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sábado, 17 de octubre de 2026

REPRESENTACIÓN DE LA VIRGEN DE ALARCOS

 

En recinto amurallado de Ciudad Real en el siglo XVI en la miniatura de la ejecutoria del Concejo de Ciudad Real que se conserva en el Archivo Histórico Nacional


Otro de los paneles de la exposición “Trazas. Ciudad Real en Construcción S. XVI al XIX”, nos muestra una Ejecutoria a petición del Concejo de Ciudad Real en el pleito seguido contra la orden y lugares del Campo de Calatrava, sobre aprovechamiento de este término por la mencionada villa para pasto de ganado, corte de leña, etc. 1548 a 1715.

Es una miniatura iluminada contenida en un documento conservado en la sección de códices del Archivo Histórico Nacional, adquirida en 1912 por compra a José García Armesto. En 1966 la localizó José Antonio García Noblejas, identificando erróneamente el tema con una representación de Ciudad Real y de la imagen de la Virgen del Prado. Envió una fotografía al cronista oficial, Antonio Fernández Ballester, con la intención de darla a conocer entre los vecinos de la ciudad. Este la cedió finalmente a Ramón González, quien la incluyó en un artículo del Boletín de Información Municipal publicado en el verano de aquel año.

En la miniatura podemos ver a la Virgen de Alarcos rodeada por una filacteria en la que puede leerse: “BENEDICTUS DOMINUS DEUS ISRRAEL QUIA VISITAVIT ET FECIT REDEPTIONEN PLEBIS SUAE” (Bendito el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo) fragmento del llamado “Benedictus” o cántico de Zacarías, himno recogido en el evangelio de San Lucas (Lc 1:68). Solía rezarse diariamente en la liturgia de las laudes u oración de la mañana.


En la miniatura de la ejecutoria aparece la Virgen de Alarcos con la fortaleza de Alarcos, el molino y puente sobre el rio Guadiana, el humilladero y a los pies de la imagen las iglesias, ermitas, casas y muralla dibujadas idealizadas y simplificadas


La imagen principal se acompaña de cinco pequeños dibujos en los que se representan otros tantos votos de cinco santos a los que la ciudad tenía gran devoción en el siglo XVI, además del voto de Nuestra Señora de la Anunciación que se celebra el 25 de marzo en la ermita de Alarcos (https://elsayon.blogspot.com/2024/02/el-voto-santa-maria-de-alarcos-v.html): San Sebastián Asaetado (https://elsayon.blogspot.com/2024/01/el-voto-san-sebastian-ii.html), San Roque (https://elsayon.blogspot.com/2024/02/el-voto-san-roque-xi.html), San Juan “Ante Portam Latinam” (https://elsayon.blogspot.com/2024/02/voto-san-juan-evangelista-ante-portam.html), San Lino (https://elsayon.blogspot.com/2024/02/el-voto-san-lino-papa-xii.html) y San José (https://elsayon.blogspot.com/2024/02/el-voto-san-jose-iv.html).

El panel de la exposición está incompleto en su descripción, ya que omite los estudios sobre esta miniatura realizados por el historiador Jorge Sánchez Lillo en sus dos obras publicadas sobre “Nuestra Señora de Alarcos Estudio Histórico e Iconográfico de la Sagrada Imagen”, publicadas por el Instituto de Estudios Manchegos. El primer estudio se publicó en el año 1984, y el segundo en el año 2009, que es cuando se publica por primera vez en color la miniatura de la ejecutoria del siglo XVI, y no con motivo de esta exposición tal y como afirmó José Luis Sobrino el día de su inauguración.


En la miniatura del siglo XVI publicada por primera vez en color en el año 2009 por Jorge Sánchez Lillo en su obra “Santa María de Alarcos. Ermita e Imagen de Nuestra Señora”


viernes, 16 de octubre de 2026

PEDRO SÁNCHEZ DE MOYA, TRACISTA DE CIUDAD REAL

 

Exposición: “Trazas. Ciudad Real en Construcción SS. XVI Al XIX”


Pedro Pablo Antonio Sánchez de Moya nació en Ciudad Real, el 29 de junio de 1763, siendo bautizado en la iglesia de Santa María del Prado el 11 de junio.

Hijo de Josef Casimiro Sánchez de Moya y de Manuela de Aaribas. Su infancia debió transcurrir muy vinculada al gremio de la construcción. Su hermano mayor, Joseph, ejerció, al menos entre 1789 y 1800, el oficio de contraste municipal de madera. Su madrina y tía materna, Isabel de Arribas, estuvo casada con Jerónimo García Céspedes, miembro de una importante saga de maestros alarifes ciudadrrealeños que acapararon multitud de obras, civiles y religiosas, realizadas en el último tercio del siglo XVIII no solo en la capital sino también en toda la provincia: convente e iglesia de San Juan de Dios y convento de madres carmelitas de Ciudad Real, Casa de la Encomienda de Moral de Calatrava, Iglesia parroquial de Mestanza, casa-quintería de Sancho Rey, Iglesia parroquial de Valverde, ermita de Santa María del Valle en Aldea del Rey, etc. En el año 1789 entró como aprendiz en el despacho notaria de Manuel Dávila Muñoz, ejercitándose en el oficio de la escribanía. Estas dos facetas en su formación le conferirían una gran habilidad para trazar, dibujar y delinear.

 



Plano de la planta de la ciudad de Ciudad Real, en el que se manifiestan las plazas, calles, iglesias, ermitas, casas y otros edificios que contiene en el día / ha sido delineado y formado por Pedro Sánchez de Moya, vecino y escribano de número de dicha ciudad capital de La Mancha y lo concluyó en 30 de noviembre de 1819; copia del original que existe en Ciudad Real 24 de agosto de 1848. El comandte. Del Cpo. De E. M. Juan de Dios Sevilla (1848). 1:1.750. Escalas gráficas de 600 pies castellanos y 200 varas =9,6cm) CDU:912:314 (084.3):721(464.315-2)”1819” 464.315-2. Archivo Cartográfico de Estudios Geográficos del centro Geográfico del Ejército – Ubicación: AR – Signatura: Ar.E-T-C.4-233 – Código de barras: 2205986


Pedro Sánchez Moya, proyecto para un retablo para la capilla de la Real Casa de la Misericordia de Ciudad Real, 22 de octubre de 1793. Leandro Higueras del Pino, “arbitrismo y reforma durante la ilustración en La Mancha. La real Casa de la Caridad de Ciudad Real, en CEM, Nº 6, 1976, pp. 63 a 163.


