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sábado, 10 de octubre de 2026

LA CULTURA MATERIAL DE LOS HOGARES HIDALGOS DE LA MANCHA. CIUDAD REAL, 1585-1610 (V)

 

Vista de la calle Estrella en los años sesenta del pasado siglo XX


3.1. En la calle: la distinción, una obligación necesaria

El ejemplo de las hermanas Galiana constituye una buena muestra de la importancia otorgada a la representación externa. Como en el caso ya visto de la Treviño, si se eliminan bienes raíces y capital dinerario, las categorías de objetos más relevantes fueron aquellas en que se incluyeron las prendas de vestir femeninas, las joyas y los objetos y ropas del hogar. Todas ellas forman parte del “patrimonio calificador” (51), acertada expresión con la que López-Salazar Pérez se refirió a aquellos objetos, bienes y propiedades que no solo constituyeron la base material del hogar hidalgo, sino también el pilar sobre el que se sustentó gran parte de las estrategias de significación social de sus miembros. Se trata de objetos sobradamente conocidos, muy concretos y muy específicos en relación a las posibilidades de usabilidad que ofrecieron a sus poseedores.

Hablemos primero de la vivienda. En realidad, cabe decir muy poco, pues las descripciones que proporcionan las cartas matrimoniales son escasas y poco específicas. No obstante, y a juzgar por el valor de algunas de las reseñadas, puede afirmarse que, como indica el propio López-Salazar, “las casas de un buen hidalgo podían valer tanto como toda la hacienda de un mediano labrador” (52). Sirvan de muestra las que recibió Diego Cabeza de vaca Vilches, valoradas en 300.000 maravedíes (53), cantidad ciertamente importante aunque no tanto como los tres cuartos de millón de maravedíes (más de 22.000 reales) en que se tasaron las que llevó en su dote doña Beatriz de Gámez (54).

Portadas, torreones y arcos(55) así como escudos de piedra(56) constituyeron algunos de losañadidos que figuraban en sus fachadas y que conferían prestancia a las mismas aunque, como se ha indicado, en este caso la fuente no es muy explícita. Sí que los encontramos descritos con cierto detalle en los interiores, donde se hacen presentes de todas las maneras posibles y bajo todos los formatos imaginables(57). Es el caso, por ejemplo, de doña Elvira Treviño, de quien ya se ha hablado, quien optó por llevar grabado el escudo familiar en una rica fuente de plata valorada en 339 reales58 o de la menor de las Galiana, quien incorporó las armas de su linaje en un repostero bordado al que, además, añadió una cruz de Montesa(59). Más curioso resulta el caso de Fernando Poblete de la Serna, quien incluyó “las señales de los Pobletes y los Arciniegas” en un rejón(60); más allá de las hipotéticas aficiones taurinas del padre, no sabemosen qué medida podía interesar a la joven casadera tal detalle.

Junto a las casas, los esclavos fueron uno de los bienes con más carga simbólica. A juzgar por lo aparecido en los cuadernos particionales, su propiedad estuvo relativamente extendida entre los individuos y familias con posibles, no solo hidalgos (61). También es fácil encontrarlos en las dotes.



Como mera mercancía, su valor fue diverso y posiblemente obedeció a factores como la edad, las condiciones físicas e, incluso, el sexo. En todo caso, parece que alcanzaron tasaciones similares a las observadas por López-Salazar Pérez a través de los cuadernos particionales estudiados para el conjunto de la región manchega, donde el precio más elevado llegó a los 74.800 mrs., no más que “una buena mula de labor” (62).

Menos importancia parece que tuvo la propiedad de caballerías. De hecho, a la altura del siglo XVI, el caballo resultaba un animal de utilidad limitada, también y en parte por lo caro que era su mantenimiento. Así las cosas, fueron muy pocos los hidalgos que se permitieron mantenerlos de cara a la ostentación, o al menos solo con ese objetivo(63). Tal fue el caso, por ejemplo, de doña María de Poblete, quien en su dote llevó uno “castaño y ensillado”, aunque a juzgar por los aderezos que acompañaron al animal es posible que su función estuviera más relacionada con el trabajo en el campo que con la posibilidad de servir como medio de alarde a su propietaria (64).

Aún así, hubo casos en los que esa ostentación fue un hecho: doña Catalina Mexía de Salcedo llevó uno, “con su silla y freno”, valorado en más de 1.100 reales y doña Marina de Galiana otro cuyo precio ascendió a 882, a los que cabría añadir los 500 en los que se tasó la carroza que tiraba(65). A juzgar por la variedad de objetos que añadió al propio animal, aquí sí puede hablarse de un uso intencionado de la montura como símbolo de distinción. Algo similar ocurrió en el caso concreto de doña María de Balmaseda: silla, estribos, frenos, acicates, riendas, cinchas, jaeces, espuelas, incluso una capa de montar de color verde y negro constituyeron solo una parte de los aderezos con los que equipaba a su montura, los cuales, sin duda, podrían hacer hoy en día las delicias de cualquier aficionado a la equitación(66).

Tampoco parece que cumplieran mucho con su función original las armas. Pocas, oxidadas en ocasiones y obsoletas casi siempre, la mayor parte de las inventariadas en las dotes de las hidalgas de Ciudad Real dan la sensación de cumplir una función muy similar a la que desempeñaban las del viejo don Quijote(67). Muestra de ello es que algunas de las más abundantes son, precisamente, aquellas que menos utilidad parecían tener ya a finales del XVI como los alfanjes(68) y montantes (69), claramente en desuso por su peso y tamaño; como también debieron estarlo las adargas(70) y lanzas(71). Sin duda, las más habituales fueron las espadas, que, en casi todas las ocasiones, iban acompañadas de sus correspondientes tiros y pretinas. En ocasiones estuvieron ricamente decoradas con borlas y remates de cuero(72) o de metal (a veces incluso de oro y plata)(73). Ballestas(74), dagas y puñales(75) completaban la nómina de armas más habituales entre las que no parece que estuvieran las de fuego (76). De hecho, y a excepción de algún pistolete (“con su frasco y aderezos dorados”) (77), lo más común es encontrar arcabuces(78) y éstos apenas llegan a la decena(79).


