Decidió Fr. Ambrosio a dar cima a su propósito, la primera vez que vio a Sancho penetrar claustro adentro en el convento de franciscanos, salióle al paso y llevándole a la celda prioral le confeso de plano y le hizo cantar cuanto tenía secreto en los más recónditos escondrijos de su corazón. Así supo Fr. Ambrosio que Sancho y Blanca se amaban con amor ardentísimo e imborrable y se hallaban decididos a huir si preciso fuese, pues ni uno ni otro se atrevían a dar a sus padres cuenta de su enamoramiento y el uno sin el otro no podían ni respirar ni vivir. Combatió el buen fraile el proyecto de fuga por pecaminoso, sin oponerse, antes alentándola, a la idea del matrimonio, y aunque la embajada fuese espinosísima, se encargó de hablar a los viejos e intentar una reconciliación mediante el casamiento de los jóvenes.
Cumpliendo la misión que se había impuesto, al primero que visitó Fr. Ambrosio fue a Remondo y le encontró tan rencoroso y airado que no pudo conseguir nada de él. El viejo aventurero se indignó hasta el extremo de decir que antes daría a su hija a un perro infiel sectario de Mahoma que, al hijo de Alvar Gómez, prefiriendo verla muerta antes que casada con el heredero de su enemigo, acabando por ofrecer que redoblaría llaves y cerrojos para impedir a todo trance a los amantes hasta el mirarse de lejos. Descorazonado y triste salió el fraile de la entrevista, sin comprender su buen corazón como gente apellidada cristiana y que rezaba, al parecer con fervor, el Padre Nuestro, no perdonase a sus enemigos al pedirle a Dios el perdón de sus culpas y mucho menos se acercase al tribunal de la Penitencia con verdadero arrepentimiento y propósito de enmienda, antes bien llevando latente y vivo el odio dentro de su pecho. A pesar de ello visitó al otro viejo testarudo y no sacó mejor impresión ni más esperanzas, pues Alvar Gómez prometió maldecir a su hijo si se casara, aunque no podía creerlo, porque Sancho había renovado poco antes el juramento de venganza contra Remondo, prestado solemnemente en el aniversario de la catástrofe de Miguelturra, añadiendo que, con tal que no hubiese matrimonio, no le importaban los amoríos, antes bien los aplaudía si de ellos había de salir la deshonra de su enemigo. Sobre esto daba carta blanca a su hijo, siempre que la unión no fuese santificada.
Transida el alma de pena, Fr. Ambrosio se
encerró en su celda y no salió de ella en muchos días más que al coro, donde,
con santo fervor, encomendaba a Dios la solución de tan arduo problema. Sancho
por su parte se daba a sus demonios sin ver a su amada, sorda, al parecer a los
requerimientos musicales, porque no había reja ni portillo de la casa de
Remondo que no estuviese clavado y reclavado para que no se pudiese abrir, y a
la moza no se le permitía poner los pies en la calle como no fuese a misa, a la
que asistía acompañada del padre, que iba como cosido a sus ropas y sin
perderle ojo hasta tenerla en casa encerrada de nuevo. Blanca se desmejoraba a
ojos vistas, pues no hacía nada más que llorar y sollozar ni comía ni dormía de
puro enamorada, y así se desesperaban todos los personajes de esta escena, cada
cual, a su modo, llorando la dama, renegando el galán y el fraile perdiendo las
esperanzas en la Divina Providencia, a pesar de su fe más profunda y segura.
Sancho fue un día a visitar a Fr. Ambrosio y a quejarse de sus penas. Achacaba todas sus males a la injerencia del religioso en sus amorosos proyectos, pues sin ella no hubiera sabido nada Remondo y cuando la ocasión llegase se habría llevado a su amada y pasado a tierras de moros, si en la de los cristianos no hallaba asilo seguro para sus amores. Dijóle que estaba dispuesto a intentar la realización de sus deseos por artes diabólicas, ya que por las derechas y cristianas nada conseguía y hasta daría su alma al diablo si le ayudase en la empresa, para lo que iría a visitar a cierta hechicera, habitante en las ruinas de Alarcos, quien le facilitaría los medios para conseguir sus afanes, por sus conjuros y sortilegios. Tal proposición alarmo grandemente al religioso, viendo en peligro de perdición el alma hermosísima del mancebo y, tras un hondo y largo suspiro, le pidió por Jesucristo Crucificado y por su Santísima Madre, se apartase de tales ideas y tuviera fe en el milagro que iba implorar del Altísimo y que seguramente conseguiría a fuerza de oraciones y de penitencias; y, para logar esto, solicitó del joven se ausentase de Miguelturra por una temporada, a dar lugar de madurez al plan que trazaría mediante la inspiración divina. Resistió el joven, rogó el sacerdote con lágrimas de fe en los ojos, y al fin convinieron en la ausencia, pero fijando un plazo que no sería mayor que la Pascua de Pentecostés, en que volvería Sancho, y, de no haber hallado Fra. Ambrosio el medio de casarle quedaría en libertad de buscar auxilio de los pícaros ángeles caídos, tentadores de hombres y mujeres.
Próximamente por la Candelaria, Sancho, a caballo y armado de punta en blanco, enderezó sus pasos a la frontera de Andalucía, donde se hacían entradas, de vez en cuando, por tierras musulmanas, muy productivas cuando no éramos descalabrados. Fr. Ambrosio hizo saber a Remondo la partida del joven, asegurándole de que, desesperado por no ver a Blanca ni tener esperanza de verla, se había ido para no volver y buscar en la ausencia el olvido de un amor imposible. Desconfiado Remondo, no desclavó por de pronto las ventanas de su morada, pero se fue informando y llegó a convencerse de ser verdad la partida y desde entonces fue aflojando las ligaduras hasta soltarlas y Blanca volvió a estar libre, a respirar el aire, saliendo de la prisión, que no otra cosa parecía la parte de casa en que recluida había estado. No obstante, estuvo muchos días más triste y llorosa que en su encierro, porqué creyó cierto el desamor de su amante, pero cuando pudo hablar a solas con Fr. Ambrosio, recibió de labios de este el bálsamo a su dolor, pues de tal le sirvió la noticia de ser la ausencia ardid fraguado entre Sancho y el fraile para facilitar el matrimonio tan deseado de la enamorada pareja, y poco a poco fue serenándose, volviendo a su rostro las rosas de sus mejillas y los fulgores a sus miradas, y como Remondo la vio alegre y bullidora, concluyó por convencerse del término de los amores y de que no tenía nada que temer de sus enemigos, con lo que brilló ya él el sol, después de la traidora tormenta perturbadora de su tranquilidad.
Rafael Ramírez de Arellano. Diario
de Córdoba, Científico, Literario, de Administración, Noticias y Avisos. Domingo
19 de junio de 1910.
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