Ya había vuelto la paz a los corazones de
nuestros personajes, excepto al alma de Fr. Ambrosio de Almodóvar, que más que
nunca andaba caviloso y desasosegado. Habíase formado el propósito de casar a
nuestros protagonistas, pero le roía la conciencia la duda pertinaz de si al
hacerlo cometería un grave pecado engañando, burlando la vigilancia de Remondo,
arrebatándole su hija para entregarla a Sancho, y haciendo a la hija rebelde a
la autoridad paterna, aunque la rebeldía fuese para un fin meritorio a los ojos
de Dios. Como en balanza de alquimista pesaba el pro y el contra de sus deseos,
y ya el uno, ya el otro platillo, se inclinaba. Ponía en el uno la felicidad de
los jóvenes, la paz de las familias y el beneficio que de ella había de
reportarse a los dos pueblecitos vecinos. Añadía la salvación del alma de
Sancho, tan expuesta a condenarse si no lograba sus amorosos deseos, y la de Blanca,
que también peligraba, si se realizase la escapatoria sin las bendiciones de la
Iglesia, y revinando sobre ello, se decidía a proteger a los jóvenes y
facilitar su unión con o sin el consentimiento de sus progenitores. Ponía en el
otro platillo su deslealtad con los padres al burlarles en sus propósitos, las
mentiras que tendría que decir para lograr su plan, la rebelión de Blanca y de
Sancho, aunque en éste fuese menor por su edad, ya pasada de la mi noria, y,
finalmente, las consecuencias, tal vez fatales, de aquel paso, si el diablo las
enredaba; aunque se prometía que fuesen más bien favorables que adversas. En
estos balanceos andaba de continuo, y así pasaba el tiempo, acortándose el
plazo de la vuelta de Sancho, sin que el prior de los franciscanos supiese cómo
salir del atolladero en que tan por de
lleno se encontraba metido. Pero como en su cabeza se había formado ya una verdadera obsesión, que se concretaba y resumía en la palabra casados, por más vueltas que le daba y por más que miraba el lado malo, venía siempre a concluir en que solo había una solución buena que lo arreglaba todo, y a ella le llevaban sus deseos y su pensamiento perpetuo. Casados. ¡Cuánto diera por tenerles casados! Así todo se arreglaría: Remondo y Alvar Gómez se abrazarían en público, terminarían las rencillas y rencores y una era de paz y bienandanza caería sobre Villarreal y Miguelturra, que resurgirían y se engrandecerían a la sola emisión de la palabra mágica casados, derramando la felicidad con solo pronunciarla. Y cerró los ojos a toda otra voz de su conciencia y marchó derecho a su fin: a ver a Blanca y Sancho casados y felices.
Decidido a afrontar la empresa, faltaban
aun los medios de ejecutarla y éstos los dio la Pascua florida, trayendo a
Blanca al confesionario de Fr. Ambrosio. Allí vertió la joven todas las
amarguras de su corazón, avivando el deseo del religioso por endulzarlas. Ganó
Fr. Ambrosio a su causa, sin gran esfuerzo, la voluntad de algunos servidores
de Remondo, y ya con conspiradores dentro de la fortaleza, no había más que
planear la batalla y darla, para lo que escribió a Sancho llamándole con todo secreto,
a fin de no desperdiciar la ocasión que se presentaba; los conspiradores se
pondrían al habla en el confesionario, para lo que les impuso de penitencia la
frecuencia de los sacramentos.
