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jueves, 23 de diciembre de 2021

LA TRISTE NAVIDAD DE 1954

 



Aquella Navidad, la de 1954, fue triste para Ciudad Real. En su pórtico de aquel duro y frío invierno, fallecía el obispo de la Diócesis don Emeterio Echeverría Barrena.

Desde algún tiempo se conocía su enfermedad y posterior operación, pero siempre animados de esperanza confiábamos en su recuperación.

Nos comunicaban su entereza y aceptación de su enfermedad. Las noticias venían de seminaristas -hoy sacerdotes- con quienes disputábamos los partidos de fútbol en el campo de los Hermanos Marianistas. El que estas líneas escribe cursaba su último año de Bachillerato y se disponía a entrar en la Universidad.

Todo el pueblo de Ciudad Real sintió la pérdida de aquel hombre sencillo, bondadoso y humano, cuya predilección fueron los niños y los pobres.

Don Emeterio era una persona tenaz y constante en su ministerio pastoral. Cada año cuando abría la primavera visitaba las aulas del colegio, departía con cada uno de los alumnos, pulsaba los haberes y corregía con dulzura y socarrona sonrisa los errores. Preparaba con minuciosidad escrupulosa comuniones y confirmaciones.

Se le veía andar por todos los barrios de la ciudad y en especial de los humildes.

Su caridad -por amor de Dios no tenía límites-. Llevaba siempre, unos pequeños caramelos envueltos en celofán, para endulzar a los chavales y su cercana voz no exenta de gravedad, hacía que, la parroquia, fuera cada vez más numerosa y concurrida. Su ancha humanidad arropaba a los circunstantes.

Se hacía acompañar de su sobrino, también sacerdote, y en ocasiones de aquel magnífico catedrático, moralista y penitenciario don Idelfonso Romero, que unía a su porte el de estar dotado singularmente para las letras.

 



Este último siguió a su Prelado apenas dos meses después de que éste nos dejara; investigador serio y escritor en los periódicos de la época, que tenía por especialidad la figura de San Juan de Ávila.

Aún recuerdo el examen previo a la Universidad que nos hizo en examen oral en el viejo caserón del Instituto. Discurría sus paseos por la entonces mi calle del Cardenal Monescillo en la que pasé mis mejores años de niñez y juventud.

Aquella Navidad del 54 fue muy triste y sombría. Aún tenemos grabado en la memoria el lento caminar de don Emeterio por el hoy llamado barrio de los Ángeles, hacia la vía antigua del ferrocarril, donde sin agua y alcantarillado hacían siembra viejas casas por no decir chabolas en donde la humedad se encaramaba y era el rey el brasero de picón, para entibiar el frío invernal; algunos de sus moradores le pedían limosna cantando -rica herencia de los moriscos- quizá porqué el canto alivia los males que nacen del espíritu.

Las campanas de la Catedral tocaron tránsito -paso de un alma- muy lentos y espaciosos, aquel timbre metálico y mortecino era el vocero del nuevo Camino que tomaba el peregrino.

Los restos de don Emeterio fueron expuestos en el Palacio de la calle Caballeros. Fue un duelo general y todo el pueblo acudió a darle el último adiós. Su intensa labor de pastor no le impidió ser uno de los más cualificados latinistas de su época.

Su Gramática y Diccionario de Latín es muy codiciado por los amantes de esta disciplina y por los bibliófilos. Siempre al llegar la Navidad tengo un recuerdo para él, y de aquel «Pax tecum» que me administró en la capilla del Santísimo en la Parroquia de Santiago.

Su último legado para Ciudad Real fue el poner la primera piedra del nuevo Seminario. Pido un recuerdo para él.


José Luis Aguilera (Presidente de la Asociación “Ciudad Real, Quijote 2000”), “La Tribuna de Ciudad Real”, jueves 24 de diciembre de 1998



miércoles, 22 de diciembre de 2021

NUESTRA VIEJA Y NUEVA CIUDAD

 



En el principio fue un pozo; un pozo en este vértice de la llanura manchega. No sabemos quién lo hizo. Después pasó de ser un pozo a ser El Pozo de Don Gil. Alivió durante años, quizás siglos, la sed de labradores y ganaderos, de guerreros y de transeúntes por el viejo camino de Toledo a Andalucía y de sus ganados, para los cuales se hizo junto a él un pilar. En su torno fueron surgiendo construcciones que constituyeron una aldea, aneja de Alarcos. Alguna de estas construcciones, quizás la casa de Don Gil, rico orne de Alarcos, debió reunir ciertas condiciones de espacio y comodidad, conjetura Delgado Merchán, para explicar que aquí celebraran visitas Fernando III el Santo y su madre Doña Berenguela. El mismo Delgado Merchán recoge una tradición popular que señala una casa de la actual calle Real como el Palacio de Doña Berenguela.

