Bellas señoritas de Ciudad Real que formaron la gentil presidencia de una lúcida fiesta taurina a beneficio de la Cocina Económica de Caridad… (Fotos Pérez)
“Ahora Madrid” 1 de noviembre de
1931 página 34
Bellas señoritas de Ciudad Real que formaron la gentil presidencia de una lúcida fiesta taurina a beneficio de la Cocina Económica de Caridad… (Fotos Pérez)
“Ahora Madrid” 1 de noviembre de
1931 página 34
Hoy celebramos la festividad de San Cristóbal
en Ciudad Real, con Función, procesión y verbena organizada por la Hermandad
del santo de los conductores. Hace cincuenta años, en 1976, el Triduo en honor
al santo en la Parroquia de Nuestra Señora del Pilar se celebró los días 7, 8 y
9 de julio a las 21.30 h. El día 10, a las 20.30 h. se ofició la Función
Solemne a cargo del sacerdote Eugenio Sánchez Vega y posterior bendición de vehículos
y procesión por la calle Virgen de Begoña, Carretera de Carrión, calles Mata,
General rey, Ramón y Cajal, Plaza del Pilar, Avenida de los Mártires, Paseo de
Cisneros, Ronda de Granada, Ronda de la Mata, Carretera de Carrión, finalizando
de nuevo en la Parroquia del Pilar.
También el día 10 a las 16.00h. hubo un
concurso de truque y dominó disputándose la final el domingo día 11 a las 11.30
h. en los salones parroquiales. A las 23.00 h. la verbena en la antigua “Encrucijada”.
El cargo de reina de las fiestas recayó en la señorita Ana María Sánchez Duque
y el de damas en las señoritas Encarnación Jurado Portillo y María del Carmen
Ramírez Palacios, actuando la orquesta “Los Nómadas”.
El día 11, a las 18.00 h. en el campo de
fútbol de los Marianistas, se organizó el partido entre las viejas glorias “Corredera-Ángeles”
y selección de San Cristóbal. A las 23.00 h. en el Hotel Comercial Malagueña de
la carretera de Puertollano, cena de hermandad.
Bernarda Patón del Hoyo ha cumplido los ciento veinte años, y en toda su vida tomó un medicamento
La única superviviente del último centenario, el VI, de la fundación de Ciudad Real es Bernarda Patón del Hoyo, que cumplió ciento veinte años el 20 de agosto de 1954. Se trata de un caso de longevidad poco frecuente, tan poco común, que es posible que Bernarda sea uno de los pocos seres que aún vivan después de tanto tiempo.
Lo primero que hace Bernarda es señalarnos un cuadro en que aparece el documento que atestigua la fecha de su nacimiento y enseñarnos unas fotos en las que aparece junto al obispo prior de las Ordenes Militares, que cada año ha ido a visitarla en el día de su cumpleaños para entregarle un donativo. El pasado, de manera expresa, el doctor Echevarría Barrena, recientemente fallecido, le redondeo la cantidad dándole 25 pesetas de más, y buena prueba de la memoria de Bernarda para las cosas que ocurrieron hace un siglo como para las que se produjeron hace un año, en que esta, nada más ver al prelado, le dijo:
-Señor obispo, descuénteme cinco duros que me dio de más la última vez.
Hemos visitado a Bernarda para que nos hable de ella y de Ciudad Real y le hemos preguntado si recuerda lo que ocurrió en la capital hace cien años, cuando el VI centenario de su fundación.
-Me acuerdo de muchas cosas ¿sabes, hijo mío?, pero si era cosa de discursos y todo eso…, seguro que no fui. A lo que yo no faltaba nunca era “La Pandorga” (fiesta popular manchega) y a los “mayos”.
Desde niña trabajó siempre la tierra, y la
azada fue el único instrumento con el que, en crudos inviernos y calurosos
veranos, curtió su naturaleza. Nunca estuvo enferma y no ha salido de Ciudad
Real, salvo al ser arrollada por una caballería, hubo de trasladarse a Madrid
para ser curada. No ha tomado jamás un medicamento.
De su matrimonio tuvo nueve hijos, muriéndosele cuatro. De los que le viven, el mayor ronda los setenta años, y el menor, cincuenta y seis. Estos han dado a Bernarda veinticinco nietos y quince bisnietos que viven en la actualidad.
Evoca sus recuerdos infantiles más lejanos:
-Siendo muy joven y viviendo con mis padres
en un chozo en el campo, llegó hasta allí una partida de soldados carlistas, al
mando de “el feo cariño” y “el cabo Peco”, que combatieron por estas tierras.
