Ciudad Real comenzaba el siglo XX con una Semana Santa sin apenas relevancia, de cofradías con imaginería e insignias de poco valor artístico y reducidas en número de hermanos. Ésta se renovaría totalmente en la segunda década de este siglo, gracias a la intervención del que fuera quinto Obispo-Prior, D. Remigio Gandásegui y Gorrochátegui, quien se preocuparía de aumentar el esplendor de las procesiones.
Las cofradías en los años veinte del pasado siglo ya habían renovado sus pasos titulares, los estandartes y túnicas, y la celebración pasional alcanzaba su mayor brillantez, existiendo una rivalidad sana entre las distintas hermandades empeñadas en mantener, sostener y aumentar el lujo, la grandeza y la calidad de las mismas. Las procesiones en aquellos años sólo se celebraban los días de Jueves y Viernes Santo.
La idea de fundar una nueva hermandad nace
con el auge de nuestra Semana Santa en los últimos años de la segunda década
del siglo XX, por un gran ciudadrealeño amante de nuestra celebración pasional
y de Ciudad Real, el abogado D. Francisco Herencia Mohíno. Esta nueva hermandad
estaría basada en el extinguido paso de “los Judíos de San Pedro” que había
procesionado la mañana del Viernes Santo hasta la primera década del siglo XX,
y que había pertenecido a la Hermandad de Santísimo Cristo del Perdón y de las
Aguas.
Francisco Herencia comenzó a organizar en 1923 la Hermandad de la Coronación, poniéndose en contacto con el párroco de San Pedro, Emiliano Morales Rivera, gran amante también de nuestra Semana Santa, que acogió con gran entusiasmo la idea de Francisco Herencia y le animó para que cuanto antes procesionara en la mañana del Viernes Santo. Una vez que se contaba con la autorización del párroco de San Pedro, Francisco Herencia, que era el abogado de la Compañía M.Z.A. de Ferrocarriles, ofreció a los ferroviarios de la Asociación de Empleados y Obreros, la idea de que se reorganizara la Hermandad de la Coronación en el seno de esta asociación. Esta idea fue muy bien recibida por los directivos de la mencionada asociación, quienes se pusieron incondicionalmente a su lado, siendo reconocida la hermandad a partir de entonces como la de los ferroviarios.
La primera meta que se propuso Francisco Herencia al constituir la hermandad en 1923, era sin duda adquirir el paso de misterio que representara la Coronación de Espinas de Nuestro Señor Jesucristo. Sería José Mur Escolá, asesor artístico de la cofradía, quien se pondría en contacto con el escultor Felipe Coscolla, quien tallaría el paso. Llama la atención el largo proceso de elaboración de esta obra hasta su entrega definitiva, llegando a Ciudad Real el 16 de marzo de 1926 y su coste fue de 11.000 pesetas.
En la obra del escultor, este paso destacaría por dos aspectos, el primero por ser la primera obra de imaginería religiosa en que se aplica el denominado Art Decó. Aplicándose unas formas vanguardistas al arte religioso de la imaginería procesional, y que destaca dentro del panorama de los talleres del momento, que seguían anclados en la imaginería convencional. El segundo aspecto es la amplia difusión que tuvo en su momento en diversos medios de comunicación, siendo expuesto en el salón de exposiciones “Galerías Dalmau” de Barcelona, que apostaba por el arte más moderno.
La descripción del conjunto escultórico la obtenemos de la Revista de Oro: “En el paso aludido puso el autor cuatro figuras: la del divino Mártir y tres hombres burdos que caracterizan los tipos etíopes, galos y romanos ostentando torsos hercúleos de potente vigor físico.
El Nazareno de Coscolla es una encarnación artística repleta de una arrogancia especial que sobrepuja a la virilidad de los sayones.
El total es humanamente realista,
sin que por ello le falte la debida unción religiosa, cosa difícil de lograr
tratándose de hacer unión entre la verdad visible y la verdad incomprensible.”
(J.C. “El Tercer Misterio de Dolor interpretado por un notable artista.
Coronación de Espinas, paso de Felipe Coscolla”. Revista de Oro.
p. 742. Octubre, 1926).
