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miércoles, 5 de noviembre de 2014

¿EXISTIÓ UN TALLER DE ESTELAS FUNERARIAS DEL SIGLO XIV EN CIUDAD REAL?


Estela funeraria con decoración cruciforme
 
Como ya comente ayer, en la restauración que se efectuó en los años ochenta del pasado siglo XX en la Parroquia de Santiago Apóstol de Ciudad Real, se encontraron diez estelas funerarias medievales formando parte del relleno del ábside o de la cubierta, algunas de las cuales son las que se publican en esta entrada.
  
Estela funeraria de un ballestero
 
Sobre el origen de estos hallazgos artísticos gravitan varias hipótesis, abriéndose con ello interesantes expectativas de investigación para los estudiosos del Medievo.

Entre las hipótesis, destaca aquellas que inciden en la posibilidad de que se trate de un muestrario de un taller de estelas funerarias del siglo XIV radicado en Ciudad Real que atendía a las necesidades de los fieles de las tres religiones imperantes en la época (judía, cristiana y musulmana).

Estela funeraria que tiene someramente trazado el motivo decorativo, previamente a su talla por parte del cantero

También cabría la posibilidad de que dichas piezas procediesen de cementerios judíos, musulmanes y cristianos, cuyas piedras (las del cementerio judío al menos) fueron reutilizadas con permiso de los Reyes Católicos para la edificación de templos cristianos en el siglo XV. De hecho, y en apoyo de esta última hipótesis, se da el caso de una estela, con decoración cruciforme, que se conserva hoy como parte integrante de un contrafuerte en la fachada sur de la parroquia de San Pedro.

 Estela funeraria en un contrafuerte junto a la Puerta del Sol de la Parroquia de San Pedro

 

martes, 4 de noviembre de 2014

ESTELA FUNERARIA MEDIEVAL DE LA PARROQUIA DE SANTIAGO


Estela funeraria encontrada en la Parroquia de Santiago de Ciudad Real 

Una estela  funeraria de piedra servia para marcar o delimitar tumbas a modo de mojones y están datadas ya desde la edad antigua, momento en que surge el modelo de estela discoidea o discoidal, consistente en un disco de piedra prolongado en un vástago a modo de apoyo sobre el suelo, normalmente de forma trapezoidal o rectangular. Pero el mayor desarrollo y difusión de este tipo de monumento funerario tendrá lugar durante la Edad Media.

La elección de la piedra como material se explica por un claro deseo de perdurabilidad del monumento funerario, para que el difunto pueda ser recordado y respetado por las generaciones venideras. En cualquier caso, la estela cumpliría una serie de funciones muy relacionadas entre si:

  • función señalizadora, indicando la situación de una sepultura;
  • función identificadora, pues en base a su decoración podría deducirse el propietario de la sepultura;
  • función religiosa, pues frente a la estela tendría lugar las oraciones y ofrendas (de flores, velas, alimentos) por el alma del fallecido;
  • función preservadora, pues la estela y los símbolos sagrados que la decoran tratan de proteger la sepultura, conjurando el peligro de la profanación o destrucción.

Cuando  por diversas circunstancias, la sepultura o cementerio que le sirve de referencia son desmantelados, las estelas suelen recogerse para reaprovecharlas como material de construcción en edificios.

En Ciudad Real durante la restauración de la Parroquia de Santiago en los años ochenta del pasado siglo XX, se descubrieron diez estelas funerarias originarias de la Edad Media, formando parte del relleno del ábside y de la cubierta de la parroquia. El conjunto de estelas encontradas poseen muy diferentes motivos estilísticos y ornamentales en sus dos caras, desde cruces a rosetas, pasando por estrellas de David, ballestas, manos de Fátima o símbolos judíos y musulmanes.

La estela funeraria que hoy traigo al blog, es una de las estelas descubierta en la Parroquia de Santiago, que fue utilizada para enterrar judíos y mulsumanes del Ciudad Real medieval, ya que por una cara tiene la estrella de David, por lo que perteneció a una tumba judía; y por el reverso muestra la “mano de Fátima”, prueba de que también fue utilizada en una tumba mulsumana.


lunes, 3 de noviembre de 2014

OS DESEO TODO LO MEJOR JAVI Y MARGA



El pasado sábado día 1 de noviembre, contraían matrimonio en Granada en el bello salón de “La Mamunia”, Javier González Mora y Marga Vallejo, una joven y maravillosa pareja, dos personas increíbles que se han convertido en  una pareja perfecta.

