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martes, 20 de enero de 2026

LA CRUZ DE LOS CASADOS. TRADICIÓN CIUDADREALENGA (II)

 



Treinta años habían pasado de los acontecimientos referidos. Alvar Gómez había formado hogar nuevo; tenía nueva y más abundante hacienda, mujer buena e hijos lozanos y gozaba del respeto y cariño de sus convecinos y, no obstante, todos los años, en el aniversario de aquella jornada, reunía a los suyos, rezaban por los muertos y después les recordaba el juramento de odio perpetuo a Remondo, con el mismo brío y con la misma entereza que lo pronunciaba en la noche fatal de la catástrofe.

“Ya que habemos rezado por el eterno descanso de los infieles y victimas del furor de esa gente -decía señalando con la mano hacia la villa- os pido de nuevo pronunciéis, hijos míos, el juramento de guerra perpetuo hacia ellos. Me parece que ante mis ojos reverdecen, después de tantos años, el horror y el pesar de aquella noche funesta. Regresábamos a nuestros hogares de vuelta de proteger la retirada de D. García, y apenas despuntaba el día, cuando, como heraldo de la desgracia, se presentó a nuestro ojos oscura y densísima nube, pues no otra cosa parecía la espesa humareda que de nuestro pueblo se levantaba. Más cerca, vimos ya, ser columna de humo de colosal incendio lo que hasta entonces nube nos parecía, y pusimos a galope nuestros caballos para llegar más presto. Los perros de nuestras casas y majadas salíamos al encuentro fugitivos del lugar, saludándonos con  aullidos, aumentando el desconsuelo y la zozobra que nuestros corazones llenaban. Cuando llegamos, hubiéramos querido cegar, ante el cuadro del horror y vergüenza. Ni una morada estaba en pie, ni un habitante sano, por todas partes se veían cadáveres, por todas partes se escuchaban ayes de dolor. Las mujeres jóvenes ocultaban sus rostros avergonzadas, los viejos moribundos habían olvidado toda palabra, excepto la de venganza, proferida entre estertores de agonizantes. Entonces jure venganza y odio eterno a Remondo y sus gentes y desde entonces solo pienso en cumplir mi juramento. Mientras os amamantaron, mientras os enseñaron a hablar, mientras crecisteis, sólo os he inculcado una idea, odio a Remondo, venganza de aquellas víctimas. Conmigo lo habéis jurado cada aniversario; jurar ahora. “¿Juráis?” “Juramos” contestaron a una, pero el hijo mayor lo hizo con voz tenue y con reservas mentales.  




Sancho Álvarez se llamaba el primogénito de Piedrabuena; era un robusto joven de veintisiete años; alto y acerado, curtido por las lides guerreras desde los dieciocho años en que empezara a probar su indómito valor en las mesnadas de la Orden de Calatrava contra los musulmanes en cuantas funciones de guerra se habían ofrecido en los últimos nueve años. Era hermoso de rostro, de rasgados ojos, barba fina y negra, labios rojos y sonrientes, de alta estatura y de aire arrogante, sin afectación ni jactancia. Frecuentando mucho en su niñez el claustro de franciscanos de Villareal, el padre Fr. Ambrosio de Almodóvar, Lector entonces y Prior más tarde, le había tomado afición y enseñado a leer o escribir, cosa rarísima entre los hombres de aquellos tiempos, y le había inculcado además los principios y máximas del cristianismo hasta hacerle comprender que al rezar  el Padre Nuestro no debe ser vana formula el perdón de los enemigos, y de tal manera le aprovecharon a Sancho estas lecciones, que si era enemigo terrible en el momento de la pelea, se volvía amigo caritativo terminada la lucha, y lo mismo amparaba al herido amigo que al herido contrario. En su alma no cabía rencor, y por eso cuando por obediencia filial prestaba el juramento de exterminio contra Remondo, lo hacía con reservas mentales, porque en el fondo de su alma le había perdonado de mucho tiempo atrás. Acaso existiese otra poderosa razón para el perdón, o sea que Remondo tenía una hija de veinte primaveras, más galana que flor de Mayo y  buena como los ángeles, y de quien Sancho andaba tan prendado que alma y vida diera por su persona, y cuentan que a la moza no le parecían granos de anís las prendas del apuesto soldado.

Entre los villarrealengos se murmuraba algo de estos amores y decían que algunas noches Sancho entraba en la villa y cantaba trovas al objeto de sus ansias, entonándose con un bandolín, pues entre las habilidades del joven no faltaba el arte de tañer y el de componer trovas y endechas, que ambas cosas había sacado de su aprendizaje entre los franciscanos.

Ignoraba el buen Alvar Gómez  los amoríos  de su primogénito; ignorábalos igualmente Remondo, pero la gente, conocedora de la enemiga de ambas familias, pensaba en que el lazo matrimonial, al unir Sancho con Blanca, podría  terminar con aquellas rencillas, tan expuestas a concluir en tragedia. Uno de los que opinaban a sí era Fr. Ambrosio, Prior de los franciscanos, hombre de gran autoridad en la villa y en siete leguas a la redonda, que por su sabiduría y bondad era tenido en olor a santidad, y que además amaba  al joven porque le debía la enseñanza que le había hecho  hombre de valer, y a la moza porque la conocía, por ser su confesor, lo candoroso y noble de su corazón, opinando el fraile que harían una pareja sin igual, capaz de criar familia cristiana y honrada como jamás se hubiera visto en la Mancha. Así, pues, se preocupó de estos amores y reinando sobre ellos, acabó por creerse el llamado a poner cabo feliz a tan espinosa empresa, y casando a los muchachos, obligar a los padres a perdonarse sus antiguos rencores.    

Rafael Ramírez de Arellano. Diario de Córdoba, Científico, Literario, de Administración, Noticias y Avisos. Sábado 18 de junio de 1910.



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