Esta tierna fiesta es una de las más
arcaicas de Ciudad-Real y una de sus más prístinas tradiciones, que arranca
desde las primeras horas de su historia.
Es una fiesta de puro sabor popular,
sencilla y fervorosa como ninguna.
En ella entran los sentimientos más
tiernos del alma y todos aquellos otros que se denominan y tienen por más
espirituales.
La música, el canto y el fervor religioso,
trasmitidos en toda su pureza y factura clásica de generación en generación,
son los factores que dan vida al homenaje que el pueblo ofrece a su Patrona,
quince días antes de la función y solemnidad patronímica. Arte y Religión,
fervor y entusiasmo, en magnífico y amoroso consorcio, tejen a la Virgen del
Prado una corona de gratitud, que no por ser arcaica carece de perfume.
Es como la santa oblación de los hijos de
la Mancha a la Madre de sus amores.
La «Pandorga», así llamada, es la
Salutación a la Virgen con voces e instrumentos. Tal es el sentido que da a
este vocablo, no sabemos si un antiguo léxico o una viejísima historia de
Ciudad Real.
Sea como quiera, la palabra tiene entre
nosotros carta de naturaleza, y su aplicación corresponde perfectamente a la
acción, pues no otra cosa significa la Pandorga, sino la serenata o concierto
pastoril ofrecido por la gente sencilla del pueblo a su Patrona la Virgen del
Prado, quince días antes de su fiesta.
En el presente año, interrumpiéndose el
silencio de algunos por falta de iniciativas, se ha celebrado esta típica
fiesta organizada por un grupo de músicos entusiastas por las tradiciones
populares, cuyos sentimientos arraigan en las costumbres con firmeza
indestructible, como perennes plantas de siemprevivas.
La Pandorga congregó en el Prado, durante
la noche del 31 de Julio último, a millares de almas, resultando la serenata
una verdadera solemnidad; un regocijo religioso; una manifestación de cariño a
la veneranda Patrona, piedra angular donde se asienta la historia de
Ciudad-Real, según tradiciones que pasan como históricas y que son artículo de fe
para los buenos manchegos hijos de esta noble é hidalga tierra de Castilla.
Para que todo fuera de alguna novedad,
hubo gran concurso de cantadores de manchegas, esa melancólica tonadilla del
país, que es el canto característico de fiesta tan clásica y popular.
Bien hayan las buenas tradiciones que nos
hablan de sencillez y de pureza de costumbres, y bien hayan los pueblos que saben
conservarlas, como perfume bendito que exhala recuerdos de nuestros antepasados
y resucita sentimientos de fé y de religión.
J. Aguilera.
La Tribuna: extraordinario. Ciudad
Real 15 de agosto de 1907.
Joaquín García Donaire nació en Ciudad
Real, el 29 de julio de 1926 en el seno de una familia de artistas. El abuelo,
Joaquín García Coronado, había sido un hábil ebanista y maestro de vaciado de
la Escuela de Artes y Oficios de Ciudad Real desde el año de su creación en
1910. De los cuatro hijos: Nieves fue acuarelista, Felipe y Antonio fueron
escultores y profesores de la Escuela de Artes ciudadrealeña y su padre José,
el mayor de todos, fue un destacado ebanista y tallista en madera que asumió el
cargo del taller familiar, compatibilizándolo a su vez con las clases de
vaciado en la Escuela de Artes. Influido por la obra de su tío, Felipe García
Coronado, autor, entre otras muchas obras, del monumento a Cervantes que
preside la plaza del mismo nombre de la capital.
En 1934, a los ocho años de edad, Donaire
comenzó sus estudios en la Escuela de Artes y oficios; consiguiendo su primer
premio ex aequo con Manuel López Villaseñor en un concurso infantil convocado
por la Asociación de la Prensa de Ciudad Real en 1936.
Su primera exposición la realizó en
Valdepeñas en el año 1940. De esta muestra es la figura de “San Juan Niño” en
yeso, y sus primeros retratos, el de su madre y el de su abuelo materno Mariano
y el de Crisantos Rodríguez.
En 1942, junto con Manuel López Villaseñor
y, gracias a una Beca de la Diputación Provincial de Ciudad Real, consiguió
ingresar en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando en Madrid. En
estos años de estudio, desde 1942 a 1948, obtuvo sus primeros éxitos en cuanto
que ganó diversos premios: por ejemplo el Premio “Aníbal Álvarez”, de pintura
en 1945 y 1946 ,o el Premio “Carmen del Río”, en 1947, etc. De esta época
destacan una serie de retratos en barro cocido de algunos de sus compañeros de
la Escuela: Blanca mac Mahoon, Jesús Valverde, o el de Manuel López Villaseñor (1944), y personajes de su entorno, como la propietaria de la
pensión donde residía y otros amigos.
Joaquín García Donaire junto a sus
padres en 1933
A instancias de su profesor Enrique Pérez
Comendador, Donaire se presenta –tras finalizar su formación- al concurso
convocado por la Obra Sindical de Artesanía, obteniendo una Beca de Imaginería
Religiosa en la sevillana Escuela de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría
durante 1949 y 1950. Al año siguiente gana una plaza de Profesor Auxiliar de
esa misma Escuela; y por tres años consecutivos gana el “Premio de Primavera”
en 1949, 1950 y 1951. Este mismo 1951 gana también en Sevilla el “Premio
Ibarra” y el Premio del Ayuntamiento Sevillano de “Escultura Martínez
Montañés”. Al año siguiente, en 1952 gana una Beca del Gobierno Francés con un
viaje a París donde residirá en el Colegio de España y conocerá a Picasso. A
pesar de que lo ofertaron trabajo en la capital francesa optó por regresar a
Sevilla. A esta época corresponde el “retrato del joven violinista francés
Lavadie”; pinturas sobre el “Barrio latino”(1952) de París, la obra
de imaginería de “San Juan de Díos” en madera policromada, realizada para la
ciudadrealeña Asociación de Practicantes; un estudio para la “figura ecuestre
de Diego de Almagro”, descubridor de Chile, que presentó al Concurso Nacional
convocado por el Instituto de Cultura iberoamericana; el relieve “La subida al
Calvario” con la concesión del Primer Premio del “Salón de Otoño en Sevilla”
(1953); y que presentará en yeso, de nuevo al concurso para la adjudicación del
“Gran Premio de Roma” en 1955. Obtiene en la Exposición de Artes Plásticas de
Valdepeñas el Premio “Molino de Honor” con el “retrato de Francisco Moreno
Galván”(1954) y gana también la Tercera Medalla en la “Exposición
Nacional de Bellas Artes con la obra de terracota titulada “Mujer
peinándose”(1954).
El apego a su tierra manchega se
manifiesta con el regreso en los períodos vacacionales al pequeño pueblo de
Villar del Pozo, donde veraneaba con su madre, y en la participación de la
fundación junto a otros jóvenes artistas, poetas y estudiantes del grupo
“Pensando en Joven” que proyectaban sus inquietudes de dinamización cultural en
el periódico local “lanza”de la capital manchega.
Sin abandonar los proyectos de imaginería
religiosa, continúa realizando durante estos años numerosos retratos, por
ejemplo, los del abogado José Antonio Saúco, el dentista José Lomas y sus
amigos: Luís Téllez y Rafael Galiana. En óleo retrata a ”El Choni”(1950), el “retrato de Amparito” (1950), a Francisco Fernández, bajo el
subtítulo “Paquillo el Pintor” (1952), etc; y un gran número de
lienzos y tablas de “paisajes y panorámicas manchegas”. Todos ellos se
mostrarán en la Primera exposición individual de 1954 que expondrá en las salas
el Instituto de Estudios Manchegos de Ciudad Real.
