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miércoles, 7 de octubre de 2026

LA CULTURA MATERIAL DE LOS HOGARES HIDALGOS DE LA MANCHA. CIUDAD REAL, 1585-1610 (II)

 

Viejas y desaparecidas edificaciones de la calle Altagracia



1. La hidalguía en Ciudad Real: características generales del grupo

Tal y como indica el profesor López-Salazar Pérez, cuantificar al grupo noble de Ciudad Real durante el siglo XVI es complicado. No obstante, está claro que, fruto de las “ansias de acaballeramiento” que protagonizaron los sectores más acaudalados, el número de hidalgos de la ciudad aumentó durante el Quinientos (16).

Carente de relevancia en el seno de la política de la Monarquía, la nobleza de Ciudad Real presentó unas características muy similares a las de otras ciudades de Castilla (17) . A lo largo de la primera Edad Moderna, el grupo se caracterizó por ser tremendamente uniforme: no hubo titulados, apenas se contaron caballeros de hábito y sólo se localiza a un señor de vasallos (el de la villa de Picón –que residía en la ciudad–) (18). Sus funciones sociales se concentraban, principalmente, en el control del ayuntamiento (19), aunque los hidalgos locales tampoco desdeñaron su participación en la Santa Hermandad Vieja y una cierta actividad caritativa materializada, sobre todo, en la protección dispensada a conventos y monasterios y en la fundación de obras pías, memorias y capellanías (20).

La mayor parte de los miembros de la hidalguía ciudarrealeña fueron personas acomodadas; algunas muy ricas (21). Con carácter general, y lejos de protagonizar comportamientos rentistas, fueron personajes que gestionaron de manera directa sus haciendas. También mostraron una importante –y temprana– predisposición al desarrollo de actividades pecuarias. Los hubo, incluso, que invirtieron en censos y juros si bien es cierto que, como ocurre en el resto de La Mancha, ésta fue una actividad que, a lo largo de la Edad Moderna, tendió a ser cada vez menos relevante entre ellos y que terminó siendo asumida por el estamento clerical (22).

 



Tanto el gusto por los cargos municipales como la endogamia (otra de las características que definen al colectivo) son perfectamente visibles en los contratos matrimoniales fechados a finales del siglo XVI y principios del XVII. En relación con ello, un ejemplo ciertamente claro de esas estrategias es el representado por doña María Carrillo de Góngora, viuda de Francisco Carrillo (quien fuera regidor perpetuo), casada en segundas nupcias con Lorenzo Suárez de Figueroa, también propietario de una regiduría (23). Sin llegar a esos extremos, es frecuente encontrar entre los contrayentes a individuos cuyos padres (bien del marido, bien de la esposa) fueron o eran en aquel momento miembros de la elite dirigente de la ciudad. En el primer caso se localiza, por ejemplo, a don Cristóbal Treviño Carrillo, hijo del regidor Francisco Carrillo Treviño, que casó con doña Catalina de Torres Mansilla(24) o a Gonzalo Muñoz Loaisa, vástago del ya difunto Diego Muñoz Loaisa –también regidor–, quien se desposó con doña Elvira de Treviño, de la que más adelante tendremos ocasión de hablar (25). Prototípico es también el ejemplo representado por don Melchor Fernández de Treviño Vozmediano y por doña María de Poblete, cuyos respectivos padres ejercieron en su día como miembros del concejo (26).

No obstante, y aunque la cerrazón del grupo fue un hecho contrastado, tampoco resultaron extraños los enlaces con individuos llegados de fuera (27). Así ocurrió, entre otros, a doña Juana Mejía del Campo, casada con don Luis de Medinilla, a la sazón hijo de Álvaro de Torres, Veinticuatro de la ciudad de Úbeda(28); a doña María Treviño, quien contrajo matrimonio con un tal Baltasar Maldonado, procedente de Ocaña(29) o a doña Constanza de Figueroa, a quien le encontraron marido en la Corte(30).

Los mecanismos que facilitaron la entrada de nuevos individuos en el grupo son conocidos y parecen comunes al resto de la región manchega(31). En esencia se relacionan con las ansias de ascenso social mostradas por los “advenedizos”, con su riqueza y con la actitud receptiva que los miembros del ayuntamiento mostraron hacia aquellos que desearon formar parte de él y estuvieron dispuestos a apoyarles. Fue así como quedó definido un modelo de ingreso que, casi siempre, se inició con el desempeño de cargos municipales –previa manipulación de los padrones, si ello era necesario– y que, tiempo después, culminaba con la obtención de la tan perseguida condición noble(32).

Como es lógico suponer, en este proceso jugó un papel destacado la posibilidad de ver reconocida una situación que, en el peor de los casos, tenía que apoyarse en una confirmación por parte de la Chancillería de Granada. Fue algo incómodo, pero en modo alguno extraño y determinó que en el tránsito al siglo XVII el origen de gran parte de las familias nobles de la ciudad estuviera “puesto en cuestión”(33). Debido a ello –también porque gustaron de hacerlo–, los hidalgos locales desplegaron una intensa actividad que les llevó a dejarse ver y a marcar diferencias con el resto de vecinos de la ciudad. Fue, si así se quiere ver, una parte más –la visible y pública– de esa estrategia que pretendía justificar la posición tanto de los que poseían una hidalguía notoria y manifiesta como de aquellos otros que la veían discutida.



(16) En relación a las limitaciones que ofrecen los padrones elaborados en la ciudad en el siglo XVI, véase LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., “Estructura socioprofesional de Ciudad Real en la segunda mitad del siglo XVI”, 20.000 km2, 11-12 (1977), pp. 51-53.

(17) Véanse DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., op. cit., p. 127 y PHILLIPS, C. R., Ciudad Real, 1500-1750. Growth, Crisis and Readjustment in the Spanish Economy, Cambridge (MA)-Londres: Harvard University Press, 1979, p. 104.

(18) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J. y CARRETERO ZAMORA, J. M., “Ciudad Real en la Edad Moderna”, en ESPADAS BURGOS, M. (coord.), Historia de Ciudad Real. Espacio y tiempo de un núcleo urbano, Ciudad Real, Caja de Castilla-La Mancha/Ayuntamiento de Ciudad Real, 1993, p. 210.

(19) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., “Estructura socioprofesional...” art. cit., p. 56.

(20) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J. y CARRETERO ZAMORA, J. M., “Ciudad Real...” art. cit., pp. 213-215.

(21) Ibídem, p. 214.

(22) Ibídem, p. 217. En La Mancha y para el caso concreto de Ciudad Real, como mercado de capitales, véase LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., Estructuras agrarias y sociedad rural en La Mancha (ss. XVI-XVII), Ciudad Real, Instituto de Estudios Manchegos, 1986, pp. 617 y ss. Para la villa de Almagro LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J. y ORTEGA GÓMEZ, L., “Crédito y mundo rural. Censos y obligaciones en Almagro en el siglo XVII”, en GARCÍA GUERRA, E. M.ª y LUCA, G. de (curs.), Il mercato del Credito in Età Moderna. Reti e operatori finanziari nello spazio europeo, Milán, Franco Angeli, 2009, p. 78 y ss. y ESCUDERO ESCUDERO, L., “La fe pública y el crédito privado. Censos y obligaciones en Almagro en el cambio de centurias (1590-1615 y 1690-1715), en IGLESIAS RODRÍGUEZ, J. J., PÉREZ GARCÍA, R. M. y FERNÁNDEZ CHAVE, M. F. (eds.), Comercio y Cultura en la Edad Moderna. Actas de la XIII Reunión Científica de la FEHM, Sevilla, Universidad de Sevilla, 2015, pp. 1.685-1.697.