En 1793 Pedro Sánchez Moya presentó en Toledo un proyecto e informe destinado a la Real Casa de la Misericordia, fundada por el cardenal Lorenzana en Ciudad Real, en el que proponía crear una escuela de Arquitectura abierta a todos los vecinos que lo deseasen. Además, envió una traza para el retablo de la iglesia de esta nueva institución. Ambos fueron revisados y rechazados por el arquitecto Ignacio Hann, miembro de la Real Academia de San Fernando y discípulo de Sabatini, artista predilecto del cardenal, quien, a pesar de reconocer su buena voluntad, le recriminó cruelmente por intentar ejercer un oficio ( el de arquitecto y tracista) que solo estaba al alcance de aquellos que hubieran podido costearse los estudios en la mencionada Academia, menospreciando así una formación tradicional, a pie de obra, heredera de los gremios medievales, y muy habitual todavía en muchas ciudades del momento.


Pedro Sánchez Moya, proyectos para la torre de la iglesia de Santa María del Prado de Ciudad Real, 1793. Archivo Diocesano de Toledo, Reparación de Templos, CR, 1, exp. 16


En el año 1793 recibió un importante encargo por parte del ayuntamiento de Ciudad Real: debía dibujar dos proyectos para la torre nueva que se quería construir en la iglesia de Santa María del Prado, para sustituir a la que se había tenido que desmontar en el año 1780 por los problemas de estabilidad que sufría desde el terrible terremoto de Lisboa -1755-. Presentó dos trazas. La primera era más sencilla y económica (710.542,32 reales). Se accedería por el interior del templo, constaría de cinco cuerpos y reaprovecharía el capitel de la antigua torre que estaba desmontado en el suelo. La segunda era mucho más ambiciosa y cara (su ejecución superaría el millón de reales, 1.034.125,17 reales), tanto por los materiales como por la elección de elementos arquitectónicos, así como la propuesta de levantarse sobre una nueva capilla del Descendimiento, que vendía a sustituir a la anterior derribada también junto con la torre del siglo XVII.


Pedro Sánchez Moya, proyectos para la torre de la iglesia de Santa María del Prado de Ciudad Real, 1793. Archivo Diocesano de Toledo, Reparación de Templos, CR, 1, exp. 16


Ambos proyectos fueron rechazados por la Gobernación del Arzobispado de Toledo tachándolos de desproporcionados para una iglesia de capital tan modesta. La torre definitiva sería diseñada en 1817 por el arquitecto Troconiz y dirigida por el maestro de obras Joaquín Romero, ambos aprobados por la Real Academia de San Fernando, experimentando muchas reformas y un lento proceso de construcción, motivado por la escasez de fondos, que no finalizaría hasta 1835.


En el panel de la exposición aparece esta fotografía atribuyéndola a Balcazar y Sabariegos, cuando en realidad es propiedad de Liberto López de la Franca, cuyo original conserva y publicada en el libro “Notas Históricas  Santa maría del Prado, Patrona y Fundadora de Ciudad Real” en el año 1997


jueves, 15 de octubre de 2026

EL PRADO EN 1791 (SEGÚN ALFONSO SÁNCHEZ DE LA ORDEN)

 

La Parroquia de Santa María del Prado en 1791


Entre las cosas curiosas que nos muestra la exposición “Trazas. Ciudad Real en Construcción SS. XVI Al XIX”, se encuentra un plano de los jardines del Prado, que ha sido publicado por la Concejalía de Turismo con la siguiente descripción que a continuación reproduzco.

“Esta traza forma parte de un informe enviado por el ayuntamiento de Ciudad Real al Consejo de Castilla en el año 1791, para apoyar los méritos realizados por el corregidor Martín de Aguirre y Arzubia, con la intención de renovar su mandato seis años más. Lleva la irme de su autor, Alfonso Sánchez de la Orden, y la fecha en que lo concluyó: 9 de junio de 1791. Sobre este personaje tenemos muy escasas noticias. Sabemos que fue elegido contraste de la madera por el concejo de la ciudad en varias ocasiones, que casó en segundas nupcias en la parroquia de Santa María en 1769 y que murió, sin testar, en 1796, siendo enterrado el 4 de noviembre en la parroquia de San Pedro.

El dibujo incorpora valiosos datos, como el estado aproximado del paseo del Prado a finales del siglo XVIII, así como un curioso e idealizado alzado de la iglesia de Santa María, en el que se muestran simultáneamente los lados sur y oeste del templo, así como algunos elementos icónicos del mismo, aunque bastante reinterpretados, como el rosetón, las portadas de ambos lados, la sacristía vieja coronada con un telar de campanas, el cuerpo rectangular de la sacristía nueva construida en 1632, e incluso el camarín de la Virgen, realizado a principios del siglo XVIII por mandato del contador Felipe Muñiz Salcedo y de su esposa Quiteria Vair. (Archivo Histórico Nacional, Consejos, 13599, exp.1; Archivo Municipal de Ciudad Real, Actas municipales años 1777, 1787 y 1788; Archivo Diocesano de Ciudad Real, libros parroquiales, matrimonios Santa María, 1764 a 1782, fol. 77r; defunciones San Pedro, años 1785 a 1802, fol. 175r y v.)


La Parroquia de Santa María del Prado y los jardines del Prado en 1791


(1) En el dibujo aparecen representados el quinto y último cuerpo de la torre del lado norte, donde se alojaban las campanas, y su chapitel de pizarra construidos según el diseño dado el 26 de junio de 1668 por el arquitecto Bartolomé Zumbigo y Salcedo. Pero en realidad, en 1791, ya no existían pue los daños sufridos en su estructura por el terremoto de Lisboa (1755) obligaron a desmontarla entre los años 1780 y 1783, permaneciendo desmochada más de cincuenta años.

(2) El diseño falsea la perspectiva al mostrar simultáneamente los lados sur y oeste de la iglesia. De esta forma vemos las dos portadas más importantes en estos momentos. Por ambas podía salir procesionalmente la imagen de la Virgen del Prado. En el caso de usar la puerta del Perdón el recorrido giraba hacía la derecha, subiendo por la actual Azucena llamada antiguamente del Dulce Nombre de Jesús al coincidir con una capilla situada entre la torre y el cuerpo del camarín, con esa misma advocación (conocida también como del Descendimiento o de los panteones) desaparecida tras la construcción de la capilla de Santo Tomás de Villanueva o del Santísimo a principios del siglo XX).

