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martes, 21 de abril de 2026

HISTORIA Y DESCRIPCIÓN DE CIUDAD REAL EN LA GUIA DE DOMINGO CLEMENTE EN 1869 (II)

 

Óleo de la Fundación de Villa Real en el Pozuelo Seco de Don Gil de Alfredo Palmero

 

PARTE II.

FUNDACION DE CIUDAD - REAL. — BREVE RESEÑA HISTÓRICA DE LA MISMA.

Elevado al trono Alfonso X el Sabio en 1252, y comprendiendo que solo una población grande y libre podía ser la custodia permanente de los caminos y el vínculo de unión entre Castilla y las ricas adquisiciones de su padre, al través de la desierta zona que las dividía, otorgó el 20 de Febrero de 1255, hallándose en Burgos en compañía de su esposa Dª. Violante, la correspondiente Carta puebla para fundar y poblar a Ciudad-Real con el nombre de Villareal, dando a sus moradores las aldeas do Ciruela, Villar del Pozo, Higueruela, Poblete y Alvalá, por armas su propia figura sentada en escudo orlado de torres, por leyes el fuero de Cuenca para los plebeyos, y las franquicias de los caballeros toledanos a los de igual clase que en ella se estableciesen; concediéndoles además el privilegio de que no pagasen portazgo en ninguna parte, a excepción de en Toledo, Sevilla y Murcia.

Bien pronto los escasos moradores de la demolida Alarcos, su parroquia, su archivo, todo pasó al nuevo lugar, que empezó a formarse al rededor del pozo de D. Gil, el mismo, según cuenta la tradición, que se halla en la plazuela del Pilar, y a donde los privilegios atraían de todas partes gentes en tan gran número que, de una voz y como por encanto, quedó convertida Villareal en un crecidísimo pueblo, al cual así D. Alfonso, su ilustre fundador, como sus descendientes, no cesaron de acrecentar por cuantos medios les sugería su invariable deseo de hacerla una población importante.

De entre los privilegios a este efecto concedidos, citaremos los más principales.

En 6 de Junio de 1257 se ordenó por D. Alfonso, desde Monte Agudo, quedo se cobrase portazgos a Villareal; en 1261 se dio inmunidad de tributos a los caballeros en ella domiciliados, extensiva a todas Sus haciendas y dependientes; en 1264 púsose freno a las ávidas usuras de los judíos que especulando sobre las necesidades de sus deudores se alzaban con la colonia; en 15 de Octubre de 1266 y hallándose el rey en Sevilla concedíase toda la madera necesaria para la construcción de casas y del Alcázar que el soberano entre ellas mandaba erigir, y del que ya solo queda un arco de entrada de una de sus puertas, bien conservado por cierto, y que los curiosos pueden admirar en el sitio que tiene su magnífica bodega el Sr. Marqués de Villamediana, entre las puertas de Granada y la Mata y tocando a la muralla.




Villareal había crecido en 20 años lo que otras poblaciones en siglos cuando por el mes de Agosto de 1275 recogió el último aliento del primogénito de D. Alfonso, el infante D. Fernando de la Cerdo, detenido en ella por maligna calentura, en su marcha contra los moros. Tristes presentimientos afligieron la agonía del príncipe temiendo fuesen desheredados sus tiernos hijos, y con razón, pues su cadáver aún no había salido de la iglesia de Santiago para ser trasladado a las Huelgas de Burgos, y ya su hermano D. Sancho, volando a ponerse al frente de la expedición concebía el proyecto, que al poco tiempo realizó en Córdoba, de hacerse proclamar por los ricos hombres sucesor legítimo a la corona.

Situada Villareal en el centro de los dominios de la Orden de Calatrava, y exenta solo ella de su jurisdicción y señorío, tuvo en Calatrava un enemigo implacable, ofreciendo desde su fundación la interesante lucha de un Concejo libre, de un pueblo realengo, contra un poder en cierto modo feudal, que aspiraba constantemente a comprimirlo y absorberlo, si posible fuese, para quitar semejante ejemplo de emancipación a sus vasallos. Por eso el sabio D. Alfonso, comprendiendo la necesidad y el interés de protegerla contra la pujanza, ya formidable de los Maestres, mandó en 1280 que sus pobladores fuesen indemnizados por los súbditos de la Orden de los robos y malos. tratamientos que mostraren haber sufrido; así en 1293, estando en ella Sancho IV, prohibió que fuera jamás enajenada de la corona; y en 1305, para sostener sus derechos sobre pastos y leñas, la reina tutora Dª. María de Molina le ofreció gente de guerra contra Calatrava.