Calle del Tinte con calle Alarcos en los años sesenta del pasado siglo


La distinción también se buscó mediante el lujo80 y es en este apartado donde, en el campo de lo externo, entraron en juego joyas y vestidos. El catálogo de joyas y aderezos personales de las hidalgas de Ciudad Real es tan extenso y detallado como aburrido, pues repite una y otra vez los mismos conceptos, de manera que resultaría poco productivo ir mucho más allá. Tan solo cabría mencionar, por su singularidad, algunos de los objetos más llamativos. Pendientes, aros, rodetes, apretadores, arracadas... son tremendamente frecuentes y los hubo de todos los tipos y materiales. Algo parecido ocurrió con los anillos: doña Inés Marquina llevó seis(81) y cinco doña Beatriz de Gámez, aunque la cantidad no lo era todo. La propia Gámez reseñó, además de los ya citados, otro con un diamante engastado, cuyo precio multiplicaba por dieciséis el valor de todos los anteriores. A similares conclusiones puede llegarse también con collares y sartales, donde es habitual encontrar precios tan diversos que oscilan entre los seis reales en que se tasó uno de doña Ana de Figueroa y los 2.757 en que se valoró otro de la ya citada Gámez. Las cuentas de oro y ámbar y el “frasco de ámbar pendiente guarnecido” que acompañaban a nada más y nada menos que trece rubíes, parece que justificaban ese precio.

Capítulo especial dentro de las alhajas lo conformaron los objetos de tipo religioso: cruces de plata y oro, rosarios de cristal, agnusdéis, medallas votivas... constituyeron complementos que no tenían por qué ser especialmente lujosos pero que acabaron por dignificar a sus portadoras, especialmente si en ellos aparecían el oro o la plata.

Hablemos finalmente de la ropa para constatar que, aquí, la variedad también fue enorme y que aunque, en principio, no pueda introducirse el factor comparativo, sí se detectan matices que permiten afirmar que el vestuario fue igualmente empleado como medio de proyección de la imagen de la familia. No en vano, y como apuntó en su día don Antonio Domínguez Ortiz, al adquirir vestidos no solo se compraba ropa sino que se adquiría estatus(82). Importante es reseñar que el mayor o menor número de bienes asociados a esta categoría ya es revelador de la capacidad adquisitiva de la otorgante de cada dote(83). Sin embargo, tanto o más significativo es considerar la calidad de los bienes inventariados. En ese sentido, una vez más, vuelven a aparecer matices que conviene retener tales como la recurrencia de sedas, tafetanes, damascos, palmillas e, incluso, rajas de Florencia que hablan de la búsqueda de productos más allá del mercado local y comarcal.

Finalmente, y junto a lo ya dicho, cabría apuntar que tan importantes como los propios vestidos son los complementos y aquí, como ocurre en el caso de las joyas, sí hay más variedad que en el caso de las prendas asociadas a dotes no nobles: capotes y capotillos, bandas de vestido, capillos, ligas, copetes para los zapatos, regalillos, sombreros... constituyen una suerte de prolongación de esa riqueza en el vestir que también actuó como factor diferenciador.

Francisco J. Moreno Díaz del Campo. Revista: Historia y Genealogía Nº 6 (2016) | Págs. 123-146


La calle Alarcos en los años ochenta  del siglo XX



(51) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., “Hidalgos de carne y hueso en La Mancha cervantina”, en Pedralbes, 25 (2005), p. 85.

(52) Ibídem, pp. 85-86.

(53) AHP CR, Protocolos, leg. 31-10, fols. 59r-66r. 31.07.1592.

(54) AHP CR, Protocolos, leg. 72-2, fols. 205r-208v. 10.07.1604. No tan importantes en valor pero sí por su cantidad nos ha parecido el caso de doña María de Estrada y Poblete, en cuya carta de dote se anotaron hasta seis, situadas en todas las parroquias de la ciudad. AHP CR., leg. 79-2, fols. 300r-309v. 07.09.1608.

(55) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., “Hidalgos de carne y hueso…” art. cit., p. 85.

(56) SORIA MESA, E., La nobleza…, op. cit., pp. 268-270.

(57) Y no solo en las dotes. También aparecen en las cartas de donación como la del ya mencionado Diego Cabezadevaca, quien valoró en 1.500 reales los seis reposteros decorados con las armas de su familia que incluyó en la relación de bienes que llevó consigo tras la boda. AHP CR., leg. 31-10, fols. 55r-57v. 31.07.1592.

(58) AHP CR, Protocolos, leg. 71-3, fols. 5r-16v. 14.01.1601.

(59) AHP CR, Protocolos, leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595.

(60) AHP CR, Protocolos, leg. 30bis-5, fols. 6r-22v.13.11.1594.

(61) DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., op. cit., pp. 149-150 y LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., Estructuras agrarias..., op. cit., p. 459.

(62) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., Estructuras agrarias..., op. cit., p. 459.

(63) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., “Hidalgos de carne y hueso…” art. cit., p. 89.

(64) AHP CR, Protocolos, leg. 30bis-5, fols. 6r-22v. 13.11.1594.

(65) AHP CR, Protocolos, leg. 41-1 fols. 1r-38v. 07.02.1595 y leg. 31-10, fols. 59r-66r. 31.07.1592. Otro

indicativo de estatus y no solo por su mera posesión sino porque la legislación que reguló la posesión de coches de caballos y carrozas fijó un número mínimo de animales de tiro para este tipo de vehículos lo cual redujo notablemente las posibilidades de quienes quisieron hacer uso de ellos. Véase al respecto, RUIZ GÁLVEZ, A. Mª, “Guardar las apariencias…” art. cit., p. 179 y, sobre todo, LÓPEZ ÁLVAREZ, A., “Coches, carrozas y sillas de mano en la Monarquía de los Austrias entre 1600 y 1700: evolución de la legislación”, en Hispania. Revista Española de Historia, vol. XVI, nº 224 (2006), pp. 883-908.

(66) AHP CR, Protocolos, leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609.

(67) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., Estructuras agrarias..., op. cit., p. 459.

(68) Entre otros, AHP CR, Protocolos, leg. 30bis-5, fols. 6r-22v. 13.11.1594 y leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609.

(69) Por ejemplo el de doña Marina de la Serna y Guzmán. AHP CR, leg. 31-8, fols. 81r-86r. 22.05.1587.

(70) AHP CR, Protocolos, leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595.

(71) AHP CR, Protocolos, leg. 55, fols. 528r-530v. 24.02.1596.

(72) AHP CR, Protocolos, leg. 31-10, fols. 59r-66r. 31.07.1592.

(73) AHP CR, Protocolos, leg. 41-1 fols. 1r-38v. 07.02.1595.

(74) AHP CR, Protocolos, leg. 9-2, fols. 31r-42v. 22.02.1599.

(75) AHP CR, Protocolos, leg. 31-10, fols. 59r-66r. 31.07.1592.

(76) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., Estructuras agrarias..., op. cit., p. 459.

(77) AHP CR, Protocolos, leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595.

(78) Como el que, por ejemplo, llevaba en su dote doña María Carrillo de Góngora, que iba acompañado de su funda, baqueta, dos frascos y otros aderezos. AHP CR, Protocolos, leg. 56-1, fols. 100r-113r. 30.07.1597.