(23) AHP CR, Protocolos, leg. 56-1, fols. 100r-113r. 30.07.1597.

(24) AHP CR, Protocolos, leg. 57bis-2, fols. 41r-44v. 31.03.1604.

(25) AHP CR, Protocolos, leg. 71-3, fols. 5r-16v. 14.01.1601.

(26) AHP CR, Protocolos, leg. 30bis-5, fols. 6r-22v. 13.11.1594.

(27) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J. y CARRETERO ZAMORA, J. M., “Ciudad Real...” art. cit., p. 213.

(28) AHP CR, Protocolos, leg. 30bis-5, fols. 2r-5v. 25.04.1594.

(29) AHP CR, Protocolos, leg. 53-1, fols. 208r-209r. 13.09.1592.

(30) AHP CR, Protocolos, leg. 25-1, fols. 115r-124v. 25.02.1591.

(31) Véase al respecto LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., “El mundo rural en La Mancha cervantina: labradores e hidalgos”, en SANZ CAMAÑES, P. (coord.), La Monarquía Hispánica en tiempos del Quijote, Madrid, Sílex, 2005, pp. 55-62.

(32) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J. y CARRETERO ZAMORA, J. M., “Ciudad Real...” art. cit., p. 209. Véase también DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., op. cit., p. 123. En el mismo sentido, y para el caso cordobés, SORIA MESA, E., El cambio inmóvil…, op. cit., pp. 146-147.

(33) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J. y CARRETERO ZAMORA, J. M., “Ciudad Real...” art. cit., p. 208. En ese sentido Carla Phillips cifró en, aproximadamente, un 2,5% el número de individuos que reclamaba su condición de noble ante los tribunales regios, proporción que da por bueno el comentario anterior del profesor López-Salazar. Véase PHILLIPS, C. R., op. cit., p. 100.


martes, 6 de octubre de 2026

LA CULTURA MATERIAL DE LOS HOGARES HIDALGOS DE LA MANCHA. CIUDAD REAL, 1585-1610 (I)

 

Escalinata de acceso a la Plaza de San Francisco en 1958



Resumen: El artículo analiza los hábitos de vida de la nobleza castellana durante el tránsito de los siglos XVI al XVII. Para su redacción se ha tomado como ejemplo el caso de los hidalgos de Ciudad Real y se han empleado los contratos matrimoniales registrados ante notario y conservados en el Archivo Histórico Provincial de Ciudad Real. Su estudio ha permitido comprobar que la aristocracia local mantuvo intactos sus signos externos de comportamiento mientras que, poco a poco, modificó su conducta doméstica y sus prácticas culturales.

Palabras clave: nobleza, estrategias matrimoniales, cultura material, siglos XVI y XVII, Ciudad Real.

Hace tiempo, el profesor Álvarez-Ossorio Alvariño insistía en la importancia que, durante la Edad Moderna, tuvo el vivir noblemente(1) y en el hecho de que el aparentar, el deseo de visualizarse, pregonarse y mostrarse(2) trascendiera al estamento noble para manifestarse entre los plebeyos, deseosos de incorporar a su vestuario las formas “que los señores traen” para imitarlos en sus “meneos, posturas, y afectaciones”(3). A tanto llegó ese proceso que su desarrollo propició la denominada “quiebra de la distinción”. No en vano, esa “competencia suntuaria” y la “confusión de las apariencias” a la que dio lugar obligaron a la Corona y a la Iglesia a tratar de poner freno a esos intentos de emulación(4). En aquel artículo, Álvarez-Ossorio insistía en el relativo abandono al que, por entonces, estaba sometido el análisis de los “mecanismos” que se pusieron en marcha, no para cambiar de orden social, sino para “hacerlo real, visible”(5).

Se trata de una cuestión de la que sabemos mucho más que hace unos años, en parte debido a la pujanza con la que la historia de las mentalidades, de la familia y de la cultura material(6) han sido capaces de penetrar en el análisis de vida noble(7). Ese renovado marco metodológico es el que ha perfilado nuestro conocimiento acerca de cuestiones que habían ocupado un lugar secundario en los trabajos relativos al estudio de la nobleza y de las elites(8). Buena parte de esos avances han sido posibles gracias a la explotación de los protocolos notariales, fuente rica pero tratada de manera desigual. De ahí que se haya alertado acerca de la necesidad de clarificar métodos y de establecer parámetros comunes que permitan comparar distintas realidades espaciales sin que ello suponga un “remanejo lúdico de los datos” ni el empleo forzado de la realidad documental que ofrecen las actas de los escribanos(9). De hecho, no es cuestión de caer en un “positivismo anecdótico”(10); tampoco de explotar hasta la extenuación el inventario, el testamento o la dote para contar por contar “las arras, los manteles y otras menudencias”(11). Más bien se trata de incluir esos datos en un “contexto global” y de hacer uso de cierto equilibrio procedimental para conocer cómo vistieron sus hogares y cómo representó su poder, posición e influencia la oligarquía castellana del Antiguo Régimen.


 
Vista edificación de la calle Palma con General Rey. Podemos observar sobre la puerta tapiada escudos nobiliarios de viejos linajes de Ciudad Real


Con ese horizonte como meta, el texto que sigue intenta ofrecer datos, pero también descender a lo cualitativo, dado que, como indica el profesor García Fernández, lo importante no es tanto cuantificar los objetos como sus significados(12). En ese sentido, cabe preguntarse a qué formas de representación nos estamos refiriendo y, acto seguido, qué es lo que con tanto ahínco trataron de imitar quienes aspiraron a entrar en la nobleza. Para intentar responder a dichas cuestiones se ha recurrido al estudio de las dotes. Se trata de escrituras que, en el análisis de la vida material, se han empleado menos que los inventarios post-mortem o que los testamentos pero que poseen una validez contrastada. No en vano permiten profundizar en aspectos que aquéllos no cubren de manera satisfactoria como las mentalidades y el soporte material de la vida cotidiana ligada a la mujer y al nuevo hogar (13). De hecho, es a través de los propios contratos matrimoniales como podemos situarnos ante los cambios y permanencias que llevaron a las familias de hidalgos de la Castilla moderna no solo a defender un modo de vida que les significaba sino también a modificar sus comportamientos y a orientarlos gradualmente hacia modelos de consumo “más modernos y burgueses”(14).

Por tanto, no es cuestión de repetir aspectos conocidos sino de observar cómo ese dejarse ver que pusieron en marcha los hidalgos tuvo otra vertiente en la transmisión delpatrimonio por vía femenina, acaso menos perceptible que la desarrollada con los varones pero siempre tan meditada e intencionada como ella(15).

 (1) ÁLVAREZ-OSSORIO ALVARIÑO, A., “Rango y apariencia. El decoro y la quiebra de la distinción en Castilla (ss. XVI-XVIII)”, en Cuadernos de Historia Moderna, 17 (1998-1999), pp. 263-278.

(2) SORIA MESA, E., “La imagen del poder. Un acercamiento a las prácticas de visualización del poder en la España moderna”, Historia y Genealogía, 1 (2011), p. 7

(3) Diálogos de Philosophia natural y moral, compuestos por el doctor Pedro de Mercado médico y philosopho, Granada, 1558. Cit. por ÁLVAREZ-OSSORIO ALVARIÑO, A., “Rango y apariencia…” art. cit., p. 264.

