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martes, 2 de febrero de 2016

ARCOS DE LA CALLE POZO DEL CONCEJO


El arco de la calle Pozo Concejo, actualmente se encuentra en el Museo Provincial

En los primeros días del mes de marzo del presente año, D. Luis Delgado Merchán dio cuenta a la Comisión de monumentos de que había encontrado un arco muy antiguo en la casa número 1 de la calle del Pozo del Concejo, y propuso a la Comisión que encargara a algunos de sus miembros que lo visitaran y estudiasen. La Comisión me honró designándome para estudiarlo, en unión del arquitecto D. Sebastián Rebollar, y ambos fuimos allá, lo vimos, y le dijimos á la corporación con fecha 9 del mismo mes lo siguiente:

“Existen en esta casa (la de Pozo del Concejo), entre construcciones modernas y muy pobres, dos arcos de principios del siglo XV, si no se remontan ya á los últimos años del décimo cuarto. En uno, desvencijado todo y amenazando ruina, es apuntado, exhausto de adornos por completo y no tiene importancia, ni histórica ni artística. El otro es muy pequeño, poco más de la altura de un hombre; y la parte superior está formada solo por dos piedras calizas, cubiertas de cal como el de la calle del Lirio. (Nos referimos al de la casa del Sr. Muñoz de que anteriormente hablamos.) Forman entre ambas un arco angrelado de once lóbulos, adornado con una cinta resaltada que lo bordea y forma sobre cada uno de los lóbulos un anillo. En las enjutas hay dos bichas, de las que una parece representar un cordero y la otra es imposible determinar, mientras no se libre de la espesa capa de cal que la cubre. Todo está encerrado en un marco resaltado con una línea en la arista interior de puntas de diamante. Este arquito se encuentra en buen estado de conservación, segú aparece en algunos sitios donde le falta la cal”.

“Sobre otra puerta de la casa han incrustado los fabricantes, sin duda, un rosetoncito, del renacimiento, que tiene en el centro una cabecita alada, muy bien trazada en piedra franca” (Hoy libre de la cal, se ve que es de yeso)

“Los caracteres que decoran estos restos de construcción parecen indicar que debieron pertenecer á un palacio ó casa señorial, sin que puedan emitirse otros juicios que resultarían por demás aventurados, dada la escasez de datos en qué apoyarse.”

Nada más tendríamos que añadir hoy á lo antes expuesto, si una persona amante de las artes, que ignoramos quien sea, no hubiera hecho limpiar la primorosa portada en que nos ocupamos. Ya examinada al descubierto, nada tenemos que alterar de nuestro juicio respecto á la fecha y carácter de su construcción, pero si respecto á las figuras que ocupan las enjutas del arco.

Estas son, la de la derecha del que contempla un león y no un cordero, como antes creíamos. Está echado, y con la cabeza vuelta, mirando hacia la enjuta del lado opuesto. En la cabeza de la fiera parece que el artista ha querido poner cierta expresión burlona. Tal, al menos, se nos figura.

En la otra enjuta hay un centauro, con medio cuerpo de toro ó caballo, que en la rudeza del cincel y el deterioro del tiempo, no es fácil apreciar,  y la otra media de figura humana. Esta parte es muy difícil de determinar, puesto que tiene las manos rotas y no aparece lo que tendría en ellas, acaso una lanza ó un arco entesado. Tiene las mangas en forma de alas caídas ó plegadas; la cabeza de hombre con bigote y barba ancha y larga, con las mejillas afeitadas. Sobre la cabeza una especie de casco, y partiendo de él, un penacho de plumas anchas y tiesas. Delante de la figura hay algo como otra ala que no se aprecia bien lo que fuese.

La colocación de ambas figuras en las enjutas, sin que las llenen por completo, y sin que la ocupación sea simétrica ni proporcionada al vano, indica que aquello no es un mero adorno, sino que tiene un sentido simbólico, esto es, que se ha querido poner, ó una alegoría ó una caricatura. Una y otra cosa entran de lleno en el carácter de la arquitectura de la época en que se labró.

