Hoy, Fiesta del Libro, se cumple el
13 aniversario de la muerte, en Madrid, de don Francisco Tolsada Picazo,
distinguido colaborador de LANZA, que “vivió dedicado a los libros, siempre
rodeado de libros y vivió para el libro”, como escribió de él Francisco Pérez
Femández. Por esta coincidencia de la Fiesta del Libro con su muerte, nos
complacemos en publicar un artículo enviado en su día a La Vanguardia de
Barcelona por el señor Tolsada y dedicado a Federico García Sanchíz.
¿Se acuerda usted, Federico? Usted llegaba
entonces de lueñes tierras a reposar en el llano sus ojos cargados de tantas
perspectivas viajeras.
- Es una bendición para los nervios esta
soledad, este silencio en la llanura - dijo usted a los que le rodeábamos -.
¡Qué bien se debe reposar frente a este paisaje luminoso... !
Se iniciaba el estío trágico de 1936. Tras
una de sus inolvidables charlas, en aquel teatrito provinciano, limpio y
coqueto, con atisbos metropolitanos, se organizó la expedición a tierras
calatravas, solares de los Fitero, de los Padillas, dé los Guzmames... El guía
- ¡qué gran guía!, ¿verdad, Federico? - era el doctor Esténaga, Obispo de Dora
y
Prior de las Cuatro Ordenes Militares. Con
su ropa talar sencilla, brillante por el uso, en la que sólo una cintita morada
indicaba su dignidad episcopal - amén de la gran cruz que pendía de su pecho -,
y su gran cayada de pastor (sin hipérbole), con la que trazaba geometrías infantiles
en el polvo de los caminos, mientras andaba y hablaba de efemérides calatravas,
monseñor Esténaga nos guiaba a través de piedras milenarias, a lo largo de
caminos perdidos.
Se iniciaba el estío trágico de 1936. Las
siembras de aquel campo, por donde Don Quijote corriera su locura bendita,
campo severo y señorial; apuntaban ya el amarillo inicial de la cosecha
propincua. En los recuentos manchegos, en las hazas soleadas, en los alcores
suaves, Se presentía el hervor de una fecundidad lograda... Bajo los olivares polvorientos,
entre las viñas en próxima: sazón en los rastrojos calcinados, alguna codorniz
brotaba como ballestazo inesperado.
Había en el aire densos aromas campesinos de
romero, de mejorana, de tomillo; los ásperos aromas de Castilla. Por los
caminos zigzagueantes - ¡oh, caminitos manchegos que no vais a ninguna parte! -
había ya canciones y sonerías de tráfago. El paisaje, claro y abierto, se
expandía bajo una luminosa campana de cristal, llena de ecos. Había -¡también!
- rumores y presagios trágicos. Y había rostros llenos de toscura, puños
erguidos y miradas de odio amenazante. Los gañanes, rudos, tostados por los
vientos del llano, por las heladas de la sierra, que en el confín era una pincelada
violeta, por los soles de las eras, venían por los caminos polvorientos que
nosotros seguíamos. Al pasar nos miraban. ¿Se acuerda usted, Federico, de
aquellas miradas'?... ¿Se acuerda usted de la canción con que nos acogieron
unos mozos en la Calzada de Calatrava?...
Era la Internacional, aprendida ad hoc, horas antes, en la Casa del Pueblo.
Usted dijo, inclinándose hacia el ilustre
muerto mientras encendía por undécima vez su veguero, reacio a la candela:
- ¡Mal presagio, monseñor! ¡Estos bárbaros!...
- ¡Oh! No son malos; no, señor Sanchíz. Están
simplemente envenenados. ¡Perdonadlos, Señor, que no saben lo que hacen! ... -
y la mano del ilustre prelado trazaba una vez más en el aire limpio una cruz pausada,
para bendecir a la multitud expectante. Las viejas, sobre todo, a las puertas
de sus casuchas, se persignaban, tímidas.
Aquel episodio minúsculo resbaló por sobre
la conversación de la comitiva. La locuacidad alborozada de Paco Herencia
espantó la nube de presagios y seguimos rampando, una vez fuera del pueblecito,
el camino por donde íbamos.
faciendo la vía del calatraveño que cantara en
estrofas inolvidables el gran marqués de las serranillas.
