CAMARÍN, PUERTA DEL CIELO
Buenas tardes, Madre del Prado.
Buenas tardes a Ti, que no precisas exaltación ni voz, porque llevas siglos sembrando amor en el corazón de Ciudad Real, la de siempre, la leal.
En ese hilo sagrado que nos devuelve al pasado, siempre apareces Tú: Virgen del Prado, raíz de esta tierra, consuelo anhelado.
Generaciones enteras crecieron bajo tu mirada, anduvieron mil caminos y en Ti hallaron la jornada; porque quien parte, vuelve, y quien se pierde, se salva.
No he venido a decir palabras bonitas, he venido a decir verdades.
A hablarte como habla un hijo cuando el alma ya no sabe.
Nos criamos bajo tu mirada. De niños nos alzaban hasta tu Camarín; no sabíamos pedir... pero sí sabíamos sentir.
Allí aprendimos que la fe nunca engaña, que quien se abraza a tu manto jamás camina sin esperanza.
Después llegó la vida, con sus luces y heridas; y todos aprendimos el camino de regreso, porque quien llega llorando siempre vuelve sonriendo.
Solo un ciudarrealeño comprende lo que encierra un "momentín": entrar despacio, guardar silencio, encender una vela y decir simplemente: "Tú ya sabes..." Y basta mirarte para seguir adelante.
Porque tu Camarín no es un lugar cualquiera. Es la Puerta del Cielo abierta en nuestra tierra. Madre del Prado, Patrona y Señora, faro de las Órdenes, Reina protectora. Santiago te veneró, Calatrava te abrazó, Alcántara te rezó y Montesa te ensalzó; cuatro cruces diferentes, un mismo corazón.
La Virgen de las Batallas... así aprendimos a nombrarte.
Porque Alfonso VI buscó en tus ojos la fuerza que no encontraba en los estandartes y esta tierra te pidió, con lágrimas de verdad, que nunca la abandonaras... y aquí te quisiste quedar.
Desde entonces sigues venciendo, aunque callaran los cañones. Hoy tus guerras tienen nombres: la enfermedad, la soledad, el miedo, el dolor, la incertidumbre que aprieta los corazones.
Y allí estás Tú.
Haciendo del amor escudo,
de la esperanza destino,
de la fe nuestro refugio
y de la cruz, camino.
Porque hay batallas, Madre,
que no se ganan con acero,
sino escuchando tu voz
susurrar al mundo entero:
"No tengas miedo...
que Yo camino primero."
Nosotros cruzaremos senderos,
conoceremos inviernos,
tropezaremos mil veces...
pero siempre volveremos.
Porque mientras Ciudad Real duerme,
Tú jamás descansas;
velas nuestras calles,
bendices nuestras casas
y sostienes la esperanza.
Porque en tu Camarín hay una
ventana de amor…
donde nos llevas a tu vera hasta el
Cielo del Señor
SALUDA
Muy buenas tardes.
Excmo Señor alcalde Francisco Cañizares y corporación municipal,
Hermana Mayor de la Ilustre Hermandad de Nuestra Señora la Virgen del Prado Coronada, junto a su Junta de Gobierno.
Hermanos Mayores de las Hermandades de Penitencia y de Gloria; Pandorgo, Dulcinea y Damas; Queridos devotos, familiares, señoras y señores, amigos todos.
Hoy nos encontramos a los pies de quien nos ampara desde siempre, la Virgen del Prado, Madre tierna y Reina gloriosa, luz de nuestra ciudad, refugio de nuestras almas.
Exaltar a María es abrir el corazón, es elevar la voz y dejar que el alma hable, es sentir que cada palabra se convierte en oración, cada mirada en gratitud, cada suspiro en amor.
Permíteme hoy, mi Virgen, Mi Todo, hacerte justicia con palabras, y que mi voz, llegue hasta los corazones de quienes me escuchan.
Con el permiso de la Virgen del Prado, quiero hacer hoy una dulce y entrañable alusión a la festividad de Santa Cristina, que la Iglesia celebra cada 24 de julio.
Y no deja de emocionarme pensar que precisamente hoy haya sido otra Cristina quien haya dado forma a este cartel.
Hay coincidencias tan bonitas que parecen una caricia de la Virgen... y algunas, además, vienen con una sonrisa.
Cristina, gracias.
Gracias por pintar no solo una imagen, sino un latido.
Pero, sobre todo, gracias por hacerlo desde el amor… y desde la vida.
Por eso hoy, Cristina, esta exaltación también es para ti y tu familia. Que la Virgen del Prado os cuide siempre, como tú has sabido honrarla con el arte de tus manos.
Es todo un honor y un orgullo poder compartir este momento contigo, las dos Cristinas, unidas por la fe, la devoción y el amor por nuestra ciudad y nuestra Virgen.
Gracias a la Hermandad de Nuestra
Señora la Virgen del Prado Coronada por confiarme este inmenso regalo.
Soy consciente de la responsabilidad que supone poner voz al amor de todo un pueblo por su Patrona.