Relieve “La subida al Calvario”
Academia de Bellas Artes de San Fernando
En 1955 gana el Gran Premio de Roma
convocado por el Ministerio de Asuntos Exteriores, obteniendo una beca de
residencia y estudio de cuatro años de duración (enero de 1956 a diciembre de
1959) en la Academia Española, ubicada en el Monte Gianícolo. El ambiente
romano de estos años le influirá en la plasmación de sus obras un semblante
sereno y de equilibrio en el mismo canon de proporciones; así como las
dimensiones majestuosas de los hallazgos arqueológicos en las ruinas pompeyas
dejará su huella en las superficies figurativas con presencias y reminiscencias
del arte etrusco. Sobre todo, destaca su obra “Desnudo Femenino” (1956), en
cemento gris, con el que obtiene la Medalla de Oro en la Exposición Nacional de
Valdepeñas; o la obra “Mujer Romana”(1957), también en cemento, que
gana la Primera medalla en el evento del Primer Centenario de Exposiciones
nacionales de Bellas Artes. En este mismo año participa en la muestra
“Artistas Manchegos de Hoy” que se celebró en las salas del Museo de Arte
Moderno de Madrid. En 1958 su obra está presente en el Pabellón Español de la
Exposición Universal de Bruselas y en Palacio de Exposiciones de Roma.
Mantendrá también su faceta de retratista
desarrollándola en la “efigie de Benjamín Alarcón “–secretario del señor
Castiella y embajador español en el Vaticano-; “la hija del embajador italiano
Joaquín Navascués”(1957), los “bustos de las hermanas Gianna y María Prodan”
(1957 y 1958 respectivamente). Aparte seguirá realizando pequeñas
piezas de tema religioso, destacando dos anunciaciones, en bronce y madera, hoy
en colecciones particulares; ejecuta el relieve de la “Estela funeraria del
filósofo Santayana “ (1957) para el cementerio Verano en Roma;
también comienza en esta época el “Paso Procesional del Resucitado” (acabado en
1960) por encargo de la comisión de Semana Santa de Ciudad Real para desfilar
por las calles el Domingo de Resurrección, hoy conservada en el Museo diocesano
de esta misma ciudad.
En esos años del período romano, mantuvo
la pintura con gran fuerza colorística, mostrándonos las huellas picassianas en
obras de corridas de toros y temas circenses.
Firma de Donaire en el paso del Resucitado
expuesto en el Museo Diocesano
El regreso a España, tras finalizar la beca en Roma, en diciembre de 1959, casado con Gianna Prodan y con un hijo recién nacido, pasará por un período difícil de su larga trayectoria artística, que se centrará en los encargos de temas religiosos que le van permitiendo “salir a flote”; por ejemplo, una “Asunción de la Virgen” (1960), de siete metros de altura para la iglesia de Santa María de los Ángeles de Vitoria; una “Figura de Cristo” (1962) en bronce, para una iglesia de Puertollano; otro “Cristo” para la capilla del Hogar de Matrimonios Ancianos de Ciudad Real; el “relieve de la Huida a Egipto” (1962) para la fachada de la iglesia del Colegio de San José, etc. Por otra parte aprovecha sus creatividad artística en pintar los paisajes manchegos de los alrededores de Ciudad Real, algunas huertas, casas de campo, el Piélago, la Atalaya, los últimos molinos de agua, etc. También realiza otras esculturas en bronce como las tituladas “Desnudo” (1960) o “Mujer sentada” (1962). El Ayuntamiento ciudadrealeño le solicita “dos figuras y cuatro relieves de las estaciones” (1962), para la fuente monumental que estaba proyectando el arquitecto Fernando Bendito para la plaza de la Provincia. También a raíz del nacimiento de su hija Marina comenzará a inspirarse en el tema de la maternidad y sus variantes para realizar una decena de piezas, como las tituladas: “ La madre jugando con el hijo”, “la madre enseñándole a caminar”, acunándole, bañándole, etc.
A partir del primer trimestre de 1963 fija
finalmente su residencia en Madrid, adquiriendo un año más tarde un estudio en
el número 13 de la calle de las Cañas y, que desde entonces, realizará todas
sus obras. Durante esta etapa funda el “Grupo de los 5 Escultores” junto a
Venancio Blanco, Jesús Valverde, César Montaña y Benjamín Mustieles, que
llegará enseguida a ser seis con la incorporación de José Carrilero y siete,
unos años más tarde, con Juan Manuel Castrillón, atribuyéndose al grupo el
sobre nombre de los “7 magníficos”. Fue también con sus compañeros de la calle
de las Cañas en 1974 abriría la Galería Ponce, dedicada esencialmente a la
escultura y que se mantendrá en funcionamiento hasta 1981; y que gracias a las
proyecciones de la galería le permitirán diversos contactos con numerosos
artistas, así como pintores y escultores de la Escuela de París. Durante estos
años realizará numerosas esculturas, entre ellas un gran “Monumento a los
Conquistadores”(1964) en piedra, para la localidad de Villanueva de
la Serena de Badajoz; un “Torso” (1965) en cemento oscuro, con el que gana el
Premio de Escultura de los Concursos Nacionales (actualmente se encuentra en
los fondos del MNCARS); también en cemento realiza su obra titulada “Figura
sentada” (1965); proyectará así mismo el grupo en bronce , un monumento a “Don
Quijote de La Mancha”(1967) en bronce, para la plaza del Pilar de
Ciudad Real; también gana el Premio de Exaltación al Trabajo con su obra “Mujer
en Reposo” (1969) en la Exposición de Artes Plásticas de Valdepeñas.
Monumento al Maestro Rural en La
zona ajardinada que antecede a la entrada de la antigua Escuela de Magisterio
Por otro lado, finalizando la década de
los años 60 gana la plaza de Escultura de la Escuela Superior de Bellas Artes
en Barcelona (que no ocupará nunca) y en 1970 obtiene por oposición la Cátedra
de Escultura en la Escuela Centra de Artes Aplicadas y Oficios artísticos de
Madrid, que mantendrá su labor docente hasta 1979, en que ingresa en la
Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid (ejerciendo su
maestría hasta 1998, que se jubila).
Aparte sigue ejerciendo su escultura en
numerosos bronces, por citar algunos: “Los novios” (1966), “Torero sentado”
(1970) ver imagen , “Torso” (1972), “Rinoceros” (1975), etc. Y participa
numerosas exposiciones y certámenes junto al grupo, por ejemplo: en la
Exposición de Escultura Contemporánea en el Pavillón Español in The New York
World Fair (1964), en la celebrada al aire libre en la Casa Americana de Madrid
(1966), en las salas de exposiciones de la Galería Nouvelle Image de La Haya
(Holanda), participación en la X Bienal del Middelheim en Ambères (Bélgica,
1969), en la Segunda edición de la muestra institucional “Lugares de La Mancha”
en el Palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid (1970), en la “III
Exposición Internacional del Pequeño Bronce” en el MEAC (1979). El éxito
obtenido en esta última exposición trae como consecuencia que el Banco Urquijo
le encargue la ampliación monumental del pequeño bronce “El arquero”(1979), destinada desde 1992 en la zona ajardinada de la calle Arturo Soria de
Madrid). El encargo del “Monumento a Diego de Almagro” (1980) para
el Ayuntamiento de esa misma localidad ciudadrealeña.
Monumento a Alfonso X el Sabio en la
Plaza Mayor de Ciudad Real
Separadamente a su trabajo escultórico, en
esos años retoma sus excursiones pictóricas, aprovechando los viajes
vacacionales y realizando excursiones a los alrededores de Madrid y a los
parajes de la provincia de Guadalajara; entre ellos podemos citar la
luminosidad de los pasajes de las “Lagunas de Ruidera” (1967), los
roqueros que acompaña a “La ermita del Cristo de Rivas (1968), los campos
dorados de las mieses de “Bujalaro” (1972), la vegetación exuberante del “Lago
de Sanabria” (1974), la aridez de las tierras de “Valverde de Alcalá” (1975)...
que trata con vibrante pincelada del neoimpresionismo; y, sobre todo, se
entusiasma por las tierras blancas y rosadas de “Cogolludo” (en la
exposición antológica de Santa Cruz, hay 8 óleos sobre estos paisajes,
ejecutados entre 1976 y 1985). Las vacaciones estivales le permite ampliar los
horizontes pictóricos en paisajes de los más diversos de la geografía española:
“San Vicente de la Barquera” (Santander, 1987), “Rocas negras en la Playa de
las Barcas” (1993), “Cala Higueras” (Almería, 1996).