Allá, a lo lejos, en las vertientes
septentrionales de Sierra Morena, se erguía, imponente el centinela de la meseta,
frente a las tierras del Sur; el Sacro-Convento de Calatrava la Nueva, desde
donde otrora los grandes maestres dictaran la razón y la fuerza de sus fueros.
Monseñor Esténaga - usted lo sabe,
Federico - era un gran señor. Un gran señor y un historiador ilustre que había
dejado parte de su pletórica vitalidad en el polvo de los archivos, y su vista
clara, entre los jeroglíficos de las letras visigoda, francesa y procesal. ¿Se
acuerda usted del entusiasmo con que monseñor mostraba los millares de
fotocopias de documentos, sacados por él, del Archivo de la Catedral de Toledo,
donde en tiempos pasados él fuera deán? Aquel copioso material era toda una
vida pasada entre legajos polvorientos y arrugados pergaminos. Aquel copioso
material estaba siendo utilizado por el ilustre muerto en la gran ilusión de su
vida: en aquella “Historia de la Catedral de Toledo”, que dejara a punto de enviar
a las prensas y cuyo manuscrito tuve yo en las manos después de asesinado
monseñor, en su mismo palacio, donde los rojos me hicieron entrar violentamente
para que yo tratara de ordenar un poco aquel caos de papeles y libros que la
furia satánica de los primeros días había desperdigado por los suelos de la residencia
episcopal. Pero hay más, Federico. ¿Se acuerda usted de aquella fotografía que
nos hicieron a usted, al ilustre muerto y a mí, en lo alto de la torre del
homenaje del Sacro-Convento de Calatrava la Nueva? Pues aquella fotografía
estaba
allí, entre los papeles diseminados, entre
los pergaminos en desorden. Y yo la hube de recoger y destruir furtivamente,
pues su conocimiento por los nuevos inquilinos del palacio, hubiera sido motivo
suficiente para un fusilamiento más. Después, después yo hube de huir - tras
detención aparatosa – de aquellas tierras y no volví a saber nada de aquellos
libros, de aquellos papeles, de aquellos manuscritos, tan queridos del ilustre
muerto.
Pero, volvamos al cuento. Usted iba a la
vera de monseñor Esténaga y el que estas líneas escriben, a su izquierda. Ascendíamos
la pendiente que conduce al castillo llena de piedras milenarias caídas de la fábrica
y de yerbajos silvestres. Monseñor seguía hablando de aquella historia forjada
en roca que parecía abatirse sobre nuestras cabezas. Conocía todos los
pormenores, hablaba de fechas y de efemérides, barajaba nombres y genealogías
con maravillosa exactitud. Y todo tan natural, todo tan a la mano y tan sin
asomo de pedantesca erudición, que parecía más bien que monseñor hubiera sido
el guardián secular de aquellas ruinas ilustres, desde los siglos lejanos.
Una vez en la cumbre, y frente al panorama
alucinante, monseñor dijo, trazando con su cayada una rúbrica en el aire.
- Vea usted; señor Sanchíz, ¿qué le
parece? ¿No es esto Castilla? ¡Qué hermosura!...
- Cierto, monseñor; esta es Castilla. Nada
tan fuerte y tan bello. Nada tan fino y nítido, sin embargo - reafirmó usted,
oteando las ondulaciones que descendían hacia el Sur. Y hasta nosotros, de pie
sobre la mole pétrea, llegaron los murmullos de la multitud que acampaba el pie
de las murallas. Algunas voces, pocas entre las aclamaciones que a usted y a su
prelado dirigían aquellas gentes, llegaron distintas.
- Nada, no es nada - dijo alguien -. Son
algunos de la Casa del Pueblo que se han mezclado entre la gente.
De nuevo el presagio reaparecía, pero la
nube fue disipada una vez más por no sé quién. Y aquello se olvidó para no
pensar más que en el agasajo que a usted se ofrecía, tan merecido. Horas
después, la separación, tras el breve refrigerio, en aquel bello jardín
nocturno del balneario de Fuensanta ...
