Buscar este blog

domingo, 23 de agosto de 2026

FUNCIÓN DE LA OCTAVA DE LA VIRGEN DEL PRADO

 



La Santa Iglesia Basílica Catedral de Ciudad Real albergó ayer sábado la misa solemne de la Octava de la Virgen del Prado, en la festividad de Santa María Reina, que se llenó de fieles para mostrar su fervor y la devoción hacia la patrona de Ciudad Real, la Virgen del Prado.




La Función no puedo ser presidida por D. Diego Planas Campos al encontrase enfermo y fue sustituido por el Presidente del Cabildo Catedral y Consiliario de la Hermandad, D. Bernardo Torres Escudero, acompañado por miembros del Cabildo Catedral, sacerdotes de la ciudad y seminaristas. En su homilía ha explicado el sentido de este día para los cristianos, “hoy celebramos que María es reina, ella está por encima de todo, reina del amor, de la fidelidad y de la obediencia a Dios. Los que admiramos a María, hemos de hacer lo mismo que hizo ella para reencontrarnos con su hijo”.

 



El alcalde de la capital, Francisco Cañizares, miembros de la corporación municipal, representantes de los cuerpos y fuerzas de seguridad, el Pandorgo, la Dulcinea y Damas de hogaño también han acompañado a la Hermandad de la Virgen del Prado en este día tan señalado para todos los ciudarrealeños.

 
























sábado, 22 de agosto de 2026

RECUERDO DE MONSEÑOR ESTÉNAGA, SU SACRIFICIO Y MUERTE

 



Hoy, Fiesta del Libro, se cumple el 13 aniversario de la muerte, en Madrid, de don Francisco Tolsada Picazo, distinguido colaborador de LANZA, que “vivió dedicado a los libros, siempre rodeado de libros y vivió para el libro”, como escribió de él Francisco Pérez Femández. Por esta coincidencia de la Fiesta del Libro con su muerte, nos complacemos en publicar un artículo enviado en su día a La Vanguardia de Barcelona por el señor Tolsada y dedicado a Federico García Sanchíz.

 

¿Se acuerda usted, Federico? Usted llegaba entonces de lueñes tierras a reposar en el llano sus ojos cargados de tantas perspectivas viajeras.

- Es una bendición para los nervios esta soledad, este silencio en la llanura - dijo usted a los que le rodeábamos -. ¡Qué bien se debe reposar frente a este paisaje luminoso... !

Se iniciaba el estío trágico de 1936. Tras una de sus inolvidables charlas, en aquel teatrito provinciano, limpio y coqueto, con atisbos metropolitanos, se organizó la expedición a tierras calatravas, solares de los Fitero, de los Padillas, dé los Guzmames... El guía - ¡qué gran guía!, ¿verdad, Federico? - era el doctor Esténaga, Obispo de Dora y

Prior de las Cuatro Ordenes Militares. Con su ropa talar sencilla, brillante por el uso, en la que sólo una cintita morada indicaba su dignidad episcopal - amén de la gran cruz que pendía de su pecho -, y su gran cayada de pastor (sin hipérbole), con la que trazaba geometrías infantiles en el polvo de los caminos, mientras andaba y hablaba de efemérides calatravas, monseñor Esténaga nos guiaba a través de piedras milenarias, a lo largo de caminos perdidos.



Se iniciaba el estío trágico de 1936. Las siembras de aquel campo, por donde Don Quijote corriera su locura bendita, campo severo y señorial; apuntaban ya el amarillo inicial de la cosecha propincua. En los recuentos manchegos, en las hazas soleadas, en los alcores suaves, Se presentía el hervor de una fecundidad lograda... Bajo los olivares polvorientos, entre las viñas en próxima: sazón en los rastrojos calcinados, alguna codorniz brotaba como ballestazo inesperado.

Había en el aire densos aromas campesinos de romero, de mejorana, de tomillo; los ásperos aromas de Castilla. Por los caminos zigzagueantes - ¡oh, caminitos manchegos que no vais a ninguna parte! - había ya canciones y sonerías de tráfago. El paisaje, claro y abierto, se expandía bajo una luminosa campana de cristal, llena de ecos. Había -¡también! - rumores y presagios trágicos. Y había rostros llenos de toscura, puños erguidos y miradas de odio amenazante. Los gañanes, rudos, tostados por los vientos del llano, por las heladas de la sierra, que en el confín era una pincelada violeta, por los soles de las eras, venían por los caminos polvorientos que nosotros seguíamos. Al pasar nos miraban. ¿Se acuerda usted, Federico, de aquellas miradas'?... ¿Se acuerda usted de la canción con que nos acogieron unos mozos en la Calzada de Calatrava?...  Era la Internacional, aprendida ad hoc, horas antes, en la Casa del Pueblo.