(79) Puestos a hablar de rarezas podría señalarse la presencia en la dote de doña Marina de Galiana de “un arco de junco de las Indias” del que cabría esperar poco más que una función decorativa. AHP CR, Protocolos, leg.41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595.

(80) SORIA MESA, E., La nobleza…, op. cit., pp. 262-263.

(81) AHP CR, Protocolos, leg. 109-1, fols. 139r-140v. 16.06.1602.

(82) DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., op. cit., pp. 8-9.

(83) Basten solo un par de ejemplos entresacados de los muchos que podrían ponerse para indicar, por ejemplo, que los bienes asociados a esta categoría en la dote de doña María de Balmaseda ascendieron a sesenta. AHP CR, leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609.


viernes, 9 de octubre de 2026

LA CULTURA MATERIAL DE LOS HOGARES HIDALGOS DE LA MANCHA. CIUDAD REAL, 1585-1610 (IV)

 



3. Ser (privadamente), aparentar (públicamente)

Admitidas dichas premisas cabría aceptar que la posesión de estos objetos fue la base sobre la que se sustentó la configuración interna del hogar, pero que también sirvió para visualizar esas estrategias de significación social a las que se ha hecho referencia más arriba. Tanto fue así que joyas, ropa femenina y masculina, esclavos... funcionaron como instrumentos simbólicos que dieron forma a ese aparentar tan necesario como el propio ser. Junto a ellos, se sitúan otros objetos que también denotan ese interés por aparentar pero que, por su naturaleza y procedencia, fueron utilizados en la esfera de lo privado: libros, ropa doméstica, cierto tipo de mobiliario, menaje... bienes que, como dirían Isabel dos Guimarães y Máximo García Fernández, se utilizaban de “puertas adentro” pero que servían para sostener estrategias de puertas afuera, pues representaban conceptos que constituyeron “la base sobre la que pivota la imagen de la familia y, a fin de cuentas, su identidad respecto a las demás familias de su estatus y al resto del entramado social”(41).

El problema estriba en que es difícil precisar la frontera entre lo público y lo privado (42). De hecho ese aparentar no se construyó solo para marcar diferencias con respecto a los no nobles o a los no pudientes. También existe ahí lo que podría definirse como un “aparentar endogámico”, tocante al grupo y destinado a establecer escalas de diferenciación entre los propios privilegiados(43). Por eso cabe admitir que, frente a otros mecanismos de transmisión del patrimonio familiar, la dote jugó un papel más relevante de lo que podría pensarse en principio. Es cierto que si nos fijamos exclusivamente en el montante total de los bienes traspasados, las cartas matrimoniales son poco relevantes en comparación con otras formas de perpetuación de patrimonio; sin embargo, si nos olvidamos de cantidades y reparamos en lo cualitativo, la cosa cambia porque, como indica el propio García Fernández, al ser un mecanismo hereditario, la dote prima la transmisión sobre el consumo(44) y en ese proceso se convierte en el medio ideal para observar aquello que interesa conservar, mantener y mostrar en relación al linaje. Ello no evita que estas escrituras también muestren “los usos más frecuentes y típicos de los bienes del hogar o las vestimentas”(45) y es precisamente ese carácter polifacético el que mejor sirve a la hora de abordar lo público y lo privado, lo nuevo y lo antiguo en el seno de las familias recién constituidas. De ahí lo importante de mantener activos los resortes que aseguraban la endogamia del grupo. En ese contexto, lo más habitual fue la transmisión de la dote vía paterna y eso es lo que explica la tendencia a buscar esposas en el propio grupo y las reticencias a hacerlo fuera de la ciudad siempre que ello pudieraevitarse. También la preocupación que algunos individuos mostraron por asegurarse una correcta posición ante la inminencia del enlace matrimonial. Por ello resulta significativo, por aparentemente excepcional, el caso de las hermanas Marina y María de Galiana (46), huérfanas de padre y madre a la altura de 1595, cuando sabemos del matrimonio de la primera con Francisco de Galiana Bermúdez, regidor para más señas. Su dote, valorada en 70.254 reales, fue acompañada de unas arras de 1.000 ducados. Se trata, si los cálculos no han fallado, y a la espera de futuras consultas, de la tercera más cuantiosa de cuantas otorgaron las hidalgas de la ciudad en el periodo de tiempo estudiado. Su contenido difiere levemente de lo observado más arriba porque más de una cuarta parte de los bienes aportados (en torno a 16.500 reales) se correspondieron con capital dinerario, bien fuera en metálico, bien a través de escrituras de obligación a su favor. Por el contrario, los bienes raíces no tuvieron un peso tan marcado como en otros casos, pues la esposa solo –y es un solo relativo– aportó 130 fanegas de barbecho que fueron valoradas en 1.600 reales; poco, como decimos, para lo que es tónica general en estos casos. Ganado de labor, un esclavo negro de 45 años “de nación morisca, llamado Alonso”, joyas, mobiliario doméstico, herramientas y aperos de labranza, armas, aderezos para caballos y una no despreciable cantidad de cubas y tinajas de distinta capacidad fabricadas con madera de roble, completaron en aquellos días una dote en la que tampoco faltaron el resto de partidas habituales en los inventarios matrimoniales de las hidalgas manchegas, libros incluidos. 




Sin embargo, lo interesante de la dote de doña Marina no es su contenido (que también) sino el hecho de que fueron sus propios bienes dotales los que sirvieron para enriquecer la también atractiva dote de su hermana (47). Tanto fue así que los primeros veintitrés conceptos incluidos en esta última se incluyen a su vez entre los primeros cuarenta y uno reseñados en la de Marina. En su inmensa mayoría fueron piezas de tipo suntuario (platos, vasos y calderillas de plata, jarrones de oro y cristal...) y, sobre todo, joyas, entre las que, a título anecdótico, podrían resaltarse, por su riqueza, una rica cadena de oro valorada en mil reales y, por su curiosidad, una “ninfa de oro con sus alas y cola y pies y el pecho de perla con su cadenilla y tres perlas colgantes” que se apreció en cien reales más. Todo sumó 4.140,43 reales, más del 10% de su hacienda personal.

Aun partiendo de la misma base y teniendo cierta similitud, las dotes de las hermanas Galiana reflejan dos formas diferentes de hacer frente a la transmisión de la hacienda familiar. La naturaleza de sus respectivos patrimonios estuvo fuertemente mediatizada por su ya conocida orfandad, aunque esa situación parece que constituyó una traba más considerable en el caso de la menor. De ahí las diferencias. Entre ellas, lo primero que llama la atención es que la dote de María estuvo polarizada en torno a unos pocos conceptos: capital dinerario, ropa femenina y joyas y alhajas, que juntos suman más de tres cuartas partes del total (48). Gran parte de ese dinero (787.730 mrs.) corresponde a una escritura de censo valorada en 1.000 ducados(49) y a sus correspondientes intereses que, en principio, estaban vinculados al mayorazgo fundado por don Antonio de Galiana, tío de ambas, y asociado a las personas de Marina y su esposo, pero que éste último traspasó (no sin antes descontarlo de su herencia) a María en lo que parece que constituyó un intento de mejorar la dote de ésta(50).