Otra faceta pictórica muy diferente son
los ensayos acuarelísticos de sus composiciones abstractas que realizará desde
la década de los años 80 con su obra “Homenaje a Picasso” (1980),
que servirá para preparación de otros lienzos que se inspiran en las corrientes
históricas de las primeras vanguardias, sobre todo el cubismo de “Bodegón de
las Conchas” (1989), “Figura en el estudio” (1990), “Bestiario”
(1991), “Visita al Museo” (1991), y numerosos ejemplos de
composiciones de la década de los 90.
Mientras tanto, coincidiendo con las
nuevas directrices sociales y políticas propiciadas por el advenimiento de la
democracia, Donaire junto al escritor Francisco García Pavon fue uno de los
artífices del proyecto de Fundación Cultural de Castilla-La Mancha,
participando en todas sus actividades artísticas como los “Cursos de Arte”
impartidos durante 1980 y 1986, primeramente en Almagro y posteriormente en
Ciudad Real. Para la misma Fundación realizó un “retrato de Gregorio Prieto”
(1983), a petición del retratado; participó en la exposición itinerante
“Realismo y Figuración de la Mancha” por las cinco capitales de la Comunidad
Regional.
Monumento al Quijote en la Plaza del
Pilar de Ciudad Real
Comienza los reconocimientos a su
trayectoria artística a partir de 1984 que recibe el título de Doctor en Bellas
Artes; y al año siguiente es nombrado Académico numerario de la Real Academia
de San Fernando, de Madrid, para cubrir la vacante de su antiguo profesor
Enrique Pérez Comendador, donando a la institución el retrato de “María Prodan”
(1958). Durante este período y hasta la actualidad su obra irá formando parte
de las colecciones públicas y privadas más relevantes, entre ellas, la
prestigiosa Colección del Banco Hispanoamericano, que se incluirá en las
muestras “Arte Figurativo Español Contemporáneo (1988) y “Figuraciones
Españolas del siglo XX” (1995). Gana el concurso para la ejecución de una
“Estela Conmemorativa” (1992) convocado por la Sociedad estatal del “Quinto
Centenario del Descubrimiento de América”.
En las esculturas de estos años
experimenta con figuraciones formadas con volúmenes de masas y huecos activos
en “Los enamorados” (1990), “Maternidad” (1990), “Guitarrista” (1990), “Figura
que saluda” (1992), “Maternidad en silla” (1992), “Figura en movimiento” (1993),
“Torso acostado” (1994) “Figura apoyada en la barandilla” (1993), “Los novios”
(1995), etc.
En 1998 termina su carrera docente en
Universidad Complutense de Madrid, otorgándole el título de “Profesor Emérito”
y la Medalla de Oro de la Universidad. Este mismo año, se amplía una
“Maternidad” (1998) en bronce para uno de los jardines del
Ayuntamiento de Villaviciosa de Odón, inaugurándose en 1999, junto a una
exposición antológica en la misma localidad.
Ayer se celebró la festividad de San
Pantaleón, y muchos municipios de Ciudad Real lo festejaron al ser su patrón.
Uno de esos municipios es Porzuna, que guarda en su parroquia la imagen de este
santo mártir obra del afamado escultor gaditano Luis Ortega Brú.
Ortega Brú nació el 16 de Septiembre de
1916 en la localidad gaditana de San Roque, recibiendo el sacramento de la
primera Comunión en 1928. En La Línea de la Concepción, allá por el año 1931,
estudia escultura en la escuela de Artes y Oficios, y en 1934 recibe clases de
dibujo con el maestro y poeta de San Roque, José Domingo de Mena.
Durante la Guerra Civil estuvo en la
ejercito republicano, siendo condenado a su término y encarcelado por ayudar al
bando republicano.
Luis Ortega Brú
En 1943 consigue el primer premio del
certamen de escultura de Cádiz con su obra «Los Titanes», y en 1944 llega por
primera vez a Sevilla. Al año siguiente curso estudios en la escuela de Artes
Aplicadas de Sevilla, siendo su maestro Juan L. Vasallo.
En 1949 expone por primera vez en Sevilla
en la sala Hernal. En 1951 es apoyado por el general de aviación José Rodríguez
y Díaz de Lecea, para tallar imágenes procesionales, contrayendo matrimonio un
año después con Carmen León Ortega en la capilla del Baratillo, con la cual
tuvo tres hijos.
En este mismo año de 1952 recibe el primer
Premio Nacional de Escultura por su obra «La Piedad» e ingresa como hermano de
Santa Marta, el 2 de febrero. En 1953 recibe la Encomienda de Alfonso X El
Sabio, por la realización del misterio de Santa Marta declarándose la obra de
interés nacional. En 1954 expone por segunda vez en Sevilla, en la galería
Cubiles.
En 1955 marcha a Madrid al haber sido
contratado como maestro de escultura en los talleres de Arte Granda. El
escultor también estuvo trabajando para los Estudios Cinematográficos Bronson,
tallando esculturas de canon clásico y diseñando decorados para sus películas. En
1958 abandona definitivamente Sevilla y se establece en la barriada de Ciudad
Jardín de Madrid, exponiendo en la Biblioteca Nacional de Madrid. En 1961 abre
su primer estudio-taller en la madrileña calle de Gustavo Fernández Balbuena.
Este mismo año consigue el Premio de Escultura al aire libre organizado por el
Club Urbis de Madrid.
En 1964 expone en la sala Álvarez y
Carbajo de Madrid. En 1965 concursa en el Primer certamen Internacional de
Escultura de Bruselas, donde recibe una mención. También este año recibe la
Primera medalla de la Exposición de Otoño en Madrid con su obra «La Piedad». En
1966 vuelve a exponer en Sevilla, en la Sala Florencia. En 1967 comienza a
trabajar para la Semana Santa jerezana.
En 1969 expone en la Sala Cultural de la
Caja de Ahorros de Jerez y expone en la sala Zeros de Madrid. En 1971 el pleno
del Ayuntamiento de San Roque acuerda darle el nombre del escultor a uno de las
calles de la localidad. Tras su estancia en Jerez de la Frontera, en 1972
regresa a Madrid, donde cambia de domicilio a la calle O´Donnell, 1 y estableciendo
su nuevo taller en la calle Prat, 42.
En 1978 se establece definitivamente en
Sevilla, donde es acogido en los talleres de Guzmán Bejarano y residiendo en
principio en la calle Santa Ana y posteriormente en la calle Teodosio. En
diciembre de este año ingresa en la cofradía de Ntro. Padre Jesús de la Pasión
y María Santísima del Amor Doloroso de Málaga.
En 1979 pasa su residencia a la sevillana
Plaza del Pumarejo y abre un nuevo taller en la calle Castellar, 52. El 21 de
noviembre de 1982 fallece en su casa de la plaza del Pumarejo.
Ortega Brú esta Luis Ortega Bru está
considerado uno de los más brillantes escultores españoles del siglo XX. Hay
que destacar también sus obras pictóricas, poco conocidas pero de gran interés
artístico, con una marcada influencia en los acontecimientos vividos durante la
Guerra Civil.
Su obra esta repartida por muchos lugares
de la geografía nacional, y en concreto en nuestra provincia contamos con los
trabajos que realizó para Manzanares, y el paso de la Virgen del Espino en Membrilla
y la poco conocida imagen de San Pantaleón de Porzuna, que fue adquirida al
escultor en los años setenta del pasado siglo XX por un grupo de devotos, para sustituir la imagen de poco valor artístico que poseía el pueblo de su patrón.
Buenas tardes a Ti, que no precisas
exaltación ni voz, porque llevas siglos sembrando amor en el corazón de Ciudad
Real, la de siempre, la leal.
