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domingo, 24 de junio de 2018

LA BIBLIOTECA HISTÓRICA DEL VIEJO INSTITUTO SAN JUAN DE ÁVILA



El Instituto, ubicado en el desamortizado convento de la Merced, comienza con un presupuesto de 81.000 reales de vellón, de los que 70.000 se destinan al pago de profesores y personal subalterno y 11.000 a la adquisición de libros, material didáctico y de oficina; así comienza la Biblioteca del Instituto. Pero no partía de cero, solo con parte de los 11.000 rs. de presupuesto, sino que heredó la biblioteca del convento. Al Instituto fueron a parar también las bibliotecas de otros conventos desamortizados, quedando depositadas en un almacén hasta que en 1881 se decidió habilitar un espacio específico para biblioteca: así los fondos desamortizados se mezclaron con los del Instituto, siendo utilizados exclusivamente por profesores y alumnos, hasta que en 1896 la Biblioteca, hasta entonces dirigida por profesores, se convierte en Biblioteca Pública, encargándose de ella un funcionario del Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios; abrió sus puertas al público en general en 1900; en las dependencias del Instituto permanecerá hasta 1926, año en el que lo abandona para pasar a unas instalaciones de la Diputación; buena parte de los fondos desamortizados serían trasladados a la nueva ubicación; por ello nosotros de la desamortización no tenemos prácticamente nada.


Nuestro actual Fondo Antiguo procede de las adquisiciones que se han ido haciendo a lo largo de los años y de las donaciones recibidas; entre estas la más importante no solo por su volumen, sino también por el tipo de colección, es la de los hermanos Clemente y López del Campo, José Patricio y Manuel, afincados en Moral de Calatrava: en torno a 1000 ejemplares de nuestro fondo antiguo proceden de su donación. Este hecho aparece recogido en la Gaceta de Madrid del 26 de septiembre de 1912, en la que una Real Orden del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes da las gracias a D. Manuel Clemente y López del Campo por la donación al Instituto de Ciudad Real de una colección de moluscos y unas 1000 obras literarias y científicas, lo que firma el subsecretario del Ministerio por orden de S.M. el Rey.

Entre los más de 20 000 volúmenes de los que hoy dispone nuestra Biblioteca, superan los 4000 los catalogados como pertenecientes al Fondo Antiguo, entendiendo como tal, y siguiendo indicaciones del Catálogo Colectivo del Patrimonio Bibliográfico (CCPB), todos los fondos hasta 1958, fecha de la aparición del Depósito Legal. Tenemos en total catalogados 4266 ejemplares hasta esa fecha. De los siglos XVIII y XIX cuenta nuestra biblioteca con 1694 volúmenes, de la 1ª mitad del siglo XX con 2572.


Todo este Fondo Antiguo ya aparece en el CCPB, siendo nuestra biblioteca una de las cinco de Ciudad Real que figuran en él; también se encuentran ahí las bibliotecas de otros institutos de Castilla-La Mancha que fueron creados al principio de la década de los años cuarenta del siglo XIX (El Greco, de Toledo; el Alfonso VIII de Cuenca y el Brianda de Mendoza, de Guadalajara). Del valor del Fondo Antiguo de nuestro Centro da idea el hecho de que los catalogadores del CCPB encontraron en nuestra biblioteca 483 ejemplares nuevos que no estaban entre el millón de volúmenes con los que en ese momento contaba el CCPB.




sábado, 23 de junio de 2018

D. RAMÓN ÁLVAREZ



¡Joaquín, Ignacio, Dámaso, Ramón, Mateo, Emilio, Ángel, Rufino, Antonio…! ¿No lo sabéis? ¡Hoy me lo han dicho y no sé qué cosa se me atravesó aquí, en la garganta, y me subió a los ojos y en ellos se derritió! No sé cuando fue, pero ha sido. ¡Poneros de pie donde quiera que estéis –en el cielo o en la tierra- los veintiocho que formábamos nuestro curso y decir, como yo dije al saberlo y repito con vosotros.

¡D. Ramón Álvarez, Catedrático del Instituto de Ciudad Real, en paz descanses!

¿Verdad que también a vosotros os sube algo a los ojos y se escapa en gotitas y gotitas no saladas y si amargas? Dejadlas que corran en el ¡adiós maestro, hasta luego! el discípulo agradecido y emocionado.

¿Os acordáis de nuestro Instituto en la segunda decena del siglo?

Por el callejón, desde la Academia, por las calles del Camarín, de la Rosa, de Caballeros, del Carmen, íbamos llegando a primera hora de la mañana con el portalibros colgando de la mano, regustando aún la aceitosa “porra” de buñuelo bien empapada de chocolate de Barrenengoa y quién quemándose con la colita de un anémico pitillo ¿de anís?... ¡de tabaco, que caray! Bien sisado en casa o mejor comprado con las perras que para ver a “Fantomas” nos daban el domingo, y todos con los verbos aller, vouloir, savoir… bailando inconexos en la mollera.