Javi y su madre momentos antes de contraer matrimonio 

A mi solo me queda felicitarles por su matrimonio, y pedir que su relación crezca sobre los pilares de la felicidad y comprensión. Que esa sonrisa de complicidad que pudimos ver en el momento de vuestro matrimonio,  os siga iluminando toda la vida. Solo pido a la Virgen de la Angustias que presidió toda vuestra ceremonia, que tengáis una vida llena de éxitos y satisfacciones por que os lo merecéis. Un fuerte abrazo a los dos y que seáis muy felices.

Javi el Padre del novio, en el momento de intervenir  en la ceremonia

El recién casado junto a Jesús Melero y su mujer María José Zapata, compañeros de viaje en este enlace

También hubo momentos para hablar de cofradías junto a Valentín


domingo, 2 de noviembre de 2014

PERSPECTIVA TEMÁTICA FUNERARIA DE LOS SIGLOS XVII AL XX CIUDAD REAL

 
 

Sabemos a través de documentos (ciertamente exiguos), de los viejos camposantos parroquiales ciudarrealeños de Santa María del Prado, San Pedro Apóstol o de Santiago Apóstol, que estuvieron activos, no obstante, hasta los inicios del siglo XIX. Nuestro actual camposanto municipal, fue presumiblemente inaugurado en 1834, según fecha en una piedra de 180 años de antigüedad, en tantas ocasiones mencionada por mí, abandonada entre sepulturas en la entrada principal de nuestro cementerio.

Los acompañamientos en los sepelios de la época a la que hacemos referencia, se establecían en varios niveles según la clase social a la que pertenecía el finado, como podía ser el cortejo hasta el camposanto de sus restos mortales, presidido por uno, tres y hasta doce sacerdotes.

El 26 de abril de 1804, Carlos IV señala "una providencia dirigida a los dos objetos que llaman más principalmente la atención del Rey y que interesan más al público; el respeto a la religión y la conservación de la salud de sus vasallos". En efecto, visto el aumento de las enfermedades malignas en las diversas provincias del reino, el rey señala: "que la consideración, respeto y veneración debidos a la casa de Dios, velará no sean convertidos los templos en depósitos de podredumbre y corrupción".

La principal lucha hasta el primer tercio del siglo XIX es la obtención por parte del Consejo Real y autoridades provinciales, de una normativa de enterramientos en cementerios para toda España. Será en 1833 cuando se vuelva a contar con indicaciones referentes a la construcción de cementerios, a pesar de existir en este espacio de tiempo intermedio algunas medidas relacionadas con el tema de enterramientos.

El cementerio comunal de Ciudad Real se cita como inaugurado en 1834. No obstante, años antes, en mayo de 1818 ve la luz una Real Cédula que permitía el enterramiento de religiosos en sus propios conventos. Esto afectaba de lleno a nuestra ciudad, puesto que aquí constaban establecidos desde muy antiguo los conventos o monasterios de Santo Domingo, San Francisco, San Juan de Dios, Carmelitas descalzos y los femeninos  de Dominicas, Franciscanas y Carmelitas… con cementerios propios, donde ya se llevaban a cabo inhumaciones de sus respectivas comunidades. No obstante, el Gobierno Político Superior de la Provincia de La Mancha, venía ordenando las disposiciones tajantes a través del gobernador Pedro Láinez, en una circular de fecha 2 de marzo de 1821 dada en Ciudad Real, sobre la construcción del camposanto propio.


