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domingo, 11 de octubre de 2026

LA CULTURA MATERIAL DE LOS HOGARES HIDALGOS DE LA MANCHA. CIUDAD REAL, 1585-1610 (VI)

 

Vista de la calle Toledo años cincuenta siglo XX


3.2. En el hogar: lo privado y lo cotidiano

 El ejemplo Ropa, casas, blasones, joyas, monturas y armas… constituyen la muestra “calificadora” de la necesidad de significación social. Son, si así se quiere ver, el espejo en el que se reflejan la superioridad, el esplendor y la riqueza de sus propietarios. A ellos cabe añadir los objetos presentes en el espacio doméstico, que constituyen la parte menos visible de ese sistema de representación erigido para mostrarse y demostrar que su función fue igualmente necesaria.

Según se desprende del contenido de testamentos, cuadernos particionales e inventarios post-mortem, la nobleza de Ciudad Real no protagonizó alardes desmedidos; de hecho, sus objetos de lujo “no parecen excesivos”, lo cual tampoco impide situar al grupo varios peldaños por encima de las oligarquías rurales del resto de La Mancha (84).

Las escrituras matrimoniales confirman esa apreciación. En relación con ello, el menaje del hogar no presenta unas notas definitorias propias. Simplemente cabría detenerse en aquellos objetos que pudieron marcar diferencias con respecto a los del resto de grupos sociales de la ciudad, bien por su valor, bien por su rareza y el grado de innovación que supone su mera aparición. De entre los más caros cabría destacar las ampulosas vajillas de porcelana(85), cristal o plata que conformaron algunos de los ajuares de las protagonistas de estas líneas; entre ellas estaba doña Constanza Suárez de Figueroa, de cuyo servicio de mesa pueden resaltarse las piezas de fino de cristal traídos de Venecia (86) o la ya mencionada Elvira Treviño, quien aportó tres grandes fuentes de plata dorada cuyo precio ascendió a 1.106 reales.

Objetos contenedores (botes, tinajas, calderas...) y menaje propiamente dicho (paletas, cazos, sartenes, parrillas, cucharas...) conforman un listado que podría prolongarse casi hasta el infinito. Sin embargo, y dado que nada parece demasiado excepcional, lo único que cabe valorar es el grado de innovación que supone la aparición de determinados utensilios, algo que, por el momento, resulta difícil al carecer de series documentales anteriores y posteriores en el tiempo. Lo que sí puede afirmarse es que, aunque aún resultan raros, los casos en los que aparecen novedades están relacionados con una concepción más civilizada de los usos y prácticas domésticas. En ese sentido, la mera especialización funcional (por ejemplo en el caso de los platos y fuentes –de los que a veces se especifica para qué deben usarse–) o la aparición de cuberterías completas (87), suponen un paso más allá en ese grado de civilidad, puesto que rebasan la generalizada y casi anecdótica aparición individual de este tipo de objetos(88). Junto a ello también podría señalarse la presencia de objetos en teoría habituales pero cuya “rareza” viene dada por su valor o su procedencia. Ejemplos hay muchos: vajillas de cerámica de Talavera o de Sevilla, vasos de la India o aderezos para el fuego traídos directamente desde Flandes podrían ser una buena muestra de ello(89).


calle Azucena con sus viejas edificaciones


El mobiliario doméstico ocupa una posición que podríamos calificar como de intermedia(90). Bancos, taburetes, sillas y sillones son ciertamente frecuentes; como lo son candelabros y hacheros, cuyo uso parece extendido aunque menos que el de candiles y candeleros, que resultaron más accesibles por su precio. En esencia, todo parece similar a lo observado en el resto de grupos sociales de la ciudad. De hecho, la única nota definitoria viene dada, de nuevo, más por la cantidad de bienes inventariados que por la calidad de los mismos. Así ocurre en el caso de arcas, arcones, baúles y cofres que se cuentan siempre en mayor número, pero que, salvo casos concretos (91), no parecen sobresalir de manera especial ni por su aspecto externo ni por su decoración. Si acaso, sí por sus materiales, pues a las maderas consideradas habituales (como el pino o el roble) se añaden otras menos frecuentes como el nogal, cerezo, enebro, ébano e, incluso, algunas procedentes “de la India”(92).

La aparición de maderas “nobles” es más frecuente en el caso de las camas, objeto “fetiche”, que con mayor o menor profusión y con más o menos riqueza aparece siempre (93). En el caso de las hidalgas las hubo de todos los tipos: de cordeles o de tablas(94), con barrotes(95), con cortinas(96) ... Algunas fueron especialmente ricas. Entre ellas destacan la de María Carrillo, con el frontispicio dorado y decorado con manzanas talladas en madera de nogal(97) o la de doña Francisca de Briñas, también de nogal pero, en esta ocasión, decorada con forja(98); ricas ambas, pero no tanto como el que suponemos que fue el lecho matrimonial de don Manuel Xedler y doña Isabel de Gámez, formado por una cama dorada, con su cercadura azul y cuatro reposteros, conjunto valorado en más de 1.100 reales (99).