En punto –nunca faltaba ni llegaba tarde- empezaba don Ramón su clase -¡de una hora cabal y justa! –de tensión de ánimo de sobresalto, de silencio… ¡y nunca maldecíamos de  don Ramón! ¡Os acordáis! ¿Por qué seria, si se enfada con nosotros, si nos ponía ceros, si nos calificaba más bajo que otros catedráticos, si no permitía distracciones, ni apuntar, ni recomendaciones? ¿Os acordáis de aquellos “oído a la cajas que eran tantos a favor del  suspenso y la seguridad de él a las tres veces de decírselo a uno? ¿Os acordáis del broncazo que echó a Mateo, a Bustamante, a Loeches, a mi...- ¿a quién fue? –por un bostezo sonoro en el silencio de la clase?

-¡Aaaah!... –remedó, serio, seco, atronador- qué aburrido es el Francés, Sr. Fulano. Podría usted no haber venido, pero eso sí, hay que saber Francés para aprobar. ¡Oído a la caja!

…Y sin embargo, no maldecíamos de él y sin embargo, aprendíamos Francés.

Aquel Maestro, aquel Catedrático austero, integro de potente bigote medio retorcido, de lentes sobre la gran nariz afilada y ante unos ojos escrutadores, de gran calva de poca estatura, delgado acerado, sabio, rígido, serio, correcto, respetuoso, justo -¿sería esto la causa de no maldecir de él?- se transfiguraba el día de la última lección del segundo curso de Francés. ¿Recordáis? Llamaba a uno (aquel año el día 15 de mayo fue el último de clase y me tocó a mí. Apuntado lo tengo, desde entonces en mis “Trozos escogidos”).

-Traduzca usted “La derniera clase”.

El Excmo. Sr. Gobernador Civil, Marqués de Villasierra; acompañado del director del Instituto D. Cristóbal Caballero, autoridades y catedráticos, que asistieron a la apertura del curso en el centro de 2ª enseñanza de esta capital. Vida Manchega, 2 de octubre de 1929

…Y era él quien lo hacía emocionado y se le saltaban las lagrimas al despedirse de nosotros con las últimas frases:

…“M. Hamel se leva, tout pale, dans sa chaise. Jamais el ne m’ayait pasu si grand”.

-“Mes amis, dit-il, mes amis, je…, je…:

“Il ne pauvait pas achevez sa phrase.

“Puis il resta la, la téte appuyée au mur, et, sans parler, avaié sa main, il nous falsait signe”.

“C’est fini… aqer-vous-en”.

¿Verdad que aquel día la clase parecía corta y costaba trabajo marcharse y algo afilado y sutil os hormigueaba dentro y os hormiguea hoy al recordarlo?

¿Te acuerdas, Ignacio, cómo lloraba aquel día y te consoló don Ramón?

No tuvo alumnos: tuvo discípulos, y ha tenido vida tanta y tan recia y sana como para derrocharla en pena al morir su hijo Agustín, nuestro compañero -¿lo recordáis?-; como para darla profusa en la Cátedra durante años y años hasta su jubilación; como para desflecarla activa y viva muchos años después ¡ya veis, hasta ahora, hasta los 80 años bien pasados! ¡Pobre don Ramón!

¿A quién le dio matrícula en Caligrafía don César Valiente? Que coja un tintero de tinta de oro y un pincel duro y poblado y vamos todos, todos -¡ojala la vida y la muerte, permitieran nos reuniéramos todos!... a nuestro Instituto y cuando el reloj de la escalera marque aquella hora de la clase de Francés, arrollemos a Zorita si es preciso –como antaño Onofre en nuestras inocentes huelgas pidiendo vacaciones- y le quitaremos la llave del aula, si no nos la da de grado, y a pie firme, cada uno en su sitio -¿lo recordáis?- en silencio estafemos mientras nuestro compañero, con rasgos sencillos, femeninos, como el amor primero, pero firmes y hondos, como rasguños en besana, escribe en la pared, tras el sitio donde se colocaba el maestro.

Don Ramón Álvarez tuvo aquí su cátedra.

¡Cuidado, nadie sea osado a borrarlo nunca, que es la gratitud nuestra quien lo puso y nadie puede profanar la gratitud del alumno.

Y si nos tratasen de locos, tirémosles a la cara la respuesta orgullosa:

-Desdichados los desagradecidos, porque a ellos les está prohibido gustar la dulce locura del agradecimiento.

Joaquín, tú que era el número uno de nuestra promoción léenos, antes de marchar “La derniére clase”. El espíritu de Don Ramón estará con nosotros y con él bajarán los que la muerte nos quitó y se colocarán en sus sitios y estaremos todos a pie firme, oyendo. ¡Firme el ánimo, que estamos con él! Lee despacito, Joaquín, para que dure mucho, ¿no ves que estamos todos juntos y vamos a sentir mucha pena al separarnos?
¡Ahora, si, Maestro nuestro, catedrático Don Ramón Álvarez, ahora sí que nos das “la última clase”, tu última lección con el “c’est fini” silencioso de tu vida recta, honrada, colmada, envidiable!