Vino Sancho, no á Miguelturra, sino a Caracuel. Acudió Fr. Ambrosio con pretexto de su ministerio, conferenciando secretamente y convinieron en que una noche, ya mediada, vendría el joven a las cercanías de Villarreal, a un humilladero del camino de Extremadura, con buenos caballos para huir con su amada. Al mismo lugar acudirían la dama con Fr. Ambrosio, quien bendeciría la unión, y, ya casados, se ocultarían lejos del país hasta que el fraile arreglase la paz entre los consuegros y éstos perdonasen a sus hijos y abriesen sus brazos al nuevo matrimonio. Y así se hizo. A principios de mayo, Blanca, valiéndose de llaves que contrahizo, ayudada por servidores de su padre, salió de su casa mediada ya la noche. Esperábala Fr. Ambrosio rebozado en su capa y calada la capucha. Un portero infiel, ganado por el fraile, les facilitó el paso por la puerta de Alarcos, y con la alegría de la esperanza cumplida, caminaron hasta el humilladero, donde Sancho, impaciente, les esperaba con dos fogosos caballos andaluces.
Ante una imagen de la Virgen, adorada en
el humilladero por los caminantes, bendijo Fr. Ambrosio la unión de los novios,
y éstos cambiaron las palabras sacramentales, y después, los tres, de hinojos,
imploraron el auxilio de la Augusta Señora para que les amparase en el viaje y
les abriese pronto las puertas de los hogares paternos, y de seguida Fr.
Ambrosio les aconsejó, o mejor dicho, les ordenó, cabalgasen y huyesen, y así
trataron de hacerlo, pero al ponerlo por obra vieron cortado su camino por
gente armada que avanzaba a carrera tendida hacia donde ellos estaban, y en
menos que se dice se alzó ante sus ojos la figura airada y terrible de Remondo,
con la espada desnuda y amenazándoles de muerte.
Salió a su encuentro Fr. Ambrosio. Blanca,
arrodillándose é implorando misericordia, se amparó, llorando, a los pies del
religioso, que la cubrió con su manto, y Sancho, desnudando su espada, se
preparó a defender a su mujer y a vender caras las vidas de los nuevos casados.
Detente, Remondo: Esos que ahí ves están casados. Dios los ha unido y tú no puedes desatar lo que Dios ató. Dios lo quiso: hágase su santísima voluntad. Detente, hombre ciego, que vas a lanzarte en las llamas del infierno... Así decía Fr. Ambrosio a grandes voces, creyendo aplacar la ira del viejo, pero éste, presa de un vértigo, loco de furor, se arrojó sobre el grupo, y atravesando con su espada el hábito del franciscano, atravesó también el corazón de su hija. Sancho comprendió, por un grito único de Blanca, que había muerto, y sin respetar al fraile, se lanzó sobre su suegro, como tigre furioso, pero, aunque consiguió matarle, no pudo impedir que las picas y espadas de sus contrarios se entrasen por sus carnes y fue a exhalar el último suspiro sobre el cadáver de su amada. El pobre Fr. Ambrosio se quedó solo al lado de los muertos y parecía un muerto en pie. Los asesinos huyeron. El buen fraile, contemplando los inanimados cuerpos de los jóvenes a favor de los primeros pálidos destellos de la aurora, exclamaba: Casados, sí; casados, pero muertos. Mis deseos fueron de paz y de dicha y se han trocado en luto y lágrimas. ¡Dios mío, Dios mío, qué desgracia tan grande!
En el lugar del suceso, para memoria y a fin de que los caminantes rezasen en sufragio de los jóvenes, se puso al día siguiente una cruz de madera con inscripción de sus nombres y una sucinta relación de la tragedia. Mas tarde la cruz de madera se reemplazó con el rollo o cruz cuyos restos perduran. La gente la llamó la Cruz de los Casados. Esta es, señor me dijo el viejo, la historia de ese marmolillo. Yo, por si es cierta, siempre que paso por allí rezo un Ave María por las almas de los casados. Haga V. lo mismo, que si estos son fábula, las animas benditas se lo agradecerán seguramente.
Ciudad Real, Abril de 1910
Rafael Ramírez de Arellano. Diario
de Córdoba, Científico, Literario, de Administración, Noticias y Avisos. Domingo
20 de junio de 1910.




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