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miércoles, 5 de octubre de 2016

EL PORTA-PAZ DE ÚCLES EN UNA PUBLICACIÓN DE 1896



El boletín de la Sociedad Española de Excursiones, publicaba  en su  III  tomo (Marzo 1895- Febrero 1896)  en sus páginas 19-20, un artículo sobre el desaparecido Porta-Paz de  Uclés, escrito por Enrique de Leguina, cuyo texto a continuación reproduzco; y que se ilustra con la fotografía que también publico de la fototipia de Hauser y Menet de Madrid.

“En los comienzos del siglo XVI llegaron á España multitud de orfebres procedentes de Alemania, Italia y Francia. Conducíales la seguridad de obtener la protección de muchos magnates que, haciendo acertado uso de sus riquezas, fomentaban las artes y se enorgullecían con enriquecer las iglesias de sus patronatos y sus fastuosas mansiones, que á veces competían en esplendor y gala con los alcázares soberanos.

La influencia de aquellos maestros dio gran vuelo á la industria de la platería nacional, cuyos productos se veían generosamente recompensados, obteniendo inmediata acogida, así en las casas de los poderosos, como en las iglesias y monasterios.

Entre éstos figuró en primera línea por el poderío, de sus jefes y su significación é importancia histórica y política, la Casa conventual de Santiago de Uclés.

En ella, y con otras muchas alhajas notables, se hallaba el porta-paz de plata dorada, con esmaltes, que nuestro grabado reproduce, y hoy pertenece al Cabildo prioral de las Ordenes militares de Ciudad Real.

Ocupa el centro un bajo relieve labrado en serpentina, que tiene por asunto la resurrección de Lázaro. Por la colocación de las figuras, el plegado de los paños y la tosquedad de la ejecución, revela el carácter romano-bizantino del último periodo, y, por consiguiente, fecha muy anterior á la del trabajo de orfebrería que le sirve de marco.

Los regulares y correctos cuerpos arquitectónicos que componen esta pieza son notabilísimos, y presentan toda le elegancia y fausto del estilo plateresco, que tantas maravillosas obras produjo en nuestra patria.

Columnas en forma de cariátides; delicadas estatuitas de San Pedro, San Pablo, Santiago y San Juan Bautista, en las hornacinas de ambos lados; pequeñas y finas imágenes de los cuatro Evangelistas, colocadas en los netos de las bases y frisos de la cornisa; diminutas figuras representando la batalla de Clavijo, ocupando todo el friso superior; el medallón del coronamiento con la imagen de la Inmaculada Concepción, rodeada de ángeles: las Virtudes cardinales que completan el decorativo conjunto y la esmaltada estatua del Salvador, que terminan la obra, son todas armónicas partes de un armonioso conjunto que demuestra la pericia del autor de tan prodigiosa y perfecta joya.

No es menos notable, ni en nada desmerece, por cierto, de este bellísimo todo, el asa, que representa una quimera alada; hecha tan gallarda y briosamente como pudo soñar la creadora fantasía del artista, reverso de la alhaja, por sí solo suficiente para hacerla digna de la admiración de los inteligentes.

El carácter perfectamente definido del Renacimiento español que, inspirándose en las suntuosidades de Pavía creó el estilo llamado plateresco; el hallarse dedicado el porta-paz al convento de Uclés, y llevar las emblemáticas insignias de la Orden, las tradicionales conchas, la imagen de Santiago y el recuerdo de Clavijo, bastarían para que no pudiera dudarse de que esta obra, que compite con los más acabados productos del arte de la orfebrería, es de procedencia nacional: mas por fortuna no se necesita, acudir para asegurarlo á presunciones más ó menos fundadas, pues una de las marcas que conserva, revela haber sido construido en Cuenca, por tener sus blasones y la palabra Cuen (1).

Otros tres punzones se hallan en el porta-paz, pero hasta ahora no se han descifrado. Tal vez sea alguno de ellos del famoso Cristóbal Becerril, que en aquella ciudad labró el precioso osculatorio que se guarda en El Escorial, y la custodia de Alarcón, ó de alguno de sus hermanos, que con aquél hicieron la de la catedral de Cuenca, y que por cierto tiene por coronamiento, como el porta-paz de que nos ocupamos, una pequeña estatua del Salvador”.

ENRIQUE DE LEGUINA.

(1) Debemos esta noticia á la señora doña Adela Croocke de Osma, tan competente en semejante género de investigaciones.


martes, 4 de octubre de 2016

EL PORTA-PAZ DE LA CATEDRAL Y “LA CORONA DE ORO” DE LA VIRGEN DEL PRADO


 
Rostro de la destruida imagen de la Virgen del Prado en 1936, con la corona imperial robada. La fotografía es de Vicente Rubio Sánchez de 1917. (Archivo López de la Franca)

He aquí la paz que, desde el convento de la Orden de Santiago en Ucles, vino como la silla de sus priores, a parar a la iglesia de Santa María del Prado, erigida en S.I.P. del Obispado-Priorato de las Ordenes Militares.