Por su parte, la de Marina –que es anterior en el tiempo– parece reflejar una situación más acorde con lo observado en el conjunto de la ciudad. No obstante, llama la atenciónla “pobreza” en bienes raíces y el poco peso que tiene la partida correspondiente al ganado, situación que se compensa con la importancia que adquiere la relativa a productos en especie, con importantes cantidades de vino (5.450 reales), trigo (3.900 reales) y cebada (2.500 reales).

Francisco J. Moreno Díaz del Campo. Revista: Historia y Genealogía Nº 6 (2016) | Págs. 123-146


Vista de la calle Zarza con sus antiguas edificaciones


(41) RUIZ CANALES, I., “Las prácticas del vivir noblemente y su importancia. El ejemplo de los Díaz de Escobar en Córdoba”, en Historia y Genealogía, 1 (2011), p. 158.

(42) En torno a estas cuestiones, y para el caso cordobés, véase RUIZ GÁLVEZ, A. Mª, “Guardar las apariencias. Formas de representación de los poderes locales en el medio rural cordobés en la época moderna”, en Historia y Genealogía, 1 (2011), p. 180.

(43) Es lo que Álvarez-Ossorio Alvariño relacionó con esa autoafirmación estamental que los privilegiados buscan por medio del consumo suntuario al que no se considera como una “mera opción, sino más precisamente una obligación que le impone su status”. Véase ÁLVAREZ-OSSORIO ALVARIÑO, A., “Rango y apariencia…” art. cit., pp. 269 y 265. En el mismo sentido se manifiesta el profesor Bravo Caro cuando afirma que “no solo importaba ser considerado integrante del grupo, sino situarse en los escalones más elevados y demostrar (…) toda la capacidad posible de boato y de preeminencia respecto a otros linajes cercanos en el ámbito territorial”. Véase BRAVO CARO, J. J., “El parecer y pertenecer a las élites de la Edad Moderna. Ascenso social y fuentes para su estudio”, en SORIA MESA, E. y BRAVO CARO, J. J., Las élites en la época moderna. La Monarquía española. Tomo IV: Cultura, Córdoba, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Córdoba, 2009, p. 9.

(44) GARCÍA FERNÁNDEZ, M., “Entre cotidianidades: vestidas para trabajar, de visita, para rezar o de paseo festivo”, en Cuadernos de Historia Moderna, VIII (2009), p. 120.

(45) Ídem.

(46) De la primera se da cuenta en MALDONADO Y COCAT, R. J., “Genealogías manchegas. II. Familias de Barrionuevo, Del Castillo, Galiana, Hurtado, Loaisa, Marín, Muñoz Sosa”, en Cuadernos de Estudios Manchegos,5 (1962), p. 114. No así de María.

(47) Ascendió a 43.173,41 reales. En el momento de otorgar la carta de dote de María, actuó como testigo don Francisco Galiana Bermúdez, esposo de doña Marina, que, a su vez, era tutora de los bienes de su hermana en compañía de don Luis Cabeza de Vaca, tío materno. AHP CR, Protocolos, leg. 41-2, fols. 22r-35r. 29.09.1596.

(48) Véase Gráfico 2.

(49) El resto del dinero (412.730 mrs.) corresponde a dos partidas de corridos de ese censo: 340.127 hasta finales de mayo de 1593 y otros 72.603 desde junio de 1593 a febrero de 1596. El acuerdo al que los esposos de ambas hermanas llegaron también estipuló el pago periódico de los corridos del censo desde 16 de febrero de 1596 en adelante.

(50) La indicación de mejoras y conceptos pendientes de cobro por herencia o por cesión es frecuente en las escrituras de dote. Baste al respecto el ejemplo de María Treviño de Góngora, en cuya escritura de dote se especificó que, además de lo contenido en ella, la joven tendría derecho a casi 41.000 reales más procedentes del patrimonio de sus padres, ya fallecidos, que hasta el momento habían gestionado sus hermanos. AHP CR, leg.53-1, fols.208r-209r. 13.09.1592.


jueves, 8 de octubre de 2026

LA CULTURA MATERIAL DE LOS HOGARES HIDALGOS DE LA MANCHA. CIUDAD REAL, 1585-1610 (III)

 

Interior de la antigua fábrica de hielo en la calle Alarcos


2. Cuantificando comportamientos: datos y procedimiento metodológico

La cuantificación no es, ni de lejos, el medio más apropiado para analizar modos desser y actitudes ante la vida. No en vano, siempre que se recurre a ella se corre el riesgo de fiar cualquier análisis a un frío elemento si, después, no se desciende a lo cualitativo y se observa la realidad desde otros puntos de vista. Por ello, y antes de continuar, se imponen unas breves consideraciones procedimentales. Primero de tipo cronológico. En ese sentido, el periodo de tiempo analizado en este trabajo comprende los veinticinco años que median entre 1585 y 1610.

Las razones que han llevado a elegir ese intervalo cronológico son varias. En primer lugar, cabe apuntar a la representatividad de las fuentes. En ese sentido, el Archivo Histórico Provincial de Ciudad Real dispone de series de protocolos notariales desde mediados del siglo XVI (34); sin embargo, las pérdidas documentales y el mal estado de conservación de los legajos más antiguos impiden que pueda hablarse de cierta continuidad hasta, al menos, mediados de los propios años ochenta. En último término dicha contingencia ha obligado a acotar temporalmente la muestra elegida, quizás más de lo que sería deseable (35). Por suerte, y para contrarrestar los problemas que se pudieran derivar de las carencias señaladas más arriba, el investigador dispone del censo elaborado en 1586, lo cual supone un importante punto de anclaje a la hora de conocer la estructura demográfica y socioprofesional de la ciudad; también el número exacto de hidalgos y la identidad de los cabeza de casa de dicho estamento, algo que facilita su posterior identificación en los contratos nupciales que se han analizado. Finalmente cabe añadir que son años especialmente importantes desde el punto de vista económico. No en vano, nos situamos ante el comienzo del declive económico de la ciudad, resultado de la evidente mutación que había comenzado años atrás pero que terminó por verse condicionada por la expulsión de la minoría morisca, justo el momento en el se ha delimitado por arriba nuestra muestra.

Con esos antecedentes, el conjunto analizado corresponde a treinta y una familias para las que disponemos de veintidós escrituras de dote y arras; nueve de dote y cinco de dona (36). En total, pues, y dado que las escrituras de arras siempre aparecen junto a las de dote, estaríamos hablando de un conjunto de treinta y seis escrituras, en las que aparecen más de cuatro mil entradas distintas.