…Cuando salgamos de esa lección, el reloj de la escalera de nuestro Instituto seguirá señalando horas, con ritmo estúpido, de sesenta minutos… Pero a nosotros no nos sirve ya para nada un reloj incapaz de detener el tiempo en los instantes emocionados de la vida.

Julián Alonso Rodríguez. Diario “Lanza”, viernes 3 de septiembre de 1948, página 3.


viernes, 22 de junio de 2018

EL INSTITUTO DE ZORITA



Amaneció nevado. A media mañana, sentado al calor del brasero, me puse a leer un libro. Me interesaba entonces por los autores rusos. Pero aquel día no lograba concentrarme en la lectura; la nieve se iba apoderando de mi imaginación.

-En el jardín del Instituto estarán jugando con la nieve - pensaba. Había terminado mi Bachillerato el verano anterior.

-Ya no puedo ir allí -seguía pensando-. Sería un extraño. Ya no soy estudiante. Ahora soy un hombre.

Deslizándose sobre la blancura del patio, a través de la ventana, llegaban los recuerdos. Apena hacia un año desde que reñimos furibunda batalla en defensa del jardín del Instituto. También había nevado. Nos atacaban los estudiantes de Comercio y de la Academia. (Entonces la Academia estaba donde hoy Escuela del Magisterio). Cuando arreciaba la lucha acudieron las chicas en ayuda nuestra. Ellas hacían bolas de nieve, las amontonaban y así nosotros disponíamos de abundante proyectiles. Los profesores nos animaban a la pelea desde una ventana. Don Andrés Ramiro, don Teo, don Eusebio el director... Zorita, el bedel,  vigilaba en la puerta,  por si tenía que proteger una retirada.

Otro día de nevada, un par de años antes. Nos deslizábamos sobre la nieve que cubría el paseíllo del jardín. Colocado uno en cuclillas, otros dos lo asían de cada mano y lo arrastraban a todo correr. Al entrar a la clase Zorita nos propinó buena regañina. Era clase de dibujo. Hube de salir indispuesto; el frio me había cortado la digestión del de ayuno. Mi compañeros se reían; Zorita habla tenido razón.

Zorita era el típico bedel: bueno, amigable y gruñón. Bajito, más bien cenceño, con ojillos azules de mirar astuto. Llevaba gran mostacho de guías largas, ligeramente retorcidas. Cuando queríamos embromarle, el mostacho era motivo muy propósito.

-¿Que se levanta usted a media noche, para subir al Observatorio? -le decíamos. ¡Qué va a levantarse! Usted lo que hace es sacar un dedo fuera de la cama.

El comenzaba a enfurruñarse.

Ni eso siquiera. -Seguíamos, burlones redomados-. ¡Las guías del mostacho!, esas sí que asoma usted. Si se le ponen lacios de humedad el parte meteorológico dirá: intenso temporal de lluvia; Si no, buen tiempo.

El enfado alcanzaba entonces su punto álgido. Le hablamos tocado en su flaco, el observatorio. Zorita era esclavo de su observatorio. Subía allí cuantas veces fuera necesario,  durante años y años, un día tras otro, cada mañana, a las nueve en punto, llevaba el parte a telégrafos en una maletita de madera. Cuántas mañanas lo encontré yo, siempre con su maletita de la mano. El observatorio era las niñas de sus ojos.

El libro seguía ante mi vista. Pero las letras se habían transformado en imágenes de mil sucesos vividos en mis años escalares. ¡Cuántas travesuras!

El jardín del Instituto pintado por Ángel Andrade Blázquez en 1932

En mi memoria, Zorita buscando la clase desde donde le llamaban. Habíamos puesto un trozo de tiza entre la pizarra y el botón del timbre y la llamada se prolongaba interminable. Al fin lo descubrió.

Muchos años antes- Lo recuerdos crecían en mi mente y se amonaban como los copos de nieve sobre el patio-. Zorita y Rivero repartían las papeletas de fin de curso. Aún existía la emoción de las papeletas en mis primeros años de bachillerato. Subidos sobre un banco, en la galería, los bedeles iban gritando nombres y más nombres. Al oír el nuestro nos precipitábamos a recoger la papeleta. Unos corrían, dando saltos; las notas eran buenas. Otros se retiraban cabizbajos, pensando en la reprimenda paterna, en el duro verano que les esperaba.

Zorita y Rivera. El primero, castellano viejo. El segundo, manchego, socarroncete y un tantico cascarrabias. Ambos gustaban de la charla con los estudiantes de los cursos superiores, ambos amigos de los estudiantes, ambos buenos a carta cabal. Si era menester, también sabían propinar algún que otro pescozón.

