A falta de una biografía en particular, esta vez es la piedra del dintel de entrada de la casa del inquisidor general de Ciudad Real la que les habla desde un viejo almacén de derribos.
En cabeza iban los impostores, seguidos por los blasfemos, los bígamos, los hechiceros, los judaizantes y los herejes. Cabizbajos todos, unos era escoltados mientras que otros que apenas se mantenían en pie eran sostenidos por los mismos frailes que la noche anterior se habían encargado de prepararles para la ocasión.
Excepto los arrepentidos prácticamente todos llevaban las manos atadas con unas cuerdas que se cruzaban sobre sus pechos. Iban vestidos con sayos de colores según el delito y casi todos llevaban sus testas tocadas con sambenitos. Para mayor humillación, los relajados llevaban las llamas del infierno reflejadas en ellos, los reconciliados un aspa y los abjurados dos; una por delante y otra por detrás. Los que parecían más derrengados eran los que vestían de amarillo sentenciados en su mayoría a muerte. Les seguían los funcionarios, los familiares y cerrando la fila iban los inquisidores.
Para que se ubiquen les diré que la casa de la Inquisición a la que pertenecí se mantuvo en pie durante más de cinco siglos de historia hasta que hace veinticinco años la demolieron en la actual calle Libertad.
Mirando aún un poco más atrás en el tiempo, fue por el año de 1483 de nuestro Señor cuando llegaron al zaguán los primeros jueces. Aquel tribunal del Santo Oficio estaría formado por el Licenciado Pedro Díaz de Costana, el Canónigo de Burgos y D. Francisco Sánchez de la Fuente. Ellos mismos designaron a los secretarios, fiscales, notarios, alguaciles y comisarios que les ayudarían a perseguir, detener y dar fe de todo tipo de delitos en general y a los apóstatas en particular.
A parte de los delitos comunes que se juzgaban, a menudo entraban delatores que venían a informar sobre algún vecino o conocido que habiéndose convertido al cristianismo seguía practicando el judaísmo en secreto.
Durante el par de años que este tribunal
trabajó, cuarenta y cuatro personas fueron condenadas a ser quemadas en la
hoguera y otras trescientas setenta y siete a otras penas como la de azotes,
presidio, destierro, confiscación de todos sus bienes o la excomunión. Por no
mencionar a los ciento ochenta y tres que, habiendo sido denunciados, una vez
investigados fueron indultados por no encontrar pruebas de sus delitos.
Así fue como los jueces de la Santa inquisición después de dos años ejerciendo sus funciones decidieron pedir a sus superiores el traslado del tribunal de Ciudad de Real a Toledo al considerar muy pocos los condenados y muchos los falsos denunciados. La Inquisición General al comparar estos números con los del resto de los tribunales inquisitoriales no tardó en darse cuenta de la condición de buenos cristianos de las almas de nuestros habitantes y aceptó la proposición en mayo de 1485. Desde ese momento fue allí donde se juzgaron los pocos casos que surgieron por estos lares. El tribunal de Toledo permaneció activo hasta la abolición del santo Oficio en 1824.
Hoy 529 años después, les hago llegar en castellano moderno, el extracto de un proceso inquisitorial acontecido en Ciudad Real 6 de septiembre de 1484. Es curioso ante todo por delatar a dos personas ya fallecidas, el judío converso Juan González Escogido y su mujer.
«Muy Reverendos é virtuosos señores:
Yo Ferrand Rodríguez del Barco, capellán del Rey nuestro señor promotor fiscal de la santa Inquisición, acuso ante vuestra Reverencias a Juan Gonzales Escogido y a su mujer ya difuntos, los cuales sin temor de Dios e injuriando y menospreciando nuestra Santa fe Católica. Vivieron estos como cristianos gozando de los privilegios, exenciones e inmunidades que a tales personas se les concede y sin embargo Judaizaron y apostataron guardando la ley de Moisés y sus ritos y ceremonias en los casos siguientes:
Leyendo oraciones judaicas a otras personas
Encendiendo y mandando encender candiles limpios el viernes temprano para honrar el sábado y cumplir dicha ley
Guisando el viernes para no tener que hacerlo el sábado, así como vistiendo sus ropas limpias y de fiesta este mismo día.
Matando carne con la ceremonia judaica para ellos y para muchos otros conversos.
Consolando y confesando a los enfermos en artículo de muerte según los judíos
Quebrantando las fiestas y los domingos que la madre Santa iglesia manda guardar.
Por ello os pido y requiero, Reverendos señores, que pues los dichos Juan González Escogido y su mujer por lo cual incurrieron en la confiscación y perdimiento de todos sus bienes y en sentencias de excomunión mayor y otras censuras por los sacros cánones que los declaréis herejes mandándolos desenterrar donde quiera que estuviesen sus cuerpos y quemarlos a ellos y a sus huesos».



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