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domingo, 7 de agosto de 2022

IMPRESIONES DE UN VERANEANTE (IV Y ÚLTIMO)

 



Mi colección de fotografías de Ciudad Real aumenta, este verano con siete tomadas en el mismo espacio. El que se extiende, por la carretera de ronda, de la puerta de Granada a la de Alarcos. He aquí dos, tiradas en idéntico sentido, paso más, paso menos, ante el edificio de los ferroviarios, a la entrada del Parque, mirando hacia la puerta de Ciruela. La A, al abrir septiembre sus días. La B. tres fechas exactamente después. Las otras, que completan esta coleccioncilla, son tan tristes, y desoladoras como la última.

¿Qué motivos pueden justificar lo que ellas manifiestan? ¡Ah! No lo sé. Quizás ampliar la anchura de la carretera de ésta, que fue paseo de Cisneros, para facilitar el tráfico rodado, aun cuando da la casualidad de que en este trozo, concretamente es en el único que no aumentó. Al contrario, mermó mucho el que allí afluía, por las carreteras de Granada y Calzada, una vez desviado por la nueva carretera de Miguelturra que aboca, en la de la ronda, mucho más allá, frente al Reformatorio.

Los árboles con su silencio -y tal vez por él- benemérito, constante, secular, de trabajar haciendo el bien, sin mezcla de mal alguno; en contra de la belleza que representan, y de nuestra salud, alcanzaron este cruel “premio”.

Entre las tres fechas, que mediaron entre las fotos A y B, se le rompió una gran rama al hermosísimo olmo de la entrada del Parque. El brazo que la soportaba, carcomido, hueco, como consecuencia natural y funesta de podas anteriores e irracionales, que le produjeron heridas muy extensas y, por tanto, sin posible cicatrización, no pudo soportar el peso de la frondosa rama y de las hojas, y se desgajó. Decían fue de miedo ¡Vaya usted a saber si era verdad! Porque ¡es para temblar, semejante racha!

 



Al concluir de tirar la foto B, mi ánimo se refugió, deprimido esperanzado, en la singular arboleda de nuestro Parque, en el cual en su paseo inicial, que antiguamente era el principio de la carretera de Alarcos, también se aprecian zarpazos del hacha arborofoba. Y esto tampoco debe ser, que el arbolado del Parque es firme e intocable, sea cual sea, y cuando sea, cualquiera retoma que se pretenda hacer. Nos costó, a los ciudarrealeños mucho trabajo y entusiasmo, conseguir tan lozana masa arbórea para pulmón de la ciudad, deleite necesario, expansión de todos, salud de los niños, descanso de los grandes, y obligación irrenunciable, es, para todos, defenderla de ligerezas mal orientadas y intromisiones irresponsables, pues el Parque es parte, capital y valiosísima, del culto rico, honesto y orgulloso patrimonio de los ciudarrealeños.

En el viejo cofre, de los recuerdos viejos, guardo, con celo y cariño, una medallita de latón, tal que una antigua moneda de cobre de 10 céntimos, de grande, con un lacico de seda rojo y gualda. Me la dieron cuando en mi infancia, un año, los niños de la escuela, acudimos a la anual, y creo antaño obligatoria, “fiesta del Árbol” -el Sr. Del Moral quiso resucitarla no ha mucho- que, en aquella ocasión, se celebró en la granja agrícola de la puerta de Calatrava. Y plantamos un árbol. Las infantiles promesas, de amor a los árboles y a los pájaros, que nos hicieron recitar, aún siguen vivas y frescas en mí y me acudirán siempre.

Envuelta tengo la medalleja en un papel donde están escritos una famosa sentencia y un sabio refrán: “Quien plantó un árbol, no perdió su vida”. “El hombre y el árbol, no se forman en un año”.

¿Quién tendría el diabólico gusto de inventar, Dios sepa en qué añejos tiempos, el hacha arborófoba y la odiada piqueta demoledora, activas, sin sosiego?

 


Con singular agrado pase casi toda una tarde hablando con Villaseñor y viéndole pintar la curva pared levantada en el salón de sesiones de la Diputación. Por primera vez vi pintar un muro.

Tal salón, de castizo tono de época de la regencia de la reina Cristina, se convertirá en notable ejemplar modernísimo. Las pinturas de Villaseñor se encargan de establecer fuerte y desconcertante, contraste con el cupulín de la suntuosa escalera, por cierto muy deteriorado, que fue decorado por Ángel Andrade, y con los numerosos lienzos colgados en las dependencias y galerías del edificio y con la arquitectura de este.

Soy indocto. Me gusta, pero me considero incapaz de saborear, hasta lo hondo, la monumental obra de Villaseñor, éste actual pintor nuestro.

Soy indocto. Recuerdo el realismo sombrío de Solana el grupo de la familia manchega; la fantasía de Goya, áspera, genial, un tanto morbosa, de “los caprichos”, se nos viene a la mente con los desnudos, con los mineros, con el arador; los ángeles que rodean al beato Juan de Ávila parecen versión moderna de los tranquilos y placenteros, arcángeles Gabrieles de las primitivas Anunciaciones. Y todo con un carácter muy personal y actual. Son convergencias.

Suavidades de agua del padre Guadiana; rigideces violentas del secular Pantocrátor, puertas al día en el Santo Tomás de Villanueva; blancos sayales de freires calatravos; blancura, blanquísima y brillante de la huesuda cabra tertigolgante, y del esquelético jamelgo, quijotesco, empeñada en que resalten su valor, las sombras pizarrosas y las opalandras negras de los judíos -toda figura, en esta composición pictórica, tiene su simbolismo manchego- y en poner de manifiesto al total patinado, ocre, del conjunto variado y armónico a la vez.

 


Lo malo será si el mobiliario entorpece la visión de parte baja de la original y extensa pintura mural.

