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sábado, 10 de octubre de 2026

LA CULTURA MATERIAL DE LOS HOGARES HIDALGOS DE LA MANCHA. CIUDAD REAL, 1585-1610 (V)

 

Vista de la calle Estrella en los años sesenta del pasado siglo XX


3.1. En la calle: la distinción, una obligación necesaria

El ejemplo de las hermanas Galiana constituye una buena muestra de la importancia otorgada a la representación externa. Como en el caso ya visto de la Treviño, si se eliminan bienes raíces y capital dinerario, las categorías de objetos más relevantes fueron aquellas en que se incluyeron las prendas de vestir femeninas, las joyas y los objetos y ropas del hogar. Todas ellas forman parte del “patrimonio calificador” (51), acertada expresión con la que López-Salazar Pérez se refirió a aquellos objetos, bienes y propiedades que no solo constituyeron la base material del hogar hidalgo, sino también el pilar sobre el que se sustentó gran parte de las estrategias de significación social de sus miembros. Se trata de objetos sobradamente conocidos, muy concretos y muy específicos en relación a las posibilidades de usabilidad que ofrecieron a sus poseedores.

Hablemos primero de la vivienda. En realidad, cabe decir muy poco, pues las descripciones que proporcionan las cartas matrimoniales son escasas y poco específicas. No obstante, y a juzgar por el valor de algunas de las reseñadas, puede afirmarse que, como indica el propio López-Salazar, “las casas de un buen hidalgo podían valer tanto como toda la hacienda de un mediano labrador” (52). Sirvan de muestra las que recibió Diego Cabeza de vaca Vilches, valoradas en 300.000 maravedíes (53), cantidad ciertamente importante aunque no tanto como los tres cuartos de millón de maravedíes (más de 22.000 reales) en que se tasaron las que llevó en su dote doña Beatriz de Gámez (54).

Portadas, torreones y arcos(55) así como escudos de piedra(56) constituyeron algunos de losañadidos que figuraban en sus fachadas y que conferían prestancia a las mismas aunque, como se ha indicado, en este caso la fuente no es muy explícita. Sí que los encontramos descritos con cierto detalle en los interiores, donde se hacen presentes de todas las maneras posibles y bajo todos los formatos imaginables(57). Es el caso, por ejemplo, de doña Elvira Treviño, de quien ya se ha hablado, quien optó por llevar grabado el escudo familiar en una rica fuente de plata valorada en 339 reales58 o de la menor de las Galiana, quien incorporó las armas de su linaje en un repostero bordado al que, además, añadió una cruz de Montesa(59). Más curioso resulta el caso de Fernando Poblete de la Serna, quien incluyó “las señales de los Pobletes y los Arciniegas” en un rejón(60); más allá de las hipotéticas aficiones taurinas del padre, no sabemosen qué medida podía interesar a la joven casadera tal detalle.

Junto a las casas, los esclavos fueron uno de los bienes con más carga simbólica. A juzgar por lo aparecido en los cuadernos particionales, su propiedad estuvo relativamente extendida entre los individuos y familias con posibles, no solo hidalgos (61). También es fácil encontrarlos en las dotes.



Como mera mercancía, su valor fue diverso y posiblemente obedeció a factores como la edad, las condiciones físicas e, incluso, el sexo. En todo caso, parece que alcanzaron tasaciones similares a las observadas por López-Salazar Pérez a través de los cuadernos particionales estudiados para el conjunto de la región manchega, donde el precio más elevado llegó a los 74.800 mrs., no más que “una buena mula de labor” (62).

Menos importancia parece que tuvo la propiedad de caballerías. De hecho, a la altura del siglo XVI, el caballo resultaba un animal de utilidad limitada, también y en parte por lo caro que era su mantenimiento. Así las cosas, fueron muy pocos los hidalgos que se permitieron mantenerlos de cara a la ostentación, o al menos solo con ese objetivo(63). Tal fue el caso, por ejemplo, de doña María de Poblete, quien en su dote llevó uno “castaño y ensillado”, aunque a juzgar por los aderezos que acompañaron al animal es posible que su función estuviera más relacionada con el trabajo en el campo que con la posibilidad de servir como medio de alarde a su propietaria (64).

Aún así, hubo casos en los que esa ostentación fue un hecho: doña Catalina Mexía de Salcedo llevó uno, “con su silla y freno”, valorado en más de 1.100 reales y doña Marina de Galiana otro cuyo precio ascendió a 882, a los que cabría añadir los 500 en los que se tasó la carroza que tiraba(65). A juzgar por la variedad de objetos que añadió al propio animal, aquí sí puede hablarse de un uso intencionado de la montura como símbolo de distinción. Algo similar ocurrió en el caso concreto de doña María de Balmaseda: silla, estribos, frenos, acicates, riendas, cinchas, jaeces, espuelas, incluso una capa de montar de color verde y negro constituyeron solo una parte de los aderezos con los que equipaba a su montura, los cuales, sin duda, podrían hacer hoy en día las delicias de cualquier aficionado a la equitación(66).