En ese hilo sagrado que nos devuelve al
pasado, siempre apareces Tú: Virgen del Prado, raíz de esta tierra, consuelo
anhelado.
Generaciones enteras crecieron bajo tu
mirada, anduvieron mil caminos y en Ti hallaron la jornada; porque quien parte,
vuelve, y quien se pierde, se salva.
No he venido a decir palabras bonitas, he venido a decir verdades.
A hablarte como habla un hijo cuando el
alma ya no sabe.
Nos criamos bajo tu mirada. De niños nos
alzaban hasta tu Camarín; no sabíamos pedir... pero sí sabíamos sentir.
Allí aprendimos que la fe nunca engaña,
que quien se abraza a tu manto jamás camina sin esperanza.
Después llegó la vida, con sus luces y
heridas; y todos aprendimos el camino de regreso, porque quien llega llorando
siempre vuelve sonriendo.
Solo un ciudarrealeño comprende lo que encierra un "momentín": entrar despacio, guardar silencio, encender una vela y decir simplemente: "Tú ya sabes..." Y basta mirarte para seguir adelante.
Porque tu Camarín no es un lugar cualquiera. Es la Puerta del Cielo abierta en nuestra tierra. Madre del Prado, Patrona y Señora, faro de las Órdenes, Reina protectora. Santiago te veneró, Calatrava te abrazó, Alcántara te rezó y Montesa te ensalzó; cuatro cruces diferentes, un mismo corazón.
La Virgen de las Batallas... así aprendimos a nombrarte.
Porque Alfonso VI buscó en tus ojos la fuerza que no encontraba en los
estandartes y esta tierra te pidió, con lágrimas de verdad, que nunca la abandonaras... y aquí te quisiste quedar.
Desde entonces sigues venciendo, aunque callaran los cañones. Hoy tus guerras tienen nombres: la enfermedad, la soledad, el miedo, el dolor, la incertidumbre que aprieta los corazones.
Y allí estás Tú.
Haciendo del amor escudo,
de la esperanza destino,
de la fe nuestro refugio
y de la cruz, camino.
Porque hay batallas, Madre,
que no se ganan con acero,
sino escuchando tu voz
susurrar al mundo entero:
"No tengas miedo...
que Yo camino primero."
Nosotros cruzaremos senderos,
conoceremos inviernos,
tropezaremos mil veces...
pero siempre volveremos.
Porque mientras Ciudad Real duerme,
Tú jamás descansas;
velas nuestras calles,
bendices nuestras casas
y sostienes la esperanza.
Porque en tu Camarín hay una
ventana de amor…
donde nos llevas a tu vera hasta el
Cielo del Señor
SALUDA
Muy buenas tardes.
Excmo Señor alcalde Francisco
Cañizares y corporación municipal,
Hermana Mayor de la Ilustre
Hermandad de Nuestra Señora la Virgen del Prado Coronada, junto a su Junta de
Gobierno.
Hermanos Mayores de las Hermandades
de Penitencia y de Gloria; Pandorgo, Dulcinea y Damas; Queridos devotos,
familiares, señoras y señores, amigos todos.
Hoy nos encontramos a los pies de quien
nos ampara desde siempre, la Virgen del Prado, Madre tierna y Reina gloriosa, luz
de nuestra ciudad, refugio de nuestras almas.
Exaltar a María es abrir el corazón, es
elevar la voz y dejar que el alma hable, es sentir que cada palabra se
convierte en oración, cada mirada en gratitud, cada suspiro en amor.
Permíteme hoy, mi Virgen, Mi Todo, hacerte
justicia con palabras, y que mi voz, llegue hasta los corazones de quienes me
escuchan.
Con el permiso de la Virgen del Prado,
quiero hacer hoy una dulce y entrañable alusión a la festividad de Santa
Cristina, que la Iglesia celebra cada 24 de julio.
Y no deja de emocionarme pensar que
precisamente hoy haya sido otra Cristina quien haya dado forma a este cartel.
Hay coincidencias tan bonitas que parecen
una caricia de la Virgen... y algunas, además, vienen con una sonrisa.
Cristina, gracias.
Gracias por pintar no solo una imagen,
sino un latido.
Pero, sobre todo, gracias por hacerlo
desde el amor… y desde la vida.
Por eso hoy, Cristina, esta exaltación
también es para ti y tu familia. Que la Virgen del Prado os cuide siempre, como
tú has sabido honrarla con el arte de tus manos.
Es todo un honor y un orgullo poder
compartir este momento contigo, las dos Cristinas, unidas por la fe, la
devoción y el amor por nuestra ciudad y nuestra Virgen.
Gracias a la Hermandad de Nuestra
Señora la Virgen del Prado Coronada por confiarme este inmenso regalo.
Soy consciente de la responsabilidad que
supone poner voz al amor de todo un pueblo por su Patrona.
Espero hacerlo con humildad, con verdad y
con el corazón puesto en Ella.
Juan, amigo mío, nunca olvidaré lo que me
dijiste cuando recibí la noticia de este gran reto para mí, se me quedó grabada
para siempre:
“La Virgen te está esperando para
que la exaltes.”
Y en ese instante lo entendí todo.
Que hay palabras que no se dicen: se
quedan viviendo dentro de uno para siempre.
Gracias por mirarme con esa generosidad
serena.
Quiero dedicar unas palabras muy
especiales a mi gran amigo, periodista, persona de gran corazón y familia
para mí, David Centellas.
David, muchas gracias por tus
palabras, amigo mío, y sobre todo por darme ese empujón que necesitaba
para lanzarme a lo que será, sin duda, una de las tardes que marcarán mi
vida para siempre.
Nos une un amor profundo: nuestra
Hermandad del Prendimiento, que nos recuerda la entrega de Cristo en
cautividad, su paciencia, su fortaleza y ese amor inmenso que nos dejó como
ejemplo para siempre; acompañado por la ternura de la Virgen de la Salud, refugio
y consuelo de tantos corazones.
Como estas pastas que su bendito manto
abraza, que también nuestra vida quede para siempre bajo su protección. Que
sigamos caminando juntos.
Quisiera también dedicar unas palabras muy
especiales a mi familia, que es mi piedra angular y mi inspiración
diaria.
A Fran y a nuestra hija Lucía, gracias por
caminar conmigo. Somos una familia pequeña, pero llena de vida, bajo la mirada
serena de la Virgen del Prado. Todo lo importante de mi vida empieza y termina
en vosotros.
Gracias también a mis padres, a mis
hermanas y a mi ahijada-sobrina y Carmen, por su cariño constante.
Pero, con todo mi corazón y con permiso de
todos, quiero hacer una mención muy especial a mi madre, Doña Prado Rivera
Hernández.
Mamá, tú eres la principal responsable
de mi amor profundo a la Virgen del Prado. Fuiste la primera mujer Hermana
Mayor de Nuestra Señora, y desde niña me enseñaste a acercarme a Ella, a
sentir su ternura, su guía y su amor infinito.
Gracias a mis amigos y a toda la gente de
la Virgen.
Porque ELLA nos ha unido y nos sigue
enseñando que la fe es un hilo invisible capaz de enlazar corazones.
Quiero recordar a mis cuatro ángeles de la
guarda y fieles devotos de la Virgen del Prado: mis abuelos, María y Paco, y
mis tíos, José Luis y Paco, que partió al cielo sabiendo que su sobrina tendría
el honor de exaltar a su Virgen.
Hoy sé que están junto a nuestra Morena
del Prado, acompañándome con su amor y su protección.
Mi gratitud a quienes me precedieron en
este honor y dejaron tan alto el nombre de esta exaltación con su amor hacia
Ella. Espero, con humildad, respeto y un poquito de nervios, estar a su altura.
Quiero compartir con vosotros lo que esta
declaración de amor a nuestra Virgen significa para mí, de forma íntima y
personal. Es un acto escrito con el corazón, el alma y la cabeza, siempre
encomendada a Ella mientras lo iba construyendo.
