las posibilidades de quienes quisieron hacer uso de ellos. Véase al respecto, RUIZ GÁLVEZ, A. Mª, “Guardar las apariencias…” art. cit., p. 179 y, sobre todo, LÓPEZ ÁLVAREZ, A., “Coches, carrozas y sillas de mano en la Monarquía de los Austrias entre 1600 y 1700: evolución de la legislación”, en Hispania. Revista Española de Historia, vol. XVI, nº 224 (2006), pp. 883-908.

(66) AHP CR, Protocolos, leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609.

(67) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., Estructuras agrarias..., op. cit., p. 459.

(68) Entre otros, AHP CR, Protocolos, leg. 30bis-5, fols. 6r-22v. 13.11.1594 y leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609.

(69) Por ejemplo el de doña Marina de la Serna y Guzmán. AHP CR, leg. 31-8, fols. 81r-86r. 22.05.1587.

(70) AHP CR, Protocolos, leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595.

(71) AHP CR, Protocolos, leg. 55, fols. 528r-530v. 24.02.1596.

(72) AHP CR, Protocolos, leg. 31-10, fols. 59r-66r. 31.07.1592.

(73) AHP CR, Protocolos, leg. 41-1 fols. 1r-38v. 07.02.1595.

(74) AHP CR, Protocolos, leg. 9-2, fols. 31r-42v. 22.02.1599.

(75) AHP CR, Protocolos, leg. 31-10, fols. 59r-66r. 31.07.1592.

(76) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., Estructuras agrarias..., op. cit., p. 459.

(77) AHP CR, Protocolos, leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595.

(78) Como el que, por ejemplo, llevaba en su dote doña María Carrillo de Góngora, que iba acompañado de su funda, baqueta, dos frascos y otros aderezos. AHP CR, Protocolos, leg. 56-1, fols. 100r-113r. 30.07.1597.

(79) Puestos a hablar de rarezas podría señalarse la presencia en la dote de doña Marina de Galiana de “un arco de junco de las Indias” del que cabría esperar poco más que una función decorativa. AHP CR, Protocolos, leg.41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595.

(80) SORIA MESA, E., La nobleza…, op. cit., pp. 262-263.

(81) AHP CR, Protocolos, leg. 109-1, fols. 139r-140v. 16.06.1602.

(82) DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., op. cit., pp. 8-9.

(83) Basten solo un par de ejemplos entresacados de los muchos que podrían ponerse para indicar, por ejemplo, que los bienes asociados a esta categoría en la dote de doña María de Balmaseda ascendieron a sesenta. AHP CR, leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609.