En relación con el valor de los inventarios analizados, el primer dato que cabe señalar tiene que ver con el montante total que cada concepto aporta al conjunto. En ese sentido, la tasación final de los objetos incluidos en las dotes representa el 82,8% del total inventariado, mientras que lo catalogado en arras y donas alcanza valores más modestos (9% y 8,2% respectivamente).

Aclaradas esas cuestiones, lo primero que llama la atención es la concentración de lo enumerado en las cartas de arras y dona en torno a muy pocas categorías. En el caso de las arras, más del 90% de los conceptos señalados corresponde a capital dinerario (dinero en metálico en la mayoría de las ocasiones aunque no faltan escrituras de deuda a favor, censos y juros). El resto de bienes aportados por los esposos en las arras se corresponde con esclavos, joyas, mobiliario y ropa domésticos y vestuario femenino. En esencia, la situación es la misma en el caso de las donaciones aunque todo indica que los futuros esposos se inclinaron por incorporar a estos contratos una mayor cantidad de bienes raíces, posiblemente porque de lo contrario, y al ser éstos de un valor considerable, podían contravenir la prohibición de que las arras superaran el valor máximo establecido en la legislación del momento (37).



En el caso de las dotes la situación es completamente distinta. Bienes raíces y capital dinerario acaparan el grueso de las mismas (66,2% de media). Se trata de aquellas categorías que, en principio, debían constituir los conceptos más cuantiosos en tanto que los bienes incluidos en ellas aseguraban parte del sostenimiento económico de la futura familia (38). La situación es especialmente visible, por ejemplo, en el caso de la escritura de dote más rica de cuantas se han documentado, la otorgada en 1601 a favor de don Gonzalo Muñoz de Loaisa por don Juan Fernández Treviño, padre de doña Elvira Treviño y miembro de uno de los linajes con más tradición en la ciudad. La dote de doña Elvira, que ascendió a casi 125.000 reales, estuvo acompañada de otros 1.000 ducados en metálico en concepto de arras, a los que se añadieron las posteriores donaciones del esposo, todas ellas en bienes raíces valorados en más de 35.000 reales (39).

Concentrémonos en la dote de doña Elvira y podrá observarse cómo su estructura apenas difiere de los datos generales señalados para el conjunto de la ciudad. De hecho, las mayores diferencias vienen dadas por el relativo poco peso que en su caso tuvieron los bienes inmuebles (12,5 puntos por debajo de la media), mientras que ganado y joyas parecen ser mayores (14,6 y 5,8 puntos respectivamente). Por lo demás, e incluso teniendo en cuenta que la Treviño no aportó ni ropa masculina, ni esclavos ni libros, todos los conceptos parecen adaptarse a lo ya observado. Es así como podrían señalarse dos grandes bloques. El primero y más rico incluyó bienes raíces, dinero, ganado y joyas; su valor ascendió a un significativo 67,6% del total de lo aportado al matrimonio. Constatada su importancia, son, sin embargo, los conceptos que debido a la naturaleza de estas líneas importan menos. Por ello habría que fijarse en ese segundo bloque –menos rico pero más complejo–, formado por herramientas y utillaje, mobiliario y ropa domésticos, menaje del hogar, ropa femenina y productos en especie, partidas que nunca superan de manera individual el 6% del total pero cuya importancia hay que calibrar en función de su utilidad y simbolismo (40).

Francisco J. Moreno Díaz del Campo. Revista: Historia y Genealogía Nº 6 (2016) | Págs. 123-146



(34) Los primeros legajos disponibles datan de 1559.

(35) En torno a los problemas de representatividad de la dote véase BRUMONT, F., “Le mariage, passeport pour l’ascension sociale: à Logroño au XVIe siècle”, en ALMARIC, J. P. (comp.), Pouvoirs et société dans l’Espagne moderne. Hommage à Bartolomé Bennassar, Toulouse, Presses Universitaires du Mirail, 1993, pp. 89-90.

(36) Para una descripción del significado de cada concepto véase FERNÁNDEZ CHAVES, M. F. y PÉREZ GARCÍA, R. M., “Las dotes de las moriscas granadinas y sevillanas. Cambios y adaptaciones de una cultura material”, en LOBO DE ARAÚJO, M. M.ª y ESTEVES, A. (coords.), Tomar Estado: dotes e casamentos (séculos XVI-XIX), Braga, CITCEM-Centro de Investigação Transdisciplinar ‘Cultura, Espaço e Memória’, 2010, pp. 129-131. Véase también CEPEDA GÓMEZ, P.: “La situación jurídica de la mujer en España durante el Antiguo Régimen y Régimen Liberal”, en GARCÍA-NIETO APARICIO, M. C. (ed.), op. cit., pp. 181-193.

(37) Establecido en la Ley 50 de Toro en una décima parte de los bienes del marido.

(38) Brumont (BRUMONT, F., “Le mariage, passeport...” art. cit.) constata realidades semejantes para el caso de Logroño. No así M. C. Barbazza en Pozuelo de Aravaca (BARBAZZA, M. C. , “Les paysans et la dot: un exemples de quelques pratiques en Nouvelle Castille (1580-1610), en Melanges de la Casa de Velázquez, 25 (1989), pp. 163 y ss.). Sin duda es a raíz de este último trabajo donde más claras quedan las diferencias sociales en relación a la composición de los contratos matrimoniales pues las escrituras documentadas por la historiadora francesa (correspondientes a un periodo de tiempo muy similar al elegido por nosotros) se refieren en su inmensa mayoría a “aldeanos y campesinos de condición modesta”. Si se atiende a otros casos castellanos, la situación es muy similar a la observada en Murcia por R. Sánchez Ibáñez y otros, donde ropa, mobiliario y menaje constituyen el grueso de las dotes estudiadas por dichos autores; o en Valladolid y las zonas rurales de su actual provincia, donde, además, García Fernández introduce el factor de diferenciación campo-ciudad. De cualquier modo, en estos dos últimos casos las diferencias temporales (se refieren al XVII y XVIII) y las relativas al universo de estudio (se trata de análisis no centrados exclusivamente en la nobleza) invitan a mantener cierta cautela. Véase SÁNCHEZ IBÁÑEZ, R.; AZORÍN, J.; TENZA, M.ª E.; BUENDÍA, E.; GABALDÓN, R. y ZAMBUNDIO, L., “El papel de la mujer en el sistema de transmisión de bienes. Notas sobre la dote en Murcia, 1690-1710”, en IRIGOYEN LÓPEZ, A. y PÉREZ ORTIZ, L. A. (eds.), Familia, transmisión y perpetuación (siglos XVI-XIX), Murcia, Universidad de Murcia, 2002, pp. 89-104 y GARCÍA FERNÁNDEZ, M., “Herederos y beneficiarios. Igualdad hereditaria o heredar lo mismo”, en IRIGOYEN LÓPEZ, A. y PÉREZ ORTIZ, L. A. (eds.), op. cit., p. 132.