Otra importante cuestión, realmente sorprendente y curiosa, fue el conflicto que se materializó en el enterramiento en los cementerios parroquiales españoles de aquellos extranjeros que no profesaban la religión católica, iniciado a raíz del caso de Mr. Hole, componente de una embajada desplazada a Madrid en 1622, donde uno de sus miembros falleció al arribar a Santander, y no fue permitido el entierro de sus restos en lugar sagrado, por lo que fue arrojado al mar en una caja. Recuperado el cadáver por unos pescadores, fue abandonado en el campo, al temer (los pescadores) incidiera sobre su pesca el cadáver de un hereje. Algunos casos más de súbditos británicos fallecidos, fueron dejados a la intemperie en el campo, o enterrados sin ceremonia alguna. No consta casos similares de extranjeros en Ciudad Real, si exceptuamos el caso de un miembro de las Guardias Españolas, asesinado a cuchilladas a las mismas puertas de nuestro  Ayuntamiento— el antiguo del s. XVII— por unos militares exaltados que le acusaban de afrancesado en 1808, cuando trasportaba un correo secreto dirigido a Murat. No se permitió sepultarlo en uno de los tres cementerios parroquiales. Finalmente fue enterrado su destrozado restos en la ermita de san Lázaro, extramuros de la Puerta de Alarcos (sito al final del Parque Gasset, inexistente entonces).

Los años 1833 y 1834 suponen aun la constatación de la falta de puesta en práctica de todo lo dictado hasta la fecha en la mayor parte del país. En efecto, en ciertas parroquias, se continuaba practicando enterramientos a pesar de contar ya la ciudad con un cementerio. Los diputados intentaban cumplir la legislación, y ante este desfase entre lo oficial y lo real, ve la luz la Real Orden de 2 de junio de 1833. En ella se decreta que los Ayuntamientos dispondrán al empleo efectivo de los recintos ya creados, que deberán ser sufragados los costes de construcción "a costa de los fondos de las fábricas de las iglesias, que son los primeros obligados a ello". Este fue el caso de Ciudad Real, donde sabemos que “las fábricas parroquiales abonaron un tercio de los gastos y el vecindario dos tercios”, para levantar el propio camposanto municipal. Y así se creó nuestro camposanto. Por cierto, al principio del siglo XX, un forastero, posiblemente un funcionario trasladado a Ciudad Real, nos decía— en un artículo abreviado por nosotros—: “Acudí una plácida tarde a conocer en Ciudad-Real el sagrado recinto en que duermen el sueño de la eternidad… Dirigí mis pasos por la histórica puerta de Toledo y atravesé la solitaria senda que conduce entre cipreses al sencillo pórtico de la entrada del cementerio… traspuse los tres patios del camposanto sin ver a nadie, causándome honda tristeza. Vi que entre humildes fosas se alzan suntuosos panteones, con las suntuosidades arquitectónicas que consagran a los opulentos, junto a unas sencillas cruces de madera de los desheredados… Al salir del dicho camposanto ya casi entre dos luces, sentí profunda tristeza en el fondo del alma y exclame con honda pena: “¡¡Dios mío, que solos se quedan los muertos!!”.

José Golderos Vicario



sábado, 1 de noviembre de 2014

EL CAMPOSANTO DEL SIGLO XIX Y LOS SEPULCROS MEDIEVALES EN IGLESIAS, ERMITAS Y CONVENTOS DE CIUDAD REAL

 
El antiguo cementerio medieval en la Parroquia de San Pedro se encontraba delante de la puerta del Sol y que actualmente son los jardines que hay delante de la parroquia por la calle General Rey

El 3 de abril de 1787 una Real Cédula del rey Carlos III, ordena que los cementerios del interior de villas y ciudades se ubiquen fuera de las poblaciones, aunque no será hasta 1804 cuando el ministro Godoy por medio de una circular dictaminaba la prohibición de enterrar en las iglesias. La distancia de cementerio a población debía de superar los dos kilómetros si la localidad sobrepasaba los 20.000 habitantes, el kilómetro si más de 5.000, y los 500 metros si la población no llegaba a esos metros de trayecto. Nuestra ciudad arrojaba la cantidad de 9.300 habitantes en la década de 1830-1840. Para entonces el Cementerio Municipal de Ciudad Real, ya permitía sepultar desde 1834, los restos mortales de sus vecinos,
 