Podríamos contentarnos con lo dicho, pero no faltaría lector que nos preguntara nuestra opinión sobre lo que representan estas figuras, y vamos a darla, si bien previniendo desde luego que esta es una opinión y nada más, sin que podamos responder de su exactitud. Téngase en cuenta que no afirmamos más que aquellas cosas que, ó por su carácter, ó por documentos irrefutables, pueden pasar por verdades, y jamás lo que es sólo hijo de una fantasía más ó menos rica de galas, pero fantasía al final y al cabo.

Ciudad Real se fundó por Alfonso X solamente con el propósito de poner un dique á la preponderante orden de Calatrava que cada día se hacía más fuerte y soberbia. La orden vio con malos ojos esta fundación desde su comienzo. Consiguió en el período desde la proclamación de heredero de Sancho el Bravo hasta su exaltación al trono, que éste le hiciera donación de Ciudad Real, cuya donación de 7 de Agosto de 1280 nunca llego á existir de hecho. Esto es, la orden no llegó á tomar posesión de la villa donada. Durante siglos Ciudad-Real en guerra con la orden de Calatrava, unas veces por medio de litigios y otras con las armas en la mano. En estas discordias con frecuencia se vieron regadas las calles de Ciudad-Real con la sangre de sus vecinos y con la de los caballeros de la orden que trataban de destruirla ó dominarla al menos.

A esta lucha es á la que creemos que deben referirse las figuras alegóricas del arco de la casa número 1 de la calle del Pozo del Concejo. El león para nosotros representa á Ciudad Real: está en reposo pero con el ojo avizor observando los movimientos de su contrario y dispuesto siempre á enseñar las garras á su poderoso enemigo; y el centauro representa á la orden de Calatrava amenazante siempre, pero con las alas caídas porque no se atreve á levantar el vuelo y á lanzarse á la pelea contra su vecina villa protegida por la corona. Si no es esto, vengan otros más sabios ó más discretos á dilucidarlo, porque á más no llegan nuestros conocimientos en este punto.

Rafael Ramírez de Arellano. “Ciudad-Real Artística. Estudio de los Restos Artísticos que Quedan en la Capital de la Mancha. Ciudad Real 1893”


lunes, 1 de febrero de 2016

POZO CONCEJO


 
Uno de los arcos de los que habla Julián Alonso en el artículo de la calle Pozo Concejo. En concreto este era gótico y nos dice Julián Alonso que fue desmontado para salvarse de su perdida. Actualmente no se sabe su paradero

“Donde está el rey, está la corte”. Po eso, lo era nuestro lugar en 1431. Y, nada menos, que de quien hubo de elevarlo, de villa a ciudad diez años antes. La del rey voluble, débil y poeta, padre del “impotente” y de la grande Isabel. Tan pusilánimo hizo Dios, al rey que, tembloroso corrió, por el campo, porque templó la tierra nuestra, bajo sus pies, el martes 24 de abril, dos horas después del mediodía. Pasaba en el Alcázar, y significándole, vino su parnasiana y caballeresca corte.

Era de ver la galanura de los caballeros, y de oír las fiestas, aventuras y destrezas que narraban. De escuchar, era a los ingeniosos e ilustres, vates que el rey trajo. En aquellos días, la campana de San Pedro había tañido, más de la cuenta, “para reunir a la junta concejil en el salón, abovedado de los jueces, de la misma construcción que el Alcázar y frontero a él. Situados estaban, ambos, donde una calle se hacía plazoleta en derredor de un pozo, que del Concejo llamaban”, y le dio nombre, para siempre a la calle de Pozo Concejo. “El pozo, surtía de agua a gran parte del lugar”.

En demasía, sangrando estaba, el pozo; bulliciosa, la calle y ocupado, el Concejo, con el trajín de huéspedes cortesanos, repulidos, villanos, curiosos; hidalgos, ceremoniosos, y nobles realengos, y pajes mesnaderos, escuderos y otra canalla. Otro y ajetreado, parecía el, pacifico, barrio de San Pedro. Alborotada andaba la apartada morería con lances, traiciones, crimines y amoríos forzados o mercenarios.  Como paréntesis de odios y venganzas, el oro entraba, salía, se multiplicaba, en las arcas roídas, húmedas y subterráneas, del barrio judío, porque así lo lleva aparejado el boato y la trapacería, de la corte y más si, como la de don Juan, el segundo, es florida, caballeresca, muelle y despreocupada.