Usted dijo, inclinándose hacia el ilustre muerto mientras encendía por undécima vez su veguero, reacio a la candela:

- ¡Mal presagio, monseñor! ¡Estos bárbaros!...

- ¡Oh! No son malos; no, señor Sanchíz. Están simplemente envenenados. ¡Perdonadlos, Señor, que no saben lo que hacen! ... - y la mano del ilustre prelado trazaba una vez más en el aire limpio una cruz pausada, para bendecir a la multitud expectante. Las viejas, sobre todo, a las puertas de sus casuchas, se persignaban, tímidas.

Aquel episodio minúsculo resbaló por sobre la conversación de la comitiva. La locuacidad alborozada de Paco Herencia espantó la nube de presagios y seguimos rampando, una vez fuera del pueblecito, el camino por donde íbamos.




faciendo la vía del calatraveño que cantara en estrofas inolvidables el gran marqués de las serranillas.

Allá, a lo lejos, en las vertientes septentrionales de Sierra Morena, se erguía, imponente el centinela de la meseta, frente a las tierras del Sur; el Sacro-Convento de Calatrava la Nueva, desde donde otrora los grandes maestres dictaran la razón y la fuerza de sus fueros.

Monseñor Esténaga - usted lo sabe, Federico - era un gran señor. Un gran señor y un historiador ilustre que había dejado parte de su pletórica vitalidad en el polvo de los archivos, y su vista clara, entre los jeroglíficos de las letras visigoda, francesa y procesal. ¿Se acuerda usted del entusiasmo con que monseñor mostraba los millares de fotocopias de documentos, sacados por él, del Archivo de la Catedral de Toledo, donde en tiempos pasados él fuera deán? Aquel copioso material era toda una vida pasada entre legajos polvorientos y arrugados pergaminos. Aquel copioso material estaba siendo utilizado por el ilustre muerto en la gran ilusión de su vida: en aquella “Historia de la Catedral de Toledo”, que dejara a punto de enviar a las prensas y cuyo manuscrito tuve yo en las manos después de asesinado monseñor, en su mismo palacio, donde los rojos me hicieron entrar violentamente para que yo tratara de ordenar un poco aquel caos de papeles y libros que la furia satánica de los primeros días había desperdigado por los suelos de la residencia episcopal. Pero hay más, Federico. ¿Se acuerda usted de aquella fotografía que nos hicieron a usted, al ilustre muerto y a mí, en lo alto de la torre del homenaje del Sacro-Convento de Calatrava la Nueva? Pues aquella fotografía estaba

allí, entre los papeles diseminados, entre los pergaminos en desorden. Y yo la hube de recoger y destruir furtivamente, pues su conocimiento por los nuevos inquilinos del palacio, hubiera sido motivo suficiente para un fusilamiento más. Después, después yo hube de huir - tras detención aparatosa – de aquellas tierras y no volví a saber nada de aquellos libros, de aquellos papeles, de aquellos manuscritos, tan queridos del ilustre muerto.

Pero, volvamos al cuento. Usted iba a la vera de monseñor Esténaga y el que estas líneas escriben, a su izquierda. Ascendíamos la pendiente que conduce al castillo llena de piedras milenarias caídas de la fábrica y de yerbajos silvestres. Monseñor seguía hablando de aquella historia forjada en roca que parecía abatirse sobre nuestras cabezas. Conocía todos los pormenores, hablaba de fechas y de efemérides, barajaba nombres y genealogías con maravillosa exactitud. Y todo tan natural, todo tan a la mano y tan sin asomo de pedantesca erudición, que parecía más bien que monseñor hubiera sido el guardián secular de aquellas ruinas ilustres, desde los siglos lejanos.




Una vez en la cumbre, y frente al panorama alucinante, monseñor dijo, trazando con su cayada una rúbrica en el aire.

- Vea usted; señor Sanchíz, ¿qué le parece? ¿No es esto Castilla? ¡Qué hermosura!...

- Cierto, monseñor; esta es Castilla. Nada tan fuerte y tan bello. Nada tan fino y nítido, sin embargo - reafirmó usted, oteando las ondulaciones que descendían hacia el Sur. Y hasta nosotros, de pie sobre la mole pétrea, llegaron los murmullos de la multitud que acampaba el pie de las murallas. Algunas voces, pocas entre las aclamaciones que a usted y a su prelado dirigían aquellas gentes, llegaron distintas.

- Nada, no es nada - dijo alguien -. Son algunos de la Casa del Pueblo que se han mezclado entre la gente.

De nuevo el presagio reaparecía, pero la nube fue disipada una vez más por no sé quién. Y aquello se olvidó para no pensar más que en el agasajo que a usted se ofrecía, tan merecido. Horas después, la separación, tras el breve refrigerio, en aquel bello jardín nocturno del balneario de Fuensanta ...