Ligados entre sí los vecinos de Villareal, a fin de no darse jamás a un hombre poderoso, y unidos en Hermandad con los de Toledo, para común defensa de sus libertades (cuya liga data del año 1282, y al tenor de ella el Concejo de dicha ciudad se interesó en 1316 con el Maestre de Santiago para que no auxiliase contra Villareal á Calatrava) lograron sostenerse y prosperar, transigiendo pacíficamente sus querellas en 1267 y 1292 con los Maestres Juan González y Rui Pérez. Violó con malos ojos su sucesor Garci López de Padilla, y decidido a ocasionarla todo el mal que pudiera, pensando que de este modo abandonarían la población y se marcharían a vivir a los pueblos del Campo de Calatrava, se propuso acorralarlos de tal suerte dentro de su angosto término, y con tal rigor en sus vedas y castigos, que tuvieron que abandonarlo. Reclamó Villareal en 1321 contra las muertes y talas que al abrigo de los muros de Miguelturra repetían los comendadores y sus vasallos, y contra los engaños y violencias con que se le sustraían los negociantes y se perturbaba su comercio; pero el rencoroso Padilla, enojado de la tenaz resistencia, contestó a los mensajeros: «que no le dejase Dios morir hasta vengarse de Villareal, y que teniendo ya un pié en el infierno y otro en el paraíso, se guardasen de él no metiera esotro pié en el infierno.» Embravecióle la orden del infante D. Felipe, tío y tutor de Alfonso XI, para quitar el mercado y derribar el castillo de Miguelturra, é intentó resistir a las tropas del Concejo, que desplegando los pendones reales, con el auxilio de Garci Sánchez de Viedma, alcalde de Jaén, manchaba a cumplirla, y la cumplieron a pesar suyo, y ardió Miguelturra con Peralvillo y Benavente, aprobando el rey los incendios y estragos hechos en tierra de Calatrava.




Agradecida Villareal a la protección del monarca, en medio de su peligrosa lucha, ofrecióle, a más de un donativo, cien jinetes y doscientos ballesteros, que no quiso aquel admitir por no exponerla demasiado a las iras de su terrible adversario, empleando no obstante contra los moros sus servicios. En ella recibió Alfonso XI el año de 1344 a los embajadores que le envió el rey de Marruecos para ofrecerle sus muestras de respeto y gratitud por haberle devuelto dos hijas que le había hecho prisioneras en la batalla de Tarifa, y dos años más tarde celebró Cortes en la propia población, a la cual concedió en 1347 varios privilegios y franquicias.

Ocasión de venganza contra Padilla le deparó también el cisma introducido en la Orden, después que aquel fue derrotado- por los moros en Baena. Villareal acogió dentro de sus muros en 1316 al clavero D. Juan Núñez de Prado, retoño bastardo de los reyes de Portugal por línea materna, y a los caballeros rebeldes, entre los cuales había tres de su vecindad, que eran los freires Alfonso de Mantilla, Juan Ramírez y Gonzalo de Mora, quienes se proponían permanecer allí hasta que entrado el rey en la mayor edad pudieran presentar ante él sus quejas y acusaciones contra el Maestre. Reclamados por este, sostuvo Villareal, por negarse a satisfacer tal pretensión, fieros ataques y cruel bloqueo del anciano Maestre acampado en Miguelturra, y derrotándole en sangrienta ¡id a vista de ambos pueblos en el año de 1328, no satisfecho con la fuga y deposición de su enemigo y el triunfo de D. Juan Núñez, se lanzó sobre su rival aborrecida á vengar por cuenta propia sus agravios. Al resplandor de las llamas que consumían á Miguelturra, la cual fue tomada por asalto, mujeres ultrajadas, niños y viejos pasados á cuchillo, saciaron la furia y lubricidad del vencedor: aquel lugar tan detestado y siete veces destruido, no parece, sin embargo, hoy pacífico y floreciente, sino que ha nacido a la sombra de su antigua competidora.

La ingratitud de Núñez de Prado para con el Maestre, su protector y de quien había recibido el hábito, no quedó sin castigo, pues el temerario rey D. Pedro dispuso su prisión cuando en Almagro le tenía a su mesa con una magnificencia poco común; y después de aterrar a los vecinos con amenazas de muerte y de dictar a la Asamblea de la Orden la destitución afrentosa de su jefe y la elección de Diego García de Padilla, hermano de su amada y pariente de Garci López, trasladóle al Castillo de Maqueda y allí mandó degollarle.

Puesto Padilla en posesión del Maestrazgo, Villareal en odio a aquel linaje, para ella tan ominoso, se declaró por D. Pedro Estévanez Carpintero, sobrino del depuesto Núñez, y no solo llevó la guerra a Calatrava, sino que se levantó por primera vez contra el monarca, cuyo perdón obtuvo en 1355 a costa de los jefes de la asonada, pereciendo Estévanez Carpinteyro a manos del mismo D, Pedro y en presencia de la reina madre.




Aun cuando Villareal fue en tiempo de Juan I cedida transitoriamente al desposeído rey do Armenia León V, y después a su secunda esposa Dª. Beatriz, los reyes no consintieron jamás en desprenderla absolutamente de la corona. Enrique III, su sucesor, la dispensó diferentes privilegios, así como a su Hermandad, por haber recibido de ella pruebas de fidelidad cuando se vio acosado por la tiranía de los grandes, en términos que le redujeron a la tristísima situación de empeñar una noche su gaban para poder cenar. En su tiempo se mandó quitar las sinagogas de los judíos, y la que tenían en Villareal fue concedida a Gonzalo Soto, quien en 1398 la vendió a Juan Rodríguez, tesorero mayor del rey en la Casa-moneda de Toledo, y luego fundó allí mismo el convento de Santo Domingo, del orden de predicadores, cuyas ruinas pueden aun verse por las calles de la Libertad y de la Mata y atravesando el llamado Compás de Santo Domingo.

