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sábado, 18 de abril de 2026

¿QUÉ QUEDA YA?

 

Imágenes coloreadas con inteligencia artificial


Permítame, dilecta amiga doña Isabel Pérez Varela de López Salazar, que comience mi “nota necrológica”, sobre el Torreón del Alcázar, poniendo, al día, el último párrafo del documentado artículo suyo que leí con fecha 3 de este mes de enero en LANZA.

“Un paso más y “quedó demostrado” a las venideras generaciones el respeto que han merecido a nuestra época, las piedras que encierran páginas de la historia de Ciudad Real”.

Total: cambiar su “demostraremos”, por mi “quedo demostrado”, y nada más, y, ¡cuánto más, sin embargo!

Después de tal cuasi epitafio, podía firmar, y quedarme con la pena. Una pena más, y muy amarga, por cierto.

Luche, el pasado año centenario de la fundación de Ciudad Real, por salvar el Torreón y, con la ayuda de aquel viejecito manchego, sapiente, amante de su terruño, que fue don Emilio; y con el impulso decidido y entusiasta de D. José María del Moral, lo logré, de momento, al pasar este resto de nuestra Historia a propiedad de D. José Lomas. Pero, desde mi carta de felicitación y agradecimiento a ese señor, llena de entusiasmo ciudarrealeño por su gesto, no tuvo, entonces, ni ha tenido, aún, la respuesta, a pesar de los años pasados, formé mal juicio sobre el fin del Torreón. Desgraciadamente acerté. No se realizaron los buenos propósitos que dicho señor tenía. Ni entidad, ni corporación alguna, mostró, que sepa, interés -interés, interés- por esas piedras venerables que Ud. Cuenta, sabiamente, en su artículo y único, hasta la fecha, que originó la dolorosa desaparición del Torreón. El hecho, irremediable, es que se derrumbó por abandono de la ciudad, aunque lo queramos cargar a la lluvia, por toda disculpa, con toda la culpa -¡sin tiempo que estuvo lanzado su angustioso SOS por sus profundas grietas de su estructura!- y que, al caerse, arrastró otra página de nuestra Historia, de la que, ¿qué queda ya?



En mi colección de fotografías tengo varias del Torreón. Una es la que ilustra la noticia del hundimiento dada en LANZA. La triste ruina actual me obliga a incluirlas en mi fichero, harto, prieto, de documentos gráficos retrospectivos. Si no fuera crueldad manifiesta, pediría a Ud. Sitio en la Casa de Cultura para montarse una extensa exposición con algunas “fotos” de ayer, retrospectivas, de mi ciudad y de las que soy autor. Al pie de cada una pondría la leyenda pertinente y, al lado, la vista actual. De todos modos, no estaría completa la colección, pues muchas cosas se escaparon al objetivo de mi cámara. ¡Son tantas y tan aceleradamente eliminadas! Aun así, curiosa e instructiva exposición seria esa, pero ¿para qué?

Esperemos un poco y quizás pudiéramos colocar, en preferente lugar, una la Puerta de Toledo. De ese trozo del gran pasado histórico nuestro. No se sonría. ¿Qué es absurdo? De acuerdo, pero todo es posible. Vea si no: para la circulación rodada tiene muchas estrecheces la entrada a la ciudad por la calle de Toledo; son un obstáculo esas cuatro piedras, sin más ni más, que forman la famosa puerta. También eran 4, aunque ladrillos y viejos -según dijo no sé quién- los que componían la más secular casa que daba prestancia, empaque, a nuestro casco urbano y estrechaba la entrada de una calle. No crea desvarío. Con menos razón fenecieron todas las restantes puertas de nuestro recinto amurallado y las murallas. Yo ya lo espero todo, usted es muy reciente en esta ciudad y por ello tal vez no sepa que, hace años, con el consentimiento, tácito al menos, de quienes no debieron darlo, le arrancaron a la Puerta de Toledo los restos de su corona de almenas y la desmocharon, y tan al rape quisieron separarle las murallas en que estaba incluida, que bien se observa todavía el estropicio, detenido, por milagro, de una consumación completa. Y la remendaron con cemento, al tiempo que machacaban los bien conservados sillares de la muralla, que eran de aquella época.