Espero hacerlo con humildad, con verdad y con el corazón puesto en Ella.
Juan, amigo mío, nunca olvidaré lo que me dijiste cuando recibí la noticia de este gran reto para mí, se me quedó grabada para siempre:
“La Virgen te está esperando para que la exaltes.”
Y en ese instante lo entendí todo.
Que hay palabras que no se dicen: se quedan viviendo dentro de uno para siempre.
Gracias por mirarme con esa generosidad serena.
Quiero dedicar unas palabras muy especiales a mi gran amigo, periodista, persona de gran corazón y familia para mí, David Centellas.
David, muchas gracias por tus palabras, amigo mío, y sobre todo por darme ese empujón que necesitaba para lanzarme a lo que será, sin duda, una de las tardes que marcarán mi vida para siempre.
Nos une un amor profundo: nuestra Hermandad del Prendimiento, que nos recuerda la entrega de Cristo en cautividad, su paciencia, su fortaleza y ese amor inmenso que nos dejó como ejemplo para siempre; acompañado por la ternura de la Virgen de la Salud, refugio y consuelo de tantos corazones.
Como estas pastas que su bendito manto abraza, que también nuestra vida quede para siempre bajo su protección. Que sigamos caminando juntos.
Quisiera también dedicar unas palabras muy especiales a mi familia, que es mi piedra angular y mi inspiración diaria.
A Fran y a nuestra hija Lucía, gracias por caminar conmigo. Somos una familia pequeña, pero llena de vida, bajo la mirada serena de la Virgen del Prado. Todo lo importante de mi vida empieza y termina en vosotros.
Gracias también a mis padres, a mis hermanas y a mi ahijada-sobrina y Carmen, por su cariño constante.
Pero, con todo mi corazón y con permiso de todos, quiero hacer una mención muy especial a mi madre, Doña Prado Rivera Hernández.
Mamá, tú eres la principal responsable de mi amor profundo a la Virgen del Prado. Fuiste la primera mujer Hermana Mayor de Nuestra Señora, y desde niña me enseñaste a acercarme a Ella, a sentir su ternura, su guía y su amor infinito.
Gracias a mis amigos y a toda la gente de
la Virgen.
Porque ELLA nos ha unido y nos sigue enseñando que la fe es un hilo invisible capaz de enlazar corazones.
Quiero recordar a mis cuatro ángeles de la guarda y fieles devotos de la Virgen del Prado: mis abuelos, María y Paco, y mis tíos, José Luis y Paco, que partió al cielo sabiendo que su sobrina tendría el honor de exaltar a su Virgen.
Hoy sé que están junto a nuestra Morena del Prado, acompañándome con su amor y su protección.
Mi gratitud a quienes me precedieron en este honor y dejaron tan alto el nombre de esta exaltación con su amor hacia Ella. Espero, con humildad, respeto y un poquito de nervios, estar a su altura.
Quiero compartir con vosotros lo que esta declaración de amor a nuestra Virgen significa para mí, de forma íntima y personal. Es un acto escrito con el corazón, el alma y la cabeza, siempre encomendada a Ella mientras lo iba construyendo.
Me alejé veintidós años de mi tierra, pero nunca de Ti. Te llevé conmigo a las sevillanas calle Amor de Dios y plaza del Pozo Santo y después a mi Madrid de Alcalá y Bocángel. Aunque, pensándolo bien, quizá no te llevaba yo: eras Tú quien me llevaba de la mano.
Nací en la calle Infantes. Las campanas de la Catedral marcaron mi infancia y, desde mi ventana, aprendí a mirarte y a rezarte... mucho antes de saber cómo se miraba la hora.
Nos iremos de aquí con el alma llena de emoción y alegría, porque eres nuestra Madre, nuestro orgullo y nuestra guía.
NUESTRA EXALTACIÓN
Voy a imaginar, Madre, que el mundo entero se detiene en un suspiro, que el ruido se va como se apaga una sala en penumbra antes de empezar la película de la vida.
Y entonces solo quedamos Tú y yo, en un plano limpio, sin fondo, sin prisa, como si el tiempo hubiera aprendido a esperar entre tus manos de Madre eterna y serena.
Todo se hace pequeño a tu alrededor, todo se ordena, todo respira distinto, y yo me acerco despacio, sin guion ni artificio, como quien entra en la escena más sagrada del alma.
Y quiero decirte lo que me vive por dentro, lo que no siempre sé poner en palabras.
Hoy Ciudad Real se recoge… como se recoge el telón antes del arte, porque cuando se pronuncia tu nombre, Virgen del Prado, no habla una voz: habla un pueblo entero que arde.
Esta exaltación no es solo mía: es la declaración honda y verdadera de esta tierra, donde cada ciudarrealeño es palabra viva en una historia que contigo nunca se cierra.
Eres el primer fotograma del amanecer y el último fundido lento de cada noche serena; la imagen que no necesita foco para brillar, porque en Ti la luz nunca es ajena.
