La escueta noticia de agencia, leída en los periódicos del pasado jueves, decía lo siguiente:
“Sevilla.- A la edad de 85 años ha
fallecido en esta ciudad el popular imaginero sevillano don Antonio Castillo
Lastrucci, autor de numerosas imágenes que desfilan, procesionalmente, en la
Semana Santa de Sevilla.
El sepelio, celebrado esta mañana
en el cementerio de San Fernando, de esta ciudad, constituyó una sentida
manifestación de duelo.
Sobre el féretro del que fuera cotizado escultor, del gobernador civil y jefe provincial del Movimiento de Sevilla, señor Utrera Molina, colocó la medalla del Mérito al Trabajo que recientemente le fue concedida.”
Hace bastantes años que tuvimos ocasión de
conocer a Castillo Lastrucci. Un grupo de hombres de Ciudad Real, en su deseo
de devolver a su Semana Santa el esplendor de que gozara allá por el
veintitantos, y tras el doloroso e iconoclasta periodo de la guerra civil,
había echado sus hombros la tarea, pesada y compleja, de reorganizar
Hermandades y aun crear nuevas Cofradías, dotando a cada una de ellas de su
“paso” titular. Uno de los artistas en quien se pensó para devolver a la
capital manchega las imágenes que sustituyeran a las desaparecidas, fue el
sevillano Castillo Lastrucci, que gozaba ya de justa fama en el mundo del arte
y especialmente como escultor de figuras religiosas con una garantía de
numerosas obras, extendidas en especial por toda Andalucía.
Era párroco de San Pedro, por aquel entonces, un hombre apasionado por el arte en sus más varias manifestaciones: don Emiliano Morales. Y gracias a él llegaron hasta Ciudad Real escultores como Castillo Lastrucci y Antonio Illanes, que dejaron muestras de su valer en nuestros templos, con imágenes que hoy son justamente elogiadas por quienes las contemplan.
Castillo Lastrucci, no obstante sus años,
quiso venir a Ciudad Real y ver aquí parte de su obra, que se extendió incluso
a algunos tronos, como llaman en Sevilla las andas o carrozas. Que nosotros
recordemos se deben a su gubia general el Santísimo Cristo de la Piedad y su
magnífico trono, Nuestra Señora de los Dolores de la Catedral el niño de la
palangana y dos figuras –el escriba y el trono del “Ecce Homo” verdadera
filigrana de encaje en madera. También en la provincia fue dejando el
extraordinario imaginero sevillano muestras diversas de su categoría artística,
unánimemente reconocida.
Cuando tuvimos ocasión de tratarle, no obstante su edad, se echaba de ver su ilusión juvenil, su alma de artista enamorado de las obras que iba creando, dentro de la más pura ortodoxia religiosa. Era hombre poco apegado a lo material. Aun reconociendo que precisaba de compensación económica, nunca anteponía lo crematístico a lo artístico. Así nos lo dijo a un grupo de hermanos mayores cuando el viaje a Ciudad Real a que antes nos hemos referido y personalmente al que esto escribe cuando le visité en su lugar de trabajo en su amada Sevilla, en el estudio de escultor instalado en una recoleta calle de la capital andaluza.
Castillo Lastrucci ha trabajado hasta su muerte. Su inquietud de artista no le permitía gozar del descanso bien ganado por todo hombre que ha culminado una vida entera en su profesión. Y hasta que las manos se lo han permitido ha seguido dando frutos de su genio creador, que estamos seguros de que ahora, en el momento de su muerte, será ensalzado como corresponde a un artista de su talla.
La imaginería religiosa ha perdido, con la desaparición del famoso escultor, uno de sus más fieles y tradicionales intérpretes. Quienes tuvimos la dicha de conocerle hemos de dedicarle, con tan triste motivo, el recuerdo de una amistad sincera y la oración por el artista de honda fe católica, que supo plasmar en centenares de obras de vasta producción, el respeto por la tradición del más sublime drama de que tiene noticia la humanidad: Cristo y la Redención.
Cecilio López Pastor. Diario Lanza
de 2 de Diciembre de 1967.