lunes, 25 de septiembre de 2017

LA QUINTINA



Quintina Camacho López, “la Quintina” ha tenido seis hijos, ha plantado 70 árboles, sólo  le falta escribir su historia...

“Mi vida es una historia. Una historia muy sagrada y muy original, eso sí, nos dice la Quintina, personaje popular, institución en Ciudad Real, según las consideraciones de los que la hemos conocido hace años, como las que la consideran los que conozcan desde ahora, y según estiman los que han compartido su vida desde hace ya 83 años. Esta mujer, que nació con el siglo en Fuente el Fresno, que se quedó viuda a los cuarenta años, y que durante cincuenta y dos fue transportista, afirma que no tiene nada de lo que arrepentirse en su vida “de eso no me tengo que confesar”.

“Yo empecé de transportista con los carros, a bajar el pescado y la fruta de la plaza. Nadie de mi familia era transportista; empecé yo. Al principio, el transporte era de caballería; luego empezó a ser de motocarro. Los primeros motocarro los de “Zeima” los tuvo de propaganda para mí. Tenía mulas y vacas; unas veces diez, otras siete, otras ocho, porque las vendía y las cambiaba. Tenía seis vacas y repartía leche en Ciudad Real”.

“En la estación, el alma he sido yo. Me respetaban todos los jefes, se fiaban de mí más que de los guardias. Tenía unas tarjetas que decían que era la reina del transporte, sin competencia por carretera y por tren”.

De hecho, en el bar creado por la Quintina en el puente de Nolaya hay colgados unos carteles, algunos de los cuales rezan así:

“La fundadora de esta pequeña playa ha sido la reina del transporte, 52 años al servicio de la capital. Con simpatía a los clientes. Quintina”.

“Playa artística. Baños amigos de Quintina. No tires basura al suelo”.

“Respeten la playa con alegría y buen humor. De lo contrario… carretera y manta. No se admiten bebidos. Quintina”.

“A mí lo que me gusta es trabajar”.

La Quintina, que conserva una vitalidad admirable, una memoria que recuerda detalles y una risa y un buen humor envidiables por muchos de los que ahora estamos moviendo nuestro complejo mundo, asegura que antes se vivía mejor que ahora. “Se vivía –hace ya muchos años- bastante mejor. Co menos dinero y bastante mejor, el que lo sabia aplicar, claro. Porque al derrochador o derrochadora siempre le falta”.


 “A mí lo que me gusta es trabajar. No me gusta robar, ni ser mujer mala ni criticar. Yo he trabajado toda mi vida. ¡Pues no he pasado fatigas con los carros y las mulas! Al final de mi vida me busqué esto (la casa y la playa del puente Nolaya) para venirme con los amigos. Llevo ya veinte años aquí, y todo lo he hecho yo, porque todo eran barrancos, matojos, zarzas y juncos. Todo lo he hecha ya, a mí se me ocurren todas las ideas, pero por mis amigos, por ellos estoy yo aquí. Si tienen tosferina, que vengan, que aquí hay mucho campo; y si no la tienen, Igual. Yo me vine a este sitio porque me dije: "Si no, voy a morir como todos esos que la han "espichao" cuando se han jubilado. ¡Tira Quintina!

La Quintina todos lo sabemos, ha vivido acompañada por sus amigos y siempre entre hombres. Con ellos se reunía en el bar España de la plaza del Pilar ciudarrealeña, "centro de operaciones", desde donde repartían el trabajo de transporte. Si se trataba de ir a ver los, toros a Madrid, Quintina iba con ellos, si era para llevar a los futbolistas, Quintina no podía faltar. Cuentan que cuando un hombre no podía con el carro, la Quintina, arreaba las mulas y ella sola lo hacía.

"Yo, con mujeres, no voy ni de aquí a la esquina. Pero con un batallón de hombres ... ".

-Quíntina, ¿qué tabaco fumaban los hombres par entonces?

-"Eso no me lo preguntes. Yo no me he puesto a fumar en mi vida. Nadie podrá decir que yo le he dado un cigarro. Ni he fumado, ni me he echado, colonia por la cabeza ni por el cuerpo ni por ninguna parte. Yo no he sido presumida. Me quedé viuda a los cuarenta años, a los diecisiete se me murió un hijo, y desde entonces no he vuelto a ver otra cosa que no sea esta, bata negra".