Dice mi amiga María —y basta mirarla para creerlo— que cuanto más cerca estás entre nosotros, más sonríes. Como si el cielo entendiera el gesto del pueblo.
Y es verdad… porque cuando Tú llegas, no cambia Tu rostro… cambia el nuestro.
Y entonces se entiende todo: lo sagrado no se aleja para ser grande… se acerca para hacerse Madre.
Cuántos amores verdaderos despiertan bajo Tu mirada, como en un lento plano de cine eterno donde el alma vuelve iluminada.
Desde este Prado bendito que pronuncia tu nombre, escenario primero de esta historia sin fin, has sido testigo del pulso de una ciudad entera que aprendió a latir mirándote a Ti.
Generaciones han cruzado Tu mirada serena, como personajes que entran y salen de un mismo momento, y en todos dejaste la misma luz que ordena, una fe que no termina, una esperanza que es aliento.
Eres consuelo en el dolor, refugio cuando la vida se rompe, luz que aparece en mitad del acto y que nunca abandona la escena encendida.
Y yo, Madre, no sé construir grandes discursos, solo sé lo que ocurre cuando te miro en silencio: que el alma encuentra su encuadre perfecto y todo, absolutamente todo, cobra sentido.
Y entonces lo entiendo… no hay final contigo. No hay despedida. No hay oscuridad. Porque Tú eres el principio constante. Y mientras nos mires desde este Prado, Ciudad Real será un único plano de esperanza: sin cortes de miedo, sin rupturas, sin caída, una ciudad en travellling suave hacia la luz.
Tu mirada será fundido limpio hacia la calma, manto de luz cubriendo cada rincón del ser. Y no habrá noche que cierre del todo el acto, ni dolor que no aprenda a renacer.
Caminará la ciudad serena, sin miedo y sin ruptura, porque donde una Madre como Tú vela con ternura, no hay pena que venza al alma ni herida que no se cura; El pueblo nunca camina solo, lo sostiene tu dulzura, y el amor no tiene final… porque en Ti se hace luz que perdura.
HISTORIA DE NUESTRA MORENA DEL PRADO
Corría el año 1600, cuando se aprobaron las primeras ordenanzas de la Cofradía de Nuestra Señora del Prado.
Fue un acto de fe sembrado a mano, una semilla humilde que el tiempo, paciente y fiel, ha hecho crecer sin pausa hasta hoy.
Pero la ciudad ya la veneraba mucho antes. Desde que Villa Real daba sus primeros pasos y el pueblo, aún balbuceante en su historia, descubrió que su corazón encontraba consuelo bajo el amparo de María.
Hay momentos que no envejecen, que no se
archivan en los libros, porque siguen caminando con nosotros.
Uno de ellos fue el 15 de agosto de 1924.
Aquella tarde, cuando la ciudad apenas alcanzaba los veinte mil habitantes, las calles se desbordaron de pueblo y el pueblo se hizo oración.
Miles de ciudarrealeños acompañaron a la Virgen como quien acompaña a su Madre, marcando para siempre nuestra identidad de ciudad mariana.
Fue entonces cuando Ciudad Real se consagró solemnemente a la Virgen del Prado. No para decirle algo nuevo, sino para proclamar en voz alta lo que ya sabíamos por dentro: que somos de ELLA y que ELLA es nuestra MADRE.
Aquel día nació también un canto, el himno a nuestra Virgen del Prado, y con él comenzó la tradición de sacarla en procesión cada 15 de agosto, como quien no se resigna a amar en silencio.
El tiempo siguió andando, y la historia, decidió pararse —otra vez— el 28 de mayo de 1967. Un día que, para mí, ya no es solo fecha: tiene nombre y apellido. Porque un 28 de mayo nació mi madre… y, claro, después de unas cuantas coincidencias más, uno ya no sabe si hablar de casualidades… o de que la Virgen lleva demasiado tiempo escribiendo el guion.
Ese día, la Iglesia coronó pontificalmente a nuestra Virgen en una Plaza Mayor convertida en cielo abierto. No fue solo una corona sobre sus sienes: fue el reconocimiento oficial de un reinado que ya ejercía desde el amor.
Y en medio de aquella solemnidad, un gesto pequeño, casi silencioso, cargado de eternidad y gran familiaridad para mí: el reestreno de los zapatitos del Niño Jesús.
Zapatitos nuevos para Dios hecho Niño, donados por mi tío abuelo, Don Ricardo Rivera Muela cuyas manos dejaron en ese gesto la huella sencilla de un amor heredado.
Yo no coincidí con él en vida, pero mi familia se ha encargado de que no se me note demasiado.
Hoy esos zapatitos son símbolo, camino diminuto que une generaciones, pasos de niño que nos recuerdan que nuestra familia —como tantas otras— ha caminado siempre de la mano de la Virgen del Prado.
Y en mi memoria, como una estampa luminosa, vive también el 22 de mayo de 1988. Yo tenía cinco años cuando la Reina Doña Sofía llegó a Ciudad Real para celebrar el IX Centenario de la Aparición de la Virgen.
