Vista de la calle Estrella en los
años sesenta del pasado siglo XX
3.1. En la calle: la distinción,
una obligación necesaria
El ejemplo de las hermanas Galiana
constituye una buena muestra de la importancia otorgada a la representación
externa. Como en el caso ya visto de la Treviño, si se eliminan bienes raíces y
capital dinerario, las categorías de objetos más relevantes fueron aquellas en que
se incluyeron las prendas de vestir femeninas, las joyas y los objetos y ropas
del hogar. Todas ellas forman parte del “patrimonio calificador” (51), acertada
expresión con la que López-Salazar Pérez se refirió a aquellos objetos, bienes
y propiedades que no solo constituyeron la base material del hogar hidalgo,
sino también el pilar sobre el que se sustentó gran parte de las estrategias de
significación social de sus miembros. Se trata de objetos sobradamente conocidos,
muy concretos y muy específicos en relación a las posibilidades de usabilidad
que ofrecieron a sus poseedores.
Hablemos primero de la vivienda. En realidad,
cabe decir muy poco, pues las descripciones que proporcionan las cartas
matrimoniales son escasas y poco específicas. No obstante, y a juzgar por el
valor de algunas de las reseñadas, puede afirmarse que, como indica el propio
López-Salazar, “las casas de un buen hidalgo podían valer tanto como toda la hacienda
de un mediano labrador” (52). Sirvan de muestra las que recibió Diego
Cabeza de vaca Vilches, valoradas en 300.000 maravedíes (53), cantidad
ciertamente importante aunque no tanto como los tres cuartos de millón de
maravedíes (más de 22.000 reales) en que se tasaron las que llevó en su dote
doña Beatriz de Gámez (54).
Portadas, torreones y arcos(55) así como escudos
de piedra(56) constituyeron
algunos de losañadidos que figuraban en sus fachadas y que conferían prestancia
a las mismas aunque, como se ha indicado, en este caso la fuente no es muy
explícita. Sí que los encontramos descritos con cierto detalle en los
interiores, donde se hacen presentes de todas las maneras posibles y bajo todos
los formatos imaginables(57). Es el caso, por ejemplo, de doña Elvira
Treviño, de quien ya se ha hablado, quien optó por llevar grabado el escudo
familiar en una rica fuente de plata valorada en 339 reales58 o de la menor de
las Galiana, quien incorporó las armas de su linaje en un repostero bordado al
que, además, añadió una cruz de Montesa(59). Más curioso resulta el caso de
Fernando Poblete de la Serna, quien incluyó “las señales de los Pobletes y los Arciniegas”
en un rejón(60); más allá de las
hipotéticas aficiones taurinas del padre, no sabemosen qué medida podía
interesar a la joven casadera tal detalle.
Junto a las casas, los esclavos fueron uno
de los bienes con más carga simbólica. A juzgar por lo aparecido en los
cuadernos particionales, su propiedad estuvo relativamente extendida entre los
individuos y familias con posibles, no solo hidalgos (61). También es fácil
encontrarlos en las dotes.
Como mera mercancía, su valor fue diverso
y posiblemente obedeció a factores como la edad, las condiciones físicas e, incluso,
el sexo. En todo caso, parece que alcanzaron tasaciones similares a las
observadas por López-Salazar Pérez a través de los cuadernos particionales estudiados
para el conjunto de la región manchega, donde el precio más elevado llegó a los
74.800 mrs., no más que “una buena mula de labor” (62).
Menos importancia parece que tuvo la
propiedad de caballerías. De hecho, a la altura del siglo XVI, el caballo
resultaba un animal de utilidad limitada, también y en parte por lo caro que
era su mantenimiento. Así las cosas, fueron muy pocos los hidalgos que se
permitieron mantenerlos de cara a la ostentación, o al menos solo con ese
objetivo(63). Tal fue el caso,
por ejemplo, de doña María de Poblete, quien en su dote llevó uno “castaño y
ensillado”, aunque a juzgar por los aderezos que acompañaron al animal es
posible que su función estuviera más relacionada con el trabajo en el campo que
con la posibilidad de servir como medio de alarde a su propietaria (64).
Aún así, hubo casos en los que esa
ostentación fue un hecho: doña Catalina Mexía de Salcedo llevó uno, “con su
silla y freno”, valorado en más de 1.100 reales y doña Marina de Galiana otro
cuyo precio ascendió a 882, a los que cabría añadir los 500 en los que se tasó la
carroza que tiraba(65). A juzgar por la
variedad de objetos que añadió al propio animal, aquí sí puede hablarse de un
uso intencionado de la montura como símbolo de distinción. Algo similar ocurrió
en el caso concreto de doña María de Balmaseda: silla, estribos, frenos, acicates,
riendas, cinchas, jaeces, espuelas, incluso una capa de montar de color verde y
negro constituyeron solo una parte de los aderezos con los que equipaba a su
montura, los cuales, sin duda, podrían hacer hoy en día las delicias de
cualquier aficionado a la equitación(66).
