Resumen. La historiografía ha demostrado que en las sociedades preindustriales el proceso de constitución de una nueva familia no solo llevaba aparejadas connotaciones de tipo biológico y social, sino también de orden económico y cultural. El estudio de los contratos matrimoniales otorgados ante notario por moriscos y cristianos viejos permite al autor analizar la configuración de las haciendas de los miembros de uno y otro colectivo. De igual manera, presta especial atención al análisis de la estructura y formación del ajuar femenino, pues es aquí donde se observan más diferencias en el plano cultural. Se pretende así poner de relieve la importancia del hogar como un espacio construido desde lo material, aspecto que en el caso de los moriscos conducirá a tratar tanto su proceso de adaptación a los usos sociales y culturales de los cristianos viejos como el mantenimiento de su herencia islámica.
Palabras clave: Cultura material, moriscos, Castilla, siglos XVI-XVII, protocolos notariales.
Cristianos viejos y moriscos compartieron
un mismo espacio económico en la Castilla de finales del siglo XVI. Sin
embargo, aún no está claro que ambos colectivos participasen de idénticas
formas de hacer frente a los retos de su tiempo. De igual manera, resulta
evidente que apenas si rivalizaron a la hora de ocupar mercados y que los
nichos económicos de unos y otros estuvieron muy definidos, algo a lo que ayudó
una coyuntura aún en expansión por aquellas fechas. Las informaciones
disponibles sobre ellos nos hablan de la existencia de lugares comunes, de
metas compartidas y de problemas similares, pero también de conductas dispares,
incluso si se tiene en cuenta que éstas últimas cambiaron gradualmente como
consecuencia de la integración de la minoría morisca en la estructura
productiva y de consumo de la sociedad cristiano vieja. Es precisamente este
aspecto lo que convierte tanto al espacio geográfico castellano como a los
propios cristianos nuevos en ejes articuladores del incipiente campo de trabajo
que analiza la economía doméstica de las minorías sociorreligiosas peninsulares
y que, por extensión, realiza un examen comparado de la conducta mostrada por
los diferentes grupos de población de la España interior durante la primera
edad moderna.
El recurso a esta documentación y el comentado enfoque han supuesto un estímulo para la particular historia de los moriscos, pues han permitido profundizar en su caracterización socioeconómica y en su definición como colectivo, contribuyendo de este modo a ensanchar las posibilidades de un campo de estudios que hace apenas un par de lustros se consideraba casi cerrado (Soria y Otero, 2010, p. 1). Los avances han sido manifiestos en todo lo que tiene que ver con el desempeño de las actividades socioprofesionales, con la imbricación de los propios moriscos en los circuitos productivos controlados por sus vecinos cristiano-viejos y, desde una óptica interna, con el surgimiento y paulatina consolidación de lo que podría definirse como una élite morisca (Pérez García y Fernández Chaves, 2015, pp. 148‑150). A pesar de ello, el análisis de su vida cotidiana adolece de importantes lagunas cronológicas y espaciales; tantas, que apenas si es capaz de responder a las cuestiones básicas que los investigadores se plantean en relación al modo de actuar de la propia minoría, sobre todo si lo que se pretende es establecer cauces de comparación con la conducta desplegada por los cristianos viejos.