Pero, en general, lo construido alrededor del pozo debía ser humilde: la piedra disponible se reservó para las Iglesias y las murallas. Se empleaban más bien adobes y maderas, cal y tejas. Y se construyó conforme a hábitos raciales, ancestrales: por cristianos, de tradición romano-goda, por moros y judíos, semitas.

Así apareció y se fue desarrollando la aldea de El Pozo de Don Gil, luego Villarreal, después Ciudad Real: con una fisonomía más bien modesta, tal vez abigarrada.

Fue el escenario en donde nacieron, lucharon, esperaron, creyeron y murieron nuestros antepasados.

Ahora estamos en otros tiempos en los que también se nace, se lucha, se espera, se cree y se muere. Pero han surgido nuevos estilos, otros modos. En consecuencia, la fisonomía de las ciudades, pueblos y aldeas se transforma. A esta ineludible transformación hay quien se enfrenta con una postura de radical oposición e inmovilismo; hay quien por el contrario adopta una actitud de radical renovación que pretende empezar por el solar resultante de la desaparición de lo anterior.




Pero los pueblos que tienen una historia, una tradición, los pueblos no cuneros, no pueden hacer tabla rasa de su pasado, de sus antecesores, por pobres y humildes que sean, porque la tradición es un título de nobleza, y la nobleza obliga a muchas cosas, y entre ellas, a ser fieles a recuerdos y cosas pasadas.

Y así conviene pensar si en el irreversible proceso de transformación de nuestra ciudad entre otros criterios que lo rijan, no habría de establecerse uno conforme al cual se delimitara una zona del viejo Ciudad Real, que conserve más o menos intacta su típica fisonomía, en la cual, sin perjuicio, o mejor dicho, además de una urbanización adecuada, se mantuviera externamente el aspecto tradicional en edificios, calles y rincones. Esta zona podría ser una parte del barrio de Santiago, con centro en su plazuela.

Otras poblaciones han hecho algo parecido y deseo salir al paso de la posible objeción de que aquí no merece la pena: siempre merece la pena el respeto a los valores antes aludidos, aunque tengan una proyección material de poca entidad.

De acogerse la sugerencia, las autoridades y organismos rectores del urbanismo habrían de adoptar las disposiciones pertinentes para su desarrollo y eficacia, creando estímulos y franquicias para los propietarios afectados, dotando de los correspondientes y adecuados servicios a las vías urbanas y plazas.

Y no quiero terminar sin cumplir con la justicia distributiva: la idea o sugerencia que aquí se vierte fue expuesta con brillantez y persuasión que no he sido capaz de reproducir, ante un grupo de amigos, muy relacionados además con la vida local, por alguien que bien nos quiere y está muy vinculado a nosotros: José María del Moral.

El cronista la recoje, la expone torpemente y espera.

Boletín de Información Municipal Nº 19, diciembre de 1965




martes, 21 de diciembre de 2021

REMEMBER

 



Hace muy poco tiempo… ¡Hace ya tanto tiempo!... Fue una tarde lluviosa del pasado siglo…

Conservaba la torre de la Catedral su cimborrio ingente de color de acero, como la punta de una lanza, hoy sustituido por un casquete que lejos asemeja media toronja clavada en el prócer chapitel, existía la Puerta de Ciruela, ojo por donde la ciudad miraba al mundo; las casas de la plaza gravitaban sobre solidos pilares recios, en cuyos plintos soportaban hoy la mole inquietantes columnas de fundición, si bien de moderna ligereza, anacrónicas cual si calzásemos a un hidalgo del Greco con zapatos yanquis; aún no se habían construido en el centro de la población esos minúsculos palacetes de cartón-piedra que parecen decoraciones de teatro de provincia; y, en fin, eran doncellitas las hermosas madres de algunos niños que juegan en el Prado... ¡Hace ya tanto tiempo!... Todavía escribía yo versos y tenía ilusiones... ¡Cosas del siglo pasado!...

