La composición de los ajuares: vestir la casa, vestir a la novia, ¿a la mora y a la cristiana?
Sobre la configuración del ajuar femenino pesaron, amén de factores de orden económico y social, elementos de naturaleza cultural. A través de su composición cada familia trasladaba al espacio doméstico sus propios roles sociales, sus valores culturales e, incluso, la idea que se tenía tanto del círculo afectivo y relacional más inmediato como de la propia comunidad. Debido a ello, el análisis comparado de los ajuares de moriscos y cristianos viejos nos permitirá conocer a un tiempo los usos dados a tal o cual objeto y la diferente imagen que su empleo, o su mera posesión, contribuía a ofrecer «de puertas afuera».
A finales del siglo XVI y principios del
XVII la mayor parte de los elementos incorporados al ajuar doméstico eran
aportados por las propias mujeres y sus familias. Sin embargo, no resultó
extraña su agregación vía marital. En relación con ello cabe recordar que los
cristianos viejos emplearon las arras como mecanismo prioritario de transmisión
de capital monetario. Esa situación explica que, casi siempre, el dinero
empleado en ellas fuese más que suficiente para alcanzar el máximo legal permitido
por la legislación castellana en este tipo de cesiones, un 10% del total del patrimonio
personal del esposo. Esto explica que el dinero en metálico y las tierras rara
vez aparezcan incluidas de manera simultánea en una misma escritura de arras y
que los bienes raíces se uniesen a los efectos personales y de uso cotidiano
para constituir la base de la mayor parte de las donas documentadas.
Entre los moriscos el escenario era diferente, puesto que el raquitismo de sus haciendas no hacía necesario el recurso a la dona (tabla 1). Su anemia económica explica que, para compensar el menor alcance de las entregas en metálico, incluyesen en sus escrituras de arras otro tipo de efectos, entre los que destaca la ropa femenina. De ahí que la valoración económica de esos efectos y ropas en las mencionadas escrituras suponga el 72,3% de lo otorgado en ellas, porcentaje este que en el caso de la composición del ajuar se eleva hasta el 81,7% si a las prendas de vestir se le añaden las joyas, las ropas domésticas y el moblaje. Sin embargo, y por importantes que en principio puedan parecer, las contribuciones de los esposos, rara vez alcanzan la significación económica y socio-cultural que las cesiones realizadas por las novias y sus familias en las dotes. Al respecto, basta indicar que las aportaciones maritales en ellas apenas si suponen el 13,6% de lo computado en las moriscas y el 16,1% en las de los cristianos viejos, cifras que se sitúan en la línea de lo observado en el conjunto de los patrimonios (tabla 3), y que revelan la verdadera importancia de las futuras esposas y sus familias en la conformación final de los ajuares moriscos.
La composición de las aportaciones femeninas al ajuar doméstico y personal de las mujeres moriscas y cristiano viejas es en esencia la misma: prendas femeninas y ropa doméstica, las cuales constituyen el sostén de los enseres destinados al funcionamiento del nuevo hogar. La principal diferencia entre ambos ajuares estriba en que los moriscos —en especial los pertenecientes a los sectores más humildes— demuestran haber concentrado sus esfuerzos en completar el vestuario femenino y la ropa de hogar que entregaban a las jóvenes casaderas con ropajes destinados a sus futuros maridos. En la misma línea, el estudio de los enseres domésticos aparecidos en los citados ajuares nos indica que tenían una concepción de la organización del espacio doméstico diferente a la de los cristianos viejos. Esto es lo que desprende de la aparición en ellos de esteras, alfombras, cojines, almohadas o almohadones, y la casi ausencia de mesas, veladores, sillas y sillones, bancos o bufetes. En la misma línea cabría interpretar la práctica ausencia de menaje de cocina, por ejemplo, cuyo valor en el montante total del ajuar es exiguo, un 0,2% del total, frente al 4% de los cristianos viejos.
