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sábado, 4 de abril de 2015

LA SEMANA SANTA DE 1915 EN LA REVISTA VIDA MANCHEGA



La revista “Vida Manchega” publicó en el año 1915 en sus números 134 y 135, diferentes imágenes de cómo se celebró en nuestra ciudad la Semana Santa de hace ya un siglo. A continuación reproduzco las imágenes publicadas por el valor histórico que tienen.

En el número 134 de la revista, en la página 9 aparecen dos fotografías relacionadas con la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno. La del Canónigo de la Catedral de Orihuela, M. I. Sr. D. Gaspar Archent, que fue el predicador de la Función del Domingo de Pasión, y de la desaparecida imagen de su titular, anunciando en el pie de foto el estreno de un nuevo paso para la imagen por suscripción popular.


La portada del número 135 del sábado 10 de abril, nos trae a la portada la imagen de Jesús Nazareno ya en su nuevo paso realizado por escultor Zapater, año en el cual la hermandad impuso la túnica para todos los hermanos varones que acompañaran a Jesús la noche del Jueves Santo.


Ya en el interior de este último número de la revista, se hace un resumen fotográfico de nuestra Semana Santa. La primera fotografía que publica, recoge al entonces Obispo-Prior, D. Javier Irastorza y Loinaz, junto al Gobernador Civil de la Provincia presenciando los desfiles procesionales desde el balcón del Gobierno Civil. En aquellos años el Gobierno Civil se encontraba donde actualmente está el Museo Provincial, paso obligado de todas las cofradías en aquellos años.


Por último en la parte central de la revista, aparecen varias fotografías de la pasionaria de San Pedro, de la visita a los monumentos de alumnas del Colegio de San José, de los armados del Santo Sepulcro, señoras con la típica mantilla española viendo los desfiles procesionales y el Obispo-Prior dirigiéndose a la Catedral para la celebración de los Oficios.

viernes, 3 de abril de 2015

EL ANTIGUO PASO DEL SANTO SEPULCRO, OBRA DE LA CASA SANTA RUFINA DE MADRID



El Santo Sepulcro procesiona actualmente portado a costal, con los antiguos respiraderos del Santísimo Cristo de la Piedad, obra del imaginero Castillo Lastrucci del año 1947 y que adquirió la Hermandad del Santo Sepulcro en el año 2012 a la hermandad del crucificado catedralicio.

Anteriormente el Santo Sepulcro procesionó llevado a un hombro desde 1981, y desde el año 1962 hasta su salida a un hombro fue llevado sobre ruedas, en un paso que fue adquirido a la Casa Santa Rufina de Madrid.  Este paso constaba de respiraderos tallados y dorados en pan de oro con multitud de hojas de acanto y flores. En las cuatro esquinas aparecían unos remates en talla de madera que realzaban el conjunto. En los centros de los paneles laterales aparecían en la parte anterior y posterior unos grupos de cuatro ángeles, que sostenían unos lienzos en sus manos. Unos rosetones primorosamente tallados en madera, en cuyos centros aparecían unos óleos que representaban los rostros del Señor y la Señora, se mostraban en los paneles derecho e izquierdo, completando el conjunto cuatro hachones.

Como podemos ver en el boceto del nuevo paso y tal y como comenzó a procesionar a partir de 1962 y hasta el año 1981, el arcángel llevaba la corona imperial entre sus manos. Los cuatro tetramorfos alegóricos de los evangelistas, que están tallados en madera, sujetaban el catafalco y cuatro ángeles alados sujetaban con sus manos la sábana del Señor. Los faldones del paso llevaban el escudo de la hermandad entonces unido al de nuestra ciudad.

