La tercera parte y última del video de la Semana Santa del año 1988, contiene la segunda parte de la pasionaria de San Pedro la mañana del Viernes Santo, el Viernes Santo por la tarde, la Soledad el Sábado Santo y el Domingo de Resurrección.
La tercera parte y última del video de la Semana Santa del año 1988, contiene la segunda parte de la pasionaria de San Pedro la mañana del Viernes Santo, el Viernes Santo por la tarde, la Soledad el Sábado Santo y el Domingo de Resurrección.
Segunda parte del video de la Semana Santa del año 1988, que contiene la segunda parte del VII Concurso Provincial de Saetas, la procesión de las Palmas, la del Silencio, la Pasionaria de Santiago, Nazareno y parte de la pasionaria de San Pedro la mañana del Viernes Santo.
Este primer video de los actos previos y de la Semana Santa del año 1988 en Ciudad Real, nos trae la conferencia sobre la Sábana Santa de Turín, que pronunció el 23 de marzo en el salón de actos de San Ignacio el padre jesuita D. Jorge Loring; el pregón de la Semana Santa el 24 de marzo, a cargo de D. José López Martínez en el Salón de actos del Centro Cultural Municipal “Antiguo Casino”; la exposición de arte religioso que se inauguró el 20 de marzo en el Salón Carlos Vázquez en el “Antiguo Casino”; y parte del VII Concurso Provincial de Saetas que se realizó el 26 de marzo en el salón de actos de San Ignacio del Colegio Hermano garate aún regentado en aquel año por los jesuitas.
La Hermandad de las Palmas que abre la
Semana Santa de Ciudad Real la mañana del Domingo de Ramos, procesiona la imagen
de Nuestro Señor Jesús de la Humildad en su Entrada
Triunfal en Jerusalén, que fue encargada en el año 1944 a un antiguo
comercio valenciano distribuidor de ornamentos y arte religioso, propiedad de José
Rabasa Pérez y Antonio Royo Miralles. Desde su primera salida procesional en
1945, la imagen de Jesús a lomos de una borrica en
actitud de bendecir al pueblo se le ha atribuido a José Rabasa. En las
publicaciones desde su salida procesional hasta el día de hoy, puede leerse que
fueron realizadas por este valenciano, cuando en realidad debería afirmarse
simplemente, que fueron adquiridas en el taller de su propiedad.
José Rabasa fue en realidad un marchante,
funcionario del Estado en los años de la posguerra, que una vez acabada la Guerra Civil se dio cuenta de que la guerra había vaciado multitud de
hornacinas y templos, y que esos templos debían llenarse otra vez con nuevas
esculturas. Por todo ello, se hizo representante legal de muchos imagineros
valencianos, a los que obligaba a no firmar las obras, para poder atribuirse él
mismo directamente todas esas tallas. Conocía el mundo artístico gracias a que
su cuñado, Juan Antonio Rollo Miralles, socio suyo además en el taller de arte
religioso que con este motivo había creado en la ciudad del Turia, había sido
jefe de decoradores en el taller del escultor Pio Mollar.
Dicho esto, ¿quién fue de verdad del autor
de las tallas ciudarrealeñas de Jesús a lomos de una borrica atribuidas a
Rabasa? Hoy puedo afirmar que son obras del escultor valenciano Enrique Galarza Moreno. Este escultor trabajó para José
Rabasa y el mismo cuenta en una entrevista publicada en el diario Información
de Alicante, el 13 de octubre de 1991, después de haber descubierto en la
iglesia parroquial de Alcoy (Alicante), dos tallas suyas, la de San Jorge y la
de la Virgen de los Lirios, que desde antiguo habían sido atribuidas a Rabasa, que “Un buen día se presentó en mi casa
Rabasa, a quien nosotros llamábamos Rabosa [juego de palabras: en valenciano y
en catalán, rabosa significa zorra] ya que simplemente era marchante, que
además nos pedía que no firmáramos nuestras obras”. Este escultor aceptó
trabajar en estas condiciones para este marchante, porque según algunos autores que
han estudiado a este escultor valenciano, confirman que su ideología, cercana a
ciertas posturas izquierdistas, impidieron en algunos momentos de su vida,
principalmente en aquellos años que siguieron a la Guerra Civil, que alguien
pudiera hacerle algún encargo de forma directa, motivo por el cual no habría
tenido más remedio que buscar sus encargos a través de este tipo de talleres
intermedios.