Una descripción no exacta del todo, porque el grupo era de cinco figuras, las cuatro descritas y una quinta que representa a un romano durmiendo, reclinado boca arriba en las gradas en que se ubica el grupo, con el casco, quitado, junto a él, a los pies de Cristo. El conjunto forma una estructura piramidal, moderna, realzada por la utilización de volúmenes cúbicos formando un graderío como toda escenografía, destacando de este modo la esencia de la composición que son las esculturas.
Las imágenes, de tamaño natural, tenían
una altura aproximada de 1,75 metros, y presentan, además de la exagerada
musculación que se convierte casi en deformidad, la nariz recta desde la
frente, la barbilla prominente y unas posturas extremadamente forzadas,
especialmente la de aquel que lleva el látigo, el cual pasa el brazo por encima
de la cabeza mientras que su cuerpo se inclina lateralmente para tomar aún
mayor fuerza al descargar el golpe. La figura de Cristo aparece también con una
musculatura muy desarrollada, algo que no es habitual en sus representaciones;
sentado y atado, estaba completamente tensionado, con la cabeza ligeramente
elevada y los ojos cerrados, como si intentara abstraerse de todo el
sufrimiento que está pasando, por eso su rostro no refleja sensación alguna de
dolor.

Con una buena crítica en la prensa
catalana, llegó el paso de la Coronación de Espinas a Ciudad Real el martes 16
de marzo de 1926, como reseñe anteriormente, siendo trasladado al domicilio de
Francisco Herencia en la calle de la Mata. Felipe Coscolla llegaría días
después, más concretamente el 26 de marzo, para dirigir los trabajos de
ensamblado y montaje de su paso. Fue bendecido el 30 de marzo de 1926 en la
parroquia de San Pedro por el séptimo Obispo-Prior, D. Narciso de Estenaga y
Echevarría y procesionó por primera vez portado aun hombro, el Viernes Santo 2 de
abril de 1926 a las diez y media de la mañana, junto al resto de cofradías de
la pasionaria de San Pedro. Los hermanos vestían túnica diseñada, al igual que
las insignias de la cofradía, por José Mur Escolá, y consistía en un gran manto
de moaré de seda morado y un cordón de oro con tres grandes borlas, también de
oro, en forma de toisón, cerrando el manto cuatro broches de oro. El capillo
era de terciopelo de seda morado, que llevaba bordada en oro el águila imperial
de Roma, con la corona de espinas. Se completaba el atuendo con zapato negro y
guante blanco, y alumbraban con cirio de cera. En 1928 se sustituyeron los
cirios de cera por cetros de bronce, confeccionados expresamente en una
fundición de Madrid y rematados por el emblema de la cofradía, constituido por
el águila imperial romana y la corona de espinas.
El paso al igual que toda la imaginería de nuestra Semana Santa, fue pasto de las llamas al inicio de la Guerra Civil Española en 1936, al ser quemado por republicanos del frente popular, intentando de nuevo D. Francisco Herencia en 1939 su reorganización, poniéndose en contacto con Coscolla, llegando a un acuerdo con él para hacer un paso nuevo, pero debido a una agresión que sufrió el 26 de junio de 1940 a manos de un operario de su taller, que le golpeó repetidas veces con un mazo, fallecía días después. Y con él murió también la historia de la Hermandad de la Coronación de Espinas, ya que en 1945, cuando los ferroviarios se agruparon para constituir la nueva Hermandad del Encuentro, no contaron con Francisco Herencia y cambiaron la antigua advocación asociada a ellos de la Coronación por la del Encuentro.
De esta Hermandad solo ha llegado hasta
nuestros días los diferentes estandartes que realizó la misma a lo largo de los
años, que se salvaron de la Guerra Civil y no los entregó D. Francisco Herencia
Mohíno a la Hermandad del Encuentro, al considerar que la nueva hermandad no
era continuadora de la Coronación de Espinas. Sería años después de su
fallecimiento cuando su hijo, D. Francisco Herencia Olivas, donaría sólo parte
de los estandartes a la Hermandad del Encuentro, por la petición que le formuló
la directiva, procesionando en la actualidad parte de los mismos la mañana del
Viernes Santo.
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