VIVAMOS LA SEMANA SANTA
“CUANDO LOS HOMBRES ENMUDECEN… ¡LAS
PIEDRAS HABLAN!
Huyendo pues, del cobarde silencio que la evangélica frase condena, deseemos que el hombre hable, por aquello que en el principio fue el Verbo. Y al hacerse éste dramático lamento, desgarrada queja, tembloroso cantar ante el divino dolor, oigámosle con el alma de rodillas.
Por qué, si cualquier camino es bueno para llegar a Dios, ¿a qué pensar que es mal sendero para tan alta andadura el primitivo y elemental fervor de la española Saeta?
En la trémula angustia de sus notas, la entraña conmovida del cantor, espera por la esquina de cualquiera calleja el paso del “Mejor de los Nacidos” -¡qué tremendo calor humano en el verso popular!- para clavar en el aire quieto de la noche el desgarro acento de su voz que, oración a lo profano, entre gemido y suspiro reza y llora.
Así entendemos y explicamos la Saeta. Como legendaria golondrina piadosa, luto en las alas y blancor de pureza para el pecho. Sentimiento de místico amor lanzado al vuelo con ansias de consuelo y afanes de arrancar, una a una, las hirientes espinas que coronan la vencida cabeza Nazarena.
Que siga, renovada y pasional primavera, floreciendo en buena hora las humildes gargantas de las sencillas gentes. De estas mismas gargantas que ríen al nacer el Niño con el primario gozo de los villancicos, para llenarse de temor y espanto con la grave profundidad del Miserere frente a la Cruz en la que el bíblico Drama se consuma.
Escrito está: “Cuando los hombres enmudecen…” Y hablar alto, lirico y apasionado decir, es la Saeta.
Y siempre reverente, porque es la Fe quien la dicta y el corazón, quien la clama. Aun cuando a veces, parece extraviarse en las volutas barrocas de un preciosismo espectacular. Pero así todo, la devota unción que es su alma, la salva entera.
Quitadle al ibérico realismo de las procesiones pasionarias -auténticos Misterios animados por las geniales gubias de nuestros imagineros- el musical comento de las saetas, y lo veréis menguar envuelto por este casi morir que es el silencio.
¡Que las piedras no hablen! Hágalo el hombre. Que rompa, estremecido por redentoras ansias, su mudez diaria para, una vez al año -cuan poco, Señor; más por algo se empieza-, dejar de asomar en las notas de la honda queja que es la Saeta, su acongojado anhelo de firme arrepentimiento y su esperanzada suplica de perdón.
Y por último, ¿no bastaría recordar que el arranque de estas coplillas sentenciosas no fue, otro que el de excitar la devoción o penitencia para justificar plenamente su permanencia?
P. Alpera. Diario Lanza, martes 1
de abril de 1958


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