Una tarde lluviosa...

En la iglesia de la Merced se celebraba el fúnebre novenario de las ánimas benditas. Las devotas venían luchando con las celliscas que les ceñían la ropa en fugaces revelaciones o las sofaldaban en momentos con su furiosa y gélida irrespetuosidad; los hombres, arrebozados en sus capas, se defendían bizarramente de un remolino, y así, borrones tácitos, unas y otros conseguían, por último, sumirse en la oquedad suntuosa del templo. Era, en aquella inclemente tarde de Noviembre, en que ni nevaba ni llovía y las dos cosas, muy triste la novena. La calle de Toledo veíase toda, solemne, amplia, blanquecina, barrida por el viento, relucientes los guijarros, llorosos los tejaroces, y allá lejos, lejos, la puerta medieval, la granítica puerta, se barruntaba siempre abierta, siempre expedita para que por allí se vayan los que no vuelven…

Gallardo como un mosquetero, atusándose los rubios mostachos enhiestos, desafiando, a cuerpo, al frio, gentil y donairoso; la faz alta y la límpida mirada penetrante y dominadora, aportó el amigo poeta; el bohemio, el rebelde, incansable en el festín, irreductible en el ideal, blando y dulce de corazón, que era cual un capitán de los Tercios, redivivo y molesto en el ambiente burgués que agostaba sus ansias de aventura, embotaba su tizona y trocaba en extravagancias, censuradas por los imbéciles, los más bellos arranques de galantería y de altruismo.




Antes—venía él en pos—cruzó gentilísima una mujer hermosa.

-Siempre igual- dije al noble amigo.

Llegóse a mi abandonado el cortejo.

-Allá vaya ella. Contigo me quedo.

-¿Es…? ¿La quieres?

—¿En qué me voy a entretener? La quiero por no aburrirme. ¿Y tú, qué haces aquí?

—¿Andamos?—pregunté.

Se encogió de hombros

Anduvimos. Por las calles silenciosas, por las calles desiertas, entre las herméticas casas cuyas vidrieras gemían y cuyos portones estaban apestillados; por la ciudad callada y luctuosa anduvimos sin norte y oímos, uno tras otro, a tres relojes decirse una hora con voces tremantes; y oímos en dos, en tres, en cuatro, en cinco campanarios el toque de ánimas...

De pronto él se plantó y me dijo:

—Tú y yo no debemos estar aquí. Tú y yo somos exóticos, Yo no encuentro ni con quien reñir. ¿Qué hacemos aquí? ¿Qué hacemos?

Vulgar yo, repuse:

-¿Y adonde ir? Nervioso movía las piernas dando escape a su energía rebrincante. Se quitó el sombrero aunque el cierzo helaba, y el cierzo jugó con el mechón áureo de su cabello que, a modo de airón de caudillo, tremolaba sobre la hermosa frente—aquella frente troquel de tantas hermosuras...

Insistí:

-¿Es de la ciudad esta, o es de la época esta, de lo que nos encontramos excluidos?

Me miró intensamente atusándose el mostacho de mosquetero.

—No lo sé. Yo sé que me voy.

Y se fue. Por la calle de Toledo; por la puerta de Toledo; por donde se van los que no vuelven.

¿Os acordáis de Juan Bernabeu?

Rafael López de Haro. Revista “Vida Manchega”, número 1, jueves 7 de marzo de 1912

 


lunes, 20 de diciembre de 2021

UN REY EN CIUDAD REAL (IX Y ÚLTIMO)

 

Vista aérea de Alarcos en los años noventa del pasado siglo



Majestad: Estamos en la parte más alta de la villa de Alarcos en el antiguo Castillo, en la fortaleza, que la defendía, que como veis forma un rectángulo su plano, con sus cuatro torres en sus esquinas y otras tantas en sus intermedios.

Una de estas torres es en la que estamos, se llama la “Mazmorra”, que tenía comunicación con el Guadiana, por profundo subterráneo, para la toma de agua, aunque cerca estaba el aljibe, y poder en caso de asedio huir hacia el campo.

-Como la noche es tan serena, y la luna, como gigantesca lámpara, ilumina todo el espacio veamos donde se dio la famosa batalla el 18 de julio de 1195, dijo el rey.