¡Que susto, Dios santo! En mi choza terminamos por hacer comida para todos.
-Años después visitó Isabel II esta ciudad. Hubo muchas fiestas, y mis padres no me dieron permiso para venir desde el campo. Me escape de casa sin zapatos, pues me los había escondido mi madre. Cuando regresé de los festejos que se organizaron tuve otros con mi familia. Y me dieron una buena paliza.
-¿Sabe usted leer y escribir?
-No. En mis tiempos solo aprendían los hombres. Pero conozco las letras de los anuncios y las “entiendo”.
Cuenta el refrán que los niños y los viejos dicen la verdad. Bernarda, que aparte de ser una vieja de las más viejas es tan llana como la tierra que la vio nacer y enormemente sincera, nos responde cuando la preguntamos cual ha sido la mayor amargura de su vida:
-Mi mayor amargura fue no haberme casado con mi primer novio. Se opusieron sus padres por cuestión de intereses. El pobre hombre “desesperao” se marchó a la guerra de Cuba. Cuando volvió ya estaba yo casada.
Aun se emociona esta mujer cuando se destapa el frasco de sus esencias sentimentales. Le preguntamos que diferencia encuentra entre las costumbres de ahora y las de hace un siglo:
-Entonces no había tanta vanidad, porque no había el destrozo de dinero que hoy se hace. Un vestido nuevo duraba para “tres ferias”.
Hemos dejado a Bernarda sentada en su sillón, del que casi no se mueve. Pero es feliz, y ese es su mejor premio.
El Correo Gallego. Número 25361 - 19 de abril de 1955
Pueblo fue un periódico vespertino español que existió durante la Dictadura de Franco. El diario era propiedad de los sindicatos verticales del régimen, y en su momento llegó a ser uno de los tres periódicos más importantes de España.
En octubre de 1945 dedicó un extraordinario
a Ciudad Real, en el cual se informa de las obras acometidas en la ciudad y las
que se estaban realizando, destacando la construcción del nuevo Mercado de
Abastos, la Cámara Propiedad Urbana, la Delegación de Hacienda y viviendas
protegidas. Junto al texto se reproducen imágenes históricas de la construcción
de dichos edificios.
El Pleno de la Asociación de Cofradías de Semana Santa de Ciudad Real, reunido ayer tarde para elegir a su nuevo presidente y, con él, a la Comisión Permanente que lo acompañará en el cargo durante los próximos cuatro años de mandato, acordó por mayoría absoluta elegir a Emilio Martín Aguirre como nuevo Presidente de la Asociación de Cofradías.
Emilio Martín Aguirre, actual Hermano Mayor de la Cofradía de La Flagelación, obtuvo 13 votos a favor frente a los 10 del otro candidato, José Manuel Moreno Mascaraque, Hermano Mayor de la Hermandad de Las Palmas. El voto restante, de las 24 hermandades que componen el Pleno ha sido un voto en blanco.
A la salida del Pleno, Martín-Aguirre manifestaba su alegría por haber conseguido que las cofradías «hayan depositado su confianza» en mi persona y su programa para luchar por la Semana Santa ciudadrealeña.
Sobre su programa dijo que es “ambicioso” y cuyo primer objetivo es la reforma de los estatutos y de los
reglamentos de la Asociación de Cofradías, así como pulir ciertos aspectos que
redunden en “mejorar la imagen de la Semana Santa de Ciudad Real”.
EL programa presentado por Martín-Aguirre y que ha obtenido la mayoría absoluta del Pleno de Hermanos Mayores es el siguiente:
El presente proyecto de candidatura nace con el objetivo de impulsar una Semana Santa más cohesionada, participativa y adaptada a los nuevos tiempos, sin perder la esencia, la tradición y el valor patrimonial que la definen. Las propuestas incluidas se estructuran en torno al fortalecimiento de las hermandades, la mejora organizativa y la proyección cultural y social de la Semana Santa.
La candidatura está formada por:
Presidente: Emilio Martín Aguirre.
Vicepresidente: José Luis Burgos
del Rio.
Secretario: Luis Alberto
Selas Alcázar.
Vicesecretario: Pedro Lobo
Guzmán.
Tesorero: Jaime Pascual
Dondarza.
Vicetesorero: Manuel Alcázar
Alcántara.
Vocal: Antonio Tercero
Cerro.
Vocal: Laura Arroyo
Naranjo.
Vocal: Agustín Sánchez
Casas.