(39) Entre ellos un colmenar, una casa-tienda y una casa-mesón, diez aranzadas de viñedo y múltiples parcelas de tierra de entre las que cabría destacar las veintisiete cahizadas “repartidas en distintos pedazos”, situados en la villa de Alcolea de Calatrava y valorados en más de diez y nueve mil reales.

(40) Parece contrastado que la dote se hace más diversa en relación a los objetos contenidos a medida que aumenta la riqueza de los otorgantes. Véase el análisis que al respecto hizo para el caso riojano F. Brumont en “Le mariage, passeport...” art. cit., pp. 92 y ss.

 

miércoles, 7 de octubre de 2026

LA CULTURA MATERIAL DE LOS HOGARES HIDALGOS DE LA MANCHA. CIUDAD REAL, 1585-1610 (II)

 

Viejas y desaparecidas edificaciones de la calle Altagracia



1. La hidalguía en Ciudad Real: características generales del grupo

Tal y como indica el profesor López-Salazar Pérez, cuantificar al grupo noble de Ciudad Real durante el siglo XVI es complicado. No obstante, está claro que, fruto de las “ansias de acaballeramiento” que protagonizaron los sectores más acaudalados, el número de hidalgos de la ciudad aumentó durante el Quinientos (16).

Carente de relevancia en el seno de la política de la Monarquía, la nobleza de Ciudad Real presentó unas características muy similares a las de otras ciudades de Castilla (17) . A lo largo de la primera Edad Moderna, el grupo se caracterizó por ser tremendamente uniforme: no hubo titulados, apenas se contaron caballeros de hábito y sólo se localiza a un señor de vasallos (el de la villa de Picón –que residía en la ciudad–) (18). Sus funciones sociales se concentraban, principalmente, en el control del ayuntamiento (19), aunque los hidalgos locales tampoco desdeñaron su participación en la Santa Hermandad Vieja y una cierta actividad caritativa materializada, sobre todo, en la protección dispensada a conventos y monasterios y en la fundación de obras pías, memorias y capellanías (20).

La mayor parte de los miembros de la hidalguía ciudarrealeña fueron personas acomodadas; algunas muy ricas (21). Con carácter general, y lejos de protagonizar comportamientos rentistas, fueron personajes que gestionaron de manera directa sus haciendas. También mostraron una importante –y temprana– predisposición al desarrollo de actividades pecuarias. Los hubo, incluso, que invirtieron en censos y juros si bien es cierto que, como ocurre en el resto de La Mancha, ésta fue una actividad que, a lo largo de la Edad Moderna, tendió a ser cada vez menos relevante entre ellos y que terminó siendo asumida por el estamento clerical (22).

 



Tanto el gusto por los cargos municipales como la endogamia (otra de las características que definen al colectivo) son perfectamente visibles en los contratos matrimoniales fechados a finales del siglo XVI y principios del XVII. En relación con ello, un ejemplo ciertamente claro de esas estrategias es el representado por doña María Carrillo de Góngora, viuda de Francisco Carrillo (quien fuera regidor perpetuo), casada en segundas nupcias con Lorenzo Suárez de Figueroa, también propietario de una regiduría (23). Sin llegar a esos extremos, es frecuente encontrar entre los contrayentes a individuos cuyos padres (bien del marido, bien de la esposa) fueron o eran en aquel momento miembros de la elite dirigente de la ciudad. En el primer caso se localiza, por ejemplo, a don Cristóbal Treviño Carrillo, hijo del regidor Francisco Carrillo Treviño, que casó con doña Catalina de Torres Mansilla(24) o a Gonzalo Muñoz Loaisa, vástago del ya difunto Diego Muñoz Loaisa –también regidor–, quien se desposó con doña Elvira de Treviño, de la que más adelante tendremos ocasión de hablar (25). Prototípico es también el ejemplo representado por don Melchor Fernández de Treviño Vozmediano y por doña María de Poblete, cuyos respectivos padres ejercieron en su día como miembros del concejo (26).

No obstante, y aunque la cerrazón del grupo fue un hecho contrastado, tampoco resultaron extraños los enlaces con individuos llegados de fuera (27). Así ocurrió, entre otros, a doña Juana Mejía del Campo, casada con don Luis de Medinilla, a la sazón hijo de Álvaro de Torres, Veinticuatro de la ciudad de Úbeda(28); a doña María Treviño, quien contrajo matrimonio con un tal Baltasar Maldonado, procedente de Ocaña(29) o a doña Constanza de Figueroa, a quien le encontraron marido en la Corte(30).

Los mecanismos que facilitaron la entrada de nuevos individuos en el grupo son conocidos y parecen comunes al resto de la región manchega(31). En esencia se relacionan con las ansias de ascenso social mostradas por los “advenedizos”, con su riqueza y con la actitud receptiva que los miembros del ayuntamiento mostraron hacia aquellos que desearon formar parte de él y estuvieron dispuestos a apoyarles. Fue así como quedó definido un modelo de ingreso que, casi siempre, se inició con el desempeño de cargos municipales –previa manipulación de los padrones, si ello era necesario– y que, tiempo después, culminaba con la obtención de la tan perseguida condición noble(32).

Como es lógico suponer, en este proceso jugó un papel destacado la posibilidad de ver reconocida una situación que, en el peor de los casos, tenía que apoyarse en una confirmación por parte de la Chancillería de Granada. Fue algo incómodo, pero en modo alguno extraño y determinó que en el tránsito al siglo XVII el origen de gran parte de las familias nobles de la ciudad estuviera “puesto en cuestión”(33). Debido a ello –también porque gustaron de hacerlo–, los hidalgos locales desplegaron una intensa actividad que les llevó a dejarse ver y a marcar diferencias con el resto de vecinos de la ciudad. Fue, si así se quiere ver, una parte más –la visible y pública– de esa estrategia que pretendía justificar la posición tanto de los que poseían una hidalguía notoria y manifiesta como de aquellos otros que la veían discutida.

Francisco J. Moreno Díaz del Campo. Revista: Historia y Genealogía Nº 6 (2016) | Págs. 123-146



(16) En relación a las limitaciones que ofrecen los padrones elaborados en la ciudad en el siglo XVI, véase LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., “Estructura socioprofesional de Ciudad Real en la segunda mitad del siglo XVI”, 20.000 km2, 11-12 (1977), pp. 51-53.