Finalmente, y en oposición a la frecuencia con la que aparecen las anteriores, también pueden documentarse objetos menos comunes. Entre ellos, y por ejemplo, aparadores con alacenas o con estantes en los que guardar vajillas, menaje o ropa blanca(100). También linternas(101), estuches(102), escabeles, veladores y joyeros(103)... Se trata de bártulos no siempre necesarios pero que sí confieren prestancia al hogar, lo caracterizan y lo individualizan frente a la monotonía representada por el moblaje más habitual. En ese sentido, los enseres que visten paredes y suelos sí parecen ser más propios del grupo social que nos ocupa. Por ello es habitual la presencia de esteras y alfombras, de junco o cáñamo las primeras y de lana las segundas, aunque también las encontramos de plumas (104). Junto a ellas, las sábanas de colgar y los paños de pared fueron piezas de probada eficacia, tanto desde el punto de vista funcional –sirvieron como elementos ornamentales y sistema calefactor– como desde la óptica estrictamente simbólica, pues su presencia no puede calificarse de habitual. Su decoración fue de lo más diversa: de flores y verdores(105), pintados (106), con figuras y animales(107) o representando escenas mitológicas y religiosas (108). Algunos destacaron por su tamaño: uno de los varios que llevaba doña Úrsula Ramírez, tenía setenta y seis varas y fue valorado en 1.140 reales. Otros se caracterizaban por su antigüedad(109), como aquel con el que vistió las paredes de su casa doña Ana Félix Guzmán, que según ella tenía 32 años110, o como los siete que tenía doña Elvira Treviño, calificados de “antiguos (…) que tuvieron ciento veintitrés años" (111).


Viejas edificaciones de Ciudad Real


Similar función debieron cumplir los tapices, si bien es cierto que por su valor y por la relativa poca frecuencia con la que aparecen (solo cinco casos documentados) cabría situarlos en un estadio superior, solo al alcance de unas pocas familias como las de doña Ana de Poblete, dotada con cuatro de ellos (22.500 mrs.), o doña María de Balmaseda, que llevaba seis, valorados en más de 1.500 reales (112).

Por último, podrían mencionarse aquellos otros objetos relacionados con la cultura, el divertimento o el ocio, de los cuales podría decirse que constituyen un capítulo especial en la posible mutación de los hábitos cotidianos de la hidalguía ciudarrealeña. Dentro de esta categoría podrían mencionarse, entre otros, los cuadros y esculturas de todo tipo que debieron decorar paredes y estancias de diverso tipo. La mayor parte de ellos eran de temática religiosa aunque tampoco faltan ejemplos –bien que puntuales– en los que se representan motivos o escenas de tipo mitológico o histórico como el lienzo de doña María Carrillo en el que aparecía la escena romana del suicidio de Lucrecia (113). Muchos de ellos, y a falta de capillas, debieron formar parte de lo que podría pensarse que fueron pequeños oratorios, erigidos, normalmente, como una prolongación de ese lugar tan típicamente femenino que, al decir de Sobaler Seco(114), constituyó el estrado, del que también se ha documentado aquí algún caso(115). Sin duda, fue en ese marco donde algunas de las protagonistas de estas líneas encontraron un espacio propio en el que socializar con otras mujeres de su condición, bien por medio de la oración, bien a través de la mera y simple conversación, bien mediante otro género de actividades como la costura (116), las actividades lúdicas (117) o la lectura.

Francisco J. Moreno Díaz del Campo. Revista: Historia y Genealogía Nº 6 (2016) | Págs. 123-146

 

(84) LÓPEZ-SALAZAR PÉREZ, J. y CARRETERO ZAMORA, J. M., “Ciudad Real...” art. cit., p. 217.

(85) AHP CR, Protocolos, leg. 56-1, fols. 100r-113r. 30.07.1597.

(86) AHP CR, Protocolos, leg. 25-1, fols. 115r-124v. 25.02.1591.

(87) Como la caja de madera con un juego completo cuchillos y tenedores de doña María de Carrillo. AHP CR, Protocolos, leg. 56-1, fols. 100r-113r. 30.07.1597.

(88) AHP CR, Protocolos, leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609 y leg. 9-2, fols. 31r-42v. 22.02.1599. En torno a los hábitos culinarios de la nobleza véase PÉREZ SAMPER, M.ª A., “Vivir noblemente. La mesa como signo de distinción”, en SORIA MESA, E. y BRAVO CARO, J. J., op. cit., pp. 175-198.