A quince kilómetros de la capital, en el término municipal de Pozuelo de Calatrava en la carretera que une Ciudad Real con Aldea del Rey-Calzada de Calatrava, vemos en la actualidad los restos de uno de los balnearios más famosos con que contó el centro España “Aguas y baños de Hervideros de Fuensanta”, cuyos restos están destinados en la actualidad a una granja ganadera.
Los Hervideros de Fuensanta era un manantial
de aguas termales (hervidero) fruto de la actividad hidrotermal vinculada al
volcanismo del Campo de Calatrava. Sus aguas, bicarbonatado ferruginosas
acidulas, están indicadas principalmente en las enfermedades cardiovasculares
del sistema nervioso (neurosis) y del aparato digestivo (gastritis,
gastralgias, dispepsias). Las primeras noticias escritas sobre estos hervideros
son del siglo XVI, y a lo largo de los años sus aguas fueron ganando fama por
sus propiedades medicinales. Las gentes de la comarca acudían al manantial y se
bañaban desnudas en él y muchas sanaban, por lo que la fama del hervidero se
fue extendiendo, convirtiéndose el lugar con la llegada de gente de forma
masiva, en un lugar con cierto desorden.
En el siglo XVIII el infante don Gabriel, propietario de la Dehesa de Villafranca, correspondiente a la Encomienda de Calatrava, para facilitar el albergue y comodidad de las cientos de familias que acudían al hervidero, mando construir hacia 1750 un estanque de 15 pies de lado, con cinco gradas de piedra caliza y algunas dependencias donde pudieran albergarse los bañistas.
Años mas tarde el infante don Carlos María
de Borbón, sobrino del infante don Gabriel y heredero de la Dehesa de
Villafranca, pensó en dotar al balneario de un establecimiento digno de su
importancia, contrayéndose casa para operarios, capilla y hospedería. Entre
1833-1850 los hervideros pasaron a ser propiedad del tesoro público, y en 1840
la partida carlista de los Palillos los arrasó.
Con la ley General de desamortización del 1 de mayo de 1855, planificado por Madoz, los baños salieron a subasta pública y fueron adquiridos por el militar y geógrafo Francisco Coello de Portugal y Quesada. Bajo su propiedad se realizan obras en los baños construyéndose dos edificaciones separadas, una la construcción de habitaciones bajas sin enlosar, a teja vana y sin cocina (que constituyeron el edificio que se llamó Triana); dos el edificio de la fonda. Este último estaba compuesto de un cuerpo central con una galería o pórtico de 13 arcos, que tenía la administración, despacho del director, comedores y habitaciones de los bañistas, terminado a cada extremo por dos torreones, con cuartos que se alquilaban. En el extremo norte estaba el salón de reuniones con un piano y, dentro de él, un oratorio. También se levantó una cubierta de madera para proteger del sol el hervidero grande.
En 1869 los baños pasaron a ser propiedad
de Andrés Arango y en 1878 a ser propiedad de José y Antonio Beneytez que
realizaron obras que afectaron principalmente en el edificio de la fonda y que
supusieron la mayor transformación en la historia del balneario, construyéndose
tres cuerpos más de habitaciones con sus galerías, que se amueblaron de lujo, y
se plantaron árboles, comenzando el arreglo de la carretera que unía Ciudad
Real con el balneario.
El balneario siguió recibiendo mejoras y en 1892 siendo propietaria Cesárea Beneytez el edificio rodeado por arboledas formando paseos con asientos de piedra, ocupaba un inmenso espacio rectangular, con jardín central, rodeado de galerías espaciosas que daban acceso a todas las dependencias, despacho de medico director, capilla, salas de reunión y recreo, comedores, cocina y corral.
A finales del siglo XIX y principios del
XX el balneario se encontraba en pleno apogeo, con adecuadas instalaciones, con
todo género de adelantos, que provocaron una gran afluencia de bañistas,
mayormente de clase social acomodada. En aquella época constaba de dos
manantiales. En el grande se hallaba una piscina cubierta por una marquesina, y
el hervidero pequeño era la fuente destinada a bebida. El agua brotaba de abajo
arriba por entre las junturas de la roca caliza, desprendiendo multitud de
burbujas. El aforo grande del hervidero fue de 100 litros por minuto, con unos
20º de temperatura y de 18 litros por minuto a una temperatura de 17º en el
pequeño hervidero. Este se encontraba a
unos cincuenta metros de la piscina y al lado de la iglesia, bajo al advocación
de Santa Cecilia.