Tampoco parece que cumplieran mucho con su
función original las armas. Pocas, oxidadas en ocasiones y obsoletas casi
siempre, la mayor parte de las inventariadas en las dotes de las hidalgas de
Ciudad Real dan la sensación de cumplir una función muy similar a la que
desempeñaban las del viejo don Quijote(67). Muestra de ello es que algunas de
las más abundantes son, precisamente, aquellas que menos utilidad parecían
tener ya a finales del XVI como los alfanjes(68) y montantes (69), claramente en
desuso por su peso y tamaño; como también debieron estarlo las adargas(70) y lanzas(71). Sin duda, las
más habituales fueron las espadas, que, en casi todas las ocasiones, iban
acompañadas de sus correspondientes tiros y pretinas. En ocasiones estuvieron
ricamente decoradas con borlas y remates de cuero(72) o de metal (a
veces incluso de oro y plata)(73). Ballestas(74), dagas y puñales(75) completaban la
nómina de armas más habituales entre las que no parece que estuvieran las de
fuego (76). De hecho, y a
excepción de algún pistolete (“con su frasco y aderezos dorados”) (77), lo más común es
encontrar arcabuces(78) y éstos apenas
llegan a la decena(79).

Calle del Tinte con calle Alarcos en
los años sesenta del pasado siglo
La distinción también se buscó mediante el
lujo80 y es en este apartado donde, en el campo de lo externo, entraron en
juego joyas y vestidos. El catálogo de joyas y aderezos personales de las hidalgas de Ciudad Real
es tan extenso y detallado como aburrido, pues repite una y otra vez los mismos
conceptos, de manera que resultaría poco productivo ir mucho más allá. Tan solo
cabría mencionar, por su singularidad, algunos de los objetos más llamativos.
Pendientes, aros, rodetes, apretadores, arracadas... son tremendamente
frecuentes y los hubo de todos los tipos y materiales. Algo parecido ocurrió
con los anillos: doña Inés Marquina llevó seis(81) y cinco doña
Beatriz de Gámez, aunque la cantidad no lo era todo. La propia Gámez reseñó,
además de los ya citados, otro con un diamante engastado, cuyo precio multiplicaba
por dieciséis el valor de todos los anteriores. A similares conclusiones puede llegarse
también con collares y sartales, donde es habitual encontrar precios tan
diversos que oscilan entre los seis reales en que se tasó uno de doña Ana de
Figueroa y los 2.757 en que se valoró otro de la ya citada Gámez. Las cuentas
de oro y ámbar y el “frasco de ámbar pendiente guarnecido” que acompañaban a
nada más y nada menos que trece rubíes, parece que justificaban ese precio.
Capítulo especial dentro de las alhajas lo
conformaron los objetos de tipo religioso: cruces de plata y oro, rosarios de
cristal, agnusdéis, medallas votivas... constituyeron complementos que no
tenían por qué ser especialmente lujosos pero que acabaron por dignificar a sus
portadoras, especialmente si en ellos aparecían el oro o la plata.
Hablemos finalmente de la ropa para
constatar que, aquí, la variedad también fue enorme y que aunque, en principio,
no pueda introducirse el factor comparativo, sí se detectan matices que
permiten afirmar que el vestuario fue igualmente empleado como medio de proyección
de la imagen de la familia. No en vano, y como apuntó en su día don Antonio Domínguez
Ortiz, al adquirir vestidos no solo se compraba ropa sino que se adquiría
estatus(82). Importante es
reseñar que el mayor o menor número de bienes asociados a esta categoría ya es revelador
de la capacidad adquisitiva de la otorgante de cada dote(83). Sin embargo,
tanto o más significativo es considerar la calidad de los bienes inventariados.
En ese sentido, una vez más, vuelven a aparecer matices que conviene retener
tales como la recurrencia de sedas, tafetanes, damascos, palmillas e, incluso,
rajas de Florencia que hablan de la búsqueda de productos más allá del mercado
local y comarcal.
Finalmente, y junto a lo ya dicho, cabría
apuntar que tan importantes como los propios vestidos son los complementos y
aquí, como ocurre en el caso de las joyas, sí hay más variedad que en el caso
de las prendas asociadas a dotes no nobles: capotes y capotillos, bandas de vestido,
capillos, ligas, copetes para los zapatos, regalillos, sombreros... constituyen
una suerte de prolongación de esa riqueza en el vestir que también actuó como
factor diferenciador.
Francisco J. Moreno Díaz del Campo.
Revista: Historia y Genealogía Nº 6 (2016) | Págs. 123-146
La calle Alarcos en los años ochenta del siglo XX
(51) LÓPEZ-SALAZAR
PÉREZ, J., “Hidalgos de carne y hueso en La Mancha cervantina”, en Pedralbes,
25 (2005), p. 85.
(52) Ibídem, pp.
85-86.
(53) AHP CR,
Protocolos, leg. 31-10, fols. 59r-66r. 31.07.1592.
