viernes, 28 de octubre de 2016

EL POZO “PROPIO DE UNAS MEMORIAS DE LA VIRGEN”



En otra ocasión, cuando escribí de la historia del Prado, cité el pozo. No estará mal volver a desplegar desvaídos papeles que envuelven recuerdos del paseo y el pozo aspirar de nuevo el olor acre y rancio, pero bello, antañona mojado, de nuestro pasado.

Corría el año 1821.

Aquel prado, comunal, extenso y agreste de siglos legendarios e inmundo luego, estaba ya decente y arbolado desde que en 1778 ó el 1783, se empeño en ello el benemérito Isidoro Madrid tan amigo del árbol, como enemigo de su maltrato. ¿No os parece hacen buena falta “al presente” unos cuantos, aunque fueran pocos, Isidoros Madrid?

Limitaban el Prado el caserón de la antigua Chancillería Real y frente a frente, el templo de Santa María. Entre los dos y más cerca de éste, “las casas del vinculo de los Cózar, habilitadas por el campanero”, rompían la regularidad del área del paseo. Circundaban sus otros dos costados, la casa del ex corregidor Díez –sita donde ahora el Casino-, casonas noblotas y restos de predios de la Virgen del Prado propietaria, en otros siglos, por donaciones piadosas. En el centro de la arboleda había dos pilones alimentados por viejo conducto, ciego desde la guerra de la Independencia, que partía de un pozo, “propio de unas memorias de la santa imagen” y cercano al cementerio de la iglesia por el lado del Camarín.

Gran sequía debió venir aquel año cuando en abril se pensó regar el arbolado, pero lo impedían  el obstáculo de las regueras cegadas y otro mayor todavía. Don Fermín Díez, el ex corregidor, para hacer un jardín junto a su casa, adquirió dos solares lindando con ella y con salidas a la calles del Prado y del Camarín, y, por equivocación –o por viveza-, se apropió el cercano pozo-noria de la Virgen, como jugosa ayuda de su proyectado recreo, y dio en negar el agua que pedía el vecindario para refrescar la alameda del paseo.

En averiguaciones estaba el Municipio del verdadero dueño del pozo cuando, el día 2 de mayo, brotó agua en abundancia por las regueras. Con gran rapidez se propagó el suceso por la ciudad y corría la gente al Prado para cerciorarse de ello tomándolo como milagro. No poco trabajo costó al Cura y al “alcalde de primer voto” convencer a la multitud que no había tal milagro y sí sólo agua trasvenada de la alberca.

Con todo, el pueblo pidió le fuera devuelto el pozo a la Virgen. Algunos hombres y mujeres, decididos, limpiaron las fuentes, trajeron caballerías a su costa y, previo permiso superior, empezaron a regar.

Al anochecer, seis granaderos provinciales llevaron, en volandas, al Párroco a casa del Vicario, para que le rogase permitiera sacar la Virgen alrededor del Prado en acción de gracias por inusitado acaecimiento. Accedió el Vicario si daba permiso el jefe político y, como contaban con éste, volvieron al Párroco a su casa.


La multitud se aquietó y retiró sin dificultad ni estrago, según cuenta el relato que casi propio.

Al día siguiente, 3 de mayo, a las seis de la tarde, la Virgen salió para hacer su paseo triunfal y entró en su templo a las diez de la noche. En este espacio de tiempo, ni después, ni antes –según nos cuentan- hubo desorden alguno, aunque prodigaron en grande los llantos y vítores a la Patrona.

…Pero, el coronel y la oficialidad del Regimiento de Navarra, acantonado en Ciudad Real, celosos en exceso del orden, levantaron recurso al Rey, por todo lo pasado, acusando al pueblo de sedición y a las autoridades civiles de promotoras. Tal fue el revuelo que trascendió hasta “El Expectador” de la Corte quien insertó la noticia en sus columnas. El comandante del Regimiento de Alcántara vino a Ciudad Real, como consecuencia del recurso elevado a S. M. y pudo comprobar –según nos cuentan- lo injusto de la denuncia.