"Tengo una hija que fuma y está fumando a disgusto mío. Yo no sé lo que es fumar”.

"Tampoco he bebido alcohol nunca. Bueno, habré bebido mucho, pero ha sido café. Solamente un poquito de café y todo leche. Ha habido días que en el negocio del España me he bebido ocho o diez cafés, o cualquiera sabe. Pero, yo, ni un chato de vino ni una cerveza, ni "ná". A mí, cuando me miren los médicos, no se van a encontrar alcohol ninguno, ni uno. Mira si lo tengo aquí en el bar, y ni lo pruebo. Café sí, y, ahora, bebo menos porque lo tengo prohibido por la tensión.  A veces se me pone muy alta, pero la comadrona me la mira muy a menudo y no pasa nada".


La Quintina ha sido toda su vida una mujer fuerte y sana. Alguna, vez, ha sufrido algún accidente., pero nunca le ha pasado nada. Nos contaba que en una ocasión, las  piedras de un molino se salieron y le cayeron encima, cuando estaba moliendo piedra. "¡La Quintina se ha matado! ", fue lo último que oyó decir a uno de los hombres que estaba comiendo a su lado, antes de notar las piedras encima. Enseguida se levantó nuestra Quintana, tal como su madre la trajo al mundo. Lo curioso es que ni a los talones de las mercancías que habían descargado por la mañana ni el dinero que llevaban les pasó nada. Contando esta anécdota, la Quintina concluyó: “Por eso, yo he tenido que ser muy buena o muy mala”. Cuando Dios quiera, que me llame. Lo que quiero es que me encuentre preparada”.

-¿Nunca ha estado la Quintina enferma ni ha guardado cama?

-“Enfermedad… no he tenido nada más que algún resfriado, pero corriente. Pero una vez que me pusieron una inyección, que estuve sin comer siete u ocho días. Cuando finalizó la guerra, fuimos a llevar, en el coche de los toreros, como yo le llamo, a los futbolistas a jugar, me tiré del coche porque no pararan y yo no sé qué herida me hice que me metieron una inyección y no podía comer sal, ni nada. Por la inyección estuve mala. Pero enfermedades… ni contagiosas ni sin “contagiosas”. Y ganas de comer a “tutiplén”. Si me ponen un borrego, ahora me lo como, o un “encebollado”, lo que sea. Ahora, si, estoy con los mareos que se conoce que son de la tensión”.

“Yo nunca he estado enferma y mira si he pasado fatigas con los carros a por arena, nevando, lloviendo, y en la estación y en todos los sitios. Los médicos que me hicieron…, ¿Cómo se llama eso?

-Un electroencefalograma.

-Eso, que me tumbaron allí en una camilla y me dijeron: ¡Pero si usted está más sana que todos nosotros! Me dicen los médicos, cuando me ven y me saludan: ¡Qué nos vas a enterrar, Quintina, y no vamos a poder ir a tu entierro con el gusto que íbamos a ir! Y yo les digo: Pues mira, seguir vosotros, que yo ya llegaré. Yo tengo muchos amigos… Tú veas, lo que son cincuenta y dos años día a día trabajando, hasta los viernes santos”.

Esta era la vida de la Quintina; trabajar años y años al servicio de Ciudad Real. Una vida que es historia. –“Una historia que ha sido una alegría para mí”, dice- Una historia que debería ser plasmada en la memoria imborrable de las páginas de un libro. Una historia entrañable de una mujer con carácter que tiene el cariño de todos nosotros.

María Peral Parrado. Diario Lanza, sábado 14 de agosto de 1982, Extra Feria.


domingo, 24 de septiembre de 2017

PUENTE NOLAYA


 
El puente Nolaya a principios de los años setenta del pasado siglo

En la carretera Ciudad Real-Toledo a pocos kilómetros de Ciudad Real, se encuentra el nuevo Puente Nolaya inaugurado en el año 1973. Desde el nuevo puente podemos ver, ahora que la sequia está sacando a la luz las viejas edificaciones que hubo en el Guadiana,  el viejo puente y lo que fue molino harinero ahora en ruinas. Según el Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus Posesiones de Ultramar, obra de Pascual Madoz entre 1846 y 1850, el viejo molino harinero era de cinco piedras.