Catorce años contaba Juan II, hijo menor de Enrique, cuando salió de Tordesillas, en donde le tenía como confinado D. Enrique, infante de Aragón y Maestre de Santiago. Fingiendo marchar a caza se retiró al castillo de Montalván, en compañía de Don Álvaro de Luna y de otros caballeros, encontrándose de repuesto únicamente ocho panes, una fanega de harina, dos de cebada y un cántaro de vino. No tardó el infante en cercar el castillo para impedir la entrada de sustentos, y entonces los de Villareal acudieron con fuerzas y entraron víveres en los críticos momentos de haberse ya comido los caballos, siendo el primero el del rey. Por tan oportuno y arriesgado servicio, la elevó el rey en Diciembre de 1420 a mayor categoría, trocando su título por el de muy noble y muy leal ciudad de Ciudad-Real, otorgándola el privilegio de voto en Cortes, y designando a Alonso García de Villaquiran, natural de la misma, para que asistiera continuamente al Príncipe de Asturias Don D.’ María, infanta de Aragón, el martes 24 de Abril de 1431, día memorable por haberse experimentado en la ciudad un terremoto, a consecuencia del cual se desprendieron tejas y almenas de la torre del Alcázar, se abrió una pared del convento de S. Francisco y cayeron dos piedras muy grandes de la capilla mayor de la iglesia de S. Pedro. Enrique; en 1427 le concedió su real fuero; en 1430 confirmó sus Ordenanzas municipales; y agradecido a los valientes soldados que Ciudad-Real le mandara cuando, cercado en Olmedo por el rey de Navarra, se vio en peligro de perder la corona, expidió una honorífica carta a los caballeros fijos-dalgos de esta ciudad, nombrando hasta treinta y ocho y ordenándoles que pasaran a descansar a sus casas. En ellas fueron visitados por el mismo D. Juan y su esposa.



lunes, 20 de abril de 2026

HISTORIA Y DESCRIPCIÓN DE CIUDAD REAL EN LA GUIA DE DOMINGO CLEMENTE EN 1869 (I)

 

Vista de Alarcos en 1947. Archivo Layna Serrano. Diputación de Guadalajara



PARTE I.

ALARCOS. —LOS GOLFINES.— LA SANTA HERMANDAD .

A unos 11 kilómetros y al 0. de la capital, cuya reseña histórica, aunque A la ligera presentaremos más adelante, vése un pequeño cerro y en su cumbre un sencillo templo, cuya fundación es desconocida, dedicado a Nuestra Señora de Alarcos, porque ésta tan renombrada ciudad se extendió en derredor de aquel histórico, religioso y artístico monumento.

Llamóse Alarcos en lo antiguo Laccuris, y de ella se ocupa Alejandro Ptolomeo, haciéndola figurar entre las poblaciones de la belicosa Oretania, conociéndose en la edad media con el nombre de Alarcuris. Andando el tiempo, fue ganada al emir de Toledo y dada en dote por el de Sevilla Eber-Abed a su hija Zaida, cuando en 1083 se casó con Alfonso VI. Cedida más tarde por los cristianos, se arrebató a los moros por Alfonso VII en 1130, para perderla al poco tiempo y volverla a recobrar en 1158, aunque convertida en un montón de ruinas. Reedificada y poblada de nuevo por Alfonso VIII en 1178, se encomendó su defensa á los caballeros de Calatrava, quienes más tarde la obtuvieron en propiedad. Y el 19 de Julio do 1195, vencido Alfonso por el emperador da los almohades Yacub-ben-Yussuf, vió demolidos sus muros y entregada a las llamas, y sus habitantes llevados a poblar un barrio de Rabal, en la costa de África.

Reconquistada Alarcos después de la batalla ganada á los moros por el mismo Alfonso en las Navas de Tolosa el 16 de Julio de 1212, hiciéronse grandes esfuerzos por el rey y sus sucesores para su repoblación; pero ni estos esfuerzos ni las franquicias y privilegios

concedidos durante medio siglo para atraer moradores a aquel ominoso país, fue bastante para evitar que quedara yerma y baldía toda la orilla del Guadiana hasta más allá de Calatrava la Vieja, ya también abandonada.

Por entonces, y cuando arrojados-los infieles del otro lado de Sierra Morena debía considerarse restablecida la calma a este país, aparecieron, sin embargo en él, por efecto de las continuas guerras que habían precedido, hordas de bandidos, que por su cuenta y provecho continuaron los estragos que aquellas traen siempre consigo: vagos y malhechores, criminales prófugos, osados aventureros, é hidalgos arruinados por el juego y otros vicios, y sin más patrimonio que su espada, replegábanse de todas partes hacia la solitaria frontera, como terreno neutral de sus fechorías, y guarecidos en las vecinas selvas y montañas, tan pronto robaban los ganados y cosechas de los nacientes lugares manchegos, como interceptaban el tráfico y comunicación que las nuevas conquistas creaban entre Toledo y Andalucía. En sus atropellos no distinguían entre cristianos y moros, entre pastores y mercaderes, entre señores y pecheros: la violación, el robo, el homicidio eran su ley invariable. Conocíase a estos bandidos con el nombre de Golfines, y su jefe reconocido se llamaba Carchena.