Tampoco parece que cumplieran mucho con su función original las armas. Pocas, oxidadas en ocasiones y obsoletas casi siempre, la mayor parte de las inventariadas en las dotes de las hidalgas de Ciudad Real dan la sensación de cumplir una función muy similar a la que desempeñaban las del viejo don Quijote(67). Muestra de ello es que algunas de las más abundantes son, precisamente, aquellas que menos utilidad parecían tener ya a finales del XVI como los alfanjes(68) y montantes (69), claramente en desuso por su peso y tamaño; como también debieron estarlo las adargas(70) y lanzas(71). Sin duda, las más habituales fueron las espadas, que, en casi todas las ocasiones, iban acompañadas de sus correspondientes tiros y pretinas. En ocasiones estuvieron ricamente decoradas con borlas y remates de cuero(72) o de metal (a veces incluso de oro y plata)(73). Ballestas(74), dagas y puñales(75) completaban la nómina de armas más habituales entre las que no parece que estuvieran las de fuego (76). De hecho, y a excepción de algún pistolete (“con su frasco y aderezos dorados”) (77), lo más común es encontrar arcabuces(78) y éstos apenas llegan a la decena(79).


Calle del Tinte con calle Alarcos en los años sesenta del pasado siglo


La distinción también se buscó mediante el lujo80 y es en este apartado donde, en el campo de lo externo, entraron en juego joyas y vestidos. El catálogo de joyas y aderezos personales de las hidalgas de Ciudad Real es tan extenso y detallado como aburrido, pues repite una y otra vez los mismos conceptos, de manera que resultaría poco productivo ir mucho más allá. Tan solo cabría mencionar, por su singularidad, algunos de los objetos más llamativos. Pendientes, aros, rodetes, apretadores, arracadas... son tremendamente frecuentes y los hubo de todos los tipos y materiales. Algo parecido ocurrió con los anillos: doña Inés Marquina llevó seis(81) y cinco doña Beatriz de Gámez, aunque la cantidad no lo era todo. La propia Gámez reseñó, además de los ya citados, otro con un diamante engastado, cuyo precio multiplicaba por dieciséis el valor de todos los anteriores. A similares conclusiones puede llegarse también con collares y sartales, donde es habitual encontrar precios tan diversos que oscilan entre los seis reales en que se tasó uno de doña Ana de Figueroa y los 2.757 en que se valoró otro de la ya citada Gámez. Las cuentas de oro y ámbar y el “frasco de ámbar pendiente guarnecido” que acompañaban a nada más y nada menos que trece rubíes, parece que justificaban ese precio.

Capítulo especial dentro de las alhajas lo conformaron los objetos de tipo religioso: cruces de plata y oro, rosarios de cristal, agnusdéis, medallas votivas... constituyeron complementos que no tenían por qué ser especialmente lujosos pero que acabaron por dignificar a sus portadoras, especialmente si en ellos aparecían el oro o la plata.

Hablemos finalmente de la ropa para constatar que, aquí, la variedad también fue enorme y que aunque, en principio, no pueda introducirse el factor comparativo, sí se detectan matices que permiten afirmar que el vestuario fue igualmente empleado como medio de proyección de la imagen de la familia. No en vano, y como apuntó en su día don Antonio Domínguez Ortiz, al adquirir vestidos no solo se compraba ropa sino que se adquiría estatus(82). Importante es reseñar que el mayor o menor número de bienes asociados a esta categoría ya es revelador de la capacidad adquisitiva de la otorgante de cada dote(83). Sin embargo, tanto o más significativo es considerar la calidad de los bienes inventariados. En ese sentido, una vez más, vuelven a aparecer matices que conviene retener tales como la recurrencia de sedas, tafetanes, damascos, palmillas e, incluso, rajas de Florencia que hablan de la búsqueda de productos más allá del mercado local y comarcal.

Finalmente, y junto a lo ya dicho, cabría apuntar que tan importantes como los propios vestidos son los complementos y aquí, como ocurre en el caso de las joyas, sí hay más variedad que en el caso de las prendas asociadas a dotes no nobles: capotes y capotillos, bandas de vestido, capillos, ligas, copetes para los zapatos, regalillos, sombreros... constituyen una suerte de prolongación de esa riqueza en el vestir que también actuó como factor diferenciador.


La calle Alarcos en los años ochenta  del siglo XX



(51) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., “Hidalgos de carne y hueso en La Mancha cervantina”, en Pedralbes, 25 (2005), p. 85.

