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lunes, 9 de febrero de 2026

LAS CALLES DE CIUDAD REAL EN PERIODO DE LLUVIA

 



¿Fecha? ¡Una cualquiera! Ha sido en estos últimos días, después de haber llovido durante una semana. El astro rey, pálido y débil, como convaleciente de una enfermedad que nos lo ha ocultado durante algún tiempo, no sirve para mitigar el frio sutil, ni para disipar la neblina húmeda y difusa. Un airecillo cortante y traidor, pone un tinte rojizo en las aletas de la nariz y en los lobulillos de las orejas; y de vez en cuando, ese airecillo, que colorea los rostros de los transeúntes, se agigante y se acrecienta transformándose en ventarrón fortísimo y huracán violento…

Es por la mañana… Hemos salido de la redacción, única y exclusivamente para dar un paseo por las calles de nuestra capital: Rafael con su máquina y trípode; yo con las cuartillas y el lápiz… vamos a fotografiar algunas calles de Ciudad Real en el periodo de lluvias; pero no somos mal intencionados… Podríamos -buscando el éxito periodístico- haber obtenido las gráficas un día de lluvia, y exagerar los hechos en parte. También hemos podido retratar las alcantarillas de la Plaza de Cervantes, o el barrizal de la puerta de Granada, o la laguna que se forma cerca de la Plaza de Toros, o el lodazal existente al final de la calle Sauco Diez, o… ¿más para que seguir? Si nuestra intención hubiese sido molestar y zaherir, habríamos presentado estas fotografías que  maravillarían a nuestros lectores de fuera; ¡los de aquí vemos estas cosas en la realidad!

Pero hemos preferido hacerlo hasta las calles más céntricas. Demostración palpable de que la desurbanización impera por doquier; hasta las calles últimamente adoquinadas, se convierten en lodazales inmundos con solo caer cuatro gotas. Y en las empredradas, los baches se llenan de agua y el cieno y el barro se amontonan.




Se nos objetará que, cuando llueve, esto sucede en todas partes; que Madrid, en tales días, se pone verdaderamente asqueroso… Estamos conformes; pero es que aquí hablamos del estado de nuestras calles ¡tres días después de llover! Además, los colegas de la Corte, están realizando, precisamente en estos días, una campaña sobre el pésimo estado de las rues madrileñas. Y en último término: ¿es que debemos de copiar los defectos de otras ciudades?. ¿Porqué  no hemos de imitar, entonces sus virtudes?

En estas reflexiones, continuamos nuestro paseo, calle de Toledo arriba, hasta que haciendo mil equilibrios arribamos a la plaza del cuartel. El camarada “Rafa” monta el trípode y se dispone a impresionar una placa, realizando difíciles piruetas para esquivar los charcos y evitar que el cieno le manche el pantalón. Una mujeruca,  que sacude fuertemente una esterilla en la puerta de su casa, nos mira asombrada y, cesando en su faena, nos interroga:

-¿Son ustedes del Ayuntamiento?   

-¡No señora! ¡Libera nos domine! -le espetamos pesarosos de que no confundan-. Somos periodistas.

-¡Ah! ¿Y van a preguntar estos retratos en los papeles?

-¡Claro! Para eso hemos llegado hasta aquí.

-Pues diga usted que no hay derecho al abandono en el que nos tienen. Antes cuando estaban los artilleros, se cuidaba un poco este barrio. Pero lo que es ahora…




-Si señora se dirá: ¡no faltaría más! ¡Y que conste que no somos del Ayuntamiento,- le repetimos.

…Bajamos por la calle Pedrera. Y después, al barrio de Santa María, donde describir el aspecto seria incurrir en constante repetición. La calle de los Reyes, con su nombre altisonante y aristocrático, es un verdadero cenagal. Aquí “tiramos” otra foto. Llegar hasta el Parque de Gasset en una mañana como la de hoy es una verdadera proeza: en la de Postas -¿Martínez Anido?- el barro invade hasta las aceras. Continuamos por la calle Alarcos, pues seguir los paseos de Cisneros es una temeridad. Frente al mismo teatro Cervantes, el lodazal se aumenta por la reciente plantación de árboles, sin que nadie se haya preocupado de empedrar nuevamente; en grafica no se aprecia esto, sino que muy ligeramente.

Los transeúntes, un poco extrañados, nos miran, detienen su paso y seguramente piensan: ¿Estarán locos? Los que nos conocen dicen en voz alta: -¡Ya estáis preparando algo! ¿verdad?

Un joven, pulcra y admirablemente vestido, se nos aproxima:

-¿Son ustedes de Vida Manchega?

Y, al responderle afirmativamente, nos dice:

-Miren la puerta y fachada de mi casa, que es la de ustedes.

-Muchas gracias.

 


-Al pasar los automóviles sobre el barro y el agua, despiden salpicaduras que manchan la pared, como lo pueden apreciar. Mi padre necesita continuamente de los pintores si quiere que la fachada permanezca limpia. ¿Hay derecho a esto?

-¡No señor, no hay derecho! -le respondemos dándole la razón.

El joven pulcro y atildado continúa protestando airadamente de las autoridades y de la desurbanización. En esto, un automóvil, que cruza a gran velocidad, levanta una verdadera nube de cieno, que va a estrellarse contra el grupo que formábamos la puerta y la fachada de la casa no han recibido el regalito; pero nosotros estamos perdido en el barro. Rafael y yo lo aguantamos estoicamente, pues con el paseo dentro de la población ha sido bastante. Pero el polo del garban limpio, traje impecable y zapatos relucientes, prorrumpe al verse múltiplemente manchado, en formidables improperios… Creemos que la inocente familia del shofer no salió muy bien librada de los insultos.

¿Tienen la culpa los conductores? ¡No! ¡Ni mucho menos sus familiares! Entonces, ¿los culpables son nuestras autoridades locales? ¡Tampoco! ¡No faltaría más!

Aquí no podemos achacar estas mas, cosas, que al agua. ¡Si no lloviese, no sucedería nada de esto! Las calles estarían relativamente bien y el cieno no mancharía las ropas de los transeúntes.

Pero si no lloviese, los agricultores se morirían de hambre.

Antón de Villarreal. Vida Manchega, Ciudad Real sábado 8 de febrero de 1930



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