PARTE I.
ALARCOS. —LOS GOLFINES.—
LA SANTA HERMANDAD .
A unos 11 kilómetros y al 0. de la capital, cuya reseña histórica, aunque A la ligera presentaremos más adelante, vése un pequeño cerro y en su cumbre un sencillo templo, cuya fundación es desconocida, dedicado a Nuestra Señora de Alarcos, porque ésta tan renombrada ciudad se extendió en derredor de aquel histórico, religioso y artístico monumento.
Llamóse Alarcos en lo antiguo Laccuris, y de ella se ocupa Alejandro Ptolomeo, haciéndola figurar entre las poblaciones de la belicosa Oretania, conociéndose en la edad media con el nombre de Alarcuris. Andando el tiempo, fue ganada al emir de Toledo y dada en dote por el de Sevilla Eber-Abed a su hija Zaida, cuando en 1083 se casó con Alfonso VI. Cedida más tarde por los cristianos, se arrebató a los moros por Alfonso VII en 1130, para perderla al poco tiempo y volverla a recobrar en 1158, aunque convertida en un montón de ruinas. Reedificada y poblada de nuevo por Alfonso VIII en 1178, se encomendó su defensa á los caballeros de Calatrava, quienes más tarde la obtuvieron en propiedad. Y el 19 de Julio do 1195, vencido Alfonso por el emperador da los almohades Yacub-ben-Yussuf, vió demolidos sus muros y entregada a las llamas, y sus habitantes llevados a poblar un barrio de Rabal, en la costa de África.
Reconquistada Alarcos después de la
batalla ganada á los moros por el mismo Alfonso en las Navas de Tolosa el 16 de
Julio de 1212, hiciéronse grandes esfuerzos por el rey y sus sucesores para su
repoblación; pero ni estos esfuerzos ni las franquicias y privilegios
concedidos durante medio siglo para atraer moradores a aquel ominoso país, fue bastante para evitar que quedara yerma y baldía toda la orilla del Guadiana hasta más allá de Calatrava la Vieja, ya también abandonada.
Por entonces, y cuando arrojados-los
infieles del otro lado de Sierra Morena debía considerarse restablecida la
calma a este país, aparecieron, sin embargo en él, por efecto de las continuas
guerras que habían precedido, hordas de bandidos, que por su cuenta y provecho
continuaron los estragos que aquellas traen siempre consigo: vagos y
malhechores, criminales prófugos, osados aventureros, é hidalgos arruinados por
el juego y otros vicios, y sin más patrimonio que su espada, replegábanse de
todas partes hacia la solitaria frontera, como terreno neutral de sus
fechorías, y guarecidos en las vecinas selvas y montañas, tan pronto robaban
los ganados y cosechas de los nacientes lugares manchegos, como interceptaban
el tráfico y comunicación que las nuevas conquistas creaban entre Toledo y
Andalucía. En sus atropellos no distinguían entre cristianos y moros, entre
pastores y mercaderes, entre señores y pecheros: la violación, el robo, el
homicidio eran su ley invariable. Conocíase a estos bandidos con el nombre de
Golfines, y su jefe reconocido se llamaba Carchena.
Demolida Alarcos, uno de sus más ricos y nobles habitantes edificó su casa en la pequeña aldea, término de aquella célebre ciudad, llamada Puebla del Pozuelo, cambiando su nombre por el de su nuevo poblador, en Pozuelo ó Pozo seco de D. Gil.
En aquella casa, y por los años de 1245 de la era cristiana, se hospedó el santo rey D. Fernando, a su vuelta de las Andalucías, y en ella aguardó a su esposa D.* Juana y á su madre Dª. Berenguela, reina de León, que venían a su encuentro desde Toledo. Allí oyó el rey de boca del anciano D. Gil Turro Ballesteros la relación de los excesos que los Golfines impunemente cometían , y tomando sus consejos creó tres Audiencias con el nombre de Hermandades; la primera en Pozuelo de D. Gil, la segunda en Ventas con Peña Aguilera, que después se trasladó a Toledo, y la tercera en Talavera, divididas en cuadrillas, llamadas cazadores, colmeneros, hortelanos y gente montaraz. Nombró el rey jefe de la primera á D. Gil, y a sus dos hijos, Pascual Ballesteros y Miguel Turro, de las otras-dos, autorizándoles para perseguir bandidos en campo yermo.
Compúsose la Hermandad de Pozuelo de D. Gil, conocida después con los nombres de santa, real y vieja, de caballeros y colmeneros, bajo determinados votos y privilegios, que en la aprobación obtuvieron del mencionado rey D. Fernando. Y los pastores empezaron contribuyendo voluntariamente con una res de cada rebaño para mantenimiento de los cuadrilleros, tributo que después se hizo obligatorio por orden de Alfonso X y Sancho IV.
Armóse de ballestas la vengadora milicia,
y dando caza sin descanso a los foragidos hizo sentirles el terror que antes
causaban a las indefensas poblaciones. Donde quiera que fuesen aprehendidos los
Golfines, allí suspendidos de un árbol morían atravesados de flechas, dejando
pendientes los cadávores por triunfo: más adelante se fijó el teatro de estas
sangrientas ejecuciones a una legua de la ciudad, objeto de este libro, en
Peralvillo, pobre aldea cerca del Guadiana, la cual fue por muchos siglos
espanto -de bandidos. Y como para que al lado de la justicia brillase la
misericordia, cuenta la tradición que Sancho de Valdivieso, compañero de D.
