Desfilan ocho procesiones en medio del fervor y recogimiento del pueblo
La Semana Santa tiene en toda España una unidad de interpretación en la fe inquebrantable del pueblo, pero es variada la forma de cómo se manifiesta y exalta el drama del Calvario.
La expresión religiosa del alma castellana no se parece en nada a la de otras regiones. La muchedumbre, el exorno, el bullicio, las luces, flores, músicas, todo el abigarrado conjunto extraño de cada ciudad impresiona de distinta manera, en esa materialización de la vida y la historia, del corazón y la muerte. Lo exterior, lo transitivo e inestable, subyuga y atrae, pero el fervor, y la tradición de una y otra ciudad es lo que nos hace sentirnos alma de esa fiesta religiosa.
Nuestra ciudad vibra con un puro amor y recogimiento en los desfiles procesionales, con idéntico fervor que si adorase a las imágenes dentro de cada templo. El alma manchega canta y reza con sencillez e ingenuo encanto.
Al desfilar las procesiones por las calles
de fachadas encaladas, de bajos balcones, parece como si se quisiera que la
religiosidad de este pueblo no saliera más allá de su recinto; como si al salir
se sintiera el temor de que es exhibición lo que sólo es fervor y recogimiento.
Esta es la principal virtud de Ciudad Real. Y acaso por esta virtud se la
conoce, aunque a ella le parezca que la ignoran.
El marco por su sencillez es magníficamente emotivo. Toda la grandiosidad del drama eterno tiene en esta tierra un ambiente peculiar y maravilloso.
Allí viene la imagen del Cristo de la Buena Muerte. Estamos en la madrugada alta y silenciosa. Ninguna noche es tan intima y evocadora como esa. En ella está todo el misterio de nuestra adoración. Toda la omnipotencia de Dios viene a nosotros cuando se ha hecho el silencio casi absoluto, cuando ya no hay en torno nuestra más voz que la del misionero que dirige el Vía Crucis doloroso. Silencio de todas las horas que se fueron, de todos los desfallecimientos, de todos los gozosos júbilos de la tierra. Cristo muerto, abierto al frio de la madrugada que va consumiéndose en la más dura penitencia.
Las procesiones nocturnas, de la Virgen
del Mayor Dolor, de Nuestro Padre Jesús Nazareno y la Soledad, nos rinden y
fatigan de tanto amor. Un bordoneo de tambores destemplados acompasan el tránsito
de las imágenes. Los labios, se mueven impulsados por ese sentimiento del
creyente, por ese corazón inflamado de la fe que llora, con remordimiento tenaz
y cien veces repetido, la tragedia del Gólgota. Es el dolor negro de todos los
pecados del mundo en el horizonte de la noche de penitencia. Se piensa que en
la soledad de los campos habrá de reinar una sensación de expectación y de
dolor igual a la que invade a la ciudad. El cielo abrileño se embalsama de
rezos implorantes, fervientes y rasga el aire la doliente saeta como flecha de
amor disparada a lo alto.
Cuando ha pasado la cinta negra de la procesión del Nazareno, comienza el desfile de los “pasos” de la Oración del Huerto, Jesús Caído, Cristo del Perdón y de las Aguas y el “Encuentro”, a la luz clara de la mañana abrileña, mientras las cigüeñas en vuelo de primavera trazan en el aire círculos de armonía, y a semejanza suya nacen alas a nuestras almas para ir al más allá. Nuestros sentidos se iluminan con la contemplación del misterio sacro, cruel y tremendo, porque nuestra ciudad con menos énfasis que ninguna, se recoge y concentra ante sus imágenes con disciplina litúrgica.
Las procesiones del Jueves y Viernes Santo por la tarde, reúnen ocho magníficos “pasos”: Ecce Homo, Cristo de la Caridad, Dolorosa, Cristo de la Piedad, Descendimiento, Nuestra Señora de las Angustias, Santo Sepulcro y Nuestra Señora de los Dolores. Vírgenes dolorosas, acongojadas en su pena, meciéndose radiantes entre flores y luces; el Cristo de la Piedad en su divina y amorosa agonía, que nos conmueve, y enternece hasta lo más hondo de nuestra alma, sobre un magnífico trono tapizado de rojos claveles, como cálices sangrantes. Cristo transido, Cristo agónico. ¡Muerto por los hombres, por amarlos muerto!
Es esa una escultura maravillosa, que nos
traslada a la contemplación de las más famosas obras de arte de nuestra
inmortal imaginería. Es el “paso” por excelencia de nuestra Semana Santa, que
este año desfilará por vez primera y que, por su majestad y sublime grandeza,
ha de atraer poderosamente la devoción popular.
Ciudad Real pone en la exaltación de la Semana Santa todo lo que tiene. En sus calles no hay algarabía, no hay bullicio. No es fiesta. Es dolor. Ese dolor, que en el alma manchega es todo recogimiento y sobrecogedora emoción.
Por eso el viajero que en estos días del Domingo de Ramos -primer desfile procesional con la Cofradía de las Palmas, brillante nota de juvenil alegría- a Domingo de Resurrección visita nuestra ciudad, admira el contraste con la celebración de esas solemnidades Pasionarias de otras regiones españolas. Y siente como ese espectáculo callado y recatado de sus ocho procesiones, se le va entrando en el alma y como, al repicar las campanas jubilosas, Ciudad Real despierta con acentos de gozo, como si en verdad hubiese contemplado la auténtica Pasión y Muerte del Hijo de Dios.
Fernán Gómez. Diario “Lanza”, miércoles
2 de abril de 1947

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