Adiós, monseñor.

- Adiós, señor Sanchíz.

El día 16 de julio de 1936, tres antes del estallido, cuando ya la nube no era nube sino tormenta desatada, vi por última vez a monseñor, en su mismo palacio. Acudí con mi Mari Carmen, que aquel día acababa de recibir por vez primera la gracia divina, de manos de monseñor, a dar a su Ilustrísima muestras de nuestro agradecimiento, por su benevolencia. Y allí, en aquella salita sobria, llena de austeridad y de silencio, hablamos por última vez. Hablamos de nuestras cosas, de nuestras comunes aficiones a la investigación histórica, de nuestros futuros planes de trabajo, de lo que aquel glorioso día significaba en la vida de mi hija. El seguía soñando con su obra, ya casi acabada. Yo también soñaba con trabajos que no sé si algún día lograré llevar a cabo. Me animaba, como siempre.




Usted es joven. No desmaye. La vida es breve, pero, sin embargo, da treguas para el que sabe aprovecharla.

Hacía calor. Era una mañana luminosa de verano, en la meseta castellana. Conocedor yo de su costumbre anual de reparar la salud en un balneario del Norte - su tierra - , hube de preguntar.

- Su Ilustrísima, este año ¿no sale?

- No - me dijo -. Este año, no. Siempre lo hice y bien lo necesito. ¡Este reuma!. .. Pero el Señor me necesita este año aquí. No saldré.

- ¿ ... ?

- De ningún modo. España anda muy revuelta y yo no quiero faltar de mi diócesis. ¡Sería desertar de mi obligación!

Insistí. Monseñor necesitaba restaurar su cuerpo, para tener el espíritu propicio y dispuesto a su magnífico ministerio. Siempre lo había hecho. Era costumbre y necesidad. Inútil todo. Y acabó con esta frase que llevo desde entonces en el corazón:

- El Obispo de las Ordenes Militares no sale este verano de Ciudad Real. Así lo quiere Dios y lo demanda mi conciencia. Acaso mis fieles necesiten de mí. Los días están cargados de peligros, y si ocurre algo quiero estar en mi puesto. ¡Y si Dios lo quiere, dispuesto al sacrificio!

Con aquella frase terminó la entrevista. No volví a hablar con, monseñor. Sólo lo vi fugazmente, ya estallada la revuelta; cuando abandonaba, expulsado, su palacio, para ir a guarecerse en una casa amiga, cuyos dueños, también fueron asesinados, meses después que él. Iba todavía bendiciendo a las gentes que cruzaban temerosas por las calles soleadas del poblachón manchego.

¡También bendecía a sus carceleros!




Y llegó el día. Yo estaba en el Seminario, utilizado como checa, retenido como “sujeto muy peligroso y digno de castigo ejemplar”, frase que figuraba en lápiz al frente del pliego de papel arrugado con que los rojos iniciaban mi “proceso”. Era el 22 de agosto de 1936. La calle soleada. Silencio en la ciudad. Sólo el frenado terrible de los coches, cuyas ruedas patinaban agarrotadas por los ferodos, en el pavimento brillante. De pronto alguien dijo, con voz susurrante:

- ¡Han matado al Obispo!

Eran las seis de la tarde del día 22 de agosto de 1936, hora en que anualmente celebrase la procesión de la Octava de la Virgen, hora en que:

las campanillas suenan

la Virgen sale,

la Patrona del Prado

va está en la calle...

como canta la seguidilla popular.

A aquella hora el cadáver de monseñor Esténaga yacía sobre la ribera palúdica del Guadiana, desnudo y martirizado. Mi huida de aquellas tierras envilecidas por tanto crimen, me impidió averiguar toda la verdad, Sólo sé que fue asesinado, ferozmente, como tantos otros...

¿Se acuerda usted, Federico, de que gran señor era el doctor Esténaga?

Francisco Tolsada. Diario lanza, viernes 23 de abril de 1971



viernes, 21 de agosto de 2026

UNA TORMENTA OBLIGA A SUSPENDERLA PROCESIÓN DE LA VIRGEN DEL PRADO

 



Ciudad Real vivió el pasado 15 de agosto un día inédito, al tener que suspenderse la procesión de la Virgen del Prado a causa de la lluvia. Un momento histórico que ha tenido que vivir la Hermandad de la Virgen en este 2026, y digo histórico, ya que un 15 de agosto no hay constancia documental histórica que relate la suspensión de la procesión a causa de la lluvia.




El Presidente de la Hermandad fue el encargado de comunicar a todos los congregados en la Catedral la decisión, rezándose a continuación el rosario y a su término quien quiso fue pasado por el manto de la Virgen.