En este último caso, y como ocurre con cuadros y esculturas, lo más habitual fue que abundaran los libros de temática religiosa. De hecho, no es extraña la presencia de ejemplares de la Biblia y de los Testamentos, así como de pequeños volúmenes, generalmente de carácter hagiográfico, como la “corónica de San Francisco” que parece que pudo leer Constanza Suárez(118). A ellos cabría añadir los de tipo puramente técnico, posiblemente no muy aptos para el solaz. En ese sentido doña Marina de Galiana declaró poseer “tres librillos pequeños” y uno más grande de “Leyes y Pregmáticas reales”(119). Más detallista fue María Balmaseda, propietaria de varios tomos de tipo legal, entre los que se contaba el “Derecho Civil (...) impreso en Zaragoza” y otros libros “que están en ochenta e dos partidas” para los cuales, incluso, dispuso de los estantes en los que guardarlos en su nuevo hogar(120).
Dejando aparte este tipo de colecciones –presentes en las dotes como material heredado– las lecturas profanas de las hidalgas de Ciudad Real distan mucho de ser conocidas en su totalidad porque en la mayoría de las ocasiones no disponemos más que de referencias genéricas en las que no se especifican ni títulos ni autores. Cuando esos datos son conocidos todo indica que los hábitos y gustos lectores de las mujeres nobles de la ciudad no fueron muy diferentes de los observados en contextos similares.
De entre los libros descritos en las cartas matrimoniales que se han analizado destacan, una vez más, los de la ya citada Marina de Galiana. De sus lecturas pueden destacarse títulos, al parecer, bastante conocidos en aquellos años. Entre ellos, la primera parte del "Flor Sanctorum de los de Villegas", que podría identificarse con el texto redactado por Alonso de Villegas y publicado en la ciudad imperial en 1570. Junto al libro del toledano, la Galiana poseía otro “intitulado Flor de Sentencias”, “con sus tablas doradas y lavadas y doradas las hojas”, casi a buen seguro un ejemplar de Flor de Sentencias de Sabios, glosadas en verso castellano de Francisco de Guzmán, publicado en Amberes en 1557.
Finalmente, aparecen obras de mera
distracción o de historia, ciencia (o pseudociencia) como el “repertorio de
Chaves” y el libro “de entretenimiento de don Alejo Piamontés”. El primero,
conservado “con su pergamino”, se corresponde, sin duda, con la famosa Chronographia
o Repertorio de los tiempos del sevillano Jerónimo de Chaves (1523-1574), obra que
gozó de cierto predicamento en la época tal y como lo prueban las numerosas
ediciones que se imprimieron de ella(121). Por su parte, es muy posible que
el “entretenimiento” se tratase del Libro de los Secretos de "don Alejo
Piamontés", seudónimo utilizado por el polígrafo italiano Girolamo Rucelli(122), que se convirtió
en “todo un éxito editorial a lo largo y ancho de Europa”(123) desde que fuera
publicado en 1555 y que, según Rey Bueno, vio su primera edición en castellano
en 1563 en Barcelona, Zaragoza y Alcalá de Henares(124).
Es difícil dar por sentado que la sola mención de estos títulos sea un indicador claro de que las mujeres que los poseyeron fueran lectoras directas de los mismos aunque, en cierto modo, la naturaleza de la fuente utilizada consiente admitir que, en este caso concreto, sí es posible aceptar ese uso(125). De hecho, este tipo de pequeñas colecciones, de carácter testimonial casi siempre, nada o casi nada tienen que ver con las grandes bibliotecas que poseían personajes nobles de más alta alcurnia(126) ni tampoco con las de los acaudalados burgueses urbanos(127). En ese sentido, es cierto que aún queda mucho por estudiar, pero no es menos verdad que sí parece que existió cierta cultura letrada entre las damas hidalgas de Ciudad Real. De ello también es muestra la incorporación a sus dotes de objetos relacionados con el mundo de la escritura(128). Entre ellos se contaban, por ejemplo, los doscientos folios de estampa en papel de la dote de doña Mariana de San Martín129 o los tinteros que llevaban doña Ana de la Cueva130 y doña Beatriz Criptana Juárez, el de este última “labrado, de pino [y] nuevo” (131). También mobiliario destinado a la práctica de la escritura como bufetes y escritorios, cuya fábrica solía incorporar maderas nobles. La ya citada Marina de Galiana llevaba en su carta de dote cinco de ellos por un valor conjunto superior a 1.500 reales; tres eran de nogal y los otros dos, los más ricos (40 y 32 ducados respectivamente), estaban fabricados con madera de Flandes. De madera extranjera y forrado de baqueta también era el que llevaba doña Beatriz de Gámez, valorado en cincuenta reales y, al parecer, traído desde Alemania(132). Más reducidos en tamaño –también más baratos–, y en todo caso más fáciles de transportar, de acomodar en cualquier estancia y de utilizar en todo momento, fueron los atriles y las escribanías, como la de Mariana de San Martín que se valoró, incluso, “con su lanceta, cuchillos y tijeras” (133), algo muy similar a lo que le ocurrió a María Carrillo de Góngora, cuya “caja, que es escribanía,” contenía “algunas cosillas dentro”(134).
