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jueves, 19 de enero de 2023

CIUDAD REAL, MI AMOR. BOCETO PARA UNA MEMORIA SOBRE EL ESTADO CULTURAL DE CIUDAD REAL NINO VELASCO, 1979 (VII Y ÚLTIMO)

 



Esparcimiento público. Un buen número de bares, cafeterías, tabernas y mesones; una especie de pub, un par de discotecas y un nigth club; dos jardines públicos y otro par de cines, resumen casi la totalidad de posibilidades de esparcimiento público con que cuenta la ciudad. A pesar de todo, la gente se aburre mucho, porque a todos los sitios se ha ido un montón de veces.

Los bares. Constituyen, quizás, el recurso más socorrido contra el tedio: la población toma vinos y cerveza a mediodía y por la tarde; se juntan unos cuantos conocidos y se ponen a beber y a charlar de nada durante un tiempo que suele ser más o menos fijo. Se practica el chateo ambulante; es decir, realizando un determinado recorrido por distintos establecimientos, en cada uno de los cuales se toma una o varias consumiciones.

Por el centro, la mayoría de los bares son malos; los que cuentan con mayor prestigio entre la clase media, como el España o el Trini, en la plaza del Pilar, son locales montados con todos los ingredientes de lo pretencioso de mal gusto: hay abundancia de materiales sintéticos, cristalería y elementos del servicio perfectamente vulgares ( ¡se sirve el vino blanco en copas de cristal verde!) y una clientela que, por lo general, es indiferente a la calidad de los productos y a la competencia de los empleados. En el bar España hay que destacar, sin embargo, la constante buena clase del vino de chateo que se sirve, así como los correctos propósitos de la taberna del fondo, inaugurada recientemente, sólo provista de productos manchegos de excelente calidad.

Si queremos encontrar algo mejor, es necesario irse a barrios más periféricos, donde en una serie de tabernas que se mantienen intactas desde hace muchos años, se pueden encontrar sorpresas ambientales agradables e incluso cierta fantasía creativa en los productos servidos, que permiten salir de la rutina general. En este sentido hay que destacar la taberna El Sótano, provista de tapas manchegas servidas con algún adorno grato: sobresale el pisto picantísimo, el tiznao, los chorizos asados con alcohol sobre el mostrador, las patatas asadas (pero no con leña), el queso en aceite y los arenques combinados con cebollitas tiernas crudas; Grano de Oro, con un sorprendente local vetusto lleno de recuerdos taurinos; la extraña y solitaria bodega denominada El Salivilla o Los Faroles, en el Pilar, establecimiento que destaca más por su ambiente juvenil progre que por los productos que ofrece, generalmente de escasa calidad. En todos estos locales, sin embargo, llama la atención el poco valor del vino que se ofrece, pecado mayor en una zona como la nuestra.




Con relación al vino, sorprende la escasa cultura vinícola de los consumidores de la ciudad, ajenos en la mayoría de los casos a la calidad de los caldos que toman: hay mucha gente que busca locales concretos para ir a tomar unos chatos todos los días, pero las razones de esa elección no se relacionan casi nunca con la bondad del vino que se encuentra en ellos. Muy pocos distinguen entre un vino bueno y un vino mato; es más, tal cosa apenas parece importar, y esto constituye, en una zona de gran producción de vino, algo bastante raro que evidencia el escaso interés que suscita todo lo local. En pocos lugares se percibe tanto como aquí un grado más alto de autodesprecio por lo propio, circunstancia que delata, junto a una incomprensible forma de vergüenza por las cosas de casa, cierta extraña defensa de una vida tontamente llana, en la que no caben cosas como la distinción entre calidades, la selección o el análisis, cuestiones consideradas como algo propio de personas elitistas y ajenas. En el fondo de todo esto late un agobiante complejo de inferioridad. Se asume la condición de provinciano con vergüenza y rencor, y se opta, recordando a Machado, por despreciar cuanto se ignora.