Recuerdo cómo me vistieron de manchega, cómo la ciudad entera se volcó y cómo el Parque de Gasset parecía no tener fin.
Las calles sonreían... y yo, con cinco años, estaba convencida de que un traje de manchega convertía a cualquiera en alguien muy importante.
Fue un día en el que Ciudad Real se miró a sí misma y se reconoció hija agradecida de María.
150 años se cumplen ahora desde aquel gesto de historia y de cielo, cuando la Iglesia trazó en esta tierra un obispado de fe y de consuelo.
Obispado de alma prioral,
tierra marcada por cruz y destino,
donde la gracia escribió su evangelio
sobre la huella de cuatro caminos.
Santiago, voz de la ruta y del alba,
espada y abrazo del peregrino;
Calatrava, firme en su llama de hierro,
custodia antigua del fiel castellano;
Alcántara, silencio que guarda la frontera
como un vigía de luz y de hermano;
y Montesa, flor de la Corona aragonesa,
fuego templado en su entrega de mano.
Cuatro órdenes, cuatro latidos,
cuatro fuegos de fe encendida,
cuatro caminos, firmes, ungidos,
que dieron a la Mancha luz de vida.
¡Cuatro columnas de fe verdadera,
que aún hoy sostienen nuestra
bandera!
STABAT MATER
Toda esta exaltación podría resumirse en una sola palabra. Una palabra sencilla, inmensa, eterna. La palabra que cambió la historia: Madre.
No es un título. No es una costumbre. Es el mayor regalo que Cristo dejó al mundo.
Porque María no aprendió a ser Madre en Belén. Aprendió a ser Madre para siempre al pie de la Cruz.
Allí nació el Stabat Mater.
La Madre estaba.
No corría.
No preguntaba.
No protestaba.
No comprendía muchas cosas...
pero ELLA ahí estaba…
Mientras todos huían,
Ella permanecía.
Mientras el dolor lo oscurecía todo,
Ella seguía de pie.
Porque el amor de una madre
no sabe marcharse.
Y quizá ahí esté la grandeza de María.
No solo en haber dicho "sí" al
ángel,
sino en seguir diciendo "sí"
cuando todo parecía perdido.
Ese es el verdadero Stabat Mater.
No es solo una escena del Evangelio.
Es una forma de amar.
Permanecer.
Sostener.
Esperar.
Creer.
Seguir abrazando cuando el corazón se rompe.
Y entonces ocurrió lo imposible.
Desde la Cruz, Cristo miró a Juan.
Y al mirarlo, nos miró a todos.
"Ahí tienes a tu Madre."
Desde aquel instante, la maternidad de María dejó de pertenecer únicamente a Jesús. Se hizo nuestra. Se hizo Madre de un pueblo entero.
Se hizo del anciano que reza, del niño que empieza, de quien ríe, de quien llora, de quien vuelve y de quien nunca se fue.
Por eso, Virgen del Prado, cuando acudimos a Ti, no buscamos un milagro.
Buscamos una Madre.
Porque sabemos que quien permanece al pie de todas las cruces jamás abandona a ninguno de sus hijos.
Enséñanos también a nosotros a permanecer.
A sostener.
A esperar.
A amar.
Y cuando llegue nuestra cruz, quédate,
Madre, como permaneciste al pie de la de tu Hijo: firme cuando todo vacila,
serena cuando todo se rompe, abrazándonos en silencio.
Aprender de Ti, Virgen del Prado, es aprender a permanecer.
Permanecer cuando la vida sonríe… y también cuando duele.
Permanecer en la alegría del quince y veintidós de agosto y en el silencio de cualquier día.
Permanecer cuando las campanas repican y cuando solo el corazón sabe rezar.
Porque igual que Tú no abandonaste jamás a tu Hijo, tampoco un hijo debería apartarse nunca de su Madre.
Que nunca nos falte el valor de llegar
hasta tu Camarín con fervor, de buscar tu mirada en la penumbra encendida, de
encender una vela que abrace la vida… y de quedarnos, sin miedo, junto a tu
amor.
Porque donde permanece una Madre, la esperanza nunca muere… y el amor siempre vence.
Ese es también nuestro Stabat Mater.
VOLVER
Porque también existen los tesoros que un día se pierden y no desaparecen: esperan.
Joyas que fueron arrancadas del tiempo, incautadas en la herida de una guerra, dadas por perdidas como se da por perdido lo que duele demasiado recordar.
Pero ninguna joya entregada a la Virgen acepta el olvido como destino.
Durante décadas, las joyas del Prado durmieron en vitrinas silenciosas, confundidas entre inventarios fríos, como corazones que laten sin que nadie les ponga nombre.
Hasta que unas miradas atentas —la de Rubén Sánchez y la de Alfonso Doblado— las reconoció no por su brillo, sino por su memoria.
Y entonces ocurrió lo imposible: lo perdido volvió a saberse del Prado. Rosas de pecho de oro y aljófares, águilas bicéfalas, colgantes, pendientes, medallones, joyas que la Virgen ya había llevado en su historia —como atestiguan las fotografías antiguas como la de Jean Poujade(Yan Puyad) en 1866— que fueron identificadas en el Museo Nacional de Artes Decorativas de Madrid.