¡Campo manchego de tranquilidades! Huele la llanura a mies y a tierra, resecas. Acompasado, suena el andaraje -reloj del agua-, de la noria. Cantan las regueras a borbotones, y susurra el panizo, movido por la brisa suave. Parlotero chillar de gorriones y más garriones, que buscan, en la higuera, el descanso de la noche que llega. Magro pernil, pan, con miajón, tomate carnudo, melón meloso, bajo el nogal de la huerta amiga. ¡Cómo brilla! ¡Ocaso tras la cercana Cabeza del Palo y las cumbres de las sierras remotas de Guadalupe! Saben a cenobio, en recreación vespertina, el bisbiseo sentencioso de dos jornaleros, viejos, coronados de humos de “colilla” rechupada, sentados en los bajitos bancos de la plazoleta del Cristo de las Huertas, al empezar a desflecar sus retorcidos vuelos los “murciélagos”. Conforta el ánimo el postrer recorte de la luz, a la ermita, en salutación angelica a la Virgen de Alarcos.

Al regreso, son más lindos “los caballitos” del Parque suenan bien los “cha, cha, cha”.

En la terraza de un “bar”, bajo dosel de arboleda, sorbo a sorbo, ¡qué bien sabe el vino de mi tierra! ¡Y no pensar en nada!

Cruza, sobre “el olmo viejo” camino de la torre de San Pedro, el “Eco I”, puntual, brillante, símbolo del poder urbano y, ¡ojalá de la paz!

En la noche estrellada, estradilla el grillo, escondido en la reducida maraña, húmeda, del hondo patio, blanco. Ladra el perro del corralón vecino. El gallo clava, en el aire, agudos alertas, y el campanillo del convento eleva al cielo, entre tañidos, el rezo, trasnochado y virginal, de las monjitas. Trasciende a albahaca, a madrugada.

¡Que deprisa va el tren! Se encaraman las torres, para decirnos: “¡adiós, amigo, hasta el año que viene!” ¡Cómo flamean el pañuelo, blanco, de sus caseríos, los lugares tendidos sobre barbecheras! ¡Cómo plantean los olivos y verdean las viejas vides, y levantan nubecillas de polvo las yuntas al abrir el rastrojo y el caballo del guarda que va por la “verada” y la tartana en el camino viejo!

¡Cómo se va perdiendo la Mancha en la lejanía! ¡Cómo la corta, definitivamente, Despeñaperros!

 

Julián Alonso Rodríguez. Diario “Lanza”, jueves 1 de diciembre de 1960



sábado, 6 de agosto de 2022

IMPRESIONES DE UN VERANEANTE (III)

 



“El día de la Provincia”, perfectamente encajado como festejo imprescindible, ha ido superándose desde que, hace tres años, nació para dar lustre y distinción a la feria.

Bella la parte literaria –“I Fiesta Provincial de las letras”- en el selecto marco del Romasol Cinema, en honor de la reina y de su corte. Aquel racimo -estamos en tierra de “majuelos”- de dulces Dulcineas -¡qué bien suena este piropo a la santa y guapa y bella mujer manchega!- de la capital y de los cuatro vientos de la Provincia llegadas, lo merecía todo. Y más luz; menos vocerío, en conserva, de altavoces y “Mustafás” llegados, con el vientecillo, desde la feria vecina; más etiqueta, y menos trajes color castaña, y nada de equivocas contorsiones masculinas en inadecuado “ballet” fin de fiestas. Del ballet “del festival, lo mejor, la Mistral”, apuntó alguien. Hay que cuidar los detalles.

Se volcaron la ciudad y los pueblos, en la vespertina batalla de flores, y, en desbordante avalancha, entorpecieron, pero no deslucieron, el desfile de las carrozas de originalidad manifiesta, monumentales, alegóricas, simbólicas, rurales… Cada una, más que carroza, era carro de triunfo de nuestras lindas mujeres, más manchegas y más bonitas, aun porque de manchegas iban ataviadas.

Flores, papelillos, serpentinas, piropos, música, alegría. Oleadas de ovaciones cuando aparecieron las carrozas de Socuéllamos, tiradas por hermosas yuntas muleras, caprichosamente esquiladas en alarde de artesanía y con riqueza y lujo enjaezadas, y la de Tomelloso, auténtico carro de vendimia colmado de racimos de verdad, y de zagalas galanas de verdad. Arrastrado iba por varios pares de mulas, de la mejor estampa, que lucían lucientes arreos y la barroca policromía de bordadas camperas gualdrapas de gala y la viveza de su sangre, en perfecta y noble forma, y a los lados cual escuderos a pie servidores de las mozas, recios zagalones con rústico atuendo tomellosero. Era de ver cómo, con majeza viril, se agarraban, se colgaban, a la trasera del carro para, girándolo sobre una sola rueda, hacerlo cambiar de rumbo, elevando esa costumbre campera a espectáculo circense del mejor gusto. Y las mulas, descansadas, solas, alegres, femeninas, campanilleaban más sus colleras, y los aplausos sonaban más que bien lo merecía traer, el adoquinado pavimento ciudadano, un clásico y sugestivo trazo de los polvorientos carriles de la llanura.

Estamos de acuerdo, para estos menesteres no sirve, es feo, el tractor. Huele mal, carraspea mucho. Las yuntas sí que se acomodan bien a tirar de las carrozas.

En Almuradiel, en Puerto Lápice, en los confines de la Provincia, la sonrisa de muchachas manchegas y la Trilogía del vino, de Alcalde, con un dibujo de Villaseñor, abrían a cada viajero el pórtico de nuestra Mancha querida.

Ciudad Real y todos los lugares de su geografía, se abrazan en esa fecha.




