martes, 4 de octubre de 2016

EL PORTA-PAZ DE LA CATEDRAL Y “LA CORONA DE ORO” DE LA VIRGEN DEL PRADO


 
Rostro de la destruida imagen de la Virgen del Prado en 1936, con la corona imperial robada. La fotografía es de Vicente Rubio Sánchez de 1917. (Archivo López de la Franca)

He aquí la paz que, desde el convento de la Orden de Santiago en Ucles, vino como la silla de sus priores, a parar a la iglesia de Santa María del Prado, erigida en S.I.P. del Obispado-Priorato de las Ordenes Militares.

El maravilloso punzón de Becerril esculpió en plata, en el siglo XVI, el recuadro, respaldo y mango –representando una bicha- del porta paz cuajándolos, en sus cresterías columnillas y molduras, de figuras e historias y esmaltes bellísimos y del más depurado y esplendoroso gusto renacentista. Este famoso retablillo que el artífice firmó al dorso, junto al mango, garantizando la autenticidad de su obra, y ¡qué hemos perdido!, era la montura de una pieza bizantina, “de serpentina, representando, en relieve, el descendimiento de Jesús al seno de Abraham. Jesús avanza, de derecha a izquierda, triunfante, rodeado de una aureola de luz, sobre las puertas del infierno derribadas. El diablo se agarra a los ropajes de los patriarcas, que extienden sus manos al salvador”.

Como secretario del Virrey don Luis de Velasco, Marqués de Salinas, partió para Méjico, en 1610 nuestro paisano Juan de Villaseca, y allá sintió acrecer su recuerdo por la tierra donde naciera concentrándolo en devoción avivada a la Virgen del Prado, por lo que, para su mejor y mayor culto, mandó hacer el retablo de su iglesia y la corona de plata sobredorada –que “de oro” se ha llamado siempre-, magnifica pieza de orfebrería cuyo valor artístico superaba, con mucho, al material. No obstante, no alcanzaba al del porta paz, pieza magna del joyel desaparecido de Santa María, solo conocido por contadas personas dada la resistencia, inexplicable, que siempre hubo para ordenar las alhajas y mostrar, con decoro, el tesoro catedralicio como en todas las catedrales se hace.

Fue el licenciado Alonso Rojas de León quien manda en su testamento -7 de diciembre de 1617- que, de sus bienes, se empleen mil ducados en hacer una corona a la Virgen porque él, para este fin, los tenía recibidos de “Juan de Villaseca que esté en los cielos”.

Pero es el caso que, con anterioridad –el 8 de febrero de 1614- en la escribanía de Arias Ortega, comparecen el licenciado Rojas, como testamentario de Villaseca, y el platero, de plata y oro, Tomé Acosta para confirmar el recibo, en diversos pagos de los mil ducados y hacer entrega de una corona cuya “hechura es imperial y con mucha pedrería de diferentes colores engastada por toda ella” y que “metió en una caja que para ello estaba apercibida”, actuando como testigos Juan Zamorano, cantor, y Juan Rodríguez, sastre, ambos de Ciudad Real.

 
El Porta-Paz de Uclés. Fotografía de Mas del año 1929 . (Archivo López de la Franca)

Además, el licenciado Rojas pide fe y testimonio, al escribano, que a lo que parece se los da en igual fecha de entrega de la alhaja a Juan Zamorano, mayordomo de la Virgen, y a Francisco Pérez, sacristán de la iglesia, “que tiene a su cargo las joyas y vestidos de dicha imagen”.

A la vista de los datos anteriores, Ramírez de Arellano hace destacar como, según el testamento otorgado por Rojas, en 1617 la corona no estaba hecha, y, sin embargo, con anterioridad (1614) ya existía y era entregada. Ante este desacuerdo de fechas en los documentos concernientes a la corona, Arellano estimulaba para futuras e interesantes investigaciones que resolvieran esta contradicción o aclararan si se trataba de dos coronas, porque Rojas, con sus bienes propios, mandara fabricar otra con posterioridad a la de Juan de Villaseca.

Desde hace veinte años nada se ha vuelto a saber del porta paz ni de la corona, prendas artísticas capaces, juntas y por separadas, de dar rango, belleza y riqueza, a un tesoro catedralicio. ¿Pudo seguirse el derrotero que llevaron y recuperar las dos o alguna? ¿Pudo hacerse así, y no se hizo o no se supo hacer…?

Ahora que se insinúa un posible movimiento emotivo, que culminaría en la canónica de la Virgen del Prado de Ciudad Real, oportuno es insistir en aquella “hechura imperial de la corona de oro” para que la valiosa que la Ciudad, la Provincia, le ofrendara en aquel día no desvirtuara, con otra “hechura”, la romántica, amada y tradicional silueta secular de la Patrona… y que, a los arcos campanilleros que orlan a la Virgen en el Camarín, se le agregaran unos cuantos rayos y campanillas más, para que llegaran hasta abajo, -como ocurría con los antiguos- evitando la fealdad de los actuales, carentes de ellos antes de tocar al manto, que dan sensación de mala concepción estética, y no pensemos en economía roñosa, de quienes decretaron reconstruirlos así.

Y, con el elogio para el donante, consignemos que, este año, en los arcos que lleva en la carroza procesional el defecto será subsanado y la Morena, “ama” de esta “quintería” manchega que es Ciudad Real, saldrá, ¡como antes! completamente enmarcada en su singular halo de halas de realeza y de tintineo campesino. ¡Como debe ser, Señor!

Julián Alonso Rodríguez. Diario “Lanza”, martes 30 de julio de 1957, página 2.


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