Me alejé veintidós años de mi tierra, pero
nunca de Ti. Te llevé conmigo a las sevillanas calle Amor de Dios y plaza del
Pozo Santo y después a mi Madrid de Alcalá y Bocángel. Aunque, pensándolo bien,
quizá no te llevaba yo: eras Tú quien me llevaba de la mano.
Nací en la calle Infantes. Las campanas de
la Catedral marcaron mi infancia y, desde mi ventana, aprendí a mirarte y a
rezarte... mucho antes de saber cómo se miraba la hora.
Nos iremos de aquí con el alma
llena de emoción y alegría, porque eres nuestra Madre, nuestro orgullo y
nuestra guía.
NUESTRA EXALTACIÓN
Voy a imaginar, Madre, que el mundo entero se detiene en un
suspiro, que el ruido se va como se apaga una sala
en penumbra antes de empezar la película de la vida.
Y entonces solo quedamos Tú y yo, en un plano limpio, sin fondo, sin prisa, como si el tiempo hubiera aprendido a
esperar entre tus manos de Madre eterna y serena.
Todo se hace pequeño a tu alrededor, todo se ordena, todo respira distinto, y yo me acerco despacio, sin guion ni
artificio, como quien entra en la escena más sagrada
del alma.
Y quiero decirte lo que me vive por
dentro, lo que no siempre sé poner en palabras.
Hoy Ciudad Real se recoge… como se recoge el telón antes del arte, porque cuando se pronuncia tu nombre,
Virgen del Prado, no habla una voz: habla un pueblo entero
que arde.
Esta exaltación no es solo mía: es la declaración honda y verdadera de
esta tierra, donde cada ciudarrealeño es palabra viva en una historia que contigo nunca se
cierra.
Eres el primer fotograma del amanecer y el último fundido lento de cada noche
serena; la imagen que no necesita foco para
brillar, porque en Ti la luz nunca es ajena.
Dice mi amiga María —y basta mirarla para
creerlo— que cuanto más cerca estás entre nosotros,
más sonríes. Como si el cielo entendiera el gesto del
pueblo.
Y es verdad… porque cuando Tú llegas, no cambia Tu rostro… cambia el nuestro.
Y entonces se entiende todo: lo sagrado no se aleja para ser grande… se acerca para hacerse Madre.
Cuántos amores verdaderos despiertan bajo Tu mirada, como en un lento plano de cine eterno donde el alma vuelve iluminada.
Desde este Prado bendito que pronuncia tu
nombre, escenario primero de esta historia sin
fin, has sido testigo del pulso de una ciudad
entera que aprendió a latir mirándote a Ti.
Generaciones han cruzado Tu mirada serena, como personajes que entran y salen de un
mismo momento, y en todos dejaste la misma luz que
ordena, una fe que no termina, una esperanza que
es aliento.
Eres consuelo en el dolor, refugio cuando la vida se rompe, luz que aparece en mitad del acto y que nunca abandona la escena encendida.
Y yo, Madre, no sé construir grandes
discursos, solo sé lo que ocurre cuando te miro en
silencio: que el alma encuentra su encuadre perfecto y todo, absolutamente todo, cobra sentido.
Y entonces lo entiendo… no hay final contigo. No hay despedida. No hay oscuridad. Porque Tú eres el principio constante. Y mientras nos mires desde este Prado, Ciudad Real será un único plano de
esperanza: sin cortes de miedo, sin rupturas, sin
caída, una ciudad en travellling suave hacia la
luz.
Tu mirada será fundido limpio hacia la
calma, manto de luz cubriendo cada rincón del
ser. Y no habrá noche que cierre del todo el
acto, ni dolor que no aprenda a renacer.
Caminará la ciudad serena, sin miedo y sin
ruptura, porque donde una Madre como Tú vela con
ternura, no hay pena que venza al alma ni
herida que no se cura; El pueblo nunca camina solo, lo
sostiene tu dulzura, y el amor no tiene final… porque en
Ti se hace luz que perdura.
HISTORIA DE NUESTRA MORENA DEL PRADO
Corría el año 1600, cuando se aprobaron
las primeras ordenanzas de la Cofradía de Nuestra Señora del Prado.
Fue un acto de fe sembrado a mano, una
semilla humilde que el tiempo, paciente y fiel, ha hecho crecer sin pausa hasta
hoy.
Pero la ciudad ya la veneraba mucho antes.
Desde que Villa Real daba sus primeros pasos y el pueblo, aún balbuceante en su
historia, descubrió que su corazón encontraba consuelo bajo el amparo de María.
Hay momentos que no envejecen, que no se
archivan en los libros, porque siguen caminando con nosotros.
Uno de ellos fue el 15 de agosto de 1924.
Aquella tarde, cuando la ciudad apenas alcanzaba los veinte mil habitantes, las calles se desbordaron de pueblo y el pueblo se hizo oración.
Miles de ciudarrealeños acompañaron a la Virgen como quien acompaña a su Madre, marcando para siempre nuestra identidad de ciudad mariana.
Fue entonces cuando Ciudad Real se consagró solemnemente a la Virgen del Prado. No para decirle algo nuevo, sino para proclamar en voz alta lo que ya sabíamos por dentro: que somos de ELLA y que ELLA es nuestra MADRE.
Aquel día nació también un canto, el himno a nuestra Virgen del Prado, y con él comenzó la tradición de sacarla en procesión cada 15 de agosto, como quien no se resigna a amar en silencio.
El tiempo siguió andando, y la historia, decidió pararse —otra vez— el 28 de mayo de 1967. Un día que, para mí, ya no es solo fecha: tiene nombre y apellido. Porque un 28 de mayo nació mi madre… y, claro, después de unas cuantas coincidencias más, uno ya no sabe si hablar de casualidades… o de que la Virgen lleva demasiado tiempo escribiendo el guion.
Ese día, la Iglesia coronó pontificalmente a nuestra Virgen en una Plaza Mayor convertida en cielo abierto. No fue solo una corona sobre sus sienes: fue el reconocimiento oficial de un reinado que ya ejercía desde el amor.
Y en medio de aquella solemnidad, un gesto
pequeño, casi silencioso, cargado de eternidad y gran familiaridad para mí: el
reestreno de los zapatitos del Niño Jesús.
Zapatitos nuevos para Dios hecho Niño,
donados por mi tío abuelo, Don Ricardo Rivera Muela cuyas manos dejaron en ese
gesto la huella sencilla de un amor heredado.
Yo no coincidí con él en vida, pero mi
familia se ha encargado de que no se me note demasiado.
Hoy esos zapatitos son símbolo, camino
diminuto que une generaciones, pasos de niño que nos recuerdan que nuestra
familia —como tantas otras— ha caminado siempre de la mano de la Virgen del
Prado.
Y en mi memoria, como una estampa
luminosa, vive también el 22 de mayo de 1988. Yo tenía cinco años cuando
la Reina Doña Sofía llegó a Ciudad Real para celebrar el IX Centenario de la
Aparición de la Virgen.
Recuerdo cómo me vistieron de manchega,
cómo la ciudad entera se volcó y cómo el Parque de Gasset parecía no tener fin.
Las calles sonreían... y yo, con cinco
años, estaba convencida de que un traje de manchega convertía a cualquiera en
alguien muy importante.
Fue un día en el que Ciudad Real se miró a
sí misma y se reconoció hija agradecida de María.
150 años se cumplen ahora desde aquel
gesto de historia y de cielo, cuando la Iglesia trazó en esta tierra un
obispado de fe y de consuelo.
Obispado de alma prioral,
tierra marcada por cruz y destino,
donde la gracia escribió su evangelio
sobre la huella de cuatro caminos.
Santiago, voz de la ruta y del alba,
espada y abrazo del peregrino;
Calatrava, firme en su llama de hierro,
custodia antigua del fiel castellano;
Alcántara, silencio que guarda la frontera
como un vigía de luz y de hermano;
y Montesa, flor de la Corona aragonesa,
fuego templado en su entrega de mano.
Cuatro órdenes, cuatro latidos,
cuatro fuegos de fe encendida,
cuatro caminos, firmes, ungidos,
que dieron a la Mancha luz de vida.