No he logrado ver completo, el “paso” del resucitado concebido y tallado por Donaire. Tuve que conformarme con mirar, por entre los barrotes de la reja, la figura central, recluida en la espesa penumbra de la capilla del Baptisterio de la Catedral. Cristo, parado, parece triste porque al resucitar de entre los muertos, los vivos le han encarcelado en tan mínima u oscura celda, o porque teme por la integridad de la venerada pila del bautismo, que le dieron como peana o por las dos cosas a la vez.

Hasta ocasión más propicia, he de resignarme, a la fuerza, con el no claro juicio formado a la vista de unas fotografías del “paso” del resultado publicadas en la prensa: Feliz acierto en la composición del conjunto; más inspiradas y mejor conseguidas, las esculturas de los soldados. Sobre todo, ese que corre despavorido.

 



El antiguo jardín del Instituto, rodeado de alta y extensa verja -a todo lo largo del “callejón” y en gran parte de la fachada de Caballeros- tenía su encanto. Era jardín, escolar, privado, pero abierto a todo el que quisiera cruzarlo para acortar unos metros su camino. Algún rincón -el del añoso olivo del esquinazo del invernadero, en primer término, y, en la lejanía la torre catedralicia- inspiró a Andrade una de sus mejores tablitas. Paco Tolsada le dedicó una buena y sentida poesía y “Albores” la publicó, ilustrada con la fotografía de la citada tablita.

Desapareció la verja -algún reducido trozo pusieron en el mercado de abastos-, se hizo público el jardín y se convirtió en plazoleta frondosa, y pimpante con arbolillos, con muchas flores, pero sin bancos. Me dicen sigue siendo del Instituto (?).

Este verano era desolador aquello. Ni una flor; ni una gota de agua; tiradas las piedras del murete que lo levanta del nivel de la calle; apisonadas parcelas y paseos; los árboles esmirriados, derrengados, desgajados, pereciendo o perecidos; los rosales, las dalias, las plantas de flor, emigraron a otros sitios… dentro del antiguo recinto del jardín, un quiosco, de material estable, para la venta de pipas y altramuces. En nuestros tiempos, a Hilario, con su barquillera, y a su mujer, con su cesta de cangrejos de maro cocidos, sólo les permitían estacionarse fuera, en la acera de enfrente de la calle de Caballeros.

La desolación de esta zona verde se la endosan a los chicos del Instituto, y yo me pregunto si son también responsables del abandono en que se hallan la plaza de José Antonio, y el Prado, con la carencia de bancos y la sobra de montones de basura en los espacio más visibles, y de la desaparición del tapiz verde del Pilar y de , a fuerza de malas y repetidas pocas, la conversación de los cursis arbolillos que circundan el “olmo viejo” -verdaderos bastones de puño de bola clavados por la contera-, en alfileres de cabeza, y del polvo, sequedad y ruina del hermoso Parque al que sólo falta, para semejar una esquela de defunción, rieguen con asfalto sus paseos, según proyectan, y de ser aparcadero de destartalados coches y camiones la plaza de San Francisco, y del descuido de la de la Misericordia, y si astillaron, ellos, los semisecos y tísicos cipreses que mal viven arrimados a las tapias de la Catedral y a la esquina de la iglesia del convento de las Carmelitas, y si han intervenido, ellos, en que no se siembren siquiera las desiertas áreas, acotadas para zona verde, en la plazuela de las Terreras, y si…

 


No vosotros, los actuales chicos del Instituto, mis compañeros de Instituto -también estudio el Bachillerato en él-, no hacéis eso. Sois, como fuimos chicos, pero no sois, como no fuimos, gamberros.

Para ver flores, en Ciudad Real, únicamente se puede ir a la glorieta de Cervantes. Para ver césped verde, tupido, jugoso ¡y regado y todo!, al palmo de tierra que rodea la Puerta de Toledo, y nada más.

Se han concebido premios, a varios pueblos de la Provincia, por el embellecimiento de sus recintos urbanos. A Ciudad Real, naturalmente no le corresponde ninguno.

 

Julián Alonso Rodríguez. Diario “Lanza”, sábado 5 de noviembre de 1960

 


viernes, 5 de agosto de 2022

IMPRESIONES DE UN VERANEANTE (II)

 

Desaparecido Cine de verano Romasol en la actual Avenida de la Mancha



En la India, las vacas pululan por calles, paseos, jardines… Son sagradas y, como sí, además, fueran conscientes de ello, hacen valer sus derechos con sosegada tiranía. Así, la circulación se interrumpe porque una vaca se tumba, atravesada, en una acera concurrida, o, en ocasiones, se tapona el transito rodado si eligió para descansar el medio de la calle. Como no se las puede molestar, precisa esperar pacientemente, que, cansadas de descansar y rumiar, reposadas y displicentes, se levanten y sigan su camino caprichoso.

En Ciudad Real no hay vacas sagradas, pero hay profusión de perros vagabundos, aunque no sean sagrados. Y son de todas las razas, capas, genio y figura. De ganado, galgos, podencos, lulús, conados; píos, negros, verdinos, albinos, gordos, famélicos, sedosos, espelurciados, sarnosos… Invaden las calles, los paseos, los caminos, los portales, a todas las horas del día y de la noche, con igual libertad que las vacas de la India, en montones ladradores, humeantes, peligrosos. Son una plaga. Los peatones los evaden con miedo, más que con respeto.

Y también interrumpen la circulación. He visto, en la calle de Alarcos, a media tarde, cambiarse la gente de la acera de la izquierda a la derecha, porque un enjambre canino, en las losas de la primera. Dilucidaba sus problemas a dentelladas y ladridos. Y, a las once de la noche, en medio de la calle Toledo, en la confluencia con ella, de las de la estación y de la Estrella, estaba tendida una gigantesca perra rendida de ajetreos, y alrededor, en extenso corro intranquilo, gruñidor, reñidor, muchos canes, de todas las tallas, le hacían la corte. Llegó un coche, encendió los faros, rugió su bocina; trepido ensordecedora, la moto que venia detrás. Ni voces, ni amigos. No hubo medio. Hubieron de parar. Cuando a la perra le dio la gana, se levantó y seguida de su bulliciosa y nutrida corte de novios, tomó carrerilla, calle de la Estrella arriba. Entonces la circulación rodada se reanudó.