Al tener noticias Alfonso VIII de que el emperador de Marruecos, había cruzado el Estrecho y desembarcado en España, no esperando el auxilio de los otros reyes cristianos que se lo tenían prometido, salido de Toledo, pasando por Guadalerzas, Malagón y Calatrava, poniéndose sobre Alarcos en la fecha citada colocando su pequeño Ejército solo de castellanos, en condiciones de pelear y dar la batalla en estos sitios que contemplamos le digo al rey.

La espalda de sus tropas, eran las murallas de la ciudad; su flanco derecho lo defendía el río y su izquierda el cerro Negro del Arzollar o del Despeñadero, que de estos distintos nombres se le llama en la actualidad, quedando libre de ser envuelto Ejercito cristiano, con arreglo a la estrategia más elemental, pudiendo únicamente ser atacado de frente.

 



Y así fue ciertamente el combate dijo el rey, porque los nuestros acometieron a la vanguardia moruna, con tal ímpetu que la hicieron retroceder y la derrotaron, pero otra avalancha de mahometanos, que formaban el segundo Cuerpo del Ejército, rodearon a las tropas del primero y en rudo golpe, se vieron rodeados por todas partes y cuentan las crónicas árabes, que los lanceaban a su placer, tal era el número de los infieles.

En este trance, con gran sorpresa de todos, las menadas que mandaba don Diego López de Haro y las de sus yernos, abandonan traidoramente el campo y se refugian en Alarcos.

Se explica este hecho por resentimientos que tenía al rey, dejando en el mayor abandono a sus hermanos, que morían por su fe, por su patria y por su rey.

Alfonso VIII al ver perdida la batalla, quiso meterse donde peleaban desesperadas sus tropas, diciendo QUE PREFERIA MORIR EN AQUEL SITIO A VOLVER A TOLEDO CON TAN GRANDE AFRENTA, pero fue detenido por lo que rodeaban, tomando entonces en su huida camino de Villadiego, a todo correr del caballo.

El emperador y su formidable Ejército siguió al fugitivo hasta Yébenes, no alcanzándole, porque recibió la noticia de que su hijo y heredero había muerto casi repentinamente en África, dando orden de volver otra vez a Marruecos. Como así lo hizo. Tal fue la célebre batalla de Alarcos.

 

Emilio Bernabeu, diario “Lanza”, lunes 5 de febrero de 1954



domingo, 19 de diciembre de 2021

UN REY EN CIUDAD REAL (VIII)

 

Grabado de Alarcos en Recuerdos y Bellezas de España (1833-1850)



Dejamos Malagón de agridulces recuerdos, por la mezcla del dolor por no ver ya el altísimo y renombrado castillo y la grata emoción de contemplar la hermosa escultura que representa a Santa Teresa de Jesús, mística Doctora.

En dirección hacia Alarcos, llevando a la derecha el Guadiana, con la señorial casa de Santa María, la antigua Tarba, Molino de Sancho Rey, los Corrales de Cabeza del Palo, que es un vértice de la triangulación protésica del Instituto Geográfico-catastral, volcán extinguido de la edad terciaria, según los geólogos, con sus grandes coladas que forman los ricos neopisales en sus alrededores, tierras de pan llevar, y más adelante el Cerro del Hierro, dejando a Benavente y Galiana con su conservada torre moruna; y por la izquierda del río, Alcolea, con los restos de un castillo medioeval, sierras volcánicas de las Medias Lunas, paramos cerca de Villa Diego.

Desde este sitio contemplamos a nuestro placer donde estuvo Alarcos, sus murallas algunas en pie todavía, contando hasta treinta torres o bastiones derruidos y en lo mas alto del cerro, los restos de la primitiva fortaleza llamada Mazmorra, ya su fin real el Santuario de la Virgen.

En el recinto de este círculo de murallas, ¿qué queda de la antiquísima ciudad? ruinas de edificaciones, escombros por todas partes, algunas cuevas medio cegadas por las tierras, habitaciones hundidas, trozos de cerámica de diversas épocas, etc. etc.

El rey me dijo entonces: si borramos el fatídico día 21 de julio de 1195, esta villa con su castillo, hubiera pasado sin mencionarse siquiera en las páginas de la Historia, pero la tremenda derrota que aquí en sus cercanías, entre el río y Poblete, y en el espacio que abarca nuestra vista desde la altura en que nos encontramos, ha conseguido este sitio triste inmortalidad.