Ante la falta de una prueba documental que así lo corrobore sin ningún género de dudas, la comparación entre distintas imágenes salidas de una misma mano puede ser suficiente para, demostrar la autoría de esas obras. Y para el caso que nos ocupa, la similitud existente entre la imagen de Jesús a lomos de una borrica y el Cristo de la Santa Cena de Orihuela obra de Enrique Galarza, nos indica que es este imaginero valenciano, el verdadero autor de las imágenes ciudarrealeñas. Y si a ello sumamos que el propio escultor así se lo dijo a Antonio Bonet Salamanca, Doctor en Historia del Arte, que ha realizado multitud de trabajos de investigación sobre la escultura e imaginería religiosa, podemos afirmar que Enrique Galarza Moreno es el autor de Nuestro Señor Jesús de la Humildad en su Entrada Triunfal en Jerusalén.
Enrique Galarza Moreno, nació el 27 de
septiembre de 1896 y falleció en Picassent (Valencia) el 19 de enero de 2000.
Quien quiera saber la biografía de este escultor lo puede hacer pinchando en el
siguiente enlace: http://cristodelcalvarioycristodelperdon.blogspot.com/
Desfilan ocho procesiones en medio del fervor y recogimiento del pueblo
La Semana Santa tiene en toda España una unidad de interpretación en la fe inquebrantable del pueblo, pero es variada la forma de cómo se manifiesta y exalta el drama del Calvario.
La expresión religiosa del alma castellana no se parece en nada a la de otras regiones. La muchedumbre, el exorno, el bullicio, las luces, flores, músicas, todo el abigarrado conjunto extraño de cada ciudad impresiona de distinta manera, en esa materialización de la vida y la historia, del corazón y la muerte. Lo exterior, lo transitivo e inestable, subyuga y atrae, pero el fervor, y la tradición de una y otra ciudad es lo que nos hace sentirnos alma de esa fiesta religiosa.
Nuestra ciudad vibra con un puro amor y recogimiento en los desfiles procesionales, con idéntico fervor que si adorase a las imágenes dentro de cada templo. El alma manchega canta y reza con sencillez e ingenuo encanto.
Al desfilar las procesiones por las calles
de fachadas encaladas, de bajos balcones, parece como si se quisiera que la
religiosidad de este pueblo no saliera más allá de su recinto; como si al salir
se sintiera el temor de que es exhibición lo que sólo es fervor y recogimiento.
Esta es la principal virtud de Ciudad Real. Y acaso por esta virtud se la
conoce, aunque a ella le parezca que la ignoran.
El marco por su sencillez es magníficamente emotivo. Toda la grandiosidad del drama eterno tiene en esta tierra un ambiente peculiar y maravilloso.
Allí viene la imagen del Cristo de la Buena Muerte. Estamos en la madrugada alta y silenciosa. Ninguna noche es tan intima y evocadora como esa. En ella está todo el misterio de nuestra adoración. Toda la omnipotencia de Dios viene a nosotros cuando se ha hecho el silencio casi absoluto, cuando ya no hay en torno nuestra más voz que la del misionero que dirige el Vía Crucis doloroso. Silencio de todas las horas que se fueron, de todos los desfallecimientos, de todos los gozosos júbilos de la tierra. Cristo muerto, abierto al frio de la madrugada que va consumiéndose en la más dura penitencia.