Vista del interior de Alarcos en 1947. Archivo Layna Serrano. Diputación de Guadalajara


Demolida Alarcos, uno de sus más ricos y nobles habitantes edificó su casa en la pequeña aldea, término de aquella célebre ciudad, llamada Puebla del Pozuelo, cambiando su nombre por el de su nuevo poblador, en Pozuelo ó Pozo seco de D. Gil.

En aquella casa, y por los años de 1245 de la era cristiana, se hospedó el santo rey D. Fernando, a su vuelta de las Andalucías, y en ella aguardó a su esposa D.* Juana y á su madre Dª. Berenguela, reina de León, que venían a su encuentro desde Toledo. Allí oyó el rey de boca del anciano D. Gil Turro Ballesteros la relación de los excesos que los Golfines impunemente cometían , y tomando sus consejos creó tres Audiencias con el nombre de Hermandades; la primera en Pozuelo de D. Gil, la segunda en Ventas con Peña Aguilera, que después se trasladó a Toledo, y la tercera en Talavera, divididas en cuadrillas, llamadas cazadores, colmeneros, hortelanos y gente montaraz. Nombró el rey jefe de la primera á D. Gil, y a sus dos hijos, Pascual Ballesteros y Miguel Turro, de las otras-dos, autorizándoles para perseguir bandidos en campo yermo.

Compúsose la Hermandad de Pozuelo de D. Gil, conocida después con los nombres de santa, real y vieja, de caballeros y colmeneros, bajo determinados votos y privilegios, que en la aprobación obtuvieron del mencionado rey D. Fernando. Y los pastores empezaron contribuyendo voluntariamente con una res de cada rebaño para mantenimiento de los cuadrilleros, tributo que después se hizo obligatorio por orden de Alfonso X y Sancho IV.

Armóse de ballestas la vengadora milicia, y dando caza sin descanso a los foragidos hizo sentirles el terror que antes causaban a las indefensas poblaciones. Donde quiera que fuesen aprehendidos los Golfines, allí suspendidos de un árbol morían atravesados de flechas, dejando pendientes los cadávores por triunfo: más adelante se fijó el teatro de estas sangrientas ejecuciones a una legua de la ciudad, objeto de este libro, en Peralvillo, pobre aldea cerca del Guadiana, la cual fue por muchos siglos espanto -de bandidos. Y como para que al lado de la justicia brillase la misericordia, cuenta la tradición que Sancho de Valdivieso, compañero de D. Gil, formando una cruz de espinosa arzolla, con palabras de consuelo y perdón endulzaba la agonía de los reos, y daba a sus restos piadosa sepultura, naciendo así gemela de la Santa Hermandad, la Cofradía de la Caridad.


Iglesia de Peralvillo lugar de ejecución de la Santa Hermandad

 

Dedicáronse los cuadrilleros con tanto ahinco a cumplir su promesa de extinguir aquella raza de malhechores que a los 45 años de continuas fatigas y en tiempo de Sancho IV, ya se consideraron en el caso de pedir la relajación de los votos y de renunciar los privilegios; pero era tal el concepto que se habían granjeado por su valor y servicios que la santidad del pontifice Celestino V, u instancia del mismo rey, no accedió a la relajación solicitada, calificando la Hermandad con las palabras: Hoec sancta vestra fraternitas, que usó en su bula expedida en 1294.

Los muchos privilegios y las exenciones y prerrogativas obtenidas de los reyes por la Santa Hermandad, fueron siempre concesiones remuneratorias de servicios eminentes, como los prestados en el siglo XIV, durante la menor edad de Fernando IV, y en el XV, reinando Juan II. Entre estos privilegios mencionaremos la exención de pagar el diezmo de miel y cera, concedido por Sancho el Bravo, y la concesion de uso de sello, hecha por Fernando el Emplazado. Los reyes posteriores hasta Juan II confirmaron todos y ampliaron sus privilegios, y los reyes católicos, Dª. Isabel I y D. Fernando V, les dieron en 1485 nuevas Ordenanzas, expedidas por su consejero Francisco Maldonado, que adolecen de una severidad draconiana.

Según ellas, el hurto menor de 150 maravedises se castigaba con destierro y azotes, pagando el duplo a la parte y el cuadruplo para gastos al Tribunal; hasta 500 maravedises se castigaba con 100 azotes y pérdida de las orejas; hasta 5.000 con mutilación del pié, prohibiendo al ladrón, so pena de muerte, salir jamás a caballo; y el que robaba de 5.000 arriba era asaeteado en el campo por los cuadrilleros con trece saetas. Igual suplicio se imponía por salteamiento de bienes, violación de mujeres en despoblado, no siendo rameras, y por muertes y heridas alevosas, aunque solo fueren intentadas. Establecióse también que por la captura de un criminal se abonase al aprehensor o aprehensores 3.000 maravedises, si era reo de muerte; 2.000 si solo merecía pena corporal, y 1.000 a los condenados a multa o destierro.

