1. Moriscos y cristianos viejos: rasgos generales de sus patrimonios nupciales
Ciudad Real fue uno de los núcleos urbanos de Castilla la Nueva que más granadinos recibió al término de la guerra de las Alpujarras. Emplazado en el extremo suroccidental de la región manchega, se sitúa justo en medio del triángulo formado por Toledo, Sevilla y Murcia, allí donde Bernard Vincent situaba en su día el epicentro del problema morisco en la España interior (Vincent, 1970, p. 225). A pesar de contar con una vieja morería y de haber convivido con el fenómeno morisco desde los inicios del siglo XVI, la población local acusó los efectos de la afluencia de desterrados procedentes del antiguo reino nazarí, cuyo número ascendía en la primavera de 1571 a 2.684 personas, casi una cuarta parte de los 10.829 habitantes censados en aquel momento (Moreno, 2009, p. 143). El final del proceso de repatriación y el trasvase demográfico originado por la migración ilegal de granadinos a las comarcas vecinas redujeron las cifras iniciales a un porcentaje cercano al 20% del total de la población. Con todo, la instalación de los deportados marcó un antes y un después en la particular historia de la urbe. Desde entonces, los moriscos quedaron «alistados» de una manera relativamente uniforme en sus tres colaciones, al tiempo que hacían gala de una estructura socioprofesional en la que eran evidentes sus preferencias por el sector agrícola, la industria textil y el comercio de alimentación (Moreno, 2009, pp. 119, 197 y 200).
Reconstruida su organización familiar y vueltas a tejer las redes sociales que facilitaban su cohesión interna, la minoría morisca mostró una enorme capacidad de adaptación y pronto recondujo su particular economía cara a su definitiva integración en los circuitos productivos locales. De ello da cuenta el progresivo aumento que experimentó el número de operaciones económicas en las que participaron. También su relevancia y la creciente simbiosis de intereses que manifestaron en este terreno con los cristianos viejos. Tanto fue así, que los propios moriscos fueron partícipes de uno de los periodos de mayor esplendor de la ciudad durante el Antiguo Régimen, siendo su expulsión una de las principales causas que marcaron el inicio de la crisis secular por la que ésta atravesó a partir de entonces (López-Salazar y Carretero, 1993, p. 172).
En La Mancha es fácil detectar la
presencia de la minoría morisca en los protocolos notariales posteriores a
1570. La impronta de dicho colectivo fue tan relevante como para que los
escribanos locales, poco dados a hacer precisiones socioprofesionales en sus
escrituras, se preocupasen por dejar claro el origen de los recién llegados (Ortega
y López-Salazar, 2009, p. 77). «Cristiano nuevo», «granadino», «de los del
reino de Granada»… son expresiones recurrentes en la documentación de finales del
siglo XVI y, como en el resto de Castilla, contribuyen a hacer visible un grupo
humano que, desde su conversión forzada, fue empujado a adoptar las fórmulas
onomásticas castellanas. Por desgracia, estas acotaciones tienden a desaparecer
desde principios del siglo XVII, sumiendo de este modo a muchos moriscos en el
anonimato, al punto de confundirlos con los cristianos viejos. Esto nos ha
obligado a realizar un esfuerzo suplementario a la hora de proceder a
identificarlos, el cual, y en este caso concreto, se ha apoyado en la
información contenida en los libros parroquiales y en los listados de moriscos
que eran propietarios de bienes raíces en el momento de decretarse la expulsión
(Moreno, 2009, pp. 515‑521). La utilización conjunta de toda esta información y
el subsiguiente cruce de datos al que ha dado lugar, nos han permitido ubicar
mejor a la minoría morisca pues ha contextualizado en su justa medida el número
de operaciones en el que participaron los granadinos.
Al objeto de dar una mayor precisión a los análisis, hemos optado por contabilizar no solo el montante económico total de cada escritura —indicado por el escribano al inicio y final del documento—, sino también el valor de cada uno de los artículos que formaban parte de ellas. En última instancia, esto algo que, y en consonancia con lo observado por Máximo García Fernández, nos ha permitido detectar diferencias entre la suma inicial consignada por el notario y el valor de la tasación final (García Fernández, 1999, p. 13). Por otra parte, los objetos que aparecen relacionados en cada escritura —y sus precios— han sido agrupados en diferentes categorías, procediendo luego a distinguir entre los pertenecientes en exclusiva al patrimonio familiar y aquellos que guardaban relación con el ajuar femenino. Esto ha facilitado la obtención de una abundante información cualitativa cuyos pormenores, por las lógicas razones de espacio, se han dejado de lado.
El importe final de las cantidades
comprometidas por los contrayentes nos permite situar a los moriscos en los
estratos medios-bajos de la sociedad urbana, máxime si se considera que 97 de
las 108 familias moriscas documentadas tuvieron patrimonios comprendidos entre
los 750 y los 4.500 reales. Al mismo tiempo, la cuantía de las escrituras
correspondientes a los propios granadinos, su distribución en tramos de valor y
su estudio comparado en relación a lo observado en Ciudad Real ponen de manifiesto
la existencia de un comportamiento interno poco polarizado socialmente (tabla
2). Tanto es así, que los ejemplos relativos a las haciendas valoradas en hasta
750 reales son tres puntos inferiores a los contabilizados entre los cristianos
viejos (7,4% frente al 10,6%). Lo mismo se advierte en el tramo superior: solo
dos escrituras superan los 6.000 reales y ninguna los 10.000, mientras que
entre los cristianos viejos éstas últimas representan el 11,3% de los casos.
Son datos de un cierto calado, pues ratifican lo dicho en relación a la práctica económica de los granadinos que se instalaron en La Mancha (Moreno, 2009, pp. 259‑260). También, porque sitúan al grupo en unos parámetros de riqueza muy similares a los observados en las comunidades moriscas de otras regiones del sur peninsular, tal y como se desprende de lo afirmado en su día por Manuel Fernández Chaves y Rafael Pérez García para Sevilla (2010, p. 134). Así, y al igual a como sucedía en el caso hispalense, todo indica que en Ciudad Real, y frente al modelo cristiano viejo, el de los moriscos era mucho más compacto y homogéneo, siendo el nivel de los 6.000 reales el tope de riqueza que alcanzaban sus hogares, visto que los patrimonios que franquean esa cantidad apenas si son un 10,1% del total de la muestra, mientras que entre los cristianos viejos este porcentaje es del 28,6% del total.
Francisco Javier Moreno Díaz del
Campo. Obradoiro de Historia Moderna, N.º 26, 2017, (45-69)