Joyas incautadas en 1936, joyas dadas por ausentes, joyas que hoy sabemos que nunca se fueron del todo, porque quien pertenece al Prado, siempre encuentra el camino de regreso.
Y aquí nace el paralelismo. Porque esas joyas… somos nosotros.
Somos los que un día tuvimos que marcharnos, los que hemos vivido, y viven todavía, lejos de Ciudad Real por trabajo, por vida, por necesidad.
Como aquellas piezas, también nosotros
estuvimos lejos, también nosotros fuimos dados por ausentes, pero nunca dejamos
de pertenecer.
La Virgen del Prado no pierde lo que ama. Lo guarda. Y cuando llega el día, lo devuelve a casa.
Viví fuera de Ciudad Real, pero nunca lejos de Ti. Cambiaron calles, cambió el perfil, pero volvió siempre mi camino a Ti…
¡y donde Tú estás, Madre, ¡está mi vivir!
MADRE
Y quizá ahora comprendo el sentido de tantos caminos, de tantos regresos, de tantas alegrías… y también de tantas heridas. Porque toda mi vida me ha conducido hasta la Virgen del Prado para comprender, por fin, qué significa ser madre.
Hoy alzo la voz sabiendo que no hablo solo por mí. La alzó como mujer, como hija… y como madre.
Porque hoy, por primera vez, una mujer pone palabras a la exaltación de la Virgen del Prado. Y no es casualidad: es providencia.
Desde el principio, Dios quiso confiar la
vida a las manos de una mujer.
En la Biblia, una madre no es solo quien da la vida; es refugio, esperanza y presencia que nunca abandona.
Y esa maternidad alcanza su plenitud en María: Madre silenciosa, Madre firme, Madre que permanece de pie cuando todo parece derrumbarse.
Por eso hoy quiero mirar a las madres.
A las que sostenéis un hogar sin hacer ruido. A las que rezáis cuando ya no quedan fuerzas.
A las que os rompéis por dentro para que vuestros hijos nunca se rompan.
Porque ser madre es amar sin medida, vivir con el corazón fuera del pecho y aprender a rezar incluso en silencio.
Y la Virgen del Prado lo sabe. Porque camina junto a cada madre de Ciudad Real.
Yo lo vi en los ojos de una amiga de la
infancia. Una tarde llegó hasta el Prado con el alma encogida. Acababan de
diagnosticar una enfermedad a su hija. No hacía falta escuchar su oración.
Rezaban sus lágrimas. Rezaba su silencio. Rezaba su esperanza.
Y el milagro llegó.
La vida volvió a abrirse paso.
Aquella madre regresó al Prado para dar gracias, porque cuando una madre reza, el cielo parece escuchar más cerca.
Mi abuela María también conoció ese misterio. En la calle Camarín dio a luz a sus cinco hijos, a la sombra de nuestra Virgen.
Cinco vidas nacieron bajo la misma mirada, como si el Prado velara cada primer llanto… Aquella calle fue cuna… fue Camarín sagrado, entre tierra y cielo… entre lo humano… y lo santo…
Porque toda mi vida me ha conducido hasta la Virgen del Prado para comprender, por fin, qué significa ser Madre…
¡y en Tu mirada lo he comprendido… y el
alma te llama, Madre!
NUESTRA TRADICIÓN, NUESTROS ORÍGENES
A Ti se te empieza a cantar cuando mayo todavía está despertando.
En el silencio tibio del camarín, brotan los Mayos como una oración antigua que no conoce el olvido.
Así crecí, entendiendo sin que nadie me lo explicara que mayo no empieza en la calle ni en los calendarios, sino en el corazón que te nombra primero. Que el primer canto del mes no pertenece al ruido de la vida, sino a la ternura de la Madre que lo sostiene.
Luego llega julio y el calor se hace
encuentro.
La limoná no nació para el ruido, sino para la mesa compartida. Agua, limón, vino y azúcar: lo humilde que se une para hacerse pueblo.
Lo que se brinda nos une, lo que se comparte nos congrega; y en esa mesa común, la Virgen del Prado nos reúne y nos cobija.
Porque su devoción no es distancia solemne, sino cercanía sencilla: como una jarra siempre dispuesta, siempre llena de alegría.
Y al día siguiente, la Pandorga estalla como un latido colectivo: la tradición se viste de fiesta, pero el corazón permanece antiguo. Madre, estás presidiendo.
La Pandorga es el alma manchega saliendo a la calle. No nace del espectáculo, sino de la gratitud. Es el campo haciéndose gesto, la cosecha volviéndose ofrenda, el trabajo del año elevado a símbolo. Y en el centro de todo, como desde siempre, Ella, la Virgen del Prado.