Hasta en tiempo de los reyes últimamente citados, los servicios de la Santa Hermandad se limitaron a la seguridad de los caminos y a poner coto a los salteadores que infestaban el país; pero en 1488, dichos reyes resolvieron darla más importancia, haciendo que formara un ejército que, al mismo tiempo que sirviera de poderoso elemento contra los enemigos exteriores, constituyera un contrapeso formidable para la oligarquía. Para llevar a cabo este pensamiento, sometido al arzobispo de Palencia, al provisor de Villafranca y á Alonso de Quintanilla, contador mayor de Cuentas, como resultado de lo acordado en la Junta general de la Santa Hermandad, por Real cédula de 15 de Enero del expresado año, se verificaron levas, cuya fuerza ascendió a diez mil infantes, de entre los cuales se eligieron 300 espindargueros y 700 piqueros, divididos en 12 capitanías.


Botón de cuadrillero de la Santa Hermandad de Ciudad Real


El jefe supremo de las fuerzas de la Hermandad ejerció desde luego sobre las tropas la misma autoridad que los cónsules en los ejércitos romanos, y mandaba revistarlas por jefes llamados gobernadores.

El traje de los soldados, sumamente sencillo, consistía en sayo de lana blanca con manga ancha, calzas de paño encarnado, cruz roja en el pecho y la espalda, y la cabeza cubierta con un casco de hierro batido pero ligero: su armamento se reducía a la lanza y a la espada pendiente del talabarte.

Las banderas de las tropas de la Hermandad estuvieron depositadas en la Armería real, pero han desaparecido, sin que se sepa su paradero.

Si bien este cuerpo de ejército fue disuelto cuando cesaron las circunstancias que habían obligado a formarle, la Santa Hermandad, por el incremento que había tomado, merced a los privilegios de los soberanos, siguió ejerciendo su jurisdicción desde Aranjuez a Cádiz, cesando de juzgar a los delincuentes por medio de sus alcaldes en el año de 1835, en que dejaron de existir todas las Hermandades.

Las últimas Ordenanzas se aprobaron por el Consejo de Castilla en 1792. Su cárcel aún existe, que es la del juzgado de la capital, y Peralvillo sigue siendo como hace siglos una pequeña y mísera aldea.

El que la Hermandad llegase a ser inútil o poco conforme con nuestras leyes y costumbres, no puede borrar ni los servicios que prestó ni las calidades de los ilustres honrados manchegos que la formaron y compusieron, sin haber merecido nunca la chistosa, pero no justa, calificación que de estos cuadrilleros hizo Cervantes en boca de D. Quijote.

 


domingo, 19 de abril de 2026

OBRAS EN CIUDAD REAL

 

Diario “Lanza” 9 de julio de 1943


sábado, 18 de abril de 2026

¿QUÉ QUEDA YA?

 

Imágenes coloreadas con inteligencia artificial


Permítame, dilecta amiga doña Isabel Pérez Varela de López Salazar, que comience mi “nota necrológica”, sobre el Torreón del Alcázar, poniendo, al día, el último párrafo del documentado artículo suyo que leí con fecha 3 de este mes de enero en LANZA.

“Un paso más y “quedó demostrado” a las venideras generaciones el respeto que han merecido a nuestra época, las piedras que encierran páginas de la historia de Ciudad Real”.

Total: cambiar su “demostraremos”, por mi “quedo demostrado”, y nada más, y, ¡cuánto más, sin embargo!

Después de tal cuasi epitafio, podía firmar, y quedarme con la pena. Una pena más, y muy amarga, por cierto.

Luche, el pasado año centenario de la fundación de Ciudad Real, por salvar el Torreón y, con la ayuda de aquel viejecito manchego, sapiente, amante de su terruño, que fue don Emilio; y con el impulso decidido y entusiasta de D. José María del Moral, lo logré, de momento, al pasar este resto de nuestra Historia a propiedad de D. José Lomas. Pero, desde mi carta de felicitación y agradecimiento a ese señor, llena de entusiasmo ciudarrealeño por su gesto, no tuvo, entonces, ni ha tenido, aún, la respuesta, a pesar de los años pasados, formé mal juicio sobre el fin del Torreón. Desgraciadamente acerté. No se realizaron los buenos propósitos que dicho señor tenía. Ni entidad, ni corporación alguna, mostró, que sepa, interés -interés, interés- por esas piedras venerables que Ud. Cuenta, sabiamente, en su artículo y único, hasta la fecha, que originó la dolorosa desaparición del Torreón. El hecho, irremediable, es que se derrumbó por abandono de la ciudad, aunque lo queramos cargar a la lluvia, por toda disculpa, con toda la culpa -¡sin tiempo que estuvo lanzado su angustioso SOS por sus profundas grietas de su estructura!- y que, al caerse, arrastró otra página de nuestra Historia, de la que, ¿qué queda ya?



En mi colección de fotografías tengo varias del Torreón. Una es la que ilustra la noticia del hundimiento dada en LANZA. La triste ruina actual me obliga a incluirlas en mi fichero, harto, prieto, de documentos gráficos retrospectivos. Si no fuera crueldad manifiesta, pediría a Ud. Sitio en la Casa de Cultura para montarse una extensa exposición con algunas “fotos” de ayer, retrospectivas, de mi ciudad y de las que soy autor. Al pie de cada una pondría la leyenda pertinente y, al lado, la vista actual. De todos modos, no estaría completa la colección, pues muchas cosas se escaparon al objetivo de mi cámara. ¡Son tantas y tan aceleradamente eliminadas! Aun así, curiosa e instructiva exposición seria esa, pero ¿para qué?