En suma, es en el marco doméstico donde
mejor se aprecian las diferencias culturales entre ambos colectivos. Estas
diferencias son visibles en los hogares de los más pobres, pero también en los
de aquellos individuos que poseían un patrimonio económico más abultado, y
esto, a pesar de que el comportamiento manifestado por unos y otros tendiese a
mostrar una clara permeabilidad, e incluso a ir igualando sus patrones
nupciales a los de los cristianos viejos. Como vemos, la presencia de
disimilitudes de corte económico entre ambas comunidades no anula las de índole
cultural sino que las complementa, matiza y corrige, al punto de permitirnos
hacernos eco del proceso de integración cultural y social que conoció la
minoría morisca en el seno de la sociedad castellana entre 1570 y 1610. Un
proceso iniciado en Granada antes de la guerra de las Alpujarras y que,
alentado e impulsado luego por la corona, se encontraba en un estado muy
avanzado ya a principios del XVII.
Integración y aculturación son dos términos que la historiografía sobre los moriscos ha utilizado con cierta profusión durante el último cuarto de siglo. De la necesidad de no confundir ambos conceptos alertó en su día Serafín de Tapia en un trabajo teórico que permitió delimitar su alcance y significación. Pese a ello, esto no evitó que se plantearan dudas en relación a su mutua correspondencia y reciprocidad (Tapia, 1995, p. 180). La investigación admite hoy que la recuperación económica que protagonizó la minoría morisca a partir de los años ochenta del siglo XVI, la mutación de sus hábitos productivos y la adaptación a la nueva realidad institucional castellana constituyeron el paso previo a la «integración cultural» de la que nos habla Tapia en su trabajo (Moreno, 2009, pp. 448‑451; Pérez García y Fernández Chaves, 2015, p. 148). A tenor de lo que vamos sabiendo, esa integración tuvo una manifestación variada. Se ha discutido mucho acerca de su vertiente religiosa, de sus éxitos y sus fracasos, como también se ha hablado mucho de la mutación que experimentaron las relaciones sociales y de parentesco de los moriscos. Sin embargo, el conocimiento de su proceso de acomodación a la vida material y a los hábitos de consumo castellanos presenta todavía algunas lagunas que este trabajo ha pretendido cubrir. En este sentido, nos hemos servido de lo cuantitativo para sacar a la luz el efecto que sobre la comunidad de exiliados granadinos tuvieron los intentos de los cristiano viejos para reducirlos a los patrones culturales de la sociedad castellana.
Siguiendo esta senda, hemos señalado la existencia de diferencias entre ambos colectivos. En ocasiones, éstas afloran bajo la forma de simples matices y, a veces, de grietas profundas, pero en uno u otro caso, hemos podido fijar con cierta precisión los distintos parámetros económicos y materiales que moriscos y cristianos siguieron a la hora de dar forma a sus respectivos patrimonios familiares. Como es obvio, se trata de un estudio de caso, pero aun así constituye una buena base para conocer los comportamientos culturales y sociales de ambas comunidades. También para desentrañar sus pautas de consumo y saber qué papel jugaron los diferentes roles culturales en la construcción de los hogares. Al fin y al cabo, las distintas formas de enfrentarse a la realidad material nos dicen mucho acerca de quienes las protagonizaron. Y más aún en el caso de los moriscos, un grupo humano que en apenas dos generaciones padeció dos destierros y se vio obligado a reconstruirse a si mismo en otras tantas ocasiones. De ahí que hayamos enfrentado de este modo la reconstrucción y el análisis de su universo social y cultural, procurando situarlo en su contexto económico y social y huyendo siempre de esa mirada cargada de connotaciones políticas o religiosas que suele ser empleada por sus apologistas y detractores.
Francisco Javier Moreno Díaz del
Campo. Obradoiro de Historia Moderna, N.º 26, 2017, (45-69)





















