En 1874 conocí a Ciudad-Real. Estuve en ella unos veinte días, y, merced a una guía recién publicada por don Domingo Clemente, visite y estudie lo monumental y artístico, e hice dibujos de cosas rancias de esta simpática población manchega, que me sirvieron para escribir y publicar, en 1894, mi folleto Ciudad Real Artística. No se limitaron entonces mis investigaciones a objetos de arte, sino que también espoleaban mi curiosidad las tradiciones, los usos y costumbres, los cantares y frases del país, en una palabra, lo que constituye el alma, digámoslo así, de un pueblo, y atenazada mi atención por el nombre con que se designa unos restos de cruz que aún se aparecen cerca de la Puerta de Alarcos, empecé a indagar y a fin aprendí una antiquísima tradición, ya casi olvidada, y que voy a narrar lo más brevemente posible, en evitación que se pierda del todo.
Diré antes como la averigüe. Acostumbraba a pasear muchas tardes por las huertas de la Poblachuela, y en una de ellas moraba un viejo jardinero jubilado, hombre ochentón, que si estaba inútil para el trabajo no lo estaba para la lectura, y se pasaba los días leyendo, a favor de unas viejas antiparras, libros de antiguas historias o de leyendas que para él por historias pasaban, pues cierta gente cree como artículo de fe cuanto viene a sus manos en letra de molde.
Retenía en su memoria, el tal viejo, muchas anécdotas, historias unas fantásticas las más, y yo me deleitaba con su amena conversación. Cierto día le pregunte si sabía por qué llaman la Cruz de los Casados a ese trozo de columna, advirtiéndole que, a mi entender, no había sido cruz, sino rollo. “Rollo y cruz porque en una pequeña remataba. Era un rollo parecido al que en Belalcázar apellidan la cruz de los Garabatos, por los garfios que tienen para suspender de ellos las cabezas o troncos de los ajusticiados. El de Ciudad-Real tenía sobre el restante fuste una especie de ménsula; sobre esta un prisma rectangular con las caras rehundidas a modo de hornacinas y terminaba en una pirámide truncada, y sobre ella una crucecita. Yo vi, todavía, una cabeza colgada de los garfios que tenía en cada nichito”; y después de esta explicación, me refirió la leyenda que trataré de reproducir, no con las propias palabras del jardinero, porque ya no recuerdo si no la sustancia y por qué su lenguaje tosco no se prestaría mucho a hacer agradable la tradición que es como sigue:
En
el primer tercio del siglo XIV, era maestre de la Orden de Calatrava don Garci López
de Padilla. Fue un valiente caballero, y como tal se portó en el sitio de
Algeciras, terminado en 7 de septiembre de 1312, por muerte de Don Fernando el Emplazado.
Después llevó, el solo, la guerra al Reino de Granada y fue derrotado y hecho
prisionero cerca de Baena, pero no se portaría mal, cuando el Rey Bermejo,
admirando su arrojo, le dio libertad sin exigirle rescate.
A pesar de esto, el Clavero de la Orden, don Juan Núñez de Prado, ambicioso del Maestrazgo, le acuso de cobarde, y siguiéndole parte los freires, depusieron a Padilla y proclamaron Maestre al sedicioso clavero. La orden se dividió y el cisma se ventiló por las armas. Núñez de Prado se amparo en Villarreal, Padilla estableció su cuartel general en Miguelturra y a diario había encuentros terminados por terrible combate del que Padilla salió herido, huyendo a refugiarse en el Reino de Aragón, donde murió en 1329, después de ser depuesto del Maestrazgo por Alfonso XI. Los vecinos moradores de ambos pueblos unieron sus armas a los respectivos caudillos cruzados y el día de la memorable batalla referida los vecinos de Villarreal entraron en Miguelturra a incendiando el lugar, asesinaron a viejos y a niños indefensos y violaron a mujeres que sin amparo quedaban en el pueblo mientras los hombres de armas favorecían la huida del Maestre Padilla.
Entre los vecinos de Miguelturra, se contaba Alvar Gómez de Piedrabuena, hombre acaudalado, de esforzado ánimo y clara inteligencia y el más prestigioso de los habitantes del lugar. Tomó parte muy principal en la lucha, acompañó al derrotado Maestre hasta dejarlo a salvo de sus enemigos y regresó a su pueblo, encontrando a su casa destruida, su padre muerto, sus hermanas deshonradas, robado su ajuar y ahorros y todo a su alrededor cubierto de desolación y de aprobio. De esto nació en su alma un rencor sordo hacia los vecinos de Villarreal y especialmente a Remondo Núñez del Pozuelo, jefe de los aventureros villarrealengos amparadores del Maestre rebelde y autores de los desmanes tan a mansalva y alevosamente perpetrados.
Rafael Ramírez de Arellano. Diario
de Córdoba, Científico, Literario, de Administración, Noticias y Avisos.
Viernes 17 de junio de 1910.
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