(3) En 1791, se mantenía el viejo cementerio de la parroquia de Santa María, usado desde época medieval como enterramiento de sus vecinos hasta que la ampliación del templo, ocurrida desde finales del siglo XV y durante toda la centuria siguiente, permitió trasladar las sepulturas al interior de la iglesia. Se trataba de un espacio poligonal, rodeado de álamos, separado del resto del paseo mediante una cerca de mampostería. Se podía acceder a él desde la iglesia, por una puertezuela situada en el patinillo que existía entre la sacristía nueva y el camarín, lugar ocupado hoy en día por el bloque del vestuario de canónigos construido a finales del siglo XIX.

(4) Sobre el camarín, en la parte superior del muro del presbiterio, todavía hoy se conserva un revoco de yeso rectangular con la inscripción:

SE ACABO ESTA OBRA AÑO DE 1764

SIENDO CURA DON JUAN ANTONIO FERRER

Y MAYORDOMO DON DIEGO GARCIA PABON

Se refiere a las importantes obras de reparación de la cubierta y tejado de la iglesia realizadas entre 1762 y 1764 por los maestros de obras Jerónimo y Ramón García Céspedes. (ADCR, Santa María, cuentas de fábrica, años 1762 a 1764, sig. 237).


Revoco de yeso sobre la parte superior del camarín con la inscripción de 1764


(5) Los sucesivos corregidores y el ayuntamiento de la ciudad, siguiendo la moda francesa del momento difundida desde la Corte y los reales sitios, decidieron crear un espacio de paseo y recreo para disfrute de todos los vecinos. Se delimitó el recinto con muretes de piedra y puertas flanqueadas por pináculos. Se plantaron árboles y flores que se regaban con una noria situada junto al cementerio. Se construyeron dos fuentes y todo el espacio se completó con bancos corridos (canapés). Incluso se pintaron escenas de retratos e historias profanas.

(6) En el lado este se aprecia una estructura unida al presbiterio correspondiente al camarín de la Virgen del Prado, construido a partir de 1713 por los maestros Francisco Pantaleón, Juan de Villanueva Castillo y Sebastián Paz. Sobre su tejado observamos un remate piramidal con su bola, cruz y veleta hoy inexistentes.

(7) En este detalle podemos ver la transformación experimentada por dos elementos: a la izquierda el bloque rectangular correspondiente a una inacabada torre con su escalera de caracol, construidas en la segunda mitad del siglo XVI, utilizado después como sacristía vieja o sacristía de beneficiados, y a la derecha una estructura con doble ventana perteneciente a una sacristía nueva edificada en 1632, mutilada en el siglo XX para construir la capilla del Sagrado Corazón de Jesús, conocida hoy en día como del Cristo de la Piedad o capilla penitencial.

(8) Como podemos observar, tanto en el dibujo de 1791 como en el plano realizado por el escribano Pedro Sánchez Moya en el año 1819, el perímetro del Prado era más pequeño al estar ocupado gran parte del lado del oeste por distintas construcciones (casas, corrales y tapias). El ayuntamiento subsanó esta irregularidad en 1821, comprando las casas a sus propietarios. Las piedras obtenidas al derribarlas sirvieron para ampliar el muro de cerramiento del paseo y levantar algunos paramentos de la torre de la iglesia de Santa María, que por esos momentos se encontraba en pleno proceso de construcción".


Cementerio de la Parroquia de Santa María del Prado en el plano de 1791


miércoles, 14 de octubre de 2026

TRAZAS CIUDAD REAL EN CONSTRUCCIÓN SS. XVI AL XIX

 



Ayer en el patio del Antiguo Casino se inauguró la exposición, “Trazas. Ciudad Real en Construcción S. XVI al XIX”, un trabajo de investigación coordinado por José Luis Sobrino, con la colaboración de los investigadores Pilar Molina, Juan Crespo y Vicente Torres, que cuenta con el respaldo de la Concejalía de Turismo del Ayuntamiento de Ciudad Real, y que se podrá visitar hasta el próximo 30 de octubre. La muestra analiza el papel de las trazas (dibujos, croquis, pinturas y bosquejos históricos) como la herramienta clave que los antiguos arquitectos y tracistas utilizaron para diseñar y configurar el entorno urbano actual de Ciudad Real.




Desde albores de los tiempos los seres humanos han usado trazos como herramientas para llegar a conseguir distintos fines, desde las impresionantes y enigmáticas manifestaciones de Arte Paleolítico hasta los complejos diseños informáticos actuales.

 



De sus manos han nacido bocetos, bosquejos, esquemas, plantas, proyectos y croquis convertidos en la antesala de multitud de edificios y de objetos de todo tipo, guías a seguir fielmente para llegar a buen puerto, hasta conseguir crear lo que todavía solo existe en la mente de quien lo diseña y en el deseo de quien lo encarga.




Pero también las trazas son instrumentos para desvelar la historia y el tiempo pasado, el ofrecernos testimonios, más o menos fidedignos, no ya de un proyecto futuro, sino de la apariencia de algo que fue real (un paisaje, una ciudad, un monumento, una joya) aunque ya no exista o haya cambiado de aspecto.




El tracista es la persona, anónima en muchas ocasiones, que da la traza, combinando líneas, colores y perspectivas para elaborar un diseño. Su labor implica desarrollar distintas habilidades técnicas, adquiridas de diversas formas dependiendo del momento, desde el aprendizaje a pie de obra, propio de los gremios medievales, hasta la formación reglada y académica, imperante a partir de la segunda mitad del siglo XVIII.

 



Esta exposición muestra un conjunto de trazas, algunas ya conocidas, otras inéditas, procedentes de distintos archivos locales, provinciales, regionales y nacionales, y presenta noticias de alguno de sus desconocidos artífices, con el objetivo de acercar a los visitantes la evolución histórica, social y patrimonial de nuestra ciudad entre los siglos XVI y XIX.




Durante los meses de octubre y noviembre, el propio Antiguo Casino albergará distintas conferencias relacionadas con el patrimonio y la arquitectura local. Hoy día 14, Pilar Molina ofrecerá la ponencia “Trazas para el esparcimiento. Los jardines del Prado y el desahogo moral y mundano”; le tomará el relevo el día 28 Juan Crespo con “Trazas para lo sagrado. Entre la quimera y la realidad en iglesias y cenobios”; y cerrará el ciclo el 4 de noviembre Vicente Torres con la conferencia titulada “Trazas para el bienestar. La salubridad de los espacios públicos, cementerios y paseos”. Todas las ellas darán comienzo a las 19.30 horas.





martes, 13 de octubre de 2026

LA NOVILLADA EN LAS FIESTAS DE LA GUARDIA CIVIL DE 1924

 



En el año 1924 las fiestas en honor de la Virgen del Pilar, Patrona de la Guardia Civil, se celebraron con diferentes actos entre los que se encontraba una verbena en el cuartel, la celebración de la Misa de la patrona en la parroquia de San Pedro, carreras de hombres metidos en sacos, un banquete, una novillada y baile de sociedad. El diario “Vida Manchega” en su número 2,118 del 14 de octubre, informa de la celebración de todos estos actos.