 
Estado actual del puente,  una vez que la sequia ha dejado ver por completo el mismo

Hoy traigo las imágenes de los restos del viejo puente y molino, combinadas con un escrito publicado por Francisco Mena Cantero en el diario “Lanza”, el 17 de diciembre de 1986, en su sección “Conversaciones en el Pilar” y que llevaba por título “Puente Nolaya”, en el cual decía lo siguiente:

 
Los fotografías que se publican fueron realizadas la pasada semana aprovechando la sequia que sufre el pantano del Vicario


Cuando en Ciudad Real no existían piscinas, no ya publicas sino ni siquiera privadas; cuando los chicos de la posguerra jugábamos al futbol, en las calles o en las eras, con pelotas hechas con trapos y cuerdas; cuando el tufillo de poblachón manchego de la “capitaleja” llegaba hasta los confines de la provincia; cuando ya se empezaba hablar de televisión en lugares, para todos, lejanos y raros; cuando las películas se marcaban con letras, según el grado de inmoralidad, en las puertas de las iglesias; cuando, a pesar de todo, la vida era lenta y pausada y las conversaciones e hacían aburridas de tanto uso; cuando se podía salir a pasear a altas horas de la noche, a cualquier lugar, sin miedo a nada, salvo a la oscuridad; cuando no se habían puesto de moda los tirones ni la droga; cuando, en fin, la vida era más pobre, pero más tranquila aunque aburrida, los chicos de aquellos años nos bañábamos en el Guadiana, porque la civilización aún no había llegado a sus aguas.




A siete u ocho kilómetros de Ciudad Real, siguiendo la carretera de Madrid a Toledo, después de dejar el cerro de la Atalaya a poco más de tres kilómetros, hay un pequeño repecho –que para quienes íbamos en bicicleta parecía el Tourmalet-, que corresponde a la llamada “Serrezuela”, tierra rojiza que se inclina a la derecha hacia la Atalaya, y a la izquierda va enlazar con las leves inclinaciones de Sancho Rey y zonas limítrofes. Después, dos cuestas más y a la bajada, gira la carretera hacia la derecha para iniciar la subida del “Pielago”. Justamente en el recodo de la carretera, había un puente, pequeño, estrecho, sencillo, de piedra, junto al que, en tiempos que no conocí, hubo un molino. Se le conocía al lugar con el nombre de “Puente Nolaya”, sitio por donde Guadiana misterioso y legendario, corría limpio y fresco en verano, solaz y leite para nuestros cuerpos de muchachos, cansados y sudorosos de la gran caminata, fuera en bicicleta o a pie –pues de todo había en aquellos tiempos.



El molino era una casa amplia de dos plantas, rodeada de juncos, masiegas y otras plantas que se aclimitan a la humedad. Los dueños, recuerdo, vendían bebidas para los cazadores, en invierno, y para los bañistas en verano. Luego, más abajo a favor de la corriente del rio, junto a un ensanchamiento del Guadiana, a unos quinientos metros del puentecillo, estaba la zona que denominábamos “Malvarrosa”, más profunda y apartada para el baño. Allí alguien instaló un chiringuito con bebidas y bocadillos -¿recuerdas, Mateo Cumplido?- Al atardecer, cuando las dos luces confluyen en poniente, la brisa húmeda del río aligeraba el calor y suponía un respiro en la jornada. Más, para los chicos se hacía tarde, porque más de siete kilómetros  esperaban las fuerzas de nuestras piernas, para volver sin que se enterasen en casa.




Hoy, el puente, con su pequeño caserío ya, al pie y en ruinas, queda al margen, como los dibujos y garabatos, que los estudiantes trazan en los libros de texto. Una carretera amplia, sobre un puente más aerodinámico y elevado, cruza el lugar y sólo queda, casi, el recuerdo y poco más. No obstante puede verse aún el puentecillo y la estrecha carretera marginal, testigo de otros tiempos, pobres y difíciles por culpa de una guerra que no debió existir.




Conservó un oleo pequeño, una reproducción del Puente Nolaya. Reconozco que no posee más valor que el puramente sentimental, pero a uno, que es algo romántico, le gusta evadirse, de vez en cuando, hacia otros tiempos que, si no fueran mejores, tienen al menos el sabor de la Arcadia perdida.

 
Restos del antiguo molino harinero

 
En el año 1973 se dejó de utilizar este viejo puente

 
Visión que ofrece actualmente el puente, una vez que han bajado las aguas del Vicario con motivo de la sequia