I
Como las creencias religiosas sean patrimonio del pueblo, al contrario de los problemas científicos, que son del dominio de pocos, y aquellas extiendan por igual su influencia salvadora a la vida social y doméstica, hiciéronlas los falsarios el blanco de sus ficciones; que siempre el error y el engaño sirvieron de vehículo, para dar salida a las más desenfrenadas pasiones. El Lic. D. Juan Mendoza y Porras, presbítero de la iglesia de Santa María, escribió en 1587 la Historia del Aparecimiento de Nuestra Señora, fue el Román de la Higuera de Ciudad-Real, aunque sin su erudición, ni talento; Fr. Diego de Jesús María, carmelita descalzo, recibió el M. S. de la Cofradía, al compás de ceremonias y solemnidades altamente ridículas; limitándose a copiarte, publicándole en 1650. Siguieron sus pasos con la mayor fidelidad D. Tomás García Pavón, Laso, Almenara y el P. Jara, aquéllos en M. S. que corrían en manos de todos y este último, imprimiéndola en 1880. D. José Díaz Jurado en los primeros años del siglo XVIII también nos dejó su M. S. variando algunas circunstancias de la aparición, pero fundida en el mismo troquel, esto es, escribiendo a impulsos sólo de su extraviada fantasía, prescindiendo de toda prueba, olvidando, si es que a conocerle llegaron, el precepto del gran Mariana, que ha quedado en proverbio: En Historia no pasa partida sin quitanza.
De esta general ofuscación, que invadió por igual al vulgo y a inteligencias bien cultivadas, que menosprecian las advertencias de los sabios, arrostra los siglos hasta llegar como reina y vencedora a nuestros días, nos da la razón de su vida y existencia el Sr. Menéndez y Pelayo, diciendo: “Por desgracia en la primera mitad del siglo XVII llenó este campo, la Historia Eclesiástica, de cizaña una legión de falsarios osados, secundados por la credulidad y ligereza de los historiadores de reinos y ciudades. Hubo entonces un grande y positivo retroceso, que fácilmente se advierte, aún sin llegar a las monstruosidades de Tamayo Salazar, de Argaiz… (1) La credulidad inconsciente de suyo e irreflexiva constituía el Medio Ambiente de aquella sociedad, de aquí el éxito de estas historias.
Empero, si esta es efectivamente la causa general, que señala la ciencia, precisa inquirir la eficiente, la que dio el ser y vida a esa historia. Don Luis Delgado Merchán, escritor infatigable y observador atento de las cosas de Ciudad Real, dice: “Las pretensiones del Clero de Santa María surgieron como por encanto de las regiones del olvido, rodeadas de todas las galas con que las revisten hasta entonces inmentadas tradiciones, recogidas por el Lic. Mendoza y Porras, o extractadas, en decir suyo, de antiguos papeles y pergaminos casi ilegibles por el tiempo, y elevadas más tarde a la categoría de historia por el carmelita Fr. Diego de Jesús María. (2)
A principios del siglo XIX el abogado del Párroco de S. Pedro en el famosísimo pleito de las dos iglesias decía con gran sentido crítico, raro en este país. La titulada Historia.. escrita el año de 1587.. quinientos setenta y cuatro años después de cuando se dice fue la aparición… en el año de 1013… fue una nube que empezó a relampaguear en la tempestad de las discordias, que después se levantaron entre las Iglesias de Santa María y San Pedro. (3) Razona después según los principios de la crítica acusándola de falsedad, y concluye notando los anacronismos y equivocaciones en que incurre.
El extraordinario aumento de tablas y
pinturas declaratorias de milagros, que motivó una fuerte y bien razonada
reclamación de la clerecía de San Pedro, que veía en ello una trasgresión de
las leyes disciplinares de la Iglesia, muy especialmente de lo dispuesto por el
Concilio de Trento, es un hecho interesante que viene a apreciar en justicia y
señalar los móviles e intenciones, que dieron tan extraordinario incremento e
influencia a estas preocupaciones. (4)
II
Siendo el culto y amor a la Virgen María connatural a la Fe cristiana, por la misión sobrenatural que le cupo en la obra augusta de nuestra Redención, era lo natural, que el creyente tratara de expresar su fe y de alimentar su piedad con obras, que fueran siquiera toscas representaciones de sus creencias; de aquí el Arte Cristiano, que al referirse a la Virgen y a sus imágenes y estudiar su desarrollo en el Iglesia y su manifestación al través de los siglos toma el nombre de Iconografía Mariana, rama del árbol frondoso de la Arqueología Cristiana.