¡Espectáculo folklórico!




El año pasado, a las representaciones del I Festival de Teatro Aficionado, asistimos medio centenar de personas, haciendo la cuenta con optimismo. Alguna noche, menos. Salía uno defraudado del público. Este verano, en el II Festival Nacional, cada noche hubo un lleno. Para encontrar acomodo conveniente precisaba ir con tiempo y, a veces, invadir, un tanto tumultuosamente, el local del cine Proyecciones donde se hacía el espectáculo, y ocupar, “por las buenas” las localidades destinadas a las autoridades e invitados y avanzar las sillas hasta las mismísimas candilejas. El público iba a oír; a aguantar esperar, largas, sin protestar, si las instalaciones no funcionaban, y sabía enjuiciar y aplaudir. ¡Hay público, en Ciudad Real, para estas manifestaciones de Arte! Público numeroso, culto y selecto. Y alguna calabaza mezclada. Mejor para ella, pues algo bueno se pegará.

Destacado acierto no imponer obra común para las agrupaciones. Esto no aumenta de modo insuperable, la dificultad de la  labor del jurado, y da más fluidez al espectáculo, y permite, como este año, la agradable demostración de que nuestro teatro clásico, centenario, triunfa, jugoso y moderno en su secularidad, sobre actualidades de todas categorías; truculentas, esquizofrénicas, convencionales, mediocres, buenas, noñas y hasta de una rosa demasiado descolorido -¡aquella del “bobita” y de “a mi me llamaban maravilla”, apretado ramillete de carabelas y casualidades-, que solo se salvan, si acaso, sabiéndolas hacer, y se convierten en cursis si los actores son incapaces de levantarlas. No tendrán, seguro, supervivencia secular.

El buen conjunto alcarriano de Antorcha no superó su laudable representación del primer festival. Quizá la antipática obra que trajeron tuvo la culpa. El exagerado bienestar de la residencia de invidentes, con que comienza, la desbarata el malsano Ignacio y concluye con no menos exagerado total, derrumbamiento dramático. Por obra del resentido y malo, hasta deja de reír el buen Miguelín, jovial y simpático.




A la agrupación de Ciudad Real, francamente buena, le falta para ser inmejorable, elemento femenino. Su campo de expansión está así, recortado, y se impone solución. La obra que interpretó es amarga. Su dificultad, sin embargo, es excelente piedra de toque. Triunfaron nuestros muchachos. Muy bien todos; muy bien Golderos en su monólogo; muy bien Arjona, con justicia galardonado, pero ¿por qué no matarían antes, -no a Arjona ¡eh!- al cabo que representaba? Hubiéramos descansado y se hubiera acelerado el trágico desfile que a poco remata vaciando el escenario. Salimos con el corazón arrugado.

Hubo otro milagro, que no fue chico. El que hizo el P. Tomás salvando El Milagro. Y otro tercer milagro más espectacular: volver a la vida al micrófono, largo espacio comatoso, largo espacio comatoso, con un simple golpe ¿de reina, de torre, de alfil? Hasta el gordete fraile se asombró.

Si, Galiana, me gustó más la Culpa, que la Penitencia. Y a usted también. Seamos sinceros. Y a todos. Pero me quedó insatisfecha una nimia y acuciante curiosidad ¿Para qué seria aquel irregular ventanico, iluminado de rojo, que se abría en los bastidores, a la derecha del espectador? Obsesionado estuve toda la velada, pendiente de él. ¿Se asomarían la Penitencia, o un angelote de alas de algodón, o los cuernos de la luna, o el Eco I? Nada; ni apareció la prodigada cabeza del tramoyista aquél, con petulante gorra de amplia visera en violento declive ascendente, que se transparentaba por el telón; que subía y bajaba, rápido, por escaleras y cuerdas; que se asomaba entre bastidores; que apagaba y encendía luces; que circulaba entre el público… Con bien seleccionadas ilustraciones musicales, que los micrófonos se empeñaron en no dejar saborear; con bella y lujosa presentación; con vistosa combinación de luces, con excelente representación, triunfó el Auto calderoniano, y completó el éxito la oportunidad, comparativa, que nos brindó el grupo madrileño al traernos a escena esta obra vieja que sigue siendo nueva.




Es necesario mejorar el marco. El actual, es pobre y aún puede no existir el año venidero. En el parque podríamos encontrar otro fuera del ámbito de la talaverana. Más al fondo; sin destrozar un árbol, entre el boscaje si es preciso, encantador: el amplio cuadrilátero donde hay actualmente un quiosco. Hasta, económicamente, le interesaría al arrendatario del quiosco.

Sería conveniente, que los componentes que integran las diversas agrupaciones pudieran permanecer en Ciudad Real durante los días del festival. Las representaciones de unos servirían a los otros, al verlas, de contrastes, superación y estímulo, y de apreciación del justo fallo del jurado.

Tan nimias son estas anotaciones que ni siquiera pueden llamarse sugerencias, ni, menos, reparos. Son nonadas en el selecto espectáculo de cultura con que nos han obsequiado los organizadores a quienes les está prohibidos desalientos, ni retrasos. Y tan merecido tienen esto, como la felicitación sin dobleces. Desde hoy deben empezar a preparar y ampliar el festival de mañana y con alegría, con fe, sin rendirse ante los obstáculos. Tosa ayuda es pequeña.