(17) Véanse DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., op. cit., p. 127 y PHILLIPS, C. R., Ciudad Real, 1500-1750. Growth, Crisis and Readjustment in the Spanish Economy, Cambridge (MA)-Londres: Harvard University Press, 1979, p. 104.

(18) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J. y CARRETERO ZAMORA, J. M., “Ciudad Real en la Edad Moderna”, en ESPADAS BURGOS, M. (coord.), Historia de Ciudad Real. Espacio y tiempo de un núcleo urbano, Ciudad Real, Caja de Castilla-La Mancha/Ayuntamiento de Ciudad Real, 1993, p. 210.

(19) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., “Estructura socioprofesional...” art. cit., p. 56.

(20) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J. y CARRETERO ZAMORA, J. M., “Ciudad Real...” art. cit., pp. 213-215.

(21) Ibídem, p. 214.

(22) Ibídem, p. 217. En La Mancha y para el caso concreto de Ciudad Real, como mercado de capitales, véase LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., Estructuras agrarias y sociedad rural en La Mancha (ss. XVI-XVII), Ciudad Real, Instituto de Estudios Manchegos, 1986, pp. 617 y ss. Para la villa de Almagro LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J. y ORTEGA GÓMEZ, L., “Crédito y mundo rural. Censos y obligaciones en Almagro en el siglo XVII”, en GARCÍA GUERRA, E. M.ª y LUCA, G. de (curs.), Il mercato del Credito in Età Moderna. Reti e operatori finanziari nello spazio europeo, Milán, Franco Angeli, 2009, p. 78 y ss. y ESCUDERO ESCUDERO, L., “La fe pública y el crédito privado. Censos y obligaciones en Almagro en el cambio de centurias (1590-1615 y 1690-1715), en IGLESIAS RODRÍGUEZ, J. J., PÉREZ GARCÍA, R. M. y FERNÁNDEZ CHAVE, M. F. (eds.), Comercio y Cultura en la Edad Moderna. Actas de la XIII Reunión Científica de la FEHM, Sevilla, Universidad de Sevilla, 2015, pp. 1.685-1.697.

(23) AHP CR, Protocolos, leg. 56-1, fols. 100r-113r. 30.07.1597.

(24) AHP CR, Protocolos, leg. 57bis-2, fols. 41r-44v. 31.03.1604.

(25) AHP CR, Protocolos, leg. 71-3, fols. 5r-16v. 14.01.1601.

(26) AHP CR, Protocolos, leg. 30bis-5, fols. 6r-22v. 13.11.1594.

(27) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J. y CARRETERO ZAMORA, J. M., “Ciudad Real...” art. cit., p. 213.

(28) AHP CR, Protocolos, leg. 30bis-5, fols. 2r-5v. 25.04.1594.

(29) AHP CR, Protocolos, leg. 53-1, fols. 208r-209r. 13.09.1592.

(30) AHP CR, Protocolos, leg. 25-1, fols. 115r-124v. 25.02.1591.

(31) Véase al respecto LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., “El mundo rural en La Mancha cervantina: labradores e hidalgos”, en SANZ CAMAÑES, P. (coord.), La Monarquía Hispánica en tiempos del Quijote, Madrid, Sílex, 2005, pp. 55-62.

(32) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J. y CARRETERO ZAMORA, J. M., “Ciudad Real...” art. cit., p. 209. Véase también DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., op. cit., p. 123. En el mismo sentido, y para el caso cordobés, SORIA MESA, E., El cambio inmóvil…, op. cit., pp. 146-147.

(33) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J. y CARRETERO ZAMORA, J. M., “Ciudad Real...” art. cit., p. 208. En ese sentido Carla Phillips cifró en, aproximadamente, un 2,5% el número de individuos que reclamaba su condición de noble ante los tribunales regios, proporción que da por bueno el comentario anterior del profesor López-Salazar. Véase PHILLIPS, C. R., op. cit., p. 100.


martes, 6 de octubre de 2026

LA CULTURA MATERIAL DE LOS HOGARES HIDALGOS DE LA MANCHA. CIUDAD REAL, 1585-1610 (I)

 

Escalinata de acceso a la Plaza de San Francisco en 1958



Resumen: El artículo analiza los hábitos de vida de la nobleza castellana durante el tránsito de los siglos XVI al XVII. Para su redacción se ha tomado como ejemplo el caso de los hidalgos de Ciudad Real y se han empleado los contratos matrimoniales registrados ante notario y conservados en el Archivo Histórico Provincial de Ciudad Real. Su estudio ha permitido comprobar que la aristocracia local mantuvo intactos sus signos externos de comportamiento mientras que, poco a poco, modificó su conducta doméstica y sus prácticas culturales.

Palabras clave: nobleza, estrategias matrimoniales, cultura material, siglos XVI y XVII, Ciudad Real.

Hace tiempo, el profesor Álvarez-Ossorio Alvariño insistía en la importancia que, durante la Edad Moderna, tuvo el vivir noblemente(1) y en el hecho de que el aparentar, el deseo de visualizarse, pregonarse y mostrarse(2) trascendiera al estamento noble para manifestarse entre los plebeyos, deseosos de incorporar a su vestuario las formas “que los señores traen” para imitarlos en sus “meneos, posturas, y afectaciones”(3). A tanto llegó ese proceso que su desarrollo propició la denominada “quiebra de la distinción”. No en vano, esa “competencia suntuaria” y la “confusión de las apariencias” a la que dio lugar obligaron a la Corona y a la Iglesia a tratar de poner freno a esos intentos de emulación(4). En aquel artículo, Álvarez-Ossorio insistía en el relativo abandono al que, por entonces, estaba sometido el análisis de los “mecanismos” que se pusieron en marcha, no para cambiar de orden social, sino para “hacerlo real, visible”(5).

Se trata de una cuestión de la que sabemos mucho más que hace unos años, en parte debido a la pujanza con la que la historia de las mentalidades, de la familia y de la cultura material(6) han sido capaces de penetrar en el análisis de vida noble(7). Ese renovado marco metodológico es el que ha perfilado nuestro conocimiento acerca de cuestiones que habían ocupado un lugar secundario en los trabajos relativos al estudio de la nobleza y de las elites(8). Buena parte de esos avances han sido posibles gracias a la explotación de los protocolos notariales, fuente rica pero tratada de manera desigual. De ahí que se haya alertado acerca de la necesidad de clarificar métodos y de establecer parámetros comunes que permitan comparar distintas realidades espaciales sin que ello suponga un “remanejo lúdico de los datos” ni el empleo forzado de la realidad documental que ofrecen las actas de los escribanos(9). De hecho, no es cuestión de caer en un “positivismo anecdótico”(10); tampoco de explotar hasta la extenuación el inventario, el testamento o la dote para contar por contar “las arras, los manteles y otras menudencias”(11). Más bien se trata de incluir esos datos en un “contexto global” y de hacer uso de cierto equilibrio procedimental para conocer cómo vistieron sus hogares y cómo representó su poder, posición e influencia la oligarquía castellana del Antiguo Régimen.