Al ser sacado el paso del Santo Sepulcro a un hombro, los respiraderos de la Casa Santa Rufina pasaron al nuevo paso que se incorporó en el año 1982 de la Virgen de la Pasión, siendo desmontados definitivamente en el año 2012 cuando la Virgen paso a ser llevada sobre la canastilla del antiguo paso del Cristo de la Piedad.  


jueves, 2 de abril de 2015

UNA PROCESIÓN IMPRESIONANTE: LA DEL SILENCIO, DE CIUDAD REAL



Al sonar las campanadas de las tres de la madrugada del Jueves Santo, en la torre de la vetusta iglesia de San Pedro, de Ciudad Real, el agudo toque de un clarín impone el más absoluto silencio dentro y fuera del templo. Como siempre, con puntual exactitud –que también es norma de penitencia, de sacrificio y de renunciación a la comodidad- se abren las puertas y, al conjuro del primer redoble seco de tambor, empiezan a salir los negros encapuchados –tosco sayal franciscano y cíngulo blanco- de la Hermandad del Cristo de la Buena Muerte.

Si para los que, año tras año, venimos presenciando el desfile de esta Cofradía, la salida resulta impresionante, en el forastero produce un impacto imborrable de emoción y de piedad. Para un niño, es como hermoso cuento de Semana Santa, como una maravillosa estampa de esas que escapan de un libro al levantar sus tapas. Cuando las puertas señoriales de la parroquia de San Pedro se abren despacio, lentamente, a las tres en punto, se nos antojan movidas por un artilugio que estuviese conectado con el carillón de su inconfundible torre.

La noche suele ser tibia y perfumada, sobre todo si, como este año, la Semana Santa cae ya muy entrado el mes de abril. A ráfagas, una ligera brisa, casi imperceptible, aletea en los párpados cansados de los que no se acuestan esperando la hora e hinchados de los que se acaban de levantar. Y si alguien siente escalofríos, que no se los achaque a esta noche de plenilunio primaveral, suave y acariciadora, sino al Cristo, al silencio, a la meditación en los misterios de la Pasión, que el predicador va desgranando a lo largo de las catorce estaciones del “Vía Crucis”, y al ambiente de penitencia de esta procesión.


A veces, la noche es tan clara, que apenas si se ven las estrellas en el cielo. Entre la luna llena de arriba y las luminarias de abajo, palidecen y se esfuman los luceros. El desfile cobra hondura, emotiva vibración, cuando pasa por las callejas angostas a las que aun no han llegado las conquistas del progreso. Cuando los cirios se reflejan en las retorcidas forjas de las rejas estrechas y de las celosías impenetrables o en las paredes fantasmales de los viejos conventos –como en el de las monjas Terreras- parece el silencio más denso, más agobiante, como el paso de una losa que cayera sobre nosotros por haber, todos un poco, crucificado a Cristo. Y son esos conventos –tabernáculos perennes de piedad y amor a Dios- los que se transfiguran cuando antes ellos pasan procesiones como la del Silencio. Entre la exuberancia de los días de primavera, sus paredes opacas son terroso sayal de penitencia; por la noche, la luna se encarga de hacerlas brillar como un ascua. Para el mundo, son humildes  e incomprendidos lugares de recogimiento; para Dios, selecto cenáculo de oración y penitencia. Por eso cuando Cristo, pasa ante ellos, los transfigura, para darnos la sublime lección de cuáles son las cosas valederas en la otra vida, en la que los humildes serán ensalzados.

La emoción es grande también cuando la imagen del Cristo de la Buena Muerte recorre las tortuosas esquinas del Compás de Santo Domingo o de la calle del Lirio, donde se alzara la antigua sinagoga, luego transformada en convento. A través de las rejas, parece oírse el desgarrado lamento del pueblo judío por el deicidio.

En la paz serena del amanecer, el Cristo de la Buena Muerte, entre la plegaria fervorosa del silencio intacto, vuelve al templo. Son ya muy cerca de las siete de la mañana…

Carlos María San Martín (Publicado en el diario ABC, el 18 de abril de 1957 en la página 13)