Había otros dos bedeles: Santos pacienzudo, carialegre, y Damián, joven seriote, muy galante con las chicas. No queda en el Instituto ninguno de los viejos bedeles; ni Damián, ni Santos, ni Rivero, ni Zorita.
Pasaron diez años. Una mañana de verano fuimos a enterrarlo. Yacía en el ataúd sobre un catafalco, en el zaguán del Instituto. En el mismo lugar habían reposado, por unas horas, los cadáveres de algunos catedráticos. No merecía él menos honra. Su nombre era Bernardino, pero hasta su misma esposa le llamaba Zorita.

Allí estábamos todos: profesores, viejos y nuevo; alumnos, antiguos alumnos, hijos y padres. Un poco de nuestra hechura de hombres se lo debíamos a él, a Zorita el bedel.

Cuando, por la calle Toledo,  lo llevábamos camino del cementerio se iban tras él muchas antiguas ilusiones y buena parte de nuestra vida.

Ahora, sin Rivero, sin Zorita en el zaguán, el Instituto me parece una cosa extraña.

José Úbeda. Revista “Calatrava” nº 8, enero-febrero 1962


jueves, 21 de junio de 2018

EL INSTITUTO DE SEGUNDA ENSEÑANZA EN LA CÁMARA DE JULIAN ALONSO


Gabinete de Historia Natural, vitrinas de zoología el 5 de enero de 1937

Julián Alonso Rodríguez, Cronista Oficial de Ciudad Real y gran conocedor de nuestra historia, llegó a ocupar entre los años 1938-1939 el cargo de Director del Instituto de Ciudad Real. Tuvo dos pasiones que le acompañaron en su vida: el amor a la fotografía y su dedicación a la enseñanza.

Gabinete de Historia Natural, vitrinas de zoología el 28 de marzo de 1939

La cámara de Julián Alonso se disparó en cientos de ocasiones, formando un valioso archivo. Algunas de estas fotos están agrupadas en álbumes, que se conservan en el archivo de la Diputación Provincial. El número VI contiene unas fotografías del estado del Instituto entre los años 1937 y 1939, es decir cómo se encontró Julián Alonso el Instituto y como lo dejo tras ocupar el cargo del Director del mismo.

Gabinete de Historia Natural, vitrinas de mineralogía el 5 de enero de 1937

Gabinete de Historia Natural, vitrinas de mineralogía el 28 de marzo de 1939

Gabinete de Agricultura, laboratorio el 5 de enero de 1937

Gabinete de Agricultura, laboratorio el 28 de marzo de 1939

Pared en la Cátedra de Agricultura el 5 de enero de 1937

Cátedra de Agricultura con la pared arreglada el 28 de marzo de 1939

Cátedra de Castellano el 5 de enero de 1937

Laboratorio de Química el 5 de enero de 1937

Material de Gimnasia el 5 de enero de 1937

Galería el 5 de enero de 1937

Clase el 5 de enero de 1937

Gabinete de Ciencias Naturales  el 28 de marzo de 1939

Estado de los urinarios el 5 de enero de 1937

Estado de los urinarios el 5 de enero de 1937

Estado de algunas ventanas el 5 de enero de 1937

Secretaria el 5 de enero de 1937

Estado del Instituto el 5 de enero de 1937

Estado del Instituto el 5 de enero de 1937

Patio interior el 5 de enero de 1937

Patio interior el 5 de enero de 1937

Escalera en el patio interior el 5 de enero de 1937

miércoles, 20 de junio de 2018

LA FACHADA DEL VIEJO INSTITUTO “STA. MARIA DE ALARCOS”



En nuestro diario LANZA del día 9 de diciembre de 1984, se publicó un artículo escrito por don Ángel Jara y su hijo, referente a un capítulo de la historia del viejo instituto de "Santa María de Alarcos".

Me gusto mucho, todo cuanto se escriba de este Instituto lo leo con gran alegría, pero veo que todavía hay buenas personas que se interesan por “mi viejo Instituto”: Digo mío, porque en este centro nací, me crié y estudié, y todo cuanto soy lo aprendí y conseguí viviendo bajo su techo.

Don Ángel y Angelito, sin ánimo de molestar les digo, que en los años 20 no era así la fachada del Instituto de Segunda Enseñanza como dicen en su artículo estaba peor arreglada por no decir cochambrosa.

En el curso académico de 1927 a 1928, siendo director del Instituto don Ramón Álvarez Martín, catedrático de Lengua Francesa y el secretario don Rodrigo Méndez Sánchez, catedrático de Agricultura consiguieron un buen pellizco del Ministerio (como entonces se decía), para realizar una obra de consideración en el mencionado Centro.

Arreglaron los tejados, dependencias interiores y hasta le tocó el turno a la “fachada”. La retocaron y la pintaron de color caña y de blanco los adornos de los huecos de las ventanas y balcón principal, el friso como era de piedra también le retocaron y limpiaron muy bien.