“Pasados 15 días” para Córdoba marcho don Juan; siguióle su lucida corte, y quedó, el Alcázar, silencioso como las iglesias, las calles, los tahúres, los mercaderes los nobles y los villanos. La rueda de los días corría lenta, y en el lugar no hubo otros sucesos que los ordinarios de la vida del pueblo, realengo, rodeado de tierras calatravas, y las luchas entre cristianos y judíos, …y el pozo Concejo seguía surtiendo de agua a una buena parte de la ciudad.

El tiempo que todo lo puede allana y cambia amontonó siglos; desplazó el Concejo a la iglesia de San Pedro, cuyo barrio habíase hecho el más populoso y en el cual enclávose la naciente Plaza Mayor, y, en consecuencia, aquellos parajes de Pozo Concejo, fueron perdiendo su grandeza belleza y hasta recuerdos de su pasado esplendor.

Junto al anterior arco gótico, se encontraba este mudéjar y que también fue desmontado y estuvo en poder de la familia Herencia, hasta que fue donado al Museo Provincial

Hoy un arco, fuerte, reventado y unas cuevas, apenas señalan la majestad del Alcázar real; sólo la reciedumbre de los muros de algún molino aceitero nos dice que, antes fueron un prócer edificio; al cabo de la calle de la Mata, con casas pobrísimas, recientes y sin sabor, casi todas, está la calle del Pozo Concejo rancia, inmortal y legendaria… que, así, al poderío se torna pobreza.  

En las ruinas de una vieja y antigua casa de la calle, entre jaramagos, piadosos, y verde lujuria de ortigas, junto a un pozo y a un granado, se conservan dos bellos arquillos de piedra. Sus proporciones y elegancia, daban fe cómo pudo ser aquello, de lujoso en el remoto pasado. Francisco Herencia, con entrañable y benemérito amor a su pueblo, compró la casa y quiso restaurarla, y regalarla a la ciudad, como cofre guardador de un íntimo culto y recoleto museo local, que ofrecer, al visitante, en uno de los sitios más típicos, y así compensarle del prosaísmo cotidiano. Todos hubiéramos contribuido, con algo, para alhajar el museo: “un azulejo; un candil de bodega; un llamador; un ánfora, desbarrigada; un clavo, roñoso; una zapata, tallada; la reja, retorcida y la columna rota; el papel, apolillado; el Cristo, de marfil; el escudo, pétreo, de una casona; un grabado, viejo; la foto de un típico esquinazo, una edición del Quijote”… -decía Paco Herencia-. No pudo culminar su propósito. La Eternidad lo reclamó antes. Hace poco, los arquillos fueron desmontados. Una construcción, sin   carácter local, hay, ahora, donde estuvieron ellos.

Hemos recorrido la calle de Pozo Concejo. A su remate, eriales, escombreras. Pero ¿y el Pozo Concejo? ¡Aquel pozo, famoso, que surtía de agua a una buena parte de la población… nadie sabe dónde está, ora cegado, ora desfigurado!

Seguí mi camino. Aún más allá, el único girón, maltrecho de las arrogantes murallas, en mala hora demolidas, y un olmo, guardián y consolador, diciéndole secretitos de sombras y de gorriones.

En la lejanía, el sol se despedía de la cúpula del Cristo y del palomarcico de las monjitas, blancas, de la Virgen, blanca de la Estrella del calatravo Miguelturra.

Delante, trigos pie; haces prietos; montes de parvas y una galera, bien cargada, como obelisco trashumante, macizo, agreste, de bendición dorada y colmada como nunca.

Julián Alonso Rodríguez. Diario “Lanza”, viernes 11 de julio de 1951, página 6.

Hasta que el arco fue donado al Museo Provincial, este se conservó en una casa de campo de la familia Herencia