 
Vista edificación de la calle Palma con General Rey. Podemos observar sobre la puerta tapiada escudos nobiliarios de viejos linajes de Ciudad Real


Con ese horizonte como meta, el texto que sigue intenta ofrecer datos, pero también descender a lo cualitativo, dado que, como indica el profesor García Fernández, lo importante no es tanto cuantificar los objetos como sus significados(12). En ese sentido, cabe preguntarse a qué formas de representación nos estamos refiriendo y, acto seguido, qué es lo que con tanto ahínco trataron de imitar quienes aspiraron a entrar en la nobleza. Para intentar responder a dichas cuestiones se ha recurrido al estudio de las dotes. Se trata de escrituras que, en el análisis de la vida material, se han empleado menos que los inventarios post-mortem o que los testamentos pero que poseen una validez contrastada. No en vano permiten profundizar en aspectos que aquéllos no cubren de manera satisfactoria como las mentalidades y el soporte material de la vida cotidiana ligada a la mujer y al nuevo hogar (13). De hecho, es a través de los propios contratos matrimoniales como podemos situarnos ante los cambios y permanencias que llevaron a las familias de hidalgos de la Castilla moderna no solo a defender un modo de vida que les significaba sino también a modificar sus comportamientos y a orientarlos gradualmente hacia modelos de consumo “más modernos y burgueses”(14).

Por tanto, no es cuestión de repetir aspectos conocidos sino de observar cómo ese dejarse ver que pusieron en marcha los hidalgos tuvo otra vertiente en la transmisión delpatrimonio por vía femenina, acaso menos perceptible que la desarrollada con los varones pero siempre tan meditada e intencionada como ella(15).

Francisco J. Moreno Díaz del Campo. Revista: Historia y Genealogía Nº 6 (2016) | Págs. 123-146


 (1) ÁLVAREZ-OSSORIO ALVARIÑO, A., “Rango y apariencia. El decoro y la quiebra de la distinción en Castilla (ss. XVI-XVIII)”, en Cuadernos de Historia Moderna, 17 (1998-1999), pp. 263-278.

(2) SORIA MESA, E., “La imagen del poder. Un acercamiento a las prácticas de visualización del poder en la España moderna”, Historia y Genealogía, 1 (2011), p. 7

(3) Diálogos de Philosophia natural y moral, compuestos por el doctor Pedro de Mercado médico y philosopho, Granada, 1558. Cit. por ÁLVAREZ-OSSORIO ALVARIÑO, A., “Rango y apariencia…” art. cit., p. 264.

(4) Ibídem, pp. 276 y ss. Máxime si se tiene en cuenta que, como “herramienta de dominación”, la imagen y su empleo frente al cuerpo de no privilegiados fue uno de los instrumentos de diferenciación preferidos por clero y nobleza. Véase SORIA MESA, E., “La imagen del poder…” art. cit., p. 5.

(5) ÁLVAREZ-OSSORIO ALVARIÑO, A., “Rango y apariencia…” art. cit., p. 264.

(6) GARCÍA FERNÁNDEZ, M., “Prefacio. Cultura e identidades: nuevos horizontes y planteamientos de futuro”, en GARCÍA FERNÁNDEZ, M. (dir.), Cultura material y vida cotidiana moderna: escenarios, Madrid, Sílex, 2013, p.15. El despertar de los temas relacionados con la cultura, mentalidad e identidad nobiliaria data de mediados de los años noventa y últimamente está dando frutos significativos. Véanse en ese sentido SORIA MESA, E., La nobleza en la España moderna. Cambio y continuidad, Madrid, Marcial Pons Historia, 2007, pp. 33-34, así como los distintos trabajos contenidos en el dossier dedicado al tema de la Imagen del Poder por la revista Historia y Genealogía en el año 2011.

(7) GARCÍA HERNÁN, D., “La historiografía de la nobleza en la Edad Moderna: las últimas aportaciones y las nuevas líneas de investigación”, Revista de Historiografía, 2-II (2005), p. 19. En relación a este aspecto véase también SORIA MESA, E., “Los estudios sobre las oligarquías municipales en la Castilla moderna. Un balance en claroscuro”, Manuscrits, 18 (2000), p. 186.

(8) El profesor Domínguez Ortiz ya advirtió del “indiscutible” tipo de vida noble. Véase DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., Las clases privilegiadas en el Antiguo Régimen, Madrid, Istmo, 1985 (3ª ed.), p. 147.

(9) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., “Los protocolos notariales. Fuentes documentales para la Historia Moderna”, en La investigación y las fuentes documentales de los archivos, Guadalajara, ANABAD Castilla-La Mancha/Asociación de Amigos del Archivo Histórico Provincial de Guadalajara, 1996, p. 42.

(10) GARCÍA FERNÁNDEZ, M., “Prefacio. Cultura, identidades,…” art. cit., p. 14.

(11) ATIENZA HERNÁNDEZ, I., “Las mujeres nobles: clase dominante, grupo dominado. Familia y orden social en el Antiguo Régimen”, en GARCÍA-NIETO APARICIO, M. C. (ed.), Ordenamiento jurídico y realidad social de las mujeres. Siglos XVI a XX. Actas de las IV Jornadas de investigación interdisciplinaria, Madrid, Ediciones de la Universidad Autónoma de Madrid, 1986, pp. 149-167.

(12) GARCÍA FERNÁNDEZ, M., “Prefacio. Cultura, identidades,…” art. cit., p.. 12.

(13) GONZÁLEZ MEZQUITA, M.ª L., “Poder económico y prestigio social a fines del siglo XVII. Una indagación sobre las dotes de las nobles castellanas”, en Vegueta, 5 (2000), p. 139.

(14) GARCÍA FERNÁNDEZ, M., “La dote femenina: posibilidades de incremento del consumo al comienzo del ciclo familiar. Cultura material castellana comparada (1650-1850)”, en GUIMARÃES SÁ, I. dos y GARCÍA FERNÁNDEZ, M. (dirs.), Portas adentro. Comer, vestir, habitar (ss. XVI-XIX), Valladolid, Universidad de Valladolid/Universidade de Coimbra, 2010, p. 117.

(15) Aun reconociendo que, como apunta Soria Mesa, la dote constituye un elemento de primer orden a la hora de sustentar más firmemente la fortuna familiar, pues “surge como posibilidad más cercana de inyectar dinero en los patrimonios vinculados”. Véase SORIA MESA, E., El cambio inmóvil. Transformaciones y permanencias en una élite de poder (Córdoba, ss. XVI-XIX), Córdoba, Ayuntamiento de Córdoba, 2000, p. 87.