(4) Ibídem, pp. 276 y ss. Máxime si se tiene en cuenta que, como “herramienta de dominación”, la imagen y su empleo frente al cuerpo de no privilegiados fue uno de los instrumentos de diferenciación preferidos por clero y nobleza. Véase SORIA MESA, E., “La imagen del poder…” art. cit., p. 5.

(5) ÁLVAREZ-OSSORIO ALVARIÑO, A., “Rango y apariencia…” art. cit., p. 264.

(6) GARCÍA FERNÁNDEZ, M., “Prefacio. Cultura e identidades: nuevos horizontes y planteamientos de futuro”, en GARCÍA FERNÁNDEZ, M. (dir.), Cultura material y vida cotidiana moderna: escenarios, Madrid, Sílex, 2013, p.15. El despertar de los temas relacionados con la cultura, mentalidad e identidad nobiliaria data de mediados de los años noventa y últimamente está dando frutos significativos. Véanse en ese sentido SORIA MESA, E., La nobleza en la España moderna. Cambio y continuidad, Madrid, Marcial Pons Historia, 2007, pp. 33-34, así como los distintos trabajos contenidos en el dossier dedicado al tema de la Imagen del Poder por la revista Historia y Genealogía en el año 2011.

(7) GARCÍA HERNÁN, D., “La historiografía de la nobleza en la Edad Moderna: las últimas aportaciones y las nuevas líneas de investigación”, Revista de Historiografía, 2-II (2005), p. 19. En relación a este aspecto véase también SORIA MESA, E., “Los estudios sobre las oligarquías municipales en la Castilla moderna. Un balance en claroscuro”, Manuscrits, 18 (2000), p. 186.

(8) El profesor Domínguez Ortiz ya advirtió del “indiscutible” tipo de vida noble. Véase DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., Las clases privilegiadas en el Antiguo Régimen, Madrid, Istmo, 1985 (3ª ed.), p. 147.

(9) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., “Los protocolos notariales. Fuentes documentales para la Historia Moderna”, en La investigación y las fuentes documentales de los archivos, Guadalajara, ANABAD Castilla-La Mancha/Asociación de Amigos del Archivo Histórico Provincial de Guadalajara, 1996, p. 42.

(10) GARCÍA FERNÁNDEZ, M., “Prefacio. Cultura, identidades,…” art. cit., p. 14.

(11) ATIENZA HERNÁNDEZ, I., “Las mujeres nobles: clase dominante, grupo dominado. Familia y orden social en el Antiguo Régimen”, en GARCÍA-NIETO APARICIO, M. C. (ed.), Ordenamiento jurídico y realidad social de las mujeres. Siglos XVI a XX. Actas de las IV Jornadas de investigación interdisciplinaria, Madrid, Ediciones de la Universidad Autónoma de Madrid, 1986, pp. 149-167.

(12) GARCÍA FERNÁNDEZ, M., “Prefacio. Cultura, identidades,…” art. cit., p.. 12.

(13) GONZÁLEZ MEZQUITA, M.ª L., “Poder económico y prestigio social a fines del siglo XVII. Una indagación sobre las dotes de las nobles castellanas”, en Vegueta, 5 (2000), p. 139.

(14) GARCÍA FERNÁNDEZ, M., “La dote femenina: posibilidades de incremento del consumo al comienzo del ciclo familiar. Cultura material castellana comparada (1650-1850)”, en GUIMARÃES SÁ, I. dos y GARCÍA FERNÁNDEZ, M. (dirs.), Portas adentro. Comer, vestir, habitar (ss. XVI-XIX), Valladolid, Universidad de Valladolid/Universidade de Coimbra, 2010, p. 117.

(15) Aun reconociendo que, como apunta Soria Mesa, la dote constituye un elemento de primer orden a la hora de sustentar más firmemente la fortuna familiar, pues “surge como posibilidad más cercana de inyectar dinero en los patrimonios vinculados”. Véase SORIA MESA, E., El cambio inmóvil. Transformaciones y permanencias en una élite de poder (Córdoba, ss. XVI-XIX), Córdoba, Ayuntamiento de Córdoba, 2000, p. 87.


lunes, 5 de octubre de 2026

LA ASIMILACION Y DIFERENCIA A TRAVÉS DE LOS PATRIMONIOS NUPCIALES DE MORISCOS Y CRISTIANOS VIEJOS, (CIUDAD REAL, 1570‑1610) (VI Y ÚLTIMO)

 



La composición de los ajuares: vestir la casa, vestir a la novia, ¿a la mora y a la cristiana?

Sobre la configuración del ajuar femenino pesaron, amén de factores de orden económico y social, elementos de naturaleza cultural. A través de su composición cada familia trasladaba al espacio doméstico sus propios roles sociales, sus valores culturales e, incluso, la idea que se tenía tanto del círculo afectivo y relacional más inmediato como de la propia comunidad. Debido a ello, el análisis comparado de los ajuares de moriscos y cristianos viejos nos permitirá conocer a un tiempo los usos dados a tal o cual objeto y la diferente imagen que su empleo, o su mera posesión, contribuía a ofrecer «de puertas afuera».

A finales del siglo XVI y principios del XVII la mayor parte de los elementos incorporados al ajuar doméstico eran aportados por las propias mujeres y sus familias. Sin embargo, no resultó extraña su agregación vía marital. En relación con ello cabe recordar que los cristianos viejos emplearon las arras como mecanismo prioritario de transmisión de capital monetario. Esa situación explica que, casi siempre, el dinero empleado en ellas fuese más que suficiente para alcanzar el máximo legal permitido por la legislación castellana en este tipo de cesiones, un 10% del total del patrimonio personal del esposo. Esto explica que el dinero en metálico y las tierras rara vez aparezcan incluidas de manera simultánea en una misma escritura de arras y que los bienes raíces se uniesen a los efectos personales y de uso cotidiano para constituir la base de la mayor parte de las donas documentadas.




Entre los moriscos el escenario era diferente, puesto que el raquitismo de sus haciendas no hacía necesario el recurso a la dona (tabla 1). Su anemia económica explica que, para compensar el menor alcance de las entregas en metálico, incluyesen en sus escrituras de arras otro tipo de efectos, entre los que destaca la ropa femenina. De ahí que la valoración económica de esos efectos y ropas en las mencionadas escrituras suponga el 72,3% de lo otorgado en ellas, porcentaje este que en el caso de la composición del ajuar se eleva hasta el 81,7% si a las prendas de vestir se le añaden las joyas, las ropas domésticas y el moblaje. Sin embargo, y por importantes que en principio puedan parecer, las contribuciones de los esposos, rara vez alcanzan la significación económica y socio-cultural que las cesiones realizadas por las novias y sus familias en las dotes. Al respecto, basta indicar que las aportaciones maritales en ellas apenas si suponen el 13,6% de lo computado en las moriscas y el 16,1% en las de los cristianos viejos, cifras que se sitúan en la línea de lo observado en el conjunto de los patrimonios (tabla 3), y que revelan la verdadera importancia de las futuras esposas y sus familias en la conformación final de los ajuares moriscos.