Esperemos un poco y quizás pudiéramos colocar, en preferente lugar, una la Puerta de Toledo. De ese trozo del gran pasado histórico nuestro. No se sonría. ¿Qué es absurdo? De acuerdo, pero todo es posible. Vea si no: para la circulación rodada tiene muchas estrecheces la entrada a la ciudad por la calle de Toledo; son un obstáculo esas cuatro piedras, sin más ni más, que forman la famosa puerta. También eran 4, aunque ladrillos y viejos -según dijo no sé quién- los que componían la más secular casa que daba prestancia, empaque, a nuestro casco urbano y estrechaba la entrada de una calle. No crea desvarío. Con menos razón fenecieron todas las restantes puertas de nuestro recinto amurallado y las murallas. Yo ya lo espero todo, usted es muy reciente en esta ciudad y por ello tal vez no sepa que, hace años, con el consentimiento, tácito al menos, de quienes no debieron darlo, le arrancaron a la Puerta de Toledo los restos de su corona de almenas y la desmocharon, y tan al rape quisieron separarle las murallas en que estaba incluida, que bien se observa todavía el estropicio, detenido, por milagro, de una consumación completa. Y la remendaron con cemento, al tiempo que machacaban los bien conservados sillares de la muralla, que eran de aquella época.




Volvamos al Torreón. ¿Qué mejor, más bello y culto detalle del embellecimiento urbano hubiera habido que una verde glorieta alrededor del Torreón, consolidado? Cada hoja de césped circundante hubiera esparcido perfume de hechos, acaecidos allí, de nuestra Historia chica y de la Historia grande, y del orgullo sano y recio nuestro, y de la elegancia de nuestra cultura.

Pobre y misero consuelo sería amar el rompecabezas de sus piedras numeradas, si es que lo fueron, en otro emplazamiento. Eso está bien para los ricos en moneda, pero sin Historia, qué, a los pobres y ruinotes, nos compran monasterios y los reconstruyen, desterrados, en su país, como el adorno de casa desguarnecida. Pero, en nosotros, cargados de Historia, esas mudanzas, tras irrespetuosas, son profanadoras del ilustre pasado, del momento y del paisaje. La obligación fue conservarlo con cariño, decorosamente. Interesante sería ver la reacción de los segovianos ante un proyecto del desplazamiento a otro sitio -aún tomadas todas las garantías- del acueducto romano, dadas las dificultades que al creciente tráfico origina en el Azoguejo, donde esta ubicado. O el de los orensanos, si entorpecer el caliente manar, actual de la celebérrima Burga, propusiera alguien.

La estatua que realicen, si llega al término, de Alfonso X tendrá, quiérase o no, dura, triste y enojada catadura y, si de carne fuera, de nuevo subiría el Rey Sabio al Torreón de la iglesia de Santiago, como en los días fundacionales, y volvería hablar desde allí, pero de modo diferente a como lo hiciera al marcar el emplazamiento de la que llamó su grande, buena villa… y, ahora, no la fundaría, posiblemente, visto lo visto.




Mejor sería hincarle el pico hasta llegar a las cegadas, someras, muy extensas y geológicamente interesantes, cuevas del totalmente fenecido Alcázar y convertirlas en fosa común de lo caído, arruinado, destrozado en la ciudad. Capacidad tienen para ello, pero, ¡cuidado!, que si echamos en ellas tanta madera sana, limpia, secular, como van astillando, no la tendrán suficiente. Ya estaría bien con macizar, como botón de muestra, los huecos que al yacer, dejaran verjas y rejas, portadas, tejas, capiteles, escudos, ladrillos, columnas, zapatas, arcos, artesonados, documentos reales… -recuerdo de nuestro patrimonio malbaratado- son los despojos de medio centenar, elegido al azar, de entre los varios que suman los ejemplares arbóreos sanísimos, seculares, aniquilados, que eran alegría corpulenta, salud, belleza y sombra preciosa en la aridez desoladora de nuestro paisaje.

Y, sobre esa montonera clavar un obelisco, pétreo, con, en una cara y como memoria perpetua, la relación, esculpida, de todo lo enterrado y, en otra, la lista de realizaciones que merezcan la pena, y que sería bien concisa, para que, así “el respeto que le han merecido a nuestra época las piedras que encierran páginas de la Historia de Ciudad Real, lo aprecien “generaciones venideras” que, no hay duda, airadas habrán de pedir cuentas a la nuestra porque el patrimonio que recibimos y teníamos obligación de conservarlo y legarlo, no lo hemos mantenido siquiera. Lo hemos aniquilado, porque, ¿Qué queda ya?




Quizá percibamos runruneos de critica malévola, sonrisitas irónicas y algún ladridito. Es corriente. No le de la menor importancia, dilecta amiga y sigamos la labor que nuestro leal saber y entender nos dicta, y a la pesadumbre, de los que pesadumore sientes -esto es lo bueno- unamos la nuestra.