Obliga el altruismo de los conjuntos que nos visitan, pregoneros del bien hacer y del bien decir. Lo pide un público culto, selecto y numeroso, ansioso de tan valioso manjar. Lo reclama Ciudad Real que tuvo la feliz idea de convocar estos congresos de Arte bajo el manto sereno de nuestras veraniegas noches manchegas, y, con hidalguía que la honra, dispuesta está a seguir siendo campo nacional de tan selectas lides.

Es que -lo estáis viendo- estamos haciendo Ciudad Real, en la Mancha; Mancha, en España, y España, más allá de sus confines. Hasta donde llega el claro clarinazo de los clarines.

Felices ratos me ha deparado, este verano, el II Festival Nacional de Teatro Aficionado.

 

Julián Alonso Rodríguez. Diario “Lanza”, sábado 22 de octubre de 1960




jueves, 4 de agosto de 2022

IMPRESIONES DE UN VERANEANTE (I)

 



Al retornar, sacudo la túnica de peregrino, solitario y veraniego, para que el polvillo de las eras, de los caminos, de los rastrojos de mi tierra, mezclen sus olores de arcilla, de mies, ¡de campo!, con el salobre de las salinas y de las resacas gaditanas y aromen mi casa y la penetren toda.

Con el ajetreo del sacudido, saltó, de entre los pliegues del sayal, una libretica, arrugada y pringosa, llena de garabatos escritos a lápiz, de tan resobados, se han borrados mucho, y, de tan malo como es el papel del cuadernillo, se han corrido y emborrado, más de la cuenta, los que pluma fueron trazados, pero aún puede leerse algo, y aquí lo copio -aunque quizá no te interese- porque, si Dios quiere, a mí, cuando el tiempo pase, ha de serme de mucha recordación y añoranza, releerlo, y yo cuido mucho de este mi pecado de egoísmo.

Desde el balconcillo de las campanas de la torre, veo Ciudad Real. Me pasma como se desparrama desmesuradamente y considero el grave, y grande, conflicto que para la urbanización e higiene se esta creando, cuando, en su antiguo recinto edificado, se perciben tantos y tan amplios corrales y huertos que podían edificarse sin dilatar el perímetro de la ciudad, ni aumentar pisos y pisos en las casas, porque esto va contra la característica, la costumbre y la necesidad de nuestra urbe. Ciudad chata, ancha y cómoda, como es lo suyo. Comparar el bien concebido barrio del Pilar con el de “Vista Alegre”. ¿Para qué llevar a Ciudad Real al trance de convertirse en feo e inadecuado colmenar deslumbrado, neciamente, por las fotografías de los muy contados rascacielos norteamericanos? Porque son contados los que allá existen.

 



Si copistas -¡qué pena!- queremos ser, fijémonos en el entusiasmo que en los americanos despiertan nuestras casas con independencia familiar, con jardines circundantes, con patios ajardinados. ¡Como son la mayoría de las modernas ciudades de ellos! ¿No lo habéis visto prodigado en las películas y revistas que de allí nos llegan?

Ciertamente es bueno ponerse auriculares, pero es vergonzoso cerrar los ojos al legado que nos dejó el pasado.

Se extiende Ciudad Real, arbitraria e inconvenientemente y un tanto cursilona de exotismo, y, no obstante, recorriendo sus calles se ven, en su centro mismo, muchos solares de casas derrumbadas. Sin ir más lejos, en la calle de la Azucena, del Camarín, de Caballeros, de la Paloma, Dorada, el que dejó cierta casa “ruinosa” -y no se caía- cuando, piquetazo a piquetazo, la demolieron, y luego resultó -¡cosas de Dios!- era, con su “ruina”, nada menos que el recio sostén de la casa vecina, que se viene abajo ahora. Sucedió algo así como cuando se quita un libro de una prieta estantería.

Solares crónicos, unos Solares, otros, en parajes castizos, que van rellenando de mazacotes, que llaman casas modernas, con ventanales sin herrejes; con tela metálica como barandal de sus balcones, que es peor todavía; con fachadas revocadas, como cuartitos de baño, con pequeños taquitos de azulejos policromados. Alguien, señalando una, me dijo: “ese edificio de casas que ves ahí, ¿no te da la impresión de castillo de los Reyes Magos de un belén barato?... Era feliz la comparación.

 



…Y los escudos nobiliarios de las portadas y de las fachadas, y las columnas marmóreas de los patios, y los férreos balconajes y ventanas, y las vigas y zapatas talladas, van desapareciendo. Se van perdiendo.

Ciudad Real, gris.

No faltan elogiables contrastes: La ancha calle Obispo Esténaga -carente de bueno y definitivo pavimento- que se ennoblece con los notables edificios del Instituto Provincial de Sanidad, “la sindical”, un grupo escolar y otras casas particulares, como la de Barco, que tuvo el acierto de emplear como materiales, el granito y el ladrillo, siguiendo las directrices de las buenas construcciones de siglos pasados y de las que, en el XIX y con características de su tiempo, son destacados ejemplos la Diputación, el Banco de España, el Seminario, el palacete de Barrenengoa, el palacio del Obispo…Y la calle -para avenida se quedó estrecha- del Rey Santo, bien conseguido remanso de modernidad -aunque con algún feo edificio- trazada en paraje que no destroza nada del pasado; que urbaniza un extenso huerto, de origen morisco, y que se completa con el Romasol-Cinema cómodo, acogedor, selecto, muy a la última moda.

La Catedral está vuelta del revés. Al coro, situado a los pies, lo han improvisado en cabecera del templo, en el Altar Mayor. Es que están de obras de reparación. La Virgen no abandonó su trono. Por ello es curioso el espectáculo: en un mismo banco, unos devotos se colocan mirando al coro, cara al Cristo de la Piedad y de espaldas al retablo mayor, a la Virgen, y otros, al contrario. Los sábados, la sabatina se canta cara al Cristo y de espaldas a la Patrona.