Un nuevo tipo de bares jóvenes han sido abiertos durante los últimos meses, con montajes más o menos retro y una acertada elección de los detalles ambientales y decorativos: La Taba, la Gramola, El Cafetín o El 37, sin ser nada del otro mundo si los comparamos con establecimientos semejantes de otras ciudades (y aún cayendo a veces en el disparate ornamental), son un intento loable de superar la aburridísima horterada que constituye el conjunto de la hostelería local.

En cuanto a los restaurantes, hay que lamentar la ausencia de alguno especializado en cocina regional manchega; el Miami, España, Castillos o Los Molinos sirven cosas comunes, comúnmente preparadas, sin que muestren ningún dato particular que pueda distinguirlos.

Hay que mencionar finalmente, entre los locales públicos de esparcimiento, por su intrínseco interés arquitectónico y los elementos ornamentales que conserva del pasado, el edificio del casino, con una fachada magnífica en la cara que da al Prado y una rotonda central en el interior del más genuino sabor modernistaneoclásico. Se conserva intacta la estructura de esta sala, una espléndida lámpara de latón y un conjunto excelente de sillas y mesas de mimbre. El resto del local, donde se han renovado muebles y elementos ornamentales al más bajo nivel imaginable de calidad, ha quedado reducido a la más desgraciada de las vulgaridades. En cuanto al servicio de bar, destaca justamente por su escasísimo nivel.

Parques y jardines. Sólo hay dos zonas verdes en la ciudad a las que se les pueda dar este nombre; el parque de Gasset y los jardines del Paseo del Prado.




El primero es un jardín más o menos cuidado, con sectores interesantes (sin olvidar que estamos hablando de un pequeño parque provincial), como la plaza de la Fuente Talaverana o el paseo central bordeado de chopos, cuyo proceso de "civilización" ha ido en aumento, en el sentido de que se han embaldosado o pavimentado sus paseos principales, haciendo desaparecer el genuino suelo de tierra propio de toda zona verde. Bien es verdad que esto quizás haya resultado inevitable: hace algunos años, el tránsito de la gente por sus paseos levantaba polvaredas irrespirables que se podían ver flotando sobre el área de la zona desde considerable distancia.

Tiene un defecto mayúsculo, que resulta intolerable en cualquier parque del mundo: es un jardín sólo para adultos. Unos guardas que aparecen subrepticiamente, impiden hacer a los niños casi todo lo que les gusta: montar en bicicleta, deslizarse en monopatín o jugar a cualquier cosa que implique demasiado alboroto, ya que esto puede molestar a los adultos, con el agravante de que no existe ninguna otra zona donde poder hacerlo. Y un parque que no lo es también y principalmente para los niños, ha perdido gran parte de su sentido.

Existe, sí, un parque infantil dentro del recinto, pero eso merece un párrafo aparte: tiene unos cuantos aparatos de juego (columpios, toboganes, etc.) deteriorados, un viejo estanque destrozado y sin agua, carece de fuentes, de arena, de césped, constituyendo el espectáculo ruinoso y obvio de una ciudad que apenas se ocupa de los niños.

Hay que anotar la existencia en el paseo central de unos servicios sumidos en tal estado de abandono que resultan impracticables: puertas de retretes (letrinas) que no cierran, excrementos depositados en el suelo, agua que no cae, montones de moscas, etc., etc.

Los últimos remozamientos de que ha sido objeto el parque (ponerle nombre a los paseos, restaurar los bancos de la avenida central y de la Fuente Talaverana) denotan un decidido interés por parte de las corporaciones municipales en introducir mejoras en el recinto y mantenerlo en un constante buen estado. En ocasiones se cae, sin embargo, en flagrantes errores de criterio que dan lugar a aberrantes equivocaciones pese a la buena voluntad de todo el mundo: es el caso de las farolas vagamente modernistas instaladas en el paseo de los chopos; se trata de un producto barato y torpe que imita burdamente algo que fue soberbio, pero que se queda, en la versión de saldo colocada por el anterior Ayuntamiento, en una nimiedad ridícula. Se han pintado, además, con un marrón atroz, que nada tiene que ver con el producto original.