4. Reflexiones a futuro: cambios en el ser, permanencias en el parecer
Es imposible concluir afirmando que lo dicho aquí cierra investigación alguna. De hecho, son más las dudas que se plantean que las interrogantes que se han resuelto y ello obliga a señalar las líneas que deben presidir nuestro trabajo futuro. El artículo que finaliza con estas líneas se ha basado en el estudio de las cartas matrimoniales otorgadas por los miembros del estamento noble de Ciudad Real. Su objetivo principal ha sido marcar pautas de comportamiento para el grupo en un momento (el tránsito del siglo XVI al XVII) que se antojó muy complejo en muchos núcleos de mediano tamaño del interior castellano. Sin embargo, es necesario perfilar nuestras afirmaciones. Esa tarea de pulido habrá de orientarse en una doble dirección: en primer lugar, y como es obvio, debe indagar aún más en las características que definieron al propio grupo de hidalgos de la ciudad, sobre todo a través de análisis más prolongados en el tiempo, algo que permitiría ahondar en la evolución de las pautas de consumo y representación social del propio estamento.
Junto a ello, es necesario comparar. Ese
ejercicio de contraste también ha de ser doble pues debe tomar como base al
resto de grupos sociales de la propia ciudad, al tiempo que marcar hipotéticas
similitudes o diferencias con grupos análogos afincados en otros núcleos. Por
desgracia, no son muchos los estudios de que disponemos para iniciar ese
camino. No obstante, los ya publicados han colocado los jalones entre los que
cabe caminar para no perdernos en dicho tránsito. Sin partir de la misma fuente
pero tomando como base el análisis de protocolos notariales, tanto
López-Salazar Pérez para La Mancha en general y para Ciudad Real en particular,
como Soria Mesa para el caso cordobés han demostrado que el tema tiene un
recorrido enorme y que aún son muchas las cosas que nos quedan por saber al respecto.
Quien parece que se ha adentrado más en el tema, tanto desde un punto de vista metodológico
como desde una óptica práctica –utilizando para ello la misma documentación que
aquí–, ha sido Máximo García Fernández(135).
Por su parte, Brumont para Logroño y M. C. Barbazza para el caso de Pozuelo de Aravaca también han empleado las cartas matrimoniales con resultados muy satisfactorios para fechas próximas a las analizadas aquí, incluso anteriores en el caso de la capital riojana. De hecho Barbazza ha demostrado las enormes posibilidades de la fuente, pero su estudio no se centra en la nobleza sino en el campesinado. El mismo problema podríamos encontrar para las aportaciones que proceden de Murcia, así como de la zona atlántica y Valencia, ámbitos en los que la comparación se antoja más complicada por la lejanía geográfica(136).
Sea como sea, ha podido constatarse que la estructura de las escrituras matrimoniales de la hidalguía de Ciudad Real aparece muy clara(137) y que, aparte de intentar asegurar un patrimonio que rebasaba lo estrictamente digno, se convirtieron en la base sobre la que la recién creada familia apoyó su proyección pública. Distinta cuestión es averiguar si los comportamientos del grupo fueron similares a los de sus homólogos del resto de Castilla y ahí debe mantenerse cierta cautela –sobre todo debido a la diferente cronología–, por mucho que los datos procedentes de otras zonas inviten a considerar paralelismos. También porque Ciudad Real supone un caso complejo. No único, es cierto, pero sí prototípico de aquella Castilla urbana que se ruralizó con la Edad Moderna. En cierto modo, conviene no olvidar que eso supone un factor más de distorsión(138).