Recuerdo que cierta señora bondadosa y ciudarrealeña, se preocupaba mucho por lo que veía mal hecho en la vecindad. Su parentela y amigos, la recriminaban:

-A ti, ¿Qué te va en ello?

Ella respondía:

-A mí ni cien duros, ni cien palos. Los duros no los aceptaría y los palos no los resistiría.

-Pues, ¿entonces?

Y ella sonreía, no les hacia caso y seguía preocupada por el vecino de enfrente, tan deplorable con aquellos chalequitos que le confeccionaban.

Y de San Pedro, como monumento nacional, ¿qué? ¿Nada? Pues, entiendo yo, le va haciendo falta serlo. ¿Verdad, buena amiga?

Julián Alonso Rodríguez. Diario “Lanza”, 18 de enero de 1962

 


viernes, 17 de abril de 2026

SE PRESENTÓ EL LIBRO ALMA DE PASTOR (RAFAEL TORIJA DE LA FUENTE (1927-2019) PRIMER OBISPO DE CIUDAD REAL

 



El aula magna del Seminario de Ciudad Real acogió en la tarde del miércoles 14 de enero la presentación del libro Alma de pastor, sobre el episcopado de Rafael Torija de la Fuente en la Diócesis de Ciudad Real, obra del sacerdote, historiador y profesor Francisco Manuel Jiménez Gómez. El volumen, publicado por el Instituto de Estudios Manchegos, ofrece un estudio del ministerio episcopal de quien fue el último obispo prior de las Órdenes Militares y el primer obispo diocesano de Ciudad Real.

La presentación comenzó con la intervención del presidente del Instituto de Estudios Manchegos, Alfonso Caballero Klink, quien subrayó la importancia de la conmemoración de los 150 años del priorato de Ciudad Real y el valor de una publicación que ayuda a comprender un periodo decisivo de la historia eclesial de la provincia.

A continuación, tomó la palabra el vicario general de la diócesis, Jesús Córdoba Ortega, que saludó a los presentes en nombre del obispo de Ciudad Real, don Abilio Martínez Varea, quien no pudo asistir al acto. En su intervención recordó que la presentación del libro se inserta en los actos conmemorativos del 150 aniversario de la erección del Obispado-Priorato de las Ordenes Militares de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa.




El vicario subrayó que la historia de la diócesis no comienza ni con el actual ministerio episcopal ni con su constitución como diócesis en 1980, sino que hunde sus raíces en siglos de fe y testimonio cristiano. En este contexto, afirmó que el libro de Francisco Manuel Jiménez «saca del tesoro valioso de nuestra Iglesia particular un trozo de su historia más reciente: el ministerio pastoral de don Rafael Torija de la Fuente», un episcopado largo y decisivo que tuvo como uno de sus grandes retos la implantación del Concilio Vaticano II en la diócesis.

Jesús Córdoba explicó en que la obra no debe leerse como un simple homenaje, sino como «la respuesta de toda una Iglesia particular, con su obispo a la cabeza, a los desafíos de un tiempo social, político y económico complejo», una experiencia que puede resultar inspiradora para la Iglesia actual, llamada también a anunciar el Evangelio con fidelidad creativa. En este sentido, invitó especialmente a sacerdotes jóvenes y seminaristas a acercarse al libro «para aprender de lo antiguo» y evitar «un adanismo soberbio que piensa que lo de atrás no vale».



«Hablar de un pastor»

La intervención del autor permitió profundizar en el contenido y el sentido de la obra. Francisco Manuel Jiménez comenzó agradeciendo la acogida institucional y personal recibida, y aclaró desde el inicio que el libro no es una biografía de don Rafael Torija, sino un estudio de su ministerio episcopal en la diócesis durante casi 27 años.

El autor explicó que el interés del trabajo radica, entre otros aspectos, en el hecho de que don Rafael fuera «el último obispo-prior y el primer obispo diocesano», una circunstancia que resume bien la transición histórica vivida por la Iglesia en Ciudad Real. Además, destacó su papel fundamental en la recepción e implantación del Concilio Vaticano II, gracias a un talante «moderado y afable» que le permitió aunar voluntades y guiar a la diócesis en un proceso de profunda transformación pastoral y estructural.

Jiménez Gómez subrayó también la importancia de la colegialidad sacerdotal y la corresponsabilidad pastoral, dimensiones que don Rafael promovió de forma decidida y que se concretaron en la creación y dinamización de consejos diocesanos como espacios reales de reflexión y discernimiento. En este sentido, el autor destacó la riqueza documental de las actas recogidas en el Boletín Oficial del Obispado, que permiten conocer la «intrahistoria» de los debates, tensiones y decisiones que configuraron la diócesis actual.



Otro de los rasgos esenciales del episcopado de don Rafael fue su impulso decidido a la corresponsabilidad de los laicos, a quienes consideró verdaderos agentes de la acción pastoral. En este contexto, promovió estructuras novedosas para la época, como el Consejo Diocesano de Pastoral con amplia presencia seglar y elevó el Secretariado de Apostolado Seglar a delegación, encargándola a un seglar.

