Sea como fuere, es evidente que el
atesoramiento de metales preciosos constituía uno de los mecanismos de ahorro e
inversión preferidos por los moriscos. Algo que se aprecia con claridad en los
segmentos sociales medio-bajos del colectivo — hasta los 1.500 y los 6.000
reales respectivamente—, donde las alhajas tasadas casi duplican el valor que
alcanza la suma conjunta de tierras, inmuebles y capital monetario (tabla 5).
Un proceder propio pues de las familias con una menor capacidad adquisitiva,
dado que los moriscos que disponían de caudales más saneados, como hemos dicho
aquellos que se situaban por encima de los 6.000 reales, no tenían mayor
problema en derivar una parte de su riqueza hacia la compra de tierras, ganado y
viviendas, las cuales entregaban luego a sus hijas en dote. En cualquier caso,
y hablando ya en un plano general, en el conjunto de escrituras moriscas
manejadas, fincas y casas nunca obtienen tasaciones conjuntas superiores al 30%
del total, mientras que entre las de los cristianos viejos esa cifra rebasa el
50% en aquellos grupos sociales que declaraban valores superiores a los 1.500
reales, lo que sitúa a Ciudad Real en unos parámetros parecidos a los
observados en el siglo XVI en otros núcleos de Castilla (García, 2001, p. 282).
Al margen de esto, es obvio que el interés por las joyas siguió estando
presente entre los moriscos más ricos, tal y como nos lo indica lo sucedido en
el conjunto de patrimonios superiores a los 6.000 reales (tabla 5).
La centralidad que estos bienes suntuarios tienen entre los moriscos estimamos responde a la existencia de un componente de orden cultural que convendría precisar, ya que, en última instancia, determina la forma en la que debe entenderse su posesión. Basta con pensar, y más allá del alto valor relativo que estos bienes alcanzaron en las escrituras de los granadinos, en las fórmulas específicas que emplearon para transmitirlos y en que los incorporaban a las casas moriscas tanto por vía dotal — acoplándose de esta manera al modelo cristiano viejo— como a través de las aportaciones de los maridos, las cuales no son nada despreciables y se hallan próximas al patrón cultural y nupcial de origen musulmán.
De hecho, los especialistas en el tema
insisten en que estaríamos ante un ejemplo más —esta vez de orden material— de
la resistencia opuesta por los moriscos al proceso de sometimiento a la
tradición sucesoria y nupcial castellana. En realidad, este proceder no es
nuevo visto que, y desde el mismo momento de su conversión forzada, los
moriscos ya habían puesto en marcha fórmulas similares, como hicieron por
ejemplo al enmascarar la consagración islámica del recién nacido en el
sacramento del bautismo.
En el caso concreto que nos ocupa,
detectamos la existencia de una estrecha sintonía entre la puesta en marcha de
las medidas de represión cultural y la casi inmediata aparición de joyas en las
arras moriscas. Quienes han analizado esta cuestión en detalle, vuelven su
mirada hacia las prácticas dotales islámicas y constatan que, una vez
prohibidas, éstas fueron rápidamente incorporadas al modelo matrimonial
cristiano, bien sea a través de un proceso de ocultación o bien de su simple
equiparación (Zomeño, 2000, pp. 107‑130; Fernández Chaves y Pérez García, 2010,
pp. 132‑133). Así habría ocurrido con las arras, en las cuales habría encontrado
acomodo el naqd musulmán, la parte inicial de la contribución que el varón
entregaba a la familia de su futura mujer al objeto de ayudar a la formación de
su ajuar personal (Zomeño, 2000, pp. 107‑108). Al respecto, no hay que olvidar además
que los factores de orden simbólico-cultural poseen también un alto valor explicativo
de estos comportamientos, por lo que conviene tener en cuenta el hecho de que
la posesión de ciertas piezas de orfebrería fue tenida por muchas familias moriscas
como un vínculo con la herencia perdida en Granada. Su acopio se mantuvo en el
tiempo, si bien su uso cotidiano se perdió o cuando menos varió tras la guerra
de las Alpujarras (Birriel, 2002, p. 231; Fernández Chaves y Pérez García, 2010,
p. 137‑138; Moreno, 2015a, pp. 112‑113).