Según me contaba mi padre y que yo recuerdo, de esta obra se hizo cargo el maestro Burgos (abuelo materno de don Manuel Espadas Burgos, director del Instituto de Estudios Manchegos y etcétera etcétera). Cito al maestro Burgos porque en aquellos años fue uno de los maestros de obras de más prestigio de esta ciudad, siéndolo hasta su fallecimiento que me parece que fue por los años 41 al 43.

A mediados del año 1940 y comienzos del año 1941, siendo director del Instituto don José Balcázar y Sabariegos, se hicieron obras importantes en el mencionado centro, se arregló muy bien la fachada dándole aire más moderno, pues quería que todo estuviese bien arreglado para celebrar el día 31 de abril de este mismo año el primer Centenario de la Fundación del Instituto.

En la fotografía que aparece en el artículo y que es de mi Propiedad, se hizo a Primeros de marzo de 1941 y se puede apreciar en el dintel de la puerta un rótulo de madera que lo hizo el maestro carpintero Ángel Díaz en el que dice "Instituto Nacional de Enseñanza Media "Maestro "Juan de Ávila", nombre con el que se designó al Instituto por orden ministerial de 23 de marzo del mencionado año, siendo entonces ministro de Educación Nacional don José Ibáñez Martín.

En la parte superior dé la fachada y a la derecha justamente donde estaba situada el aula de Lengua y Literatura, Cátedra que desempeñaba don José, se ve la efigie de la destruida imagen de Nuestra Señora del Prado en azulejos trianeros que don José en persona encargó en Sevilla en la fábrica de"' cerámica de Ramos Rejano. También se trajo  dos farolillos que según el compro en la calle de las Sierpes que luego lucieron durante muchos años y a su costa.

Imagen de la Virgen del Prado en azulejos trianeros en la fachada del instituto

En la parte, baja deja efigie, hay una lapida en la que dice:

Conmemorando el primer centenario de la fundación de este Instituto, su director don José Ba1cázar y Sabariegos rinde este homenaje a la Santísima Virgen del Prado, Patrona de Ciudad Real: "Monstra te esse matrem; sumat per te preces qui pro nobis natus tulit esse mus".

Siendo director del Instituto don Manuel Romero Miguélez, catedrático de Dibujo, se realizaron obras de consideración en este Centro. Recuerdo que una mañana del mes de enero del año 1974, pasé por la calle de Caballeros, al mirar hacia el Instituto sentí una alegría muy grande al ver que era cierto que estaban restaurando por completo este Centro, pero al mirar hacia el sitio donde tantos años estuvo colocada la imagen de Santa María del Prado con el objeto de que guardase al Centro bajo su manto protector y ver construida la pilastra que quitaron antaño para que volviera a guardar la estética de la facha, comprendí Virgencita, que ya no volvería al sitio que con tanto amor eligió para ti, mi querido profesor don José Balcázar y Sabariegos.

Lo que sí data con anterioridad a los años 20, son los dos bancos de piedra que están situados uno a cada lado de la puerta principal y que en la fotografía sólo sé ve uno, que después el día 20 de diciembre de 1962 siendo alcalde de nuestra ciudad don Victorino
Rodríguez Velasco, mando quitarlos para poner otros nuevos y darle otro estilo más moderno a la puerta principal de entrada, cosa que a la vista está no se cumplió.

Recuerdo que ese día 20 de diciembre de 1962, salí por la mañana temprano a por unas diapositivas para don Nicolás Rodríguez Santana; catedrático de Ciencias Naturales. Al volver a media mañana" vi con pena, que habían quitado y partido por la mitad los dos viejos bancos de piedra. No sé qué pasó por mí ¡tantos recuerdos me traían a la memoria!, en ellos descansó mi padre muchas veces y yo según me contaba mi madre aprendí a dar mis primeros pasos.

En este año de 1962 era director del Instituto don José María Martínez Val, catedrático de Geografía e Historia. Lo saco a relucir porque él también descansó muchas veces en estos bancos y, también sus hijos aprendieron a dar sus primeros pasos en ellos: José Mari y Rodrigo de la mano de la abuelita Isabel y Juan Jesús de Gloria su niñera.

No sé por qué, circunstancia don José María consiguió que desaparecieran estos bancos; pero en fin, no alarguemos más este artículo y lo pasado, pasado está.

De este pequeño escrito pueden dar fe dos señores que son muy queridos y respetados por mí y que del Claustro de Profesores de entonces son los únicos que viven en esta ciudad. Uno es don Ramón de la Osa Rivero, profesor de Dibujo y secretario del instituto y que esculpió la lápida que lleva la Virgen del Prado a sus pies, también esculpió otras lápidas más que en su día hablaré de ellas. Otro es don Ángel Rojas Dorado, profesor que fue de la Escuela Preparatoria del Instituto.