Acompañando a la noticia referida, aparece la imagen que reproduzco hoy, que es de la celebración de la novillada en el patio del cuartel de la Guardia Civil. Hay que tener en cuenta, que entonces el cuartel de la benemérita se encontraba en la Puerta de Granada esquina con la antigua carretera de Miguelturra, hoy Paseo Carlos Eraña.


lunes, 12 de octubre de 2026

LA CULTURA MATERIAL DE LOS HOGARES HIDALGOS DE LA MANCHA. CIUDAD REAL, 1585-1610 (VII Y ÚLTIMO)

 

Vista de la Catedral desde el jardín del viejo instituto. Fotografía Salas. Centro de Estudios Castilla-La Mancha

 

En este último caso, y como ocurre con cuadros y esculturas, lo más habitual fue que abundaran los libros de temática religiosa. De hecho, no es extraña la presencia de ejemplares de la Biblia y de los Testamentos, así como de pequeños volúmenes, generalmente de carácter hagiográfico, como la “corónica de San Francisco” que parece que pudo leer Constanza Suárez(118). A ellos cabría añadir los de tipo puramente técnico, posiblemente no muy aptos para el solaz. En ese sentido doña Marina de Galiana declaró poseer “tres librillos pequeños” y uno más grande de “Leyes y Pregmáticas reales”(119). Más detallista fue María Balmaseda, propietaria de varios tomos de tipo legal, entre los que se contaba el “Derecho Civil (...) impreso en Zaragoza” y otros libros “que están en ochenta e dos partidas” para los cuales, incluso, dispuso de los estantes en los que guardarlos en su nuevo hogar(120).

Dejando aparte este tipo de colecciones –presentes en las dotes como material heredado– las lecturas profanas de las hidalgas de Ciudad Real distan mucho de ser conocidas en su totalidad porque en la mayoría de las ocasiones no disponemos más que de referencias genéricas en las que no se especifican ni títulos ni autores. Cuando esos datos son conocidos todo indica que los hábitos y gustos lectores de las mujeres nobles de la ciudad no fueron muy diferentes de los observados en contextos similares.

De entre los libros descritos en las cartas matrimoniales que se han analizado destacan, una vez más, los de la ya citada Marina de Galiana. De sus lecturas pueden destacarse títulos, al parecer, bastante conocidos en aquellos años. Entre ellos, la primera parte del "Flor Sanctorum de los de Villegas", que podría identificarse con el texto redactado por Alonso de Villegas y publicado en la ciudad imperial en 1570. Junto al libro del toledano, la Galiana poseía otro “intitulado Flor de Sentencias”, “con sus tablas doradas y lavadas y doradas las hojas”, casi a buen seguro un ejemplar de Flor de Sentencias de Sabios, glosadas en verso castellano de Francisco de Guzmán, publicado en Amberes en 1557.

Finalmente, aparecen obras de mera distracción o de historia, ciencia (o pseudociencia) como el “repertorio de Chaves” y el libro “de entretenimiento de don Alejo Piamontés”. El primero, conservado “con su pergamino”, se corresponde, sin duda, con la famosa Chronographia o Repertorio de los tiempos del sevillano Jerónimo de Chaves (1523-1574), obra que gozó de cierto predicamento en la época tal y como lo prueban las numerosas ediciones que se imprimieron de ella(121). Por su parte, es muy posible que el “entretenimiento” se tratase del Libro de los Secretos de "don Alejo Piamontés", seudónimo utilizado por el polígrafo italiano Girolamo Rucelli(122), que se convirtió en “todo un éxito editorial a lo largo y ancho de Europa”(123) desde que fuera publicado en 1555 y que, según Rey Bueno, vio su primera edición en castellano en 1563 en Barcelona, Zaragoza y Alcalá de Henares(124).




Es difícil dar por sentado que la sola mención de estos títulos sea un indicador claro de que las mujeres que los poseyeron fueran lectoras directas de los mismos aunque, en cierto modo, la naturaleza de la fuente utilizada consiente admitir que, en este caso concreto, sí es posible aceptar ese uso(125). De hecho, este tipo de pequeñas colecciones, de carácter testimonial casi siempre, nada o casi nada tienen que ver con las grandes bibliotecas que poseían personajes nobles de más alta alcurnia(126) ni tampoco con las de los acaudalados burgueses urbanos(127). En ese sentido, es cierto que aún queda mucho por estudiar, pero no es menos verdad que sí parece que existió cierta cultura letrada entre las damas hidalgas de Ciudad Real. De ello también es muestra la incorporación a sus dotes de objetos relacionados con el mundo de la escritura(128). Entre ellos se contaban, por ejemplo, los doscientos folios de estampa en papel de la dote de doña Mariana de San Martín129 o los tinteros que llevaban doña Ana de la Cueva130 y doña Beatriz Criptana Juárez, el de este última “labrado, de pino [y] nuevo” (131). También mobiliario destinado a la práctica de la escritura como bufetes y escritorios, cuya fábrica solía incorporar maderas nobles. La ya citada Marina de Galiana llevaba en su carta de dote cinco de ellos por un valor conjunto superior a 1.500 reales; tres eran de nogal y los otros dos, los más ricos (40 y 32 ducados respectivamente), estaban fabricados con madera de Flandes. De madera extranjera y forrado de baqueta también era el que llevaba doña Beatriz de Gámez, valorado en cincuenta reales y, al parecer, traído desde Alemania(132). Más reducidos en tamaño –también más baratos–, y en todo caso más fáciles de transportar, de acomodar en cualquier estancia y de utilizar en todo momento, fueron los atriles y las escribanías, como la de Mariana de San Martín que se valoró, incluso, “con su lanceta, cuchillos y tijeras” (133), algo muy similar a lo que le ocurrió a María Carrillo de Góngora, cuya “caja, que es escribanía,” contenía “algunas cosillas dentro”(134).