Después de la guerra, quedó el Presbiterio incapaz para el decoro del culto, y nuestra maltratada Catedral quiere resucitar gracias al culto y bien orientado Prelado.




Aún añoramos como estaba antes del envite de las funestas obras de principio de siglo. Con la guerra sufrió el templo la postrera acometida devastadora Como ave fénix, de sus cenizas resucitará, sencillo, severo, el templo de Santa María del Prado.

“Día de la Virgen”. Una hora, larga, estuvo desfilando la procesión. No figuraba en ella el estandarte antiguo de la Virgen -del XVI, XVII- que no es “cochambre”, según apreciación ligera, y si valiosa vieja tela que, deteriorada por los maltratos y los siglos, pidiendo está -exigiendo- si no puede lucirse en la carrera, cuidadosa conservación encristalada y emplazamiento en preferente lugar en la escalera del Camarín, como rico y visible recuerdo, insigne e imperecedero, de otros tiempos y para admiración en los presentes y venideros. Salvemos responsabilidades.

Al término de las dos inacabables hileras de siete mil devotos, que iban alumbrando, y sobre todo la alfombra que en el suelo formaban los goterones de cera de sus velas, ardiendo en regueros votivos, venía la Patrona, ya de noche, oliendo a nardos, radiante de luz y plata bajo palio, majestuosa, paseándose -recreándose- en su feudo. El tintineo, leve, argentino, de las campanillas de sus arcos, apenas rompía el silencio impresionante. Insuperable momento, con escalofríos de emoción.

Cuando la Virgen del Prado desapareció, la calle de la Estación Vía Crucis apagó sus luces. Las estrellas brillaban más. ¿Quiénes estarían asomados a ellas?

 

Julián Alonso Rodríguez. Diario “Lanza”, miércoles 5 de octubre de 1960



miércoles, 3 de agosto de 2022

LA ILUSTRE HERMANDAD DE LA VIRGEN DEL PRADO PRESENTÓ SU CARTEL, BOLETÍN Y ACTOS 2022

 

 
Las fotografías que ilustran esta entrada son de Laura Arroyo


El salón de actos de la Parroquia de San Pablo acogió el pasado viernes 29 de julio, la presentación del cartel, boletín y actos del mes de agosto, que la Ilustre Hermandad, junto a la Corte de Honor y el Excmo, Cabildo Catedral, han preparado con motivo de la bajada de la Patrona de Ciudad Real.




Al acto asistió la Alcaldesa de Ciudad Real, miembros de la corporación municipal, el Diputado Nacional de Vox, la Presidenta de la Asociación de Cofradías y miembros de la Comisión Permanente, representaciones de las cofradías y hermandades de Pasión y gloria de la ciudad, y una representación de la Asociación de Dulcineas y Damas entre las que se encontraban la Dulcinea 2021 y 2022.

 



D. Manuel Torres, Vicesecretario de la Ilustre Hermandad, fue el mantenedor del acto, quien en su intervención recordó la vinculación que ha tenido la Parroquia de San Pablo a lo largo de su vida.

 



A continuación, intervino el Vicepresidente de la Hermandad, D. Emilio Martín Aguirre, quien presentó los cultos y actos en honor a la Patrona de Ciudad Real, que se celebraran desde la bajada de la Virgen el próximo 9 de agosto, y se prolongaran hasta el 22 día que se celebra en nuestra ciudad la Octava de la Virgen del Prado.

 



Seguidamente se procedió a descubrir el cartel 2022, por parte del Presidente de la Hermandad, la Alcaldesa de Ciudad Real y el autor del mismo, D. Pedro Pablo López Hervás, quien hizo uso de la palabra para explicar el mismo, cuya explicación es la siguiente:




Apocalipsis, capítulo 12:

 

"1. Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza;




2. está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz.

3. Y apareció otra señal en el cielo: un gran Dragón con siete cabezas […]

 



4. Su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra. El Dragón se detuvo delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su Hijo en cuanto lo diera a luz.

5.La mujer dio a luz un Hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro; y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono. "




La tradición de la Iglesia ha visto en esta mujer a María y la personificación del pueblo de Dios, de Israel y de la Iglesia.




En este lienzo he representado a la Mujer del Apocalipsis, ya que las representaciones marianas y en concreto la de la Virgen del Prado, se inspiran en este libro del Nuevo Testamento para incluir los elementos que en él se describen. Aunque también podríamos decir que el protagonista de este cartel es el color azul.

 



Los siglos XII y XIII marcaron una “revolución del azul”. Esta revolución nace de la teología. Dios es un dios de luz y esto se manifiesta de dos maneras: luz divina (lux) y luz terrenal (lumen).

 



Para diferenciarlos, era necesario encontrar una técnica en las imágenes: así es como el cielo se tornó azul, mientras que el dorado se usó para representar la luz divina y el Cielo como paraíso celestial. Y tiene mucho sentido si María es Reina del cielo y de todo lo creado.




En la Edad Media, cuando el culto mariano estaba en plena expansión, se decidió revestir a la Virgen con un color de pigmentos caros. Entonces se usaba mucho el lapislázuli, una piedra semipreciosa que venía de minas en Afganistán, con el cual se creaba un pigmento “ultramarino” que costaba tanto como el oro, si no más. Por eso estos pigmentos se reservaban para las representaciones de la Virgen María.




En el Antiguo testamento el azul es el color de la fidelidad del pueblo de Israel a los mandamientos de Dios que se realiza en María. Azul también es el color del paño que cubre el Arca de la Alianza, por eso el manto de María es azul: Ella misma es el Arca de la Alianza al haber llevado en su vientre al Hijo de Dios. A partir del siglo XIII en Occidente el azul se vuelve el color de los príncipes y nobles, el color de la realeza. El azul es el color más utilizado para el manto de la Virgen porque simboliza la pureza y la inmaterialidad de lo espiritual. También es símbolo de la protección de María sobre todos sus hijos.