El autor justificó el título del libro, Alma de pastor, afirmando que hablar de don Rafael es, en definitiva, «hablar de un pastor», atento a todos los ámbitos de la vida diocesana y cercano a las personas y realidades concretas de su tiempo. Como expresión del espíritu que animó su ministerio, recordó un texto de san Pablo que don Rafael citaba con frecuencia: «Amándoos a vosotros, querríamos daros no solo el Evangelio de Dios, sino incluso nuestro propio ser, porque habéis llegado a sernos muy queridos»

La obra de Francisco Manuel Jiménez Gómez y su labor de investigación y divulgación contribuyen a preservar la memoria de un periodo clave de la historia reciente de la Iglesia en Ciudad Real, ofreciendo claves de discernimiento para el presente y el futuro pastoral de la diócesis.

Fuente: https://www.diocesisciudadreal.es/noticias/3079/alma-de-pastor-un-retrato-del-episcopado-de-rafael-torija.html




jueves, 16 de abril de 2026

PRESENTADO EL LIBRO “MÚSICA EN LA S.I.P. EL LEGADO HÍSTORICO MUSICAL DE SALOMÓN BUITRAGO (1889-1975)

 



El Instituto de Estudios Manchegos, con la financiación del Ayuntamiento de Ciudad Real, ha publicado “Música en la SIP. El legado histórico musical de Salomón Buitrago (1889-1975)”. Una investigación con la que Vicente Castellanos ha rescatado el trabajo del que fuera maestro de capilla de la Catedral más 50 años. El alcalde de Ciudad Real ha participado en la presentación de la obra.

El pasado 26 de marzo fue presentado el libro en el Centro Cultural Municipal “Antiguo Casino”, con la presencia del Alcalde de Ciudad Real, D. Francisco Cañizares y del Obispo-Prior, D. Abilio Martínez.




En este libro se narra con minuciosidad la historia musical de la catedral de Ciudad Real hasta el año 1975, fecha del fallecimiento de Salomón Buitrago Gamero, el maestro de capilla y organista que más tiempo estuvo en el cargo, 53 años, desde 1922 hasta 1975. La importancia de este maestro de capilla no es solo su longevidad y servicio al templo, sino, sobre todo, su gran capacidad como compositor de música sacra y de música profana. Respecto a la primera, siguió siempre el modelo de la música cecilianista-música litúrgica ordenada desde Roma en 1903 para unificar las formas musicales esenciales en la historia de la música: el canto gregoriano y el estilo polifónico renacentista. Salomón Buitrago respetó en todas sus composiciones dicha restauración, pero también fue protagonista del cambio que significó el Concilio Vaticano II, que permitió el uso del castellano en los cantos. Su obra arroja un total de 246 composiciones originales de gran calidad y otras muchas atribuidas. Salomón Buitrago fue mucho más que un compositor de calidad, fue el gran salvador de la música en la catedral durante la Guerra Civil, lo cual nos ha permitido la recuperación de la música de la catedral que data de finales del siglo XIX. Igualmente, fue un copista consumado y un gran coleccionista de obras sacras y profanas que hoy se guardan en su legado, cuyo estudio ha permitido la reconstrucción de la historia de la música culta en Ciudad Real y en su Santa Iglesia Prioral.




miércoles, 15 de abril de 2026

EL CAMINO DE SANTIAGO MANCHEGO COMIENZA EN CIUDAD REAL

 



El Camino Manchego o Camino de Santiago Manchego comienza en Ciudad Real, y en sentido norte conduce a los peregrinos hacia Toledo, donde se juntan con los que se dirigen a Santiago por el Camino de Levante.

El Camino Manchego es una antigua ruta jacobea que a través de 120 kilómetros discurre entre las ciudades de Ciudad Real y Toledo donde se une al Camino del Sureste para continuar a Santiago de Compostela. Es un histórico Camino de Santiago que utilizó el antiguo Camino Real que unía ambas ciudades, que también es parte de la cañada Real de las Merinas, y que ha sobrevivido milagrosamente en la mayor parte del recorrido. Este camino ostenta con justicia el título de Camino Jacobeo.

Está documentada la utilización del Camino Manchego en varias ocasiones: fue utilizado para llegar hasta la ciudad del Apóstol por un ejército de cruzados que el en siglo XIII se sumó al ejército de Alfonso VIII que vencería al ejército musulmán en la batalla de las Navas de Tolosa.

Además, este camino fue utilizado por Teresa de Jesús y Juan de la Cruz en su labor de fundación de conventos de sus respectivas órdenes; canónigos procedentes de Granada lo utilizaron para peregrinar a Compostela en el siglo XVII. Un tramo es usado por los manchegos que peregrinan hasta el Cristo de Urda, uno de los pocos lugares del mundo que pueden conceder indulgencia plenaria en años jubilares.

El Camino Manchego tiene un alto interés histórico. En el camino se encuentran localidades como Malagón, donde se encuentra una de las últimas fundaciones de Santa Teresa de Jesús, la citada Urda, con su santuario del Cristo de la Vera Cruz, Los Yébenes, Orgaz, Sonseca, Ajofrin y la propia Toledo, declarada Patrimonio de la Humanidad.

Mas información en: https://www.caminosantiago.org/cpperegrino/caminos/caminover.asp?kCamino=ES34a&CaminoId=68