El tipo común de las imágenes de María en la antigüedad es el de una Matrona sentada en su trono con el Niño entre sus brazos o sobre las rodillas, vestida de túnica, manto o dalmática y velo, calzada y en posición de frente. En todas las de España y Roma el traje es siempre de túnica purpúrea, que a veces degenera en rojo oscuro y manto azul. (5) El Niño en todas las antiguas efigies españolas tiene en la mano siniestra un tosco libro, por lo común abierto, que simboliza la predicación del Evangelio y con la diestra bendice, teniendo los dedos el anular e índice unidos, indicando así, que perdona y absuelve por la intercesión de su Santa Madre. La Virgen, en su diestra presenta a su Divino Hijo una manzana, símbolo del pecado, y que significa la intercesión constante de nuestra Santa y cariñosa Madre a favor del linaje humano redimido por su Hijo. (6) ¡Lástima grande -continúa el mismo autor- que una manía deplorable y hasta sacrílega, mutilase bárbaramente en el siglo XVI, con su afeminado clasicismo, más de cien efigies antiquísimas, con el prurito de vestirlas de postizas telas, destrozando sus tronos, escopleando sus cabezas y sencillas diademas, y traspasándolas con clavos y tornillos para sostener las grotescas coronas, que las afean y destruyen.
La santa imagen del Prado no se libró de
la acción destructora de esta ignara manía. El P. Jara nos refiera al por menor
los destrozos que en ella hicieron, que los que corrompieron y adulteraron su
historia, no habían de dejar salva e ilesa su representación. Al acto le hace
acompañar de maravillas y portentos, los que no podían olvidar aquellos que
escriben para el solo alimento de la necia credulidad; pero al través de lo que
les plugo el dejarnos, puede todavía apreciarse ser la devota Imagen de la
traza y edad que dejamos descrita, con el preciosos simbolismo que ostentan
todas las españolas de aquel tiempo. Por la corrección y gracia de las
facciones de la del Prado, por la belleza y buenas formas anatómicas del Niño,
podemos ver, que no se hallaba el Arte en su infancia, como se observa en las
imágenes de Zuqueca, Granátula, de los Llanos, Almagro y de la Blanca, de esta
capital, sino que en esta acusa un estado más adelantado y perfecto. La creemos
siguiendo a respetables autores, un siglo posterior a aquellas, del último
tercio del siglo XIV. (7)
III
El culto de la Virgen María en Ciudad-Real se fijó en cuatro de sus más célebres imágenes, Nuestra de Alarcos, de la Blanca, de la Concepción y del Prado. De cada una de ellas hacemos un estudio especial en su particular monografía, correspondiendo aquí a la última, a la del Prado, como el epígrafe indica, tropezando como en todas partes con la obscuridad impenetrable que se cierne sobre los orígenes de todas las cosas, aumentando esta con la distancia que de ellas nos separa. Bien quisiéramos poder levantar el velo que tapa y encubre los hechos e instituciones de esta ciudad en la Edad Media; pero, si al narrar los hechos que se enlazan con la historia General de España hemos sido tan parcos por falta de testimonios y monumentos, su carencia es total al tratarse de las instituciones particulares. Esto explica, aunque en manera alguna puede justificar, la necesidad que hubieron los historiadores de la Virgen, para llenar este hueco inmenso, de recurrir al invento, a la ficción; pero esto no es historia, sino leyenda; no es adelanto en el camino de la investigación científica, sino retroceso.