Desde niña aprendí que ofrendar flores no era un juego. Era un acto serio, casi sagrado. La mano pequeña sosteniendo el ramo enseñado por manos mayores. Padres a hijos. Abuelos a nietos. La tradición no se explica: se vive. Y así, generación tras generación, la Pandorga ha ido pasando como una herencia invisible que nadie quiere perder.
La tierra da su fruto,
el pueblo su mejor flor;
la Pandorga tiene destino:
ofrecerte fe y amor.
Porque toda música acaba en tu
nombre,
toda ofrenda llega a Ti,
y toda la Mancha comprende
que la Pandorga nació para Ti.
Agosto se acerca con paso solemne. Y entonces sucede. Víspera de San Lorenzo, a la puesta del sol, bajan a la Patrona al altar mayor. Las campanas lo anuncian, como si el cielo llamara a la tierra.
Y en ese instante sagrado, cuando todo estaba a punto de suceder, pienso en Goyo, el sacristán de la Catedral, que hoy ya habita el cielo.
Él era guardián de llaves y de silencios, custodio humilde de lo que no se ve.
Siempre estaba allí, fiel como el reloj del alma, esperando el momento exacto para abrir la cancela. Y cuando lo hacía, no abría solo una puerta: abría el camino al encuentro.
Gracias a él podíamos pasar, sin miedo y sin frontera, acercarnos a mirarte de frente, de luz verdadera, cuando ya estabas abajo, tan cerca que el alma ardía, tan cerca que la emoción se volvía dulce agonía.
Hoy, cuando las campanas anuncian
tu bajada serena, sé que es él quien desde arriba la cancela nos abre sin pena,
para que nunca se cierre el camino que a Ti nos lleva, ni falte ese acceso
eterno que tu cercanía renueva.
15 de AGOSTO
Madre del Prado:
Te escribo cuando agosto ya huele a víspera.
El día 13 se asoma y Ciudad Real comienza a latir distinto. Antes de que el sol caiga, llega la caravana blanca. Los llevan a verte, Madre, como quien regresa a casa. Y cuando te miran, el tiempo se arrodilla. Sus manos tiemblan, pero su fe permanece intacta. Tú los esperas, como siempre, sin prisa.
El día 14 empieza a caer y llegan ellos: los peregrinos. Desde pueblos cercanos, desde caminos polvorientos, desde la promesa cumplida. No importa el calor ni los kilómetros. Caminan juntos, comparten agua, palabras, silencios. Por la noche, bajo el cielo de agosto, se cuentan la vida y la fe. Y tu nombre, Madre, se repite como un refugio.
Amanece el día 15.
A las seis de la mañana suenan las
campanas. Esas campanas que me han despertado desde niña y que nunca me han
molestado, porque siempre me anunciaron que era día grande en casa. Misas que
se suceden como un río constante, hasta llegar al mediodía.
Todo se mezcla. La fe, la familia, la gratitud. En el Prado suena la música, hay encuentros, hay abrazos. Y se homenajea a las mujeres que llevan tunombre, Prado, palabra que es vida, descanso, origen y promesa. Como Tú.
Por la tarde, Madre, ya está todo dispuesto.
Mis recuerdos comienzan con La voz de Antonio Lizcano organizando el pulso del momento. Las velas se encienden. Las medallas brillan como pequeñas historias colgadas del pecho. Cruzamos el umbral del templo y, como siempre, lo primero es verte la cara. Mirarte. Reconocerte. La foto contigo, rodeada de los míos, de mis amigos, de los que quiero. Porque contigo todo se vuelve eterno.
Siempre pienso en la tarde del 15 de agosto y entonces los veo a ellos.
Veo a mis abuelos en su silla de enea, esperando en la calle Azucena. Allí aprendí que la fe no se explica: se hereda en la espera, se aprende en la mirada y se hace eterna al verte pasar.
Junto a ellos, la familia Galiano, unidos desde que nuestras abuelas, siendo niñas, aprendieron juntas a leer… y a mirarte. Porque hay amistades que nacen en la infancia y la Virgen del Prado bendice para siempre.
Y hablando de infancia, pienso en Manuel y Lucía: sus bisabuelas compartieron pupitre, juegos y oración… y hoy, cuatro generaciones después, la historia vuelve a escribirse bajo tu bendición.
Lucía y Manuel… va por vosotros: por crecer entre procesión e ilusión, entre hermandades y devoción; aprendiendo que la fe se hereda sin final, de corazón en corazón… generación tras generación.
Comienza la procesión.
La gente de la Virgen camina a mi lado. Nadie es extraño. Todos nos entendemos sin hablar. Al llegar al Paseo del Prado voy a buscarte… y en el camino me encuentro con tu gente. Los de siempre. Los que no fallan.
Hacemos juntos el paseíllo de regreso,
entre miradas que no necesitan palabras: amor eterno, amistad eterna, fe
compartida.
Y así, Madre del Prado, cuando cae la tarde y el aire se vuelve promesa, en el Paseo del Prado, junto al histórico Casino de Ciudad Real, tu pueblo se convierte en escolta y latido. No te acompañamos: nos dejamos llevar contigo, paso a paso, hasta devolverte a tu casa eterna, la Catedral de Santa María del Prado, donde descansa la fe de generaciones enteras.