En cuanto al Prado, se trata de un jardín recogido y grato, sumido constantemente en un notable grado de desaseo y descuido (setos deteriorados, farolas rotas a pedradas, jardines pobres y resecos, faltos de riego), que harían precisa la presencia de un guarda nocturno y una mayor premura en la reparación de lo estropeado. La pobreza floral y vegetal de los arriates es notoria, mostrando en general esta zona verde el aspecto de algo donde se aplican unas acciones cotidianas rutinarias sin ninguna otra perspectiva. Y la cruz. En su lugar, hace unos treinta años, había un quiosco de música donde la banda daba conciertos. ¿Por qué no se vuelve a colocar otro en el sitio que hoy ocupa el nefasto monumento de granito, de acongojante fealdad?

En el entorno del Prado, con edificios interesantes como la catedral o el casino, se está intentando mantener una unidad arquitectónica en los nuevos edificios que se levantan. La equivocación de tales edificios es mayúscula: no sólo no tienen nada que ver con la arquitectura popular de la comarca (y eso es lo que se pretende), sino que sus balaustradas de madera torneada, la aplicación de azulejos y la falta de sentido en los volúmenes y detalles, hacen de estos edificios un pastiche realmente absurdo; más bien muestran reminiscencias de la arquitectura levantina y, desde luego, no tienen la menor relación con el espléndido conjunto del casino y la catedral.

Hay que destacar en este entorno la incuestionable fealdad de la Casa de la Cultura y la desdichada factura del nuevo edificio del museo, a medio camino entre el bunker y el mausoleo.

Presencia externa de la ciudad. La cultura popular incluye, finalmente, algo que suele pasar desapercibido cuando se plantean las características culturales de una ciudad: su carácter y presencia externa, sus datos ornamentales, la calidad formal de sus establecimientos, etc., etc.

En este sentido, y salvo contadas excepciones, se puede decir que Ciudad Real cuenta con tres tipos de locales públicos o comercios:

Los que están destinados a la burguesía alta o medio alta, donde se combina un intento de suntuosidad pretenciosa con ese mal gusto propio de quien todo lo fía a la acumulación de mármoles, elementos dorados o nefandos bajorrelieves, a la vez que se desconoce el valor de la imaginación, la creatividad seria o la tradición. Cuando en algunos de estos locales orientados a la burguesía se pretende hacer algo que resulte "distinto", se incide en increíbles bodrios donde llama la atención la vejez de los conceptos y la torpeza de las soluciones. La desdicha es aún mayor cuando se trata de hacer algo "típico" manchego: se insiste entonces, con empecinamiento contumaz, en la aplicación de un mal comprendido "estilo castellano", consistente en burdos muebles de casetones, hechos en serie por fábricas vulgares, con resoluciones y formas que nada tienen que ver con el arte ornamental de la zona.




El segundo grupo lo forman una serie de locales en los que ni siquiera se plantea nadie hacer algo mínimamente digno, sino simplemente que el local exista como tal. En estos caso, las soluciones a base de aglomerado y fórmica, puertas y ventanas metálicas, zócalos de plástico, etc., producen esa cosa terrible que es un local pensado sólo a golpes de torpeza y sin otra intención que no sea la de hacer negocio.

Por último están las tiendas y comercios que conservan sus características desde hace muchos años: algunas, farmacias, alpargaterías, tiendas de imágenes religiosas, etc., que son las mejores. Estos negocios, desgraciadamente, o cierran, o bien sus dueños se deciden a hacer reforma dentro de la peor corriente standard: tal es el caso, por ejemplo, de la imprentapapelería Enrique Pérez, que con un establecimiento precioso provisto de una estupenda fachada, ha optado por cambiarse a un nuevo local insípido y neutro.