Pero la Virgen del Prado, en este cartel y como cada año el 15 de agosto también se viste de blanco: es el color de la luz, la vida, el nacimiento y la eternidad.

 



También la Virgen aparece vestida de flores, nido de flores, como reza la seguidilla. En contraposición al Sol, la Luna, simboliza a la divinidad femenina y la fertilidad. Colocada siempre bajo los pies de la Virgen. La corona de 12 estrellas hace referencia a la estrella de David y el número 12 nos habla de momentos bíblicos. Las 12 tribus de Israel, los 12 apóstoles, las 12 perlas preciosas, 12 piedras tomadas del río Jordán. Es el número de la perfección eterna.

 



Completa la composición el skyline de Ciudad Real donde aparecen Alarcos, la puerta de Toledo, la Catedral, San Pedro, el ayuntamiento y el Quijote azteca.




Quiero mostrar mi agradecimiento a la Junta de gobierno de la Ilustre Hermandad de la Virgen del Prado, que con la edición de este cartel engrandece el patrimonio de la Hermandad y ayuda a promocionar artistas manchegos. Gracias por vuestra confianza.”




El acto continuó con la presentación del boletín informativo del mes de agosto, por parte del miembro de la Junta de Gobierno, D. José Pablo Rodríguez Díaz, quien dio unas pinceladas sobre el contenido del mismo, y agradeció a la Diputación Provincial su impresión.




El Presidente de la Ilustre Hermandad, D. Jesús González Adanez, fue la cuarta persona en intervenir en el acto, destacando algunos de los actos programados y agradeciendo a la implicación de la Junta de Gobierno en ellos, y la colaboración recibida por el Excmo. Ayuntamiento y la Diputación Provincial.

 



El acto fue cerrado por la Alcaldesa de Ciudad Real, Eva María Masias, quien resaltó la importancia de la Virgen del Prado en la ciudad, y agradeció la labor de la Ilustre Hermandad, estando siempre dispuesta a colaborar con la misma.

 


martes, 2 de agosto de 2022

LA HERMANDAD DE LA VIRGEN DE LOS ÁNGELES CUMPLE CINCUENTA AÑOS

 



El pasado 28 de enero, se cumplían los 50 años del nacimiento de la Hermandad de Nuestra Señora de los Ángeles, ya que esta fue aprobada por el entonces Obispo-Prior D. Juan Hervás Benet, el 28 de enero de 1972. Por este motivo la Hermandad que tiene su sede en la Parroquia de esta misma advocación mariana, ha preparado una serie de actos que se iniciaron el pasado sábado 2 de julio, con la presentación del escudo oficial, del logo y del cartel conmemorativo de dicha efeméride.

 



Tanto el cartel conmemorativo, como el diseño del escudo y el logo del cincuenta aniversario, son obra del artista onubense Chema Riquelme.

 


lunes, 1 de agosto de 2022

HISTORIA Y RAICES DE LA PANDORGA (III Y ÚLTIMO)

 



Y ¡claro!, nuestro Ayuntamiento indicóle la fecha de la proclamación, el 15 de febrero, para que Maldonado como Alférez mayor llevara el estandarte real. Con toda puntualidad llegó Don Vicente, pero como era «muy económico», a pesar de su brillante posición, no había sacado más título que el de Alguacil mayor y no el de Alférez, y al enterarse el Ayuntamiento se opuso a que lo ejerciera. Se aplazó la proclamación y acudieron unos y otros al Monarca y éste menoscabando la razón que tenía el Concejo, acordó que: «Don Vicente Maldonado, vecino de Salamanca, a la mayor brevedad, levante el pendón en mi Real nombre, como Alférez mayor de Ciudad Real, regalía propia de su casa, y mando a la Ciudad le guarde y cumpla todas sus regalías y preeminencias como a tal Alférez mayor, y como si hubiera pasado el título por mi Real Cámara, y sin perjuicio de otras regalías que goza y tocar pueda. Y anulo todos los estatutos, usos y costumbres que se opongan a esta mi Real voluntad, prohibiendo cualquier recurso de súplica u en otra vía, pues es mi Real animo tenga efecto en todas sus partes lo que aquí decreto.»

Acatando la voluntad regia se fijó la fecha de la proclamación para los días 8, 9 y 10 de marzo y se pregonó con acompañamiento de música y tambores, ordenando a los vecinos que adornasen sus balcones e iluminasen durante las tres noches. Y el día 8, a las nueve de la mañana pasaron aviso al Alférez mayor y con lucido acompañamiento se presentó en las Casas Consistoriales, donde fue recibido con los honores anejos a su cargo, entregándole el Corregidor la enseña real y sacándola al balcón central se hizo la proclamación y se suspendió el acto eclesiástico hasta las tres de la tarde. A dicha hora el Concejo en pleno, con traje de gala y en caballos lujosamente enjaezados fueron al domicilio del Alférez y desde allí y en su compañía tornaron a las Casas Consistoriales para recibir el pendón y marchar a la iglesia de Santa María del Prado, donde les esperaban las tres parroquias y el Vicario eclesiástico, entrando formados en el interior del templo, procediéndose con el ceremonial de costumbre a la bendición de la enseña real y después de hacerlo y dar los gritos de ritual, recorrió la comitiva varias calles, repitiéndose la proclamación y regresando a la Casa del Concejo, donde el pendón quedó depositado en el balcón del centro, entre los retratos de sus Majestades. Terminado este acto, a las seis de la tarde, la comitiva municipal acompañó al Alférez hasta su casa, y este les hizo subir donde había preparado «un espléndido y costoso refresco» del que disfrutaron no sólo los regidores, sino también toda la nobleza, el tribunal eclesiástico, los superiores de los conventos, los oficiales de la brigada de Carabineros y el Regimiento de milicias y de otros regimientos que habían acudido de otras poblaciones por invitación de Maldonado. Dijose que este convite lo había organizado y dispuesto la ilustre esposa del Alférez, nuestra bella paisana, a lo menos ella fue la que hizo los honores de la casa con una delicadeza admirable.