¡Cuatro columnas de fe verdadera,
que aún hoy sostienen nuestra
bandera!
STABAT MATER
Toda esta exaltación podría resumirse en
una sola palabra. Una palabra sencilla, inmensa, eterna. La palabra que cambió
la historia: Madre.
No es un título. No es una costumbre. Es
el mayor regalo que Cristo dejó al mundo.
Porque María no aprendió a ser Madre en
Belén. Aprendió a ser Madre para siempre al pie de la Cruz.
Allí nació el Stabat Mater.
La Madre estaba.
No corría.
No preguntaba.
No protestaba.
No comprendía muchas cosas...
pero ELLA ahí estaba…
Mientras todos huían,
Ella permanecía.
Mientras el dolor lo oscurecía todo,
Ella seguía de pie.
Porque el amor de una madre
no sabe marcharse.
Y quizá ahí esté la grandeza de María.
No solo en haber dicho "sí" al
ángel,
sino en seguir diciendo "sí"
cuando todo parecía perdido.
Ese es el verdadero Stabat Mater.
No es solo una escena del Evangelio.
Es una forma de amar.
Permanecer.
Sostener.
Esperar.
Creer.
Seguir abrazando cuando el corazón se
rompe.
Y entonces ocurrió lo imposible.
Desde la Cruz, Cristo miró a Juan.
Y al mirarlo, nos miró a todos.
"Ahí tienes a tu Madre."
Desde aquel instante, la maternidad de
María dejó de pertenecer únicamente a Jesús. Se hizo nuestra. Se hizo Madre de
un pueblo entero.
Se hizo del anciano que reza, del niño que
empieza, de quien ríe, de quien llora, de quien vuelve y de quien nunca se fue.
Por eso, Virgen del Prado, cuando acudimos
a Ti, no buscamos un milagro.
Buscamos una Madre.
Porque sabemos que quien permanece al pie
de todas las cruces jamás abandona a ninguno de sus hijos.
Enséñanos también a nosotros a permanecer.
A sostener.
A esperar.
A amar.
Y cuando llegue nuestra cruz, quédate,
Madre, como permaneciste al pie de la de tu Hijo: firme cuando todo vacila,
serena cuando todo se rompe, abrazándonos en silencio.
Aprender de Ti, Virgen del Prado, es
aprender a permanecer.
Permanecer cuando la vida sonríe… y
también cuando duele.
Permanecer en la alegría del quince y
veintidós de agosto y en el silencio de cualquier día.
Permanecer cuando las campanas repican y
cuando solo el corazón sabe rezar.
Porque igual que Tú no abandonaste jamás a
tu Hijo, tampoco un hijo debería apartarse nunca de su Madre.
Que nunca nos falte el valor de llegar
hasta tu Camarín con fervor, de buscar tu mirada en la penumbra encendida, de
encender una vela que abrace la vida… y de quedarnos, sin miedo, junto a tu
amor.
Porque donde permanece una Madre, la
esperanza nunca muere… y el amor siempre vence.
Ese es también nuestro Stabat Mater.
VOLVER
Porque también existen los tesoros que un
día se pierden y no desaparecen: esperan.
Joyas que fueron arrancadas del tiempo,
incautadas en la herida de una guerra, dadas por perdidas como se da por
perdido lo que duele demasiado recordar.
Pero ninguna joya entregada a la Virgen
acepta el olvido como destino.
Durante décadas, las joyas del Prado
durmieron en vitrinas silenciosas, confundidas entre inventarios fríos, como
corazones que laten sin que nadie les ponga nombre.
Hasta que unas miradas atentas —la de
Rubén Sánchez y la de Alfonso Doblado— las reconoció no por su brillo, sino por
su memoria.
Y entonces ocurrió lo imposible: lo
perdido volvió a saberse del Prado. Rosas de pecho de oro y aljófares, águilas
bicéfalas, colgantes, pendientes, medallones, joyas que la Virgen ya había
llevado en su historia —como atestiguan las fotografías antiguas como la de
Jean Poujade(Yan Puyad) en 1866— que fueron identificadas en el Museo Nacional
de Artes Decorativas de Madrid.
Joyas incautadas en 1936, joyas dadas por
ausentes, joyas que hoy sabemos que nunca se fueron del todo, porque quien
pertenece al Prado, siempre encuentra el camino de regreso.
Y aquí nace el paralelismo. Porque esas
joyas… somos nosotros.
Somos los que un día tuvimos que
marcharnos, los que hemos vivido, y viven todavía, lejos de Ciudad Real por
trabajo, por vida, por necesidad.
Como aquellas piezas, también nosotros
estuvimos lejos, también nosotros fuimos dados por ausentes, pero nunca dejamos
de pertenecer.
La Virgen del Prado no pierde lo que ama.
Lo guarda. Y cuando llega el día, lo devuelve a casa.
Viví fuera de Ciudad Real, pero nunca
lejos de Ti. Cambiaron calles, cambió el perfil, pero volvió siempre mi camino
a Ti…
¡y donde Tú estás, Madre, ¡está mi vivir!
MADRE
Y quizá ahora comprendo el sentido de
tantos caminos, de tantos regresos, de tantas alegrías… y también de tantas
heridas. Porque toda mi vida me ha conducido hasta la Virgen del Prado para
comprender, por fin, qué significa ser madre.
Hoy alzo la voz sabiendo que no hablo solo
por mí. La alzó como mujer, como hija… y como madre.
Porque hoy, por primera vez, una mujer
pone palabras a la exaltación de la Virgen del Prado. Y no es casualidad: es
providencia.
Desde el principio, Dios quiso confiar la
vida a las manos de una mujer.
En la Biblia, una madre no es solo quien
da la vida; es refugio, esperanza y presencia que nunca abandona.
Y esa maternidad alcanza su plenitud en
María: Madre silenciosa, Madre firme, Madre que permanece de pie cuando todo
parece derrumbarse.
Por eso hoy quiero mirar a las madres.
A las que sostenéis un hogar sin hacer
ruido. A las que rezáis cuando ya no quedan fuerzas.
A las que os rompéis por dentro para que
vuestros hijos nunca se rompan.
Porque ser madre es amar sin medida, vivir
con el corazón fuera del pecho y aprender a rezar incluso en silencio.
Y la Virgen del Prado lo sabe. Porque
camina junto a cada madre de Ciudad Real.
Yo lo vi en los ojos de una amiga de la
infancia. Una tarde llegó hasta el Prado con el alma encogida. Acababan de
diagnosticar una enfermedad a su hija. No hacía falta escuchar su oración.
Rezaban sus lágrimas. Rezaba su silencio. Rezaba su esperanza.
Y el milagro llegó.
La vida volvió a abrirse paso.
Aquella madre regresó al Prado para dar
gracias, porque cuando una madre reza, el cielo parece escuchar más cerca.
Mi abuela María también conoció ese
misterio. En la calle Camarín dio a luz a sus cinco hijos, a la sombra de
nuestra Virgen.
Cinco vidas nacieron bajo la misma mirada,
como si el Prado velara cada primer llanto… Aquella calle fue cuna… fue Camarín
sagrado, entre tierra y cielo… entre lo humano… y lo santo…
Porque toda mi vida me ha conducido hasta
la Virgen del Prado para comprender, por fin, qué significa ser Madre…
¡y en Tu mirada lo he comprendido… y el
alma te llama, Madre!
NUESTRA TRADICIÓN, NUESTROS ORÍGENES
A Ti se te empieza a cantar cuando mayo
todavía está despertando.
En el silencio tibio del camarín, brotan
los Mayos como una oración antigua que no conoce el olvido.
Así crecí, entendiendo sin que nadie me lo
explicara que mayo no empieza en la calle ni en los calendarios, sino en el
corazón que te nombra primero. Que el primer canto del mes no pertenece al
ruido de la vida, sino a la ternura de la Madre que lo sostiene.
Luego llega julio y el calor se hace
encuentro.