Gil, formando una cruz de espinosa arzolla, con palabras de consuelo y perdón endulzaba
la agonía de los reos, y daba a sus restos piadosa sepultura, naciendo así
gemela de la Santa Hermandad, la Cofradía de la Caridad.
Dedicáronse los cuadrilleros con tanto ahinco a cumplir su promesa de extinguir aquella raza de malhechores que a los 45 años de continuas fatigas y en tiempo de Sancho IV, ya se consideraron en el caso de pedir la relajación de los votos y de renunciar los privilegios; pero era tal el concepto que se habían granjeado por su valor y servicios que la santidad del pontifice Celestino V, u instancia del mismo rey, no accedió a la relajación solicitada, calificando la Hermandad con las palabras: Hoec sancta vestra fraternitas, que usó en su bula expedida en 1294.
Los muchos privilegios y las exenciones y prerrogativas obtenidas de los reyes por la Santa Hermandad, fueron siempre concesiones remuneratorias de servicios eminentes, como los prestados en el siglo XIV, durante la menor edad de Fernando IV, y en el XV, reinando Juan II. Entre estos privilegios mencionaremos la exención de pagar el diezmo de miel y cera, concedido por Sancho el Bravo, y la concesion de uso de sello, hecha por Fernando el Emplazado. Los reyes posteriores hasta Juan II confirmaron todos y ampliaron sus privilegios, y los reyes católicos, Dª. Isabel I y D. Fernando V, les dieron en 1485 nuevas Ordenanzas, expedidas por su consejero Francisco Maldonado, que adolecen de una severidad draconiana.
Según ellas, el hurto menor de 150
maravedises se castigaba con destierro y azotes, pagando el duplo a la parte y
el cuadruplo para gastos al Tribunal; hasta 500 maravedises se castigaba con
100 azotes y pérdida de las orejas; hasta 5.000 con mutilación del pié,
prohibiendo al ladrón, so pena de muerte, salir jamás a caballo; y el que
robaba de 5.000 arriba era asaeteado en el campo por los cuadrilleros con trece
saetas. Igual suplicio se imponía por salteamiento de bienes, violación de
mujeres en despoblado, no siendo rameras, y por muertes y heridas alevosas,
aunque solo fueren intentadas. Establecióse también que por la captura de un
criminal se abonase al aprehensor o aprehensores 3.000 maravedises, si era reo
de muerte; 2.000 si solo merecía pena corporal, y 1.000 a los condenados a
multa o destierro.
Hasta en tiempo de los reyes últimamente
citados, los servicios de la Santa Hermandad se limitaron a la seguridad de los
caminos y a poner coto a los salteadores que infestaban el país; pero en 1488,
dichos reyes resolvieron darla más importancia, haciendo que formara un
ejército que, al mismo tiempo que sirviera de poderoso elemento contra los
enemigos exteriores, constituyera un contrapeso formidable para la oligarquía.
Para llevar a cabo este pensamiento, sometido al arzobispo de Palencia, al
provisor de Villafranca y á Alonso de Quintanilla, contador mayor de Cuentas,
como resultado de lo acordado en la Junta general de la Santa Hermandad, por
Real cédula de 15 de Enero del expresado año, se verificaron levas, cuya fuerza
ascendió a diez mil infantes, de entre los cuales se eligieron 300
espindargueros y 700 piqueros, divididos en 12 capitanías.
El jefe supremo de las fuerzas de la Hermandad ejerció desde luego sobre las tropas la misma autoridad que los cónsules en los ejércitos romanos, y mandaba revistarlas por jefes llamados gobernadores.
El traje de los soldados, sumamente sencillo, consistía en sayo de lana blanca con manga ancha, calzas de paño encarnado, cruz roja en el pecho y la espalda, y la cabeza cubierta con un casco de hierro batido pero ligero: su armamento se reducía a la lanza y a la espada pendiente del talabarte.
Las banderas de las tropas de la Hermandad estuvieron depositadas en la Armería real, pero han desaparecido, sin que se sepa su paradero.
Si bien este cuerpo de ejército fue disuelto cuando cesaron las circunstancias que habían obligado a formarle, la Santa Hermandad, por el incremento que había tomado, merced a los privilegios de los soberanos, siguió ejerciendo su jurisdicción desde Aranjuez a Cádiz, cesando de juzgar a los delincuentes por medio de sus alcaldes en el año de 1835, en que dejaron de existir todas las Hermandades.
Las últimas Ordenanzas se aprobaron por el Consejo de Castilla en 1792. Su cárcel aún existe, que es la del juzgado de la capital, y Peralvillo sigue siendo como hace siglos una pequeña y mísera aldea.
El que la Hermandad llegase a ser inútil o
poco conforme con nuestras leyes y costumbres, no puede borrar ni los servicios
que prestó ni las calidades de los ilustres honrados manchegos que la formaron
y compusieron, sin haber merecido nunca la chistosa, pero no justa,
calificación que de estos cuadrilleros hizo Cervantes en boca de D. Quijote.



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