4. Reflexiones a futuro: cambios en el ser, permanencias en el parecer

Es imposible concluir afirmando que lo dicho aquí cierra investigación alguna. De hecho, son más las dudas que se plantean que las interrogantes que se han resuelto y ello obliga a señalar las líneas que deben presidir nuestro trabajo futuro. El artículo que finaliza con estas líneas se ha basado en el estudio de las cartas matrimoniales otorgadas por los miembros del estamento noble de Ciudad Real. Su objetivo principal ha sido marcar pautas de comportamiento para el grupo en un momento (el tránsito del siglo XVI al XVII) que se antojó muy complejo en muchos núcleos de mediano tamaño del interior castellano. Sin embargo, es necesario perfilar nuestras afirmaciones. Esa tarea de pulido habrá de orientarse en una doble dirección: en primer lugar, y como es obvio, debe indagar aún más en las características que definieron al propio grupo de hidalgos de la ciudad, sobre todo a través de análisis más prolongados en el tiempo, algo que permitiría ahondar en la evolución de las pautas de consumo y representación social del propio estamento.

Junto a ello, es necesario comparar. Ese ejercicio de contraste también ha de ser doble pues debe tomar como base al resto de grupos sociales de la propia ciudad, al tiempo que marcar hipotéticas similitudes o diferencias con grupos análogos afincados en otros núcleos. Por desgracia, no son muchos los estudios de que disponemos para iniciar ese camino. No obstante, los ya publicados han colocado los jalones entre los que cabe caminar para no perdernos en dicho tránsito. Sin partir de la misma fuente pero tomando como base el análisis de protocolos notariales, tanto López-Salazar Pérez para La Mancha en general y para Ciudad Real en particular, como Soria Mesa para el caso cordobés han demostrado que el tema tiene un recorrido enorme y que aún son muchas las cosas que nos quedan por saber al respecto. Quien parece que se ha adentrado más en el tema, tanto desde un punto de vista metodológico como desde una óptica práctica –utilizando para ello la misma documentación que aquí–, ha sido Máximo García Fernández(135).




Por su parte, Brumont para Logroño y M. C. Barbazza para el caso de Pozuelo de Aravaca también han empleado las cartas matrimoniales con resultados muy satisfactorios para fechas próximas a las analizadas aquí, incluso anteriores en el caso de la capital riojana. De hecho Barbazza ha demostrado las enormes posibilidades de la fuente, pero su estudio no se centra en la nobleza sino en el campesinado. El mismo problema podríamos encontrar para las aportaciones que proceden de Murcia, así como de la zona atlántica y Valencia, ámbitos en los que la comparación se antoja más complicada por la lejanía geográfica(136).

Sea como sea, ha podido constatarse que la estructura de las escrituras matrimoniales de la hidalguía de Ciudad Real aparece muy clara(137) y que, aparte de intentar asegurar un patrimonio que rebasaba lo estrictamente digno, se convirtieron en la base sobre la que la recién creada familia apoyó su proyección pública. Distinta cuestión es averiguar si los comportamientos del grupo fueron similares a los de sus homólogos del resto de Castilla y ahí debe mantenerse cierta cautela –sobre todo debido a la diferente cronología–, por mucho que los datos procedentes de otras zonas inviten a considerar paralelismos. También porque Ciudad Real supone un caso complejo. No único, es cierto, pero sí prototípico de aquella Castilla urbana que se ruralizó con la Edad Moderna. En cierto modo, conviene no olvidar que eso supone un factor más de distorsión(138).

Como se ha indicado más arriba, solo un análisis comparativo y con un mayor arco cronológico podrá perfilar y confirmar (o desmentir) lo dicho hasta ahora. También si la elite urbana de la ciudad (y los hidalgos fueron una parte muy importante de la misma) fue la precursora de cambios relacionados con nuevas formas de concebir tanto el patrimonio familiar como los hábitos de comportamiento. Son varios los autores que han insistido en ello, pero quizás convenga recordar con Ruiz Canales que, como grupo con “mayor peso”, las elites (la nobleza en nuestro caso) actuaron no solo como avanzadilla en los cambios de consumo sino como grupo que marcó la pauta, “dando pie a la generalización de muchos de los patrones que luego definirán a toda la sociedad”(139). Partiendo de dicha base (y aunque quizás sea pronto para manifestarse de manera definitiva), podría decirse que el grupo hidalgo de Ciudad Real comenzó el siglo XVII como portador de una forma de vivir que mezcló cambios y permanencias.

Permanencias porque el “patrimonio calificador” del que se sirvió constituyó la base sobre la que apoyar y proyectar su imagen de grupo. Cambios porque blasones, escudos, armas y objetos de rimbombancia diversa aplacaron el ansia de ser distinguido públicamente, pero ropas, mobiliario y objetos relacionados con el ocio y lo cotidiano cumplieron la función no menos importante de aparentar frente a los semejantes. También, y sobre todo, porque la posesión y uso de esos mismos enseres muestran que las élites ciudarrealeñas solo se aferraron a su pasado en la medida en que ello sirvió para justificar su posición. Sin embargo, y una vez admitida esa cuestión, también puede decirse que no mostraron reparo alguno a la hora de adoptar un “mejor vivir”, unas mayores dosis de civilidad, incluso lo que podríamos calificar como unas pautas de consumo pre-burgués, afirmación ésta última que, aunque puede resultar válida como punto de partida, deberá matizarse teniendo en cuenta que la propia evolución de la ciudad (con tendencia a ruralizarse en todo el XVII) pudo dar al traste con dicha situación.

Francisco J. Moreno Díaz del Campo. Revista: Historia y Genealogía Nº 6 (2016) | Págs. 123-146

 

(118) AHP CR, Protocolos, leg. 25-1, fols. 115r-124v. 25.02.1591.

(119) AHP CR, Protocolos, leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595.

(120) AHP CR, Protocolos, leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609.

(121) Su primera edición data de 1548. En la dote es valorado en seis reales, justo el mismo precio por el que, según Carmen Álvarez Márquez, salió a la venta en la edición de 1580, lo que indirectamente, y a falta de más datos, permitiría asociarlo a dicha impresión. Para más información véase la descripción que de obra y escritor hace la autora citada en la exposición virtual de Fondos y Procedencias de la Biblioteca Histórica de la Universidad de Sevilla. Disponible en http://expobus.us.es/fondos/ambito_799_823.htm# [fecha de consulta 22.01.2015].

(122) SAGUAR GARCÍA, A., “Una edición desconocida del ‘Libro de los Secretos’ de Alejo Piamontés: Juan Perier, Salamanca, 1573”, en GÓMEZ SÁNCHEZ-FERRER, G. y SAGUAR GARCÍA, A., El pasado ajeno. Estudios en honor y recuerdo de Jaime Moll, Córdoba, Academia de Cronistas de Ciudades de Andalucía, 2012, p. 59.