Maruja Zorita. Diario “Lanza” domingo 10 de febrero de 1985


martes, 19 de junio de 2018

ALGUNOS DATOS DE ISABEL II.- EL INSTITUTO DE 2ª ENSEÑANZA IMPROVISADO PALACIO.- PREPARATIVOS Y ESTANCIA DE LOS REYES EN CIUDAD REAL


Vista de la fachada del antiguo instituto, antes de convertirse en museo

Se cumplen hoy 9 de diciembre de 1984, el 118 aniversario de uno de los mayores acontecimientos históricos que ha conocido Ciudad Real y su provincia: la visita de Isabel II, la de su esposo, don Francisco de Asís María de Borbón, la de don Alfonso de Borbón, Príncipe de Asturias, y la de la Infanta doña María Isabel, acompañados de un elevado número de miembros de la Corte y servidores de Palacio, grandes de España, Cuarto Militar del Rey, capitán de Alabarderos, el P. Claret, que era el confesor de la reina, gentiles-hombres…

Entre todos los componentes de la regia embajada que visitaba Ciudad Real, Isabel II acaparaba el protagonismo del acontecimiento.

Había nacido la reina el día 10 de octubre de 1830, del matrimonio formado por Fernando VII y María Cristina de Nápoles, sobrina del rey y su cuarta y última esposa,  matrimonio que tuvo lugar en 1829. Isabel fue proclamada Reina el día 29 de octubre de 1833, un mes después de la muerte del rey, su padre. El 10 de octubre –coincidencia de fechas- de 1846, con sólo 16 años de edad, se casa con Francisco de Asis, primo de la reina.

“El matrimonio –se lee en la Historia de España dirigida por T. de Lara, editada por Labor- fue un acto contrario a la voluntad de la reina, cuya separación práctica respecto de su cónyuge corrió pareja con su vida privada propensa al escándalo.

La vida de Isabel II transcurre en el s. XIX, posiblemente el más turbulento de nuestra historia. Una parte importante, tal vez la más decisiva por sus indudables repercusiones en posteriores acontecimientos la ocupa el reinado de Isabel II. Fernández Carvajal va a calificar el s. XIX "como el siglo de inestabilidad por antonomasia en nuestra patria". Inestabilidad que se refleja en los levantamientos y sublevaciones como la de Barcelona de 1842 y el de los sargentos del Cuartel de San Gil; en los períodos de dictadura, incluso, como la de Narváez en 1848; en las coaliciones de Espartero-O'Donnell; en las desamortizaciones, en las guerras internas en las exteriores también, como la de Marruecos o los inicios de la dé Cuba; depresión económica; gobernantes que lideraron las más bajas ambiciones del poder; en la implantación del liberalismo burgués de mano de la violencia; en el carlismo y el anarquismo reacciones populares de distinto signo al liberalismo del s. XIX español.

Una visión, ésta tal vez hipercrítica, pesimista, nacida de la consideración que ofrecen los acontecimientos. Visión que puede quedar justificada con las palabras de Palacio Atard, cuando afirma que las frustraciones de nuestro s. XIX han sensibilizado nuestra actitud hipercrítica" .

No obstante lo negativo de los hechos que marcan el reinado de Isabel II, incluidas las tristes guerras dinásticas. "que comienzan en el Norte herencia evidente –dice Tuñón de Lara- del fracaso de la revolución liberal en España"; así como otros motivos de descrédito no fueron óbice para que la monarquía como institución contase, a lo largo de la época, con un amplio apoyo popular, ejerciendo en el pueblo una fuerza de mito fascinante y que se va a confirmar, una vez más, con ocasión de la visita de los reyes a Ciudad Real, en medio de una explosión de auténtico fervor popular.

Entrada al viejo instituto antes de su restauración 

En este tiempo 1866, Ciudad Real y su comarca tenían una población de 26.945 habitantes de los que 13.520 eran hombres y 13.425 mujeres. La población escolar era de 2.475 alumnos y 825 vecinos eran pobres de solemnidad. La cosecha de 1866 fue pésima, debido a la pertinaz sequía y a la permanente invasión de langosta que asolaba gran parte del terreno cultivable de la provincia.

Ciudad Real contaba desde 1842 con la Escuela Normal Superior, con el Instituto de Segunda Enseñanza, "nacido a la sombra de la Escuela Normal", afirma Pablo J. Vidal, en 1843 y, finalmente la Escuela Normal Femenina en 1859.

IMPROVISADO PALACIO REAL

Con ocasión de la visita real, el Instituto de Segunda Enseñanza va a cobrar singular importancia porque sus dependencias -en él funcionaba desde 1848 el Colegio de alumnos internos del Instituto- se va a convertir en "improvisado palacio", según expresión de don Agustín Salido, para albergar a tan egregios huéspedes. Era el único edificio de la capital que podía ofrecer unas instalaciones mínimas necesarias. Téngase en cuenta que pasarían algunas décadas para que se edificasen los palacios Episcopal –la Diócesis Priorato se crea en 1876- y Provincial, cuyas obras comenzaran en 1889.