---------------------------------------(Seguidilla Mazantini)
Mazantini alza su seguidilla con devoción,
guardianes de la memoria y de la tradición; no cantan… te hablan, Madre de La
Mancha, con el idioma antiguo que nace del corazón.
Son tus pestañas manojo de alfileres… Cada pestaña es espiga dorada, cada mirada un surco donde germina la esperanza.
Cada vez que me miras, tú me las clavas… esa lanza de ternura que no sangra, esa caricia honda que nos deja marcados de fe.
Y sigue mirando, que, aunque mucho me mires, no me hacen daño… porque tus ojos son refugio, porque tu mirada es descanso.
Te acompañamos hasta cruzar la puerta del templo. El cielo se abre en fuegos artificiales. La pólvora huele a despedida y a promesa. Dentro, suenan los acordes de nuestro rezo más hondo. Llegas al altar. Te espera tu himno.
Santa María del Prado,
Reina de Ciudad Real…
Nos vamos con la alegría intacta…
porque volveremos a Ti. Tú no pasas: luz que no se apaga, abrazo que llevamos
siempre en Ti.
22 de AGOSTO
Amanece el 22 de agosto.
Hoy sale la Virgen y Ciudad Real se vuelve jardín. Jardín de nardos blancos, de nardos encendidos, de nardos que perfuman el día como si el cielo hubiera derramado su aliento sobre la tierra.
¿No es acaso así también este 22 de agosto? Breve, intenso, fragante de emoción. Un día que florece para despedirla.
Porque El Prado respira incienso de verano. Respira nardos. Respira promesas.
Y hay una verdad que el pueblo aprende sin decirla: el nardo no se entrega del todo bajo el sol. Espera. Calla. Se guarda. Como si entendiera que lo sagrado no se impone, se revela.
Mientras otras flores se abren al día, él elige la penumbra para decir su secreto. Su perfume no irrumpe: se acerca despacio, como una presencia que no necesita anunciarse para llenarlo todo.
Y acaso por eso el nardo se parece tanto a la Virgen del Prado. Porque también Ella no se impone: acompaña, en silencio al lado. No deslumbra de golpe: permanece serena en lo sagrado, y en esa cercanía humilde el pueblo la siente a su lado.
Blancos como promesa recién nacida, largos como la espera confiada de toda una vida.
Y mientras el sol se inclina lentamente
hacia la tarde, la ciudad se vuelve a preparar. Las manos se afanan, las
miradas se buscan, los corazones repiten un mismo latido:
Hoy sale la Virgen.
A las ocho… cuando el reloj abre la puerta del crepúsculo, las calles se vuelven río de devoción. Y ella, Madre del Prado, avanza como luna que camina entre su pueblo.
¿Quién puede nombrar ese temblor cuando pasa y no volverá igual hasta el año que viene? ¿Quién puede medir el milagro de tenerla tan cerca?
La agarran con manos firmes, con almas temblorosas, porque saben que cada paso es un segundo menos, cada paso… un latido que se escapa.
Y entre el silencio que nace cuando pasa, suben al cielo las plegarias.
Por los que están. Por los que faltan. Por la salud que imploramos a raudales. Por el año incierto que comienza tras su marcha.
En el balcón del cielo, blanco como un mar de nardos, sé que hoy también se asoman ellas. María, Catalina, Clara, Rufina, Angelita, Amparo, Rosa, Adriana, Mari Carmen, Paqui y mi querida Josefa Parrado: abuelas, madres, maestras de vida.
Allí, junto a la Virgen del Prado, como testigos únicos, contemplan la procesión de este 22 de agosto. Porque si hoy nuestro pueblo sabe rezarte, quererte y esperarte cada agosto… es porque antes hubo madres que nos enseñaron a amarte.
La procesión continúa, lenta como una despedida que no quiere pronunciarse.
Hasta que llega el momento. Ese instante que pesa más que la noche y más que el propio silencio de la plaza.
La cancela.
Fría en el hierro, antigua en la memoria, firme como esas fronteras invisibles que la vida levanta entre lo que amamos y aquello que debemos dejar marchar.
Allí sus hijos se agarran a ella con las dos manos, como quien intenta detener el tiempo, como quien busca sujetarse no a un metal, sino a los últimos latidos de la Virgen en la calle, corazones vencidos ante la certeza de la despedida.
Y entonces la cancela deja de ser cancela.
Se convierte en frontera y refugio. En herida y esperanza. En el último puerto antes de que la Reina del Prado regrese al silencio de su camarín.
En esos hierros antiguos habita también la emoción serena de la espera, esa incertidumbre luminosa que acompaña a la vida y que hace todavía más valioso el reencuentro.
Ella entra… y la ciudad se queda fuera.
¿De verdad se ha ido? ¿De verdad falta un año para volver a verla así, tan cerca? ¿De verdad el tiempo puede ser tan largo?