El maravilloso punzón de Becerril esculpió en plata, en el siglo XVI, el recuadro, respaldo y mango –representando una bicha- del porta paz cuajándolos, en sus cresterías columnillas y molduras, de figuras e historias y esmaltes bellísimos y del más depurado y esplendoroso gusto renacentista. Este famoso retablillo que el artífice firmó al dorso, junto al mango, garantizando la autenticidad de su obra, y ¡qué hemos perdido!, era la montura de una pieza bizantina, “de serpentina, representando, en relieve, el descendimiento de Jesús al seno de Abraham. Jesús avanza, de derecha a izquierda, triunfante, rodeado de una aureola de luz, sobre las puertas del infierno derribadas. El diablo se agarra a los ropajes de los patriarcas, que extienden sus manos al salvador”.

Como secretario del Virrey don Luis de Velasco, Marqués de Salinas, partió para Méjico, en 1610 nuestro paisano Juan de Villaseca, y allá sintió acrecer su recuerdo por la tierra donde naciera concentrándolo en devoción avivada a la Virgen del Prado, por lo que, para su mejor y mayor culto, mandó hacer el retablo de su iglesia y la corona de plata sobredorada –que “de oro” se ha llamado siempre-, magnifica pieza de orfebrería cuyo valor artístico superaba, con mucho, al material. No obstante, no alcanzaba al del porta paz, pieza magna del joyel desaparecido de Santa María, solo conocido por contadas personas dada la resistencia, inexplicable, que siempre hubo para ordenar las alhajas y mostrar, con decoro, el tesoro catedralicio como en todas las catedrales se hace.

Fue el licenciado Alonso Rojas de León quien manda en su testamento -7 de diciembre de 1617- que, de sus bienes, se empleen mil ducados en hacer una corona a la Virgen porque él, para este fin, los tenía recibidos de “Juan de Villaseca que esté en los cielos”.

Pero es el caso que, con anterioridad –el 8 de febrero de 1614- en la escribanía de Arias Ortega, comparecen el licenciado Rojas, como testamentario de Villaseca, y el platero, de plata y oro, Tomé Acosta para confirmar el recibo, en diversos pagos de los mil ducados y hacer entrega de una corona cuya “hechura es imperial y con mucha pedrería de diferentes colores engastada por toda ella” y que “metió en una caja que para ello estaba apercibida”, actuando como testigos Juan Zamorano, cantor, y Juan Rodríguez, sastre, ambos de Ciudad Real.

 
El Porta-Paz de Uclés. Fotografía de Mas del año 1929 . (Archivo López de la Franca)

Además, el licenciado Rojas pide fe y testimonio, al escribano, que a lo que parece se los da en igual fecha de entrega de la alhaja a Juan Zamorano, mayordomo de la Virgen, y a Francisco Pérez, sacristán de la iglesia, “que tiene a su cargo las joyas y vestidos de dicha imagen”.

A la vista de los datos anteriores, Ramírez de Arellano hace destacar como, según el testamento otorgado por Rojas, en 1617 la corona no estaba hecha, y, sin embargo, con anterioridad (1614) ya existía y era entregada. Ante este desacuerdo de fechas en los documentos concernientes a la corona, Arellano estimulaba para futuras e interesantes investigaciones que resolvieran esta contradicción o aclararan si se trataba de dos coronas, porque Rojas, con sus bienes propios, mandara fabricar otra con posterioridad a la de Juan de Villaseca.

Desde hace veinte años nada se ha vuelto a saber del porta paz ni de la corona, prendas artísticas capaces, juntas y por separadas, de dar rango, belleza y riqueza, a un tesoro catedralicio. ¿Pudo seguirse el derrotero que llevaron y recuperar las dos o alguna? ¿Pudo hacerse así, y no se hizo o no se supo hacer…?

Ahora que se insinúa un posible movimiento emotivo, que culminaría en la canónica de la Virgen del Prado de Ciudad Real, oportuno es insistir en aquella “hechura imperial de la corona de oro” para que la valiosa que la Ciudad, la Provincia, le ofrendara en aquel día no desvirtuara, con otra “hechura”, la romántica, amada y tradicional silueta secular de la Patrona… y que, a los arcos campanilleros que orlan a la Virgen en el Camarín, se le agregaran unos cuantos rayos y campanillas más, para que llegaran hasta abajo, -como ocurría con los antiguos- evitando la fealdad de los actuales, carentes de ellos antes de tocar al manto, que dan sensación de mala concepción estética, y no pensemos en economía roñosa, de quienes decretaron reconstruirlos así.

Y, con el elogio para el donante, consignemos que, este año, en los arcos que lleva en la carroza procesional el defecto será subsanado y la Morena, “ama” de esta “quintería” manchega que es Ciudad Real, saldrá, ¡como antes! completamente enmarcada en su singular halo de halas de realeza y de tintineo campesino. ¡Como debe ser, Señor!

Julián Alonso Rodríguez. Diario “Lanza”, martes 30 de julio de 1957, página 2.