La composición de las aportaciones femeninas al ajuar doméstico y personal de las mujeres moriscas y cristiano viejas es en esencia la misma: prendas femeninas y ropa doméstica, las cuales constituyen el sostén de los enseres destinados al funcionamiento del nuevo hogar. La principal diferencia entre ambos ajuares estriba en que los moriscos —en especial los pertenecientes a los sectores más humildes— demuestran haber concentrado sus esfuerzos en completar el vestuario femenino y la ropa de hogar que entregaban a las jóvenes casaderas con ropajes destinados a sus futuros maridos. En la misma línea, el estudio de los enseres domésticos aparecidos en los citados ajuares nos indica que tenían una concepción de la organización del espacio doméstico diferente a la de los cristianos viejos. Esto es lo que desprende de la aparición en ellos de esteras, alfombras, cojines, almohadas o almohadones, y la casi ausencia de mesas, veladores, sillas y sillones, bancos o bufetes. En la misma línea cabría interpretar la práctica ausencia de menaje de cocina, por ejemplo, cuyo valor en el montante total del ajuar es exiguo, un 0,2% del total, frente al 4% de los cristianos viejos.

En suma, es en el marco doméstico donde mejor se aprecian las diferencias culturales entre ambos colectivos. Estas diferencias son visibles en los hogares de los más pobres, pero también en los de aquellos individuos que poseían un patrimonio económico más abultado, y esto, a pesar de que el comportamiento manifestado por unos y otros tendiese a mostrar una clara permeabilidad, e incluso a ir igualando sus patrones nupciales a los de los cristianos viejos. Como vemos, la presencia de disimilitudes de corte económico entre ambas comunidades no anula las de índole cultural sino que las complementa, matiza y corrige, al punto de permitirnos hacernos eco del proceso de integración cultural y social que conoció la minoría morisca en el seno de la sociedad castellana entre 1570 y 1610. Un proceso iniciado en Granada antes de la guerra de las Alpujarras y que, alentado e impulsado luego por la corona, se encontraba en un estado muy avanzado ya a principios del XVII.


Pintura de la calle Morería en 1947 realizada por el cronista de Ciudad Real Julián Alonso Rodríguez

 

 Asimilación y diferencia, a guisa de conclusión

Integración y aculturación son dos términos que la historiografía sobre los moriscos ha utilizado con cierta profusión durante el último cuarto de siglo. De la necesidad de no confundir ambos conceptos alertó en su día Serafín de Tapia en un trabajo teórico que permitió delimitar su alcance y significación. Pese a ello, esto no evitó que se plantearan dudas en relación a su mutua correspondencia y reciprocidad (Tapia, 1995, p. 180). La investigación admite hoy que la recuperación económica que protagonizó la minoría morisca a partir de los años ochenta del siglo XVI, la mutación de sus hábitos productivos y la adaptación a la nueva realidad institucional castellana constituyeron el paso previo a la «integración cultural» de la que nos habla Tapia en su trabajo (Moreno, 2009, pp. 448‑451; Pérez García y Fernández Chaves, 2015, p. 148). A tenor de lo que vamos sabiendo, esa integración tuvo una manifestación variada. Se ha discutido mucho acerca de su vertiente religiosa, de sus éxitos y sus fracasos, como también se ha hablado mucho de la mutación que experimentaron las relaciones sociales y de parentesco de los moriscos. Sin embargo, el conocimiento de su proceso de acomodación a la vida material y a los hábitos de consumo castellanos presenta todavía algunas lagunas que este trabajo ha pretendido cubrir. En este sentido, nos hemos servido de lo cuantitativo para sacar a la luz el efecto que sobre la comunidad de exiliados granadinos tuvieron los intentos de los cristiano viejos para reducirlos a los patrones culturales de la sociedad castellana.

Siguiendo esta senda, hemos señalado la existencia de diferencias entre ambos colectivos. En ocasiones, éstas afloran bajo la forma de simples matices y, a veces, de grietas profundas, pero en uno u otro caso, hemos podido fijar con cierta precisión los distintos parámetros económicos y materiales que moriscos y cristianos siguieron a la hora de dar forma a sus respectivos patrimonios familiares. Como es obvio, se trata de un estudio de caso, pero aun así constituye una buena base para conocer los comportamientos culturales y sociales de ambas comunidades. También para desentrañar sus pautas de consumo y saber qué papel jugaron los diferentes roles culturales en la construcción de los hogares. Al fin y al cabo, las distintas formas de enfrentarse a la realidad material nos dicen mucho acerca de quienes las protagonizaron. Y más aún en el caso de los moriscos, un grupo humano que en apenas dos generaciones padeció dos destierros y se vio obligado a reconstruirse a si mismo en otras tantas ocasiones. De ahí que hayamos enfrentado de este modo la reconstrucción y el análisis de su universo social y cultural, procurando situarlo en su contexto económico y social y huyendo siempre de esa mirada cargada de connotaciones políticas o religiosas que suele ser empleada por sus apologistas y detractores.

Francisco Javier Moreno Díaz del Campo. Obradoiro de Historia Moderna, N.º 26, 2017, (45-69)

 

domingo, 4 de octubre de 2026

LA ASIMILACION Y DIFERENCIA A TRAVÉS DE LOS PATRIMONIOS NUPCIALES DE MORISCOS Y CRISTIANOS VIEJOS, (CIUDAD REAL, 1570‑1610) (V)

 

Edificaciones de la calle Morería en los años cuarenta del pasado siglo


Sea como fuere, es evidente que el atesoramiento de metales preciosos constituía uno de los mecanismos de ahorro e inversión preferidos por los moriscos. Algo que se aprecia con claridad en los segmentos sociales medio-bajos del colectivo — hasta los 1.500 y los 6.000 reales respectivamente—, donde las alhajas tasadas casi duplican el valor que alcanza la suma conjunta de tierras, inmuebles y capital monetario (tabla 5). Un proceder propio pues de las familias con una menor capacidad adquisitiva, dado que los moriscos que disponían de caudales más saneados, como hemos dicho aquellos que se situaban por encima de los 6.000 reales, no tenían mayor problema en derivar una parte de su riqueza hacia la compra de tierras, ganado y viviendas, las cuales entregaban luego a sus hijas en dote. En cualquier caso, y hablando ya en un plano general, en el conjunto de escrituras moriscas manejadas, fincas y casas nunca obtienen tasaciones conjuntas superiores al 30% del total, mientras que entre las de los cristianos viejos esa cifra rebasa el 50% en aquellos grupos sociales que declaraban valores superiores a los 1.500 reales, lo que sitúa a Ciudad Real en unos parámetros parecidos a los observados en el siglo XVI en otros núcleos de Castilla (García, 2001, p. 282). Al margen de esto, es obvio que el interés por las joyas siguió estando presente entre los moriscos más ricos, tal y como nos lo indica lo sucedido en el conjunto de patrimonios superiores a los 6.000 reales (tabla 5).



La centralidad que estos bienes suntuarios tienen entre los moriscos estimamos responde a la existencia de un componente de orden cultural que convendría precisar, ya que, en última instancia, determina la forma en la que debe entenderse su posesión. Basta con pensar, y más allá del alto valor relativo que estos bienes alcanzaron en las escrituras de los granadinos, en las fórmulas específicas que emplearon para transmitirlos y en que los incorporaban a las casas moriscas tanto por vía dotal — acoplándose de esta manera al modelo cristiano viejo— como a través de las aportaciones de los maridos, las cuales no son nada despreciables y se hallan próximas al patrón cultural y nupcial de origen musulmán.

De hecho, los especialistas en el tema insisten en que estaríamos ante un ejemplo más —esta vez de orden material— de la resistencia opuesta por los moriscos al proceso de sometimiento a la tradición sucesoria y nupcial castellana. En realidad, este proceder no es nuevo visto que, y desde el mismo momento de su conversión forzada, los moriscos ya habían puesto en marcha fórmulas similares, como hicieron por ejemplo al enmascarar la consagración islámica del recién nacido en el sacramento del bautismo.