(123) REY BUENO, M., “Primeras ediciones en castellano de los libros secretos de Alejo Piamontés, en Pecia Complutense, 2 (2005), p. 26.

(124) Ibídem, pp. 27-28.

(125) En torno a esta problemática pero en relación a otra fuente notarial (los inventarios post-mortem) véase ÁLVAREZ MÁRQUEZ, C., “Mujeres lectoras en Sevilla en el siglo XVI”, en Historia, Instituciones, Documentos, 31 (2004), pp. 19-20, donde también se da cuenta de la inclusión del Repertorio de los tiempos en bibliotecas femeninas de la capital hispalense.

(126) Véase, entre otros, y para esta época, MARTÍNEZ DEL BARRIO, J. I., “Educación y mentalidad de la alta nobleza española en los siglos XVI y XVII: la formación de la biblioteca de la Casa Ducal de Osuna”, en Cuadernos de Historia Moderna, 12 (1991), pp. 67-81; MARTÍNEZ HERNÁNDEZ, S., “Semblanza de un cortesano instruido: el marqués de Velada, ayo del príncipe Felipe (III) y su biblioteca”, en Cuadernos de Historia Moderna, 22 (1999), pp. 53-78 y QUIJORNA RODRÍGUEZ, A. F., “Mecanismos y estrategias de promoción, ascenso y consolidación de los Carrillo de Toledo, señores de Caracena y Pinto”, en Historia y Genealogía, 2 (2012), p. 229. Para referencias en torno a Córdoba véase por ejemplo RUIZ GÁLVEZ, Á. M.ª, “Rango y apariencia…” art. cit., p. 182.

(127) Un ejemplo en ARANDA PÉREZ, F. J. y SÁNCHEZ GONZÁLEZ, R., “Jurisprudencia y bibliofilia. La familia y la biblioteca de los Narbona”, en ARANDA PÉREZ, F. J. (coord.), Letrados, juristas y burócratas en la España moderna, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2005, pp. 253-396.

(128) Es posible que, como ocurre con los libros de temática legal, algunos de ellos se incorporaran como resultado de la actividad previa del padre de la esposa. Así podría deducirse en el caso concreto de las hijas de los escribanos locales que habían emparentado con la nobleza local bien por sí mismos bien a través del matrimonio de sus propias hijas. Le ocurre, por ejemplo a doña Catalina Mexía, hija de Antonio Mexía de Mora, que contó entre los bienes legados por su padre con un escritorio de taraceado. El caso concreto de los escribanos se inscribe de manera muy precisa en el de aquellos individuos que, a pesar de gozar de una posición económica más que desahogada, carecieron, como indica López-Salazar Pérez, de la suficiente estima social. Llegado el momento, sus pretensiones hidalguistas se vieron frecuentemente satisfechas mediante este tipo de enlaces. Basten, al respecto, un par de ejemplos. El primero el de Juan de Ortega que, en 1595, casa con doña Ana de la Cueva (AHP CR, Protocolos, leg. 54bis, fols. 69r-75v. 07.06.1595). Más llamativa fue el proceder del ya citado Antonio Mexía de Mora, quien tras casar con doña Isabel Molina y Sanabria, otorga dote a favor de su hija, doña Catalina Mexía de Salcedo para que, a su vez case con Diego Cabezadevaca Vilches (AHP CR, Protocolos, leg. 31-10, fols. 59r-66v. 31.07.1592).

(129) AHP CR, Protocolos, leg. 110-1, fols. 36r-38v. 30.06.1607.

(130) AHP CR, Protocolos, leg. 54bis, fols. 69r-75v. 07.06.1595.

(131) AHP CR, Protocolos, leg. 42-1, fols. 115r-120v. 03.06.1601.

(132) AHP CR, Protocolos, leg. 72-2, fols. 205r-208v. 10.07.1604.

(133) AHP CR, Protocolos, leg. 110-1, fols. 36r-38v. 30.06.1607.

(134) AHP CR, Protocolos, leg. 56-1, fols 100r-113r. 30.07.1597.

(135) A pesar de que gran parte de sus trabajos se han dedicado al Setecientos, es innegable la enorme aportación que constituye su análisis relativo a la Valladolid del XVI. Véase GARCÍA FERNÁNDEZ, M., “Familia y cultura material en Valladolid a mediados del siglo XVI. Entre el matrimonio y la muerte”, en CASTELLANO CASTELLANO, J. L. y SÁNCHEZ MONTES GONZÁLEZ, F. (coords.), Congreso Internacional Carlos V. Europeísmo y universalidad. Granada, mayo de 2000 (vol. IV), Madrid, Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2001, pp. 275-296.

(136) SÁNCHEZ IBÁÑEZ, R.; AZORÍN, J.; TENZA, M.ª E.; BUENDÍA, E.; GABALDÓN, R. y ZAMBUNDIO, L., “El papel de la mujer…” art. cit.

(137) Brumont habla de características específicas para el caso de la oligarquía logroñesa, referidas no tanto al contenido sino a la forma en que los otorgantes redactan los contratos con el objetivo de construir “uniones equilibradas”. Véase BRUMONT, F., “Le mariage, passeport”... art. cit., p. 95.

(138) En relación a los problemas de interpretación y trabajo con dotes rurales y urbanas véase FARIA, R., “Entre o campo e a cidade: bens móveis e de raíz nos dotes de casamento en Guimarães”, en GUIMARÃES SÁ, I. dos y GARCÍA FERNÁNDEZ, M. (dirs.), op. cit., pp. 177-180.

(139) RUIZ CANALES, I., “Las prácticas del vivir noblemente…” art. cit., p. 157. Es la “emulación” a la que también se refiere M. GARCÍA FERNÁNDEZ en “Entre cotidianidades:...” art. cit., p. 125.

 

domingo, 11 de octubre de 2026

LA CULTURA MATERIAL DE LOS HOGARES HIDALGOS DE LA MANCHA. CIUDAD REAL, 1585-1610 (VI)

 

Vista de la calle Toledo años cincuenta siglo XX


3.2. En el hogar: lo privado y lo cotidiano

 El ejemplo Ropa, casas, blasones, joyas, monturas y armas… constituyen la muestra “calificadora” de la necesidad de significación social. Son, si así se quiere ver, el espejo en el que se reflejan la superioridad, el esplendor y la riqueza de sus propietarios. A ellos cabe añadir los objetos presentes en el espacio doméstico, que constituyen la parte menos visible de ese sistema de representación erigido para mostrarse y demostrar que su función fue igualmente necesaria.

