No puedo dejar de referirme a estas publicaciones que marcaron un hito en mi vida de escritor novato. Menester será primero que haga un poco de historia y que hable de mi estancia en Valencia allá por los años de 1912, cuando hacía el servicio militar. Fui a parar al Cuerpo de Intendencia, por recomendación y consejo de un tal coronel Muro, amigo de mi padre. El cuartel de Intendencia estaba en la Plaza del Pilar y próximo a ésta la calle de Don Juan de Austria, donde estaba la redacción del diario “El Pueblo”, que dirigía el diputado republicano Félix Azzati.
Los días francos de servicio, pero siempre de uniforme, yo asistía a una pena medio militar, medio literaria, que se reunía en el café de la Paz, en la calle de este nombre, y que era por aquel tiempo la más céntrica y elegante de la hermosa capital levantina. A la peña del café de la Paz me llevó David Ros, sargento de Artillería, y que además de amigo simpatiquísimo de todos los de mi casa, cuando era estudiante, sentía por mí una exaltada admiración literaria que logró comunicar a todos los de la peña.
Esto estuvo a punto de perjudicarme
grandemente, pues un día, alguien del grupo y sin duda con la mejor intención
del mundo, me propuso que fuese a ver a Félix Azzati y le ofreciese mi
colaboración para “El Pueblo”. Naturalmente, yo rechacé de plano la
insinuación, haciendo constar ante todos, no sólo lo comprometido de mi
situación, como militar que era, sino que no eran los ideales de “El Pueblo” ni
los de su director, precisamente, los que a mí me habían inculcado. Sin
embargo, algo debió rodar la bola cuando llegó hasta el mismo cuarto de
oficiales de mi cuartel. Un día cualquiera me llamó el capitán Almela, y con un
tono paternal y amistoso, me habló del rumor que había corrido acerca de mi
supuesto contacto con “El Pueblo” y con Azzati. Me aconsejó que, a ser posible,
me abstuviese de escribir mientras llevase el uniforme, al menos en Valencia, y
me aseguró, sonriendo y estrechándome la mano, que ni él ni ninguno de mis
otros superiores habían creído nada de aquello, por lo que podía estar
tranquilo y no preocuparme de nada.
Al año de mi estancia en Valencia, fui sorteado para África. Ya en Larache, después de pasar unos días en Cádiz, en la misma fonda y calle de Flamencos de que habla Pío Baroja en su novela de navegantes “La estrella del Capitán Chimista”, mi hermano Francisco, que estaba en Ciudad Real de redactor jefe del diario “El Pueblo Manchego” y de la revista semanal “Vida Manchega”, me escribió pidiéndome impresiones de África para sus publicaciones. “El Pueblo Manchego” y “Vida Manchega” eran de una Empresa católica y solvente, por lo que no tuve ningún inconveniente en acceder a los requerimientos de mi hermano cuyo sólo propósito era darme una oportunidad de entrenamiento en las páginas de aquellos periódicos.
“Vida Manchega” tenía un formato similar al de “Mundo Gráfico” y al de otra revista, también semanal, editada en Málaga y cuyo título escapa en estos momentos a mi memoria. La revista manchega tuvo una gran acepción entre los escritores madrileños que entonces estaban ya en candelero. Compartía las tareas de redacción con mi hermano Isaac Antonino, que usaba el pseudónimo de “Aviceo”, y que antes se había pasado en Madrid algún tiempo, no sé si trabajando ya en algún periódico o simplemente como paseante en Cortes.
Completaba el “cuadro” de redacción de
aquellas simpáticas publicaciones —que financiaba el industrial y comerciante
de Ciudad Real don Enrique Pérez— Francisco Herencia, que publicaba sus
trabajos con el pseudónimo de “El Pájaro de Lesbia”. Francisco Herencia era un
caso de vocación periodística y de honradez personal extraordinarias. De
humilde extracción social, consiguió, a fuerza de tenacidad y de sacrificios,
estudiar dos carreras —abogado y maestro nacional— y actuaba en “El Pueblo
Manchego” de gacetillero y redactor de sucesos. Ganaba treinta pesetas al mes.
Mucho después supe que Paquito Herencia se había casado con una rica heredera
de la Mancha y había llegado a ser alcalde de Ciudad Real.
No sé si llegaba a veinte duros mensuales lo que ganaban “Aviceo” y mi hermano, más cinco o seis duros de gratificación por su intervención en “Vida Manchega”. Por las firmas que aparecían en sus páginas, cualquiera hubiera dicho que esta revista se editaba en Madrid. Entre los colaboradores que recuerdo y que enviaban directamente sus trabajos a “Vida Manchega”, estaban Concha Espina, Emilio Ramírez Ángel, Rafael López de Haro, José Francés y otros muchos de igual nombre y categoría literaria.
Yo no hacía reportajes entonces,
afortunadamente. Suponía que un escritor tenía que escribir lo que se le
antojara, siempre que fuera bueno, y no hacer cosas de pie forzado, sobre todo
esa horrenda modalidad de la interviú y de las encuestas, que tantas
posibilidades naturales han frustrado y tantas publicaciones han convertido en
pasto de corredor y portería. En África y en mis primeros tiempos yo escribía
eso, impresiones, “mis impresiones”, en la forma más correcta y literaria
posible. Si la impresión era puramente objetiva me limitaba a describir, y si
era subjetiva siempre iba aderezada con ringorrangos de un casi exasperado
romanticismo, que en aquella edad —poco más de veinte años— me parecía
inevitable y tan pegado a mi temperamento como la piel lo está al músculo.
Juan del Sarto. Gaceta de la Prensa
Española, nº 97, Madrid marzo de 1956




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