Volvamos al Torreón. ¿Qué mejor, más bello y culto detalle del embellecimiento urbano hubiera habido que una verde glorieta alrededor del Torreón, consolidado? Cada hoja de césped circundante hubiera esparcido perfume de hechos, acaecidos allí, de nuestra Historia chica y de la Historia grande, y del orgullo sano y recio nuestro, y de la elegancia de nuestra cultura.

Pobre y misero consuelo sería amar el rompecabezas de sus piedras numeradas, si es que lo fueron, en otro emplazamiento. Eso está bien para los ricos en moneda, pero sin Historia, qué, a los pobres y ruinotes, nos compran monasterios y los reconstruyen, desterrados, en su país, como el adorno de casa desguarnecida. Pero, en nosotros, cargados de Historia, esas mudanzas, tras irrespetuosas, son profanadoras del ilustre pasado, del momento y del paisaje. La obligación fue conservarlo con cariño, decorosamente. Interesante sería ver la reacción de los segovianos ante un proyecto del desplazamiento a otro sitio -aún tomadas todas las garantías- del acueducto romano, dadas las dificultades que al creciente tráfico origina en el Azoguejo, donde esta ubicado. O el de los orensanos, si entorpecer el caliente manar, actual de la celebérrima Burga, propusiera alguien.

La estatua que realicen, si llega al término, de Alfonso X tendrá, quiérase o no, dura, triste y enojada catadura y, si de carne fuera, de nuevo subiría el Rey Sabio al Torreón de la iglesia de Santiago, como en los días fundacionales, y volvería hablar desde allí, pero de modo diferente a como lo hiciera al marcar el emplazamiento de la que llamó su grande, buena villa… y, ahora, no la fundaría, posiblemente, visto lo visto.




Mejor sería hincarle el pico hasta llegar a las cegadas, someras, muy extensas y geológicamente interesantes, cuevas del totalmente fenecido Alcázar y convertirlas en fosa común de lo caído, arruinado, destrozado en la ciudad. Capacidad tienen para ello, pero, ¡cuidado!, que si echamos en ellas tanta madera sana, limpia, secular, como van astillando, no la tendrán suficiente. Ya estaría bien con macizar, como botón de muestra, los huecos que al yacer, dejaran verjas y rejas, portadas, tejas, capiteles, escudos, ladrillos, columnas, zapatas, arcos, artesonados, documentos reales… -recuerdo de nuestro patrimonio malbaratado- son los despojos de medio centenar, elegido al azar, de entre los varios que suman los ejemplares arbóreos sanísimos, seculares, aniquilados, que eran alegría corpulenta, salud, belleza y sombra preciosa en la aridez desoladora de nuestro paisaje.

Y, sobre esa montonera clavar un obelisco, pétreo, con, en una cara y como memoria perpetua, la relación, esculpida, de todo lo enterrado y, en otra, la lista de realizaciones que merezcan la pena, y que sería bien concisa, para que, así “el respeto que le han merecido a nuestra época las piedras que encierran páginas de la Historia de Ciudad Real, lo aprecien “generaciones venideras” que, no hay duda, airadas habrán de pedir cuentas a la nuestra porque el patrimonio que recibimos y teníamos obligación de conservarlo y legarlo, no lo hemos mantenido siquiera. Lo hemos aniquilado, porque, ¿Qué queda ya?




Quizá percibamos runruneos de critica malévola, sonrisitas irónicas y algún ladridito. Es corriente. No le de la menor importancia, dilecta amiga y sigamos la labor que nuestro leal saber y entender nos dicta, y a la pesadumbre, de los que pesadumore sientes -esto es lo bueno- unamos la nuestra.

Recuerdo que cierta señora bondadosa y ciudarrealeña, se preocupaba mucho por lo que veía mal hecho en la vecindad. Su parentela y amigos, la recriminaban:

-A ti, ¿Qué te va en ello?

Ella respondía:

-A mí ni cien duros, ni cien palos. Los duros no los aceptaría y los palos no los resistiría.

-Pues, ¿entonces?

Y ella sonreía, no les hacia caso y seguía preocupada por el vecino de enfrente, tan deplorable con aquellos chalequitos que le confeccionaban.

Y de San Pedro, como monumento nacional, ¿qué? ¿Nada? Pues, entiendo yo, le va haciendo falta serlo. ¿Verdad, buena amiga?

Julián Alonso Rodríguez. Diario “Lanza”, 18 de enero de 1962

 


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