En el caso concreto que nos ocupa, detectamos la existencia de una estrecha sintonía entre la puesta en marcha de las medidas de represión cultural y la casi inmediata aparición de joyas en las arras moriscas. Quienes han analizado esta cuestión en detalle, vuelven su mirada hacia las prácticas dotales islámicas y constatan que, una vez prohibidas, éstas fueron rápidamente incorporadas al modelo matrimonial cristiano, bien sea a través de un proceso de ocultación o bien de su simple equiparación (Zomeño, 2000, pp. 107‑130; Fernández Chaves y Pérez García, 2010, pp. 132‑133). Así habría ocurrido con las arras, en las cuales habría encontrado acomodo el naqd musulmán, la parte inicial de la contribución que el varón entregaba a la familia de su futura mujer al objeto de ayudar a la formación de su ajuar personal (Zomeño, 2000, pp. 107‑108). Al respecto, no hay que olvidar además que los factores de orden simbólico-cultural poseen también un alto valor explicativo de estos comportamientos, por lo que conviene tener en cuenta el hecho de que la posesión de ciertas piezas de orfebrería fue tenida por muchas familias moriscas como un vínculo con la herencia perdida en Granada. Su acopio se mantuvo en el tiempo, si bien su uso cotidiano se perdió o cuando menos varió tras la guerra de las Alpujarras (Birriel, 2002, p. 231; Fernández Chaves y Pérez García, 2010, p. 137‑138; Moreno, 2015a, pp. 112‑113).

 



De ese «sincretismo» entre ambas tradiciones sucesorias y nupciales constituyeuna buena muestra la nómina de aderezos detallados con mayor frecuencia en las escrituras nupciales de los moriscos asentados en Ciudad Real (tabla 7). Una vez máslas cifras resultan esclarecedoras al respecto: seis de los diez complementos más repetidos—anillos, apretadores, sartales, collares, arracadas y cabestrillos— aparecen también en las dotes cristiano‑viejas. De esta forma, nos situaríamos ante un comportamiento dominado por la adopción de prácticas similares, por la asunción de modascomunes y, en todo caso, por la paulatina disolución de las particularidades culturalessucesorias y nupciales de los moriscos en el marco de las tradiciones castellanas.

A pesar de ello, conviene resaltar las diferencias con el mundo cristiano viejo. En esencia, éstas se concentran en la aparición en las escrituras nupciales moriscas de ciertos adornos y complementos de orfebrería en los que es posible ver viva la herencia musulmana —manillas, ajorcas, ajorquillas y zarcillos—, aunque es verdad que estos objetos están presentes también en las dotes cristiano‑viejas, pero nunca en lugares destacados (tabla 7). Asimismo, aparecen en estas escrituras artículos religiosos como rosarios (100 repeticiones; 102 entradas) y agnusdéis (94 apariciones; 103 elementos), los cuales ocupan el tercer y el cuarto puesto en la nómina de objetos de los cristianos viejos, mientras que apenas si aparecen en las relaciones correspondientes a los granadinos. Aun así, este último dato daría cuenta del hecho de que mantener una resistencia de corte cultural y religiosa no resultaría incompatible con la aparición en los hogares moriscos de ciertas piezas devocionales cristianas –cristos y vírgenes, estampas, relicarios, escapularios… Es cierto que su presencia fue minoritaria, pero a día de hoy todavía está por desentrañar el sentido final de su posesión, ya que no sabemos si ésta obedecía a una voluntad sincera de conversión o si era el resultado de una verdadera «disimulación» (Moreno, 2015a, p. 113). Sea como fuere, aparecen en la documentación y añaden un elemento más al debate existente en torno a la práctica religiosa de los moriscos granadinos afincados en Castilla.




Como es lógico, todo lo visto hasta ahora puede matizarse si atendemos a la distribución de lo inventariado a este nivel por grupos de valor (tabla 5). En este sentido, está claro que el deseo común de todas las familias era acondicionar la casa, revestirla de una mínima habitabilidad y otorgar cierta prestancia y dignidad a las personas destinadas a vivir en ella. Estas «exigencias» eran muy diferentes en función del momento vital en el que se otorgaba esta o aquella escritura. De igual manera que en todo ello influyó, y en no escasa medida, el origen social de los contrayentes, su dedicación socioprofesional y su grado de riqueza, aspectos estos que en nuestro caso cobran una especial relevancia (García, 2004, p. 255). No obstante, convienen dejar claro que, sin llegar a igualarse en sus estilos y niveles de vida, los hogares moriscos más ricos tienden a equipararse con los de origen castellano, si bien manteniendo lo que puede calificarse como su principal seña de identidad: la presencia, y siempre como categorías dominantes, de ropas femeninas y complementos destinados al hogar. Algo que podemos ver en la composición de los ajuares.

Francisco Javier Moreno Díaz del Campo. Obradoiro de Historia Moderna, N.º 26, 2017, (45-69)

 

sábado, 3 de octubre de 2026

LA ASIMILACION Y DIFERENCIA A TRAVÉS DE LOS PATRIMONIOS NUPCIALES DE MORISCOS Y CRISTIANOS VIEJOS, (CIUDAD REAL, 1570‑1610) (IV)

 

Vista de la calle Pozo Dulce en los años setenta del siglo XX

 


Los autores que han prestado atención a este tema en otros ámbitos territoriales de Castilla la Nueva coinciden en afirmar que con posterioridad a 1570 los granadinos se enfrentaron a un reguero de dificultades a la hora de rehacer sus particulares economías (Magán y Sánchez, 1993; Gómez, 2000; García, 1992; 2009). En dicho proceso tuvieron un especial peso tanto los factores psicológicos como los de orden material. Entre éstos últimos conviene recordar el cambio de modelo productivo impuesto a los moriscos y las limitaciones sociolaborales aprobadas en su contra por la corona desde, al menos, 1572. Junto a esto, habría que tener en cuenta además la desconfianza reinante hacia ellos en el seno de la comunidad cristiano vieja, lo cual retardaría el establecimiento de relaciones socioeconómicas fluidas con ella, y eso sin olvidar la situación de desarraigo que éstos padecieron durante los primeros años de su destierro. Todo esto está en la base de los desajustes materiales y económicos que apreciamos entre los recién llegados a Ciudad Real.

La escasa apetencia de los moriscos por los bienes de tipo inmobiliario estuvo lejos de desaparecer con el paso de los años. Al contrario, permaneció vigente, llegando a constituir un rasgo básico de su comportamiento económico. Es cierto que la situación económica de muchos de ellos mejoraría de manera notable con el tiempo. De esto da cuenta, por ejemplo, su participación recurrente en operaciones mercantiles de todo tipo. No obstante, hubo factores que retardaron la equiparación material de ambas comunidades. Uno de ellos fue la sensación de provisionalidad que reinó entre los recién llegados tras el destierro, acentuada en su caso por la utópica aspiración de que la corona les permitiría regresar al viejo reino de Granada. Otro factor, fue la indiscutible situación de subordinación económica y social que padecieron frente la sociedad cristiano vieja, cuya manifestación más palpable la encontramos en los protocolos notariales, donde abundan los contratos de arrendamiento de casas, tiendas y talleres pero no los de compra, máxime si la confortabilidad y situación física de tales inmuebles en la ciudad elevaba su precio hasta niveles difíciles de asumir por unas haciendas tan frágiles. A esto cabría unir su incapacidad para competir con los cristianos viejos por la compra de las mejores parcelas agrícolas, lo cual determina que la aparición de este tipo de fincas en las cartas de dote y arras no sea frecuente. De ahí pues que en sus contratos matrimoniales sea escasa también la presencia de herramientas y útiles de trabajo (tabla 4); una categoría en la que se integran no solo los utensilios relacionados con el ejercicio de actividades profesionales (instrumental para la manufactura, mobiliario comercial, aperos agrícolas…), sino también recipientes contenedores, avíos para caballerías de montura, armas o ganado de labor.