El gobernador, Agustín Salido, publicó en el B. O. de la Provincia del día 11 de diciembre, la siguiente orden:

“Con el objeto de que el grande acontecimiento del paso por esta capital y su provincia de SS. MM. Y AA. quede consignado de modo imperecedero, se va fijar en el muro de la escalera principal del Instituto de provincia una lapida de mármol blanco con letras de oro, que dirá lo siguiente:

El día 9 de diciembre de 1866 entró en esta Capital doña Isabel II de Borbón, acompañada de su Augusto Esposo, Don Francisco de Asís, y de sus hijos, el Príncipe don Alfonso y la Infanta doña Isabel, pernoctando en este edificio; y el Ayuntamiento de la Capital, acordó fijar esta lápida para eterna memoria”.

Cambiada de sitio miles y miles de personas vinculadas al Instituto “el viejo caserón de la calle de Caballeros”, como lo recuerda López Bustos, hemos visto esta lápida, desaparecida desde sólo hace unos años, deteriorada con ocasión de unas obras de restauración del Instituto, siendo director del mismo el catedrático de Dibujo, don Manuel Romero.

Por el significado que entraña, Por el Significado que entraña, nuestro Instituto; uno de los pioneros de la Segunda Enseñanza de España desearíamos que Ayuntamiento y Claustro del actual Instituto “Ntra. Sra. de Alarcos”, se pongan de acuerdo y se reponga la lápida en el sitio que corresponde.

Galería del Instituto antes de su restauración y transformación en museo  

Ordenó, asimismo el gobernador, que en todos los Ayuntamientos de la provincia se guarde en sus archivos una carpeta que llevará la siguiente inscripción: “Carpeta de documentos e impresos referentes a los festejos y demás actos oficiales que tuvieron lugar en esta provincia de Ciudad Real con motivo del paso por ella de la reina Isabel II, con los demás particulares que se refieren a la parte que esta población tomó en dichos festejos, nombres de las personas comisionadas para felicitar a las reales personas y niños que llevaron las ofrendas”.

Sirva esta aportación de datos, para que personas vinculadas a la búsqueda histórica, indaguen en los archivos municipales la posible existencia de esta documentación a la que se hace referencia.

PREPARATIVOS Y ESTANCIA DE LOS REYES

Por parte de la comisión correspondiente se había preparado un detallado programa con minuciosa relación de actos horarios, itinerarios, personalidades que debían intervenir, etcétera. Un bando del Gobernador invitaba a todos los ciudadanos a hacer patente su entusiasmo, mantener el orden, rogando a los vecinos de la capital a que sean hospitalarios con las personas que os demanden un lugar en donde pasar una noche, que va a hacer época en nuestros anales”. Suponemos que nuestros antepasados secundaron la invitación de la primera autoridad provincial, no obstante lo cual, la totalidad de las iglesias de la ciudad estuvieron abiertas la noche de aquel 9 de diciembre de bajísimas temperaturas, según las crónicas de la época.

Los festejos comenzaron en la tarde del día 8, lidiándose unas vaquillas en la plaza de toros, a beneficio de la comida que se daría a los pobres de la ciudad el día siguiente. Hacendados hombres de la capital contribuyeron con sus aportaciones a éste y otros actos de beneficencia destinados a los asilos, hospitales, conventos de clausura, parroquias…, pobres de la cárcel, también. Entre otros donativos se colectaron 100 arrobas de vino mil reales de vellón, 20 fanegas de candeal y otras 100 arrobas de vino; doce dotes de quinientos reales para chicas huérfanas.

A las doce y media del día 9, repique general de campanas en toda la provincia, “y, desde aquel momento tres fuentes de vino correrán en el Pilar o Pozuelo Seco de don Gil, Plaza de la Constitución y Prado de la Virgen”, continuando así todo el tiempo que los egregios visitantes estuvieron en Ciudad Real. Buen remedio, además de la lógica alegría que posibilita el vino por aquello de que el “vino alegra el corazón de los hombres”, para combatir las bajas temperaturas exteriores, porque las interiores… Sin embargo, no hubo que lamentar ningún incidente, felicitando el gobernador a todos los ciudadanos por su comportamiento.

Vista del claustro

El tren real, que había salido a las 8,30 de Madrid, llegó a Ciudad Real a las 16,20, deteniéndose en las estaciones del recorrido: Alcázar, Manzanares, Daimiel –dedicaremos un capitulo al accidente provocado por el tren que precedía al tren real-, Almagro, Miguelturra, rivalizando todos los pueblos, en dispensar calurosos recibimientos a los reyes: arcos de triunfo en Alcázar, con gentes venidas de todas partes, estruendo de los cohetes, silbidos de las máquinas locomotoras…;  en Manzanares “donde el gusto más exquisito había presidido su decoración, pareciendo breves a los leales habitantes los minutos de espera; en Almagro con banderas, gallardetes y flores en la avenida de la Estación, presidiendo toda la ciudad las cruces de la Orden, de la que la reina era Gran Maestre y el rey, clavero mayor; Miguelturra, “siendo notable el entusiasmo de aquel pueblo excitado por las elocuentes y sentidas manifestaciones de su alcalde y de su párroco.