Como se ha indicado más arriba, solo un análisis comparativo y con un mayor arco cronológico podrá perfilar y confirmar (o desmentir) lo dicho hasta ahora. También si la elite urbana de la ciudad (y los hidalgos fueron una parte muy importante de la misma) fue la precursora de cambios relacionados con nuevas formas de concebir tanto el patrimonio familiar como los hábitos de comportamiento. Son varios los autores que han insistido en ello, pero quizás convenga recordar con Ruiz Canales que, como grupo con “mayor peso”, las elites (la nobleza en nuestro caso) actuaron no solo como avanzadilla en los cambios de consumo sino como grupo que marcó la pauta, “dando pie a la generalización de muchos de los patrones que luego definirán a toda la sociedad”(139). Partiendo de dicha base (y aunque quizás sea pronto para manifestarse de manera definitiva), podría decirse que el grupo hidalgo de Ciudad Real comenzó el siglo XVII como portador de una forma de vivir que mezcló cambios y permanencias.
Permanencias porque el “patrimonio calificador” del que se sirvió constituyó la base sobre la que apoyar y proyectar su imagen de grupo. Cambios porque blasones, escudos, armas y objetos de rimbombancia diversa aplacaron el ansia de ser distinguido públicamente, pero ropas, mobiliario y objetos relacionados con el ocio y lo cotidiano cumplieron la función no menos importante de aparentar frente a los semejantes. También, y sobre todo, porque la posesión y uso de esos mismos enseres muestran que las élites ciudarrealeñas solo se aferraron a su pasado en la medida en que ello sirvió para justificar su posición. Sin embargo, y una vez admitida esa cuestión, también puede decirse que no mostraron reparo alguno a la hora de adoptar un “mejor vivir”, unas mayores dosis de civilidad, incluso lo que podríamos calificar como unas pautas de consumo pre-burgués, afirmación ésta última que, aunque puede resultar válida como punto de partida, deberá matizarse teniendo en cuenta que la propia evolución de la ciudad (con tendencia a ruralizarse en todo el XVII) pudo dar al traste con dicha situación.
Francisco J. Moreno Díaz del Campo.
Revista: Historia y Genealogía Nº 6 (2016) | Págs. 123-146
(118) AHP CR,
Protocolos, leg. 25-1, fols. 115r-124v. 25.02.1591.
(119) AHP CR,
Protocolos, leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595.
(120) AHP CR,
Protocolos, leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609.
(121) Su primera
edición data de 1548. En la dote es valorado en seis reales, justo el mismo
precio por el que, según Carmen Álvarez Márquez, salió a la venta en la edición
de 1580, lo que indirectamente, y a falta de más datos, permitiría asociarlo a
dicha impresión. Para más información véase la descripción que de obra y escritor
hace la autora citada en la exposición virtual de Fondos y Procedencias de la
Biblioteca Histórica de la Universidad de Sevilla. Disponible en
http://expobus.us.es/fondos/ambito_799_823.htm# [fecha de consulta 22.01.2015].
(122) SAGUAR GARCÍA,
A., “Una edición desconocida del ‘Libro de los Secretos’ de Alejo Piamontés:
Juan Perier, Salamanca, 1573”, en GÓMEZ SÁNCHEZ-FERRER, G. y SAGUAR GARCÍA, A.,
El pasado ajeno. Estudios en honor y recuerdo de Jaime Moll, Córdoba, Academia
de Cronistas de Ciudades de Andalucía, 2012, p. 59.
(123) REY BUENO, M.,
“Primeras ediciones en castellano de los libros secretos de Alejo Piamontés, en
Pecia Complutense, 2 (2005), p. 26.
(124) Ibídem, pp.
27-28.
(125) En torno a esta
problemática pero en relación a otra fuente notarial (los inventarios
post-mortem) véase ÁLVAREZ MÁRQUEZ, C., “Mujeres lectoras en Sevilla en el
siglo XVI”, en Historia, Instituciones, Documentos, 31 (2004), pp. 19-20, donde
también se da cuenta de la inclusión del Repertorio de los tiempos en
bibliotecas femeninas de la capital hispalense.
(126) Véase, entre
otros, y para esta época, MARTÍNEZ DEL BARRIO, J. I., “Educación y mentalidad
de la alta nobleza española en los siglos XVI y XVII: la formación de la
biblioteca de la Casa Ducal de Osuna”, en Cuadernos de Historia Moderna, 12
(1991), pp. 67-81; MARTÍNEZ HERNÁNDEZ, S., “Semblanza de un cortesano
instruido: el marqués de Velada, ayo del príncipe Felipe (III) y su
biblioteca”, en Cuadernos de Historia Moderna, 22 (1999), pp. 53-78 y QUIJORNA
RODRÍGUEZ, A. F., “Mecanismos y estrategias de promoción, ascenso y
consolidación de los Carrillo de Toledo, señores de Caracena y Pinto”, en
Historia y Genealogía, 2 (2012), p. 229. Para referencias en torno a Córdoba
véase por ejemplo RUIZ GÁLVEZ, Á. M.ª, “Rango y apariencia…” art. cit., p. 182.
