Olvidemos por unos momentos las,
preocupaciones que nos inquietan y sumerjámonos en la contemplación de nuestra
catedral, asentada para fijar la certeza de las verdades de la fe, sin sombra
alguna.
De lejos, con sus ventanales, sus
contrafuertes, y su torre, se asemeja a una poderosa nave que ha realizado un largo
viaje. Toda la ciudad puede embarcar sin temor, al abrigo de sus robustos
muros. Aproximémonos.
En su retablo mayor, nos encontramos con
nuestro Jesús Jesucristo, así lo ve todo hombre que viene a este mundo. El es
la clave del enigma de la vida. A su alrededor está escrita la respuesta a
todas nuestras, preguntas. Aprendemos cómo el mundo comenzó y cómo acabará; las
sagradas imágenes, cada una de ellas, simbolizan una era del mundo, nos dan la
medida de su duración. Tenemos ante nosotros todos los hombres cuya historia
merece la pena conocer: aquellos que, bajo la Antigua o la Nueva Ley, fueron
figuras de Jesucristo; porque los hombres no existen sino en cuanto son
partícipes de la naturaleza del Salvador.
Los otros -reyes, conquistadores,
filósofos, historiadores-, no son nada más que nombres, sombras vanas. Así se nos
tornan claros él mundo y su historia.
Pero nuestra propia historia está escrita
junto a ese vasto universo. En ella aprendemos que nuestra vida debe ser un combate, lucha
contra nosotros mismos en todo momento.
De lo alto de los Cielos, los ángeles
extienden coronas a aquellos que trabaron el buen combate.
¿Existe aquí lugar par la duda o, incluso,
simplemente, para: la inquietud espiritual?
Penetremos en nuestra catedral. La
sublimidad, de sus grandes líneas verticales actúa inmediatamente sobre, el alma.
Es imposible entrar en la gran nave de la Santa Iglesia Prioral Basílica
Catedral de las Ordenes Militares, sin sentirse purificado. Sólo por su
belleza, la iglesia ejerce el efecto de un sacramento. De nuevo, encontramos
una imagen del universo. La catedral, como la planicie, como el bosque, tiene
su atmósfera, su perfume, su luz, su contraluz, sus sombras.
Al caer la tarde, su gran rosetón, detrás
del cual el sol se pone, parece ser el propio sol dispuesto a desaparecer en la
lejanía de un bosque maravilloso. Nos vemos envueltos en un mundo trasfigurado en el cual la luz es
más brillante que la de la propia realidad, en donde las sombras son tamo, bien
más misteriosas. Nos parece estar ya en el seno de la Jerusalén celestial, de
la ciudad futura. Degustamos su paz profunda; el tumulto de la vida se quiebra
en los muros del santuario y se reduce a un rumor lejano: es el arca
indestructible, contra la cual no prevalecerán las tempestades. Ningún lugar
del mundo llena al hombre de un sentimiento de confianza tan profundo.
Símbolo de la Fe, la catedral es también
símbolo del amor. Su catedral episcopal le da vida propia, pues la catedral nos,
expresa la sucesión apostólica de los Obispos-Priores. En nuestra catedral
todos trabajaron el pueblo ofreció lo que poseía, sus robustos brazos. Engarzado
a las carretas, cargó las piedras sobre sus hombros. Tuvo la buena voluntad del
gigante San Cristóbal.
El burgués dio su dinero, el conde su
tierra, y el artista su genio. Durante varios siglos, todas las fuerzas vivas
de la nación colaboración, algunos Cardenales Primados soñaron con un templo
enorme, lleno de sueños, de ahí la vida que irradian esas obras eternas.
Hasta los muertos se asociaron a los
vivos; la catedral fue pavimentada con las lápidas sepulcrales de los Obispos Priores
del as Ordenes Militares Españolas; las viejas generaciones, con sus manos
juntas como fueron sepultados, y así continúan rezando en la vieja iglesia
catedral. En ella, el pasado y el presente se unen en un inmerso sentimiento de
amor. Nuestra catedral, es la conciencia de la ciudad.
José López de la Franca y Gallego. Diario
Lanza 9 de noviembre de 1995