De ese «sincretismo» entre ambas tradiciones sucesorias y nupciales constituyeuna buena muestra la nómina de aderezos detallados con mayor frecuencia en las escrituras nupciales de los moriscos asentados en Ciudad Real (tabla 7). Una vez máslas cifras resultan esclarecedoras al respecto: seis de los diez complementos más repetidos—anillos, apretadores, sartales, collares, arracadas y cabestrillos— aparecen también en las dotes cristiano‑viejas. De esta forma, nos situaríamos ante un comportamiento dominado por la adopción de prácticas similares, por la asunción de modascomunes y, en todo caso, por la paulatina disolución de las particularidades culturalessucesorias y nupciales de los moriscos en el marco de las tradiciones castellanas.
A pesar de ello, conviene resaltar las
diferencias con el mundo cristiano viejo. En esencia, éstas se concentran en la
aparición en las escrituras nupciales moriscas de ciertos adornos y
complementos de orfebrería en los que es posible ver viva la herencia musulmana
—manillas, ajorcas, ajorquillas y zarcillos—, aunque es verdad que estos
objetos están presentes también en las dotes cristiano‑viejas, pero nunca en
lugares destacados (tabla 7). Asimismo, aparecen en estas escrituras artículos
religiosos como rosarios (100 repeticiones; 102 entradas) y agnusdéis (94
apariciones; 103 elementos), los cuales ocupan el tercer y el cuarto puesto en
la nómina de objetos de los cristianos viejos, mientras que apenas si aparecen
en las relaciones correspondientes a los granadinos. Aun así, este último dato
daría cuenta del hecho de que mantener una resistencia de corte cultural y
religiosa no resultaría incompatible con la aparición en los hogares moriscos
de ciertas piezas devocionales cristianas –cristos y vírgenes, estampas,
relicarios, escapularios… Es cierto que su presencia fue minoritaria, pero a
día de hoy todavía está por desentrañar el sentido final de su posesión, ya que
no sabemos si ésta obedecía a una voluntad sincera de conversión o si era el resultado
de una verdadera «disimulación» (Moreno, 2015a, p. 113). Sea como fuere, aparecen
en la documentación y añaden un elemento más al debate existente en torno a la
práctica religiosa de los moriscos granadinos afincados en Castilla.
Como es lógico, todo lo visto hasta ahora puede matizarse si atendemos a la distribución de lo inventariado a este nivel por grupos de valor (tabla 5). En este sentido, está claro que el deseo común de todas las familias era acondicionar la casa, revestirla de una mínima habitabilidad y otorgar cierta prestancia y dignidad a las personas destinadas a vivir en ella. Estas «exigencias» eran muy diferentes en función del momento vital en el que se otorgaba esta o aquella escritura. De igual manera que en todo ello influyó, y en no escasa medida, el origen social de los contrayentes, su dedicación socioprofesional y su grado de riqueza, aspectos estos que en nuestro caso cobran una especial relevancia (García, 2004, p. 255). No obstante, convienen dejar claro que, sin llegar a igualarse en sus estilos y niveles de vida, los hogares moriscos más ricos tienden a equipararse con los de origen castellano, si bien manteniendo lo que puede calificarse como su principal seña de identidad: la presencia, y siempre como categorías dominantes, de ropas femeninas y complementos destinados al hogar. Algo que podemos ver en la composición de los ajuares.
Francisco Javier Moreno Díaz del
Campo. Obradoiro de Historia Moderna, N.º 26, 2017, (45-69)





No hay comentarios:
Publicar un comentario