Dibujo
del interior de la Parroquia de San Pedro del siglo XIX, publicado en la obra “Recuerdos
y Bellezas de España”
Apenas Ciudad Real era Ciudad Real.
Quiérese decir que no tenía la ciudad este poco de ajetreo muy siglo XX
encarceado de alguna que otro movimiento político, aunque si ya por aquel
entonces nacían a la vida las luchas por la idea.
Ciudad Real era una clausura donde el
pecado de herejía era un grave pecado.
En un antiguo caserón de la ciudad, muy
próximo a donde por entones tenía su sede la Santa Inquisición, caserón que aún
hoy luce la ruina de una torrecilla y un escudo encalado, vivía un noble joven
judío llamado Mahomed –ben-Atar-. El cuidado de su hacienda y su muy decidida
afición a la música, ocupaban la mayor parte de las horas. Jamás se dijo de él
que se le viera complicado en las intrigas que la Sinagoga manchega trataran de
continuo, que en más de una ocasión dieron lugar a la intervención del Santo
Tribunal, Recato y buena vida honrada y ordenada, distinguían a nuestro joven
judío.
No muy lejos, a vuelta de esquina y
menos de un tiro de ballesta, en casa de obscuro porche y aireonado emblema,
tenia su residencia la hermosa cristiana doña Leonor.
Y como su alteza el amor no sabe de
ideas ni tesoros, he aquí, que un día que nuestra Leonor salía de los oficios
de San Pedro, acertó en mala hora a pasar por aquellos lugares Mohamed-ben
Atar, gallardo en nervioso potro de largas crines, que bien pronto obedeció la
señal de parada que el jinete le hiciera.
Suspenso y admirado quedo el noble judío
y sin reparo a un noble inquisidor que cruzaba, dejo escapar de sus labios este
madrigal a la cristiana.
-Ni Alá en su paniso la tiene tan
hermosa, ni tanto mereciera yo.
Otro
dibujo del siglo XIX del interior de San Pedro publicado en la obra “España,
sus Monumentos y Artes-Su Naturaleza e historia”
Y osado y audaz, haciendo bracear
pausadamente el noble bruto por seguir el diminuto paso de la dama, Mahomed
ben-Atar, alardeando de jinete, siguió a la cristiana.
Dicen que doña Leonor, no fue esquivada
a las fogosas miradas del noble judío y que aquel día, sonrío más de una vez
bajo sus velos, contento su corazón que aun no había amado.
Agregan que después, en el misterio de
la noche en calma, abriese una celosía y que discreta la luna, bordeaba las
nubes para dejar en paz a los amantes.
Inadvertidas pasaron para la ciudad
estas entrevistas hasta que una noche, un miembro de la Santa Inquisición, que
en silencio adoraba Dª. Leonor, vio la celosía el rostro de ella, como estampa
de nácar cara a las estrellas, y mohino y vengativo retirose a su guarida
sintiendo roerle el corazón una idea de venganza.
Y aquella idea de Satanás se cumplió.
He aquí que una tarde, delegados de la
Santa Hermandad se presentaron en casa de Doña Leonor. Se la acusa de tener
trato con herejes. El buen hidalgo su padre, queda sobrecogido. Comparece la
cristiana doncella. Confiesa con altanería su amor y hace votos de fé. Aprésala
la Inquisición y hasta su muerte, tiene el relato una laguna para cuanto
sufrió.
Mohamed ben-Atar, amargado y triste,
salió de Ciudad Real sin dirección fija para reaparecer más tarde en Játiva al
frente de una insurrección.
Y pasados los años y los siglos, aún
hoy, por la iglesia de San Pedro, se ve antes de la madrugada, la fantasma Doña
Leonor, que espera la venganza de Mohamed ben-Atar, que por cierto murió ahorcado.
El
Pueblo Manchego, Ciudad Real sábado 17 de enero de 1931, portada.
Dibujo
del pintor ciudadrealeño Vicente Martin
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