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jueves, 23 de julio de 2026

INFORMACIONES GRÁFICAS DE CIUDAD REAL EN EL PERIÓDICO “AHORA MADRID” (IX): EL MONUMENTO A RAFAEL GASSET EN CIUDAD REAL

 

El monumento a Rafael Gasset en Ciudad Real, obra del arquitecto Julio Carrilero y del escultor Ignacio Pinazo

 

El tema era harto halagador para un artista del fino temperamento de Pinazo:  Rafael Gasset, el político tardíamente comprendido, el luchador infatigable y| desinteresado que, en constante desacuerdo con los gobernantes de su época, quiso imprimir a la economía española un rumbo nuevo en defensa del fomento hidráulico que había de convertir en productivas las tierras secas agobiadas por la esterilidad; el periodista batallador que sacrificó sus horas de sosiego para hacer el antiguo "Imparcial" uno de los diarios de más autoridad de España, precisamente en los días en que la efervescencia patriótica, exaltada por la guerra en Cuba, comprometía las mejores reputaciones; el hombre austero e íntegro fiel a su idea y a su concepto del bienestar público, no se dejó arrollar por los desengaños, ni las burlas, ni la ingratitud, iba a ser honrado, al fin, con un monumento en Ciudad Real, el pueblo admirable de sus amores y de sus sacrificios.

El monumento a Rafael Gasset no podía ser una de esas tiesas estatuas de personajes solemnes a quienes deifica la adulación política. El homenaje a Rafael Gasset significaba el reconocimiento tardío que todo país rinde a sus hombres eméritos cuando se da cuenta del bien de ellos recibió.

Ignacio Pinazo acogió la idea con entusiasmo. Más que seducido por su vanidad de artista, con entusiasmo sincero español. Y eso es el monumento que acaba de ser inaugurado en Ciudad Real, ásperas vicisitudes que no son del referir: un homenaje, a la vez sencillo y fervoroso.


Busto de Rafael Gasset, que corona el monumento erigido a su memoria en Ciudad Real

En toda obra de arte, lo primero y lo substancial es la idea. El procedimiento de materialización, la ejecución, la técnica, la resolución plástica, aunque no indiferentes, ocupan un lugar secundario. Pero en los monumentos conmemorativos-en la rutina de los monumentos, quiero decir— la idea suele supeditarse a la ostentación del escultor. Tan- es así, que ha podido hablarse de dos géneros de escultura sin apenas contacto: la estatuaria y la monumental. Esta viene a ocupar en el arte un puesto parecido al de la literatura dramática. En la música tiene por equivalencia la ópera. Es verdaderamente teatral. Lo que en sentido figurado se dice de muchos dramaturgos dominadores de la "carpintería escénica", esto es, del artificio y los arbitrios espectaculares, podría aplicarse al escultor de monumentos.

Lo corriente es encontrarse por plazas y paseos brillantes apoteosis pétreas donde un escultor y un arquitecto juntaron caprichosamente los más varios recursos de la escultura teatral.

Este monumento a Gasset no es una apoteosis, sino un símbolo. Obedece a una idea que está materializada en el mármol con acento personalísimo, sin alardes de audaz modernidad; pero también sin influencias nocivas de ese viejo estilo escultórico-espectacular que domina en el ornato urbano. Todo el, por su traza, por sus líneas, por sus masas, por sus proporciones, por sus perspectivas, responde a la idea del homenaje. La idea ha precedido y orientado la inspiración.

Estos monumentos, sencillos y a la vez efusivos, en los que se adivina la complacencia del artista y la compenetración de éste con la obra, redime a las ciudades del notorio mal gusto de las personas encargadas de su custodia y embellecimiento.

Rafael Gasset, conducta limpia y rectilínea, no merecía una de esas estatuas enlevitadas, rodeada de alegorías vulgares y atributos plebeyos que con frecuencia se yerguen sobre miseros jardincillos de mirto. Merecía si esa fuente de clara ninfa tendida suavemente bajo el busto de la que emerge en fecunda desnudez la robusta matrona de la Historia. El símbolo es artístico y justo.

Arquitecto y escultor han sacrificado a la idea de sobriedad toda suerte de licencias decorativas que hubieran repugnado al noble sentido de la obra.

No se entienda con ello que el monumento, por ser sencillo, es simple. Tiene el alto valor estático y ornamental que toda obra de este género exige: pero sin rebasar los límites precisos.

He hablado anteriormente del entusiasmo que en él ha puesto el escultor. El entusiasmo se revela principalmente en el estilo. Cuando un artista se entrega enteramente, ardientemente, entusiásticamente, a resolver un propósito bien madurado en el estudio, llega, sin esfuerzo y sin afectación, a la armónica unidad, a la serenidad apacible y emotiva, a la síntesis normal e inteligente que nada tiene que ver con las estilizaciones abstractas tan usuales actualmente en la escultura.

Y a eso alcanza la técnica de Ignacio Pinazo. Los que conocemos bien su obra precedente, los que hemos elogiado en diversas ocasiones su capacidad y su talento, no podemos sorprendernos del progreso logrado a fuerza de perseverancia en el trabajo. Dentro de la sobriedad que caracteriza el monumento a Gasset, el estilo del escultor se manifiesta libro de prejuicios, personal y sincero, sin añagazas decorativas como he dicho, sin socorridos trucos de escenografía teatral limpio y claro. Tanto el busto tranquilo de Rafael Gasset, de exacto parecida como la estatua de la Historia, como el bello relieve que le sirve de fondo, acreditan la comprensión moderna y el respeto a los principios clásicos que resplandecen siempre en la obra plástica del notable escultor.

GIL FILLOL

“Ahora Madrid” 9 de septiembre de 1932 página 26



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