Pero el aire aún guarda su perfume. Los nardos aún hablan de ella.
Y entonces entendemos: igual que el nardo deja su fragancia cuando muere, ella deja su luz cuando se queda, deja su luz cuando el Prado guarda su silencio.
Hasta el próximo 15 de agosto.
Porque, aunque se cierren las puertas, aunque la noche caiga y la ciudad enmudezca, y el silencio se adueñe de las calles… la ciudad seguirá oliendo a nardos, aunque amanezca.
Porque quien deja fragancia en el
alma no se va… se queda, y siempre, siempre, el regreso hacia Ti nos espera.
ELLA LO GUIA TODO
Abrazando a la Morena del Prado se aprende que todo tiene una explicación, que todo sucede por algo, porque en su presencia hasta lo incomprensible se serena y adquiere sentido, y lo disperso halla su armonía.
Exprimir la vida quiero, llenándola de momentos y vivencias que, como ríos desbordados, van a morir en tus manos, Madre, donde todo se aquieta y cobra sentido; amándote sin demandar, amándote sin pedir nada, amándote sin desbordar.
Exprimir la vida quiero, llenándola de experiencias que laten al compás de tu latido antiguo y eterno; es un logro seguir en esas, levantándonos en cada caída, como quien escucha en lo hondo que nada es en vano si pasa por ti, demostrando que somos valientes con la fe y determinación de quien sabe que incluso la herida florece cuando tú la nombras.
Porque Tú, Señora del Prado, faro de todo cristiano, guiaste los pasos de Vicente Hondarza con amor soberano.
Hijo de Fernán Caballero, tan cercano a mi familia, a la calle Camarín y a tu manto, refugio de toda dicha.
Hoy, cuarenta y tres años después de su martirio, su ejemplo permanece vivo, porque quien sigue tus pasos, jamás conoce el ocaso… ni se pierde en el olvido.
Y en ti nos confiamos, sin temor y sin desvelo, para que nunca nos sueltes, ni en la sombra ni en el duelo. Que, si caemos, nos levantes… y si dudamos, seas consuelo, y vivamos siempre asidos a tu Prado del cielo.
BUENAS NOCHES, MADRE DEL PRADO
Buenas noches, Madre del Prado,
Llega la hora en que esta voz se recoge en
silencio y se hace carta del alma, y al mirar atrás descubro siempre Tu mirada,
siempre cercana.
Te hablo desde el Camarín y desde esta tierra que te nombra con fe y esperanza, arriba y abajo eres la misma: Reina y raíz que todo lo alcanza.
Y cuando la vida pesa y el mundo pierde el compás, resuena Sonrisas y Lágrimas como un eco de eternidad:
"Sube cada montaña..."
Y como el Edelweiss- Édel-váis que florece
en silencio sobre la roca, así crece la fe bajo tu mirada, firme y blanca
contra el viento. Porque siempre existe una cima para quien no deja de rezar.
Y aprendí también, Madre, viendo
Casablanca, que amar de verdad es quedarse, aunque duela; entregarse, aunque el
corazón proteste un poquito. Dicen que siempre nos quedará París… pero, siendo
sinceros, nosotros preferimos que siempre nos quedes Tú.
Y cuando la noche aprieta y la tristeza
parece eterna, llega La vida es bella para recordarnos que incluso en la
oscuridad el amor puede salvarlo todo.
DESPEDIDA
Se encienden las madrugadas cuando tu nombre va en vuelo, por calles de historia viva y corazones en desvelo.
Y mírate, Madre del Prado, coronando este suelo, vestida de cielo y aurora, bajo un sol hecho de cielo.
Hoy dejo mi vida rendida a tus plantas: mis luchas, mis desvelos y todas mis lágrimas. Porque el amor de una madre, callado y profundo, como el tuyo, Virgen mía, sostiene el mundo.
Y así concluye esta misión de exaltarte, que nunca fue mía, sino tuya, porque tú pusiste voz donde había temblor y encendiste llama donde sólo había silencio.
La que hace novecientos treinta y ocho años descendió sobre el Prado eterno y callado; la que dejó en la hierba su fulgor soberano y volvió sagrado el polvo castellano.
La que me vio correr de niña por el Prado, jugando entre el albero dorado; la que me enseñó, sin palabras y despacio, que toda infancia feliz tiene un pedacito de cielo a tu lado.
La que abrió caminos imposibles cuando todo parecía perdido; la que el 7 de junio de 2026 nos llevó hasta Pedro, hasta León XIV, por Ti desde siempre previsto.
La que me permitió entender un poco mejor cómo amas Tú; la que me convirtió en madre.
La gran protagonista, desde el primer fotograma, de la película de mi vida.
Y ahora sí… termina la voz, pero no el latido; calla la exaltación, pero no el suspiro; se apaga el instante… pero no tu brillo.
Y con el alma encendida, con el corazón rendido, con mi vida entre tus manos, digo…
¡VIVA LA VIRGEN DEL PRADO!
He dicho
Cristina María Ramos Rivera















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