El balneario siguió funcionando hasta la Guerra Civil Española, que fue ocupado por tropas y destinado a cuartel, quedando en estado deplorable al termino de la misma. Aunque hubo intentos de rehabilitarlo en los años cuarenta del pasado siglo, no se conseguido, y el edificio fue destinado a cuadras y granja ganadera.
Emilio Martín Aguirre
Para mí fue aquélla una feliz iniciación en la vida literaria, algo así como un fogueamiento, a la vez que un continuado ejercicio intelectual en el que yo procuraba no concederme reposo. Leía mucho, escritores rusos y franceses del siglo XIX sobre todo, y procuré digerir, no sin grandes esfuerzos, a los alemanes Chopenhauer, Niestzche y Kant. Fue entonces cuando conocí a José Domingo de Mena y a Ángel G. Lugea. Domingo de Mena era cabo de Ingenieros y tenía ya terminada o próxima a terminar la carrera de abogado. Como escritor, en prosa y verso, era la corrección personificada. Lugea, perteneciente a un Cuerpo de Infantería, era un extraordinario poeta bohemio y un bebedor empedernido.
Nos reuníamos los ratos libres —no
recuerdo qué extraña coincidencia nos hizo conocernos, estimarnos y ser
inseparables mientras estuvimos en África —en una taberna, que más tenía de
antro plutónico, de la calle Real. Allí hablábamos de literatura y de allí
salió la idea de rendirme un homenaje de amistad y cariño en las páginas de
“Vida Manchega”. Acepté emocionado aquella prueba de fraternal simpatía, y con
los versos a mí dedicados por aquellos excelentes poetas, “Vida Manchega nos
dedicó una página, ilustrada con nuestros retratos, bajo el título de “Soldados
Españoles”, en la que en honor al Ejército y a los que visten el honroso
uniforme militar, se enaltecía a tan preclaros soldados como Garcilaso, Ercilla
y Cervantes, que, a la vez, supieron honrar las Armas y las Letras.
Mi modesta pero entusiasta labor en las páginas de “El Pueblo Manchego” y de “Vida Manchega” no caía por completo en el vacío. Recibía plácemes y frases de aliento que me animaban a proseguir en el camino emprendido y eran al mismo tiempo como un bálsamo para mi espíritu. Uno de estos plácernes lo recibí del propio obispo prior, de las Ordenes Militares de Ciudad Real, doctor Gandásegui que seguía con interés mi labor en aquellas publicaciones, por ‘‘resultarle sumamente simpático que esta labor la realizase un soldado”.
No hay para qué decir que mi labor era desinteresada y gratuita, pero cualquiera me venía a mí, a mis veinte años, con monsergas de dinero. El mundo era mío y el porvenir también. Yo procuraba que, fuera de Mena y de Lugea, nadie más supiera nada de mis andanzas literarias y periodísticas. Tuve que hacer una excepción, sin embargo, y fue con mi compañero de trabajo en la oficina. Se llamaba Fernando Pérez Fernández y era hermano de Perico, el ilustre colaborador del inolvidable Muñoz Seca, y también, recientemente, desaparecido del mundo de los vivos. A Fernando, por ser hermano de Pedro, lo consideraba yo como incurso en el oficio de escritor y me sinceraba con él sin ningún inconveniente.
Ya libre de mis compromisos militares fui a residir poco después a Cartagena. En Cartagena se publicaban, como periódicos importantes, “El Porvenir” y “La Tierra”. “El Porvenir” lo financiaba y lo dirigía Manuel Dorda y “La Tierra”, Joaquín Payá. Más tarde se fundó un gran semanario de carácter político y literario, “Cartagena Nueva”, dirigido por el abogado y propietario Pablo Sanz. Yo comencé mis tareas de colaboración en “El Porvenir” y, a su vez, en ‘‘Cartagena Nueva”. En Cartagena conocí a muy buenos escritores y periodistas. A Pepe Abdón Martínez y a su padre, don José, conocido por el pseudónimo de “Cyrano” y fundador del semanario de este mismo nombre. En “Cyrano” también colaboré, y antes, creo, que en “El Porvenir”.
A Miguel Pelayo, a Carmelo Martínez Peñalver, a José Pérez Alonso, a Jiménez de Letangia Pepe Conde, a Manuel Cortina, a Pepe Iglesias, a Orencio Bernal y algunos otros. Los conocí, los traté y fui amigo de todos, sin excluir a Vicente Pérez Pascual, el fino autor de “Diálogos Amatorios”. Pero bueno será dejar toda esta sarta de evocaciones para otro artículo.
Juan del Sarto. Gaceta de la Prensa
Española, nº 97, Madrid marzo de 1956