Según se desprende del contenido de testamentos, cuadernos particionales e inventarios post-mortem, la nobleza de Ciudad Real no protagonizó alardes desmedidos; de hecho, sus objetos de lujo “no parecen excesivos”, lo cual tampoco impide situar al grupo varios peldaños por encima de las oligarquías rurales del resto de La Mancha (84).

Las escrituras matrimoniales confirman esa apreciación. En relación con ello, el menaje del hogar no presenta unas notas definitorias propias. Simplemente cabría detenerse en aquellos objetos que pudieron marcar diferencias con respecto a los del resto de grupos sociales de la ciudad, bien por su valor, bien por su rareza y el grado de innovación que supone su mera aparición. De entre los más caros cabría destacar las ampulosas vajillas de porcelana(85), cristal o plata que conformaron algunos de los ajuares de las protagonistas de estas líneas; entre ellas estaba doña Constanza Suárez de Figueroa, de cuyo servicio de mesa pueden resaltarse las piezas de fino de cristal traídos de Venecia (86) o la ya mencionada Elvira Treviño, quien aportó tres grandes fuentes de plata dorada cuyo precio ascendió a 1.106 reales.

Objetos contenedores (botes, tinajas, calderas...) y menaje propiamente dicho (paletas, cazos, sartenes, parrillas, cucharas...) conforman un listado que podría prolongarse casi hasta el infinito. Sin embargo, y dado que nada parece demasiado excepcional, lo único que cabe valorar es el grado de innovación que supone la aparición de determinados utensilios, algo que, por el momento, resulta difícil al carecer de series documentales anteriores y posteriores en el tiempo. Lo que sí puede afirmarse es que, aunque aún resultan raros, los casos en los que aparecen novedades están relacionados con una concepción más civilizada de los usos y prácticas domésticas. En ese sentido, la mera especialización funcional (por ejemplo en el caso de los platos y fuentes –de los que a veces se especifica para qué deben usarse–) o la aparición de cuberterías completas (87), suponen un paso más allá en ese grado de civilidad, puesto que rebasan la generalizada y casi anecdótica aparición individual de este tipo de objetos(88). Junto a ello también podría señalarse la presencia de objetos en teoría habituales pero cuya “rareza” viene dada por su valor o su procedencia. Ejemplos hay muchos: vajillas de cerámica de Talavera o de Sevilla, vasos de la India o aderezos para el fuego traídos directamente desde Flandes podrían ser una buena muestra de ello(89).


calle Azucena con sus viejas edificaciones


El mobiliario doméstico ocupa una posición que podríamos calificar como de intermedia(90). Bancos, taburetes, sillas y sillones son ciertamente frecuentes; como lo son candelabros y hacheros, cuyo uso parece extendido aunque menos que el de candiles y candeleros, que resultaron más accesibles por su precio. En esencia, todo parece similar a lo observado en el resto de grupos sociales de la ciudad. De hecho, la única nota definitoria viene dada, de nuevo, más por la cantidad de bienes inventariados que por la calidad de los mismos. Así ocurre en el caso de arcas, arcones, baúles y cofres que se cuentan siempre en mayor número, pero que, salvo casos concretos (91), no parecen sobresalir de manera especial ni por su aspecto externo ni por su decoración. Si acaso, sí por sus materiales, pues a las maderas consideradas habituales (como el pino o el roble) se añaden otras menos frecuentes como el nogal, cerezo, enebro, ébano e, incluso, algunas procedentes “de la India”(92).

La aparición de maderas “nobles” es más frecuente en el caso de las camas, objeto “fetiche”, que con mayor o menor profusión y con más o menos riqueza aparece siempre (93). En el caso de las hidalgas las hubo de todos los tipos: de cordeles o de tablas(94), con barrotes(95), con cortinas(96) ... Algunas fueron especialmente ricas. Entre ellas destacan la de María Carrillo, con el frontispicio dorado y decorado con manzanas talladas en madera de nogal(97) o la de doña Francisca de Briñas, también de nogal pero, en esta ocasión, decorada con forja(98); ricas ambas, pero no tanto como el que suponemos que fue el lecho matrimonial de don Manuel Xedler y doña Isabel de Gámez, formado por una cama dorada, con su cercadura azul y cuatro reposteros, conjunto valorado en más de 1.100 reales (99).

Finalmente, y en oposición a la frecuencia con la que aparecen las anteriores, también pueden documentarse objetos menos comunes. Entre ellos, y por ejemplo, aparadores con alacenas o con estantes en los que guardar vajillas, menaje o ropa blanca(100). También linternas(101), estuches(102), escabeles, veladores y joyeros(103)... Se trata de bártulos no siempre necesarios pero que sí confieren prestancia al hogar, lo caracterizan y lo individualizan frente a la monotonía representada por el moblaje más habitual. En ese sentido, los enseres que visten paredes y suelos sí parecen ser más propios del grupo social que nos ocupa. Por ello es habitual la presencia de esteras y alfombras, de junco o cáñamo las primeras y de lana las segundas, aunque también las encontramos de plumas (104). Junto a ellas, las sábanas de colgar y los paños de pared fueron piezas de probada eficacia, tanto desde el punto de vista funcional –sirvieron como elementos ornamentales y sistema calefactor– como desde la óptica estrictamente simbólica, pues su presencia no puede calificarse de habitual. Su decoración fue de lo más diversa: de flores y verdores(105), pintados (106), con figuras y animales(107) o representando escenas mitológicas y religiosas (108). Algunos destacaron por su tamaño: uno de los varios que llevaba doña Úrsula Ramírez, tenía setenta y seis varas y fue valorado en 1.140 reales. Otros se caracterizaban por su antigüedad(109), como aquel con el que vistió las paredes de su casa doña Ana Félix Guzmán, que según ella tenía 32 años110, o como los siete que tenía doña Elvira Treviño, calificados de “antiguos (…) que tuvieron ciento veintitrés años" (111).


Viejas edificaciones de Ciudad Real


Similar función debieron cumplir los tapices, si bien es cierto que por su valor y por la relativa poca frecuencia con la que aparecen (solo cinco casos documentados) cabría situarlos en un estadio superior, solo al alcance de unas pocas familias como las de doña Ana de Poblete, dotada con cuatro de ellos (22.500 mrs.), o doña María de Balmaseda, que llevaba seis, valorados en más de 1.500 reales (112).