 



Pero el Ayuntamiento sin saberse por qué había preparado otro refresco que se consumió después, cosa que causo general extrañeza, y molestó al Alférez mayor «que difirió a ella por evitar desazones» pero sin echarla en saco roto, como veremos después.

Al día siguiente y siguiendo la costumbre de otras proclamaciones se fue a recoger al Alférez a su casa, yendo con el procesionalmente desde las Casas Consistoriales hasta la iglesia del Prado donde, después de oír misa y cantar un Tedeum, el Alférez mayor hizo entrega del pendón real al cura de la parroquia para que se guardase en el templo.

En el libro manuscrito 1018 del archivo de la iglesia Parroquial la Mayor de Santa María del Prado, folios 18 y siguientes, se relata con extensos detalles esta proclamación, aunque nada dice del incidente dado a conocer por un documento municipal.

Y acabada esta proclamación, Maldonado y su esposa marcharon a Salamanca, pero a últimos de julio volvieron a esta Ciudad. Años ante se había instituido la fiesta de la Pandorga, que corría a cargo del Alférez mayor, fiesta en que, además de la típica serenata de bandurrias y guitarras, actuaba también un cuadro de bailes regionales, pero por lo visto el primogénito del Marqués de Castellanos que, como buen salmantino, guardaba sus fervores religiosos para la Virgen de la Vega, y le tenía sin cuidado los que inspiraba nuestra amantísima Patrona, puso un pretexto y deslució las fiestas de agosto de aquel año, suspendiendo la Pandorga.

Causó la medida enorme impresión y, al momento, no una, sino varias orquestas callejeras salieron por la noche entonando coplas alusivas, de las cuales, acaso fuera una de ellas la que ha llegado hasta nosotros y dice así:

 



Este año no hay Pandorga,

Virgen del Prado,

por las cicaterías

de Maldonado.»

La singular circunstancia acaecida en 1789 del Alférez Mayor Maldonado, a que hemos hecho mención, podría quizá tomarse como referencia del sentimiento popular integrador de la fiesta de la Pandorga en las tradicionales en honor de la Virgen.

De cuanto hasta aquí hemos venido reflejando, podemos extraer las siguientes conclusiones:

1ª.-Nuestros historiadores y cronistas realizan su investigación a través, básicamente, de los archivos de la Parroquia de Nuestra Señora del Prado (Merced); de varios manuscritos reseñados por Ramírez de Arellano, Hervás y Buendía y Delgado Merchán, si bien son R. de Arellano, Balcázar y Sabariegos y Gómez Moreno, quienes se ocupan con mayor intensidad y profundidad en la investigación acerca de la Virgen del Prado.

2ª.- En cualquier acto o manifestación en que participa el pueblo de Ciudad Real, siempre tiene como referente el amor filial hacia su Patrona, teniendo como eje central de su devoción la Iglesia Mayor de Santa María, Parroquia del Prado; después Iglesia Prioral de las Órdenes Militares (Bula de Pío IX-18.11.1875; ejecutoria del 15.03.76 del Arzobispo de Toledo y acta de 4.6.1876) con su Primer Obispo Prior, Dr. Guisasola y primer Cabildo (27.5.1877) y desde el 24.6.1967, Basílica Menor.

3ª.- Con iniciales referencias a los siglos XVI y XVII, en las procesiones y actos religiosos en homenaje a la Señora del Prado, participaban músicos, grupos y actores, como así mismo el pueblo con rondallas y bailes típicos.



4ª.- Podríamos considerar que la fiesta de la Pandorga es una manifestación popular que aparece tras un proceso histórico, con acusado sentimiento festivo, pero siempre imbuido de cuanto significa el amor hacia la Virgen del Prado y que tiene su germen en el señor de la casa que, al concluir las labores del campo tras la recogida de la cosecha, ofrece fiesta y combite, yendo a cantar y bailar delante de la Patrona, y es en el siglo XVIII cuando podría entenderse que se consolida, en el sentido que veníamos expresando, la fiesta, y es él quien contrata el conjunto de instrumentistas y grupos de baile, organiza la fiesta ya en el último día del mes de julio, yendo a cantar a la Virgen y después a las casas solariegas de las Gentes Principales, para después retornar a la propia, donde se ofrece «magnífico refresco». Es esta figura del ­señor de la casa -«el amo»- reflejo de las virtudes manchegas de hidalguía, caballerosidad, hombría de bien, la que se personaliza con la ya tradicional del Pandorgo.

5ª.- También nos atreveríamos a decir, que es en este periodo (aunque no hemos encontrado más datos entre los disponibles que la referencia de Balcázar), cuando se institucionaliza la fiesta, promoviéndola y tomando parte en ella los personajes más emblemáticos de la ciudad.

Las personas de más edad recuerdan cómo se celebraba la Pandorga a finales del siglo pasado y principios de éste, y a nosotros, nuestros mayores también nos referían su fin primordial de homenaje a la Virgen y el ambiente de paseo y jardines del Prado, con los «aguaduchos» de bebidas refrescantes, grupos de baile y conciertos de la Banda Municipal, siendo el principal referente el popular Francisco García Márquez, alias «Mazantini», el más fiel intérprete del canto y danzas tradicionales manchegas.


Manuel Alcázar Bermejo. Diario “La Tribuna de Ciudad Real”, domingo 30 de julio de 2000