(52) Ibídem, pp. 85-86.

(53) AHP CR, Protocolos, leg. 31-10, fols. 59r-66r. 31.07.1592.

(54) AHP CR, Protocolos, leg. 72-2, fols. 205r-208v. 10.07.1604. No tan importantes en valor pero sí por su cantidad nos ha parecido el caso de doña María de Estrada y Poblete, en cuya carta de dote se anotaron hasta seis, situadas en todas las parroquias de la ciudad. AHP CR., leg. 79-2, fols. 300r-309v. 07.09.1608.

(55) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., “Hidalgos de carne y hueso…” art. cit., p. 85.

(56) SORIA MESA, E., La nobleza…, op. cit., pp. 268-270.

(57) Y no solo en las dotes. También aparecen en las cartas de donación como la del ya mencionado Diego Cabezadevaca, quien valoró en 1.500 reales los seis reposteros decorados con las armas de su familia que incluyó en la relación de bienes que llevó consigo tras la boda. AHP CR., leg. 31-10, fols. 55r-57v. 31.07.1592.

(58) AHP CR, Protocolos, leg. 71-3, fols. 5r-16v. 14.01.1601.

(59) AHP CR, Protocolos, leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595.

(60) AHP CR, Protocolos, leg. 30bis-5, fols. 6r-22v.13.11.1594.

(61) DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., op. cit., pp. 149-150 y LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., Estructuras agrarias..., op. cit., p. 459.

(62) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., Estructuras agrarias..., op. cit., p. 459.

(63) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., “Hidalgos de carne y hueso…” art. cit., p. 89.

(64) AHP CR, Protocolos, leg. 30bis-5, fols. 6r-22v. 13.11.1594.

(65) AHP CR, Protocolos, leg. 41-1 fols. 1r-38v. 07.02.1595 y leg. 31-10, fols. 59r-66r. 31.07.1592. Otro

indicativo de estatus y no solo por su mera posesión sino porque la legislación que reguló la posesión de coches de caballos y carrozas fijó un número mínimo de animales de tiro para este tipo de vehículos lo cual redujo notablemente las posibilidades de quienes quisieron hacer uso de ellos. Véase al respecto, RUIZ GÁLVEZ, A. Mª, “Guardar las apariencias…” art. cit., p. 179 y, sobre todo, LÓPEZ ÁLVAREZ, A., “Coches, carrozas y sillas de mano en la Monarquía de los Austrias entre 1600 y 1700: evolución de la legislación”, en Hispania. Revista Española de Historia, vol. XVI, nº 224 (2006), pp. 883-908.

(66) AHP CR, Protocolos, leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609.

(67) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., Estructuras agrarias..., op. cit., p. 459.

(68) Entre otros, AHP CR, Protocolos, leg. 30bis-5, fols. 6r-22v. 13.11.1594 y leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609.

(69) Por ejemplo el de doña Marina de la Serna y Guzmán. AHP CR, leg. 31-8, fols. 81r-86r. 22.05.1587.

(70) AHP CR, Protocolos, leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595.

(71) AHP CR, Protocolos, leg. 55, fols. 528r-530v. 24.02.1596.

(72) AHP CR, Protocolos, leg. 31-10, fols. 59r-66r. 31.07.1592.

(73) AHP CR, Protocolos, leg. 41-1 fols. 1r-38v. 07.02.1595.

(74) AHP CR, Protocolos, leg. 9-2, fols. 31r-42v. 22.02.1599.

(75) AHP CR, Protocolos, leg. 31-10, fols. 59r-66r. 31.07.1592.

(76) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J., Estructuras agrarias..., op. cit., p. 459.

(77) AHP CR, Protocolos, leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595.

(78) Como el que, por ejemplo, llevaba en su dote doña María Carrillo de Góngora, que iba acompañado de su funda, baqueta, dos frascos y otros aderezos. AHP CR, Protocolos, leg. 56-1, fols. 100r-113r. 30.07.1597.

(79) Puestos a hablar de rarezas podría señalarse la presencia en la dote de doña Marina de Galiana de “un arco de junco de las Indias” del que cabría esperar poco más que una función decorativa. AHP CR, Protocolos, leg.41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595.

(80) SORIA MESA, E., La nobleza…, op. cit., pp. 262-263.

(81) AHP CR, Protocolos, leg. 109-1, fols. 139r-140v. 16.06.1602.

(82) DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., op. cit., pp. 8-9.

(83) Basten solo un par de ejemplos entresacados de los muchos que podrían ponerse para indicar, por ejemplo, que los bienes asociados a esta categoría en la dote de doña María de Balmaseda ascendieron a sesenta. AHP CR, leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609.


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