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domingo, 14 de junio de 2026

NUESTRA CATEDRAL, IMAGEN DEL PARAÍSO

 



Olvidemos por unos momentos las, preocupaciones que nos inquietan y sumerjámonos en la contemplación de nuestra catedral, asentada para fijar la certeza de las verdades de la fe, sin sombra alguna.

De lejos, con sus ventanales, sus contrafuertes, y su torre, se asemeja a una poderosa nave que ha realizado un largo viaje. Toda la ciudad puede embarcar sin temor, al abrigo de sus robustos muros. Aproximémonos.

En su retablo mayor, nos encontramos con nuestro Jesús Jesucristo, así lo ve todo hombre que viene a este mundo. El es la clave del enigma de la vida. A su alrededor está escrita la respuesta a todas nuestras, preguntas. Aprendemos cómo el mundo comenzó y cómo acabará; las sagradas imágenes, cada una de ellas, simbolizan una era del mundo, nos dan la medida de su duración. Tenemos ante nosotros todos los hombres cuya historia merece la pena conocer: aquellos que, bajo la Antigua o la Nueva Ley, fueron figuras de Jesucristo; porque los hombres no existen sino en cuanto son partícipes de la naturaleza del Salvador.

Los otros -reyes, conquistadores, filósofos, historiadores-, no son nada más que nombres, sombras vanas. Así se nos tornan claros él mundo y su historia.

Pero nuestra propia historia está escrita junto a ese vasto universo. En ella aprendemos  que nuestra vida debe ser un combate, lucha contra nosotros mismos en todo momento.

De lo alto de los Cielos, los ángeles extienden coronas a aquellos que trabaron el buen combate.

¿Existe aquí lugar par la duda o, incluso, simplemente, para: la inquietud espiritual?

Penetremos en nuestra catedral. La sublimidad, de sus grandes líneas verticales actúa inmediatamente sobre, el alma. Es imposible entrar en la gran nave de la Santa Iglesia Prioral Basílica Catedral de las Ordenes Militares, sin sentirse purificado. Sólo por su belleza, la iglesia ejerce el efecto de un sacramento. De nuevo, encontramos una imagen del universo. La catedral, como la planicie, como el bosque, tiene su atmósfera, su perfume, su luz, su contraluz, sus sombras.

Al caer la tarde, su gran rosetón, detrás del cual el sol se pone, parece ser el propio sol dispuesto a desaparecer en la lejanía de un bosque maravilloso. Nos vemos envueltos en un mundo trasfigurado en el cual la luz es más brillante que la de la propia realidad, en donde las sombras son tamo, bien más misteriosas. Nos parece estar ya en el seno de la Jerusalén celestial, de la ciudad futura. Degustamos su paz profunda; el tumulto de la vida se quiebra en los muros del santuario y se reduce a un rumor lejano: es el arca indestructible, contra la cual no prevalecerán las tempestades. Ningún lugar del mundo llena al hombre de un sentimiento de confianza tan profundo.

Símbolo de la Fe, la catedral es también símbolo del amor. Su catedral episcopal le da vida propia, pues la catedral nos, expresa la sucesión apostólica de los Obispos-Priores. En nuestra catedral todos trabajaron el pueblo ofreció lo que poseía, sus robustos brazos. Engarzado a las carretas, cargó las piedras sobre sus hombros. Tuvo la buena voluntad del gigante San Cristóbal.

El burgués dio su dinero, el conde su tierra, y el artista su genio. Durante varios siglos, todas las fuerzas vivas de la nación colaboración, algunos Cardenales Primados soñaron con un templo enorme, lleno de sueños, de ahí la vida que irradian esas obras eternas.

Hasta los muertos se asociaron a los vivos; la catedral fue pavimentada con las lápidas sepulcrales de los Obispos Priores del as Ordenes Militares Españolas; las viejas generaciones, con sus manos juntas como fueron sepultados, y así continúan rezando en la vieja iglesia catedral. En ella, el pasado y el presente se unen en un inmerso sentimiento de amor. Nuestra catedral, es la conciencia de la ciudad.

José López de la Franca y Gallego. Diario Lanza 9 de noviembre de 1995




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