Las procesiones nocturnas, de la Virgen
del Mayor Dolor, de Nuestro Padre Jesús Nazareno y la Soledad, nos rinden y
fatigan de tanto amor. Un bordoneo de tambores destemplados acompasan el tránsito
de las imágenes. Los labios, se mueven impulsados por ese sentimiento del
creyente, por ese corazón inflamado de la fe que llora, con remordimiento tenaz
y cien veces repetido, la tragedia del Gólgota. Es el dolor negro de todos los
pecados del mundo en el horizonte de la noche de penitencia. Se piensa que en
la soledad de los campos habrá de reinar una sensación de expectación y de
dolor igual a la que invade a la ciudad. El cielo abrileño se embalsama de
rezos implorantes, fervientes y rasga el aire la doliente saeta como flecha de
amor disparada a lo alto.
Cuando ha pasado la cinta negra de la procesión del Nazareno, comienza el desfile de los “pasos” de la Oración del Huerto, Jesús Caído, Cristo del Perdón y de las Aguas y el “Encuentro”, a la luz clara de la mañana abrileña, mientras las cigüeñas en vuelo de primavera trazan en el aire círculos de armonía, y a semejanza suya nacen alas a nuestras almas para ir al más allá. Nuestros sentidos se iluminan con la contemplación del misterio sacro, cruel y tremendo, porque nuestra ciudad con menos énfasis que ninguna, se recoge y concentra ante sus imágenes con disciplina litúrgica.
Las procesiones del Jueves y Viernes Santo por la tarde, reúnen ocho magníficos “pasos”: Ecce Homo, Cristo de la Caridad, Dolorosa, Cristo de la Piedad, Descendimiento, Nuestra Señora de las Angustias, Santo Sepulcro y Nuestra Señora de los Dolores. Vírgenes dolorosas, acongojadas en su pena, meciéndose radiantes entre flores y luces; el Cristo de la Piedad en su divina y amorosa agonía, que nos conmueve, y enternece hasta lo más hondo de nuestra alma, sobre un magnífico trono tapizado de rojos claveles, como cálices sangrantes. Cristo transido, Cristo agónico. ¡Muerto por los hombres, por amarlos muerto!
Es esa una escultura maravillosa, que nos
traslada a la contemplación de las más famosas obras de arte de nuestra
inmortal imaginería. Es el “paso” por excelencia de nuestra Semana Santa, que
este año desfilará por vez primera y que, por su majestad y sublime grandeza,
ha de atraer poderosamente la devoción popular.
Ciudad Real pone en la exaltación de la Semana Santa todo lo que tiene. En sus calles no hay algarabía, no hay bullicio. No es fiesta. Es dolor. Ese dolor, que en el alma manchega es todo recogimiento y sobrecogedora emoción.
Por eso el viajero que en estos días del Domingo de Ramos -primer desfile procesional con la Cofradía de las Palmas, brillante nota de juvenil alegría- a Domingo de Resurrección visita nuestra ciudad, admira el contraste con la celebración de esas solemnidades Pasionarias de otras regiones españolas. Y siente como ese espectáculo callado y recatado de sus ocho procesiones, se le va entrando en el alma y como, al repicar las campanas jubilosas, Ciudad Real despierta con acentos de gozo, como si en verdad hubiese contemplado la auténtica Pasión y Muerte del Hijo de Dios.
Fernán Gómez. Diario “Lanza”, miércoles
2 de abril de 1947
La Semana Santa de Ciudad Real, fue
declarada de Interés Turístico Regional el 3 de diciembre de 1985, por la
Dirección General de Turismo de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha.
La Semana Santa de aquellos años era muy diferente a la que ahora conocemos, en
la cual procesionaban 21 hermandades.
El primer programa de mano de nuestra
Semana Santa que se editó bajo la declaración de Interés Turístico Regional,
fue el de 1986, en cuya portada se reproducía el bello rostro de la Dolorosa de
la Catedral, y que fue editado por la desaparecida Caja de Ahorros de Cuenca y
Ciudad Real.
La Asociación de Cofradías de la Semana Santa de Ciudad Real, no comenzó a publicar anualmente un programa de mano de nuestra Semana Santa hasta el año 1982. Fue en ese año, cuando la Asociación toma conciencia que todos los años se debería publicar los horarios de las procesiones en un programa de mano, hasta entonces esa publicación anual no existía, y la editó gracias a la colaboración de la entonces Caja de Ahorros de Cuenca y Ciudad Real.