En suma, una situación de penuria material de la que solo pudieron escapar unos pocos individuos y familias; en concreto, aquellas que, y a la vista de los patrimonios analizados, se situaban social y económicamente cerca de los cristianos viejos. En todo caso, algo que nunca tuvo lugar antes de los años ochenta del siglo XVI, cuando todo apunta a que la economía de los moriscos comenzó a consolidarse.


Así eran las antiguas edificaciones de la calle Pozo Dulce



Por otro lado, la transmisión de herramientas y útiles de trabajo a través de las escrituras nupciales parece haber sido exigua en ambos colectivos (tabla 4). Algo que sorprende si tenemos en cuenta que dichas herramientas constituían la base sobre la que pivotaba la economía doméstica y de la que dependía la supervivencia cotidiana de muchas familias, en especial de aquellas que no trabajaban para terceros. A tenor de los datos contenidos en la tabla 4, es obvio que estas escrituras no fueron el instrumento preferido por cristianos viejos y moriscos para transmitir su posesión. Lo vio ya en su día Juan Manuel Bartolomé, quien, al referirse a las estrategias sucesorias de los habitantes del Bierzo al término del Antiguo Régimen, afirmaba que los útiles de trabajo relacionados con el ejercicio de la actividad profesional solían pasar de padres a hijos vía testamentaria, y de manera mucho más regulada y oficial a los primogénitos varones (Bartolomé Bartolomé, 1997, p. 391). Esta constatación, que él realiza para el siglo XVIII, es perfectamente extrapolable al marco cronológico en el que nos movemos. Sin embargo, y por motivos obvios, no es capaz de ofrecer respuesta alguna ni a las diferencias observadas entre cristianos viejos y moriscos ni a la casi nula representación que alcanzan entre estos últimos. Al respecto, los elementos de orden productivo vuelven a aflorar una vez más como factor explicativo. Pero en esta ocasión, pensamos que no deberían relacionarse con el músculo económico de la minoría morisca sino con su estructura socioprofesional. Y es que más de la mitad de los granadinos asentados en Ciudad Real se dedicaban a las labores del campo como pequeños propietarios agrícolas y, sobre todo, como trabajadores por cuenta ajena (López-Salazar, 1977, pp. 63‑74; Moreno, 2009, p. 197). Por lo demás, el escaso radio de acción geográfico que tenían los negocios manufactureros y comerciales que regentaban, determinó que la mayoría de sus dueños no considerase necesaria la transmisión de utensilios relacionados con su ámbito laboral debido a su bajo coste y a su escasa durabilidad.

En la explicación de la irrelevancia apreciada en la transmisión de herramientas de trabajo en los contratos nupciales moriscos intervendrían asimismo dos factores. Primero, la manifiesta incapacidad de este grupo para generar excedentes agrícolas y, por tanto, para almacenar grano o fruto a gran escala; y segundo, la prohibición expresa de poseer armas, las cuales alcanzaban un alto valor en las dotes de los cristianos viejos, estando ausentes, por razones obvias, de las de los granadinos.

En la explicación de la irrelevancia apreciada en la transmisión de herramientas de trabajo en los contratos nupciales moriscos intervendrían asimismo dos factores. Primero, la manifiesta incapacidad de este grupo para generar excedentes agrícolas y, por tanto, para almacenar grano o fruto a gran escala; y segundo, la prohibición expresa de poseer armas, las cuales alcanzaban un alto valor en las dotes de los cristianos viejos, estando ausentes, por razones obvias, de las de los granadinos.

Más importante que la cesión de útiles de trabajo vía nupcial fue la dación de bienes suntuarios, no de esclavos, evidentemente, sino de joyas. Consideradas un objeto de lujo, su presencia en las dotes moriscas supera con creces el valor relativo de las inventariadas en las de los cristianos viejos: un 10,8% frente a un 3,3% (tabla 4). Con los datos disponibles, no nos atrevemos a afirmar que lo sucedido en Ciudad Real sea extrapolable al conjunto de Castilla, pero las cifras encontradas nos animan a ello, ya que se sitúan en línea con las aparecidas en las escrituras matrimoniales que realizaron los integrantes de las comunidades moriscas de Granada y Sevilla, donde constituyen, respectivamente, un 14% y un 12% del valor total de las mencionadas escrituras (Fernández Chaves y Pérez García, 2010, pp. 143‑144). Por su parte, también nos anima a ello el hecho de que Máximo García Fernández sacase a la luz en su día que las joyas constituían un 3,8% del valor total de las dotes otorgadas en la ciudad de Valladolid a mediados del siglo XVI; un dato que, pese a todo, no diferencia entre moriscos y cristianos viejos (García, 2001, p. 282).

Básicamente, tres serían las razones que explicarían la presencia en las escrituras moriscas de joyas, alhajas y materiales suntuarios de oro y plata: 1º) la comentada imposibilidad que tenían los miembros de este colectivo para acceder al pleno dominio de fincas rústicas y urbanas; 2º) el hecho de que apenas si haya datos que demuestren que poseían grandes sumas de dinero en metálico; 3º) y a consecuencia de lo anterior, el recurso a este tipo de piezas como fórmula de tesaurización, dado su carácter perenne y la escasa oscilación de su valor en el mercado. Visto así, los bienes suntuarios se situarían entonces a medio camino entre el patrimonio raíz e inmobiliario, que buscaba asentar y situar socialmente a los futuros esposos, y aquel otro destinado a satisfacer las demandas del hogar y de las personas que formaban parte de él. En ese sentido, dentro de la literatura relativa al análisis de la vida material en la Castilla del siglo XVI hay autores que incluyen las joyas como parte del ajuar de la novia, pese que hay también quien no las considera ni tan siquiera una categoría individualizable (García Fernández, 2001, pp. 282‑283; Hernández, 2012, p. 167; Barbazza, 1989; 2000).