(127) Un ejemplo en
ARANDA PÉREZ, F. J. y SÁNCHEZ GONZÁLEZ, R., “Jurisprudencia y bibliofilia. La familia
y la biblioteca de los Narbona”, en ARANDA PÉREZ, F. J. (coord.), Letrados,
juristas y burócratas en la España moderna, Cuenca, Ediciones de la Universidad
de Castilla-La Mancha, 2005, pp. 253-396.
(128) Es posible que, como ocurre con los libros de temática legal, algunos de ellos se incorporaran como resultado de la actividad previa del padre de la esposa. Así podría deducirse en el caso concreto de las hijas de los escribanos locales que habían emparentado con la nobleza local bien por sí mismos bien a través del matrimonio de sus propias hijas. Le ocurre, por ejemplo a doña Catalina Mexía, hija de Antonio Mexía de Mora, que contó entre los bienes legados por su padre con un escritorio de taraceado. El caso concreto de los escribanos se inscribe de manera muy precisa en el de aquellos individuos que, a pesar de gozar de una posición económica más que desahogada, carecieron, como indica López-Salazar Pérez, de la suficiente estima social. Llegado el momento, sus pretensiones hidalguistas se vieron frecuentemente satisfechas mediante este tipo de enlaces. Basten, al respecto, un par de ejemplos. El primero el de Juan de Ortega que, en 1595, casa con doña Ana de la Cueva (AHP CR, Protocolos, leg. 54bis, fols. 69r-75v. 07.06.1595). Más llamativa fue el proceder del ya citado Antonio Mexía de Mora, quien tras casar con doña Isabel Molina y Sanabria, otorga dote a favor de su hija, doña Catalina Mexía de Salcedo para que, a su vez case con Diego Cabezadevaca Vilches (AHP CR, Protocolos, leg. 31-10, fols. 59r-66v. 31.07.1592).
(129) AHP CR,
Protocolos, leg. 110-1, fols. 36r-38v. 30.06.1607.
(130) AHP CR,
Protocolos, leg. 54bis, fols. 69r-75v. 07.06.1595.
(131) AHP CR,
Protocolos, leg. 42-1, fols. 115r-120v. 03.06.1601.
(132) AHP CR,
Protocolos, leg. 72-2, fols. 205r-208v. 10.07.1604.
(133) AHP CR,
Protocolos, leg. 110-1, fols. 36r-38v. 30.06.1607.
(134) AHP CR,
Protocolos, leg. 56-1, fols 100r-113r. 30.07.1597.
(135) A pesar de que
gran parte de sus trabajos se han dedicado al Setecientos, es innegable la
enorme aportación que constituye su análisis relativo a la Valladolid del XVI.
Véase GARCÍA FERNÁNDEZ, M., “Familia y cultura material en Valladolid a
mediados del siglo XVI. Entre el matrimonio y la muerte”, en CASTELLANO CASTELLANO,
J. L. y SÁNCHEZ MONTES GONZÁLEZ, F. (coords.), Congreso Internacional Carlos V.
Europeísmo y universalidad. Granada, mayo de 2000 (vol. IV), Madrid, Sociedad
Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2001,
pp. 275-296.
(136) SÁNCHEZ IBÁÑEZ,
R.; AZORÍN, J.; TENZA, M.ª E.; BUENDÍA, E.; GABALDÓN, R. y ZAMBUNDIO, L., “El
papel de la mujer…” art. cit.
(137) Brumont habla de
características específicas para el caso de la oligarquía logroñesa, referidas
no tanto al contenido sino a la forma en que los otorgantes redactan los
contratos con el objetivo de construir “uniones equilibradas”. Véase BRUMONT,
F., “Le mariage, passeport”... art. cit., p. 95.
(138) En relación a los
problemas de interpretación y trabajo con dotes rurales y urbanas véase FARIA,
R., “Entre o campo e a cidade: bens móveis e de raíz nos dotes de casamento en
Guimarães”, en GUIMARÃES SÁ, I. dos y GARCÍA FERNÁNDEZ, M. (dirs.), op. cit.,
pp. 177-180.
(139) RUIZ CANALES, I.,
“Las prácticas del vivir noblemente…” art. cit., p. 157. Es la “emulación” a la
que también se refiere M. GARCÍA FERNÁNDEZ en “Entre cotidianidades:...” art.
cit., p. 125.