La limoná no nació para el ruido, sino
para la mesa compartida. Agua, limón, vino y azúcar: lo humilde que se une para
hacerse pueblo.
Lo que se brinda nos une, lo que se
comparte nos congrega; y en esa mesa común, la Virgen del Prado nos reúne y nos
cobija.
Porque su devoción no es distancia
solemne, sino cercanía sencilla: como una jarra siempre dispuesta, siempre
llena de alegría.
Y al día siguiente, la Pandorga estalla
como un latido colectivo: la tradición se viste de fiesta, pero el corazón
permanece antiguo. Madre, estás presidiendo.
La Pandorga es el alma manchega saliendo a
la calle. No nace del espectáculo, sino de la gratitud. Es el campo haciéndose
gesto, la cosecha volviéndose ofrenda, el trabajo del año elevado a símbolo. Y
en el centro de todo, como desde siempre, Ella, la Virgen del Prado.
Desde niña aprendí que ofrendar flores no
era un juego. Era un acto serio, casi sagrado. La mano pequeña sosteniendo el
ramo enseñado por manos mayores. Padres a hijos. Abuelos a nietos. La tradición
no se explica: se vive. Y así, generación tras generación, la Pandorga ha ido
pasando como una herencia invisible que nadie quiere perder.
La tierra da su fruto,
el pueblo su mejor flor;
la Pandorga tiene destino:
ofrecerte fe y amor.
Porque toda música acaba en tu
nombre,
toda ofrenda llega a Ti,
y toda la Mancha comprende
que la Pandorga nació para Ti.
Agosto se acerca con paso solemne. Y
entonces sucede. Víspera de San Lorenzo, a la puesta del sol, bajan a la
Patrona al altar mayor. Las campanas lo anuncian, como si el cielo llamara a la
tierra.
Y en ese instante sagrado, cuando todo
estaba a punto de suceder, pienso en Goyo, el sacristán de la Catedral, que hoy
ya habita el cielo.
Él era guardián de llaves y de silencios,
custodio humilde de lo que no se ve.
Siempre estaba allí, fiel como el reloj
del alma, esperando el momento exacto para abrir la cancela. Y cuando lo hacía,
no abría solo una puerta: abría el camino al encuentro.
Gracias a él podíamos pasar, sin miedo y
sin frontera, acercarnos a mirarte de frente, de luz verdadera, cuando ya
estabas abajo, tan cerca que el alma ardía, tan cerca que la emoción se volvía
dulce agonía.
Hoy, cuando las campanas anuncian
tu bajada serena, sé que es él quien desde arriba la cancela nos abre sin pena,
para que nunca se cierre el camino que a Ti nos lleva, ni falte ese acceso
eterno que tu cercanía renueva.
15 de AGOSTO
Madre del Prado:
Te escribo cuando agosto ya huele a
víspera.
El día 13 se asoma y Ciudad Real comienza
a latir distinto. Antes de que el sol caiga, llega la caravana blanca. Los
llevan a verte, Madre, como quien regresa a casa. Y cuando te miran, el tiempo
se arrodilla. Sus manos tiemblan, pero su fe permanece intacta. Tú los esperas,
como siempre, sin prisa.
El día 14 empieza a caer y llegan ellos:
los peregrinos. Desde pueblos cercanos, desde caminos polvorientos, desde la
promesa cumplida. No importa el calor ni los kilómetros. Caminan juntos,
comparten agua, palabras, silencios. Por la noche, bajo el cielo de agosto, se
cuentan la vida y la fe. Y tu nombre, Madre, se repite como un refugio.
Amanece el día 15.
A las seis de la mañana suenan las
campanas. Esas campanas que me han despertado desde niña y que nunca me han
molestado, porque siempre me anunciaron que era día grande en casa. Misas que
se suceden como un río constante, hasta llegar al mediodía.
Todo se mezcla. La fe, la familia, la
gratitud. En el Prado suena la música, hay encuentros, hay abrazos. Y se
homenajea a las mujeres que llevan tunombre, Prado, palabra que es vida,
descanso, origen y promesa. Como Tú.
Por la tarde, Madre, ya está todo
dispuesto.
Mis recuerdos comienzan con La voz de
Antonio Lizcano organizando el pulso del momento. Las velas se encienden. Las
medallas brillan como pequeñas historias colgadas del pecho. Cruzamos el umbral
del templo y, como siempre, lo primero es verte la cara. Mirarte. Reconocerte.
La foto contigo, rodeada de los míos, de mis amigos, de los que quiero. Porque
contigo todo se vuelve eterno.
Siempre pienso en la tarde del 15 de
agosto y entonces los veo a ellos.
Veo a mis abuelos en su silla de enea,
esperando en la calle Azucena. Allí aprendí que la fe no se explica: se hereda
en la espera, se aprende en la mirada y se hace eterna al verte pasar.
Junto a ellos, la familia Galiano, unidos
desde que nuestras abuelas, siendo niñas, aprendieron juntas a leer… y a
mirarte. Porque hay amistades que nacen en la infancia y la Virgen del Prado
bendice para siempre.
Y hablando de infancia, pienso en Manuel y
Lucía: sus bisabuelas compartieron pupitre, juegos y oración… y hoy, cuatro
generaciones después, la historia vuelve a escribirse bajo tu bendición.
Lucía y Manuel… va por vosotros:
por crecer entre procesión e ilusión, entre hermandades y devoción; aprendiendo
que la fe se hereda sin final, de corazón en corazón… generación tras
generación.
Comienza la procesión.
La gente de la Virgen camina a mi lado.
Nadie es extraño. Todos nos entendemos sin hablar. Al llegar al Paseo del Prado
voy a buscarte… y en el camino me encuentro con tu gente. Los de siempre. Los
que no fallan.
Hacemos juntos el paseíllo de regreso,
entre miradas que no necesitan palabras: amor eterno, amistad eterna, fe
compartida.
Y así, Madre del Prado, cuando cae la
tarde y el aire se vuelve promesa, en el Paseo del Prado, junto al histórico
Casino de Ciudad Real, tu pueblo se convierte en escolta y latido. No te
acompañamos: nos dejamos llevar contigo, paso a paso, hasta devolverte a tu
casa eterna, la Catedral de Santa María del Prado, donde descansa la fe de
generaciones enteras.
Mazantini alza su seguidilla con devoción,
guardianes de la memoria y de la tradición; no cantan… te hablan, Madre de La
Mancha, con el idioma antiguo que nace del corazón.
Son tus pestañas manojo de alfileres… Cada
pestaña es espiga dorada, cada mirada un surco donde germina la esperanza.
Cada vez que me miras, tú me las clavas…
esa lanza de ternura que no sangra, esa caricia honda que nos deja marcados de
fe.
Y sigue mirando, que, aunque mucho me
mires, no me hacen daño… porque tus ojos son refugio, porque tu mirada es
descanso.
Te acompañamos hasta cruzar la puerta del
templo. El cielo se abre en fuegos artificiales. La pólvora huele a despedida y
a promesa. Dentro,suenan
los acordes de nuestro rezo más hondo. Llegas al altar. Te espera tu himno.
Santa María del Prado,
Reina de Ciudad Real…
Nos vamos con la alegría intacta…
porque volveremos a Ti. Tú no pasas: luz que no se apaga, abrazo que llevamos
siempre en Ti.
22 de AGOSTO
Amanece el 22 de agosto.
Hoy sale la Virgen y Ciudad Real se vuelve
jardín. Jardín de nardos blancos, de nardos encendidos, de nardos que perfuman
el día como si el cielo hubiera derramado su aliento sobre la tierra.
¿No es acaso así también este 22 de
agosto? Breve, intenso, fragante de emoción. Un día que florece para
despedirla.
Porque El Prado respira incienso de
verano. Respira nardos. Respira promesas.
Y hay una verdad que el pueblo aprende sin
decirla: el nardo no se entrega del todo bajo el sol. Espera. Calla. Se guarda.
Como si entendiera que lo sagrado no se impone, se revela.