La Historia de Ciudad-Real como la de nuestros pueblos e instituciones, ya civiles, ya religiosas está en sus Archivos; éstos, fuera de algunos documentos que afectan a su constitución y régimen, no dieron comienzo a escribir las Actas de sus Concejos y custodiarlas convenientemente hasta el siglo XVI. Su constitución eminentemente cristiana hacía , el que tomaran acuerdos así sobre asuntos civiles como religiosos, de aquí, el que sean fuente abundante de nuestra Historia Eclesiástica, y ¿por qué no decirlo? Casi única, porque nuestras parroquias, con raras excepciones, entre las que se hallan San Pedro y Santa María, especialmente esta última, cuentan con valiosos documentos. En los libros Capitulares de este Ayuntamiento hemos visto, que en todo el siglo XVI en sus aflicciones y calamidades, como la falta de lluvias, enfermedad endémica de este país, acordaba novenarios de rogativas en sus dos primeros tercios a Nuestra Señora de Alarcos y de la Blanca, alternando en el último con la del Prado. En el siguiente XVII ya va predominando su devoción, a la vez que decaen las de los demás. Tanto en éste como en el anterior, piadosa y bien nutrida cofradía se consagra a perpetuar su culto, es enriquecida con gracias espirituales abundantes y el Papa Clemente VIII le agrega al colegio de san Bernardo de Roma. En este tiempo, el Ayuntamiento decretaba anualmente el empleo de cantidades respetables para su fiesta principal de 15 de Agosto, que una comisión de su seno distribuía en lo que correspondía a la función religiosa y regocijos populares. Consistían éstos en la feria, que atraía gran concurrencia, y toros; espectáculo muy querido de sus vecinos, pues, cuando a últimos del pasado siglo el gobierno ponía enojosas trabas para dificultar su celebración, la ciudad no escaseó sacrificios, para no verse privada en estos días de su favorita diversión. Ricas ofrendas y valiosas donaciones, entre las que descuellan las de sus hijos de América, los cuales, desde aquellas apartadas regiones no se olvidan de manifestar por generosas dádivas el amor que tenían a tan excelsa Señora, hacían, que su culto fuera espléndido y su casa se convirtiera en una joya del arte ricamente dotada.
En unió del año 1763 se acordó por el
Ayuntamiento, que el 25 de Mayo de todos los años se celebrara con toda
festividad y devoción la de la APARICIÖN DE NUESTRA SEÑORA DEL PRADO SU
PATRONA; FUNDADORA Y RESTAURADORA DE LLAS DOS CASTILLAD, (8) quedando desde
aquella fecha incluida esta nueva fiesta entre los numerosos Votos, que cumplía
esta religiosa ciudad.
(1) Heterodoxos 2ª Ed.-Adv. Preliminares pág. 15-
(2) La Judería y la
Inquisición -pág- 218 Con tanto más gusto transcribimos este acertado juicio,
en cuanto que, al denunciar nosotros por vez primera en la Prensa local y en la
edición primera del Diccionario los vicios de falsedad, de que adolecían esta y
otras Historias, su autor, con algún otro de los prebendados escritores se
declararon sus valerosos defensores. Al estudiar con más ahínco, aunque no
totalmente curados de añejas preocupaciones, se han manifestado todos
partidarios de la verdad histórica
(3) La Crónica de D.
José Diaz Jurado con un Prólogo de D. Rafael Ramírez de Arellano, la de don
Sebastián Almenara y este escrito o Alegación forman un Códice depositado en la
Biblioteca Provincial.
(4) Arch. De Santa
María-Leg. Nº. 15-
(5) P. Fran.
Naval-Elem. De Arqueología-pág. 312.
(6) D. V. de la
Fuente.- La Iconog. Mariana de España en la edad Media.
(7) Apolo -Salomón
Reinach- Traduc. Castellana- Fig. 86 y 87 -Biblioteca Popular de Arte-XXVI-pág.
52-D. J. Villa Amil y Castro-Arqueología-Núm.
409-D. R. Vinader-Arqueología-pág. 244.
(8) Los títulos
hiperbólicos con que la Corporación adorna a su Patrona están justificados por
el espíritu de que se hallaba poseída y por lo entusiasta de su devoción.




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