No obstante, nuestro Concejo había permanecido ignorando la orden de levantar camposanto propio por espacio de casi medio siglo, si bien al fin fue edificado a costa del vecindario y de las fábricas parroquiales, en las proporciones especificadas según consta grabado en una placa de piedra abandonada en el interior de nuestro camposanto (apoyada en la parte del muro interior izquierdo de entrada). Hasta entonces los cementerios parroquiales, se ubicaban adosados a los respectivos templos de Santa María del Prado, San Pedro Apóstol y Santiago, sepultándose también en conventos y ermitas y conventos de nuestra ciudad, especialmente a nobles y pudientes, y para casos de emergencias, desde los tiempos medievales. En efecto, sabemos que en San Lázaro, ermita cerca de la Cruz de los Casados, extramuros de Puerta de Alarcos, fue sepultado Esteban Mosti, militar de Guardias Nacionales españoles, asesinado a las mismas puertas de Ayuntamiento, acusado de traidor en 1808.

También, en una nota cosida a un ms. y depositado en los fondos de la Casa de Cultura de C. Real,  nos informa del hallazgo en 1626, de los restos de la reina Doña Leonor, mujer de Fernando de Portugal, sepultada en un nicho abierto en un muro de la vieja iglesia conventual de La Merced. Nada de esto nos ha de extrañar, ya que la reina Doña Beatriz de Castilla su madre, esposa de D. Juan I, disfrutó del señorío de Ciudad Real y fue fundadora del dicho convento en 1384. Otro famoso enterramiento—que hoy podemos admirar—cosa rarísima en Ciudad Real, donde apenas se ha conservado nada de interés histórico para desgracia nuestra. Se trata de la capilla de D. Fernando de Coca, en la iglesia de San Pedro, con la figura yacente del dicho religioso, chantre de Coria y canónigo de Sigüenza. 

El antiguo cementerio medieval en la Parroquia de Santa María del Prado, actual Catedral, se encontraba en la calle Azucena y ocupaba todo lo que actualmente son las cocheras y acera del recinto catedralicio

La casa de los Pérez Chinchilla poseía también sepulcro propio junto al artístico camarín de la Virgen de la Guía de dicha parroquia. Se atribuye a la casa de los Villalobos, a este contexto, la fundación de la iglesia del convento-hospital de San Antón, en el cual en su iglesia conventual poseían sus fundadores su sepulcro. Y en el convento-hospital de San Juan de Dios, también estuvo sepultado A. de Torres, uno de sus fundadores, que por el año de 1842, aun podía contemplarse una lápida del personaje sobre el pavimento. Sabemos que estos y otros muchos enterramientos de Ciudad Real proliferaban en edificios religiosos, es decir, iglesias, ermitas y conventos. Pero al llegar el primer tercio del siglo XIX, como apuntamos antes, se comienza desterrando la muerte hacia las afueras de las ciudades. Esta circunstancia sirvió de excusa en Ciudad Real para enterrar a los difuntos fuera de la muralla histórica medieval. Así en los años 1855 y 1885, cuando Ciudad Real, fue invadido en ese espacio de tres décadas por el cólera morbo asiático, originando centenares de fallecimientos que sepultaron en fosas comunes. Pero en siglos anteriores, es decir, cuando Alfonso X fundaba Villa-Real en 1255, ya existía un famoso cementerio judío, que luego la aludida reina Doña Beatriz donaba, en 1412, a Juan Alfonso, su mayordomo y escribano, quien lo enajenaba al siguiente año a tres cofradías formadas por judíos conversos o "marranos" de Villa Real. El lugar lo ocupó dicho "osario", extramuros de la ciudad, entre los caminos de Puerta de la Mata y de Calatrava. La población judía de Ciudad Real fue numerosísima hasta el siglo XVII.

A comienzos de 1953, fue descubierta otra necrópolis en la cantera de cal llamada de "Cañizares", cerca del dicho lugar del fosario hebreo, encontrando debajo de una delgada capa de tierra, vasijas y orzas de barro conteniendo restos de cadáveres incinerados. Se trataba, según los entendidos de un asentamiento local de origen ibérico.

José Golderos Vicario

 
Estela funeraria judía encontrada en la iglesia de Santiago durante su restauración en los años ochenta del pasado siglo XX