A quince kilómetros de la capital, en el término municipal de Pozuelo de Calatrava en la carretera que une Ciudad Real con Aldea del Rey-Calzada de Calatrava, vemos en la actualidad los restos de uno de los balnearios más famosos con que contó el centro España “Aguas y baños de Hervideros de Fuensanta”, cuyos restos están destinados en la actualidad a una granja ganadera.
Los Hervideros de Fuensanta era un manantial
de aguas termales (hervidero) fruto de la actividad hidrotermal vinculada al
volcanismo del Campo de Calatrava. Sus aguas, bicarbonatado ferruginosas
acidulas, están indicadas principalmente en las enfermedades cardiovasculares
del sistema nervioso (neurosis) y del aparato digestivo (gastritis,
gastralgias, dispepsias). Las primeras noticias escritas sobre estos hervideros
son del siglo XVI, y a lo largo de los años sus aguas fueron ganando fama por
sus propiedades medicinales. Las gentes de la comarca acudían al manantial y se
bañaban desnudas en él y muchas sanaban, por lo que la fama del hervidero se
fue extendiendo, convirtiéndose el lugar con la llegada de gente de forma
masiva, en un lugar con cierto desorden.
En el siglo XVIII el infante don Gabriel, propietario de la Dehesa de Villafranca, correspondiente a la Encomienda de Calatrava, para facilitar el albergue y comodidad de las cientos de familias que acudían al hervidero, mando construir hacia 1750 un estanque de 15 pies de lado, con cinco gradas de piedra caliza y algunas dependencias donde pudieran albergarse los bañistas.
Años mas tarde el infante don Carlos María
de Borbón, sobrino del infante don Gabriel y heredero de la Dehesa de
Villafranca, pensó en dotar al balneario de un establecimiento digno de su
importancia, contrayéndose casa para operarios, capilla y hospedería. Entre
1833-1850 los hervideros pasaron a ser propiedad del tesoro público, y en 1840
la partida carlista de los Palillos los arrasó.
Con la ley General de desamortización del 1 de mayo de 1855, planificado por Madoz, los baños salieron a subasta pública y fueron adquiridos por el militar y geógrafo Francisco Coello de Portugal y Quesada. Bajo su propiedad se realizan obras en los baños construyéndose dos edificaciones separadas, una la construcción de habitaciones bajas sin enlosar, a teja vana y sin cocina (que constituyeron el edificio que se llamó Triana); dos el edificio de la fonda. Este último estaba compuesto de un cuerpo central con una galería o pórtico de 13 arcos, que tenía la administración, despacho del director, comedores y habitaciones de los bañistas, terminado a cada extremo por dos torreones, con cuartos que se alquilaban. En el extremo norte estaba el salón de reuniones con un piano y, dentro de él, un oratorio. También se levantó una cubierta de madera para proteger del sol el hervidero grande.
En 1869 los baños pasaron a ser propiedad
de Andrés Arango y en 1878 a ser propiedad de José y Antonio Beneytez que
realizaron obras que afectaron principalmente en el edificio de la fonda y que
supusieron la mayor transformación en la historia del balneario, construyéndose
tres cuerpos más de habitaciones con sus galerías, que se amueblaron de lujo, y
se plantaron árboles, comenzando el arreglo de la carretera que unía Ciudad
Real con el balneario.
El balneario siguió recibiendo mejoras y en 1892 siendo propietaria Cesárea Beneytez el edificio rodeado por arboledas formando paseos con asientos de piedra, ocupaba un inmenso espacio rectangular, con jardín central, rodeado de galerías espaciosas que daban acceso a todas las dependencias, despacho de medico director, capilla, salas de reunión y recreo, comedores, cocina y corral.
A finales del siglo XIX y principios del
XX el balneario se encontraba en pleno apogeo, con adecuadas instalaciones, con
todo género de adelantos, que provocaron una gran afluencia de bañistas,
mayormente de clase social acomodada. En aquella época constaba de dos
manantiales. En el grande se hallaba una piscina cubierta por una marquesina, y
el hervidero pequeño era la fuente destinada a bebida. El agua brotaba de abajo
arriba por entre las junturas de la roca caliza, desprendiendo multitud de
burbujas. El aforo grande del hervidero fue de 100 litros por minuto, con unos
20º de temperatura y de 18 litros por minuto a una temperatura de 17º en el
pequeño hervidero. Este se encontraba a
unos cincuenta metros de la piscina y al lado de la iglesia, bajo al advocación
de Santa Cecilia.
El balneario siguió funcionando hasta la Guerra Civil Española, que fue ocupado por tropas y destinado a cuartel, quedando en estado deplorable al termino de la misma. Aunque hubo intentos de rehabilitarlo en los años cuarenta del pasado siglo, no se conseguido, y el edificio fue destinado a cuadras y granja ganadera.
Emilio Martín Aguirre






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