Mientras otras flores se abren al día, él
elige la penumbra para decir su secreto. Su perfume no irrumpe: se acerca
despacio, como una presencia que no necesita anunciarse para llenarlo todo.
Y acaso por eso el nardo se parece tanto a
la Virgen del Prado. Porque también Ella no se impone: acompaña, en silencio al
lado. No deslumbra de golpe: permanece serena en lo sagrado, y en esa cercanía
humilde el pueblo la siente a su lado.
Blancos como promesa
recién nacida, largos como la espera confiada de toda una vida.
Y mientras el sol se inclina lentamente
hacia la tarde, la ciudad se vuelve a preparar. Las manos se afanan, las
miradas se buscan, los corazones repiten un mismo latido:
Hoy sale la Virgen.
A las ocho… cuando el reloj abre la puerta
del crepúsculo, las calles se vuelven río de devoción. Y ella, Madre del Prado,
avanza como luna que camina entre su pueblo.
¿Quién puede nombrar ese temblor cuando
pasa y no volverá igual hasta el año que viene? ¿Quién puede medir el milagro
de tenerla tan cerca?
La agarran con manos firmes, con almas
temblorosas, porque saben que cada paso es un segundo menos, cada paso… un
latido que se escapa.
Y entre el silencio que nace cuando pasa,
suben al cielo las plegarias.
Por los que están. Por los que faltan. Por
la salud que imploramos a raudales. Por el año incierto que comienza tras su
marcha.
En el balcón del cielo, blanco como un mar
de nardos, sé que hoy también se asoman ellas. María, Catalina, Clara, Rufina,
Angelita, Amparo, Rosa, Adriana, Mari Carmen, Paqui y mi querida Josefa
Parrado: abuelas, madres, maestras de vida.
Allí, junto a la Virgen del Prado, como
testigos únicos, contemplan la procesión de este 22 de agosto. Porque si hoy
nuestro pueblo sabe rezarte, quererte y esperarte cada agosto… es porque antes
hubo madres que nos enseñaron a amarte.
La procesión continúa, lenta como una
despedida que no quiere pronunciarse.
Hasta que llega el momento. Ese instante
que pesa más que la noche y más que el propio silencio de la plaza.
La cancela.
Fría en el hierro, antigua en la memoria,
firme como esas fronteras invisibles que la vida levanta entre lo que amamos y
aquello que debemos dejar marchar.
Allí sus hijos se agarran a ella con las
dos manos, como quien intenta detener el tiempo, como quien busca sujetarse no
a un metal, sino a los últimos latidos de la Virgen en la calle, corazones
vencidos ante la certeza de la despedida.
Y entonces la cancela deja de ser cancela.
Se convierte en frontera y refugio. En
herida y esperanza. En el último puerto antes de que la Reina del Prado regrese
al silencio de su camarín.
En esos hierros antiguos habita también la
emoción serena de la espera, esa incertidumbre luminosa que acompaña a la vida
y que hace todavía más valioso el reencuentro.
Ella entra… y la ciudad se queda fuera.
¿De verdad se ha ido? ¿De verdad falta un
año para volver a verla así, tan cerca? ¿De verdad el tiempo puede ser tan
largo?
Pero el aire aún guarda su perfume. Los
nardos aún hablan de ella.
Y entonces entendemos: igual que el nardo
deja su fragancia cuando muere, ella deja su luz cuando se queda, deja su luz
cuando el Prado guarda su silencio.
Hasta el próximo 15 de agosto.
Porque, aunque se cierren las
puertas, aunque la noche caiga y la ciudad enmudezca, y el silencio se adueñe
de las calles… la ciudad seguirá oliendo a nardos, aunque amanezca.
Porque quien deja fragancia en el
alma no se va… se queda, y siempre, siempre, el regreso hacia Ti nos espera.
ELLA LO GUIA TODO
Abrazando a la Morena del Prado se aprende
que todo tiene una explicación, que todo sucede por algo, porque en su
presencia hasta lo incomprensible se serena y adquiere sentido, y lo disperso
halla su armonía.
Exprimir la vida quiero, llenándola de
momentos y vivencias que, como ríos desbordados, van a morir en tus manos,
Madre, donde todo se aquieta y cobra sentido; amándote sin demandar, amándote
sin pedir nada, amándote sin desbordar.
Exprimir la vida quiero, llenándola de
experiencias que laten al compás de tu latido antiguo y eterno; es un logro
seguir en esas, levantándonos en cada caída, como quien escucha en lo hondo que
nada es en vano si pasa por ti, demostrando que somos valientes con la fe y
determinación de quien sabe que incluso la herida florece cuando tú la nombras.
Porque Tú, Señora del Prado, faro de todo
cristiano, guiaste los pasos de Vicente Hondarza con amor soberano.
Hijo de Fernán Caballero, tan cercano a mi
familia, a la calle Camarín y a tu manto, refugio de toda dicha.
Hoy, cuarenta y tres años después de su
martirio, su ejemplo permanece vivo, porque quien sigue tus pasos, jamás conoce
el ocaso… ni se pierde en el olvido.
Y en ti nos confiamos, sin temor y
sin desvelo, para que nunca nos sueltes, ni en la sombra ni en el duelo. Que,
si caemos, nos levantes… y si dudamos, seas consuelo, y vivamos siempre asidos
a tu Prado del cielo.
BUENAS NOCHES, MADRE DEL PRADO
Buenas noches, Madre del Prado,
Llega la hora en que esta voz se recoge en
silencio y se hace carta del alma, y al mirar atrás descubro siempre Tu mirada,
siempre cercana.
Te hablo desde el Camarín y desde esta
tierra que te nombra con fe y esperanza, arriba y abajo eres la misma: Reina y
raíz que todo lo alcanza.
Y cuando la vida pesa y el mundo pierde el
compás, resuena Sonrisas y Lágrimas como un eco de eternidad:
"Sube cada montaña..."
Y como el Edelweiss- Édel-váis que florece
en silencio sobre la roca, así crece la fe bajo tu mirada, firme y blanca
contra el viento. Porque siempre existe una cima para quien no deja de rezar.
Y aprendí también, Madre, viendo
Casablanca, que amar de verdad es quedarse, aunque duela; entregarse, aunque el
corazón proteste un poquito. Dicen que siempre nos quedará París… pero, siendo
sinceros, nosotros preferimos que siempre nos quedes Tú.
Y cuando la noche aprieta y la tristeza
parece eterna, llega La vida es bella para recordarnos que incluso en la
oscuridad el amor puede salvarlo todo.
DESPEDIDA
Se encienden las madrugadas cuando tu
nombre va en vuelo, por calles de historia viva y corazones en desvelo.
Y mírate, Madre del Prado, coronando este
suelo, vestida de cielo y aurora, bajo un sol hecho de cielo.
Hoy dejo mi vida rendida a tus plantas:
mis luchas, mis desvelos y todas mis lágrimas. Porque el amor de una madre,
callado y profundo, como el tuyo, Virgen mía, sostiene el mundo.
Y así concluye esta misión de exaltarte,
que nunca fue mía, sino tuya, porque tú pusiste voz donde había temblor y
encendiste llama donde sólo había silencio.
La que hace novecientos treinta y ocho
años descendió sobre el Prado eterno y callado; la que dejó en la hierba su
fulgor soberano y volvió sagrado el polvo castellano.
La que me vio correr de niña por el Prado,
jugando entre el albero dorado; la que me enseñó, sin palabras y despacio, que
toda infancia feliz tiene un pedacito de cielo a tu lado.
La que abrió caminos imposibles cuando
todo parecía perdido; la que el 7 de junio de 2026 nos llevó hasta Pedro, hasta
León XIV, por Ti desde siempre previsto.
La que me permitió entender un poco mejor
cómo amas Tú; la que me convirtió en madre.
La gran protagonista, desde el primer
fotograma, de la película de mi vida.
Y ahora sí… termina la voz, pero no el
latido; calla la exaltación, pero no el suspiro; se apaga el instante… pero no
tu brillo.
Y con el alma encendida, con el corazón
rendido, con mi vida entre tus manos, digo…