(89) AHP CR, Protocolos, leg. 30bis-5, fols. 6r-22v. 13.11.1594 y leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595.

(90) Véase tabla 3.

(91) Por ejemplo el cofre de nogal taraceado que llevaba en su dote Constanza Suárez de Figueroa, que fue valorado en 198 reales. AHP CR, Protocolos, leg. 25-1, fols. 115r-124v. 25.02.1591.

(92) AHP CR, Protocolos, leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609.

(93) Junto a las camas aparecen también de manera recurrente los colchones. También aquí los hay de diversos tipos: de ruan, lienzo o lino; forrados con lana, con borra o con tascos... Como se ha dicho, la nota definitoria vendría marcada por el mayor número de objetos inventariados y no tanto por las calidades, aunque este criterio puede resultar también un factor de contraste en determinados casos.

(94) Entre otros, AHP CR, Protocolos, leg. 79-2, fols. 300r-309v. 07.09.1608 y leg. 36bis-1, fols. 175r-176v. 23.02.1604, respectivamente.

(95) AHP CR, Protocolos, leg. 41-2, fols. 22r-35r. 29.09.1596.

(96) AHP CR, Protocolos, leg. 53-1, fols. 111r-116r. 23.10.1592.

(97) AHP CR, Protocolos, leg. 56-1, fols. 100r-113r. 30.07.1597.

(98) AHP CR, Protocolos, leg. 79-1, fols. 315r-329v. 07.09.1607.

(99) AHP CR, Protocolos, leg. 72-1, fols. 15r-18v. 09.07.1602. Como nota curiosa puede mencionarse la

inclusión de una cuna en la misma dote.

(100) AHP CR, Protocolos, leg. 42-1, fols. 225r-234v. 01.01.1601.

(101) AHP CR, Protocolos, leg. 79-2, fols. 300r-309v. 07.09.1608.

(102) AHP CR, Protocolos, leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609.

(103) AHP CR, Protocolos, leg. 71-3, fols. 5r-16v. 14.01.1601.

(104) AHP CR, Protocolos, leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595 y leg. 58-2, fols. 184r-195v. 12.10.1609.

(105) AHP CR, Protocolos, leg. 57bis-2, fols. 41r-44v. 31.03.1604.

(106) AHP CR, Protocolos, leg. 36-1, fols. 92r-95v. 07.06.1607.

(107) AHP CR, Protocolos, leg. 79-1, fols. 309r-312v. 29.10.1607.

(108) Por ejemplo, doña Úrsula Ramírez llevaba en su dote uno con la historia de Salomón. Y doña Marina de Galiana optó por uno con la de Sansón. AHP CR, Protocolos, leg. 48-1, fols. 258r-263v. 23.10.1610 y leg. 41-1, fols. 1r-38v. 07.02.1595. No se ha documentado ninguno que incluyera escudos o símbolos heráldicos familiares aunque no debieron ser extraños.

(109) AHP CR, Protocolos, leg. 48-1, fols. 258r-263v. 23.10.1610.

(110) AHP CR, Protocolos, leg. 31-10, fols. 45r-52v. 26.06.1592.

(111) AHP CR, Protocolos, leg. 71-3, fols. 5r-16v. 14.01.1601.

(112) AHP CR, Protocolos, leg. 9-2, fols. 31r-42v. 22.02.1599.

(113) AHP CR, Protocolos, leg. 56-1, fols. 100r-113r. 30.07.1597.

(114) SOBALER SECO, M.ª Á., “Espacios femeninos en la Castilla del Antiguo Régimen. Cultura material y sociabilidad en el estrado”, en GUIMARÃES SÁ, I. dos y GARCÍA FERNÁNDEZ, M. (dirs.), op. cit., p. 156.

(115) AHP CR, Protocolos, leg.31-10, fols.45r-52v. 26.06.1592.

(116) De ello es prueba el hecho de que en sus dotes también se incluyeran objetos relacionados con dicha actividad tales como dedales, devanaderas, almohadillas para bordar e hilos de todas clases y condiciones. AHP CR, Protocolos, leg. 58-2, fols.184r-195v. 12.10.1609; leg. 42-1, fols.125r-234v. 01.01.1601; y leg.79-2, fols.300r-309v. 07.09.1608.

(117) Por ejemplo a través de los “juegos de tablas” y ajedrez que doña Marina de Galiana tenía grabados en los dos lados del tablero móvil de un bufete de nogal o mediante el acompañamiento de algún animal como el papagayo “con su jaula de hierro” que también se incorporó a su dote. AHP CR, Protocolos, leg. 41-1, fols.1r-38v. 07.02.1595.

 

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