Por lo visto –según nos cuentan- a estas alarmas estaba acostumbrada la oficialidad del Regimiento de Navarra puesto que por motivos semejantes con anterioridad había sido trasladado de Badajoz a Toledo.

El Ayuntamiento pudo recuperar el pozo y don Vicente, hijo del famoso corregidor, pretendió, lindamente, “pagar al Concejo la parte que le correspondía de los censós”. ¡Por algo era hijo de tan avispado padre!

Cuando en la segunda década de la actual centuria, empezábamos los estudios bachilleriles y tomábamos el Prado por campo de nuestros juegos y travesuras, en la calle del Prado, alineada con la fábrica de sifones y gaseosas de Ruiz de León y haciendo rinconada con el edificio en la actualidad convertido en Escuela Normal de Maestras, había una fachada enjalbagada y pobre, de un piso, con ruín puertecilla de alto escalón y, a lo que creo recordar, unos pocos y chiquitos ventanillos abiertos acá y allá. Después, colocaron delante, no muy monumental que digamos, la tapia de lo que se pensó fuera Casa de Socorro y no llegó a serlo, y aún, hoy sin enlucir está ¡como hace cuarenta años que la levantaron! De este modo quedó tapada la enjalbegada “casilla del guarda del Prado”, con el pozo dentro.

Joaquín, más fuerte que gordo, era entonces el guarda. Nos parecía vieja y nos regañaba mucho. Antes, no conocido por nosotros lo fue Montero y también a nuestros mayores los amenazaba con “plantarles” una multa si le quitaban rosas de los jardinillos.

De Montero, dice la seguidilla:

“A las seis de la tarde
riega Montero
y le ayuda Nolasca
con un puchero”.


Nolasca, era su mujer. Ciertamente, por lo visto, no eran muy adelantados los medios de riego de nuestro paseo allá en las postrimerías del siglo XIX.

Un hijo del matrimonio Montero y Nolasca, don Rosario, beneficiado de la S. I. Prioral, escribió la mejor página de abnegación en su misión sacerdotal al concluir nuestra última guerra: Una noche de días misionales, agotado de oír y perdonar pecados en los bancos del Prado, convertidos en confesionarios volvió don Rosario a su casa buscando reposo para el cuerpo muy quebrantado de suyo. Pocos minutos después, en el lecho, entregaba el alma. ¿No sé quién me refirió que sus ojos vivarachos y un poco saltones en vida, los fijó la muerte mirando en derechura a la cercana ermita donde se veneraba la Virgen de los Remedios que él había querido tanto e hicieron desaparecer picando el muro donde estaba pintada.

Los otros hijos de aquel honrado matrimonio dejaron en su trayectoria buena, trabajadora y honrada heredada y perpetuada con el apellido.

Pero, volvamos al asunto del pozo de las memorias de la Virgen: ¿Existe o no?

Sí. En el corralón de la casa almacén en que han convertido la tradicional “casa del guarda” están la alberca y el pozo maltrecho, quieto. Hace savia de las aguas del pozo y a la vera monta guardia vertical, perenne y umbrosa, un olmo alto, muy alto.

¿No sabéis la novedad? El olmo se ha hecho novio de la espadaña nueva y coqueta de las monjas del Servicio Doméstico. Me lo contó, él mismo, en uno de nuestros amistosos coloquios veraniegos.

… Como en otros se quejaba de los duelos y quebrantos del Prado, hace tiempo sin guarda, y del pozo, desmantelado. Y en no pocas charlas me refirió episodios de Gabriel Miró cuando eran vecinos e intimaron por encima de los tapiales corraleros.

Julián Alonso Rodríguez. Diario Lanza jueves 11 de diciembre de 1952, página 3.


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