Francisco Javier Moreno Díaz del Campo. Obradoiro de Historia Moderna, N.º 26, 2017, (45-69)

 

Otra vista de la calle Pozo Dulce con sus viejas edificaciones


viernes, 2 de octubre de 2026

LA ASIMILACION Y DIFERENCIA A TRAVÉS DE LOS PATRIMONIOS NUPCIALES DE MORISCOS Y CRISTIANOS VIEJOS, (CIUDAD REAL, 1570‑1610) (III)

 

Vista de la calle Pozo Dulce en los años cincuenta del siglo XX

 

La procedencia de los bienes consignados en las escrituras nos permite observar la existencia de ciertos matices económicos y culturales en el comportamiento mostrado por ambas comunidades en torno al matrimonio. Unos matices que se aprecian en la forma que sus miembros tenían de entender y hacer valer la transmisión del patrimonio familiar, la cual nos remite a su vez a la existencia de diferencias de mayor calado entre ellos, relacionadas en última instancia con la consideración y uso que éstos hacían de la institución matrimonial. Por esta razón, en nuestro trabajo trataremos de establecer qué es lo que cada uno de los contrayentes aportaba al hogar recién creado, prestando una especial atención a lo monetario; no en vano, la riqueza es un elemento insoslayable en este tipo de análisis, si bien, tras ella, tras su uso, es posible apreciar la existencia de rasgos identitarios, propios de cada una de las mencionadas comunidades. Así lo han señalado en reiteradas ocasiones Manuel Fernández Chaves, Rafael Pérez García y Margarita Birriel Salcedo, cuyos trabajos constituyen un referente a la hora de estudiar la vida material de las comunidades de los moriscos granadinos antes y después del exilio de 1571. Sus conclusiones insisten en razones de índole cultural y remiten a una más que posible hibridación entre las prácticas dotales de raíz islámica y las de origen cristiano. En otras palabras, las estrategias islámicas de transmisión patrimonial y las instituciones que las representaban habrían sido disimuladas bajo la forma de una práctica cristiana toda vez que los mudéjares fueron obligados a convertirse al cristianismo. A partir de aquí, la progresiva y paulatina consolidación de un sistema jurídico y social que perseguía borrar todo resquicio cultural islámico terminaría por «fosilizar» las antiguas prácticas musulmanas, las cuales habrían sido olvidadas en la etapa que sigue a la Guerra de las Alpujarras (Birriel, 2002, p. 231; Fernández Chaves y Pérez García, 2010, pp. 129‑132).

No está claro aún cómo se produjo ese proceso de incorporación de las mencionadas estrategias a la usanza castellana porque los ejemplos de los que disponemos para estudiarlo son todavía escasos. Debido a esta limitación, cualquier aproximación que pretendamos realizar al tema debe partir de lo económico y atender, al menos en principio, a la cuantía de lo incluido en cada escritura nupcial. En este sentido, son de destacar los más de siete puntos de diferencia que separan a moriscos y cristianos viejos en sus respectivas aportaciones dotales, las cuales ponen de manifiesto por otra parte el mayor protagonismo de la mujer morisca y su familia en la realización de las mismas (tabla 3). No es este un dato aislado, ya que es muy parecido al observado en Granada y Sevilla, donde el montante de las contribuciones económicas masculinas, donas incluidas, asciende, respectivamente, a un 22%, y un 16% (Fernández Chaves y Pérez García 2010, pp. 133‑134).




Es precisamente en las aportaciones realizadas por los maridos donde encontramos la segunda diferencia entre ambos colectivos en Ciudad Real. Lo vemos en la distinta composición del cuerpo de bienes, lo que unido al menor peso que tuvieron las citadas aportaciones entre los moriscos termina por separarlos de manera definitiva. De hecho, los cristianos viejos formalizan sus arras a través de la casi exclusiva entrega de dinero en metálico, mientras que entre los granadinos esta entrega es más variada, llegando a ocupar en ella un lugar destacado las ropas femeninas. Sin duda, se trata de algo que convendría precisar en el futuro pero que, a buen seguro, debe relacionarse otra vez con la más que probable pervivencia de prácticas de raíz islámica (Cardaillac, 1995, pp. 479‑480; Fernández Chaves y Pérez García, 2010, pp. 130‑313).

En última instancia, las diferencias entre ambos colectivos condicionaron también la utilización que cada grupo hizo de las arras y las donas. Prueba de ello, es que los moriscos apenas si utilizaron este último recurso —en gran medida por imposibilidad económica—, mientras que por su parte entre los cristianos viejos constituía el subterfugio al que acudían los maridos que deseaban aumentar su aportación al patrimonio familiar sin violar las leyes que limitaban las contribuciones que el esposo podía hacer al mismo.

2. Estrategias y actitudes ante la conformación de los patrimonios personales

El análisis de la estructura interna de las escrituras nupciales otorgadas por cristianos viejos y moriscos ha permitido constatar que éstas presentan muy pocas diferencias formales y tipológicas entre si, y que las de éstos últimos responden a «la normalidad del modelo castellano». Los mencionados Manuel Fernández Chaves y Rafael Pérez García ya dieron cuenta en su día de esta homogeneidad para el caso hispalense (2010, p. 129), y según lo observado, no parece que las escrituras de Ciudad Real hayan seguido unas pautas diferentes. Esa estructura se repite una y otra vez con apenas leves matices. Así, y a pesar de las excepciones que cabría señalar, la generalidad de contratos matrimoniales comienzan prestando atención a las partidas de valor más alto (casi siempre referidas al patrimonio raíz), y dejan para el final aquellas con una tasación más modesta (menaje, utillaje doméstico, herramientas del trabajo, aperos…).

Este modus operandi invita a pensar que el reflejo documental de lo registrado en dichos contratos habría dependido más de la actitud de los escribanos y de quienes participaban en su valoración que de otro tipo de factores. No obstante, como se ha señalado, en Ciudad Real es posible observar leves matices formales entre las escrituras de cristianos viejos y moriscos en la posición que ocupan algunas partidas concretas, caso por ejemplo de las joyas y los objetos suntuarios. Suele ser habitual que en las dotes de los primeros las mencionadas joyas se tasen justo después de las propiedades raíces, mientras que en las moriscas lo más frecuente es que se ubiquen junto a los enseres que conforman el ajuar, concretamente al lado de la ropa y los complementos femeninos, hecho que nos lleva a considerar la existencia de una cierta unidad de criterio, acaso establecida por la costumbre. Sin embargo, este proceder pudo ser modificado en función de factores tales como la relevancia que tenían los moriscos en cada lugar, la preferencia de éstos por un determinado escribano, e incluso, el deseo personal de los firmantes a la hora de otorgar una mayor o menor relevancia —económica, simbólica o cultural— a cada objeto inventariado.

Para acercarnos al valor de los bienes declarados en los contratos nupciales hemos establecido cinco grandes grupos genéricos, los cuales hemos desglosado luego en trece categorías en las que hemos dado cabida a los más de setenta y un mil artículos documentados. En esta clasificación hemos atendido tanto a la importancia que adquirieron los propios bienes en la conformación de las futuras haciendas familiares como a la funcionalidad que éstos tendrían dentro del hogar (tabla 4). De este modo, confiamos en poder identificar la forma que asumió la transmisión de estos bienes entre los moriscos y los cristianos viejos, y esclarecer si las diferencias encontradas entre ellos se debieron a su desigual posición económica o, por el contrario, si mediaron en ello causas de tipo cultural.