Por último, podrían mencionarse aquellos otros objetos relacionados con la cultura, el divertimento o el ocio, de los cuales podría decirse que constituyen un capítulo especial en la posible mutación de los hábitos cotidianos de la hidalguía ciudarrealeña. Dentro de esta categoría podrían mencionarse, entre otros, los cuadros y esculturas de todo tipo que debieron decorar paredes y estancias de diverso tipo. La mayor parte de ellos eran de temática religiosa aunque tampoco faltan ejemplos –bien que puntuales– en los que se representan motivos o escenas de tipo mitológico o histórico como el lienzo de doña María Carrillo en el que aparecía la escena romana del suicidio de Lucrecia (113). Muchos de ellos, y a falta de capillas, debieron formar parte de lo que podría pensarse que fueron pequeños oratorios, erigidos, normalmente, como una prolongación de ese lugar tan típicamente femenino que, al decir de Sobaler Seco(114), constituyó el estrado, del que también se ha documentado aquí algún caso(115). Sin duda, fue en ese marco donde algunas de las protagonistas de estas líneas encontraron un espacio propio en el que socializar con otras mujeres de su condición, bien por medio de la oración, bien a través de la mera y simple conversación, bien mediante otro género de actividades como la costura (116), las actividades lúdicas (117) o la lectura.

Francisco J. Moreno Díaz del Campo. Revista: Historia y Genealogía Nº 6 (2016) | Págs. 123-146

 

(84) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J. y CARRETERO ZAMORA, J. M., “Ciudad Real...” art. cit., p. 217.

(85) AHP CR, Protocolos, leg. 56-1, fols. 100r-113r. 30.07.1597.

(86) AHP CR, Protocolos, leg. 25-1, fols. 115r-124v. 25.02.1591.

(87) Como la caja de madera con un juego completo cuchillos y tenedores de doña María de Carrillo. AHP CR, Protocolos, leg. 56-1, fols. 100r-113r. 30.07.1597.

(88) AHP CR, Protocolos, leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609 y leg. 9-2, fols. 31r-42v. 22.02.1599. En torno a los hábitos culinarios de la nobleza véase PÉREZ SAMPER, M.ª A., “Vivir noblemente. La mesa como signo de distinción”, en SORIA MESA, E. y BRAVO CARO, J. J., op. cit., pp. 175-198.

(89) AHP CR, Protocolos, leg. 30bis-5, fols. 6r-22v. 13.11.1594 y leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595.

(90) Véase tabla 3.

(91) Por ejemplo el cofre de nogal taraceado que llevaba en su dote Constanza Suárez de Figueroa, que fue valorado en 198 reales. AHP CR, Protocolos, leg. 25-1, fols. 115r-124v. 25.02.1591.

(92) AHP CR, Protocolos, leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609.

(93) Junto a las camas aparecen también de manera recurrente los colchones. También aquí los hay de diversos tipos: de ruan, lienzo o lino; forrados con lana, con borra o con tascos... Como se ha dicho, la nota definitoria vendría marcada por el mayor número de objetos inventariados y no tanto por las calidades, aunque este criterio puede resultar también un factor de contraste en determinados casos.

(94) Entre otros, AHP CR, Protocolos, leg. 79-2, fols. 300r-309v. 07.09.1608 y leg. 36bis-1, fols. 175r-176v. 23.02.1604, respectivamente.

(95) AHP CR, Protocolos, leg. 41-2, fols. 22r-35r. 29.09.1596.

(96) AHP CR, Protocolos, leg. 53-1, fols. 111r-116r. 23.10.1592.

(97) AHP CR, Protocolos, leg. 56-1, fols. 100r-113r. 30.07.1597.

(98) AHP CR, Protocolos, leg. 79-1, fols. 315r-329v. 07.09.1607.

(99) AHP CR, Protocolos, leg. 72-1, fols. 15r-18v. 09.07.1602. Como nota curiosa puede mencionarse la

inclusión de una cuna en la misma dote.

(100) AHP CR, Protocolos, leg. 42-1, fols. 225r-234v. 01.01.1601.

(101) AHP CR, Protocolos, leg. 79-2, fols. 300r-309v. 07.09.1608.

(102) AHP CR, Protocolos, leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609.

(103) AHP CR, Protocolos, leg. 71-3, fols. 5r-16v. 14.01.1601.

(104) AHP CR, Protocolos, leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595 y leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609.

(105) AHP CR, Protocolos, leg. 57bis-2, fols. 41r-44v. 31.03.1604.

(106) AHP CR, Protocolos, leg. 36-1, fols. 92r-95v. 07.06.1607.

(107) AHP CR, Protocolos, leg. 79-1, fols. 309r-312v. 29.10.1607.

(108) Por ejemplo, doña Úrsula Ramírez llevaba en su dote uno con la historia de Salomón. Y doña Marina de Galiana optó por uno con la de Sansón. AHP CR, Protocolos, leg. 48-1, fols. 258r-263v. 23.10.1610 y leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595. No se ha documentado ninguno que incluyera escudos o símbolos heráldicos familiares aunque no debieron ser extraños.

(109) AHP CR, Protocolos, leg. 48-1, fols. 258r-263v. 23.10.1610.

(110) AHP CR, Protocolos, leg. 31-10, fols. 45r-52v. 26.06.1592.

(111) AHP CR, Protocolos, leg. 71-3, fols. 5r-16v. 14.01.1601.

(112) AHP CR, Protocolos, leg. 9-2, fols. 31r-42v. 22.02.1599.

(113) AHP CR, Protocolos, leg. 56-1, fols. 100r-113r. 30.07.1597.

(114) SOBALER SECO, M.ª Á., “Espacios femeninos en la Castilla del Antiguo Régimen. Cultura material y sociabilidad en el estrado”, en GUIMARÃES SÁ, I. dos y GARCÍA FERNÁNDEZ, M. (dirs.), op. cit., p. 156.

(115) AHP CR, Protocolos, leg.31-10, fols.45r-52v. 26.06.1592.

(116) De ello es prueba el hecho de que en sus dotes también se incluyeran objetos relacionados con dicha actividad tales como dedales, devanaderas, almohadillas para bordar e hilos de todas clases y condiciones. AHP CR, Protocolos, leg. 58-2, fols.184r-195v. 12.10.1609; leg. 42-1, fols.125r-234v. 01.01.1601; y leg.79-2, fols.300r-309v. 07.09.1608.

(117) Por ejemplo a través de los “juegos de tablas” y ajedrez que doña Marina de Galiana tenía grabados en los dos lados del tablero móvil de un bufete de nogal o mediante el acompañamiento de algún animal como el papagayo “con su jaula de hierro” que también se incorporó a su dote. AHP CR, Protocolos, leg. 41-1, fols.1r-38v. 07.02.1595.