 



Contesté al rey: Señor los historiadores no dejan bien parado a vuestro egregio abuelo, don Alfonso VIII, apellidado después el de las Navas de Tolosa, por el triunfo que alcanzó sobre los moros en esos lugares de Despeñaperros, tildándole de impulsivo, ligero, presuntuoso, precipitado y no sé cuántas cosas más, por atreverse aquí precisamente en Alarcos, a atacar el formidable ejército árabe, veinte veces mayor que el suyo.

Es verdad que el reto que envío al emperador de Marruecos, desafiándole así al parecer lo demuestra, pero más que jactancia, era valentía por su brillante excursión a las playas casi africanas, siempre vencedor de la morisma, en los mil combates que con ella tuvo y claro está estos triunfos le pudo envalentonar.

De todos modos, debió esperar a los ejércitos de los otros reinos en que estaba dividida España, pues al pedirles auxilio estos reyes se lo prometieron, por eso, Majestad, se le juzga por nuestros escritores, tal vez injustamente de irreflexivo y temerario.

-Si no viene mi abuelo tan precipitadamente desde Toledo, tal vez se hubiera evitado la tremenda derrota, que sufrió en la ciudad que ahora estamos contemplando y en las cercanías que vemos, pero muchas veces nos equivocamos en los juicios y planes propuestos, dijo el rey con dejo de tristeza y amargura.

Hablaremos de la célebre batalla de Alarcos, contesté.

 

Emilio Bernabeu, diario “Lanza”, lunes 1 de febrero de 1954



sábado, 18 de diciembre de 2021

UN REY EN CIUDAD REAL (VII)

 

Vista del Castillo de Miraflores en Piedrabuena



Dejamos a la Santa en su celda, sentada en el viejo sillón de roble, con el asiento y respaldo de oscuro cuero sencillamente repujado, a estilo cordobés, con el atuendo académico, muceta de seda que cubría su busto y en la cabeza el birrete de Doctora.

Cuando yo escribí los Loores y las Cántigas a la Virgen Santa María, me hice la ilusión de que no se igualarán nunca, no por la forma imperfecta como todo lo humano, sino por el ferviente amor que puse en esas obras, y que creo están ahora los mimados manuscritos en la biblioteca de El Escorial, dijo el rey pensativo, pero Santa Teresa como poeta superó cuanto se ha escrito porque supo expresar en sus versos el amor divino, como nadie.

Subimos en “Pegaso” y tornamos veloces otra vez hacia estos campos que rodean la Ciudad que fundara el sabio monarca, rumbo a la antigua PETRA BONA (hoy Piedrabuena), buscando el Castillo de Mestaza, famoso en otro tiempo, cuando las luchas de la Reconquista ensangrentaban nuestras comarcas de la Mancha, pero la desilusión fue grande, porque la antigua fortaleza estaba convertida en plaza de toros, para recreo de la villa.

Desde lo que fueron altas murallas, vimos como a unos cuatro kilómetros, la silueta en un altozano, de otro castillo, claro que casi derruido, llamado de MIRAFLORES, que, sin ser grande, por el punto que ocupó era de importancia estratégica por dominar grandes extensiones.

Llegamos a Miraflores, que así se conoce y llama indistintamente por los contornos de Piedrabuena y a la luz intensa de la plateada luna, subimos por una rampa, penetrando en lo que fue Patio de Aguas del Castillo, sentándonos al pie de la Torre de Homenaje.

Examinamos la entrada de un subterráneo, que como en todos los castillos, tenían por objeto surtir de agua de algún río próximo a la fortaleza y en caso de asedio facilitar la fuga de la guarnición.




Este de Miraflores desemboca como a un kilómetro del castillo cerca de un manantial que nunca se agota llamado Fueteva.

-Voy a contaros, Majestad la tradición que se conserva sobre esta fuente, leyenda que he recogido de labios de naturales de Piedrabuena:

El castillo de Miraflores estaba en poder de un gobernadorcillo moro, que tenía un hijo y una hija, ésta de subida belleza y genial figura llamada Zoraida, y su hermano fanático musulmán, que la mejor palabra que tenía para los de la verdadera fe era llamarlos “perros cristianos”.

Es lo cierto que la bellísima mora salía todos los días por el subterráneo hasta la fuente, y una vez se encontró en el mismo sitio con un apuesto joven cristiano de otro castillo fronterizo y entablaron amorosas relaciones.