Adiós, monseñor.
- Adiós, señor Sanchíz.
El día 16 de julio de 1936, tres antes del
estallido, cuando ya la nube no era nube sino tormenta desatada, vi por última
vez a monseñor, en su mismo palacio. Acudí con mi Mari Carmen, que aquel día acababa
de recibir por vez primera la gracia divina, de manos de monseñor, a dar a su
Ilustrísima muestras de nuestro agradecimiento, por su benevolencia. Y allí, en
aquella salita sobria, llena de austeridad y de silencio, hablamos por última
vez. Hablamos de nuestras cosas, de nuestras comunes aficiones a la
investigación histórica, de nuestros futuros planes de trabajo, de lo que aquel
glorioso día significaba en la vida de mi hija. El seguía soñando con su obra,
ya casi acabada. Yo también soñaba con trabajos que no sé si
algún día lograré llevar a cabo. Me animaba, como siempre.
Usted es joven. No desmaye. La vida es
breve, pero, sin embargo, da treguas para el que sabe aprovecharla.
Hacía calor. Era una mañana luminosa de
verano, en la meseta castellana. Conocedor yo de su costumbre anual de reparar
la salud en un balneario del Norte - su tierra - , hube de preguntar.
- Su Ilustrísima, este año ¿no sale?
- No - me dijo -. Este año, no. Siempre lo
hice y bien lo necesito. ¡Este reuma!. .. Pero el Señor me necesita este año
aquí. No saldré.
- ¿ ... ?
- De ningún modo. España anda muy revuelta y yo
no quiero faltar de mi diócesis. ¡Sería desertar de mi obligación!
Insistí. Monseñor necesitaba restaurar su
cuerpo, para tener el espíritu propicio y dispuesto a su magnífico ministerio.
Siempre lo había hecho. Era costumbre y necesidad. Inútil todo. Y acabó con
esta frase que llevo desde entonces en el corazón:
- El Obispo de las Ordenes Militares no
sale este verano de Ciudad Real. Así lo quiere Dios y lo demanda mi conciencia.
Acaso mis fieles necesiten de mí. Los días están cargados de peligros, y si
ocurre algo quiero estar en mi puesto. ¡Y si Dios lo quiere, dispuesto al
sacrificio!
Con aquella frase terminó la entrevista. No
volví a hablar con, monseñor. Sólo lo vi fugazmente, ya estallada la revuelta;
cuando abandonaba, expulsado, su palacio, para ir a guarecerse en una casa
amiga, cuyos dueños, también fueron asesinados, meses después que él. Iba todavía
bendiciendo a las gentes que cruzaban temerosas por las calles soleadas del
poblachón manchego.
¡También bendecía a sus carceleros!
Y llegó el día. Yo estaba en el Seminario,
utilizado como checa, retenido como “sujeto muy peligroso y digno de castigo
ejemplar”, frase que figuraba en lápiz al frente del pliego de papel arrugado
con que los rojos iniciaban mi “proceso”. Era el 22 de agosto de 1936. La calle
soleada. Silencio en la ciudad. Sólo el frenado terrible de los coches, cuyas
ruedas patinaban agarrotadas por los ferodos, en el pavimento brillante. De
pronto alguien dijo, con voz susurrante:
- ¡Han matado al Obispo!
Eran las seis de la tarde del día 22 de agosto
de 1936, hora en que anualmente celebrase la procesión de la Octava de la
Virgen, hora en que:
las campanillas suenan
la Virgen sale,
la Patrona del Prado
va está en la calle...
como canta la seguidilla popular.
A aquella hora el cadáver de monseñor
Esténaga yacía sobre la ribera palúdica del Guadiana, desnudo y martirizado. Mi
huida de aquellas tierras envilecidas por tanto crimen, me impidió averiguar
toda la verdad, Sólo sé que fue asesinado, ferozmente, como tantos otros...
¿Se acuerda usted, Federico, de que gran
señor era el doctor Esténaga?
Francisco Tolsada. Diario lanza, viernes
23 de abril de 1971