Bernarda Patón del Hoyo ha cumplido los ciento veinte años, y en toda su vida tomó un medicamento
La única superviviente del último centenario, el VI, de la fundación de Ciudad Real es Bernarda Patón del Hoyo, que cumplió ciento veinte años el 20 de agosto de 1954. Se trata de un caso de longevidad poco frecuente, tan poco común, que es posible que Bernarda sea uno de los pocos seres que aún vivan después de tanto tiempo.
Lo primero que hace Bernarda es señalarnos un cuadro en que aparece el documento que atestigua la fecha de su nacimiento y enseñarnos unas fotos en las que aparece junto al obispo prior de las Ordenes Militares, que cada año ha ido a visitarla en el día de su cumpleaños para entregarle un donativo. El pasado, de manera expresa, el doctor Echevarría Barrena, recientemente fallecido, le redondeo la cantidad dándole 25 pesetas de más, y buena prueba de la memoria de Bernarda para las cosas que ocurrieron hace un siglo como para las que se produjeron hace un año, en que esta, nada más ver al prelado, le dijo:
-Señor obispo, descuénteme cinco duros que me dio de más la última vez.
Hemos visitado a Bernarda para que nos hable de ella y de Ciudad Real y le hemos preguntado si recuerda lo que ocurrió en la capital hace cien años, cuando el VI centenario de su fundación.
-Me acuerdo de muchas cosas ¿sabes, hijo mío?, pero si era cosa de discursos y todo eso…, seguro que no fui. A lo que yo no faltaba nunca era “La Pandorga” (fiesta popular manchega) y a los “mayos”.
Desde niña trabajó siempre la tierra, y la
azada fue el único instrumento con el que, en crudos inviernos y calurosos
veranos, curtió su naturaleza. Nunca estuvo enferma y no ha salido de Ciudad
Real, salvo al ser arrollada por una caballería, hubo de trasladarse a Madrid
para ser curada. No ha tomado jamás un medicamento.
De su matrimonio tuvo nueve hijos, muriéndosele cuatro. De los que le viven, el mayor ronda los setenta años, y el menor, cincuenta y seis. Estos han dado a Bernarda veinticinco nietos y quince bisnietos que viven en la actualidad.
Evoca sus recuerdos infantiles más lejanos:
-Siendo muy joven y viviendo con mis padres
en un chozo en el campo, llegó hasta allí una partida de soldados carlistas, al
mando de “el feo cariño” y “el cabo Peco”, que combatieron por estas tierras.
¡Que susto, Dios santo! En mi choza terminamos por hacer comida para todos.
-Años después visitó Isabel II esta ciudad. Hubo muchas fiestas, y mis padres no me dieron permiso para venir desde el campo. Me escape de casa sin zapatos, pues me los había escondido mi madre. Cuando regresé de los festejos que se organizaron tuve otros con mi familia. Y me dieron una buena paliza.
-¿Sabe usted leer y escribir?
-No. En mis tiempos solo aprendían los hombres. Pero conozco las letras de los anuncios y las “entiendo”.
Cuenta el refrán que los niños y los viejos dicen la verdad. Bernarda, que aparte de ser una vieja de las más viejas es tan llana como la tierra que la vio nacer y enormemente sincera, nos responde cuando la preguntamos cual ha sido la mayor amargura de su vida:
-Mi mayor amargura fue no haberme casado con mi primer novio. Se opusieron sus padres por cuestión de intereses. El pobre hombre “desesperao” se marchó a la guerra de Cuba. Cuando volvió ya estaba yo casada.
Aun se emociona esta mujer cuando se destapa el frasco de sus esencias sentimentales. Le preguntamos que diferencia encuentra entre las costumbres de ahora y las de hace un siglo:
-Entonces no había tanta vanidad, porque no había el destrozo de dinero que hoy se hace. Un vestido nuevo duraba para “tres ferias”.
Hemos dejado a Bernarda sentada en su sillón, del que casi no se mueve. Pero es feliz, y ese es su mejor premio.
El Correo Gallego. Número 25361 - 19 de abril de 1955




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