Por confidencias de un morito, el hermano de Zoraida supo estas entrevistas y montando en cólera, juró matar a la joven pareja. Y así fue, que, habiéndolos sorprendido a los amantes, en dulce coloquio amoroso, sacó su puñal, matando a su hermana.

El cristiano lucho con el moro, venciéndole y dándole muerte, pero al ver agonizando a su amada, se clavó su daga en el pecho para no sobrevivir a la gentil mora, amor de sus amores.

El rey dijo: Es una leyenda romántica parecida a otras muchas que conocemos, pero bella en verdad, ahora vamos a la ciudad y Castillo de Alarcos, pasando por Benavente, Alcolea, Valverde, y Galiana.

 

Emilio Bernabeu, diario “Lanza”, miércoles 27 de enero de 1954

 


viernes, 17 de diciembre de 2021

UN REY EN CIUDAD REAL (VI)

 

Convento de Carmelitas Descalzas de San José del Salvador de Malagón (Ciudad Real). Eduardo Matos 1968



Desconozco el poder mayestático, oculto y misterioso, del rey sabio, pero puedo afirmar que sin negar la fuerza atómica del uranio y del plutonio que infunden a los aparatos proyectiles velocidades prodigiosas, el mitológico caballo alado “Pegaso” es incomparable a todo lo conocido hasta el día.

Dijo el monarca fundador de Ciudad Real: apartémonos de este tristísimo lugar cuna de la ínclita Orden de Calatrava, porque se contrista mi ánimo sobremanera ante tanta desolación y ruina. Alguna vez la Historia, supremo juez de pueblos y naciones, pedirá cuenta a los responsables de tan punible abandono.

Por encima del Guadiana, cruzamos la ancha y cenagosa vega, parando en Malagón, cerca de donde estuvo su histórico y célebre castillo, pero que ya arrasado hasta sus cimientos por su propietario hace pocos años guiado únicamente por el lucro, borró para siempre la fortaleza, unas veces árabes y otras cristianas.

-Majestad, ya sabéis, que aparte su valor castrense, tenía el castillo un interés subido en lo religioso y en lo literario, que no conviene olvidar, pues en uno de esos aposentos la mística doctora Teresa de Ahumada, después Santa y gloria de la Iglesia y de la literatura patria, vivió algún tiempo, teniendo sus célebres visiones y delirios de suprema espiritualidad.

Ella misma, Santa Teresa refiere en sus libros famosos “Historia de mi vida” y en “Las fundaciones”, como se instaló en el castillo, acompañando a doña Luisa de la Cerda, hermana del Duque de Medinaceli, descendientes del Infante, su malogrado hijo y primero heredero, que falleció en Villa Real en 1275.

 

Convento de Carmelitas Descalzas de San José del Salvador de Malagón (Ciudad Real). Eduardo Matos 1968



-No me nombréis a aquel tan querido hijo, esperanza del trono de Castilla, cuya muerte fue la causa de la rebelión de su hermano don Sancho, que me quitó la corona y a mis nietos los infantes de la Cerda.

-Vamos al convento que fundara Santa Teresa y que milagrosamente se conserva intacto a pesar de la pasada guerra fraticida.

Entramos y como por arte de magia éramos invisibles, recorrimos a nuestro placer las galerías altas sin obstáculo alguno.

Se dice señor, que por las noches sale de su celda la Imagen de la Santa y discurre silenciosamente por la Iglesia y por claustros y corredores y afirmándose como plena verdad, que las suelas de esparto de sus alpargatas más que sandalias, tienen que reponérselas, por estar sumamente gastadas.

En esto vimos abierta la puerta de una celda y en un sillón frailero, detrás de una mesa, sentada a Santa Teresa, con la pluma en la mano mojando en el tintero de Calatrava y escribiendo aquellos versos que todos sabemos de memoria:

Ven muerte, tan escondida,

que no te sienta venir,

pues el placer de morir,

no me vuelva a dar la vida.

Por nuestro poder sobre natural, pudimos leer y apreciar todo lo que pasaba, dejándonos absortos.

 

Emilio Bernabeu, diario “Lanza”, lunes 25 de enero de 1954

 

Imagen sedente de Santa Teresa de Jesús. Monasterio de San José, Malagón (Ciudad Real). Blog “Ciudad Real Sagrada”