Hay fotografías que documentan un
edificio. Y hay otras, como esta de Manuel Herrera Piña, que documentan un
momento de no retorno. La imagen muestra los preparativos para el derribo del
histórico palacete de la plaza del Pilar —conocido también por haber albergado
durante años la sede del Banco Central—, uno de los edificios más emblemáticos
de la Ciudad Real de finales del siglo XIX.
La fotografía, conservada en el
CECLM-UCLM, forma parte de una importante donación realizada recientemente por
Fermín Rodríguez Ruiz, integrada por un amplio conjunto de fotografías
históricas de Ciudad Real. Gracias a aportaciones como esta continúa enriqueciéndose
el patrimonio documental del Centro y se preservan testimonios gráficos de
enorme valor para conocer la evolución de nuestra ciudad.
El edificio fue promovido por Dámaso de
Barrenengoa, industrial de origen vasco afincado en Ciudad Real, cuya fábrica
de chocolates y cafés llegó a obtener reconocimientos internacionales. El
palacete, proyectado por el arquitecto Sebastián Rebollar y Muñoz hacia 1891,
era una de las construcciones más singulares de la ciudad. Su característica
rotonda coronada por una cúpula y la combinación de elementos eclécticos con
detalles modernistas lo convirtieron en uno de los referentes de la
arquitectura burguesa de la época.
Sin embargo, bajo aquella apariencia
monumental se ocultaban importantes problemas constructivos. Los materiales
empleados, las continuas humedades del terreno y los defectos de las cubiertas
obligaron durante décadas a realizar constantes reparaciones. Estas
circunstancias fueron determinantes para que finalmente, en octubre de 1961, se
autorizara su demolición con el fin de levantar el edificio del Banco
Vitalicio.
Lo más interesante es comprobar que el
debate sobre la pérdida del patrimonio no nació décadas después. Ya en plena
demolición, el diario Lanza, en su edición del 16 de octubre de 1961, escribía
unas palabras que hoy siguen resultando sorprendentemente actuales:
"A nosotros —no podemos
remediarlo— nos produce un poco de pena que desaparezcan ciertas edificaciones
que caracterizaban nuestra vieja ciudad... Reconocemos que el progreso impone
su tiranía, pero también hay que guardar respeto a las cosas tradicionales."
Aquella reflexión demuestra que el
sentimiento de pérdida no es una construcción reciente ni fruto de la nostalgia
actual. Ya entonces muchos vecinos percibían que la modernización de la ciudad
tenía un coste patrimonial difícil de asumir.
Una imagen que, más de sesenta años
después, sigue invitando a reflexionar sobre el siempre delicado equilibrio
entre el progreso urbano y la conservación de nuestro patrimonio.
Fotografía: Manuel Herrera Piña
(ca. 1960). Positivo en papel, gelatino-bromuro. Fondo CECLM-UCLM. Signatura:
FOT 1091.