Francisco Javier Moreno Díaz del Campo. Obradoiro de Historia Moderna, N.º 26, 2017, (45-69)

 

La primera diferencia entre ambos colectivos la encontramos en el valor y la importancia de las distintas categorías que conforman el grupo rotulado como Patrimonio. Una diferencia que está lejos de ser una mera cuestión de matiz, ya que la distancia entre moriscos y cristianos viejos en este campo es de 56,4 puntos, y se aprecia sobre todo en los apartados relacionados con la inversión en propiedades inmobiliarias (rústicas y urbanas) y en el capital dinerario disponible (tabla 4).

jueves, 1 de octubre de 2026

LA ASIMILACION Y DIFERENCIA A TRAVÉS DE LOS PATRIMONIOS NUPCIALES DE MORISCOS Y CRISTIANOS VIEJOS, (CIUDAD REAL, 1570‑1610) (II)

 

Antiguo callejón de la calle Pozo Dulce. En esta calle y sus alrededores fue donde se instalaron gran parte de los moriscos llegados a la ciudad tras la guerra de las Alpujarras

 

1. Moriscos y cristianos viejos: rasgos generales de sus patrimonios nupciales

Ciudad Real fue uno de los núcleos urbanos de Castilla la Nueva que más granadinos recibió al término de la guerra de las Alpujarras. Emplazado en el extremo suroccidental de la región manchega, se sitúa justo en medio del triángulo formado por Toledo, Sevilla y Murcia, allí donde Bernard Vincent situaba en su día el epicentro del problema morisco en la España interior (Vincent, 1970, p. 225). A pesar de contar con una vieja morería y de haber convivido con el fenómeno morisco desde los inicios del siglo XVI, la población local acusó los efectos de la afluencia de desterrados procedentes del antiguo reino nazarí, cuyo número ascendía en la primavera de 1571 a 2.684 personas, casi una cuarta parte de los 10.829 habitantes censados en aquel momento (Moreno, 2009, p. 143). El final del proceso de repatriación y el trasvase demográfico originado por la migración ilegal de granadinos a las comarcas vecinas redujeron las cifras iniciales a un porcentaje cercano al 20% del total de la población. Con todo, la instalación de los deportados marcó un antes y un después en la particular historia de la urbe. Desde entonces, los moriscos quedaron «alistados» de una manera relativamente uniforme en sus tres colaciones, al tiempo que hacían gala de una estructura socioprofesional en la que eran evidentes sus preferencias por el sector agrícola, la industria textil y el comercio de alimentación (Moreno, 2009, pp. 119, 197 y 200).

Reconstruida su organización familiar y vueltas a tejer las redes sociales que facilitaban su cohesión interna, la minoría morisca mostró una enorme capacidad de adaptación y pronto recondujo su particular economía cara a su definitiva integración en los circuitos productivos locales. De ello da cuenta el progresivo aumento que experimentó el número de operaciones económicas en las que participaron. También su relevancia y la creciente simbiosis de intereses que manifestaron en este terreno con los cristianos viejos. Tanto fue así, que los propios moriscos fueron partícipes de uno de los periodos de mayor esplendor de la ciudad durante el Antiguo Régimen, siendo su expulsión una de las principales causas que marcaron el inicio de la crisis secular por la que ésta atravesó a partir de entonces (López-Salazar y Carretero, 1993, p. 172).

En La Mancha es fácil detectar la presencia de la minoría morisca en los protocolos notariales posteriores a 1570. La impronta de dicho colectivo fue tan relevante como para que los escribanos locales, poco dados a hacer precisiones socioprofesionales en sus escrituras, se preocupasen por dejar claro el origen de los recién llegados (Ortega y López-Salazar, 2009, p. 77). «Cristiano nuevo», «granadino», «de los del reino de Granada»… son expresiones recurrentes en la documentación de finales del siglo XVI y, como en el resto de Castilla, contribuyen a hacer visible un grupo humano que, desde su conversión forzada, fue empujado a adoptar las fórmulas onomásticas castellanas. Por desgracia, estas acotaciones tienden a desaparecer desde principios del siglo XVII, sumiendo de este modo a muchos moriscos en el anonimato, al punto de confundirlos con los cristianos viejos. Esto nos ha obligado a realizar un esfuerzo suplementario a la hora de proceder a identificarlos, el cual, y en este caso concreto, se ha apoyado en la información contenida en los libros parroquiales y en los listados de moriscos que eran propietarios de bienes raíces en el momento de decretarse la expulsión (Moreno, 2009, pp. 515‑521). La utilización conjunta de toda esta información y el subsiguiente cruce de datos al que ha dado lugar, nos han permitido ubicar mejor a la minoría morisca pues ha contextualizado en su justa medida el número de operaciones en el que participaron los granadinos.




 Una cuestión diferente es saber hasta qué punto la muestra trabajada resulta representativa de la posición que ambos colectivos mostraron frente a la institución del matrimonio. Al respecto, la ayuda de las fuentes parroquiales ha sido limitada, ya que las series matrimoniales conservadas están incompletas, faltando los datos de una de las tres colaciones en las que estaba dividida la localidad (Phillips, 1979, pp. 123‑124). A esta dificultad se añade, además, la más que probable pérdida de documentación notarial y la posibilidad de que, debido a cuestiones de orden económico, no todas las parejas casaderas llegasen a formalizar una escritura de dote (García Fernández, 1999, p. 134). Todos ellos son factores que no nos permiten saber hasta qué punto los contratos realizados ante los escribanos locales se corresponden con el total de esponsales oficiados en Ciudad Real durante el periodo estudiado. Sea como fuere, el volumen de casos documentados invita a pensar que estamos, si no ante una muestra sólida en el plano cuantitativo, sí al menos lo suficientemente consistente y representativa de la realidad local como para alcanzar el objetivo propuesto.

Al objeto de dar una mayor precisión a los análisis, hemos optado por contabilizar no solo el montante económico total de cada escritura —indicado por el escribano al inicio y final del documento—, sino también el valor de cada uno de los artículos que formaban parte de ellas. En última instancia, esto algo que, y en consonancia con lo observado por Máximo García Fernández, nos ha permitido detectar diferencias entre la suma inicial consignada por el notario y el valor de la tasación final (García Fernández, 1999, p. 13). Por otra parte, los objetos que aparecen relacionados en cada escritura —y sus precios— han sido agrupados en diferentes categorías, procediendo luego a distinguir entre los pertenecientes en exclusiva al patrimonio familiar y aquellos que guardaban relación con el ajuar femenino. Esto ha facilitado la obtención de una abundante información cualitativa cuyos pormenores, por las lógicas razones de espacio, se han dejado de lado.

El importe final de las cantidades comprometidas por los contrayentes nos permite situar a los moriscos en los estratos medios-bajos de la sociedad urbana, máxime si se considera que 97 de las 108 familias moriscas documentadas tuvieron patrimonios comprendidos entre los 750 y los 4.500 reales. Al mismo tiempo, la cuantía de las escrituras correspondientes a los propios granadinos, su distribución en tramos de valor y su estudio comparado en relación a lo observado en Ciudad Real ponen de manifiesto la existencia de un comportamiento interno poco polarizado socialmente (tabla 2). Tanto es así, que los ejemplos relativos a las haciendas valoradas en hasta 750 reales son tres puntos inferiores a los contabilizados entre los cristianos viejos (7,4% frente al 10,6%). Lo mismo se advierte en el tramo superior: solo dos escrituras superan los 6.000 reales y ninguna los 10.000, mientras que entre los cristianos viejos éstas últimas representan el 11,3% de los casos.




Son datos de un cierto calado, pues ratifican lo dicho en relación a la práctica económica de los granadinos que se instalaron en La Mancha (Moreno, 2009, pp. 259‑260). También, porque sitúan al grupo en unos parámetros de riqueza muy similares a los observados en las comunidades moriscas de otras regiones del sur peninsular, tal y como se desprende de lo afirmado en su día por Manuel Fernández Chaves y Rafael Pérez García para Sevilla (2010, p. 134). Así, y al igual a como sucedía en el caso hispalense, todo indica que en Ciudad Real, y frente al modelo cristiano viejo, el de los moriscos era mucho más compacto y homogéneo, siendo el nivel de los 6.000 reales el tope de riqueza que alcanzaban sus hogares, visto que los patrimonios que franquean esa cantidad apenas si son un 10,1% del total de la muestra, mientras que entre los cristianos viejos este porcentaje es del 28,6% del total.

Francisco Javier Moreno Díaz del Campo. Obradoiro de Historia Moderna, N.º 26, 2017, (45-69)