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lunes, 22 de junio de 2026

CIUDAD REAL Y LA PIQUETA: LOS ÚLTIMOS DÍAS DEL PALACETE DE BARRENENGOA

 



Hay fotografías que documentan un edificio. Y hay otras, como esta de Manuel Herrera Piña, que documentan un momento de no retorno. La imagen muestra los preparativos para el derribo del histórico palacete de la plaza del Pilar —conocido también por haber albergado durante años la sede del Banco Central—, uno de los edificios más emblemáticos de la Ciudad Real de finales del siglo XIX.

La fotografía, conservada en el CECLM-UCLM, forma parte de una importante donación realizada recientemente por Fermín Rodríguez Ruiz, integrada por un amplio conjunto de fotografías históricas de Ciudad Real. Gracias a aportaciones como esta continúa enriqueciéndose el patrimonio documental del Centro y se preservan testimonios gráficos de enorme valor para conocer la evolución de nuestra ciudad.

El edificio fue promovido por Dámaso de Barrenengoa, industrial de origen vasco afincado en Ciudad Real, cuya fábrica de chocolates y cafés llegó a obtener reconocimientos internacionales. El palacete, proyectado por el arquitecto Sebastián Rebollar y Muñoz hacia 1891, era una de las construcciones más singulares de la ciudad. Su característica rotonda coronada por una cúpula y la combinación de elementos eclécticos con detalles modernistas lo convirtieron en uno de los referentes de la arquitectura burguesa de la época.

Sin embargo, bajo aquella apariencia monumental se ocultaban importantes problemas constructivos. Los materiales empleados, las continuas humedades del terreno y los defectos de las cubiertas obligaron durante décadas a realizar constantes reparaciones. Estas circunstancias fueron determinantes para que finalmente, en octubre de 1961, se autorizara su demolición con el fin de levantar el edificio del Banco Vitalicio.

Lo más interesante es comprobar que el debate sobre la pérdida del patrimonio no nació décadas después. Ya en plena demolición, el diario Lanza, en su edición del 16 de octubre de 1961, escribía unas palabras que hoy siguen resultando sorprendentemente actuales:

"A nosotros —no podemos remediarlo— nos produce un poco de pena que desaparezcan ciertas edificaciones que caracterizaban nuestra vieja ciudad... Reconocemos que el progreso impone su tiranía, pero también hay que guardar respeto a las cosas tradicionales."

Aquella reflexión demuestra que el sentimiento de pérdida no es una construcción reciente ni fruto de la nostalgia actual. Ya entonces muchos vecinos percibían que la modernización de la ciudad tenía un coste patrimonial difícil de asumir.

Una imagen que, más de sesenta años después, sigue invitando a reflexionar sobre el siempre delicado equilibrio entre el progreso urbano y la conservación de nuestro patrimonio.

Fotografía: Manuel Herrera Piña (ca. 1960). Positivo en papel, gelatino-bromuro. Fondo CECLM-UCLM. Signatura: FOT 1091.



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