Algunas tiendas de reciente apertura, así como algunos bares, han iniciado una corriente innovadora interesante: son lugares montados a bajo costo, pero donde domina la imaginación, el detalle acertado de buen gusto y el interés por conseguir ambientes gratos alejados de los opresivos conceptos en serie y de baja calidad dominantes en la ciudad.

En cuanto a las iniciativas municipales de adorno, aseo o remodelación de la ciudad, desgraciadamente, una inmensa mayoría de las mismas han resultado sencillamente malas. Desde el polémico edificio nuevo del Ayuntamiento, en cualquier caso detonante con relación al carácter de la plaza, pasando por detalles como el absurdo forrado de las columnas de los soportales mediante losas de piedra a fin de ocultar insólitamente otras columnas de hierro mucho más interesantes, o la instalación en la calle Alarcos de las ya mencionadas imitaciones detestables de farolas decimonónicas y el incongruente embaldosado de sus aceras en rojo y amarillo pálido; hasta el asunto de la fuente construida en la plaza del Aférez Provisional, algo de una tosquedad y una carencia de cualquier dato airoso, que más bien parece la chapuza de un albañil desganado en un día de fiesta. A ello se pueden añadir cosas tan desgraciadas como la sarta de esculturas de niños que salpican los jardines del parque y del Prado de estilo indescriptiblemente estúpido y pasado; el Don Quijote del Pilar, el rey Alfonso X situado frente al Ayuntamiento o la fuente de la plaza de la Provincia, mazacotes de rara tosquedad y gracia nulas, o en otro sentido, la invasión del centro por un montón de coches en una ciudad donde no hacen falta para nada los coches, y muchísimas cosas más que rayan en el delito urbano y atestiguan la incompetencia colegiada de todos cuantos pudieron tener alguna decisión en que todas esas cosas fuesen posibles.

Todo ello denota, en la mayoría de los rectores que ha tenido la ciudad, e incluso en un alto porcentaje de sus habitantes, una suculenta ignorancia en cuestiones de buen gusto, una falta muy notable de escrúpulos para el ejercicio de la especulación, una singular capacidad colectiva para sumar decisiones aberrantes y la carencia, en las antiguas corporaciones (y está por ver en las nuevas), de alguien con un mínimo elemental de criterio y honradez.

Por todo cuanto queda dicho, al pasear por la ciudad en este caluroso verano del 79, entre la decepción, la ira y la nostalgia, resulta sencillo preguntarse: “¿Qué hicieron contigo, Ciudad Real, mi amor?”.




NOTAS

1. Cuando este libro estaba en la imprenta, se ha hecho cargo de la crítica de arte en Lanza el grupo Teav, que por lo menos se ha planteado esta sección con una seriedad y un nivel de cultura sobre el tema desconocidos hasta ahora en el periódico.

2. El número de compañías teatrales que están visitando Ciudad Real durante la temporada 79-80 es sensiblemente mayor. Han venido, hasta Octubre del 79, cinco grupos de género diverso dentro de la misma tónica apuntada en el texto.

3. También cuando este opúsculo estaba en la imprenta hizo su presentación un grupo nuevo llamado Farándula Experimental de Ciudad Real, que montó en el parque un insólito espectáculo titulado Leyenda de la Cruz de los Casados. Las buenas intenciones de principio quedaron ahogadas por un montaje abrumado de defectos técnicos y unos textos inconexos e ininteligibles, aún contando con el carácter experimental del grupo.




1 comentario:

  1. Has olvidado no sé si intencionadamente o no, nuestro edificio más emblemático y antiguo, dedicado al esparcimiento de todo tipo, (antes así, ahora no)que es nuestra querida Plaza de Toros, y condenada casi siempre a la ausencia absoluta de mantenimiento, y así de mal ha llegado a nuestros días

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