Fue un tríptico a color donde se incluyeron imágenes de la Oración en el Huerto, el Cristo de la Buena Muerte con potencias, la Santa Cena en el interior de la Parroquia de Santiago, el Santo Descendimiento en el Paseo del Prado, el Cristo del Perdón y de las Aguas y la Virgen de las Angustias con su antigua cruz.
El programa incluía el siguiente texto:
“Para quienes nos visitan puedan rememorar sus desfiles procesionales, para aquellos que no puedan venir y nos añoren, para que los que las presenciamos tengamos un recuerdo más de las conmemoraciones de nuestra Semana Santa, hacemos este tríptico.
Deseamos que él sea, la muestra de nuestro agradecimiento para quienes, ciudarrealeños de nacimiento o adopción, con su constante apoyo, iniciativas y aportaciones hacen posible su creciente esplendor. Para los que, por avatares de la vida, han tenido que trasladarse a otros lugares y no pueden visitarnos, el símbolo que despierte viejos y agradables recuerdos. Para quienes nos visitan, una pequeña e íntima muestra de nuestra gratitud.
EL PRESIDENTE
COMISIÓN PERMANENTE”
VIVAMOS LA SEMANA SANTA
“CUANDO LOS HOMBRES ENMUDECEN… ¡LAS
PIEDRAS HABLAN!
Huyendo pues, del cobarde silencio que la evangélica frase condena, deseemos que el hombre hable, por aquello que en el principio fue el Verbo. Y al hacerse éste dramático lamento, desgarrada queja, tembloroso cantar ante el divino dolor, oigámosle con el alma de rodillas.
Por qué, si cualquier camino es bueno para llegar a Dios, ¿a qué pensar que es mal sendero para tan alta andadura el primitivo y elemental fervor de la española Saeta?
En la trémula angustia de sus notas, la entraña conmovida del cantor, espera por la esquina de cualquiera calleja el paso del “Mejor de los Nacidos” -¡qué tremendo calor humano en el verso popular!- para clavar en el aire quieto de la noche el desgarro acento de su voz que, oración a lo profano, entre gemido y suspiro reza y llora.
Así entendemos y explicamos la Saeta. Como legendaria golondrina piadosa, luto en las alas y blancor de pureza para el pecho. Sentimiento de místico amor lanzado al vuelo con ansias de consuelo y afanes de arrancar, una a una, las hirientes espinas que coronan la vencida cabeza Nazarena.
Que siga, renovada y pasional primavera, floreciendo en buena hora las humildes gargantas de las sencillas gentes. De estas mismas gargantas que ríen al nacer el Niño con el primario gozo de los villancicos, para llenarse de temor y espanto con la grave profundidad del Miserere frente a la Cruz en la que el bíblico Drama se consuma.
Escrito está: “Cuando los hombres enmudecen…” Y hablar alto, lirico y apasionado decir, es la Saeta.
Y siempre reverente, porque es la Fe quien la dicta y el corazón, quien la clama. Aun cuando a veces, parece extraviarse en las volutas barrocas de un preciosismo espectacular. Pero así todo, la devota unción que es su alma, la salva entera.
Quitadle al ibérico realismo de las procesiones pasionarias -auténticos Misterios animados por las geniales gubias de nuestros imagineros- el musical comento de las saetas, y lo veréis menguar envuelto por este casi morir que es el silencio.
¡Que las piedras no hablen! Hágalo el hombre. Que rompa, estremecido por redentoras ansias, su mudez diaria para, una vez al año -cuan poco, Señor; más por algo se empieza-, dejar de asomar en las notas de la honda queja que es la Saeta, su acongojado anhelo de firme arrepentimiento y su esperanzada suplica de perdón.
Y por último, ¿no bastaría recordar que el arranque de estas coplillas sentenciosas no fue, otro que el de excitar la devoción o penitencia para justificar plenamente su permanencia?
P. Alpera. Diario Lanza, martes 1
de abril de 1958