Iguales o parecidos sentimientos de fervor, de recibimientos multitudinarios, se pusieron de manifiesto en los pueblos del recorrido del tren real con dirección a Badajoz y Lisboa.

Por lo que toca a Ciudad Real, los alrededores de la estación de ferrocarril estaban ocupados por un inmenso gentío de todas clases y condiciones, expectantes desde muchas horas antes. Junto al pueblo, autoridades, comisiones, Corporaciones… En carruaje descubierto, propiedad del Tte. General, conde de la Cañada, SS. MM. Marcharon desde la Estación a la iglesia de Ntra. Sra. del Prado, actual Catedral, recorriendo el siguiente itinerario: Puerta y calle de Ciruela, Pilar, calle de los Arcos (Gral. Aguilera), plaza de la Constitución, Mercado Viejo, calle de Toledo, Estación, Caballeros, Azucena, Camarín y Prado de la Virgen. Calles y plazas llenas de público que obstruían materialmente el paso del cortejo regio, hasta el punto de hacer imposible, en algunos momentos, el avanzar.

En el templo parroquial, profusamente iluminado y adornado, se cantó un Te Deum y una salve, por una coral traída de Madrid para este acto. Posteriormente, los reyes subieron al Camarín de la Virgen, rindiendo honores, a uno y otro lado de la escalinata, los cofrades con hachones encendidos. Los reyes recibieron ejemplares, ricamente encuadernados, de la historia de la Virgen, publicados en 1648. A la reina de España se le entregó la credencial de hermana mayor de la Cofradía, para sí y para todos sus sucesores, y las credenciales de hermanos de la Cofradía para el rey, el príncipe de Asturias, y para la infanta. La entrega fue hecha por  don Santiago Maldonado, caballero de Santiago y hermano mayor de la Virgen.

Se encargó al profesor catedrático de Dibujo del Instituto, don Antonio Gabriel Monsegue que pintase un cuadro, reflejando la escena que se había vivido en el Camarín de la Virgen, y que sería expuesto de forma permanente en la iglesia (1).

Con tres arcos de triunfo y el estruendo de las campanas y cohetes, y de los compases de varias bandas de música, la comitiva real llegó a palacio, el Instituto de Segunda Enseñanza, que contaba con una distribución y amplitud distinta y superior a la actual. Se celebró la recepción y besamanos, y a continuación. La comida regia, finalizando la jornada con fuegos de artificio en la calle de Caballeros y Plaza de la Constitución.

Antigua escalera del viejo instituto, actualmente desaparecida 

 A las 7 de la mañana del día: 10, los reyes partieron con destino a Badajoz.

La "Gaceta de Madrid" del día 10 de diciembre, refiriéndose a la estancia de los reyes en Ciudad Real, dice:

"Son las siete la mañana y SS.MM. y AA. van a partir en este momento para Badajoz. Anoche  verifícó el besamanos general, que duró tres horas y puede decirse qué toda la provincia de La Mancha sé ha concentrado en la capital para ofrecer a los reyes el acendrado testimonio de adhesión, respeto y cariño: Habrían pasado de 500 las comisiones que se han presentado a SS. MM. Ciudad Real y sus pueblos hecho a sus magestades, (sic) y altezas un recibimiento que formará época en la historia de esta comarca de castilla”.

El Viaje de regreso de Lisboa a la capital de España lo realizaron los reyes siguiendo el mismo itinerario, llegando a Ciudad Real a las 7 de la mañana del día 16 diciembre. A lo largo del trayecto Almadén-Ciudad Real, en una de las noches frías de aquel riguroso invierno, en torno a miles de hogueras repartidas de trecho en trecho, que alegraban y. llenaban de luz, el entorno las gentes esperaban el paso  del tren que conducía a los reyes con tal entusiasmo y concurrencia "como si el viaje se hubiera verificado a las doce del día más hermoso de primavera", según relata el cronista.

En Ciudad Real, la familia real no descendió del tren, aceptando el desayuno que el Ayuntamiento le había ofrecido. Las gentes entusiasmadas podían a los reyes ver a sus padrino, el simpático príncipe de Asturias. "El entusiasmo rayó en delirio cuando S. M. misma alzó en sus brazos al tierno ruño, esperanza de este país".

Poco después se reanudaba el viaje hacia Daimiel, donde los reyes presidieron el funeral por las víctimas del desgraciado accidente del día 9.

Ángel Jara B. y Ángel Jara L. Diario “Lanza” 9 de diciembre de 1984

(1) Maruja Zorita y otras personas conocedoras de la historia del Instituto afirman tener noticia de éste y otros cuadros de la familia de Isabel II, y que desaparecieron durante la guerra civil al ser utilizados como combustible para calefacción.

Parte superior de la antigua escalera del viejo instituto