(54) AHP CR,
Protocolos, leg. 72-2, fols. 205r-208v. 10.07.1604. No tan importantes en valor
pero sí por su cantidad nos ha parecido el caso de doña María de Estrada y
Poblete, en cuya carta de dote se anotaron hasta seis, situadas en todas las
parroquias de la ciudad. AHP CR., leg.
79-2, fols. 300r-309v. 07.09.1608.
(55) LÓPEZ-SALAZAR
PÉREZ, J., “Hidalgos de carne y hueso…” art. cit., p. 85.
(56) SORIA MESA, E.,
La nobleza…, op. cit., pp. 268-270.
(57) Y no solo en las
dotes. También aparecen en las cartas de donación como la del ya mencionado
Diego Cabezadevaca, quien valoró en 1.500 reales los seis reposteros decorados
con las armas de su familia que incluyó en la relación de bienes que llevó
consigo tras la boda. AHP CR., leg.
31-10, fols. 55r-57v. 31.07.1592.
(58) AHP CR,
Protocolos, leg. 71-3, fols. 5r-16v. 14.01.1601.
(59) AHP CR,
Protocolos, leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595.
(60) AHP CR,
Protocolos, leg. 30bis-5, fols. 6r-22v.13.11.1594.
(61) DOMÍNGUEZ ORTIZ,
A., op. cit., pp. 149-150 y LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., Estructuras agrarias..., op.
cit., p. 459.
(62) LÓPEZ-SALAZAR
PÉREZ, J., Estructuras agrarias..., op. cit., p. 459.
(63) LÓPEZ-SALAZAR
PÉREZ, J., “Hidalgos de carne y hueso…” art. cit., p. 89.
(64) AHP CR,
Protocolos, leg. 30bis-5, fols. 6r-22v. 13.11.1594.
(65) AHP CR,
Protocolos, leg. 41-1 fols. 1r-38v. 07.02.1595 y leg. 31-10, fols. 59r-66r.
31.07.1592. Otro
indicativo de estatus y no solo por su
mera posesión sino porque la legislación que reguló la posesión de coches de
caballos y carrozas fijó un número mínimo de animales de tiro para este tipo de
vehículos lo cual redujo notablemente las posibilidades de quienes quisieron
hacer uso de ellos. Véase al respecto, RUIZ GÁLVEZ, A. Mª, “Guardar las
apariencias…” art. cit., p. 179 y, sobre todo, LÓPEZ ÁLVAREZ, A., “Coches,
carrozas y sillas de mano en la Monarquía de los Austrias entre 1600 y 1700:
evolución de la legislación”, en Hispania. Revista Española de Historia, vol.
XVI, nº 224 (2006), pp. 883-908.
(66) AHP CR,
Protocolos, leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609.
(67) LÓPEZ-SALAZAR
PÉREZ, J., Estructuras agrarias..., op. cit., p. 459.
(68) Entre otros, AHP
CR, Protocolos, leg. 30bis-5, fols. 6r-22v. 13.11.1594 y leg. 58-2, fols.
184r-195v. 12.10.1609.
(69) Por ejemplo el de
doña Marina de la Serna y Guzmán. AHP CR,
leg. 31-8, fols. 81r-86r. 22.05.1587.
(70) AHP CR,
Protocolos, leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595.
(71) AHP CR,
Protocolos, leg. 55, fols. 528r-530v. 24.02.1596.
(72) AHP CR,
Protocolos, leg. 31-10, fols. 59r-66r. 31.07.1592.
(73) AHP CR,
Protocolos, leg. 41-1 fols. 1r-38v. 07.02.1595.
(74) AHP CR,
Protocolos, leg. 9-2, fols. 31r-42v. 22.02.1599.
(75) AHP CR,
Protocolos, leg. 31-10, fols. 59r-66r. 31.07.1592.
(76) LÓPEZ-SALAZAR
PÉREZ, J., Estructuras agrarias..., op. cit., p. 459.
(77) AHP CR,
Protocolos, leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595.
(78) Como el que, por
ejemplo, llevaba en su dote doña María Carrillo de Góngora, que iba acompañado
de su funda, baqueta, dos frascos y otros aderezos. AHP CR, Protocolos, leg.
56-1, fols. 100r-113r. 30.07.1597.
(79) Puestos a hablar
de rarezas podría señalarse la presencia en la dote de doña Marina de Galiana
de “un arco de junco de las Indias” del que cabría esperar poco más que una
función decorativa. AHP CR, Protocolos, leg.41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595.
(80) SORIA MESA, E.,
La nobleza…, op. cit., pp. 262-263.
(81) AHP CR,
Protocolos, leg. 109-1, fols. 139r-140v. 16.06.1602.
(82) DOMÍNGUEZ ORTIZ,
A., op. cit., pp. 8-9.
(83) Basten solo un
par de ejemplos entresacados de los muchos que podrían ponerse para indicar,
por ejemplo, que los bienes asociados a esta categoría en la dote de doña María
de Balmaseda ascendieron a sesenta. AHP CR, leg. 58-2, fols. 184r-195v.
12.10.1609.