Los primeros trabajos sobre la cultura
material morisca se deben a Carmen Bernis (1959) y Rachel Arié (1965‑1966). Sus
investigaciones tomaban como base la información aparecida en textos
literarios, crónicas, relaciones de corte y libros de viaje. Se aprovechaban
también de los recursos iconográficos —siguiendo en esto la línea abierta por
Julio Caro Baroja (1957)—, al prestar una atención preferente al vestuario de
los moriscos granadinos. Al reino de Granada se dedicaron las investigaciones
que, por aquellos años y desde entonces, publicó Juan Martínez Ruiz (1967,
1972, 1988), continuadas luego por Joaquina Albarracín Navarro (1990, 1995,
1997) y Ana Labarta (1983), ésta última en el reino de Valencia. Todos estos trabajos
poseen en un enfoque que podría definirse como filológico-antropológico, ocupado
en indagar el origen de los útiles, ropas, muebles y demás objetos de los hogares
de los antiguos musulmanes de la Península Ibérica, de fijar sus más que evidentes
raíces islámicas y de poner el acento en todo lo que, por ser propio de aquella
cultura, la ligara con el mundo norteafricano. No obstante, y dejando al margen
estos aspectos, si por algo merecen ser mencionados estos autores es por haber sido
los primeros en utilizar en el estudio de los enseres cotidianos de la minoría morisca
las escrituras notariales, y más concretamente las cartas de dote. Fueron ellos
quienes hicieron que los historiadores comenzasen a prestar interés a este tipo
de fuente. Nacía así un nuevo enfoque en el estudio de la realidad morisca, el
cual sólo suscitaría el interés de los investigadores a partir del momento en
que se intentó acceder a un mejor y más profundo conocimiento de las
características económicas de este grupo converso, en especial tras la guerra
de las Alpujarras. A este esfuerzo contribuyó la preocupación que dichos
investigadores mostraron por la historia de la familia y, sobre todo, por la
reciente aplicación al campo de lo morisco de los métodos desarrollados por los
historiadores de la cultura material y la vida cotidiana, todo lo cual ha
derivado en la publicación de una creciente nómina de trabajos que, poco a
poco, va cubriendo los territorios del sur y este peninsular. Son de destacar, por
ejemplo, las aportaciones de Margarita Birriel para el reino de Granada (1995, 2002),
la interesantísima comparación que Manuel Fernández Chaves y Rafael Pérez
García realizan entre este último reino y la Sevilla posterior a 1570 (2010),
así como las contribuciones de Israel Lasmarías Ponz para Aragón (2007, 2013).
Frente a esta serie de aportaciones, la economía doméstica de las comunidades moriscas del centro de la península ha sido tratada con desigual suerte. Poco se sabe de los antiguos mudéjares si no es a través de la información que proporciona el manejo de algún que otro secuestro inquisitorial. Por su parte, y en relación a los granadinos llegados a Castilla después de 1571, el tema ha sido abordado desde la década de 1990 partiendo de puntos de vista diferentes y mediante el empleo de una documentación mucho más dispar (Tapia, 1991; García, 1992 y 2009; Magán y Sánchez, 1993; Gómez, 2000; Moreno, 2009). A día de hoy, la cultura material parece haberse convertido en epicentro de trabajos más específicos (Lomas, 2011; Moreno, 2015a y 2015b), a pesar de lo cual debe afrontar todavía dos importantes retos: a) el estudio comparado con respecto a lo observado en otros territorios, y b) el análisis diferenciado de los comportamientos de moriscos y cristianos viejos, aspecto éste último que será abordado a continuación tomando como referencia el caso concreto de Ciudad Real. Para ello, se parte del examen de las escrituras matrimoniales otorgadas en el curso de los cuarenta años que la minoría morisca residió en la ciudad. Su contenido, su valoración y el modo en que fue empleado este instrumento legal han permitido analizar en profundidad los ajuares domésticos, allí donde, y ante la imposibilidad de disponer de bienes de mayor envergadura, los moriscos volcaron gran parte de las estrategias que pusieron en marcha para transmitir los patrimonios familiares (Císcar, 2009, p. 67).
Francisco Javier Moreno Díaz del
Campo. Obradoiro de Historia Moderna, N.º 26, 2017, (45-69)
(I) Este trabajo ha
sido realizado gracias a la ayuda concedida al proyecto de investigación
«Cultura material y vida cotidiana de los moriscos de Castilla: adaptaciones y
pervivencias tras la Guerra de las Alpujarras (1570‑1610)», por el Centro de
Estudios Mudéjares del Instituto de Estudios Turolenses.
Igualmente forma parte del proyecto de investigación «La Monarquía Hispánica y las minorías: agentes, estrategias y espacios de negociación (Ref.: HAR2015‑70147-R).


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